sábado, 5 de diciembre de 2015

RELATO: "El señor de la muerte", Robert E. Howard (1ª parte)





El señor de la muerte

(1ª parte)

Robert E. Howard 



I.

La carnicería resultó tan inesperada como una cobra invisible. En un segundo, Steve Harrison caminaba con desenfado por el callejón a oscuras... y, al siguiente, luchaba desesperado por su vida contra una furia rugiente y babeante, que había caído sobre él con garras y colmillos. Aquella cosa era, obviamente, un hombre, aunque, durante los primeros y vertiginosos segundos de la contienda, Harrison incluso llegó a dudar de ello. El estilo de lucha del atacante resultaba apabullantemente cruel y bestial, hasta para Harrison, que estaba acostumbrado a los trucos sucios que se empleaban en los bajos fondos.
El detective sintió cómo las fauces de su asaltante se hundían en su carne y lanzó un alarido de dolor. Pero, además, empuñaba un cuchillo, que desgarró su abrigo y su camisa, haciendo brotar la sangre, y sólo la ciega casualidad, que le hizo cerrar los dedos alrededor de una muñeca nervuda, mantuvo la afilada punta alejada de sus órganos vitales. Estaba tan oscuro como la puerta trasera del Erebus. Harrison percibía a su asaltante tan solo como una mancha negra en la oscuridad que le envolvía. Los músculos que aferraban sus dedos eran tirantes y acerados como cuerdas de piano, y había una terrorífica robustez en el cuerpo que se enfrentaba al suyo, que llenó de pánico a Harrison.
Rara vez el gran detective había encontrado a un hombre que se le pudiera igualar en fuerza; pero este ciudadano de la oscuridad no solo era tan fuerte como él, sino que era mucho más ágil... más veloz y más salvaje de lo que jamás podría ser un hombre civilizado.
Rodaron sobre los desperdicios del callejón, mordiéndose, golpeándose, debatiéndose, y, aunque el invisible enemigo gruñía cada vez que los pétreos puños de Harrison se estampaban contra él, no mostraba el menor signo de debilidad. Su muñeca era como un amasijo de cables de acero, que amenazaba con romper de un momento a otro la presa de Harrison. Su carne se estremeció de pavor ante el frío acero, y el detective agarró aquella muñeca con las dos manos, e intentó romperla. Un aullido sediento de sangre indicó lo fútil de su intento, y una voz que, hasta entonces había boqueado en un idioma desconocido, susurró al oído de Harrison:
—¡Perro! ¡Morirás en la basura, como yo morí en la arena! ¡Tú dejaste mi cadáver a los buitres! ¡Yo dejaré el tuyo a merced de las ratas del callejón! ¡Wallah!
Un dedo mugriento tanteaba el rostro de Harrison, en busca de su ojo, y, rendido a la desesperación, el detective echó su cuerpo hacia atrás, y proyectó hacia delante la rodilla, con una fuerza capaz de destrozar los huesos.
El desconocido asaltante resolló y rodó lejos de él, con la agilidad de un gato. Harrison se puso en pie tambaleándose, perdió el equilibrio y se apoyó contra la pared. Su enemigo, tras lanzar un grito, volvió a cargar contra él. Harrison escuchó silbar la hoja del cuchillo, que se clavó en el muro detrás de él, y se lanzó a ciegas, con el empuje de sus poderosos hombros.
Chocó contra algo sólido, notó cómo su víctima tropezaba, cayendo hacia atrás, y escuchó cómo se estampaba contra los desperdicios que cubrían el suelo.
Entonces, por primera vez en su vida, Steve Harrison le dio la espalda a un solo enemigo y corrió tambaleándose, pero a buen paso, hasta la salida del callejón.
Respiraba con dificultad, y sus pies tropezaban con charcos y montones de basura. Esperaba recibir un cuchillo en la espalda de un momento a otro.
—¡Hogan! —baló desesperado.
Por detrás de él sonaban las veloces pisadas de su letal oponente. Se catapultó fuera de la entrada del negro callejón, topándose de bruces con el patrullero Hogan, que había escuchado su urgente bramido, y acudía a la carrera. El patrullero se quedó sin aliento, lanzando un jadeo agónico, y los dos hombres se desplomaron sobre la acera.
Harrison no gastó tiempo en levantarse. Agarrando el Colt especial del 38 del cinturón de Hogan, disparó contra la sombra que, por un instante, se proyectó hacia el exterior de la boca del callejón. Tras ponerse en pie, se acercó a la oscura entrada, sosteniendo aún el arma humeante.
No se escuchaba sonido alguno desde esa abertura estigia.
—Dame tu linterna —pidió, y Hogan se puso en pie, con una mano en su amplia barriga, y le tendió el artículo solicitado. El haz de luz blanca no mostró cuerpo alguno en el fango del callejón—. Se ha largado —musitó Harrison.
—¿Quién? —quiso saber Hogan, aún espantado—. Además, ¿de qué va todo esto? Te oí gritar «¡Hogan!» como si el demonio te tuviera sentado en sus rodillas, y al momento siguiente, te lanzas contra mí, embistiéndome como un toro. Qué...
—Cierra el pico, y exploremos este callejón —espetó Harrison—. No pretendía abalanzarme sobre ti. Alguien saltó sobre mí...
—¿Alguien o algo? —el patrullero examinó a su compañero bajo la incierta luz de la distante farola de la esquina. El abrigo de Harrison colgaba hecho trizas; su camisa colgaba en jirones, revelando su pecho, amplio y velludo, que se agitaba con su respiración. El sudor descendía por su cuello de toro, mezclándose con la sangre que teñía los arañazos de sus brazos, hombros y pecho. Llevaba el pelo manchado de mugre, y sus ropas olían a basura—. Debes de haberte topado con toda una banda —decidió Hogan.
