miércoles, 9 de enero de 2019

RELATO: "La Hija del Gigante Helado", Robert E. Howard (CONAN)


Conan y Atali, por Richard Corben




La hija del gigante helado


Robert E. Howard



El fragor metálico de las espadas y las hachas de guerra se había extinguido; los gritos de las matanzas fueron silenciados, y ahora reinaba el silencio sobre la nieve teñida de rojo. El pálido sol que brillaba con una luz cegadora sobre los campos helados y las llanuras cubiertas de nieve arrancaba destellos de plata de las corazas hendidas y de las armas quebradas diseminadas por el campo de batalla en el que yacían los muertos. Las manos sin vida aún aferraban las rotas empuñaduras de las espadas; las cabezas cubiertas con cascos y echadas hacia atrás en el último estertor, alzaban lúgubremente contra el cielo las barbas rojas y doradas, como en una última invocación a Ymir, el gigante helado, dios de una raza guerrera. 

Alrededor de los ensangrentados despojos y de los cuerpos enfundados en cotas de malla, dos hombres se miraban fijamente. Eran los únicos seres vivos en aquel paisaje desolado. Los cubría el cielo helado y estaban rodeados por la blanca planicie sin límites, con decenas de cadáveres a sus pies. Se fueron aproximando lentamente uno al otro entre los cuerpos sin vida, como fantasmas que se encuentran sobre las ruinas de un mundo muerto. En medio de un silencio casi absoluto, los dos hombres quedaron cara a cara. 

Ambos eran altos y fornidos como tigres. Habían perdido los escudos, y sus corazas estaban abolladas y resquebrajadas. La sangre seca cubría sus cotas de malla y las espadas estaban manchadas de rojo. En sus cascos de cuernos se velan las marcas de golpes violentos. Uno de ellos carecía de barba y tenía una brillante melena negra; el cabello y la barba del otro eran tan rojos como la sangre que habla sobre la nieve iluminada por el sol. 

–Oye –dijo este último–, dime tu nombre para que mis hermanos de Vanaheim sepan quién fue el último hombre de la banda de Wulfhere que cayó ante la espada de Heimdul. 

–¡No será en Vanaheim –dijo con un gruñido el guerrero de negra cabellera–, sino en Valhalla, donde les dirás a tus hermanos que encontraste a Conan de Cimmeria! 

Heimdul saltó lanzando un rugido mientras su espada describía un arco mortal. Cuando la sibilante hoja golpeó su casco haciendo saltar chispas azules, Conan se tambaleó y su vista se llenó de un fuego rojo. Pero después de retroceder, volvió a cobrar fuerzas y lanzó un poderoso mandoble con todas sus fuerzas. La afilada hoja atravesó las escamas de metal, los huesos y el corazón del enemigo, y el guerrero de rojos cabellos murió a los pies del cimmerio. 

Conan se quedó inmóvil, con la espada suspendida, y se sintió repentinamente invadido por un profundo cansancio. El resplandor del sol sobre la nieve cortaba sus ojos como un cuchillo, mientras que el cielo parecía encogerse extrañamente. Se alejó de aquella planicie en la que los guerreros de barba rubia yacían entrelazados con los asesinos de rojas barbas en un abrazo de muerte. Había dado unos pocos pasos cuando el resplandor de los campos nevados comenzó a atenuarse. Lo envolvió una oleada de luz cegadora y se desplomó sobre la nieve apoyado en un brazo, tratando de sacudirse la ceguera como un león sacude su melena.
Una risa cantarina rasgó su inconsciencia, y notó que la vista se le aclaraba poco a poco. Conan miró hacia arriba; habla algo extraño en el paisaje, algo que no podía precisar ni definir, como un tinte especial y desusado que coloreaba la tierra y el cielo. Pero no pensó mucho tiempo en ello. Ante él, balanceándose como un árbol joven al viento, había una mujer. Al bárbaro, todavía aturdido, el cuerpo erguido de la muchacha le parecía hecho de marfil; con excepción de un ligero velo de gasa, estaba desnuda como el día. Sus delicados pies eran más blancos que la nieve que pisaban. Finalmente la joven se echó a reír, mirando fijamente al desconcertado guerrero; su risa era más dulce que el murmullo de las fuentes cantarinas, pero estaba cargada de una ironía cruel. 

–¿Quién eres? –le preguntó el cimmerio–. ¿De dónde vienes? 

–¿Qué importa? –repuso ella, con una voz más musical que un arpa de cuerdas plateadas, pero cargada de crueldad. 

–Puedes llamar a tus hombres –dijo Conan aferrando su espada–. Aunque no me responden del todo las fuerzas, no me cogerán vivo. Veo que eres Vanir. 

–¿Te lo había dicho? –preguntó la joven. 

La mirada del cimmerio se posó nuevamente en los rizos rebeldes de la muchacha, que le habían parecido rojos a primera vista. Ahora veía que aquel cabello no era rojizo ni rubio, sino una gloriosa combinación de ambos tonos. El la miró fascinado. Su cabello era de un color dorado mágico; el sol se reflejaba con tal intensidad en su cabellera que el bárbaro apenas podía mirarla. Los ojos de ella no parecían del todo azules ni absolutamente grises, sino que cambiaban de color con la luz y con el resplandor de las nubes, creando tonalidades que el bárbaro jamás había visto. Sus labios rojos y carnosos sonrieron y, desde los ligeros pies hasta la cegadora corona de su cabello rizado, aquel cuerpo de marfil era tan perfecto como el sueño de un dios. El pulso de Conan martilleó sus sienes. 

