sábado, 5 de diciembre de 2015

RELATO: "El señor de la muerte", Robert E. Howard (1ª parte)





El señor de la muerte

(1ª parte)

Robert E. Howard 



I.

La carnicería resultó tan inesperada como una cobra invisible. En un segundo, Steve Harrison caminaba con desenfado por el callejón a oscuras... y, al siguiente, luchaba desesperado por su vida contra una furia rugiente y babeante, que había caído sobre él con garras y colmillos. Aquella cosa era, obviamente, un hombre, aunque, durante los primeros y vertiginosos segundos de la contienda, Harrison incluso llegó a dudar de ello. El estilo de lucha del atacante resultaba apabullantemente cruel y bestial, hasta para Harrison, que estaba acostumbrado a los trucos sucios que se empleaban en los bajos fondos.
El detective sintió cómo las fauces de su asaltante se hundían en su carne y lanzó un alarido de dolor. Pero, además, empuñaba un cuchillo, que desgarró su abrigo y su camisa, haciendo brotar la sangre, y sólo la ciega casualidad, que le hizo cerrar los dedos alrededor de una muñeca nervuda, mantuvo la afilada punta alejada de sus órganos vitales. Estaba tan oscuro como la puerta trasera del Erebus. Harrison percibía a su asaltante tan solo como una mancha negra en la oscuridad que le envolvía. Los músculos que aferraban sus dedos eran tirantes y acerados como cuerdas de piano, y había una terrorífica robustez en el cuerpo que se enfrentaba al suyo, que llenó de pánico a Harrison.
Rara vez el gran detective había encontrado a un hombre que se le pudiera igualar en fuerza; pero este ciudadano de la oscuridad no solo era tan fuerte como él, sino que era mucho más ágil... más veloz y más salvaje de lo que jamás podría ser un hombre civilizado.
Rodaron sobre los desperdicios del callejón, mordiéndose, golpeándose, debatiéndose, y, aunque el invisible enemigo gruñía cada vez que los pétreos puños de Harrison se estampaban contra él, no mostraba el menor signo de debilidad. Su muñeca era como un amasijo de cables de acero, que amenazaba con romper de un momento a otro la presa de Harrison. Su carne se estremeció de pavor ante el frío acero, y el detective agarró aquella muñeca con las dos manos, e intentó romperla. Un aullido sediento de sangre indicó lo fútil de su intento, y una voz que, hasta entonces había boqueado en un idioma desconocido, susurró al oído de Harrison:
—¡Perro! ¡Morirás en la basura, como yo morí en la arena! ¡Tú dejaste mi cadáver a los buitres! ¡Yo dejaré el tuyo a merced de las ratas del callejón! ¡Wallah!
Un dedo mugriento tanteaba el rostro de Harrison, en busca de su ojo, y, rendido a la desesperación, el detective echó su cuerpo hacia atrás, y proyectó hacia delante la rodilla, con una fuerza capaz de destrozar los huesos.
El desconocido asaltante resolló y rodó lejos de él, con la agilidad de un gato. Harrison se puso en pie tambaleándose, perdió el equilibrio y se apoyó contra la pared. Su enemigo, tras lanzar un grito, volvió a cargar contra él. Harrison escuchó silbar la hoja del cuchillo, que se clavó en el muro detrás de él, y se lanzó a ciegas, con el empuje de sus poderosos hombros.
Chocó contra algo sólido, notó cómo su víctima tropezaba, cayendo hacia atrás, y escuchó cómo se estampaba contra los desperdicios que cubrían el suelo.
Entonces, por primera vez en su vida, Steve Harrison le dio la espalda a un solo enemigo y corrió tambaleándose, pero a buen paso, hasta la salida del callejón.
Respiraba con dificultad, y sus pies tropezaban con charcos y montones de basura. Esperaba recibir un cuchillo en la espalda de un momento a otro.
—¡Hogan! —baló desesperado.
Por detrás de él sonaban las veloces pisadas de su letal oponente. Se catapultó fuera de la entrada del negro callejón, topándose de bruces con el patrullero Hogan, que había escuchado su urgente bramido, y acudía a la carrera. El patrullero se quedó sin aliento, lanzando un jadeo agónico, y los dos hombres se desplomaron sobre la acera.
Harrison no gastó tiempo en levantarse. Agarrando el Colt especial del 38 del cinturón de Hogan, disparó contra la sombra que, por un instante, se proyectó hacia el exterior de la boca del callejón. Tras ponerse en pie, se acercó a la oscura entrada, sosteniendo aún el arma humeante.
No se escuchaba sonido alguno desde esa abertura estigia.
—Dame tu linterna —pidió, y Hogan se puso en pie, con una mano en su amplia barriga, y le tendió el artículo solicitado. El haz de luz blanca no mostró cuerpo alguno en el fango del callejón—. Se ha largado —musitó Harrison.
—¿Quién? —quiso saber Hogan, aún espantado—. Además, ¿de qué va todo esto? Te oí gritar «¡Hogan!» como si el demonio te tuviera sentado en sus rodillas, y al momento siguiente, te lanzas contra mí, embistiéndome como un toro. Qué...
—Cierra el pico, y exploremos este callejón —espetó Harrison—. No pretendía abalanzarme sobre ti. Alguien saltó sobre mí...
—¿Alguien o algo? —el patrullero examinó a su compañero bajo la incierta luz de la distante farola de la esquina. El abrigo de Harrison colgaba hecho trizas; su camisa colgaba en jirones, revelando su pecho, amplio y velludo, que se agitaba con su respiración. El sudor descendía por su cuello de toro, mezclándose con la sangre que teñía los arañazos de sus brazos, hombros y pecho. Llevaba el pelo manchado de mugre, y sus ropas olían a basura—. Debes de haberte topado con toda una banda —decidió Hogan.
—Sólo era un hombre —dijo Harrison—. Un hombre o un gorila; pero hablaba. ¿Vienes?
—Creo que no. Fuera lo que fuera, ya se ha ido. Vuelve a enfocar hacia el callejón. ¿Lo ves? Nada a la vista. No tiene sentido que hagamos una ronda para ver si le encontramos. Será mejor que vayas a que te curen esos cortes. Ya te he avisado antes sobre lo peligroso que es adentrarse en estos callejones a oscuras. Hay muchos hombres que tienen cuentas pendientes contigo.
—Iré a casa de Richard Brent —dijo Harrison—. Él me hará un arreglo. ¿Vienes conmigo?
—Claro, pero será mejor que me dejes...
—¡Sea lo que sea, no! —dijo Harrison, furioso por los cortes y su vanidad herida. Y escucha, Hogan... no menciones esto por ahí, ¿vale? Quiero arreglar este asunto yo solo. No parece un caso ordinario.
—No parece que lo sea... cuando un bicho ha logrado vapulear así a «Hombre de Hierro» Harrison —fue el mordaz comentario de Hogan, tras el cual, Harrison maldijo entre dientes.
La residencia de Richard Brent se alzaba justo al final del recorrido habitual de Hogan... un bloque solitario y respetable en medio de la marea de deterioro que engullía el vecindario, pero de la que Brent, absorto siempre en sus estudios, no podía ser consciente.
Brent se encontraba en su estudio atestado de reliquias, volcado sobre los oscuros volúmenes que eran, a la vez, su vocación y su pasión. Su apariencia erudita contrastaba vivamente con la de sus visitantes. Pero se hizo cargo de la situación sin turbarse en absoluto, y aplicando sus estudios de medicina.
Hogan, tras asegurarse de que las heridas de Harrison eran poco más que meros arañazos, regresó a su ronda y, poco después, el gran detective tomaba asiento frente a su anfitrión, con un gran vaso de whisky en su descomunal manaza.
La altura de Steve Harrison estaba por encima de la media, pero parecía mucho más bajo debido a la anchura de sus hombros y la amplitud de su pecho. Sus fuertes brazos colgaban lacios, y su cabeza se inclinaba hacia delante, de forma agresiva. Su frente, ancha y baja, coronada por una mata de salvaje cabello negro, sugería más a un hombre de acción que a un pensador, pero sus fríos ojos azules reflejaban una profundidad mental inesperada.
—«... como yo morí en la arena» —estaba diciendo—. Eso es lo que me dijo. ¿Estaba como una cabra... o qué demonios...?
Brent sacudió la cabeza, observando las paredes con aire ausente, como si buscara inspiración en las armas, antiguas y modernas, que las adornaban.
—¿Y no pudiste entender el idioma en el que te había hablado antes?
—Ni una palabra. Todo lo que sé es que no era inglés, ni tampoco chino. Ni siquiera sé si ese tipo no era más que acero y hueso. Pelear con él era como hacerlo con una cesta llena de gatos salvajes. A partir de ahora voy a llevar siempre un arma de reglamento. La rechacé hace poco, porque las cosas han estado muy tranquilas. Siempre me figuré que, con los puños, podría resultar un buen rival para cualquier ser humano ordinario. Pero ese diablo no era un ser humano ordinario; se parecía más a un animal salvaje.
Trasegó su whisky de forma sonora, se limpió la boca con el canto de la mano, y se inclinó hacia Brent con un brillo de curiosidad en los ojos.
—Nunca le diría esto a nadie que no fueras tú —dijo con una extraña actitud de duda—. Y puede que pienses que estoy loco... pero... bueno, me he cargado a muchos hombres a lo largo de mi vida. Imagina que... bueno, los chinos creen en los vampiros, los gules y los muertos que caminan... y todo eso que dijo acerca de que había estado muerto, y que yo le había matado... Imagina que...
—¡Tonterías! —exclamó Brent con una risa incrédula—. Cuando un hombre se ha muerto, se ha muerto. No puede regresar.
—Eso había creído yo siempre —musitó Harrison. Pero ¿a qué diablos se refería con eso de que yo le dejé para que alimentara a los buitres?
—¡Yo te lo diré! —una voz tan dura y despiadada como el filo de un cuchillo interrumpió la conversación.
Harrison y Brent se giraron sobresaltados, y el segundo casi se cae de la silla. En el otro extremo de la habitación, una de las altas ventanas había quedado abierta para que entrara el aire. Ahora, junto a ella, se alzaba un hombre alto y fibroso cuya vestimenta hecha jirones no podía ocultar la peligrosa robustez de sus miembros ni la anchura de sus recios hombros. Su barato atuendo, apolillado y manchado de sangre, parecía incongruente junto al fiero y oscuro rostro de halcón, y la llama que ardía en sus ojos oscuros.
Harrison gruñó de forma explosiva, al percibir la concentrada ferocidad de su mirada.
—Escapaste de mí en la oscuridad —musitó el extraño, apoyando el peso de su cuerpo sobre la parte anterior de sus pies, tensándose como un felino, mientras una daga curva brillaba en su mano.
¡Estúpido! ¿Acaso creías que no iba a seguirte? Aquí hay luz: ¡No volverás a escapar!
—¿Quién diablos eres? —quiso saber Harrison, alzándose en una inconsciente posición defensiva, con los brazos flexionados y los puños cerrados.
—¡De pocas agallas y memoria débil! —se burló el otro—. ¿No te acuerdas de Amir Amin Izzedin, a quien mataste en el Valle de los Buitres hace treinta años? ¡Pues yo sí que lo recuerdo! ¡Desde la cuna, te recuerdo! Desde antes de que supiera hablar o caminar, supe que era Amir Amin, y me acordaba del Valle de los Buitres. Pero sólo después de una profunda vergüenza y un largo vagar, me fue revelando el pleno conocimiento. ¡Logré verlo en el humo de Shaitán! Has cambiado tu recipiente de carne, Ahmed Pasha, perro beduino, pero no podrás escapar de mí. ¡Por el Becerro de Oro!
Corrió hacia él con un aullido felino, empuñando en alto la daga.
Harrison saltó hacia un lado, con una agilidad sorprendente para un hombre de su tamaño, y descolgó una lanza antigua de la pared. Con un alarido sin palabras, que más parecía un grito de guerra, se lanzó hacia delante, agarrándola con ambas manos, como si fuera un fusil con la bayoneta calada. Amir Amin le esquivó deslizándose a un lado, y contorsionando su cuerpo de pantera para evitar la afilada punta.
Cuando Harrison se dio cuenta de su error, ya era demasiado tarde... sabía que recibiría una puñalada tan pronto pasara de largo al escurridizo oriental. Pero no podía detener el ímpetu de su acometida. Y, entonces, el pie de Amir Amin resbaló con una alfombra suelta. La punta de la lanza atravesó su apolillado abrigo, y se enterró en sus costillas, haciendo brotar un reguero de sangre. Herido y desequilibrado, apuñaló a ciegas y, entonces, el descomunal hombro de Harrison les derribó a ambos al suelo.
Amir Amin fue el primero en levantarse, pero sin su cuchillo. Mientras paseaba una mirada salvaje a su alrededor, buscándolo, Brent, temporalmente paralizado ante aquella violencia inusitada, entró en acción. El erudito agarró un arma de fuego del expositor de la pared, y sus ojos mostraron una sombría determinación. Al apuntar la pistola, Amir Amin emitió un alarido, y se lanzó como una bestia por la ventana más cercana. El estampido del cristal hecho añicos se mezcló con el atronador rugido del arma de fuego. Al acercarse a la ventana, Brent, parpadeando aún por la humareda de la pólvora, vislumbró una forma oscura que corría por la avenida en sombras, bajo los árboles, hasta desaparecer de la vista. Se dio la vuelta y contempló a Harrison, que se incorporaba, mientras maldecía profusamente.
—¡Dos veces en una noche es condenadamente demasiado! Además, ¿quién es ese chalado? ¡No le había visto en mi vida!
—¡Es un druso! —explicó Brent—. Su acento... su mención al Becerro Dorado... su apariencia de halcón... estoy seguro de que es druso.
—¿Qué demonios es un druso? —bramó Harrison con un espasmo de irritación. Las vendas se le habían rasgado, y sus heridas volvían a sangrar.
—Viven en un área montañosa de Siria —respondió Brent. Es una tribu de fieros guerreros...
—En eso estoy de acuerdo — escupió Harrison. Jamás esperé encontrar a nadie que pudiera igualarme en un combate cuerpo a cuerpo, pero este demonio me ha tenido contra las cuerdas. De todos modos, es un alivio saber que no es más que un ser humano. No tengo por costumbre tomar precauciones, y no empezaré ahora. Pensaba quedarme aquí, esta noche, si tienes alguna habitación en la que se pueda cerrar con llave las puertas y ventanas. Mañana, iré a ver a Woon Sun.


II.