—Sólo era un hombre —dijo Harrison—. Un hombre o un gorila; pero hablaba. ¿Vienes?
—Creo que no. Fuera lo que fuera, ya se ha ido. Vuelve a enfocar hacia el callejón. ¿Lo ves? Nada a la vista. No tiene sentido que hagamos una ronda para ver si le encontramos. Será mejor que vayas a que te curen esos cortes. Ya te he avisado antes sobre lo peligroso que es adentrarse en estos callejones a oscuras. Hay muchos hombres que tienen cuentas pendientes contigo.
—Iré a casa de Richard Brent —dijo Harrison—. Él me hará un arreglo. ¿Vienes conmigo?
—Claro, pero será mejor que me dejes...
—¡Sea lo que sea, no! —dijo Harrison, furioso por los cortes y su vanidad herida. Y escucha, Hogan... no menciones esto por ahí, ¿vale? Quiero arreglar este asunto yo solo. No parece un caso ordinario.
—No parece que lo sea... cuando un bicho ha logrado vapulear así a «Hombre de Hierro» Harrison —fue el mordaz comentario de Hogan, tras el cual, Harrison maldijo entre dientes.
La residencia de Richard Brent se alzaba justo al final del recorrido habitual de Hogan... un bloque solitario y respetable en medio de la marea de deterioro que engullía el vecindario, pero de la que Brent, absorto siempre en sus estudios, no podía ser consciente.
Brent se encontraba en su estudio atestado de reliquias, volcado sobre los oscuros volúmenes que eran, a la vez, su vocación y su pasión. Su apariencia erudita contrastaba vivamente con la de sus visitantes. Pero se hizo cargo de la situación sin turbarse en absoluto, y aplicando sus estudios de medicina.
Hogan, tras asegurarse de que las heridas de Harrison eran poco más que meros arañazos, regresó a su ronda y, poco después, el gran detective tomaba asiento frente a su anfitrión, con un gran vaso de whisky en su descomunal manaza.
La altura de Steve Harrison estaba por encima de la media, pero parecía mucho más bajo debido a la anchura de sus hombros y la amplitud de su pecho. Sus fuertes brazos colgaban lacios, y su cabeza se inclinaba hacia delante, de forma agresiva. Su frente, ancha y baja, coronada por una mata de salvaje cabello negro, sugería más a un hombre de acción que a un pensador, pero sus fríos ojos azules reflejaban una profundidad mental inesperada.
—«... como yo morí en la arena» —estaba diciendo—. Eso es lo que me dijo. ¿Estaba como una cabra... o qué demonios...?
Brent sacudió la cabeza, observando las paredes con aire ausente, como si buscara inspiración en las armas, antiguas y modernas, que las adornaban.
—¿Y no pudiste entender el idioma en el que te había hablado antes?
—Ni una palabra. Todo lo que sé es que no era inglés, ni tampoco chino. Ni siquiera sé si ese tipo no era más que acero y hueso. Pelear con él era como hacerlo con una cesta llena de gatos salvajes. A partir de ahora voy a llevar siempre un arma de reglamento. La rechacé hace poco, porque las cosas han estado muy tranquilas. Siempre me figuré que, con los puños, podría resultar un buen rival para cualquier ser humano ordinario. Pero ese diablo no era un ser humano ordinario; se parecía más a un animal salvaje.
Trasegó su whisky de forma sonora, se limpió la boca con el canto de la mano, y se inclinó hacia Brent con un brillo de curiosidad en los ojos.
—Nunca le diría esto a nadie que no fueras tú —dijo con una extraña actitud de duda—. Y puede que pienses que estoy loco... pero... bueno, me he cargado a muchos hombres a lo largo de mi vida. Imagina que... bueno, los chinos creen en los vampiros, los gules y los muertos que caminan... y todo eso que dijo acerca de que había estado muerto, y que yo le había matado... Imagina que...
—¡Tonterías! —exclamó Brent con una risa incrédula—. Cuando un hombre se ha muerto, se ha muerto. No puede regresar.
—Eso había creído yo siempre —musitó Harrison. Pero ¿a qué diablos se refería con eso de que yo le dejé para que alimentara a los buitres?
—¡Yo te lo diré! —una voz tan dura y despiadada como el filo de un cuchillo interrumpió la conversación.
Harrison y Brent se giraron sobresaltados, y el segundo casi se cae de la silla. En el otro extremo de la habitación, una de las altas ventanas había quedado abierta para que entrara el aire. Ahora, junto a ella, se alzaba un hombre alto y fibroso cuya vestimenta hecha jirones no podía ocultar la peligrosa robustez de sus miembros ni la anchura de sus recios hombros. Su barato atuendo, apolillado y manchado de sangre, parecía incongruente junto al fiero y oscuro rostro de halcón, y la llama que ardía en sus ojos oscuros.
Harrison gruñó de forma explosiva, al percibir la concentrada ferocidad de su mirada.
—Escapaste de mí en la oscuridad —musitó el extraño, apoyando el peso de su cuerpo sobre la parte anterior de sus pies, tensándose como un felino, mientras una daga curva brillaba en su mano.
¡Estúpido! ¿Acaso creías que no iba a seguirte? Aquí hay luz: ¡No volverás a escapar!
—¿Quién diablos eres? —quiso saber Harrison, alzándose en una inconsciente posición defensiva, con los brazos flexionados y los puños cerrados.