–No sé si eres de Vanaheim y enemiga mía –dijo él–, o de Aesgaard y, por tanto, amiga. He recorrido muchas tierras, pero jamás he visto una mujer como tú. Tus rizos me ciegan con su fulgor. Jamás había visto un cabello semejante, ni siquiera entre las mujeres más blancas de Aesir. Por Ymir... 
–¿Y tú quién eres, para jurar por Ymir? –le interrumpió ella con tono burlón–. ¿Qué sabes tú de los dioses del hielo y de la nieve, tú que vienes del sur para aventurarte entre gentes extrañas? 
–¡Por los oscuros dioses de mi propia raza! –gritó Conan furioso–. ¡Aunque no sea un aesir de cabello dorado, ninguno de ellos ha sido más diestro que yo manejando la espada! Hoy he visto caer muertos a muchísimos hombres, y sólo yo he sobrevivido en el campo de batalla en el que los hombres de Wulfhere se enfrentaron con los lobos de Bragi. Dime, mujer, ¿no has visto el brillo de las corazas sobre las llanuras nevadas? ¿No has visto hombres armados avanzando sobre el hielo? 
–He visto brillar la escarcha bajo los rayos del sol –respondió ella–. Y he oído el viento susurrando sobre las nieves eternas. 
Conan movió la cabeza y lanzó un suspiro. Luego dijo: 
–Niord debía haberse unido a nosotros antes de que comenzara la batalla. Me temo que él y sus guerreros hayan sido objeto de una emboscada. Wulfhere y sus hombres están muertos... Yo creí que no había ninguna aldea en muchas leguas a la redonda, pues la guerra nos llevó muy lejos; pero tú no puedes haber venido de lejos, con tanta nieve y estando desnuda. Condúceme a tu tribu, si eres de Aesgaard, pues me siento débil y cansado a causa de los golpes que he recibido y del fragor de la batalla. 
–Mi aldea se encuentra más allá de lo que tú puedes recorrer andando, Conan de Cimmeria –dijo ella riendo. 
Después extendió los brazos y se balanceó delante de él, agitando sensualmente su dorada cabellera y con los ojos centelleantes semiocultos detrás de sus sedosas pestañas. 
–¿No soy hermosa, oh, extranjero? 
–Como el alba que juega desnuda sobre la nieve –murmuró Conan con los ojos ardientes como los de un lobo. 
–Entonces, ¿por qué no te levantas y me sigues? ¿Quién es el valiente guerrero que se queda postrado delante de mí? –dijo ella con voz cantarina y con un sarcasmo enloquecedor–. Quédate acostado sobre la nieve y muere como los demás necios, Conan el de la negra cabellera. Tú no puedes seguirme a donde yo te llevaría. 
El cimmerio lanzó un juramento y se puso en pie, al tiempo que sus ojos azules centelleaban y su rostro oscuro, lleno de pequeñas cicatrices se contraía. La ira embargaba su alma, pero el deseo que le inspiraba el cuerpo tentador que tenía delante le martilleaba las sienes y le hacía hervir la sangre en las venas. Una pasión feroz y agónica invadía todo su ser, hasta el punto que la tierra y el cielo aparecían bañados en sangre ante su obnubilada mirada. En medio de su locura, se olvidó del enorme cansancio y de la debilidad que sentía. 
El cimmerio no dijo una sola palabra mientras envainaba la ensangrentada espada y tendía las manos hacia la muchacha para tocar su carne suave y delicada. La joven lanzó un leve grito, retrocedió entre risas y echó a correr, mirándolo de cuando en cuando por encima de su blanco hombro. Conan la siguió lanzando gruñidos. Se había olvidado de la lucha, de los guerreros armados que yacían bañados en sangre; se había olvidado de Niord y de sus hombres, que no llegaron a tiempo para la batalla. Sólo tenía en mente la esbelta silueta blanca que parecía flotar en el aire, en lugar de correr sobre la tierra delante de él. 
La persecución continuó a través de la cegadora llanura blanca. El campo rojo había quedado muy atrás, pero Conan siguió andando con la silenciosa tenacidad de los de su raza. Sus pies, cubiertos con la malla de acero, rompieron la helada corteza y se hundieron hasta los tobillos en la tierra cubierta de nieve, pero siguió adelante sostenido por su indomable energía. La muchacha danzaba sobre la nieve ligera como una pluma flotando en el aire; sus pies desnudos apenas dejaban huellas en la escarcha helada. A pesar del fuego que ardía en las venas del bárbaro, el frío le mordía a través de la cota de malla y del manto forrado de piel, pero la joven del tenue velo de gasa corría tan ligera y alegre como si estuviera bailando entre las palmeras y los jardines de rosas de Poitain. 
Ella iba siempre adelante y Conan la seguía. Sus labios resecos lanzaban violentas maldiciones. Tenía hinchadas las venas de las sienes a causa del esfuerzo y sus dientes rechinaban. 
–¡No podrás escapar de mí! –rugió el cimmerio–. ¡Si me conduces a una trampa, apilaré las cabezas de tu gente a tus pies! ¡Y si te ocultas, abriré las montañas hasta que te encuentre! ¡Te seguiré hasta el mismísimo infierno! 
La espuma fluía de los labios del bárbaro mientras la enloquecedora risa de la muchacha llegaba hasta sus oídos. La joven lo llevó cada vez más lejos hacia el interior de la estepa. A medida que pasaban las horas y el sol se ocultaba detrás de la línea del horizonte, el paisaje cambiaba; la extensa planicie dio paso a unas pequeñas colinas que ascendían hasta convertirse en accidentadas cordilleras. Allá a lo lejos, hacia el norte, Conan divisó una cadena de elevadas montañas, cuyas azules nieves eternas se teñían de rojo bajo el sol poniente. En el cielo oscuro brillaban resplandecientes los rayos de la aurora boreal. Se cxtendían como un abanico en el cielo, como heladas hojas de una luz gélida que cambiaba de color y cuya intensidad aumentaba por momentos. 
El cielo brillaba por encima de la cabeza de Conan con una luz y un resplandor extraños. La nieve tenía un brillo misterioso y sobrenatural; por momentos era de un azul helado, luego de color carmesí o de un frío tono plateado. Conan seguía avanzando con una determinación inquebrantable a través de aquel helado reino deslumbrante y encantado, en un laberinto cristalino en el que la única realidad era el blanco cuerpo que bailaba sobre la nieve lejos de su alcance..., cada vez más lejos de su alcance. 
El cimmerio no se asombró ante la extrañeza de todo aquello, ni siquiera cuando dos gigantescas figuras se alzaron para cerrarle el paso. Las escamas de las cotas de malla de los desconocidos estaban llenas de escarcha y sus casos y hachas de guerra estaban cubiertos de hielo. La nieve salpicaba sus cabelleras y sus barbas estaban blancas de carámbanos y de cristalillos helados. Sus ojos eran tan fríos como la luz que llegaba a raudales del cielo. 
–¡Hermanos! ~exclamó la muchacha bailando entre ellos. ¡Mirad quién me sigue! ¡Os he traído un hombre para que lo matéis! ¡Arrancadle el corazón para colocarlo humeante sobre la mesa de nuestro padre! 
Los gigantes contestaron con rugidos que parecían el chirriar de los icebergs al rozar contra las heladas piedras de una costa rocosa. Levantaron las hachas, que brillaron bajo la luz de las estrellas, y en ese momento el cimmerio se abalanzó como enloquecido sobre ellos. Una helada hoja brilló ante los ojos de Conan cegándolo con la intensidad de su fulgor. El bárbaro devolvió un terrible mandoble que cercenó la pierna de uno de sus enemigos a la altura de la rodilla. 
La víctima cayó exhalando un lamento y en ese mismo instante Conan se desplomó sobre la nieve, con el hombro izquierdo insensible por un certero golpe del otro hombre, del que apenas pudo salvarlo la malla que llevaba puesta. Conan vio que el otro gigante se cernía sobre él como un coloso tallado en hielo, recortándose contra el frío cielo. El hacha se abatió... para hundirse en la nieve hasta penetrar profundamente en la tierra helada, pues Conan se echó a un lado y luego de un salto se puso en pie. El gigante lanzó un rugido e intentó liberar su hacha, pero mientras lo hacía, la espada de Conan se hundió en el pecho del hombre con la rapidez de un rayo. Las rodillas del titán se doblaron y éste se derrumbo lentamente sobre la nieve, que se tiñó de color carmesí por la sangre que manaba del cuello seccionado. 
Conan giró rápidamente y vio que la muchacha se encontraba a poca distancia, mirándole con los ojos muy abiertos por el horror; el aire de soma había desaparecido de su rostro. El cimmerio gritó violentamente y las gotas de sangre caían por su espada mientras su mano temblaba por la intensidad de su pasión. 
–¡Llama al resto de tus hermanos! –gritó Conan–. ¡Yo echaré sus corazones a los lobos! No podrás escapar de mi... 
Con un grito de horror, la joven se volvió y huyó rápidamente. Ya no se reía ni se burlaba de él cuando lo miraba por encima de su blanco hombro. Ahora corría como si en ello le fuera la vida. Por más que Conan forzaba hasta la última fibra de sus músculos y sentía como si las sienes fueran a estallarle. Lo veía todo de color rojo, la chica seguía alejándose de él bajo los cielos iluminados por los fuegos de hechicería, hasta que quedó convertida en una figura diminuta, luego en una blanca llama que danzaba sobre la nieve y por último en una pequeña mancha perdida a lo lejos. Pero aunque los dientes le rechinaban hasta hacerle brotar sangre de las encías, Conan siguió avanzando hasta que la pequeña mancha volvió a aparecer a los ojos de Conan como una blanca llama que danzaba, luego como una minúscula figurilla y por último la muchacha corría a menos de cien pasos delante del cimmerio. Lentamente, paso a paso, la distancia se iba acortando. 
Ahora la joven corría haciendo un visible esfuerzo, con sus rizos dorados flotando al viento. Conan percibió el intenso jadeo de su pecho y vio el miedo reflejado en sus ojos cuando ella lo miró por encima del hombro. La resistencia implacable del bárbaro le proporcionó el fruto apetecido. Las fuerzas parecían abandonar sus blancas piernas; la muchacha corría a menos velocidad aún. En el corazón indomable de Conan se atizó nuevamente' el fuego infernal que ella había sabido encender. Lanzando un rugido inhumano, Conan se arrojó sobre la joven en el momento en que ésta se volvía y lanzaba un grito de espanto, al tiempo que extendía sus brazos para rechazarlo. 
La espada del cimmerio cayó sobre la nieve cuando este estrechó a la joven en sus brazos. El esbelto cuerpo de la muchacha se arqueó hacia atrás mientras luchaba desesperadamente en los brazos de Conan. Su cabello dorado se agitaba al viento y le caía sobre el rostro, cegando al cimmerio con su resplandor. El contacto de su hermoso cuerpo que se retorcía entre sus brazos le llevó al borde de la locura. Los fuertes dedos de Conan se hundieron con frenesí en la suave y blanda carne..., una carne fría como el hielo. Era como si estuviera abrazando un cuerpo de hielo en lugar del cuerpo de una mujer de carne y hueso. Ella echó a un lado su dorada cabellera, tratando de esquivar los violentos besos del bárbaro, que lastimaban sus labios rojos y carnosos. 
–Eres fría como la nieve –dijo él como atontado–. Yo te calentaré con el fuego de mi sangre... 
Al tiempo que lanzaba un fuerte grito, la joven se resistió con todas sus fuerzas hasta que logró escapar de los brazos del cimmerio, dejando en ellos su ligero velo de gasa. Ella saltó hacia atrás y se enfrentó Conan, con sus rizos de oro en completo desorden, su blanco pecho jadeante y sus hermosos ojos centelleando de horror. Por un momento Conan se quedó paralizado, abrumado ante aquella belleza terrible que se alzaba desnuda sobre la nieve. 
En ese momento ella alzó los brazos hacia las luces que brillaban en el firmamento y exclamó con una voz que resonaría para siempre en los oídos de Conan: 
–¡Ymir! ¡Oh, padre mío, sálvame! 
Conan dio un salto hacia adelante con los brazos extendidos para coger a la muchacha cuando, con un estampido como el de una inmensa montaña al desintegrarse, el cielo entero se convirtió en un fuego helado. El cuerpo de marfil de la muchacha se vio envuelto repentinamente en una llama azulada y fría, tan cegadora que el cimmerio tuvo que levantar las manos para protegerse los ojos. Durante un breve instante, los cielos y las montañas nevadas fueron inundadas por crepitantes llamas blancas, azules dardos de una luz helada y fuegos gélidos de color carmesí. 
De pronto Conan se tambaleó y lanzó una exclamación. La muchacha había desaparecido. La resplandeciente extensión de nieve estaba ahora completamente desierta; por encima de su cabeza las embrujadas luces jugueteaban 
en un cielo helado que parecía haber enloquecido. Entre las distantes montañas azuladas que se alzaban a lo lejos se oyó un trueno estremecedor, como el de un gigantesco carro de guerra arrastrado por caballos frenéticos cuyos cascos despedían destellos al chocar contra la nieve, mientras del cielo llegaban ecos lejanos. 
Luego la aurora boreal, las montañas cubiertas de nieve y el cielo llameante comenzaron a dar vueltas ante los ojos de Conan como si estuvieran ebrios. Miles de bolas de fuego estallaron lanzando una lluvia de chispas y el mismo cielo se convirtió en una rueda gigantesca que giraba despidiendo estrellas a medida que daba vueltas. Las montañas nevadas se alzaban como las olas del mar. Entonces el cimmerio cayó sobre la nieve y quedó inmóvil.