Pocos hombres llegaban a entrar jamás en la modesta tienda de curiosidades que daba a la caótica River Street, y menos aún pasaban a través de las crípticas cortinas de la puerta del fondo, para asombrarse de lo que había más allá: un lujo absoluto en forma de tapices de terciopelo cosidos a mano, divanes forrados de seda, tazas de te de porcelana tintada o pequeñas mesitas de juguete de ébano lacado, todo ello iluminado por el suave resplandor de bombillas eléctricas escondidas en el interior de linternas chinas de papel.
Los anchos hombros de Steve Harrison resultaban tan incongruentes entre todos aquellos enseres exóticos del mismo modo que Woon Sun, —un individuo de baja estatura, delgado y ataviado con una túnica de seda negra—, parecía adaptarse a ellos.
El chino sonreía, pero había hierro templado detrás de su máscara de suavidad.
—De modo que... —sugirió cortésmente.
—De modo que quiero que me ayudes —dijo Harrison de forma brusca. Su naturaleza no era la de un sutil estoque, que fintara o parara, aguardando una oportunidad, sino la de un martillo, que golpeara directamente su objetivo—. Sé que conoces a todos los orientales de la ciudad. Ya te he descrito a ese pájaro. Brent dice que es un druso. Es imposible que no sepas nada de él. Resaltaría en medio de cualquier muchedumbre. No pertenece a la clase de rata callejera habitual de River Street. Más bien diría que es un lobo.
—De hecho, lo es —murmuró Woon Sun—. Resultaría del todo inútil intentar ocultar el hecho de que conozco a ese joven bárbaro. Se llama Ali ibn Suleyman.
—Se hacía llamar de otro modo —contra dijo Harrison.
—Quizás. Pero, para sus amigos, es Ali ibn Suleyman Es un druso, como muy bien dijo su amigo. Su tribu vive en ciudades de piedra, en las montañas de Siria... en concreto, en las montañas conocidas como las Druas de Djebel.
—Mahometanos, ¿eh? —rumió Harrison—. ¿Árabes?
—No. Es como si fueran una raza aparte. Adoran a un Becerro tallado en oro, creen en la reencarnación, y practican impíos rituales perseguidos por los musulmanes. Primero fueron los turcos, y, luego, los franceses, los que intentaron doblegarles, pero, en realidad, no han sido conquistados jamás.
—No acabo de creer eso último —musitó Harrison—. Pero ¿por qué me llamó «Ahmed Pasha»? ¿Qué puede tener contra mí?
Woon Sun mostró las palmas de las manos, en actitud de desconocimiento.
—Bueno, de cualquier modo —gruñó Harrison—, ya estoy acostumbrado a cuidarme de que me intenten apuñalar en callejones oscuros. Quiero que hagas los arreglos para que pueda echarle el guante. A lo mejor, si logro sujetarle el tiempo suficiente, puedo sacarle algo que tenga sentido. Quizá pueda discutir con él y disuadirle de esa idea que tiene de matarme, sea por el motivo que sea. Más parece un fanático que un criminal. De todos modos, tengo que descubrir de qué va todo esto.
—¿Qué puedo hacer yo? — murmuró Woon Sun, posando las manos sobre su oronda barriga, mientras la malicia asomaba por detrás de sus párpados rasgados—. E incluso podría ir más lejos, y preguntar: ¿Por qué debería yo hacer nada?
—Te has mantenido en el lado de la ley desde que llegaste aquí —dijo Harrison—. Sé que esta tienda
de curiosidades no es más que una tapadera. No se puede hacer negocio con esto. Pero sé, además, que no has estado mezclado en actividades criminales. Tuviste pasado turbio —muy turbio— antes de venir aquí, pero eso ya no es asunto mío.
»Pero, Woon Sun —Harrison se inclinó hacia delante y bajó la voz—. ¿Te acuerdas de ese joven euroasiático llamado Josef La Tour? Yo fui el primer hombre que encontró su cadáver, la noche en que le mataron en el garito de juego de Osman Pasha. Encontré un cuaderno de notas en su chaqueta, y aún lo conservo. ¡Woon Sun, tu nombre está en ese cuaderno!
Un silencio electrizante recorrió la atmósfera. Los suaves rasgos amarillos de Woon Sun permanecieron impasibles, pero unos puntos rojos resplandecieron en la negrura de sus ojos.
—La Tour debía de haber estado intentando chantajearte —dijo Harrison. Recopiló un buen montón de datos interesantes. Al leer ese cuaderno de notas, descubrí que tu nombre no siempre ha sido Woon Sun, y también me enteré de dónde procede todo tu dinero.
Los puntos rojos habían desaparecido de los ojos de Woon Sun, cuya mirada parecía ahora nublada. Una palidez verdosa se sobrepuso al amarillo de su rostro.
—Te has escondido muy bien, Woon Sun —musitó el detective—. Pero traicionar a tu sociedad y largarte con todo su dinero es una cosa muy fea. Si alguna vez llegaran a encontrarte, te darían de comer a las ratas. Aún no estoy muy seguro de si es mi deber escribir una carta a cierto mandarín de Cantón llamado...
—¡Basta! —la voz del chino parecía irreconocible—. ¡No hable más, por el amor de Buda! Haré lo que me dice. Disfruto de la confianza de ese druso, y puedo arreglarlo fácilmente. Ahora apenas está oscureciendo. Acuda a medianoche al callejón de River Street que los chinos conocen como «el Callejón del Silencio». ¿Sabe a cuál me refiero? Bien. Aguarde en el quicio que forman las paredes en ángulo, cerca del final del callejón, y Alí ibn Suleyman no tardará en pasarse por allí, ignorante de su presencia. Luego, si se atreve a intentar arrestarle, eso ya es cosa suya.
—Esta vez llevaré un arma —gruñó Harrison—. Si haces esto por mí, me olvidaré del cuaderno de notas de La Tour. Pero no intentes traicionarme, o...
—Tiene usted mi vida en sus manos —respondió Woon Sun—. ¿Cómo podría traicionarle?
Harrison gruñó, escéptico, pero se puso en pie sin hacer más comentarios, cruzó el cortinaje de la entrada y la tienda de más allá, y salió a la calle. Woon Sun observó, inescrutable, los anchos hombros que se abrían paso por entre la multitud de atareados orientales, tanto hombres como mujeres, que deambulaban por River Street casia cada momento. Luego cerró la puerta de la tienda y se apresuró a cruzar de nuevo el cortinaje hasta la ornamentada cámara de la parte trasera. Una vez allí, se detuvo, y miró a su alrededor.
Una azulada espiral de humo se elevaba desde un diván de satén, y, sobre aquel diván, había una joven... una criatura esbelta, de oscura sutileza, cuyos cabellos —negros como la noche—, labios, —rojos y plenos—, y ojos almendrados sugerían una sangre mucho más exótica de lo que aparentaba su lujosa vestimenta. Esos labios rojos se curvaban en una sonrisa de burla maliciosa, pero el brillo de sus ojos negros mitigaba cualquier sensación de humor, aunque fuera satírico, al igual que su vitalidad contradecía la aparente languidez de la mano en la que sostenía el cigarrillo.
—¡Joan! —los ojos del chino devinieron en meras ranuras que ardían de sospecha—. ¿Cómo has entrado aquí?
—A través de esa puerta de ahí atrás, que se abre a un pasillo, que, a su vez, se abre al callejón que discurre por detrás del edificio. Ambas puertas estaban cerradas... pero hace ya mucho que aprendí a forzar cerraduras.
—¿Por qué...?
—Observé que el valiente detective entraba aquí. Llevo algún tiempo vigilándole... aunque él no lo sabe —los vitales ojos de la muchacha se tornaron aún más rasgados durante un instante.
—¿Has estado escuchando al otro lado de la puerta? —quiso saber Woon Sun, cuya tez se volvía grisácea por momentos.
—No soy ninguna fisgona. No necesitaba escuchar. Me suponía a qué había venido... y tú... ¿has prometido ayudarle?
—No sé de qué estás hablando —replicó Woon Sun con un secreto suspiro de alivio.
—¡Mientes! —la joven se tensó sobre el diván, mientras sus dedos destrozaban el cigarrillo de forma convulsiva y su rostro se crispaba momentáneamente. Luego recuperó la compostura, con una fría determinación, mucho más peligrosa que cualquier estallido de rabia—. Woon Sun —dijo con calma, extrayendo una pistola automática del interior de su bolso— podría matarte fácilmente y sin pestañear... ahí mismo... donde estás... pero no deseo hacerlo. Debemos seguir siendo amigos. Mira, ya guardo él arma... pero no me tientes, amigo mío. No intentes echarme o emplear la violencia conmigo. Ven aquí, siéntate y toma un cigarrillo. Hablaremos con calma de todo este asunto.
—No sé de qué deseas hablar —dijo Woon Sun, zambulléndose en un diván y tomando el cigarrillo que se le ofrecía con un gesto mecánico, como si estuviera hipnotizado por el resplandor de los magnéticos ojos negros de su visitante... y por el conocimiento de la existencia de esa pistola, ahora oculta. Toda su inmovilidad oriental no podía ocultar el hecho de que temía a esa joven pantera... aún más de lo que temía a Harrison.
—El detective vino aquí tan sólo para hacerme una visita amistosa —dijo—. Tengo muchos amigos en la policía. Si me encontraran asesinado se tomarían muchas molestias para encontrar a la persona culpable.
—¿Quién habla de matarte? —protestó Joan, encendiendo una cerilla con la punta de una uña tintada con henna, y tendiendo la diminuta llama hasta el cigarrillo de Woon Sun. En el instante del contacto, sus rostros permanecieron muy próximos, y el chino retrocedió sobresaltado, rehuyendo la intensidad que ardía en sus ojos oscuros. Nervioso, se acercó el cigarrillo a la boca e inhaló profundamente.
—He sido amigo tuyo —dijo—. No deberías venir aquí a amenazarme con una pistola. Soy un hombre de no poca importancia en River Street. Es posible que no estés tan a salvo como crees estar. Puede que llegue un tiempo en que necesites un amigo como yo...
De repente fue consciente de que la joven no respondía y que ni siquiera se molestaba en escuchar sus palabras. El cigarrillo de la muchacha ardía entre sus dedos, sin haber sido aspirado una sola vez, y, a través de la nube de humo, sus ojos llameantes le observaban con la terrible mirada de una bestia depredadora. Con un sobresalto, se quitó el cigarrillo de los labios y se lo acercó a la nariz.
—¡Diablesa! —emitió un alarido de puro terror. Lanzando lejos el humeante cilindro, se puso en pie, y permaneció mareado, balanceándose sobre unas piernas ahora lacias y muertas. Sus dedos se extendieron hacia la joven como si pretendiera estrangularla—. Veneno... opio... el loto negro...
La mujer se puso en pie, lanzó la mano abierta contra el pecho cubierto de seda del mercader, y le empujó de vuelta al diván. El hombre cayó dando tumbos, y quedó inmóvil, con los ojos abiertos, y la mirada fija y vacía. La mujer se inclinó sobre él, tensa,y estremecida por la intensidad de sus emociones.
—Eres mi esclavo —susurró, del mismo modo que un hipnotizador implanta sugestiones en su víctima—. Careces de voluntad, y obedeces la mía. Tu mente consciente está dormida, pero tu lengua está libre para decir la verdad. Tan sólo la verdad queda en tu drogado cerebro. ¿Por qué vino aquí el detective Harrison?
—Vino preguntando por Ali ibn Suleyman, el druso —musitó Woon Sun, con una curiosa voz, cantarina y carente de vida.
—¿Prometiste traicionar al druso para que le atrape?
—Lo prometí, pero mentí —continuó la monótona voz—. El detective acudirá a medianoche al Callejón del Silencio, que es la antesala de la morada del Amo.
Muchos cadáveres pasan por esa puerta con los pies por delante. Es el mejor lugar para deshacerse de su cuerpo. Le diré al Amo que había venido a espiarle, y así me ganaré los honores, además de deshacerme de un enemigo. El bárbaro blanco estará escondido en un recodo entre las paredes, aguardando al druso, tal como yo le dije. Él no sabe que hay una trampa que puede abrirse desde la pared de atrás, y una mano resuelta puede matarle con un hacha. Mi secreto morirá con él.
Aparentemente, a Joan le resultaba indiferente a qué secreto se refería, ya que no hizo más preguntas al drogado comerciante. Pero la expresión de su hermoso rostro no era placentera.
—No, mi amarillo amigo —murmuró la joven—. Dejemos que el blanco acuda al Callejón del Silencio... sí, pero no será un tripudo amarillo quien le ataque en la oscuridad. Le concederemos su deseo. Se encontrará con Ali ibn Suleyman... ¡Y, después de él, con los gusanos que se lo comerán en la oscuridad de la tumba!
Tras extraer un frasquito de entre sus pechos, escanció algo de vino de una jarra de porcelana en un cáliz de ámbar, y vertió en la bebida el contenido del frasco.
Luego acercó el cáliz hasta los lacios dedos de Woon Sun y, con voz cortante, le ordenó que bebiera, guiando el recipiente hasta sus labios. El mercader trasegó el vino de manera mecánica y, de inmediato, cayó por el lado del diván y yació inerte.
—Esta noche no empuñarás hacha alguna —musitó ella—. Cuando te despiertes, dentro de muchas horas, mis deseos se habrán cumplido... y, además, ya no tendrás que volver a preocuparte de Harrison... sea lo que sea lo que tiene contra ti.
Pareció preocupada por un repentino pensamiento, y se detuvo cuando estaba a punto de salir por la puerta que daba al pasillo posterior.
—¿Que no estoy tan a salvo como creo estar? —murmuró, casi en voz alta—. ¿Qué querría decir con eso? —una sombra, casi de aprensión, cruzó su rostro. Luego se encogió de hombros—. Ahora ya es
demasiado tarde para que me lo cuente. No importa. El Amo no sospecha nada... ¿y qué si lo hace? No es mi Amo. Ya he perdido demasiado tiempo.
Salió al pasillo, cerrando la puerta detrás de ella. Entonces, al darse la vuelta, se detuvo en seco.
Ante ella se alzaban tres sombrías figuras, altas, desgarbadas, y con túnicas negras; sus cabezas, afeitadas como las de los buitres, asentían siniestramente bajo la tenue luz del pasillo.
En ese instante, paralizada por una espantosa certeza, se olvidó de su pistola escondida. Abrió la boca
para lanzar un grito, que se tornó un gorgoteo cuando una mano huesuda se cerró sobre sus labios.


III.