—¡De pocas agallas y memoria débil! —se burló el otro—. ¿No te acuerdas de Amir Amin Izzedin, a quien mataste en el Valle de los Buitres hace treinta años? ¡Pues yo sí que lo recuerdo! ¡Desde la cuna, te recuerdo! Desde antes de que supiera hablar o caminar, supe que era Amir Amin, y me acordaba del Valle de los Buitres. Pero sólo después de una profunda vergüenza y un largo vagar, me fue revelando el pleno conocimiento. ¡Logré verlo en el humo de Shaitán! Has cambiado tu recipiente de carne, Ahmed Pasha, perro beduino, pero no podrás escapar de mí. ¡Por el Becerro de Oro!
Corrió hacia él con un aullido felino, empuñando en alto la daga.
Harrison saltó hacia un lado, con una agilidad sorprendente para un hombre de su tamaño, y descolgó una lanza antigua de la pared. Con un alarido sin palabras, que más parecía un grito de guerra, se lanzó hacia delante, agarrándola con ambas manos, como si fuera un fusil con la bayoneta calada. Amir Amin le esquivó deslizándose a un lado, y contorsionando su cuerpo de pantera para evitar la afilada punta.
Cuando Harrison se dio cuenta de su error, ya era demasiado tarde... sabía que recibiría una puñalada tan pronto pasara de largo al escurridizo oriental. Pero no podía detener el ímpetu de su acometida. Y, entonces, el pie de Amir Amin resbaló con una alfombra suelta. La punta de la lanza atravesó su apolillado abrigo, y se enterró en sus costillas, haciendo brotar un reguero de sangre. Herido y desequilibrado, apuñaló a ciegas y, entonces, el descomunal hombro de Harrison les derribó a ambos al suelo.
Amir Amin fue el primero en levantarse, pero sin su cuchillo. Mientras paseaba una mirada salvaje a su alrededor, buscándolo, Brent, temporalmente paralizado ante aquella violencia inusitada, entró en acción. El erudito agarró un arma de fuego del expositor de la pared, y sus ojos mostraron una sombría determinación. Al apuntar la pistola, Amir Amin emitió un alarido, y se lanzó como una bestia por la ventana más cercana. El estampido del cristal hecho añicos se mezcló con el atronador rugido del arma de fuego. Al acercarse a la ventana, Brent, parpadeando aún por la humareda de la pólvora, vislumbró una forma oscura que corría por la avenida en sombras, bajo los árboles, hasta desaparecer de la vista. Se dio la vuelta y contempló a Harrison, que se incorporaba, mientras maldecía profusamente.
—¡Dos veces en una noche es condenadamente demasiado! Además, ¿quién es ese chalado? ¡No le había visto en mi vida!
—¡Es un druso! —explicó Brent—. Su acento... su mención al Becerro Dorado... su apariencia de halcón... estoy seguro de que es druso.
—¿Qué demonios es un druso? —bramó Harrison con un espasmo de irritación. Las vendas se le habían rasgado, y sus heridas volvían a sangrar.
—Viven en un área montañosa de Siria —respondió Brent. Es una tribu de fieros guerreros...
—En eso estoy de acuerdo — escupió Harrison. Jamás esperé encontrar a nadie que pudiera igualarme en un combate cuerpo a cuerpo, pero este demonio me ha tenido contra las cuerdas. De todos modos, es un alivio saber que no es más que un ser humano. No tengo por costumbre tomar precauciones, y no empezaré ahora. Pensaba quedarme aquí, esta noche, si tienes alguna habitación en la que se pueda cerrar con llave las puertas y ventanas. Mañana, iré a ver a Woon Sun.


II.

Pocos hombres llegaban a entrar jamás en la modesta tienda de curiosidades que daba a la caótica River Street, y menos aún pasaban a través de las crípticas cortinas de la puerta del fondo, para asombrarse de lo que había más allá: un lujo absoluto en forma de tapices de terciopelo cosidos a mano, divanes forrados de seda, tazas de te de porcelana tintada o pequeñas mesitas de juguete de ébano lacado, todo ello iluminado por el suave resplandor de bombillas eléctricas escondidas en el interior de linternas chinas de papel.
Los anchos hombros de Steve Harrison resultaban tan incongruentes entre todos aquellos enseres exóticos del mismo modo que Woon Sun, —un individuo de baja estatura, delgado y ataviado con una túnica de seda negra—, parecía adaptarse a ellos.
El chino sonreía, pero había hierro templado detrás de su máscara de suavidad.
—De modo que... —sugirió cortésmente.
—De modo que quiero que me ayudes —dijo Harrison de forma brusca. Su naturaleza no era la de un sutil estoque, que fintara o parara, aguardando una oportunidad, sino la de un martillo, que golpeara directamente su objetivo—. Sé que conoces a todos los orientales de la ciudad. Ya te he descrito a ese pájaro. Brent dice que es un druso. Es imposible que no sepas nada de él. Resaltaría en medio de cualquier muchedumbre. No pertenece a la clase de rata callejera habitual de River Street. Más bien diría que es un lobo.
—De hecho, lo es —murmuró Woon Sun—. Resultaría del todo inútil intentar ocultar el hecho de que conozco a ese joven bárbaro. Se llama Ali ibn Suleyman.
—Se hacía llamar de otro modo —contra dijo Harrison.
—Quizás. Pero, para sus amigos, es Ali ibn Suleyman Es un druso, como muy bien dijo su amigo. Su tribu vive en ciudades de piedra, en las montañas de Siria... en concreto, en las montañas conocidas como las Druas de Djebel.
—Mahometanos, ¿eh? —rumió Harrison—. ¿Árabes?