En un gélido y oscuro universo cuyo sol se había extinguido hacía muchísimos eones, Conan sintió el movimiento de una vida extraña e incierta. Un terremoto hizo temblar la tierra sobre la que yacía, lo sacudió de un lado a otro y aplastó sus manos y sus pies, haciéndole gritar de dolor y de furia. Entonces buscó su espada. 

–Está volviendo en si, Horsa –dijo una voz–. Date prisa, debemos quitarle el hielo de sus brazos y piernas, para que pueda volver a empuñar la espada. 

–No puede abrir la mano izquierda –dijo el otro con un gruñido–. Está aferrando algo... 

Conan abrió los ojos y miró a los hombres barbudos que se inclinaban sobre él. Estaba rodeado de guerreros altos y rubios, que vestían cotas de malla y pieles. 

–¡Conan! –exclamó uno de ello–. ¡Estás vivo! 

–¡Por Crom, Niord! –dijo el cimmerio jadeando–. ¿Estoy vivo o estamos todos muertos en Valhalla? 

–Estamos vivos –respondió As masajeando los pies helados de Conan–. Nos tendieron una emboscada; de lo contrario hubiéramos llegado a tiempo para luchar a tu lado. Los cadáveres todavía estaban tibios cuando aparecimos en el campo de batalla. No te encontramos entre los muertos, de modo que seguimos tu rastro. Pero Conan, en nombre de Ymir, ¿por qué te fuiste hasta las estepas del norte? Seguimos tus huellas sobre la nieve durante horas. Si alguna tormenta las hubiera ocultado, jamás te habríamos encontrado, ¡por Ymir! 
–No jures tan a menudo por Ymir –murmuró otro guerrero con aire inquieto, observando las lejanas montañas–. Esta es su tierra, y cuentan las leyendas que el dios vive en aquellas montañas. 
–He visto a una mujer –repuso Conan confusamente–. Nos hablamos encontrado con los hombres de Bragi en la llanura. No sé durante cuánto tiempo estuvimos peleando. Fui el único sobreviviente, y estaba mareado y exhausto. La tierra parecía un sueño; sólo ahora las cosas me parecen naturales y conocidas. La mujer vino hacia mí, provocándome. Era hermosa como una helada llama del infierno. Una extraña locura me invadió cuando la miré, y me olvidé de todo. La seguí. ¿No habéis encontrado sus huellas? ¿Ni habéis visto a los gigantes helados a los que di muerte? 
Nior respondió negativamente con un movimiento de la cabeza. 
–Sólo encontramos tus huellas en la nieve, Conan –le respondió. 
–Entonces es probable que esté loco –dijo Conan aturdido–. Y sin embargo, vosotros no me parecéis más reales que aquella muchacha de cabellos dorados que corría desnuda sobre la nieve, delante de mí. No obstante, yo la vi desvanecerse entre mis propias manos, como una llama helada que se extingue súbitamente. 
–Está delirando –musitó uno de los guerreros. 
–¡No! –exclamó un hombre más viejo, de ojos salvajes y extraños–. ¡Era Atali, la hija de Ymir, el gigante de hielo! ¡Ella sale al campo de batalla y se deja ver por los moribundos! Yo la he visto cuando era un muchacho y estaba medio muerto después de la sangrienta batalla de Wolfraven. La he visto caminar entre los muertos, sobre la nieve; su cuerpo desnudo brillaba como el marfil y su cabellera dorada resplandecía con un fulgor insoportable a la luz de la luna. Yo me acosté en el suelo y aullé como un perro moribundo porque no podía arrastrarme tras ella. Atrae a los sobrevivientes de las batallas y los lleva a los páramos para que sus hermanos, los gigantes de hielo, les den muerte; después les arrancan el corazón y lo depositan en la mesa de Ymir. ¡El cimmerio ha visto a Atali, la hija del gigante helado! 
–¡Bah! –gruñó Horsa–. El viejo Orom ha quedado mal de la cabeza por una herida que recibió en su juventud. Conan estaba delirando por los golpes recibidos en el fragor de la batalla; mirad cuántas abolladuras tiene en el casco. Cualquiera de esos golpes pudo afectarle el cerebro. Lo que anduvo siguiendo por las estepas no era más que una alucinación. El cimmerio viene del sur; ¿qué sabe él acerca de Atali? 
–Quizá tengas razón –murmuró Conan–. Todo era tan extraño, tan misterioso y sobrenatural... ¡Por Crom! 
Conan se calló y miró algo que todavía aferraba con fuerza en la mano izquierda. Los demás se quedaron boquiabiertos cuando vieron que sostenía un tenue velo de gasa..., un velo de gasa tan ligero y delicado que no pudo haber sido tejido por manos humanas.








viernes, 15 de junio de 2018

Hiperbórea (Hyperborea)


Hiperbórea (Hyperborea)


"En distintos lugares del mundo comienzan a aparecer signos de una tendencia evolutiva en pequeños grupos de salvajes, aunque éstos se hallan dispersos y son desconocidos. Sin embargo hacia el norte, hay tribus que inician un visible desarrollo. A esta gente se la conoce con el nombre de hiborios o hibores, y su dios era Bori, un gran jefe a quien la leyenda convierte en un ser muy antiguo identificado con el rey que los condujo hacia el norte en la época del gran Cataclismo, que las tribus sólo recuerdan gracias a un folclore muy desvirtuado."
(...)
"Hay que añadir otro factor al ímpetu de las invasiones hibóreas. Una tribu de esa misma raza descubrió el uso de la piedra en la construcción, y así nació el primer reino hibóreo, el primitivo y bárbaro reino de Hiperbórea, cuyo comienzo tuvo lugar en una tosca fortaleza de piedras amontonadas con la finalidad de contener los ataques de otras tribus. Los miembros de esta tribu pronto abandonaron sus tiendas de piel de caballo y comenzaron a vivir en casas de piedra, construidas en forma primitiva, pero sólidas, y protegidos de esta manera comenzaron un vertiginoso desarrollo. Hay pocos acontecimientos históricos más impresionantes que el desarrollo del violento y cruel reino de Hiperbórea, cuya gente abandonó casi repentinamente su vida nómada y construyó casas de piedra desnuda, rodeadas de murallas ciclópeas; de esta manera, una raza que acababa de salir de la era de la piedra pulida aprendió, casi por casualidad, los principios de la arquitectura.
El auge de este reino desplazó a numerosas tribus que, derrotadas en la guerra o negándose a ser sojuzgadas por sus hermanos de raza que habitaban en los castillos, iniciaron un viaje largo y difícil que los llevó por medio mundo. Al mismo tiempo, las tribus del norte comenzaron a ser hostigadas por gigantescos y rubios salvajes, no mucho más evolucionados que los hombres-mono."
(...)
"La historia de los mil años siguientes es la leyenda del auge de los hiborios, cuyas tribus guerreras dominan el mundo occidental. Se formaron reinos primitivos. Los invasores de leonados cabellos se enfrentaron con los pictos y los desplazaron hacia las tierras yermas del oeste. En el noroeste, los descendientes de los atlantes, que pasan sin ayuda alguna del estado humanoide al salvajismo primitivo, aún no se han enfrentado con los conquistadores. En las remotas tierras del este, los lemurios crean una extraña semicultura propia. Al sur, los hiborios han fundado el reino de Koth, en los confines de las zonas pastoriles conocidas como las Tierras de Shem, donde sus salvajes habitantes están empezando a salir de la barbarie, en parte por el trato con los hiborios y en parte por su contacto con los estigios, que han asolado sus tierras durante siglos. Los rubios salvajes del lejano norte son ahora más numerosos y poderosos, por lo que las tribus hibóreas del norte se dirigen hacia el sur, desplazando a su paso a sus hermanos de sangre. El antiguo reino de Hiperbórea es derrotado por una de esas tribus del norte que, sin embargo, conserva el antiguo nombre. Al sudeste de Hiperbórea ha surgido un reino de zhemris, llamado Zamora. En el sudoeste, una tribu de pictos invadió el fértil valle de Zingg, conquistó el pueblo agrícola allí asentado, estableciéndose en aquellas tierras, junto a los vencidos. La raza resultante de esta mezcla fue a su vez conquistada más tarde por una tribu errante de hiborios y todos estos elementos combinados dan origen al reino de Zingara."
(...)
"En el norte, los bárbaros de cabello dorado y ojos azules, descendientes de los rubios salvajes del Ártico, han expulsado a las tribus hibóreas que aún permanecían en los países nevados, con excepción del antiguo reino de Hiperbórea, que resiste sus violentos ataques. Su tierra se llama Nordheim, y sus habitantes se dividen entre los pelirrojos vanires de Vanaheim y los rubios aesires de Asgard."
La Edad Hiboria, Robert E. Howard