El callejón, de nombre desconocido para los blancos, pero conocido por las incontables hordas de River Street como el Callejón del Silencio, resultaba tan opaco y misterioso como las características de la raza que solía frecuentarlo.
No discurría en línea recta, sino que serpenteaba alejándose de River Street, abriéndose camino a través de un laberinto de altos edificios a oscuras que, al menos a simple vista, parecían almacenes alquilados, y de olvidadas casas decrépitas, ocupadas sólo por las ratas, y cuyas ventanas estaban tapadas con tablones.
Al igual que River Street era el corazón del Barrio Oriental, el Callejón del Silencio era el corazón de River Street, aunque, en apariencia, estuviera vacío y desierto. Al menos esa era la idea de Steve Harrison, aunque no lograba encontrar ninguna razón concreta por la que se le pudiera conceder tanta importancia a un callejón oscuro, sucio y maloliente que no parecía conducir a ninguna parte. Los hombres de la comisaría se burlaban de él, diciéndole que había trabajado tanto tiempo entre los intrincados laberintos plagados de ratas de River Street, que su cerebro estaba empezando a tornarse tan retorcido como el de los chinos.
Pensó en ello, mientras se agazapaba con impaciencia en un recodo formado por las paredes finales del insalubre callejón. Tras una cauta mirada a las manecillas luminosas de su reloj, descubrió que eran ya más de las doce. Tan sólo las pisadas de las ratas rompían el silencio. Estaba bien escondido en aquel quicio formado por dos paredes que se cruzaban sin tocarse, y cuyos planos formaban una suerte de triángulo abierto, que asomaba al callejón.
La arquitectura de aquel lugar resultaba tan absurda como algunas de las historias que se contaban sobre su profunda oscuridad. A unos pocos pasos de allí, el callejón terminaba abruptamente ante la negrura inescalable de una pared casi ciega, que carecía de ventanas, y no tenía más que una puerta de metal.
Todo eso lo sabía Harrison gracias a la vaga luminiscencia gris que se filtraba en el callejón desde la parte superior de los edificios.
Las sombras acechaban en las esquinas, más oscuras que los abismos estigios, y la puerta de metal no era más que una vaga mancha en la superficie de la pared.
Harrison supuso que debía de tratarse de un almacén vacío, abandonado, y medio derruido por los años. Probablemente, su fachada principal daría a la orilla del río, flanqueada por unos muelles decrépitos, olvidados y sin usar en años, ya que el comercio del río y toda la actividad que llevaba aparejada, se había trasladado a una parte más nueva de la ciudad.
Se preguntó si le habrían visto deslizarse en el callejón. No había entrado directamente desde River Street, llena siempre de figuras furtivas que la recorrían en silencio durante casi toda la noche. Había accedido por una calleja lateral, avanzando por entre las tapias y las paredes desconchadas hasta salir al oscuro y laberíntico callejón.
Demasiado tiempo llevaba en el Barrio Oriental como para no adoptar la cautela y el sigilo de sus habitantes.
Pero pasaba de la medianoche, y no había ni rastro del hombre al que estaba dando caza. De repente, se puso en tensión. Alguien venía por el callejón. Pero las pisadas eran suaves, no del tiempo que uno podría haber asociado con un hombre de la corpulencia de Alí ibn Suleyman. Una figura alta y encorvada se perfiló vagamente en la penumbra y pasó junto al escondite del detective. Su mirada entrenada, incluso en la negrura, reveló a Harrison que aquel no era el hombre que buscaba. El desconocido caminó directo hacia la puerta metálica y llamó tres veces con un largo intervalo entre las llamadas. De forma abrupta, en la puerta brilló un círculo rojo. Se susurraron palabras en chino. El hombre del exterior replicó en la misma lengua, y sus palabras llegaron con claridad hasta el atento detective:
—¡Erlik Khan!
Entonces, de un modo inesperado, la puerta se abrió hacia dentro y el extraño entró, quedando iluminado brevemente por la luz rojiza que salía por la abertura.Luego, tras cerrarse la puerta, la oscuridad regresó, y el silencio volvió a reinar en el homónimo callejón.
Pero, agazapado en su oscuro rincón, Harrison sintió como el corazón parecía a punto de salir de entre sus costillas. Había reconocido al sujeto que entrara por la puerta como al asesino chino Fang Yim, cuya cabeza se pagaba a buen precio. Pero no era eso lo que había provocado que la sangre del detective latiera de ese modo en sus venas. Era la contraseña musitada por el malencarado visitante: «¡Erlik Khan!». Era como ver materializada una terrible pesadilla, como ver confirmada una leyenda malvada.
Durante más de un año, habían circulado rumores por los negros callejones y los cochambrosos portales, en los que el misterioso pueblo amarillo se movía de forma tan inescrutable como si fueran fantasmas. Ni tan siquiera eran rumores. Aquel era un término demasiado concreto y definido para poder aplicarse a los murmullos de los tratantes de opio, los balbuceos de los locos, o los estertores de los hombres agonizantes susurros deslavazados que se alejaban en la brisa nocturna. Pero, de entre esas murmuraciones inconexas se imponía un temido nombre, repetido con pavor, en susurros estremecidos: «¡Erlik Khan!».
Era una frase siempre asociada a acontecimientos oscuros; como un viento negro que ululara a través de los árboles, a medianoche; un destello, un suspiro, un mito, que ningún hombre podía confirmar ni
negar. Nadie sabía si era el nombre de un hombre, de un culto, de un plan de acción, de una maldición o de un sueño. Aunque siempre se asociaba a todo aquello que significara amenaza: un susurro de aguas negras que lamía los podridos pilares de muelles olvidados; la sangre goteando sobre piedras resbaladizas; estertores de agonía en rincones oscuros; pies sigilosos, deslizándose a medianoche hasta destinos inciertos.
Los hombres de la comisaría se reían de Harrison cuando este juraba que sentía una conexión entre varios crímenes que no parecían estar conectados. Le decían, como siempre, que llevaba demasiado tiempo trabajando entre los laberintos del Distrito Oriental. Pero, precisamente ese hecho, le había vuelto más sensible que sus compañeros a las impresiones sutiles y furtivas. Y, en ocasiones, casi le parecía sentir una forma vaga y monstruosa que se movía tras una telaraña de ilusión. Y ahora, como el siseo de una serpiente oculta en la oscuridad, había logrado encontrar algo concreto al escuchar aquellas palabras susurradas: ¡Erlik Khan!
Harrison salió de su escondrijo y caminó a paso vivo hacia la puerta de metal. Su disputa con Ali ibn Suleyman fue apartada a un lado. El detective aprovechaba las oportunidades que se le presentaban. Cuando era así, actuaba primero, y planeaba después. Y su instinto le decía que estaba en el umbral de algo muy grande.
Un zumbido lento, casi imperceptible, había comenzado a sonar. En lo alto, por encima de las altas paredes negras, captó el atisbo de densos nubarrones grises, tan bajos que casi parecían fundirse con las azoteas, reflejando débilmente la miríada de luces de la ciudad. El murmullo del tráfico lejano llegó a sus oídos, tenue y distorsionado. Cuanto le rodeaba le parecía curiosamente extraño y ajeno. Lo mismo podría haber estado en la penumbra de Cantón, o en la prohibida Pekín... o en Babilonia, o en la egipcia Menfis.
Deteniéndose ante la puerta, recorrió la superficie metálica con las manos, y tanteó las planchas que, aparentemente, la condenaban. Descubrió que algunas de ellas eran falsas. Se trataba de un truco ingenuo para hacer que la puerta pareciera inaccesible a una mirada casual.
Asegurando los pies, con la sensación de estar saltando a ciegas en la oscuridad, Harrison llamó tres veces, igual que hiciera el asesino, Fang Yim. Casi al instante, un ventanuco redondo se abrió en la puerta, a la altura de su cara, dejando escapar un resplandor rojo en el que distinguió un semblante amarillo mongoloide. Escuchó un sibilino susurro en chino.
El ala del sombrero de Harrison caía sobre sus ojos, y la solapa del abrigo, subida para protegerle de la intemperie, ocultaba parte de sus rasgos. Pero el disfraz no era necesario. El hombre del interior no se parecía a nadie que conociera a Harrison.
—¡Erlik Khan! —musitó el detective. 
Los ojos rasgados no mostraron el menor atisbo de sospecha. Evidentemente, por esa puerta ya habían pasado antes otros hombres blancos. Se abrió hacia dentro, y Harrison entró, con los hombros encorvados y las manos en los bolsillos del abrigo: la viva imagen de un maleante de los muelles. Escuchó como la puerta se cerraba detrás de él, y se encontró en una pequeña cámara cuadrada en el extremo de un estrecho pasillo.
Notó que la puerta estaba reforzada con una gran barra de acero, que el Chino estaba colocando en su lugar sobre recios pestillos de hierro colocados a ambos lados del portal; además, el agujero del centro quedó cubierto por un disco de acero, que giró sobre un pivote.
Aparte de un destartalado asiento para el portero la estancia carecía de mobiliario.
La mirada entrenada de Harrison captó todo esto en un rápido vistazo, mientras avanzaba por la cámara. Sentía que, si deseaba hacerse pasar por un miembro de lo que fuera ese lugar, no podía permitirse permanecer mucho tiempo en el vestíbulo. Una pequeña linterna roja, que colgaba del techo, iluminaba la estancia, pero el pasillo parecía carecer de iluminación, salvo la que procedía de la citada linterna.
Harrison enfiló el corredor en sombras, sin mostrar evidencia alguna de la tensión de sus nervios. Al mirar de reojo, se fijó en la solidez de las paredes, que parecían nuevas. Obviamente, se había llevado a cabo una gran obra de rehabilitación en el interior de ese edificio, que parecía desierto.
Al igual que el callejón del exterior, el pasillo no discurría de forma recta. Giraba frente a él, en un tramo que disfrutaba de un suave torrente de luz, y, más allá de esa esquina, Harrison escuchó acercarse unas débiles pisadas. Se lanzó sobre la puerta más cercana, que se abrió en silencio al empujarla, y volvió a cerrarse detrás de él con el mismo sigilo.
Descendió unos escalones en la más absoluta oscuridad; tropezó, y a punto estuvo de caer, pero se agarró a la pared, mientras maldecía por el ruido que estaba haciendo. Escuchó que las suaves pisadas se detenían fuera, frente a la puerta; luego, una mano la empujó hacia dentro. Pero Harrison tenía el codo y el antebrazo presionando contra el panel de madera. Tanteando con los dedos encontró un cerrojo, y lo echó, mientras volvía a maldecir —esta vez mentalmente—, por el tenue chirrido que provocaba. Una voz susurró algo en chino, pero Harrison no respondió. Se dio la vuelta y volvió a descender con cuidado por las escaleras.
Sus pies no tardaron en llegar al suelo y, al instante siguiente, se encontró con una puerta. Tenía una linterna en el bolsillo, pero no se atrevía a usarla. Tanteó la puerta y descubrió que no estaba cerrada. El marco, la hoja y las jambas parecían estar aisladas a prueba de ruidos. Sus sensibles dedos recorrieron las paredes, y descubrió que estaba especialmente tratadas con la misma finalidad.
Con un escalofrío, se preguntó que gritos y qué sonidos espantosos estaban destinados a ser amortiguados por aquella puerta y paredes.
Al abrir del todo la puerta, parpadeó al percibir una tenue luz rojiza, y extrajo su pistola llevado por el pánico. Pero no fue recibido por gritos ni disparos, y, según sus ojos se fueron acostumbrando a la luz, descubrió que se encontraba en el interior de un gran sótano, vacío excepto por tres grandes cajas embaladas. Había puertas en el extremo y en ambos lados, pero todas ellas estaban cerradas.
Evidentemente, se encontraba a cierta distancia bajo el suelo. Se acercó a las cajas, que, aparentemente, habían sido abiertas en fecha reciente, y su contenido aún no había sido extraído. Las
tapas yacían en el suelo, junto a ellas, acompañadas de virutas y restos de embalaje.
—¿Bebida? —musitó para sí—. ¿Opio? ¿Contrabando?
Frunció el ceño al bajar la vista hasta el interior de la caja más cercana. Una simple capa de virutas de embalar cubría el contenido, y no pudo evitar quedar perplejo ante el contorno que dibujaban. Luego, de repente, con la piel de gallina, agarró las virutas y las apartó... para después retroceder un paso, temblando de horror. Tres rostros amarillos, gélidos e inmóviles, miraban hacia arriba, sin ver, en dirección a la lámpara roja. Una capa por debajo, parecía haber tres más.
Sudando y boqueando, Harrison llevó a cabo la escalofriante tarea de verificar lo que a duras penas podía creerse. Y, una vez concluida esta, se limpió la frente de sudor.
—¡Tres cajas llenas de chinos muertos! —susurró estremecido—. ¡Dieciocho fiambres amarillos! ¡Por el gato sagrado! ¡Parece como si revendieran cadáveres asesinados! Y yo que pensaba que había visto tantas cosas infernales que ya nada podía afectarme. ¡Pero esto es demasiado macabro!
Fue el sigiloso sonido de una puerta abriéndose lo que le sacó de sus mórbidas meditaciones. Se giró, en tensión. Ante él se agazapaba una forma monstruosa y brutal, como una criatura salida de una pesadilla. El detective captó el atisbo de un descomunal torso medio desnudo, un cráneo afeitado con forma de bala, hendido por una sonrisa brutal... y luego la bestia cayó sobre él.
Harrison no era un pistolero; todos sus instintos le impelían a combatir con sus fuertes brazos. En lugar de emplear su pistola, lanzó su puño derecho en dirección a aquella repulsiva sonrisa y fue recompensado por un reguero de sangre. La cabeza de la criatura cayó hacia atrás en un ángulo imposible, pero sus dedos huesudos se habían aferrado a las solapas del detective. Harrison enterró el puño izquierdo en lo más profundo del diafragma de su atacante, provocando que su rostro de cobre adoptara un tinte verdoso, pero el oriental aguantó, y, de un tirón, colocó el abrigo de Harrison detrás de sus hombros. Reconociendo la treta para inmovilizarle los brazos, Harrison no se resistió al movimiento, sino que incluso lo facilitó, proyectando hacia delante su poderoso cuerpo, propinando un cabezazo contra la nuez del amarillo, y liberando a continuación los brazos de sus mangas.
El gigante retrocedió tambaleándose, boqueando para respirar, mientras levantaba la inútil prenda arrebatada como si fuera un escudo. Y Harrison, inexorable en su ataque, le envió contra la pared con la sola fuerza de su mano, y, con fuerza demoledora, golpeó su mandíbula con ambas manos. El gigante se derrumbó hacia atrás, con la mirada fija; la cabeza impactó contra la pared, haciendo manar un torrente de sangre, y cayó de bruces al suelo, donde permaneció inmóvil,con su cabeza de bala rodeada por un charco de sangre.
—¡Un estrangulador mongol! —jadeó Harrison, bajando la mirada hacia él—. ¿En qué clase de pesadilla me he metido?
Fue justo en ese instante cuando una porra, empuñada a su espalda, impactó contra su cabeza; las luces se apagaron.


RELATO: "El señor de la muerte", Robert E. Howard (2ª parte)





El señor de la muerte

(2ª parte)

Robert E. Howard 



IV.