—No. Es como si fueran una raza aparte. Adoran a un Becerro tallado en oro, creen en la reencarnación, y practican impíos rituales perseguidos por los musulmanes. Primero fueron los turcos, y, luego, los franceses, los que intentaron doblegarles, pero, en realidad, no han sido conquistados jamás.
—No acabo de creer eso último —musitó Harrison—. Pero ¿por qué me llamó «Ahmed Pasha»? ¿Qué puede tener contra mí?
Woon Sun mostró las palmas de las manos, en actitud de desconocimiento.
—Bueno, de cualquier modo —gruñó Harrison—, ya estoy acostumbrado a cuidarme de que me intenten apuñalar en callejones oscuros. Quiero que hagas los arreglos para que pueda echarle el guante. A lo mejor, si logro sujetarle el tiempo suficiente, puedo sacarle algo que tenga sentido. Quizá pueda discutir con él y disuadirle de esa idea que tiene de matarme, sea por el motivo que sea. Más parece un fanático que un criminal. De todos modos, tengo que descubrir de qué va todo esto.
—¿Qué puedo hacer yo? — murmuró Woon Sun, posando las manos sobre su oronda barriga, mientras la malicia asomaba por detrás de sus párpados rasgados—. E incluso podría ir más lejos, y preguntar: ¿Por qué debería yo hacer nada?
—Te has mantenido en el lado de la ley desde que llegaste aquí —dijo Harrison—. Sé que esta tienda
de curiosidades no es más que una tapadera. No se puede hacer negocio con esto. Pero sé, además, que no has estado mezclado en actividades criminales. Tuviste pasado turbio —muy turbio— antes de venir aquí, pero eso ya no es asunto mío.
»Pero, Woon Sun —Harrison se inclinó hacia delante y bajó la voz—. ¿Te acuerdas de ese joven euroasiático llamado Josef La Tour? Yo fui el primer hombre que encontró su cadáver, la noche en que le mataron en el garito de juego de Osman Pasha. Encontré un cuaderno de notas en su chaqueta, y aún lo conservo. ¡Woon Sun, tu nombre está en ese cuaderno!
Un silencio electrizante recorrió la atmósfera. Los suaves rasgos amarillos de Woon Sun permanecieron impasibles, pero unos puntos rojos resplandecieron en la negrura de sus ojos.
—La Tour debía de haber estado intentando chantajearte —dijo Harrison. Recopiló un buen montón de datos interesantes. Al leer ese cuaderno de notas, descubrí que tu nombre no siempre ha sido Woon Sun, y también me enteré de dónde procede todo tu dinero.
Los puntos rojos habían desaparecido de los ojos de Woon Sun, cuya mirada parecía ahora nublada. Una palidez verdosa se sobrepuso al amarillo de su rostro.
—Te has escondido muy bien, Woon Sun —musitó el detective—. Pero traicionar a tu sociedad y largarte con todo su dinero es una cosa muy fea. Si alguna vez llegaran a encontrarte, te darían de comer a las ratas. Aún no estoy muy seguro de si es mi deber escribir una carta a cierto mandarín de Cantón llamado...
—¡Basta! —la voz del chino parecía irreconocible—. ¡No hable más, por el amor de Buda! Haré lo que me dice. Disfruto de la confianza de ese druso, y puedo arreglarlo fácilmente. Ahora apenas está oscureciendo. Acuda a medianoche al callejón de River Street que los chinos conocen como «el Callejón del Silencio». ¿Sabe a cuál me refiero? Bien. Aguarde en el quicio que forman las paredes en ángulo, cerca del final del callejón, y Alí ibn Suleyman no tardará en pasarse por allí, ignorante de su presencia. Luego, si se atreve a intentar arrestarle, eso ya es cosa suya.
—Esta vez llevaré un arma —gruñó Harrison—. Si haces esto por mí, me olvidaré del cuaderno de notas de La Tour. Pero no intentes traicionarme, o...
—Tiene usted mi vida en sus manos —respondió Woon Sun—. ¿Cómo podría traicionarle?
Harrison gruñó, escéptico, pero se puso en pie sin hacer más comentarios, cruzó el cortinaje de la entrada y la tienda de más allá, y salió a la calle. Woon Sun observó, inescrutable, los anchos hombros que se abrían paso por entre la multitud de atareados orientales, tanto hombres como mujeres, que deambulaban por River Street casia cada momento. Luego cerró la puerta de la tienda y se apresuró a cruzar de nuevo el cortinaje hasta la ornamentada cámara de la parte trasera. Una vez allí, se detuvo, y miró a su alrededor.
Una azulada espiral de humo se elevaba desde un diván de satén, y, sobre aquel diván, había una joven... una criatura esbelta, de oscura sutileza, cuyos cabellos —negros como la noche—, labios, —rojos y plenos—, y ojos almendrados sugerían una sangre mucho más exótica de lo que aparentaba su lujosa vestimenta. Esos labios rojos se curvaban en una sonrisa de burla maliciosa, pero el brillo de sus ojos negros mitigaba cualquier sensación de humor, aunque fuera satírico, al igual que su vitalidad contradecía la aparente languidez de la mano en la que sostenía el cigarrillo.
—¡Joan! —los ojos del chino devinieron en meras ranuras que ardían de sospecha—. ¿Cómo has entrado aquí?
—A través de esa puerta de ahí atrás, que se abre a un pasillo, que, a su vez, se abre al callejón que discurre por detrás del edificio. Ambas puertas estaban cerradas... pero hace ya mucho que aprendí a forzar cerraduras.
—¿Por qué...?
—Observé que el valiente detective entraba aquí. Llevo algún tiempo vigilándole... aunque él no lo sabe —los vitales ojos de la muchacha se tornaron aún más rasgados durante un instante.