"La Edad Hiboria", por Roy Thomas y Ernie Chan (La Espada Salvaje de Conan, nº 130)





INTRODUCCION
[del libro "HYPERBOREA" de Clark Ashton Smith, por Lin Carter]


En torno a HYPERBOREA
y Clark Ashton Smith

Detrás Del Viento Del Norte


Nunca encontrarás por tierra o por mar
el maravilloso camino que conduce
a la fiesta de los hyperbóreos

PÍNDARO



Para los antiguos griegos, el fabuloso país de Hyperbórea constituía un paraíso idílico..., un Edén de los paganos. Eran muchas las historias que poseían sobre Hyperbórea... Hércules la visitó, fue allí donde Perseo cortó la cabeza de la Gorgona, y en ese país había nacido el abuelo de Apolo. Los mejores relatos se referían a un trotamundos hyperbóreo, un mago-sacerdote llamado Abaris, quien visitó Grecia, estudió magia con Pitágoras e impidió que una plaga destruyese Esparta, antes de volver a su país.
Homero, que siempre fue un tanto inexacto en cuanto a teoría geográfica, nunca mencionó el país de los hyperbóreos, al contrario que el historiador Herodoto (IV, 36), quien además recuerda que Hesíodo lo había mencionado, al igual que un perdido poema épico del ciclo tebano llamado el Epígono.
De entre todos los poetas, fue Píndaro quien caracterizó a Hyperbórea en su décima oda pítica. Según la encantadora traducción de Richmond Lattimore, Píndaro la describía de la siguiente manera:

Nunca se ausenta la Musa
de sus caminos: chocan las liras y lloran las flautas
envolviendo todo los coros de doncellas.
No se mezcla ni la enfermedad ni la ingrata vejez
en su sangre sagrada; lejos del trabajo y de la batalla viven.

Los antiguos críticos no tenían muy bien concepto de esta última oda. Decían que era un fracaso, y lo que es peor, un fracaso impertinente: fracaso porque al parecer la introducción de Hyperbórea en el cuerpo de la poesía carece de sentido; e impertinente porque, contradiciendo de plano a otros escritores, Píndaro dice que Perseo mató a Medusa en Hyperbórea (el resto dice que ocurrió en Libia).
Desgraciadamente, se ha perdido la mayor parte de lo escrito por los griegos acerca de Hyperbórea. Aproximadamente al mismo tiempo que Platón escribía su historia sobre la Atlántida, un joven escritor llamado Theopompus se estaba inventando una fábula maravillosa relatando la aventura de un navío de gigantes procedentes del continente desconocido, más allá del Río Océano que rodea al mundo, y que fueron los primeros en invadir Hyperbórea; pero, al encontrarlo tan aburrido y malo, dieron media vuelta y regresaron a su patria. También durante esa época, un joven historiador llamado Hecateo de Abdera recogió todos los relatos conocidos sobre los hyperbóreos y publicó un extenso tratado sobre los mismos, describiendo sus inocentes existencias de felicidad bucólica en una isla tropical situada al norte de Europa. Tanto el libro de Hecateo, como el Meropis del anteriormente mencionado Theopompus, se han perdido (1).
Aunque muy indirectamente, Homero es el abuelo del mito hyperbóreo. Aunque no menciona a Hyperbórea en las obras que han llegado hasta nosotros, de hecho inició la idea de inventar una geografía que se adapte a las necesidades de la historia del autor. Dicha idea consiste, en su caso, en esparcir islas como Ogygia y Aeaea por todo el Mediterráneo, olvidando conscientemente la verdadera geografía de esos parajes, llegando con sus referencias a reinos y pueblos más o menos imaginarios, como las tierras de los cimerios y de las amazonas.
Escritores posteriores llegaron a la noción de Hyperbórea partiendo de especulaciones geográficas anteriores. Decían que los hyperbóreos eran maravillosos seres desnudos que vivían en el lejano norte -de hecho, se piensa que el nombre de Hyperbórea viene de Υπερβορεοι, un término griego que significa “detrás del viento del Norte”-, y describían su país como una isla, y a veces como parte de la costa norte de Asia o Europa. Por último, lo localizaban detrás de una cordillera igualmente imaginaria, llamada de los montes Rifeños.
En su excelente libro sobre geografía imaginaria, Los Continentes Perdidos (Lost Continents), mi amigo L. Sprague de Camp comenta lacónicamente: “Sin haber estado allí nunca, los griegos imaginaron que el Ártico sería un lugar balsámico, con un clima maravilloso, donde la gente llegaba a los mil años”. Cabe añadir que esto ocurría con los autores clásicos tanto como con los medievales cuando escribían acerca de países de los cuales sabían muy poco o nada. Estas tierras gloriosas y desconocidas necesariamente tenían que ser maravillosas y llenas de leche y miel; pero al hablar así, los griegos se limitaban a obedecer una regla básica de la naturaleza humana, regla que he descubierto y a la cual he dado el nombre de “La ley de los pastos más verdes”.
Las especulaciones en torno a Hyperbórea no terminaron con el cierre de la era clásica, sino todo lo contrario. Alrededor de la década de 1880, cuando los geógrafos habían reunido más conocimientos, los escritores ocultistas seguían añadiendo ideas al mito. La señora Helena Petrovna Blawatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica, inventó una cosmogonía un tanto ostentosa a la medida de su síntesis de ciencia, magia, religión y estupidez llamada La Doctrina Secreta.
Según su sistema, la vida humana se desarrollaba a través de varios ciclos, cada uno de los cuales estaba dominado por su propia Raza Raíz. La primera de estas razas habitaba en algo llamado “La Tierra Sagrada e Imperecedera”, conocida en otros sitios como Polarea. La primera Raza Básica se parecía a la amoeba ectoplásmica, pero la segunda Raza Básica, que habitaba Hyperbórea, era más sólida y consistente. Por otro lado, la señora Blawatsky pensaba que Hyperbórea era la consecuencia de un antiguo continente Ártico perdido en un cataclismo, como ocurriera con Mu, Atlantis y Lemuria. La mayoría de los ocultistas que sucedieron a la señora Blawatsky han adoptado más o menos la misma línea.
En el mes de noviembre de 1931, Weird Tales (Relatos extraños) publicó un relato extenso y muy bueno de Clark Ashton Smith, titulado “El relato de Satampra Zeiros”, desarrollado en Hyperbórea. Según el concepto de Smith, Hyperbórea sería un continente polar a punto de ser hundido por los glaciares de la era glaciar.
Smith sólo había vendido nueve o diez cuentos a Weird Tales hasta entonces, y al parecer estaba buscando salida a su oficio (métier). Por aquel entonces, el escritor más popular de Weird Tales era H. P. Lovecraft, que ya había publicado unas veintidós historias de terror, y puede que este hecho constituyese el factor determinante que impulsase a Smith a intentar su suerte en la redacción de una serie de relatos para esta revista. Robert E. Howard, uno de los tres escritores más importantes que dominaban entonces la revista (siendo los otros Lovecraft y Smith), había publicado sus dos historias de King Kull con anterioridad a la aparición del primer ciclo hyperbóreo de Smith, pero aún le faltaba por escribir la primera de sus historias Conan. Es posible que Smith haya adoptado de Howard la idea de un ciclo de historias basadas en una prehistoria mítica, pero dado que la primera historia Conan, “El Fénix en la Espada”, no apareció hasta el número del mes de diciembre de 1932 de Weird Tales, lo cierto es que Smith llegó antes; en consecuencia, es fácil suponer que ante el éxito de las historias de Hyperbórea, Robert E. Howard se decidiese a situar sus relatos de Conan en una “Hyperbórea” inventada: es decir, la Edad Hyperbórea. [Edad HiboriaHyborean Age]
Sea como fuere, la aceptación de “El relato de Satampra Zeiros” supuso para Smith la confirmación de que había encontrado su “meta”, ya que durante el siguiente año Weird Tales publicó otras dos historias de Hyperbórea: “Lo extraño de Avoosl Wutthoqquan”, en el número de junio, y “El testamento de Athammaus”, en el de octubre. Un tercer relato, “La Puerta de Saturno” apareció en el mismo año en otra revista de la competencia, Strange Tales (Relatos Insólitos). En los últimos años de la década de los treinta aparecieron otras cuatro historias, así como una poesía en prosa. Por último, otro de sus cuentos, “La llegada del Gusano Blanco”, se publicó en abril de 1941 en una revista titulada Stirring Science Stories (Inquietantes historias de ciencia), mientras que la última perteneciente al ciclo hyperbóreo, un divertido cuento llamado “El robo de los treinta y nueve cinturones”, apareció en la revista, cuya vida por cierto fue muy corta, titulada Saturno, en el número de Marzo de 1958. Cabe añadir que esta última historia de Hyperbórea es la continuación de la primera, ya que el ladrón, Satampra Zeiros, reaparece por vez primera desde su introducción veintisiete años antes.
En el presente libro, Hyperbórea, he recogido los diez relatos y una poesía que comprenden el ciclo de Hyperbórea de Clark Ashton Smith, presentándolos de acuerdo con lo que, a mi parecer, constituye un orden cronológico. Smith no dejó datos acerca de una secuencia concreta, pero me he permitido ordenarlos a la luz de lo que nos sugiere un estudio de evidencias internas. Para dar mayor coherencia a la obra, he incluido algunos cuentos cortos relacionados con el ciclo principal, bajo el título genérico de “El Borde del Mundo”. Me atrevo a adelantar que estos cuentos reunidos en “El Borde del Mundo” bien pudieran representar los restos deslavazados de otro ciclo de historias, que por alguna razón u otra nunca llegó a salir a la luz.
El ciclo de Hyperbórea ocupa el segundo lugar inmediatamente después de los relatos de Smith sobre el Continente Perdido, relatos que tuve igualmente ocasión de reunir en un libro titulado Zothique, publicado en 1970 por Ballantine Books. Ya señalamos anteriormente la influencia de los cuentos de Hyperbórea en las series “Conan” de Howard. A Lovecraft le agradaron sobremanera, y no tardó en incorporar el concepto de Smith sobre Hyperbórea a sus historias de Cthulhu. Smith era amigo de Lovecraft, así como uno de sus corresponsales; este último le apodaba “Klarkash-Ton”, y en una de sus historias Cthulhu, “El susurrador en la oscuridad”, Lovecraft se refiere al “ciclo mítico de Commorion conservado por el sumo sacerdote atlante Klarkash-Ton”. Teniendo en cuenta que esta historia en concreto se escribió en 1930, publicándose en el mismo año que la primera de las historias hyperbóreas de Smith, es concebible que Lovecraft leyese algunas cuando todavía no habían llegado a la imprenta. De idéntica forma, Lovecraft adoptó el demonio-dios hyperbóreo de Smith, Tsathoggua, para su panteón de divinidades.
Pocos años antes de su muerte, acaecida en 1961, cuando tenía sesenta y ocho años, escribí a Clark Ashton Smith pidiéndole información geográfica. Por aquel entonces, yo me dedicaba a la investigación de los textos clásicos en busca de un paraíso polar imaginario, y por esa razón le pedí la fuente de sus datos geográficos. Me contestó que no había encontrado nada de utilidad en los escritores clásicos, y que en consecuencia se había inventado tanto los lugares como los nombres de los mismos; no obstante, me indicó que Mhu Thulan -“la última península del continente hyperbóreo”- pretendía hacer eco de Mu y Thule, país polar este último, y de invención griega. Es más, Smith ni siquiera utiliza los montes Rifeños de los griegos, sino que los sustituye por unos suyos llamados Eiglophianos. Los relatos recogidos tanto en Zothique como en Hyperbórea evidencian claramente el talento creador de Smith. No es nada fácil crear un continente o mundo imaginario, y darle cuerpo con los suficientes detalles que lo corroboren como para que en la mente del lector surja como algo verdaderamente real; cualquiera que haya intentado asumir esta tarea podrá confirmarlo. Entre las líneas de una rápida historia de aventuras, el autor debe presentar la suficiente información de carácter geográfico, histórico, cultural y religioso como para convencer a su lector de que la historia se está desarrollando en un mundo real y auténtico.
En este sentido, son pocos los autores que han alcanzado un verdadero éxito. Edgar Rice Burroughs, con sus libros de John Carter de Marte, y el profesor Tolkien en su trilogía sobre la Tierra Media son los que me saltan a la mente como autores de gran éxito en este género, y tanto uno como otro tenían una enorme cantidad de vocabulario que les permitía realizar la hazaña.
Tolkien contaba en su haber tres cuartos de un millón de palabras, y Burroughs series de diez novelas. Volviendo a Clark Ashton Smith, creemos que es suficiente evidencia de sus talentos inventivos el hecho de poder escribir diez relatos y una poesía en prosa dentro de este género. Smith publicó algo menos de cien historias, y la mayoría, posiblemente las mejores, se integran dentro de ciclos de relatos, como el de Zothique e Hyperbórea, publicados en la Ballantine Adult Fantasy Series. Todavía faltan los relatos de Xiccarph, de Poseidonis, la “última isla de la zozobrante Atlántida”, y de Averoigne, una provincia imaginaria de la Francia Medieval, relatos todos que deseamos publicar en próximos volúmenes titulados Xiccarph, Atlantis y Averoigne.