Algún tipo de conexión, fuera de lugar con su presente situación, provocó que Steve Harrison sufriera un desagradable sueño sobre la Inquisición española justo antes de recobrar la consciencia. Posiblemente se tratara del tintineo de las cadenas. Regresando de un mundo de sueños forzados, su primera sensación fue un espantoso dolor de cabeza, que le hizo tocarse el cráneo con suavidad, y maldecir amargamente.
Yacía tendido sobre un suelo de hormigón. Una banda de acero le aprisionaba la cintura hasta los riñones, y estaba cerrada con un recio candado de acero. De la banda salía una cadena, el extremo de la cual estaba empotrada en un anillo de la pared. Una pequeña lámpara de papel, suspendida del techo, iluminaba la estancia, que no parecía tener más que una puerta, y ninguna ventana. La puerta estaba cerrada.
Harrison notó que había otros objetos en la estancia, y, mientras parpadeaba, e iban adoptando su forma definitiva, fue víctima de una gélida premonición, demasiado fantástica y monstruosa para concederle el menor crédito. Aún así, los objetos que estaba mirando resultaban, de igual modo, increíbles.
Había un aparato con émbolos, cadenas y palancas. Una cadena colgaba del techo, así como varios objetos que parecían atizadores de hierro. Y, en una esquina, había un enorme bloque oscuro, junto al que descansaba una descomunal hacha de dos hojas. El detective se estremeció a su pesar, preguntándose si no estaría inmerso en un maldito sueño medieval. No podía dudar del significado de tales objetos. Había visto duplicados de algunos en los museos.
Al darse cuenta de que la puerta se había abierto, se dio la vuelta y observó la figura que se perfilaba en el umbral... una forma alta y sombría, ataviada con una túnica negra como la noche. La figura entró en la cámara como si fuera el espectro de la condenación, y cerró la puerta. Desde la sombra de su capucha, dos ojos gélidos brillaban tenebrosos, rodeados por un rostro vago, amarillo y ovalado. Durante un instante reinó elsilencio, roto de súbito por el airado bramido del detective.
—¿Qué demonios es esto? ¿Quién eres tú? ¡Quítame estas cadenas!
La única respuesta fue un silencio burlón, y, bajo el taladrante escrutinio de aquellos ojos fantasmales, Harrison sintió un sudor frío en la frente, y bajo las palmas de las manos.
—¡Necio! —Harrison se sobresaltó, nervioso ante la particular oquedad de aquella voz—. ¡Te enfrentas a tu perdición!
—¿Quién eres tú? —quiso saber el detective.
—Los hombres me llaman Erlik Khan, que significa «Señor de la Muerte» —respondió el otro. 
Un torrente de hielo descendió por la columna vertebral de Harrison; no llegaba a ser miedo, sino una
escalofriante emoción al darse cuenta de que, por fin, se hallaba cara a cara con la materialización de sus sospechas.
—De modo que, después de todo, Erlik Khan no es más que un hombre —gruñó el detective—. Ya estaba empezando a creer que era el nombre de una sociedad secreta china.
—Yo no soy chino —replicó Erlik Khan—. Soy mongol... descendiente directo de Genghis Khan, el gran conquistador, frente al que se postró Asia entera.
—¿Por qué me cuentas eso? —gruñó Harrison, ocultando su interés por escuchar más.
—Porque no tardarás en morir —fue la tranquila respuesta— y me gustaría que te dieses cuenta de que no estás en manos de un gángster, o ese tipo de basura maleante a la que estás acostumbrado.
»Yo fui el líder de una lamasería en las montañas del interior de Mongolia, y, si hubiera podido contener un poco mi ambición, podría haber reconstruido un imperio perdido... sí, el antiguo imperio de Genghis Khan. Pero algunos necios se opusieron a mí, y por poco no escapo con vida.
»Vine a América, y, una vez aquí, un nuevo propósito nació en mi interior: reunir todas las sociedades secretas orientales en una única y poderosa organización que controlara a voluntad, y extender mis tentáculos invisibles al otro lado del mar, hasta las tierras más recónditas. Aquí, a salvo de toda sospecha por parte de necios como tú, he construido mi fortaleza. Y ya he logrado bastante. Aquellos que se oponen a mí, mueren de forma repentina, o... ya has visto a esos estúpidos en las cajas del sótano. Son miembros del Yat Soy, que tenían pensado desafiarme.
—¡Por Judas! —musitó Harrison— ¡Un tong entero masacrado!
—No están muertos —corrigió Erlik Khan—. Tan sólo están en un estado cataléptico, inducido por ciertas drogas que fueron vertidas en su licor por siervos de confianza. Fueron traídos hasta aquí para que yo pudiera convencerles de la locura que cometen al intentar oponerse a mí. Dispongo de un gran número de criptas subterráneas como esta, en las que tengo instalados toda clase de instrumentos y máquinas diseñadas para hacer cambiar de parecer incluso al más testarudo.
—¡Cámaras de tortura bajo River Street! —murmuró el detective—. ¡Que me condenen si esto no es una pesadilla!
—¿Acaso tú, que has rebuscado tanto tiempo entre los laberintos de River Street, te sorprendes ahora por los misterios que acechan dentro de otros misterios? —musitó Erlik Khan—. En verdad que no has hecho más que arañar la superficie de tales secretos. Muchos hombres hacen mi voluntad... chinos, sirios, mongoles, hindús, árabes, turcos, egipcios...
—¿Por qué? —quiso saber Harrison— ¿Por qué habrían de servirte hombres tan dispares y de religiones tan hostiles entre sí?
—Por encima de toda diferencia de religión o creencia —dijo Erlik Khan— subyace la eterna Unidad que es la esencia y la raíz vital de Oriente. Antes de que existiera Mahoma, o Confucio, o Gautama, había una serie de símbolos y de señales, antiguos más allá de toda creencia, pero comunes a todos los hijos de Oriente. Hay cultos más fuertes y antiguos que el Islam o el Budismo, cultos cuyas raíces se han perdido en la oscuridad de la edad del amanecer del hombre, antes de que existiera Babilonia, o incluso antes de que se hundiera la Atlántida.
»Para un adepto, todas estas nuevas religiones y creencias no son más que nuevas vestiduras, que esconden la realidad que hay más allá. Aunque, ni siquiera a un muerto puedo revelarle más. Te bastará saber que yo, a quién los hombres llaman Erlik Khan, tengo un poder que está por encima de los poderes de Buda o el Islam.
Harrison permaneció en silencio, meditando sobre las palabras del mongol, y poco después, este prosiguió:
—No debes culparte más que por tu mala suerte. Estoy convencido de que no has entrado aquí esta noche para espiarme... pobre patán, necio bárbaro, que ni siquiera sospechaba de mi existencia. Me he enterado de que, a tu ruda manera, viniste aquí esperando atrapar a uno de mis sirvientes, el druso Ali ibn Suleyman.
—Le enviaste a matarme —gruñó Harrison.
Una risa burlona le hizo enseñar los dientes, irritado.
—¿De verdad te crees tan importante? No movería un solo dedo para aplastar a un gusano ciego. Fue otra persona la que puso al druso sobre tu pista... una persona miserable y egoísta, que en estos momentos está pagando el precio de su estupidez.
»Ali ibn Suleyman es, como muchos de mis sicarios, un exiliado de su pueblo, y su vida está amenazada.
»De todas las virtudes, la que más estiman los drusos es la más elemental, el coraje físico. Cuando un druso muestra el menor signo de cobardía, nadie le dice nada, pero cuando los guerreros se reúnen para beber café, uno de ellos escupe en su abba. Eso equivale a una sentencia de muerte. A la primera oportunidad, es obligado a marcharse, para buscar la muerte del modo más heroico posible.
»Ali ibn Suleyman fracasó en una misión en la que el éxito era imposible. Al ser joven, no se dio cuenta de que su fanática tribu le tacharía de cobarde por haber fallado y no dejarse matar. Pero la copa de la vergüenza se derramó sobre su túnica. Alí era joven; nosentía deseos de morir. Rompió una costumbre milenaria; huyó del Djebel druso y se convirtió en un vagabundo errante.
»Con el paso de los años, se unió a mis seguidores, y yo, personalmente, le di la bienvenida a su desesperado coraje y a su terrible habilidad para el combate. Pero, recientemente, esa persona estúpida a la que ya he mencionado, decidió usarle para zanjar un asunto privado, que de ningún modo estaba conectado con los míos. Eso fue algo muy poco sabio. Mis seguidores no viven más que para servirme, se den cuenta de ello o no.
»Ali frecuenta a menudo cierta casa para fumar opio, y esta persona arregló que fuera drogado con el polvo del loto negro, que produce un estado hipnótico. Durante ese tiempo, el sujeto es permeable a sugestiones, las cuales, si le son repetidas de forma continua, se acaban imponiendo en las horas de vigilia de la víctima.
»Los drusos creen que cuando un druso muere, su alma se reencarna al instante en un bebé druso. El gran héroe druso, Amir Amin Izzedin, fue asesinado por el árabe Shaykh Ahmed Pasha, la misma noche en que nació Ali ibn Suleyman. Ali siempre ha creído que era la reencarnación del alma de Amir Amin, y se quejaba porque no iba a poder vengar a su antiguo yo, matando a Ahmed Pasha, pues este, a su vez, murió pocos días después de matar al jefe druso.
»Todo esto era bien conocido por la persona de que hablo, y, por medio del loto negro, conocido también como el Humo de Shaitán, convenció al druso de que tú, el detective Harrison, eras la reencarnación de su viejo enemigo Shaykh Ahmed Pasha. Fueron necesarios mucho tiempo y mucha astucia, incluso estando drogado, para convencerle de que un Shaykh árabe podía reencarnarse en un detective americano. Pero la persona era muy lista, de modo que al fin, Ali quedo convencido. Desobedeció mis órdenes... que se refieren a no molestar a la policía a menos que se interpongan en mi camino, y, aún en ese caso, siguiendo sólo mis instrucciones. Pues no deseo publicidad. También él habrá de recibir una lección.
»Ahora debo irme. Ya he pasado demasiado tiempo contigo. En breve vendrá alguien que te liberará de tus pesares terrenales. Consuélate pensando que la estúpida persona que te ha tendido la trampa, va a expiar su crimen del mismo modo que tú. De hecho, lo hará separada de ti por ese panel acolchado. ¡Escucha!
De algún lugar cercano se alzó una voz femenina, incoherente pero con urgencia.
—Esa estúpida se da cuenta ahora de su error —sonrió con benevolencia Erlik Khan—. Aún así, estas paredes dejan escuchar sus lamentos. Bueno, no es la primera persona que lamenta sus acciones estúpidas en estas criptas. Ahora debo marcharme. Esos necios Yat Soys no tardarán en despertar.
—¡Espera, Diablo! —rugió Harrison, forcejando con su cadena—. ¿Qué...?
—¡Basta ya, basta! —había un toque de impaciencia en el tono del mongol—. Me hastías. Lleva a cabo tus últimas meditaciones, pues el tiempo que te queda es breve. Adiós, detective Harrison... no au revoir. La puerta se cerró en silencio, y el detective se quedó a solas con sus pensamientos, que estaban lejos de resultar placenteros. Se maldijo a sí mismo por caer en aquella trampa; maldijo su peculiar obsesión por trabajar siempre a solas. Nadie sabía de la pista que había intentado seguir. No le había comunicado sus planes a nadie.
Al otro lado del panel, continuaron los sollozos amortiguados. El sudor empezó a perlar la frente de Harrison. Sus nervios, indiferentes a su propio destino, comenzaron a sentir simpatía ante aquella voz aterrorizada.
Entonces la puerta volvió a abrirse, y Harrison, al darse la vuelta, supo con absoluta seguridad que estaba mirando a su verdugo.
Era un mongol alto y desgarbado, ataviado sólo con unas sandalias y una especie de faldellín de seda amarilla, que colgaba de un cinturón en el que se veían varios manojos de llaves. Llevaba un gran cuenco de bronce y algunos otros objetos que recordaban a varillas de incienso. Colocó estos últimos en el suelo, cerca de Harrison, y, desperdigándolos fuera del alcance del prisionero, empezó a ordenar
las malolientes varillas en una especie de volumen piramidal en el interior del cuenco. Y Harrison, al mirar, recordó de repente un horror medio olvidado, entre la miríada de nebulosos terrores propios de River Street. Había encontrado un cadáver en una habitación cerrada, en la que una acre humareda ascendía aún sobre un chamuscado cuenco de bronce... el cadáver pertenecía a un hindú, y se encontraba consumido y arrugado como si fuera cuero viejo...momificado por un humo letal, que mataba a su víctima, consumiéndola como a una rata envenenada.
Desde la otra celda le llegó un alarido tan agudo y aterrador que Harrison dio un respingo y maldijo en voz alta. El mongol hizo una pausa en su tarea, con una cerilla en la mano.
Su apergaminado semblante emitió un gruñido apreciativo, abriendo la boca, y revelando que carecía de lengua. El hombre era mudo.
Los gritos incrementaron su intensidad, aparentemente más por el miedo que por dolor, aunque cierto elemento de dolor parecía evidente. El mudo, con una mirada de éxtasis, se puso en pie, inclinándose junto a la pared, aplicando la oreja al panel para no perderse ni uno solo de los gemidos de agonía procedentes de la celda de al lado. Un reguero de baba caía desde la comisura de su boca entreabierta; contuvo el aliento, ansioso, mientras, de forma inconsciente, se acercaba aún más a la pared. De repente, el pie de Harrison salió disparado hacia delante, golpeándole fieramente en los tobillos. El mongol extendió los brazos y cayó de bruces sobre los expectantes brazos del detective.
La llave con la que Harrison rompió el cuello del verdugo carecía de fundamentos científicos.
Su furia contenida le hacía olvidarse de todo, excepto de un locura de berserk, que le obligaba a pegar, sajar y quebrar con una pasión primitiva. Se abrazó a su verdugo como si fuera un oso grizzli, y sintió cómo las vértebras se quebraban como el bambú podrido.
Mareado aún por su arranque de furia, se incorporó, abrazado aún a la figura inerte, mientras boqueaba incoherentes blasfemias.
Sus dedos se cerraron sobre las llaves que colgaban del cinturón del hombre muerto y, tras tirar de ellas, lanzó salvajemente el cadáver al suelo en un paroxismo de exceso de ferocidad. La figura cayó y permaneció inerte, con la mirada vidriosa y una sonrisa espeluznante asomando por encima del hombro amarillo.De manera mecánica, Harrison probó las llaves en la argolla de su cintura. Un instante después, libre de sus ataduras, se tambaleó hasta el centro de la celda, sobrecogido aún por el indómito estallido de emociones... esperanza, exaltación y sensación de libertad. Empuñó el hacha de dos manos que descansaba junto al bloque manchado de materia oscura, y a punto estuvo de aullar con una alegría sedienta de sangre cuando notó el perfecto equilibrio de la pesada arma, y comprobó lo afilado de su hoja.
Dedicó un mero instante a abrir la puerta con llave. Se asomó a un estrecho corredor, vagamente iluminado, flanqueado con puertas cerradas. Desde la más cercana se escuchaban aún los estremecedores gritos, amortiguados por la puerta acolchada y las paredes especialmente tratadas.
Inmerso como estaba en su ira berserk, no gastó tiempo en probarlas llaves con aquella puerta.
Levantando la descomunal hacha con ambas manos, la estampó contra los paneles, sin prestar atención al ruido que producía, consciente tan sólo de su ansia frenética de acción violenta. La puerta se destrozó hacia dentro bajo la acción de sus demoledores golpes, y pasó a través de sus restos con los ojos ardientes y los labios contraídos en una mueca asesina.
Entró en una celda muy parecida a la que acababa de dejar. Había un potro... una auténtica máquina del demonio, de los tiempos de la edad media... y sobre su cruel superficie se agitaba una figura blanca y patética... una muchacha, vestida tan sólo con una pequeña camisa. Un enorme mongol se inclinaba sobre la rueda, girándola lentamente. Otro más se encargaba de calentar al rojo un hierro afilado sobre un pequeño brasero.
Todo eso lo vio al primer vistazo, mientras la joven volvía la cabeza hacia él, y gritaba de agonía. Entonces, el mongol con el atizador de hierro corrió hacia él en silencio, manejando como una lanza el resplandeciente acero al rojo blanco. A pesar de la roja furia que le poseía, Harrison no perdió la cabeza. Una sonrisa de lobo asomó a sus labios, se echó hacia un lado, y hendió la cabeza del torturador como si fuera un melón. Luego, mientras el cuerpo se desplomaba, desparramando sangre y sesos por el suelo, se giró como un felino para hacer frente a la acometida del otro hombre.
El ataque de este fue tan silencioso como el del primero. Ambos eran mudos. No se lanzó a la desesperada, como hiciera su compañero, pero su cautela le sirvió de poco cuando Harrison volvió a tajar con su hacha goteante. Mientras el mongol alzaba el brazo izquierdo, el filo curvo se incrustó entre los músculos y los huesos, dejando el miembro casi amputado, colgando tan solo de una breve tira de carne. El torturador saltó hacia él como si fuera una pantera moribunda, hundiendo su cuchillo con la furia de la desesperación, mientras la ensangrentada hacha volvía a descender. La punta del cuchillo rasgó la camisa de Harrison, arañándole la carne del pecho.
Mientras retrocedía de forma involuntaria, hizo girar el hacha y, con un golpe plano, quebró el cráneo del mongol como si fuera una cáscara de huevo.
Lanzando improperios como un pirata, el detective avanzó unos pasos, mientras miraba a su alrededor, en busca de nuevos contrincantes. Entonces recordó a la muchacha del potro, y, al acercarse a ella, la reconoció al fin.
—¡Joan La Tour! ¿Qué demonios...?
—¡Suéltame! —imploró ella— ¡Oh, por el amor de Dios, sácame de aquí!
El mecanismo de aquella máquina diabólica parecía desafiarle. Pero se fijó en que la muchacha estaba atada con fuertes sogas en las muñecas y tobillos, de modo que, tras cortarlas, logró liberarla. Harrison sacó los dientes al pensar en las roturas, dislocamientos y terribles heridas internas que la joven podía haber sufrido, pero evidentemente la tortura no había avanzado lo bastante como para causarla un daño permanente. La muchacha no parecía estar del todo mal físicamente, pero debido a su experiencia estaba al borde de la histeria.
Al contemplar su desvalida figura sollozante, estremeciéndose bajo su escueto atuendo, y recordando la autosuficiente y sofisticada belleza que solía ser habitualmente, Harrison sacudió la cabeza, asombrado. En verdad que Erlik Khan sabía cómo doblegar a sus víctimas con su despótica voluntad.
—Salgamos de aquí —rogó ella entre sollozos—. Vendrán más... habrán escuchado el combate.
—De acuerdo — gruñó él—. Pero ¿dónde diablos estamos?
—No lo sé —confesó la joven—. En algún lugar de la casa de Erlik Khan. Estos mongoles mudos me trajeron aquí a primera hora de la noche, a través de pasadizos y túneles que conectaban varias partes de la ciudad con este lugar.
—Bueno, vamos —dijo él—. También nosotros podemos ir a alguna parte.
Tomando su mano, la sacó al pasillo y, tras mirar a su alrededor de manera incierta, observó una estrecha escalera ascendente.
Subieron por ella hasta detenerse frente a una puerta acolchada, que resultó no estar cerrada con llave.
Harrison la cerró tras ellos, probando las llaves sobre la cerradura. No tuvo éxito: ninguna de las llaves encajaba en aquella puerta.
—No sé si nos habrán oído o no —gruñó—, es posible que no sea así, a menos que hubiera alguien cerca. Este edificio está diseñado para amortiguar los sonidos. Creo que estamos en algún lugar de los sótanos.
—Jamás saldremos vivos de aquí —gimió la muchacha—. Estás herido... he visto sangre en tu camisa.
—No es más que un arañazo — gruñó el gran detective, investigando con cuidado el feo corte que le desgarraba desde el pecho hasta el abdomen, anegándole de sangre. Ahora que su furia empezaba a remitir, empezó a sentir el dolor.
Abandonando la puerta, siguió subiendo, envuelto en una densa oscuridad, guiando a la joven, de cuya presencia se aseguraba tan sólo por medio del contacto de una suave mano en la suya. Entonces la escuchó llorar de forma convulsiva.
—¡Todo esto es culpa mía! ¡Yo te metí en esto! El druso, Alí ibn Suleyman...
—Lo sé —gruñó él—. Erlik Khan me lo contó. Pero nunca sospeché que eras tú la que indujo a ese chalado para que me apuñalara. ¿Acaso mentía Erlik Khan?
—No, —gimió ella—. Mi hermano... Josef. Hasta esta misma noche, pensaba que tú le habías matado.
Harrison se sobresaltó.
—¿Yo? ¡Pero si no lo hice! No sé quién fue. Alguien le disparó por encima de mi hombro... apuntándome a mí, eso lo reconozco, durante la redada en el garito de Osman Pasha.
—Eso lo sé ahora —musitó ella—. Pero siempre había creído que mentías sobre el tema. Pensaba que
le habías matado tú mismo. Mucha gente lo cree, ¿sabes? Quería venganza. Me la jugué a lo que yo pensaba que era un plan seguro. El druso no me conoce. Jamás me ha visto mientras estaba despierto.
Soborné al propietario del fumadero de opio que frecuenta Ali ibn Suleyman, para poder drogarle con el loto negro. Luego empecé a trabajar con él. Se parece mucho a la hipnosis.
»De todos modos, el dueño del fumadero debe de haber hablado. Erlik Khan se enteró de cómo me estaba sirviendo de Alí ibn Suleyman, y decidió castigarme. A lo mejor temía que el druso hubiera hablado demasiado mientras estaba drogado.
»También yo sé demasiado, para ser alguien que no ha jurado obediencia a Erlik Khan. Tengo sangre oriental en mis venas, y me he visto obligada a meterme en los manejos de River Street hasta que el asunto hubiera concluido. Josef también jugaba con fuego, igual que yo he estado haciendo. Le costó la vida. Erlik Khan me ha dicho esta noche quién fue el verdadero asesino. Fue Osman Pasha. No te apuntaba a ti. Quería matar a Josef.
»He sido una estúpida —dijo con un suspiro—. Ahora mi vida está perdida. Erlik Khan es el rey de River Street.
—No lo será por mucho tiempo —gruñó el detective—. Vamos a salir de aquí de algún modo, y luego volveré con un escuadrón de policías para limpiar esta condenada ratonera. Le enseñaré a Erlik Khan que esto es América, no Mongolia. Cuando vuelva a encontrarme con él...
Se interrumpió de repente, cuando los dedos de Joan se cerraron sobre él de forma convulsiva. Desde algún lugar por debajo de ellos, sonó un murmullo confuso. Qué podía haber por encima, era algo que no podía saber, pero la piel se le erizaba al pensar en que pudieran volver a atraparles en aquella oscura e intrincada escalera.
Siguió subiendo, tirando de la muchacha, casi arrastrándola, hasta que llegaron ante una puerta sin cerrar. Al llegar allí, una luz brilló bajo ellos, y un agudo alarido galvanizó a los fugitivos. Muy por debajo, Harrison pudo divisar un conjunto de vagas figuras bajo el resplandor rojizo de una antorcha o una linterna. Decenas de ojos brillaban blanquecinos, y numerosos aceros lanzaban destellos.
Atravesaron la puerta y la cerraron tras ellos; durante un frenético instante, Harrison buscó una llave que pudiera encajar en la cerradura. Cuando no la encontró, agarró la muñeca de Joan y corrió por un pasillo que discurría por entre negras colgaduras de terciopelo. A dónde conducía, no podía saberlo. Había perdido todo sentido de la orientación. Pero sabía que la muerte, sombría e implacable, les pisaba los talones.
Detrás de ellos, una espeluznante jauría se extendió por el corredor: hombres amarillos con chaquetas de seda y pantalones bombachos, armados con cuchillos. 
Frente a ellos se alzaba una entrada tapada con un cortinaje. Apartando a un lado las pesadas colgaduras de satén, abrió la puerta y cruzó el umbral, tirando de la muchacha. La puerta se cerró tras ellos, y se detuvieron en seco, como dos cadáveres.
Una gélida desesperación oprimió el corazón de Harrison.