—¿Has estado escuchando al otro lado de la puerta? —quiso saber Woon Sun, cuya tez se volvía grisácea por momentos.
—No soy ninguna fisgona. No necesitaba escuchar. Me suponía a qué había venido... y tú... ¿has prometido ayudarle?
—No sé de qué estás hablando —replicó Woon Sun con un secreto suspiro de alivio.
—¡Mientes! —la joven se tensó sobre el diván, mientras sus dedos destrozaban el cigarrillo de forma convulsiva y su rostro se crispaba momentáneamente. Luego recuperó la compostura, con una fría determinación, mucho más peligrosa que cualquier estallido de rabia—. Woon Sun —dijo con calma, extrayendo una pistola automática del interior de su bolso— podría matarte fácilmente y sin pestañear... ahí mismo... donde estás... pero no deseo hacerlo. Debemos seguir siendo amigos. Mira, ya guardo él arma... pero no me tientes, amigo mío. No intentes echarme o emplear la violencia conmigo. Ven aquí, siéntate y toma un cigarrillo. Hablaremos con calma de todo este asunto.
—No sé de qué deseas hablar —dijo Woon Sun, zambulléndose en un diván y tomando el cigarrillo que se le ofrecía con un gesto mecánico, como si estuviera hipnotizado por el resplandor de los magnéticos ojos negros de su visitante... y por el conocimiento de la existencia de esa pistola, ahora oculta. Toda su inmovilidad oriental no podía ocultar el hecho de que temía a esa joven pantera... aún más de lo que temía a Harrison.
—El detective vino aquí tan sólo para hacerme una visita amistosa —dijo—. Tengo muchos amigos en la policía. Si me encontraran asesinado se tomarían muchas molestias para encontrar a la persona culpable.
—¿Quién habla de matarte? —protestó Joan, encendiendo una cerilla con la punta de una uña tintada con henna, y tendiendo la diminuta llama hasta el cigarrillo de Woon Sun. En el instante del contacto, sus rostros permanecieron muy próximos, y el chino retrocedió sobresaltado, rehuyendo la intensidad que ardía en sus ojos oscuros. Nervioso, se acercó el cigarrillo a la boca e inhaló profundamente.
—He sido amigo tuyo —dijo—. No deberías venir aquí a amenazarme con una pistola. Soy un hombre de no poca importancia en River Street. Es posible que no estés tan a salvo como crees estar. Puede que llegue un tiempo en que necesites un amigo como yo...
De repente fue consciente de que la joven no respondía y que ni siquiera se molestaba en escuchar sus palabras. El cigarrillo de la muchacha ardía entre sus dedos, sin haber sido aspirado una sola vez, y, a través de la nube de humo, sus ojos llameantes le observaban con la terrible mirada de una bestia depredadora. Con un sobresalto, se quitó el cigarrillo de los labios y se lo acercó a la nariz.
—¡Diablesa! —emitió un alarido de puro terror. Lanzando lejos el humeante cilindro, se puso en pie, y permaneció mareado, balanceándose sobre unas piernas ahora lacias y muertas. Sus dedos se extendieron hacia la joven como si pretendiera estrangularla—. Veneno... opio... el loto negro...
La mujer se puso en pie, lanzó la mano abierta contra el pecho cubierto de seda del mercader, y le empujó de vuelta al diván. El hombre cayó dando tumbos, y quedó inmóvil, con los ojos abiertos, y la mirada fija y vacía. La mujer se inclinó sobre él, tensa,y estremecida por la intensidad de sus emociones.
—Eres mi esclavo —susurró, del mismo modo que un hipnotizador implanta sugestiones en su víctima—. Careces de voluntad, y obedeces la mía. Tu mente consciente está dormida, pero tu lengua está libre para decir la verdad. Tan sólo la verdad queda en tu drogado cerebro. ¿Por qué vino aquí el detective Harrison?
—Vino preguntando por Ali ibn Suleyman, el druso —musitó Woon Sun, con una curiosa voz, cantarina y carente de vida.
—¿Prometiste traicionar al druso para que le atrape?
—Lo prometí, pero mentí —continuó la monótona voz—. El detective acudirá a medianoche al Callejón del Silencio, que es la antesala de la morada del Amo.
Muchos cadáveres pasan por esa puerta con los pies por delante. Es el mejor lugar para deshacerse de su cuerpo. Le diré al Amo que había venido a espiarle, y así me ganaré los honores, además de deshacerme de un enemigo. El bárbaro blanco estará escondido en un recodo entre las paredes, aguardando al druso, tal como yo le dije. Él no sabe que hay una trampa que puede abrirse desde la pared de atrás, y una mano resuelta puede matarle con un hacha. Mi secreto morirá con él.
Aparentemente, a Joan le resultaba indiferente a qué secreto se refería, ya que no hizo más preguntas al drogado comerciante. Pero la expresión de su hermoso rostro no era placentera.
—No, mi amarillo amigo —murmuró la joven—. Dejemos que el blanco acuda al Callejón del Silencio... sí, pero no será un tripudo amarillo quien le ataque en la oscuridad. Le concederemos su deseo. Se encontrará con Ali ibn Suleyman... ¡Y, después de él, con los gusanos que se lo comerán en la oscuridad de la tumba!
Tras extraer un frasquito de entre sus pechos, escanció algo de vino de una jarra de porcelana en un cáliz de ámbar, y vertió en la bebida el contenido del frasco.
Luego acercó el cáliz hasta los lacios dedos de Woon Sun y, con voz cortante, le ordenó que bebiera, guiando el recipiente hasta sus labios. El mercader trasegó el vino de manera mecánica y, de inmediato, cayó por el lado del diván y yació inerte.