LIN CARTER
Consejero Editorial
The Ballantine Adult Fantasy Series
Hollis, Long Island, Nueva York.


[Nota (1). Para referencias exactas a Hyperbórea en los textos clásicos, véase Apolodoro: II, V, 11; Diodoro de Sicilia: II, 47; Herodoto: IV, 32 y 36; Pausanias: I, IV; III, XIII; Píndaro: Pythias: 10; Platón: Carmides; Plinio: IV, XXVI; y Estrabón: I,V, 3—4; II,IV,1; IV,V,5; y XV, I, 57. ]



Continente Ártico en el Gerardus Mercator, mapa de 1595

jueves, 22 de marzo de 2018

NOVELA (fragmento): "Revival", Stephen King




Revival


Stephen King




XII

Libros prohibidos. Mis vacaciones en Maine.

La triste historia de Mary Fay.

La inminente tormenta.



Al cabo de unas seis semanas recibí un email de mi antigua compañera de investigación. 

Para: Jamie
De: Bree 
Asunto: Para tu información

Después de tu visita a Jacobs en el norte del estado de Nueva York, me comentaste en un email que te había mencionado un libro, De Vermis Mysteriis. El título se me quedó en la cabeza, quizá porque en el instituto estudié algo de latín, lo suficiente para entender que eso, traducido a nuestro idioma, significa Los misterios del gusano. Sospecho que es difícil abandonar el hábito de investigar Todo lo Referente a Jacobs, porque hice indagaciones al respecto. Sin decírselo a mi marido, debo añadir, porque él cree que he dejado atrás Todo lo Referente a Jacobs.
En cualquier caso, esto se las trae. Según la Iglesia católica, De Vermis Mysteriis es uno de la media docena de Libros Prohibidos, como se los llama. Tomados en conjunto se los conoce como «grimorios» .
Los otros cinco son El libro de Apolonio (médico en tiempos de Jesucristo), El libro de Alberto Magno (sortilegios, talismanes, conversaciones con los muertos), Lemegeton y Clavicula Salomonis (escritos supuestamente por el rey Salomón), y El grimorio de Picatrix.
Este último, junto con De Vermis Mysteriis, fue presuntamente la base del grimorio ficticio de H. P. Lovecraft, titulado Necronomicón.
Pueden encontrarse ediciones de todos los Libros Prohibidos EXCEPTO DE De Vermis Mysteriis. Según Wikipedia, a principios del siglo XX, emisarios secretos de la Iglesia católica (aviso para Dan Brown) habían quemado todos los ejemplares de De Vermis, salvo seis o siete. (Por cierto, la Guardia Suiza niega ahora todo conocimiento de la existencia de ese libro). Estos últimos se han perdido de vista, y se cree que han sido destruidos o están en manos de coleccionistas privados.
Jamie, todos los Libros Prohibidos tratan de la FUERZA, y de cómo obtenerla por medio de una combinación de alquimia (que ahora llamamos «ciencia»), matemática y ciertos rituales ocultos repulsivos. Es muy probable que todo esto sean tonterías, pero me inquieta; medijiste que Jacobs se ha pasado la vida estudiando los fenómenos eléctricos, y basándome en sus buenos resultados con la sanación, no puedo por menos de pensar que quizá tenga en sus manos una fuerza temible. Lo cual me trae a la memoria esta antigua máxima: «Quien tenga el tigre cogido por el rabo, más vale que no lo suelte».
Un par de cosas para que reflexiones.
Primero: Hasta mediados del siglo XVII, los católicos de quienes se sabía que estudiaban la potestas magnum universum (la fuerza que mueve el universo) podían ser excomulgados.
Segundo: Según Wikipedia —aunque sin referencias que lo confirmen, debo añadir—, el pareado que más gente recuerda del Necronomicón ficticio de Lovecraft procede de un ejemplar de De Vermis al que Lovecraft tuvo acceso (con toda certeza nunca fue suyo; pobre como era, no tenía recursos para adquirir algo tan raro y valioso). El pareado es el siguiente: «Que no está muerto lo que eternamente yace, / y en los eones por venir aun la muerte puede morir».
A veces llamabas a Charles Daniel Jacobs «mi antiguo quinto en discordia» . Espero que y a no tengas trato con él, Jamie. En un tiempo lejano, me habría reído de todo esto, pero en ese tiempo lejano las curaciones milagrosas en sesiones de reviviscencia me parecían sandeces.
Llámame algún día, ¿quieres? Dime que has dejado atrás Todo Lo Referente a Jacobs.
Con afecto, como siempre,
BREE

Lo imprimí y lo releí dos veces. Después busqué en Google De Vermis Mysteriis y encontré todo lo que Bree me había explicado en su mensaje, más una cosa que se había dejado en el tintero. En un blog especializado en libros antiguos que se titulaba Volúmenes arcanos de magia y encantamientos, alguien declaraba que el grimorio de Ludvig Prinn, retirado de la circulación, era «el libro más peligroso jamás escrito».