V.

Se encontraban en un vasto salón semejante a una cámara, como jamás hubieran podido soñar que existiera bajo las prosaicas azoteas de una ciudad occidental. Exóticas linternas con fantásticos dragones tallados colgaban del altísimo techo, arrojando un lustre dorado sobre las colgaduras de terciopelo que ocultaban las paredes. En sus negras superficies se veían dragones contorsionados, cosidos en hilo de plata, oro y escarlata. En una alcoba cercana a la puerta descansaba un ídolo chato,voluminoso, mucho más alto que un hombre, y medio oculto por una pesada pantalla lacada, una obscena y brutal burla de la naturaleza que sólo una mente mongola podía haber concebido.
Junto a él se alzaba un altar del cual ascendía una espiral de humo de incienso. Harrison le prestó poca atención al ídolo en ese momento. Le parecía más importante la figura con capa y capucha que permanecía sentada con las piernas cruzadas sobre un diván de terciopelo en el otro extremo del salón. Se habían metido directos en la boca del lobo.
Alrededor de Erlik Khan, en actitud sumisa, se sentaba un grupo de orientales, chinos, sirios y turcos. La parálisis de la sorpresa que había contenido a ambos grupos, quedó rota por un grito particularmente amenazador, proferido por Erlik Khan, que se había puesto en pie, llevándose las manos al cinturón. Los hombres se alzaron de un salto, aullando y buscando sus armas. Tras él, Harrison escuchaba el clamor de sus perseguidores, al otro lado de la puerta. En aquel instante, reconoció y aceptó la única y desesperada alternativa a una captura inmediata. Saltó hacia el ídolo, arrojando a la muchacha al pequeño nicho en la pared que había detrás, y entró tras ella. Luego se giró hacia la entrada. Era la última apuesta... el final del camino.
No tenía esperanzas de poder escapar; sus motivaciones eran tan sólo las de un lobo herido que se arrastra hacia un rincón, al que sus enemigos tendrán que acudir frente a frente.
La enorme masa de piedra verdosa del ídolo bloqueaba la entrada del nicho salvo por un lateral, en el que había un estrecho espacio entre su deformado muslo, el hombro, y la esquina de la pared.
El espacio del otro lado era demasiado estrecho como para que un gato pudiera deslizarse por él, y, además, estaba tapado por la pantalla lacada. Mirando a través de los intersticios de dicha pantalla, Harrison pudo divisar toda la sala, en la que sus perseguidores acababan de irrumpir. El detective reconoció a su líder como Fang Yim, el lanzador de hachas.
Se alzó un furioso murmullo, dominado por la voz de Erlik Khan, que hablaba en inglés, la única lengua en común ante toda aquella mezcla de razas.
—Se esconden detrás del Dios; sacadles de ahí.
—Disparémosle una andanada —protestó un hombre de piel oscura y constitución robusta, a quién Harrison reconoció como Ak Boga, un turco cuyo fez contrastaba con su atuendo occidental—. Arriesgamos nuestras vidas quedándonos aquí, a la vista; podría dispararnos desde la pantalla.
—¡Necio! —la voz del mongol irradiaba ira—. Si tuviera un arma de fuego ya nos habría disparado. Que ningún hombre apriete el gatillo. Pueden refugiarse tras el ídolo, y nos llevaría demasiados disparos acabar con ellos. Ahora no estamos en las Criptas del Silencio. Una ráfaga de disparos provocaría un ruido innecesario. Puede que un solo disparo no fuera escuchado en las calles, pero ese único disparo no sería suficiente. No tiene más que un hacha. ¡Doblegadle y cortadle en rodajas!
Sin dudar, Ak Boga corrió hacia ellos, seguido por el resto. Harrison afianzó sus manos sobre el hacha. Sólo podía entrar un hombre cada vez...
Ak Boga estaba en la estrecha apertura entre el ídolo y la pared antes de que Harrison pudiera moverse por detrás de la enorme masa verde. El turco aulló fiera y triunfalmente, y se lanzó hacia delante, alzando su cuchillo. Su masa bloqueaba la entrada, y los hombres que tenía detrás, no podían tener más que un atisbo —por encima de su hombro—, del sombrío rostro de Harrison y su ardiente mirada.
Harrison enterró el mango del hacha en lo más profundo del rostro de Ak Boga, partiendo nariz, labios y dientes. El turco retrocedió, gorgoteando y sin dejar de escupir sangre. Medio cegado, contraatacó con el salvajismo de una pantera moribunda. El filo cortante de su puñal arañó el rostro de Harrison desde la frente hasta la barbilla, y, entonces, la hoja del hacha se estrelló contra el pecho de Ak Boga, enviándole hacia atrás,donde se desplomó moribundo. Los hombres de fuera retrocedieron espantados. Harrison, sangrando como un cerdo herido, volvió a refugiarse tras el ídolo.
Los atacantes no podían ver al gigante blanco que acechaba en la entrada bajo la sombra del dios, pero veían a Ak Boga, atragantándose en el suelo, mientras la vida se le escapaba por la herida del pecho. Más parecía alguna clase de sangriento sacrificio, y su visión sacudía los nervios de los más fieros. Y entonces, cuando el asunto parecía estar en un callejón sin salida, y el mismo Señor de la Muerte parecía indeciso, un nuevo factor apareció por su cuenta en aquel tenso drama. Se abrió una puerta y una figura fantástica apareció a su través. Harrison escuchó a la joven, detrás de él, que tragaba saliva, incrédula.
Era Alí ibn Suleyman quien penetró en el gran salón como si caminara por su propio castillo en el misterioso Djebel druso. Había dejado de vestirse con los atuendos propios de la civilización occidental. Sobre la cabeza, llevaba un kafiyeh, fijado a la frente con una ancha banda brillante, Bajo su voluminoso abba mostraba unas botas muy ornamentadas, y repujadas con plata. Sus párpados estaban pintados con kohl, haciendo que sus ojos parecieran poseer una mirada aún más letal de lo habitual.
Llevaba en la mano una gran cimitarra curva. Harrison se quitó la sangre de la cara y se encogió de hombros. Nada en casa de Erlik Khan podía ya sorprenderle, ni siquiera aquella pintoresca figura, que parecía haber salido de algún sueño producto del opio de oriente.
La atención de todos quedó centrada, en el druso que avanzaba por el centro del salón, con un aspecto más alto y formidable, con su atuendo nativo, que el que tenía con las ropas occidentales. No mostró más deferencia ante el Señor de la Muerte que la que antes mostrara ante Harrison. Se detuvo directamente frente a Erlik Khan y habló sin reparos:
—¿Por qué no se me ha dicho que mi enemigo estaba prisionero en esta casa? —demandó en inglés, evidentemente la única lengua que tenía en común con el mongol.
—No estabas aquí —replicó bruscamente Erlik Khan, molesto por las altivas maneras del druso.
—No, pero acabo de llegar, y me he enterado de que el perro que una vez fue Ahmed Pasha se esconde en un nicho en esta cámara. Me he vestido del modo adecuado para la ocasión —y, dándole la espalda al Señor de la Muerte, caminó hacia el ídolo con grandes zancadas.
—¡Oh, infiel! —llamó— ¡Sal de ahí y enfréntate a mi acero! En lugar de la muerte de perro que te corresponde, te ofrezco una batalla honorable... tu hacha contra mi espada. ¡Sal de ahí, o si no tendré que entrar y sacarte tirándote de las barbas!
—¡Jamás me he dejado barba! —gruñó el detective— ¡Entra aquí a cogerme!
—No —se quejó Ali ibn Suleyman. Cuando eras Ahmed Pasha, al menos eras un hombre. Sal fuera, para que tengamos sitio para blandir nuestras armas. Si me matas, quedarás en libertad. ¡Lo juro por el Becerro de Oro!
—¿Puedo arriesgarme a confiar en él? —musitó Harrison.
—Un druso siempre mantiene su palabra —susurró Joan. Pero también está Erlik Khan...
—¿Quién eres tú para hacer promesas? —gritó Harrison. El amo aquí es Erlik Khan.
—¡No en lo concerniente a mis asuntos privados! —fue la arrogante respuesta—. Juro por mi honor que ninguna mano se alzará contra ti, y que, si me matas, podrás marcharte, libre. ¿No es así, Erlik Khan?
—Que sea como deseas —respondió el mongol, alzando las manos en un gesto de resignación.
Joan agarró de forma convulsa el brazo de Harrison, susurrando con urgencia:
—¡No te fíes de él! ¡No mantendrá su palabra! ¡Os traicionará tanto a ti como a Ali! Nunca se conformará con que el druso te mate... ¡Su modo de castigar a Ali, será hacer que sea otro el que acabe contigo! No... no...
—De todos modos es el final —murmuró Harrison, apartando la sangre y el sudor de sus ojos—. Creo que puedo asumir ese riesgo. En caso contrario, volverán a atacar, y estoy sangrando tanto, que dentro de poco estaré demasiado débil para pelear. Espera tu ocasión, muchacha, e intenta escabullirte mientras todo el mundo se fija en el combate entre Ali y yo —y en voz alta añadió:
—Hay una mujer aquí conmigo, Ali. Deja que se marche antes de que empecemos a luchar.
—¿Para que llame a la policía y que esta acuda en tu rescate? —demandó Ali—. ¡No! Se quedará
aquí, y caerá si tú caes. ¿Vas a salir?
—Ya salgo —anunció Harrison. Agarrando el hacha con fuerza, salió de la alcoba, conformando una figura sombría y espantosa, con la sangre enmascarando su rostro y la vestimenta desgarrada. Vio a Ali ibn Suleyman que se acercaba hacia él, con la cabeza agachada, y su descomunal cimitarra, brillando con luz azulada. Levantó el hacha, debatiéndose contra una repentina sensación de debilidad... escuchó un sonido apagado, y, en ese mismo instante, sintió un paralizador impacto contra su cabeza. No fue consciente de haber caído, pero se dio cuenta de que yacía en el suelo, aún despierto, pero incapaz de hablar o moverse.
Un alarido salvaje llegó hasta sus oídos, y Joan La Tour, una fugaz figura blanca, se tendió a su lado, mientras unos dedos recorrían frenéticos su cabeza.
—¡Sois unos perros... unos perros! —sollozaba la joven de manera histérica— ¡Le habéis matado! —la muchacha alzó la cabeza y gritó— ¿Dónde está ahora tu honor, Ali ibn Suleyman?
Desde donde yacía, Harrison pudo ver a Ali, que permanecía junto a él, empuñando aún su cimitarra, con la mirada ardiente y la boca abierta, como la encarnación del horror y la sorpresa. Y, más allá del druso, el detective divisó el silencioso grupo que se apiñaba en torno a Erlik Khan; y Fang Yim empuñaba una pistola automática con un cañón extrañamente alargado... un silenciador Maxim. Un disparo con silenciador no sería escuchado desde la calle.
Un alarido fiero y frenético salió de la garganta de Ali ibn Suleyman.
—¡Aie, mi honor! ¡Mi palabra empeñada! ¡Mi juramento al Becerro de Oro! ¡Lo habéis quebrantado! ¡Me habéis avergonzado ante un infiel! ¡Me habéis robado, a la vez, la venganza y el honor! ¿Soy acaso un perro para que me tratéis de esa manera? ¡Ya Maurf!
Su voz se convirtió en un rugido felino, y, lanzándose hacia delante, avanzó como un cegador rayo de luz. El grito de Fang Yim se tornó en espeluznante gorgoteo, y la cimitarra hendió el aire en una llamarada azul. La cabeza del chino voló de sus hombros con un abundante chorro de sangre, y aterrizó en el suelo, sonriendo de forma siniestra bajo la luz dorada.
Con un aullido de terrible exaltación, Alí ibn Suleyman saltó directo contra la figura encapuchada sentada en el diván. Numerosas figuras, tocadas con fez y turbantes se interpusieron en su camino.
Los aceros resonaron, haciendo saltar chispas, la sangre manó, y los hombres gritaron. Harrison vio cómo la cimitarra del druso resplandecía azulada sobre la cabeza encapuchada de Erlik Khan. La capucha cayó, partida en dos mitades, y el Señor de la Muerte se desplomó contra el suelo, mientras sus dedos se abrían y cerraban de forma convulsa. Los demás se desplegaron alrededor del enloquecido druso, hostigándole para después retroceder. La figura con el amplio abba era el blanco de una docena de hojas afiladas, y de un grupo jadeante y blasfemante de cuerpos endurecidos. Y aún así, la goteante cimitarra resplandecía hendiendo el aire, abriéndose camino a través de carne, huesos y tendones, mientras los pies de los vivos tropezaban con los cadáveres mutilados. Bajo el impacto de los cuerpos que combatían, el altar cayó al suelo, y el humeante incienso se esparció sobre las alfombras. Al instante siguiente, las llamas empezaban a rozar las colgaduras de las paredes. Con un creciente rugido, el fuego envolvió todo un lateral del gran salón, pero los combatientes no parecieron notarlo.