—Esta noche no empuñarás hacha alguna —musitó ella—. Cuando te despiertes, dentro de muchas horas, mis deseos se habrán cumplido... y, además, ya no tendrás que volver a preocuparte de Harrison... sea lo que sea lo que tiene contra ti.
Pareció preocupada por un repentino pensamiento, y se detuvo cuando estaba a punto de salir por la puerta que daba al pasillo posterior.
—¿Que no estoy tan a salvo como creo estar? —murmuró, casi en voz alta—. ¿Qué querría decir con eso? —una sombra, casi de aprensión, cruzó su rostro. Luego se encogió de hombros—. Ahora ya es
demasiado tarde para que me lo cuente. No importa. El Amo no sospecha nada... ¿y qué si lo hace? No es mi Amo. Ya he perdido demasiado tiempo.
Salió al pasillo, cerrando la puerta detrás de ella. Entonces, al darse la vuelta, se detuvo en seco.
Ante ella se alzaban tres sombrías figuras, altas, desgarbadas, y con túnicas negras; sus cabezas, afeitadas como las de los buitres, asentían siniestramente bajo la tenue luz del pasillo.
En ese instante, paralizada por una espantosa certeza, se olvidó de su pistola escondida. Abrió la boca
para lanzar un grito, que se tornó un gorgoteo cuando una mano huesuda se cerró sobre sus labios.


III.

El callejón, de nombre desconocido para los blancos, pero conocido por las incontables hordas de River Street como el Callejón del Silencio, resultaba tan opaco y misterioso como las características de la raza que solía frecuentarlo.
No discurría en línea recta, sino que serpenteaba alejándose de River Street, abriéndose camino a través de un laberinto de altos edificios a oscuras que, al menos a simple vista, parecían almacenes alquilados, y de olvidadas casas decrépitas, ocupadas sólo por las ratas, y cuyas ventanas estaban tapadas con tablones.
Al igual que River Street era el corazón del Barrio Oriental, el Callejón del Silencio era el corazón de River Street, aunque, en apariencia, estuviera vacío y desierto. Al menos esa era la idea de Steve Harrison, aunque no lograba encontrar ninguna razón concreta por la que se le pudiera conceder tanta importancia a un callejón oscuro, sucio y maloliente que no parecía conducir a ninguna parte. Los hombres de la comisaría se burlaban de él, diciéndole que había trabajado tanto tiempo entre los intrincados laberintos plagados de ratas de River Street, que su cerebro estaba empezando a tornarse tan retorcido como el de los chinos.
Pensó en ello, mientras se agazapaba con impaciencia en un recodo formado por las paredes finales del insalubre callejón. Tras una cauta mirada a las manecillas luminosas de su reloj, descubrió que eran ya más de las doce. Tan sólo las pisadas de las ratas rompían el silencio. Estaba bien escondido en aquel quicio formado por dos paredes que se cruzaban sin tocarse, y cuyos planos formaban una suerte de triángulo abierto, que asomaba al callejón.
La arquitectura de aquel lugar resultaba tan absurda como algunas de las historias que se contaban sobre su profunda oscuridad. A unos pocos pasos de allí, el callejón terminaba abruptamente ante la negrura inescalable de una pared casi ciega, que carecía de ventanas, y no tenía más que una puerta de metal.
Todo eso lo sabía Harrison gracias a la vaga luminiscencia gris que se filtraba en el callejón desde la parte superior de los edificios.
Las sombras acechaban en las esquinas, más oscuras que los abismos estigios, y la puerta de metal no era más que una vaga mancha en la superficie de la pared.
Harrison supuso que debía de tratarse de un almacén vacío, abandonado, y medio derruido por los años. Probablemente, su fachada principal daría a la orilla del río, flanqueada por unos muelles decrépitos, olvidados y sin usar en años, ya que el comercio del río y toda la actividad que llevaba aparejada, se había trasladado a una parte más nueva de la ciudad.
Se preguntó si le habrían visto deslizarse en el callejón. No había entrado directamente desde River Street, llena siempre de figuras furtivas que la recorrían en silencio durante casi toda la noche. Había accedido por una calleja lateral, avanzando por entre las tapias y las paredes desconchadas hasta salir al oscuro y laberíntico callejón.
Demasiado tiempo llevaba en el Barrio Oriental como para no adoptar la cautela y el sigilo de sus habitantes.
Pero pasaba de la medianoche, y no había ni rastro del hombre al que estaba dando caza. De repente, se puso en tensión. Alguien venía por el callejón. Pero las pisadas eran suaves, no del tiempo que uno podría haber asociado con un hombre de la corpulencia de Alí ibn Suleyman. Una figura alta y encorvada se perfiló vagamente en la penumbra y pasó junto al escondite del detective. Su mirada entrenada, incluso en la negrura, reveló a Harrison que aquel no era el hombre que buscaba. El desconocido caminó directo hacia la puerta metálica y llamó tres veces con un largo intervalo entre las llamadas. De forma abrupta, en la puerta brilló un círculo rojo. Se susurraron palabras en chino. El hombre del exterior replicó en la misma lengua, y sus palabras llegaron con claridad hasta el atento detective:
—¡Erlik Khan!
Entonces, de un modo inesperado, la puerta se abrió hacia dentro y el extraño entró, quedando iluminado brevemente por la luz rojiza que salía por la abertura.Luego, tras cerrarse la puerta, la oscuridad regresó, y el silencio volvió a reinar en el homónimo callejón.