miércoles, 29 de noviembre de 2017

Rey de Amarillo




El Rey de Amarillo


"En el rincón opuesto había un alto estrado de piedra al que se subía por cinco peldaños; y allí, sentada en su trono de oro, se hallaba una pesada figura envuelta en ropajes de seda amarilla con dibujos en rojo, con el rostro cubierto por una máscara de seda del mismo color. Ante esta figura, el hombre de los ojos oblicuos hizo ciertos signos con las manos; y el que acechaba en las tinieblas respondió alzando entre sus patas vestidas de seda una flauta de marfil y sacando de ella ciertos sonidos repugnantes, bajo su flotante máscara amarilla."
(...)
"Entonces, inadvertidamente, la figura de seda descubrió un poco una de sus zarpas grisáceas, y Carter se dio cuenta de quién era el abominable sacerdote. Y en aquel supremo trance, el terror le empujó a hacer algo que su razón jamás se habría atrevido a intentar; porque en su trastornada conciencia sólo había sitio para un único deseo: el de huir de aquella cosa achaparrada encaramada en aquel trono de oro."
En busca de la ciudad del sol poniente, H. P. Lovecraft


"Los cantos que cantarán las Híadas
Donde flamean los andrajos del Rey,
Deben morir inaudibles en la
Penumbrosa Carcosa."
El signo amarillo, Robert W. Chambers


"Esto es lo que me perturba, porque no puedo olvidarme de Carcosa donde estrellas negras lucen en los cielos; donde las sombras de los pensamientos de los hombres se alargan en la tarde, cuando los soles gemelos se hunden en el lago de Hali; y mi memoria cargará para siempre con el recuerdo de la Máscara Pálida. Ruego a Dios que maldiga al escritor, como el escritor maldijo al mundo con esta su hermosa, estupenda creación, terrible en su simplicidad, irresistible en su verdad: un mundo que ahora tiembla ante el Rey de Amarillo."
(...)
"-La ambición de César y Napoleón empalidece ante la que no le es posible descansar en tanto no se haya apoderado de las mentes de los hombres y controlado sus pensamientos aún no concebidos -dijo el señor Wilde.
-Está usted hablando del Rey de Amarillo -dije roncamente con un estremecimiento.
-Es un rey al que han servido emperadores."
El reparador de reputaciones, Robert W. Chambers


"Entonces me hundí en las profundidades y oí al Rey de Amarillo que me susurraba al oído:
-¡Es terrible caer en las garras del Dios viviente!"
En la corte del dragón, Robert W. Chambers






lunes, 20 de noviembre de 2017

Antiguos



Antiguos (Elder Things)


"»Los objetos tienen una longitud total de ocho pies. El torso, en forma de barril, con cinco protuberancias, mide seis pies de longitud, tres pies y cinco décimas de diámetro central y un pie de diámetro en los extremos. Gris oscuro, flexibles y extraordinariamente duros. Alas membranosas de siete pies de longitud y del mismo color, que encontramos plegadas, salen de los surcos entre las protuberancias. La estructura de las alas es tubular o glandular, de un color gris más claro, con orificios en las puntas. Las alas extendidas tienen los bordes serrados. En torno al ecuador, en el centro de cada una de las cinco protuberancias verticales semejantes a duelas de barril, hay un sistema de brazos o tentáculos gris claro y flexibles, que encontramos fuertemente plegados contra el torso, pero se pueden extender hasta una longitud máxima de más de tres pies. Se asemejan a los brazos de los crinoideos primitivos. Tallos sencillos de tres pulgadas de diámetro se ramifican a una distancia de unas seis pulgadas en otros cinco tallos, cada uno de los cuales se subdivide al cabo de ocho pulgadas en pequeños tentáculos o zarcillos ahusados que dan a cada tallo un total de veinticinco tentáculos.

»En la parte superior del torso un cuello romo, bulboso, de color gris claro con indicios de algo que se asemeja a branquias, sostiene lo que parece ser una cabeza amarillenta con forma de estrella de mar cubierta por pelillos o cilios muy recios de varios colores elementales.
»La cabeza, gruesa y como hinchada, mide unos dos pies de un extremo al otro con tubos amarillentos y flexibles de unas tres pulgadas que salen de cada punta. Hendidura en el centro exacto de la parte superior, probablemente un orificio de respiración. En el extremo de cada uno de los tubos, abultamiento esférico en donde la membrana amarillenta se repliega al tocarla, dejando ver un globo vidrioso irisado y rojizo, evidentemente un ojo.
»Cinco tubos rojizos algo más largos salen de los ángulos internos de la cabeza estrellada y terminan en partes hinchadas del mismo color, semejantes a bolsas que, al apretarlas, se abren y muestran orificios con forma de campana de dos pulgadas de diámetro como máximo recubiertos de salientes afilados, blancos y semejantes a dientes -probablemente bocas-. Todos estos tubos, cilios y puntas de la cabeza estrellada los encontramos firmemente plegados, con los tubos y las puntas fuertemente adheridos al cuello bulboso y al torso. La flexibilidad es sorprendente a pesar de la extraordinaria dureza.


»En la parte inferior del torso hay una reproducción más primitiva de la cabeza con funciones distintas. Un falso cuello bulboso de color gris claro, sin branquias rudimentarias, sujeta una estructura verdosa en forma de estrella de mar de cinco puntas.
»Brazos recios y musculados, de cuatro pies de largo y de grosor en disminución a partir de un diámetro de siete pulgadas en la base hasta dos y cinco décimas en los extremos. Adherida a la punta de cada brazo hay una pequeña terminación triangular membranosa, con finas venas, de una longitud de ocho pulgadas y una anchura de seis en el extremo final. Esta es la membrana, la aleta o seudopata que dejó huellas en rocas con una antigüedad de entre mil millones y cincuenta o sesenta millones de años.
»De los ángulos internos de las formas estrelladas salen tubos de dos pies que van disminuyendo de grosor desde un diámetro de tres pulgadas en la base a una tercera parte de ese diámetro en el extremo. Tienen orificios en las puntas. Todas estas partes son correosas y de enorme dureza, pero extremadamente flexibles. Brazos de cuatro pies de longitud con membranas interdigitales empleadas indudablemente para moverse en el agua o en otro medio. Cuando se mueven, muestran lo que parece ser una excesiva musculatura. Tal como los encontramos, estaban todos fuertemente plegados sobre el falso cuello y el final del torso, al igual que sus correspondientes proyecciones del extremo opuesto."
En las Montañas de la Locura, H.P. Lovecraft




Antiguos y shoggoth en el cómic "Dentro de la Montaña de la Locura", protagonizado por Conan y Belit
(La Espada Salvaje de Conan, vol.2, nº 3)


"-Has matado al Druida Oscuro -murmuró Fabricus-. Sí, su sangre llena tu hoja; la veo brillar incluso a través de tu peto aunque otros no puedan, y así sé que al final soy libre para hablar. Antes que los Romanos, antes que los mismísimos Druidas Celtas, antes de los Gaélicos y los Pictos incluso, estaba el Druida Oscuro, el Maestro del Hombre. Así se llamaba a sí mismo, porque era el último de los Hombres-Serpiente, el último de la raza que precedió a la humanidad en el dominio del mundo. Suya fue la mano que dio a Eva la manzana y quien incitó a Adán a internarse por la senda maldita del deseo. El Rey Kull de Atlantis acabó con sus últimos adeptos con el filo de su espada en desesperada lucha, pero él sobrevivió e imitó la forma del hombre y tomó el papel de Señor Satánico de tiempos pasados. Ahora veo muchas cosas: ¡cosas que la vida oculta pero que se revelan al abrirse las puertas de la Muerte! Antes que el Hombre estaban los Hombres-Serpiente, y antes que ellos estaban los Antiguos de Cabeza en forma de Estrella, quienes crearon a la Humanidad, y posteriormente, el abominable Demonio en Forma de Cabra cuando vieron que el Hombre no se plegaría a sus designios. Este templo es el último baluarte de su civilización maldita que permanece sobre el exterior, y, bajo él araña el último shoggoth que permanece cerca de la superficie de este mundo. El Demonio-Cabra sólo hoya las colinas de noche, pues ahora es territorio del hombre, y los Antiguos y los shoggoths se esconden profundamente bajo la tierra hasta el día en que Dios quizá los llame para contender en el Apocalipsis..."
El templo de la abominación, Robert E. Howard y Richard Tierney

jueves, 6 de abril de 2017

RELATO: "Ubbo-Sathla", Clark Asthon Smith




Ubbo-Sathla

Clark Asthon Smith



"Ya que Ubbo-Sathla es el principio y el fin. Antes de la llegada de Zhothaqquah o Yok-Zothoth o Kthulhut procedentes de las estrellas, Ubbo-Sathla habitaba en las bocas humeantes de la Tierra recién creada: era una masa sin cabeza ni miembros, que generaba las deformes salamandras grises que serían los primeros prototipos de vida terrenal... Y toda la vida de la Tierra volverá, de acuerdo con la tradición, a través del gran círculo del tiempo, a Ubbo-Sathla."
Libro de Eibon