Harrison fue consciente de que alguien le arrastraba en sus brazos, alguien que gemía y sollozaba, pero que no cejaba en sus esfuerzos. Un par de manos esbeltas se aferraban a su camisa convertida en jirones, mientras se veía arrastrado con fuerza a través de una densa humareda que le cegó y a punto estuvo de asfixiarle. Las manos que le agarraban parecieron perder fuerza, pero no le soltaron, y su propietaria hizo acopio de todas sus fuerzas. Entonces, de repente, el detective sintió una ráfaga de aire limpio, y fue consciente de que sus hombros se hallaban sobre un suelo de cemento, en lugar de madera forrada con alfombras.Yacía sobre la acera de una calleja, mientras, por encima de él, una pared se iluminaba con un resplandor rojizo. En el otro lado se percibían los destartalados muelles, y, más allá, el lujurioso resplandor se reflejaba sobre el agua. Escuchó los aullidos de las sirenas de bomberos, y notó los murmullos y gritos del gentío que comenzaba a rodearle.
La vida y el movimiento fueron regresando poco a poco a sus entumecidas venas; levantó la cabeza, dolorido, y vio a Joan La Tour, agachada a su lado,indiferente a la lluvia y a su escaso atuendo. Cuando le vio moverse, corrieron lágrimas por sus mejillas, y exclamó:
—Oh, no estás muerto... me pareció que quedaba muy poca vida en tu interior, pero no quise que ellos lo supieran...
—Me han herido bajo el cuero cabelludo —murmuró él, con voz pastosa— y me noquearon durante algunos minutos... aunque pude ver lo que pasaba, antes de que... me sacaras de allí...
—Mientras luchaban, aproveché para escapar; pensaba que jamás encontraríamos una puerta que diera al exterior... ¡Aquí vienen los bomberos! ¡Al fin!
—¡Los Yat Soys! —recordó Harrison de repente, e intentó levantarse— Hay dieciocho chinos en ese sótano... ¡Dios mío, se van a achicharrar!
—¡No podemos ayudarles! —jadeó Joan La Tour.— Demasiada suerte hemos tenido ya, salvándonos nosotros. ¡Oh!
La muchedumbre retrocedió, gritando, cuando el tejado empezó a derrumbarse en una lluvia de chispas. Y, a través de los intactos muros, como por obra de un milagro, asomó una terrible figura... Alí ibn Suleyman. Sus ropajes colgaban en jirones ensangrentados, revelando las espantosas heridas que había debajo. Casi le habían cortado en pedazos. El tocado de su cabeza había desaparecido, su cabello estaba alborotado, su piel cuarteada y ennegrecida, en las partes en las que no estaba cubierta de sangre.
Su cimitarra había desaparecido, y la sangre manaba por el brazo, hasta unos dedos que ahora sostenían una daga goteante.
—¡Aie! —gritó, con un espantoso graznido— ¡Te veo, Ahmed Pasha, a través del humo y el fuego! ¡Aún vives, a pesar de la traición del mongol! ¡Eso está bien! ¡Tan sólo la mano de Alí ibn Suleyman, el que fue Amir Amin Izzedin, podrá darte muerte! ¡He lavado mi honor en sangre, y todo está resuelto! De Maruf soy yo un hijo, de las Montañas del Cobijo. ¡Cuando mi espada vea oxidar haré que vuelva a brillar con la sangre de mis enemigos!
Y, avanzando, se arrojó de cabeza al vacío, mirando a los ojos a Harrison mientras caía; luego, tras aterrizar de espaldas, quedó inmóvil, mirando sin ver en dirección a los cielos iluminados por el resplandor de las llamas.


RELATO: "Sombras en la calavera", Lin Carter y L. Sprague de Camp (CONAN)






Sombras en la calavera


Lin Carter y L. Sprague de Camp




1. Visiones en el humo

Una ráfaga de humo verde ascendió desde el lecho de carbones encendidos sobre el que Rimush, el adivino real de Zembabwei, había arrojado el corazón palpitante de un ibis, la sangre de un mono macho y la lengua bífida de una serpiente.
Las brasas esparcían un fulgor rojizo. La tenue luz transformaba las ceñudas y marcadas facciones de Conan en una pensativa máscara de cobre, mientras que la vacilante y rojiza luminosidad metamorfoseaba los rasgos del negro rostro de su acompañante, Mbega, el recientemente coronado rey de la ciudad de la selva, y lo convertían en la imagen de un primitivo ídolo de ébano.
No se percibía ruido alguno en la húmeda habitación de piedra, salvo el chirrido y el crujido de los carbones, y los balbuceos del demacrado y viejo hechicero shemita. Rimush se arrebujó en su hábito de astrólogo, lleno de colores y recamado con los símbolos místicos de su poder, y se acercó al brasero. El resplandor del fuego hacía que su anciana cabeza pareciera una calavera adornada con una barba blanca, en la cual solamente los ojos, hundidos en las órbitas, estaban vivos y se movían.
Conan daba muestras de impaciencia. Le disgustaba mezclarse con artes mágicas o brujería. Desde hacía tiempo, había volcado su sencilla fe en el sombrío dios bárbaro de su lejano y nórdico país, Crom, que exigía muy poco de sus seguidores, pero les infundía la fuerza necesaria para aplastar a sus enemigos.
— ¡Terminemos con esta ceremonia! —gruñó, dirigiéndose a Mbega—. ¡Dame una legión de tus guerreros y rastrillaré personalmente la selva en busca de Thoth-Amon sin necesidad de brujerías!
El gigante negro tocó en el hombro a Conan a modo de advertencia, y le indicó con la cabeza que observara al anciano astrólogo. El adivino se enderezó convulsivamente, apretando los dientes. La espiral de humo verde se elevó, arremolinándose, y se formó un arabesco de color verde jade, mientras aparecían burbujas de espuma en las comisuras de los labios de Rimush.
La revelación comenzará en cualquier momento —murmuró Mbega.
El viejo shemita emitió un susurro en que las palabras se fueron haciendo gradualmente audibles:
Al sur... al sur... batir de alas en la noche de la selva... hacia la Gran Catarata... luego al este, a la Tierra Sin Retorno... hacia las altas montañas... a la Gran Calavera de Piedra...
El susurro se interrumpió bruscamente; el adivino se puso rígido como si le hubieran herido.
Lo encontrarás en el fin del mundo, allí donde los hombres-serpiente gobernaron mucho tiempo antes de la llegada del hombre —dijo el shemita con voz clara.
Luego se desplomó, y cayó sin vida a los pies del humeante brasero.
¡Crom! —exclamó Conan, sintiendo un hormigueo en los tensos antebrazos.
Mbega, de rodillas en el suelo, palpó el pecho del anciano. Poco después, se incorporó con el ceño fruncido.
— ¿Ocurre algo malo? —preguntó Conan, advirtiendo un relámpago de sombrío temor en el monarca al que había ayudado a coronarse como único rey después que Zembabwei fuese gobernada durante siglos por pares de gemelos.
Muerto —dijo Mbega lentamente—. Como si le hubiera fulminado un rayo... o mordido una serpiente mortífera.
Palántides estaba por contradecir abiertamente a su señor, como nunca había osado hacerlo en los muchos años en que había servido al rey de Aquilonia. El viejo soldado iba profiriendo violentos juramentos mientras luchaba por levantarse del lecho cubierto de sedas, donde yacía con la pierna izquierda vendada.
¡Por la cabeza de Nergal! ¡Majestad! ¡No voy a permitir que te internes solo en la selva sin que una tropa de fuertes aquilonios te respalde! ¡Por las tripas de Dagón! ¿Cómo puedes confiar en que esos negros no desfallezcan y salgan corriendo al primer resplandor del acero? ¿O que no te vayan a asar y a comer en cuanto comiencen a faltar los víveres? Si bien no puedo andar con esta maldita pierna, al menos soy capaz de montar a caballo.
Conan cogió al jefe de sus tropas por los hombros y lo tumbó en el lecho.
¡Por la sangre de Crom, viejo amigo! Personalmente, nada me gustaría más. ¡Pero lo que es, es; y lo que debe ser, será! Mis aquilonios están exhaustos tras haberse abierto camino a través de muchas leguas de esta maloliente selva. La mitad están fuera de combate a causa de las heridas recibidas al tomar la ciudad, y la otra mitad también, debido a la fiebre y la disentería. No puedo esperar más. El rey Mbega me ofrece la flor y nata de sus tropas. Si permanezco aquí, en Zembabwei, a la espera de que mis propios muchachos estén nuevamente en pie, Thoth-Amon podría arrastrarse a su guarida estigia, o tal vez huir a Vendhia, a Khitai o a los confines del mundo ¡que todo cabe suponer! ¡De modo que no puedo esperar más!
Pero Majestad, estos negros salvajes...
— ¡Son guerreros poderosos, Palántides, y que nadie ose decir lo contrario! —interrumpió Conan, irritado—. He vivido entre ellos, he luchado con ellos y combatido contra ellos hasta que llegaron a llamarme «el rey negro de piel blanca». Nadie los supera en cuanto a hombría; mi viejo camarada Juma podría enfrentarse con tres de tus caballeros aquilonios a mano limpia y salir bien parado y sonriente. Pero, por otra parte, están las amazonas.
Palántides refunfuñó; tenía demasiada experiencia como para seguir discutiendo. Dos semanas antes, una compañía de guerreras negras se había presentado en la Gran Zembabwei para la coronación de Mbega, en representación de la reina Nzinga. Estaban a las órdenes de la hija de Nzinga, una hermosa muchacha de unos veinte años de edad, de pechos firmes, elástica como una leona, que superaba por media cabeza al más alto de los aquilonios.
Palántides sabía que más de veinte años antes, en su época de bucanero zingario, Conan había visitado el país de las Amazonas. Allí conoció a la reina Nzinga... en el más amplio sentido de la palabra. Palántides sabía también que Conan sospechaba que la princesa amazona (que nevaba el nombre de Nzinga, como todas las reinas y herederas de su misma estirpe) era su propia hija. De modo que el general, ducho en el proceder de los reyes y conocedor del temperamento de Conan, optó por callarse.
Enterada de que Conan planeaba hacer una expedición a las remotas regiones del desconocido sur, donde la tierra tiene su fin, la joven Nzinga arrojó su lanza a los pies del cimmerio, ofreciéndose a sí misma y a sus guerreras como aliadas. Conan aceptó al instante.
Palántides expuso nuevos argumentos:
Antes de llegar a esa tierra sin retorno de la que habló el astrólogo, tendréis que recorrer miles de leguas. Ni siquiera Mbega tiene mapas de esa región; unos súbditos que mandó hasta allí no volvieron para contar lo que habían visto.
Conan esbozó una torva sonrisa.
Tienes razón, pero no sólo vamos a marchar, pues tanto yo, como Conn y los militares más selectos de la guardia real de Mbega montaremos dragones ala dos. Cuando Thoth-Amon escapó en una de esas bestias, no todas quedaron sueltas; un buen número de esos demonios alados quedó dentro de las torres sin techo, en cantidad suficiente como para llevar a muchos de nosotros. Vamos a volar a la vanguardia, cabalgando en los dragones, mientras Nzinga, al frente de sus amazonas, y Trocero, al mando de una compañía de lanceros, seguirán a pie. Nos adelantaremos en busca de los mejores caminos. Cuando avistemos la Gran Calavera de Piedra de la que nos habló el brujo shemita, retrocederemos hasta unirnos con nuestras fuerzas de tierra, a fin de lanzarnos al combate desde el cielo y desde la selva.
Palántides se mordisqueó la barba.
Tú no sabes montar esos demonios alados —dijo con un gruñido.
Conan sonrió.
Puedo probar. He montado caballos, camellos y, una vez, hasta un elefante. ¡De modo que un simple dragón no debería acobardarme!
 