Pero, agazapado en su oscuro rincón, Harrison sintió como el corazón parecía a punto de salir de entre sus costillas. Había reconocido al sujeto que entrara por la puerta como al asesino chino Fang Yim, cuya cabeza se pagaba a buen precio. Pero no era eso lo que había provocado que la sangre del detective latiera de ese modo en sus venas. Era la contraseña musitada por el malencarado visitante: «¡Erlik Khan!». Era como ver materializada una terrible pesadilla, como ver confirmada una leyenda malvada.
Durante más de un año, habían circulado rumores por los negros callejones y los cochambrosos portales, en los que el misterioso pueblo amarillo se movía de forma tan inescrutable como si fueran fantasmas. Ni tan siquiera eran rumores. Aquel era un término demasiado concreto y definido para poder aplicarse a los murmullos de los tratantes de opio, los balbuceos de los locos, o los estertores de los hombres agonizantes susurros deslavazados que se alejaban en la brisa nocturna. Pero, de entre esas murmuraciones inconexas se imponía un temido nombre, repetido con pavor, en susurros estremecidos: «¡Erlik Khan!».
Era una frase siempre asociada a acontecimientos oscuros; como un viento negro que ululara a través de los árboles, a medianoche; un destello, un suspiro, un mito, que ningún hombre podía confirmar ni
negar. Nadie sabía si era el nombre de un hombre, de un culto, de un plan de acción, de una maldición o de un sueño. Aunque siempre se asociaba a todo aquello que significara amenaza: un susurro de aguas negras que lamía los podridos pilares de muelles olvidados; la sangre goteando sobre piedras resbaladizas; estertores de agonía en rincones oscuros; pies sigilosos, deslizándose a medianoche hasta destinos inciertos.
Los hombres de la comisaría se reían de Harrison cuando este juraba que sentía una conexión entre varios crímenes que no parecían estar conectados. Le decían, como siempre, que llevaba demasiado tiempo trabajando entre los laberintos del Distrito Oriental. Pero, precisamente ese hecho, le había vuelto más sensible que sus compañeros a las impresiones sutiles y furtivas. Y, en ocasiones, casi le parecía sentir una forma vaga y monstruosa que se movía tras una telaraña de ilusión. Y ahora, como el siseo de una serpiente oculta en la oscuridad, había logrado encontrar algo concreto al escuchar aquellas palabras susurradas: ¡Erlik Khan!
Harrison salió de su escondrijo y caminó a paso vivo hacia la puerta de metal. Su disputa con Ali ibn Suleyman fue apartada a un lado. El detective aprovechaba las oportunidades que se le presentaban. Cuando era así, actuaba primero, y planeaba después. Y su instinto le decía que estaba en el umbral de algo muy grande.
Un zumbido lento, casi imperceptible, había comenzado a sonar. En lo alto, por encima de las altas paredes negras, captó el atisbo de densos nubarrones grises, tan bajos que casi parecían fundirse con las azoteas, reflejando débilmente la miríada de luces de la ciudad. El murmullo del tráfico lejano llegó a sus oídos, tenue y distorsionado. Cuanto le rodeaba le parecía curiosamente extraño y ajeno. Lo mismo podría haber estado en la penumbra de Cantón, o en la prohibida Pekín... o en Babilonia, o en la egipcia Menfis.
Deteniéndose ante la puerta, recorrió la superficie metálica con las manos, y tanteó las planchas que, aparentemente, la condenaban. Descubrió que algunas de ellas eran falsas. Se trataba de un truco ingenuo para hacer que la puerta pareciera inaccesible a una mirada casual.
Asegurando los pies, con la sensación de estar saltando a ciegas en la oscuridad, Harrison llamó tres veces, igual que hiciera el asesino, Fang Yim. Casi al instante, un ventanuco redondo se abrió en la puerta, a la altura de su cara, dejando escapar un resplandor rojo en el que distinguió un semblante amarillo mongoloide. Escuchó un sibilino susurro en chino.
El ala del sombrero de Harrison caía sobre sus ojos, y la solapa del abrigo, subida para protegerle de la intemperie, ocultaba parte de sus rasgos. Pero el disfraz no era necesario. El hombre del interior no se parecía a nadie que conociera a Harrison.
—¡Erlik Khan! —musitó el detective. 
Los ojos rasgados no mostraron el menor atisbo de sospecha. Evidentemente, por esa puerta ya habían pasado antes otros hombres blancos. Se abrió hacia dentro, y Harrison entró, con los hombros encorvados y las manos en los bolsillos del abrigo: la viva imagen de un maleante de los muelles. Escuchó como la puerta se cerraba detrás de él, y se encontró en una pequeña cámara cuadrada en el extremo de un estrecho pasillo.
Notó que la puerta estaba reforzada con una gran barra de acero, que el Chino estaba colocando en su lugar sobre recios pestillos de hierro colocados a ambos lados del portal; además, el agujero del centro quedó cubierto por un disco de acero, que giró sobre un pivote.
Aparte de un destartalado asiento para el portero la estancia carecía de mobiliario.
La mirada entrenada de Harrison captó todo esto en un rápido vistazo, mientras avanzaba por la cámara. Sentía que, si deseaba hacerse pasar por un miembro de lo que fuera ese lugar, no podía permitirse permanecer mucho tiempo en el vestíbulo. Una pequeña linterna roja, que colgaba del techo, iluminaba la estancia, pero el pasillo parecía carecer de iluminación, salvo la que procedía de la citada linterna.
Harrison enfiló el corredor en sombras, sin mostrar evidencia alguna de la tensión de sus nervios. Al mirar de reojo, se fijó en la solidez de las paredes, que parecían nuevas. Obviamente, se había llevado a cabo una gran obra de rehabilitación en el interior de ese edificio, que parecía desierto.