Paul Tregardis encontró el vidrio lechoso entre un montón de curiosidades de muchos países y muchas épocas. Había entrado en la tienda del anticuario sin propósito alguno, excepto el de entretenerse con la distracción que siempre proporciona el curioseo y manoseo de objetos dispares y acumulados. Al echar una ojeada poco entusiasta, le llamó la atención un resplandor opaco procedente de una mesa; por último, pudo rescatar la extraña piedra en forma de globo de su oscuro retiro entre un pequeño ídolo azteca bastante feo, un huevo de didornis fosilizado, y un fetiche harto obsceno tallado en madera negra del Níger.
El extraño objeto tendría el tamaño de una naranja pequeña, con los polos ligeramente achatados, igual que un planeta. Tregardis se sintió intrigado, ya que no era un cristal ordinario, puesto que presentaba una superficie opaca y cambiante, así como un resplandor intermitente en el corazón, como si por dentro se iluminase y se apagase a intervalos. Sujetándolo delante de la ventana, por donde penetraba la mortecina luz invernal, lo estudió durante un buen rato sin poder determinar el secreto de dicha intermitencia. En breve su intriga se vio complicada por una sensación vaga de familiaridad irreconocible, como si ya hubiera visto el objeto con anterioridad, pero en circunstancias que había olvidado por completo.
Recurrió al anticuario, un hebreo menudo que rezumaba él mismo antigüedad, dando la impresión de estar totalmente ajeno a las consideraciones comerciales, e inmerso en una maraña de ensueño cabalístico.
—¿Podría decirme algo sobre esto?
El vendedor se encogió de hombros, a la vez que arqueaba las cejas.
—Es muy antiguo; podría decirse que paleoegeo. No es mucho lo que puedo decirle, ya que es poco lo que sabemos. Un geólogo lo encontró en Grecia, bajo el cielo glaciar, en el estrato del Mioceno. ¿Quién sabe? Puede que perteneciera a algún mago de la Thule primordial. En épocas miocénicas Groenlandia era una región caliente y fértil. No hay duda de que se trata de un cristal mágico, y cualquiera puede contemplar extrañas visiones en su corazón, si lo mira durante el suficiente tiempo.
Tregardis se sobresaltó, ya que la sugerencia aparentemente fantástica del vendedor le había recordado sus propias investigaciones en una rama de la sabiduría harto oscura, remitiéndole concretamente al Libro de Eibon, el más extraño y raro volumen de las ciencias ocultas olvidado hacía tiempo, y que según la tradición perduró a través de una serie de traducciones diversas desde el original prehistórico, escrito en el perdido idioma de Hyperbórea. No sin gran dificultad, Tregardis pudo conseguir la versión medieval francesa -copia que había pertenecido a muchas generaciones de hechiceros y adoradores de Satán-, pero nunca pudo encontrar el manuscrito griego de donde salió dicha versión.
El fabuloso y remoto original fue obra de un gran mago hyperbóreo, quien le había dado su nombre. Se trataba de una colección de mitos oscuros y densos, de liturgias, rituales e invocaciones esotéricas dedicadas al mal. A lo largo de sus estudios, un tanto extraños para cualquier persona corriente, Tregardis se había dedicado, no sin cierto temor, a la comparación del volumen francés con el terrible Necronomicón, del árabe loco Abdul Alhazred. Había encontrado numerosas correspondencias cuyo significado era tan negro como escalofriante, junto con muchos datos prohibidos que, o bien eran desconocidos para el árabe, o bien los había omitido él mismo... o sus traductores.
¿Era esto lo que había tratado de recordar -se preguntaba Tregardis-, la referencia breve y casual en el Libro de Eibon, a un cristal opaco que perteneciera al mago Zon Mezzamalech, en Mhu Thulan? Evidentemente, era demasiado fantástico, demasiado hipotético, demasiado increíble; pero Mhu Thulan, esa parte septentrional de la antigua Hyperbórea, parecía haber correspondido más o menos con la Groenlandia actual, que a su vez estuvo unida como península al continente. ¿Sería posible que la piedra que tenía en la mano, por un maravilloso azar, fuera el cristal de Zon Mezzamalech?
Tregardis se sonrió para sí mismo, con una ironía interna, ante la idea de concebir semejante consideración absurda. Esas cosas no solían ocurrir, por lo menos en el Londres actual; por otro lado, lo más probable es que el Libro de Eibon no fuese más que una mera fantasía supersticiosa. No obstante, había algo en el cristal que seguía atrayéndole, y terminó por adquirirlo a un precio bastante moderado. El vendedor pronunció una cifra y el comprador la pagó sin regateo alguno.
Con el cristal en el bolsillo, Paul Tregardis regresó inmediatamente a sus habitaciones, en vez de continuar su paseo. Instaló el blanquecino globo sobre su escritorio, donde se posó sobre uno de sus lados planos. Entonces, sonriéndose aún ante su propio absurdo, tomó el amarillento manuscrito de pergamino con el Libro de Eibon de su sitio, entre una colección de literatura rebuscada. Abrió la cubierta de cuero bermellón con cerrajes de hierro mohoso y leyó para sí mismo, traduciendo del francés antiguo el párrafo referente a Zon Mezzamalech:
"Este mago, poderoso entre los hechiceros, había encontrado una piedra nublada, con forma de orbe y achatada por los lados, en cuyo interior se podían contemplar muchas visiones del pasado terrenal, retrocediendo incluso hasta el principio de la Tierra, cuando Ubbo-Sathla, la fuente no concebida, se extendía vasta e hinchada, germinando entre el fango humeante... Pero de lo que él contemplara, poco dejó escrito Zon Mezzamalech; y la gente cuenta que desapareció inmediatamente después, en forma desconocida, perdiéndose entonces en el cristal nublado".
Paul Tregardis dejó a un lado el manuscrito. Una vez más, sintió que había algo que le atraía y le intrigaba, algo parecido a un sueño perdido o una memoria condenada al olvido. Movido por un sentimiento que no se detuvo ni a interrogar ni a escrutar, se sentó ante la mesa y comenzó a contemplar intensamente el interior frío y nebuloso del globo. Experimentó una expectación que, de alguna manera, le era tan familiar, tan inherente a su consciente, que no tuvo ni que definírsela a sí mismo.
Permaneció sentado minuto tras minuto, contemplando la luz intermitente y misteriosa que brotaba del corazón del cristal. Lentamente, y sin darse cuenta, le invadió una sensación de dualidad ensoñadora, con respecto a su persona y a su entorno. Seguía siendo Paul Tregardis, y al mismo tiempo otra persona; la habitación era la de su apartamento londinense, pero también una recámara de otro lugar extraño pero harto conocido. Y desde ambos sitios contemplaba intensamente el mismo cristal.
Después de un prolongado intervalo, y sin sorpresa alguna por parte de Tregardis, se completó el proceso de reidentificación. Supo que Zon Mezzamalech era un mago de Mhu Thulan, así como un estudiante de todos los conocimientos anteriores a su propia época. Sabio en secretos terribles pero desconocidos para Paul Tregardis, estudioso aficionado a la antropología y ciencias ocultas en el moderno Londres, deseó adquirir un conocimiento mayor y más terrible aún por medio del cristal nublado.
Había comprado la piedra en circunstancias dudosas y en un lugar bastante siniestro. Era una pieza única, sin paralelo alguno en ningún sitio ni en ninguna época. Se creía que todo lo ocurrido en la historia del mundo a través de los años estaba reflejado en sus profundidades, revelándose a quien la contemplase recientemente. Y a través del cristal, Zon Mezzamalech soñó con recuperar la sabiduría de los dioses que habían muerto antes de que naciera la Tierra. Habían pasado el vacío sin luz, dejando inscrita su sabiduría en tablas de piedra ultraestelar; dichas tabletas quedaron bajo la custodia del demiurgo deforme, primitivo e idiota, llamado Ubbo-Sathla. Así, sólo mediante el cristal podría Zon Mezzamalech encontrar las tablas y leerlas.
Era la primera vez que ponía a prueba las famosas cualidades del cristal. Se encontraba en una cámara cuyas paredes estaban cubiertas con paneles de marfil, y donde se acumulaban los libros e instrumentos de magia, visión que se apreciaba en medio de una consciente nebulosa. Ante él, sobre una mesa de alguna madera oscura de Hyperbórea grabada con cifras grotescas, el cristal se hinchaba y se hundía visiblemente, mientras que en su nublada profundidad proyectaba una serie de escenas difusas que se esfumaban como burbujas de jabón. Como si contemplase un mundo de verdad, las ciudades, los bosques, las montañas, los mares y las praderas se sucedían bajo él, encendiéndose y apagándose como si estuvieran sujetos al paso de los días y de las noches en una corriente de tiempo muy acelerada.
Zon Mezzamalech se había olvidado de Paul Tregardis, perdiendo conciencia incluso de su propia entidad y entorno en Mhu Thulan. A cada momento, la visión fugaz que se reflejaba en el cristal se hacía más definida y distinta, mientras que el propio globo se hacía denso hasta marearle, como si mirase desde una altura insegura a un abismo insondable. Sabía que el tiempo retrocedería dentro del cristal, desenrollando para él las imágenes de todos los días pasados; pero pronto se apoderó de él una alarma extraña, y no se atrevió a seguir su contemplación. Como si hubiera estado a punto de caer de un precipicio, dio un respingo y se retiró del globo misterioso.