2. Un vuelo de dragones

Bien pronto, Conan tuvo que reconocer que había mucho de verdad en lo que había dicho Palántides. Los gigantescos dragones, criados y adiestrados por los guerreros de Zembabwei, no eran los corceles más tratables que cupiera imaginar. Tenían mal temperamento, eran agresivos y estúpidos y manifestaban una desagradable tendencia a olvidarse de sus jinetes, descendiendo entonces de golpe y en picado sobre las praderas y los ríos en busca de presas. Además hedían espantosamente.
Conan había protestado con indignación cuando los cuidadores de las bestias lo ataron firmemente a la sólida montura, un artefacto de cuero muy resistente estirado sobre un bastidor de bambú. Pero, en el primer vuelo, su terrible cabalgadura se zambulló bruscamente en pos de una gacela fugitiva, y el bárbaro se convenció de lo necesarias que eran las correas que lo ataban a la silla.
Los zembabweis llevaban pesados garrotes de madera de teca atados a una hebilla de la montura, con los cuales azotaban a los dragones para hacerlos obedecer cuando sus instintos depredadores se sobreponían a las enseñanzas recibidas. Conan zurró a su dragón para que retomara su vacilante vuelo, y pensó que hubiera preferido probar suerte en la selva con los guerreros de Nzinga y Mbega.
Con todo, no se podía negar que los dragones alados se movían con una velocidad que dejaba muy atrás al ejército de tierra. Mientras los soldados negros se abrían camino por la densa espesura, Conan y su fuerza exploradora se movían muy por delante de ellos, investigando los mejores caminos. En una ocasión, avistaron un ejército de negros dispuestos a tender una emboscada a las fuerzas de tierra. El simultáneo embate de los dragones los puso en rápida y ruidosa fuga.
Después de unas jornadas, la selva se hizo menos densa y más transitable, se transformó en campiña, y el ejército de tierra avanzó más deprisa. Pero marchaban todavía a paso de tortuga en comparación con el escuadrón de dragones, que podía superar ampliamente la velocidad de un jinete. Y en aquellas latitudes no había caballos, pues según le explicaron a Conan, estaban atravesando una zona en la cual una devastadora enfermedad mataba a todos los caballos. De vez en cuando, una pequeña mancha negra en la llanura delataba a un rebaño de antílopes, búfalos y otros rumiantes.
Día tras día, el cimmerio se remontaba muy a la vanguardia de su ejército. Luego retrocedía para juntarse con sus fuerzas de tierra: las amazonas de Nzinga, los guerreros de Mbega bajo el mando del conde Trocero, y una caravana de mujeres que llevaban alimento y provisiones sobre la cabeza. Vistos desde la altura, parecían una columna de hormigas negras. En razón de su edad, Trocero no podía mantener el tren de marcha de los guerreros, por lo que la mayor parte del tiempo le llevaban en una litera, a hombros de cuatro de los fornidos negros.
Conan ardía de impaciencia cada vez que comprobaba cuan escasa distancia había cubierto su pequeña fuerza desde el amanecer, aun cuando aquella gente avanzaba a un ritmo que sus rudos aquilonios hubieran tenido dificultad en mantener.
 
La noche en que Conan y su hijo habían destronado a Nenaunir, rey cogobernante y usurpador del trono en el que pretendió sentarse en solitario echan do en prisión a su hermano gemelo, había luna llena. La luna se había convertido en un fino menguante plateado cuando Conan y su pequeño ejército se lanzaron en persecución de Thoth-Amon.
Durante el viaje, el satélite se convirtió dos veces en luna llena para volver luego a delgado menguante de plata. Se acercaba nuevamente a la fase de luna llena. A la derecha de Conan, hacia el oeste, el brumoso y enrojecido sol se ponía sobre los dentados picos que se divisaban en el horizonte. A su izquierda, al este, la pálida luna, en su cuarto creciente, lucía muy alta en el cielo.
A unas ciento cincuenta yardas por debajo de Conan, que iba montado en su dragón, el campo se veía ondulado y áspero, cortado por numerosas hondonadas y barrancos. Estaba cubierto de hierba dorada y seca, con zonas de maleza, hierbas espinosas y árboles, la mayor parte de los cuales no tenían hojas y parecían estar muertos, pues en el país reinaba la estación seca. Más adelante, las lomas daban paso a una cadena de colinas. De acuerdo con la información balbucida por el viejo Rimush antes de su misteriosa muerte, y con lo dicho por los nativos interrogados a lo largo del camino, debían de estar acercándose a la gran catarata de la que el viejo astrólogo había hablado.
Algún tiempo después, el corazón de Conan empezó a latir con fiera alegría cuando avistó una especie de bruma que se elevaba frente a sus ojos desde una hendidura que se encontraba entre los montes. Unos cuantos aletazos más y gracias a las potentes alas del reptil tuvo a la vista el blanco resplandor de la catarata. Allí surgió un pequeño río entre las colinas, que se precipitaba sobre un montículo desde una altura equivalente a la mitad de la altitud a la que volaba Conan.
El cimmerio se preguntó si debía regresar al encuentro de su ejército, que había quedado muy rezagado. No, recorrería una distancia de unas cuantas le guas hacia el este, según le indicara el astrólogo shemita y luego viraría nuevamente rumbo al norte. Así creía que podría reunirse con sus tropas antes del anochecer.
Por tanto, Conan tiró de las riendas e hizo girar al monstruo volador hacia la izquierda. Tras él el príncipe Conn y los guardias de Mbega siguieron la misma dirección.
Conan se volvió, y el viento hizo que los cabellos de su melena gris le cubrieran el rostro, por lo que miró con ojos húmedos hacia donde cabalgaba su hijo. El joven Conn sonreía. Su cara de cuadrada mandíbula se mostraba ansiosa, y sus fieros ojos azules brillaban llenos de vida. Conan suavizando la dura expresión de su faz, masculló una imprecación, en medio de un suspiro.
Indudablemente, el muchacho se lo estaba pasando muy bien. Desde que se había unido a la expedición en Nebthu cabe el río Styx, había tomado parte en la lucha del desierto, había atravesado la selva y había intervenido en el sitio de Zembabwei. Ya debía de haber aprendido unas cuantas cosas acerca de lo que significaba ser un rey guerrero. Ni sus tutores ni sus libros hubieran podido enseñarle todo lo que había aprendido a lo largo de aquella aventurada marcha hacia el Lejano Sur. De suerte que Conan decidió que había hecho bien en ignorar los consejos y objeciones de sus asesores e incorporar a su hijo a la expedición.
Al caer la tarde, las escarpadas colinas crecieron hasta convertirse en frías mesetas y ásperas montañas. Aquello debía de ser la Tierra Sin Retorno de la que había hablado el viejo Rimush. Conan pensaba sobrevolar brevemente la parte más cercana de las montañas a fin de explorar los desfiladeros, para luego girar hacia el norte y reunirse con Nzinga, el conde Trocero y sus hombres. Azuzó a su dragón para que acelerara el vuelo, pues no deseaba ser sorprendido por la oscuridad, y quizás faltar por ello a la cita con sus fuerzas de tierra.
Un atronador aleteo se hizo oír a su izquierda. Aguzó la mirada y vio a Conn que, con la cara encendida por la excitación, volaba a su lado. Al llevar me nos peso, el dragón del muchacho estaba menos fatigado que el de su padre. Conn señaló hacia adelante, a la derecha.
Siguiendo las indicaciones de su hijo, Conan escudriñó la niebla y vio algo curioso. Era una montaña de piedra blanca en que la parte inferior de la ladera había sido tallada toscamente para darle la forma de una inmensa calavera con una sonriente mueca.
Sus terrores supersticiosos despertaron, y los labios se le fijaron en un rictus de espanto mientras sen tía el escozor de la premonición en la piel. ¡Era la Gran Calavera de Piedra anunciada por Rimush!
Los penetrantes ojos azules del bárbaro sondearon las tinieblas. Más adelante, una franja de tierra yerma se extendía hasta el pie del acantilado. Allí se abría el negro arco de un portal. Su dintel estaba tallado como la mandíbula superior y dentada de una calavera. Más arriba había dos cavidades semejantes a las órbitas de los ojos. Era algo terrible de ver.
¡Entonces se desencadenó el terror!
Un estremecimiento agitó al corpulento cimmerio, y lo dejó jadeante y tembloroso, algo extraño en él. Sus sentidos quedaron embotados; su corazón latía trabajosamente, como si hubiera estado volando en medio de una invisible nube de vapor venenoso.
La misma fuerza extraña afectó al reptil que montaba. El dragón se tambaleó, se fue a un lado y luego se precipitó hacia la estéril llanura, donde la blanca calavera se cernía sobre una tierra siniestra y habitada por fantasmas.
 

3. Tierra de ilusiones

Conan sujetó las riendas, dando un tirón tan fuer te que hubiera roto la quijada de un caballo. El dragón respondió perezosamente, sus ojos rojos se nublaron y su cola de serpiente quedó colgando, fláccida. Pero reaccionó abriendo sus alas articuladas para aprovechar el viento, y se esforzó por no caer en picado.
El atontado reptil llegó al suelo con un estruendoso batir de alas. Conan desató rápidamente las correas que lo sujetaban a la montura y saltó sobre un terreno cubierto de hierba, sacudiendo la cabeza para aclarar su embotada mente. ¿Habría atravesado durante su vuelo alguna corriente de vapor nocivo?
Miró hacia arriba: Los demás componentes de su grupo de exploración habían tropezado con la misma barrera aérea. Una a una, sus aturdidas cabalgaduras iban cayendo del cielo, dando tumbos. El primero fue el príncipe Conn. Se bamboleaba, sujeto por las correas de la montura, con la cara pálida y aparentemente sin conocimiento.
A Conan se le contrajeron los músculos del estómago. El sabor del miedo, untuoso y ácido, se asemejaba en su boca al de un vil metal, y la frente se le cubrió de sudor al observar como su hijo se precipitaba a tierra con la cabalgadura. El envejecido rey ahogó un grito, al tiempo que abría y cerraba los puños infructuosamente en el vacío.
Pero luego la corriente de aire limpio pareció reanimar al semidesmayado muchacho, que, con ojos vagos, empezó a distinguir borrosamente la tierra que parecía precipitarse hacia él; entonces, su mirada chocó con las llamaradas que ardían en la de su poderoso progenitor, y se restableció así el habitual brillo de sus ojos. Conn se dio cuenta al instante del peligro en el que se hallaba y, poniendo en juego todo el vigor contenido en sus juveniles músculos, tiró de las riendas hacia atrás como había hecho Conan unos momentos antes, y logró con ello que el alado reptil respondiese, aunque algo pesadamente.
El rey de Aquilonia sintió un inmenso alivio al ver que su hijo lograba hacer bajar a tierra al dragón, dando bandazos como de borracho. Corrió hacia la montura sobre la que se desplomaba Conn, tembloroso pero sano y salvo. Conan aflojó las correas, ayudó a Conn a bajar y estrujó al chico con un cálido y silencioso abrazo.
No todos los de la expedición aérea fueron tan afortunados. Dos de los guardias de Mbega no lograron recuperarse de los efectos de la embrujada barrera que habían encontrado en el cielo. Se estrellaron contra el suelo con un terrible crujido de huesos. Sin embargo, el resto consiguió que sus aturdidos reptiles aterrizaran a trompicones y, en algunos casos, con impactos que les sacudían las entrañas.
Los sentidos de Conan se aguzaron a medida que el efecto anestésico de la mágica barrera fue desapareciendo. Se dio cuenta de que algo no marchaba. Conn tuvo la misma sensación, y le indicó algo a su padre, mudo de asombro.
Desde arriba habían visto una llanura cubierta de tierra estéril o arenosa, que se extendía hasta alcanzar la ladera de la montaña blanca, grotescamente tallada a modo de sonriente calavera. Ahora estaban metidos hasta la rodilla en la abundante hierba de una aterciopelada pradera, sembrada de pequeñas flores blancas, azules y escarlata. A poca distancia, un rebaño de reses con largos cuernos pastaba en la hierba. La pradera llegaba hasta el acantilado que ya habían visto.
Pero ese mismo acantilado presentaba un aspecto totalmente diferente. Los fogosos ojos de Conan se contrajeron, y un pavor sobrenatural le produjo una sensación de hormigueo en la nuca. Porque el acantilado que desde el aire parecía tallado en forma de calavera se había convertido en un espléndido y ornamentado palacio, frente al cual se erguía con gracia una hilera de pilastras. Éstas sostenían un ancho arquitrabe cincelado en relieve con ninfas, sátiros y dioses multicéfalos. En el centro del conjunto arquitectónico se levantaba un pórtico, y, detrás de éste, un alto portal conducía al interior del acantilado.
El rostro de Conan reflejaba incredulidad. El fornido bárbaro solía confiar en sus sentidos, pero en aquel momento se preguntaba cuál era la ilusión y cuál la realidad: la forma de calavera vista desde el cielo, o el exótico y ornado esplendor que en aquel momento tenía delante. Se preguntó si la barrera a través de la cual había volado no estaría constituida por algún gas melifico que embotaba la vista y provocaba alucinaciones en la mente.
Tras él, los negros de Mbega, ya repuestos de los vapores aspirados en la barrera aérea, desmontaban de los reptiles que les servían de cabalgadura.
Lleno de dudas, el cimmerio se agachó para palpar los pastos ondulantes, y sus macizas manos acariciaron con delicadeza las pequeñas flores. Levantó la cabeza para permitir que el aire puro penetrara profundamente en sus pulmones. El intenso aroma de las flores llenaba sus fosas nasales.
Miró hacia el acantilado. A la rojiza luz del sol del atardecer, resplandecían las vetas de cuarzo; la fachada, con su decoración de mármol blanco, aparecía claramente ante sus ojos. Todos los detalles eran precisos sin ambigüedades.
Se encogió de hombros. Indudablemente pudo haber una zona de vapor venenoso que le despertara visiones fantásticas, o... Pero no ganaba nada quedándose donde estaba, reflexionando. Su carácter lo inclinaba a resolver tales acertijos, no discutiendo teorías consigo mismo, sino investigando sin más dilación el origen del enigma.
Conan ya se había echado a andar cuando un agudo grito de «¡Angalia!» hizo que se volviera. Era Mkwawa, el oficial al mando de la guardia, que le llamaba la atención haciendo señales. Enseguida surgieron puntas de lanza cuyas hojas despedían fulgores rojizos, y los guerreros se pusieron inmediatamente en guardia.
Por entre los pilares del frente divisaron unas figuras que salían del palacio y se dirigían a su encuentro por la pradera cuya hierba agitaba el viento. Eran mujeres morenas, sinuosas, con la sonrisa en sus labios rojos y ojos negros como el azabache. Llevaban prendidas en los rizos de su cabellera pequeñas campanas de cristal, de manera que cada una de las gráciles figuras se movía acompañada por una suave música cadenciosa. Eran jóvenes, bien formadas, e iban cubiertas con un velo transparente.
Mkwawa dirigió una mirada interrogativa a Conan. El rey frunció el ceño y se encogió de hombros.
Las bestias están todavía atontadas a causa del aire viciado que atravesamos —dijo—. Démosles un descanso antes de volver a levantar el vuelo. Mientras tanto, tal vez podamos averiguar algo acerca de estas mujeres, que no parecen peligrosas. Di a la mitad de tus hombres que me acompañen como escolta, mientras la otra mitad se ocupa de los dragones. Destaca a un hombre y ordénale que vaya volando al encuentro del ejército para indicarle nuestro paradero.
El oficial negro transmitió enérgicamente las órdenes. Por su parte, Conan, Conn y una docena de guardias iniciaron la marcha hacia el enigmático palacio. El cimmerio se retorcía pensativamente el poblado bigote. Su rostro adquirió el aspecto impasible de una máscara de bronce, pero en su fuero interno estaba preocupado. ¿Era aquello una trampa preparada de antemano? No en vano había vivido casi sesenta años, y su larga experiencia lo había dotado de un sólido instinto de desconfianza. Ciertamente había algo que parecía falso en un lugar que cambiaba enteramente de apariencia en un abrir y cerrar de ojos.
 