Al igual que el callejón del exterior, el pasillo no discurría de forma recta. Giraba frente a él, en un tramo que disfrutaba de un suave torrente de luz, y, más allá de esa esquina, Harrison escuchó acercarse unas débiles pisadas. Se lanzó sobre la puerta más cercana, que se abrió en silencio al empujarla, y volvió a cerrarse detrás de él con el mismo sigilo.
Descendió unos escalones en la más absoluta oscuridad; tropezó, y a punto estuvo de caer, pero se agarró a la pared, mientras maldecía por el ruido que estaba haciendo. Escuchó que las suaves pisadas se detenían fuera, frente a la puerta; luego, una mano la empujó hacia dentro. Pero Harrison tenía el codo y el antebrazo presionando contra el panel de madera. Tanteando con los dedos encontró un cerrojo, y lo echó, mientras volvía a maldecir —esta vez mentalmente—, por el tenue chirrido que provocaba. Una voz susurró algo en chino, pero Harrison no respondió. Se dio la vuelta y volvió a descender con cuidado por las escaleras.
Sus pies no tardaron en llegar al suelo y, al instante siguiente, se encontró con una puerta. Tenía una linterna en el bolsillo, pero no se atrevía a usarla. Tanteó la puerta y descubrió que no estaba cerrada. El marco, la hoja y las jambas parecían estar aisladas a prueba de ruidos. Sus sensibles dedos recorrieron las paredes, y descubrió que estaba especialmente tratadas con la misma finalidad.
Con un escalofrío, se preguntó que gritos y qué sonidos espantosos estaban destinados a ser amortiguados por aquella puerta y paredes.
Al abrir del todo la puerta, parpadeó al percibir una tenue luz rojiza, y extrajo su pistola llevado por el pánico. Pero no fue recibido por gritos ni disparos, y, según sus ojos se fueron acostumbrando a la luz, descubrió que se encontraba en el interior de un gran sótano, vacío excepto por tres grandes cajas embaladas. Había puertas en el extremo y en ambos lados, pero todas ellas estaban cerradas.
Evidentemente, se encontraba a cierta distancia bajo el suelo. Se acercó a las cajas, que, aparentemente, habían sido abiertas en fecha reciente, y su contenido aún no había sido extraído. Las
tapas yacían en el suelo, junto a ellas, acompañadas de virutas y restos de embalaje.
—¿Bebida? —musitó para sí—. ¿Opio? ¿Contrabando?
Frunció el ceño al bajar la vista hasta el interior de la caja más cercana. Una simple capa de virutas de embalar cubría el contenido, y no pudo evitar quedar perplejo ante el contorno que dibujaban. Luego, de repente, con la piel de gallina, agarró las virutas y las apartó... para después retroceder un paso, temblando de horror. Tres rostros amarillos, gélidos e inmóviles, miraban hacia arriba, sin ver, en dirección a la lámpara roja. Una capa por debajo, parecía haber tres más.
Sudando y boqueando, Harrison llevó a cabo la escalofriante tarea de verificar lo que a duras penas podía creerse. Y, una vez concluida esta, se limpió la frente de sudor.
—¡Tres cajas llenas de chinos muertos! —susurró estremecido—. ¡Dieciocho fiambres amarillos! ¡Por el gato sagrado! ¡Parece como si revendieran cadáveres asesinados! Y yo que pensaba que había visto tantas cosas infernales que ya nada podía afectarme. ¡Pero esto es demasiado macabro!
Fue el sigiloso sonido de una puerta abriéndose lo que le sacó de sus mórbidas meditaciones. Se giró, en tensión. Ante él se agazapaba una forma monstruosa y brutal, como una criatura salida de una pesadilla. El detective captó el atisbo de un descomunal torso medio desnudo, un cráneo afeitado con forma de bala, hendido por una sonrisa brutal... y luego la bestia cayó sobre él.
Harrison no era un pistolero; todos sus instintos le impelían a combatir con sus fuertes brazos. En lugar de emplear su pistola, lanzó su puño derecho en dirección a aquella repulsiva sonrisa y fue recompensado por un reguero de sangre. La cabeza de la criatura cayó hacia atrás en un ángulo imposible, pero sus dedos huesudos se habían aferrado a las solapas del detective. Harrison enterró el puño izquierdo en lo más profundo del diafragma de su atacante, provocando que su rostro de cobre adoptara un tinte verdoso, pero el oriental aguantó, y, de un tirón, colocó el abrigo de Harrison detrás de sus hombros. Reconociendo la treta para inmovilizarle los brazos, Harrison no se resistió al movimiento, sino que incluso lo facilitó, proyectando hacia delante su poderoso cuerpo, propinando un cabezazo contra la nuez del amarillo, y liberando a continuación los brazos de sus mangas.
El gigante retrocedió tambaleándose, boqueando para respirar, mientras levantaba la inútil prenda arrebatada como si fuera un escudo. Y Harrison, inexorable en su ataque, le envió contra la pared con la sola fuerza de su mano, y, con fuerza demoledora, golpeó su mandíbula con ambas manos. El gigante se derrumbó hacia atrás, con la mirada fija; la cabeza impactó contra la pared, haciendo manar un torrente de sangre, y cayó de bruces al suelo, donde permaneció inmóvil,con su cabeza de bala rodeada por un charco de sangre.
—¡Un estrangulador mongol! —jadeó Harrison, bajando la mirada hacia él—. ¿En qué clase de pesadilla me he metido?
Fue justo en ese instante cuando una porra, empuñada a su espalda, impactó contra su cabeza; las luces se apagaron.


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