Ante sus ojos surgió otra vez el gran mundo vertiginoso en que se había zambullido como si fuera un cristal pequeño y nublado, que se posaba sobre su desgastada mesa en Mhu Thulan. Entonces, y progresivamente, tuvo la sensación de que la gran habitación con paneles esculpidos de marfil de mamut disminuyese para convertirse en otra estancia más reducida y sucia; y Zon Mezzamalech, perdiendo su sabiduría sobrenatural así como sus poderes mágicos, retornó, mediante una regresión extraña, a la persona de Paul Tregardis.
Pero al parecer no pudo volver del todo. Entre mareado y asombrado, Tregardis se encontró ante el escritorio donde depositara la esfera achatada. Sentía la confusión de quien ha soñado y todavía no se ha despertado del todo. La habitación le intrigaba en cierto modo, como si el tamaño o la decoración hubiesen cambiado; por otro lado, su recuerdo de la compra del cristal al anticuario se mezclaba extrañamente con la impresión de haberlo adquirido de muy distinta manera.
Experimentó la sensación de que le había pasado algo muy extraño al mirar dentro del globo, si bien no podía recordar exactamente de qué se trataba. Lo único que le quedaba era una especie de atontamiento psíquico, parecido al que suele producir una porción de hachís. Se aseguró a sí mismo que en efecto no era otro que Paul Tregardis, que vivía en una determinada calle de Londres, y que el año era 1933. Pero dichas verdades tan prosaicas carecían en ese momento de validez y significado, ya que tenía la sensación de estar flotando en un mundo de sombras e insustancial. Las paredes parecían temblar como el humo; la gente de la calle eran los fantasmas; y él mismo no era más que una sombra perdida, un eco errante de algo olvidado hacía mucho.
Decidió no repetir el experimento de contemplar el globo de cristal. Los efectos eran demasiado desagradables y confusos. Pero al día siguiente, movido por un impulso irracional ante el cual se rindió casi mecánicamente, sin esfuerzo alguno, se encontró sentado delante del poderoso globo. Una vez más se convirtió en el hechicero Zon Mezzamalech, de Mhu Thulan; una vez más soñó que recobraba la sabiduría de los dioses premundanos; una vez más se retiró del profundo cristal víctima del miedo de quien teme caer; y, de nuevo, volvió a ser Paul Tregardis, si bien con menos claridad que la vez anterior.
Tregardis repitió tres veces la misma experiencia a lo largo de los días subsiguientes, y en cada ocasión, tanto su persona como el mundo que le rodeaba se fue haciendo más tenue y confuso. Sus sensaciones eran las de un soñador que está a punto de despertar, y el propio Londres le parecía tan irreal como los países que surgen entre sueños, retrocediendo en una niebla densa y una luz nublada. Ajeno a todo, experimentó la opresión de grandes visiones, desconocidas y a la vez casi familiares. Era como si la fantasmagoría del tiempo y del espacio se disolviese a su alrededor, con el fin de revelarle una realidad palpable, u otro sueño de espacio y tiempo.
Por fin llegó el día en que se sentó ante el cristal y no regresó como Paul Tregardis. Fue el día en que Zon Mezzamalech, desobedeciendo insolentemente advertencias perversas pero poderosas, decidió superar su miedo lleno de curiosidad y dejarse caer en el mundo visionario que contemplara, miedo que hasta entonces le había impedido seguir la corriente en retroceso del tiempo. Se hizo ver a sí mismo que si algún día quería leer las tablas perdidas de los dioses no le quedaba más remedio que superar su propio miedo. Sólo había contemplado algunos fragmentos de los años de Mhu Thulan inmediatamente posteriores al tiempo presente; es decir, los años de su propia vida..., y entre estos años y el Principio se extendían ciclos inestimables.
El cristal volvió a intensificarse una vez más ante sus propios ojos, reflejando escenas y acontecimientos que se sucedían en una corriente retrospectiva. De nuevo, se borraron las cifras mágicas de la mesa oscura, mientras que las paredes talladas mágicamente se derritieron en sus sueños.
Una vez más, se mareó víctima de un vértigo fatal al inclinarse sobre los torbellinos en los terribles golfos del tiempo, dentro del globo con forma terráquea. Preso de terror, y a pesar de su decisión, se hubiera retirado, pero ya era demasiado tarde, pues era mucho lo que había visto. Tenía la sensación de una caída abismal, como si fuera arrastrado por vientos desatados, por torbellinos que le llevaban a través de inestables visiones de su propia vida pretérita, empujándole hacia eras y dimensiones anteriores al mundo. Tuvo la sensación de sufrir los dolores de un cambio irreversible, hasta que dejó de ser Zon Mezzamalech, el sabio e instruido observador del cristal, para formar parte integrante de la extraña y veloz corriente que se apresuraba por regresar al Principio.
Tuvo la sensación de vivir innumerables vidas, de morir muertes fantásticas, olvidando en cada ocasión las vidas y las muertes previas. Luchó como guerrero en batallas semilegendarias; existió como niño jugando entre las ruinas de una antigua ciudad en Mhu Thulan; por último, fue el rey que reinó durante el apogeo de la ciudad, así como el profeta que presagió la construcción y la caída de la misma. Fue mujer llorando a los muertos perdidos en una necrópolis derruida; antiguo mago susurrando encantamientos sencillos, propios de hechicería primitiva; sacerdote al servicio de un dios prehumano, forjando el cuchillo de sacrificios en templos excavados en cuevas y con pilares de basalto. Vida a vida, era a era, retrocedió los largos y condensados ciclos por los que atravesara Hyperbórea desde su estadio de salvajismo hasta el de civilización.
Se convirtió en un bárbaro perteneciente a una tribu troglodita, deslizándose desde los hielos lentos y picudos de la primitiva era glaciar hasta los países perpetuamente iluminados por las llamaradas de los volcanes. Entonces, después de innumerables años, dejó de ser hombre y pasó al estadio de semibestia depredadora, habitando en bosques de helechos y arbustos gigantes, entre las ramas de los poderosos tilos.
Había alguien -o algo- que a través de eones de sensaciones anteriores, de pasión primitiva y de hambre, de un terror y una locura aborígenes, seguía retrocediendo en el tiempo. La muerte se convirtió en nacimiento, y el nacimiento en muerte. A lo largo de una visión lenta de cambio, la tierra parecía deshacerse, descender de las colinas y montes hasta los estratos ulteriores. El sol se agrandaba y se hacía más caliente sobre los pantanos humeantes que exultaban con una vida más intensa, con una vegetación más frondosa. Y lo que en sus tiempos fuera Paul Tregardis y Zon Mezzamalech, ahora formaba parte de toda la monstruosa evolución. Voló con las alas con forma de garra de un pterodáctilo, nadó por los mares tibios con el cuerpo gigantesco y retorcido de un ictiosaurio, rugió salvajemente a la enorme luna que ardía a través de nieblas liásicas, con la claveteada garganta de un arcaico hipopótamo.
Por último, después de eones de brutalidad inmemorial, se convirtió en uno de los perdidos hombres reptiles que elevaron sus ciudades de piedra volcánica y lucharon sus venenosas guerras en el primer continente del mundo. Caminó ondulante por calles prehumanas y bajo bóvedas extrañamente retorcidas; contempló las primeras estrellas desde elevadas torres de Babel, y se inclinó ante los grandes ídolos-serpiente, recitando letanías silbantes.
Regresó a través de los años y años de la era de los anfibios, como algo que se arrastraba en el fango, y que aún no había aprendido a pensar, a soñar y a construir. Y llegó un momento en que ya no hubo continente, sino un enorme y caótico pantano, un mar de fango, sin límites ni horizonte, que rezumaba vapores amorfos.
Allí, en el gris amanecer de la Tierra, la masa deforme de Ubbo-Sathla reposaba entre el fango y los vapores. Sin cabeza, sin órganos y sin miembros, segregaba por sus costados porosos, con un movimiento ondulante y lento, las formas amébicas que serían los arquetipos de la vida terrestre. Era algo horrible, si se hubiera podido captar el horror; y desagradable, en caso de que existiera capacidad de aversión y desagrado. Sobre dicha masa, destacando en medio del barro estaban esparcidas las poderosas tablas de piedra estelar donde había quedado escrita la inconcebible sabiduría de los dioses anteriores al mundo.
Y allí, hacia la meta de una búsqueda olvidada, fue arrastrada la cosa que había sido -o que sería en  ocasiones- Paul Tregardis y Zon Mezzamalech.
Al convertirse en un ente deforme y primitivo, se arrastró desdeñoso y olvidadizo por encima de las tablas caídas de los dioses, y luchó y se peleó ciegamente con los seres que segregaba Ubbo-Sathla.
No existe ninguna mención referente a la desaparición de Zon Mezzamalech y su propia persona, excepto el breve párrafo en el Libro de Eibon. En cuanto a Paul Tregardis, también desaparecido, apareció una noticia corta en varios periódicos londinenses. Nadie parece saber nada acerca del mismo; se fue como si nunca hubiera existido; y al parecer, el cristal ha desaparecido igualmente; por lo menos, nadie lo ha encontrado.