4. Vino dorado

Caía la tarde del tercer día después de la llegada de Conan al palacio enclavado en las rocas; en realidad, se trataba de una pequeña ciudad edificada en el interior de una cueva. Su nombre, según averiguó, era Yanyoga. La reina Lilit había prometido obsequiar a sus visitantes con una espléndida fiesta en cuanto pudiera, y el momento de la celebración había llegado.
Sobre el suelo de mármol del gran salón, en compañía de los parientes y de los ministros de la reina, Conan se hallaba tendido sobre cojines de seda, y se deleitaba con un cuerno lleno de vino dulce y acariciador. El bárbaro se sentía curiosamente perezoso y relajado. Se había atiborrado de comidas sutilmente condimentadas. El dorado vino era fino y suave, y sentía correr por las venas su embriagadora canción. A un lado del salón, los guardias también celebraban su festín.
Más allá, el joven Conn, luciendo su coraza meticulosamente pulida, se echó sobre los cojines. Miraba con disimulo a un grupo de bailarinas cuyos cuerpos sinuosos se movían con gracia, adoptando posturas sugestivas. Por toda vestimenta llevaban sartas de perlas en la cintura y en las ingles. Conan sonrió indulgentemente ante la mirada absorta de su hijo, pero no dijo nada. Dentro de muy poco, el muchacho habría de desflorar a su primera doncella. Él mismo había tenido aproximadamente la misma edad al inicio de sus correrías, con las cuales había transgredido el severo puritanismo de una aldea cimmeria.
La reina Lilit, soberana del palacio-caverna, se hallaba apartada de sus huéspedes, sentada sobre un estrado de ónice. A pesar de que Conan la había interrogado largamente, insistió en que no sabía nada de Thoth-Amon ni del acantilado que, visto desde el aire, semejaba una calavera. Explicó que por aquellas tierras había muchos géiseres y fumarolas, por lo que existían vapores nocivos y alucinógenos que se esparcían por el aire, proveniente de cavidades subterráneas.
Conan consideró que era mejor aceptar por el momento dicha explicación, pero sus sospechas no se disiparon. Por otra parte, la reina Lilit, hablando el idioma comercial shemita corriente entre las naciones negras, había contado una historia plausible de cómo ella y sus súbditos habían llegado hasta aquellas tierras.
Hace algunos siglos —dijo—, un poderoso rey de Vendhia envió una flota a Iranistán en misión comercial. Un tifón apartó considerablemente dicha flota de su ruta a través del Océano del Sur, y los magullados sobrevivientes pisaron tierra no lejos de donde ahora nos hallamos. Encontraron una raza de aborígenes pequeños y de tez amarilla, a los que esclavizaron; todavía los empleamos como siervos. Los hombres de la expedición se casaron con las muchachas esclavas que fueron enviadas desde Vendhia como parte del cargamento. Estos sujetos y sus descendientes construyeron Yanyoga, excavando las rocas blandas y cretáceas de esta cara del acantilado.
El palacio era demasiado ostentoso y exótico para el gusto de Conan, pues él prefería un estilo de vida más austero. El palacio real de Tarantia, construido con gran magnificencia por su predecesor Numedides, también era demasiado lujoso para su gusto. Desde hacía largo tiempo había desechado de sus aposentos privados de palacio los tapices de seda, alfombras y esculturas adornadas con joyas, pues prefería las paredes de piedra desnuda y los suelos que podían lavarse rápidamente, como los que había conocido de muchacho en su ruda tierra natal de Cimmeria.
Aquel lugar tenía el lujo de los palacios que conociera en sus años mozos: el del rey Yildiz de Turan, a quien había servido como mercenario en Aghrapur; el de Shamballah, la capital del misterioso valle de Meru, más allá de las desoladas estepas de Hirkania; el del rey Shu de Kusán, en el lejano Khitai. Allí también se veían paredes profusamente ornamentadas y fantásticamente talladas, así como dinteles esculpidos. Recordando su breve período de esclavitud en Shamballah, la Ciudad de las Calaveras, Conan se perdió en un ensueño de viejos tiempos, camaradas desaparecidos y guerras casi olvidadas. ¿O acaso aquel vino con dulce sabor a miel le estaba embotando los sentidos?
Cayó en un breve sopor. Por eso no se percató de que Conn, después de echar un rápido vistazo a su progenitor, se escabullía de su sitio y salía silenciosa mente del salón.
Tampoco vio al hombre moreno de rostro torvo y demacrado, que con ojos complacidos lo observaba todo, oculto tras una columna. El hombre cubría su estragado cuerpo con una túnica descolorida de color verde esmeralda. Si bien para cualquier observador aquella persona hubiera parecido notablemente vieja, Conan habría reconocido de inmediato a su antiguo enemigo: Thoth-Amon.
 
Conn era joven y robusto, y tenía la sangre caliente. Una de las bailarinas lo había cautivado. Tenía algunos años más que él, pechos turgentes como frutas doradas y labios rojos que invitaban al beso. Su cálida mirada buscó los ojos de Conn mientras movía su cuerpo felino y ardiente con gracia animal.
Cuando la danza hubo terminado, el muchacho vio que la joven se demoraba y lo miraba desde detrás de una columna algo alejada. Viendo que él también la observaba a través del salón, la muchacha se humedeció los labios y se acarició el vientre y los muslos de manera lasciva.
Temblando por dentro, Conn se deslizó entre los comensales en pos de la bailarina. «Ahora o nunca», pensó.
No era del todo ignorante en cuanto al trato con mujeres. Allá en Aquilonia, más de una ayudante de cocina, o una criada de pechos turgentes, había tratado de llamar la atención del hijo del rey. Sin embargo, salvo algunas caricias inexpertas o unos besos robados, ninguna de esas relaciones había culminado en lo que Conn y la mayoría de los muchachos consideraban la verdadera prueba de su masculinidad.
¡Por fin, ésta era la oportunidad para demostrar su hombría!
La joven seguía de pie, oculta por la columna. Conn le pasó su brazo joven y fuerte por la cintura y la atrajo hacia sí para darle un beso, pero ella se rió, eludiendo su intento.
— ¡Aquí no! —dijo en un suspiro—. La reina...
— ¿Dónde, entonces?
Ven...
Escapando de su abrazo, pero cogiéndolo de la mano, la bailarina condujo a Conn a la oscura soledad de corredores y habitaciones interiores. Sin pensar en una posible trampa, pues su mente hervía con imágenes totalmente distintas, el muchacho la siguió.
Uno a uno, los agasajados se levantaban para irse, y dejaban a Conan dormitando solo sobre los cojines.
El dulce vino dejó un charco en el suelo de mármol, donde el gran cuerno de búfalo se le había caído de la mano.
En el salón casi vacío aparecieron morenos y esbeltos servidores, que con pasos silenciosos se movían entre los cojines abandonados por los comen sales. Los guardias negros habían dejado sus lanzas, hachas de guerra y pesadas mazas, suponiendo que no las necesitarían en los lances amorosos que esperaban tener. Los servidores se apoderaron de las ar mas, llevándolas fuera del salón. Dos de ellos se dirigieron hacia donde Conan roncaba tendido sobre los cojines, y unas manos hábiles lo despojaron de su pesado alfanje aquilonio y de su puñal.
Los servidores interrogaron con los ojos a la reina Lilit, que desde lo alto de su trono observaba todas estas maniobras con una sonrisa enigmática. Utilizando un lenguaje susurrante, muy distinto al que empleaba en la conversación con sus huéspedes, la reina y sus sirvientes hablaron en voz baja. Ellos y Conan eran los únicos que permanecían en el salón.
Lilit se puso en pie y descendió grácilmente los escalones que la separaban del lugar donde Conan, embriagado, roncaba sonoramente. Se adelantó hacia el sirviente que sostenía las armas del cimmerio, y entre ellas eligió el largo puñal. Tras sacar el arma de su vaina, sonrió, mirando al indefenso monarca.
Luego, con un movimiento rápido como el de una serpiente cuando desenrosca su lengua venenosa, dirigió el puñal hacia su corazón.
 

5. Los hijos de la serpiente

En la penumbra del solitario aposento, alumbrado por un par de velas de llama vacilante, Conn cogió a la esclava en brazos y la cubrió de ardientes besos en el cuello y en los hombros mientras la forzaba a tenderse sobre un diván cubierto con ricas sedas.
Echado sobre la reclinada bailarina, el príncipe se quitó el cinturón y trató impacientemente de soltar las ataduras de su coraza. La armadura era de pulido acero y le cubría el pecho y la espalda. Le quedaba un tanto ajustada, pues Conn había crecido en los doce meses transcurridos desde que el armero real la forjara a su medida. Era la primera pieza blindada que había pertenecido a Conn. Su orgullo por la posesión de aquella coraza hacía que, mientras el resto de las tropas aquilonias descansaban de una ardua jornada, él se pasara horas puliéndola para que no le quedara ni sombra de herrumbre.
Mientras la muchacha desnuda se contoneaba lánguidamente sobre el diván, ronroneando, Conn logró al fin desatar las trabas y quitarse la coraza. Demasiado encariñado con la armadura como para dejarla caer descuidadamente y dañar su plateada superficie, aun en aquel instante de pasión, la puso en el suelo con sumo cuidado.
Entonces, a la débil luz de las velas, la imagen de la muchacha se reflejó en la superficie pulida del pectoral, y en ese espejo pudo ver Conn cómo era realmente.
El cuerpo de la joven seguía siendo humano, aunque menos que cuando lo miraba directamente. Pero en su extremo superior, allí donde tenía que haber una cara sonriente, había una horrorosa máscara que le hizo sentir un escalofrío. Porque la cabeza de la muchacha era la de una serpiente escamosa, en forma de cuña, con ojos sin párpados, pupilas hundidas, mandíbulas dentadas y lengua bífida.
Conn actuó sin pensarlo siquiera. Millones de años de primitivo instinto yacían adormecidos en las capas más profundas de su mente, y una sola mirada a aquellos ojos desalmados bastó para que su cerebro recibiera una inyección vital de miles de eones de instintos primordiales.
El muchacho se apartó del lecho de un salto y buscó su cinto. El acero raspó el cuero cuando desenvainó su espada, y se adelantó nuevamente hacia el diván. La luz se reflejó en el reluciente acero cuando Conn, con la cara pálida de horror, hundió la hoja entre los suaves y redondos pechos de la mujer-serpiente.
Sacó la espada, que chorreaba sangre, y la volvió a hundir una y otra vez.
La muchacha murió, pero no con facilidad. Quedó exangüe tras prolongados y violentos espasmos. Al escapársele la vida, su cuerpo iba perdiendo el aspecto humano. Escamas opacas y grises aparecieron en lugar de la cálida piel morena. Conn apartó la mirada, asqueado, ante la revelación final. Bajó la espada, dando un golpe seco, y se tambaleó hacia un rincón, súbitamente indispuesto, presa de un incontrolable espasmo de repugnancia.
Después que hubo vomitado, se sintió débil pero limpio. Su mente se aclaró. Entendía ya el significado de todo lo acontecido. La cosa-muchacha lo había atraído afuera, como sin duda lo habían hecho otras de su misma especie con los negros de Mbega, y quizás también con su padre. Los habían embaucado con un abrazo amoroso a fin de abrir sus fauces de serpiente e hincar los venenosos dientes en la carne de quienes soñaban en convertirse en sus amantes.
Tal vez él fuera el único que había escapado a los enredos de la misteriosa trampa, y todo porque la mágica ilusión no se podía reproducir ni reflejar en una superficie pulida. Esta ilusión era como un espejismo minuciosamente detallado y superpuesto a la realidad.
Conn se devanaba los sesos, esforzándose por comprender tales revelaciones. Conocía los antiguos mitos de los hombres-serpiente. El dios de los aquilonios era Mitra, el Dador de Luz, que en las leyendas del Occidente había dado muerte a la Antigua Serpiente, Set. Pero la realidad en que se basaba la leyenda era más antigua y siniestra.
No fue la espada de un dios inmortal la que abatió a la Víbora de la Antigua Noche, sino hombres ordinarios, que combatieron a los hijos de Set en una guerra que duró un millón de años. Los primeros hombres, descendientes de los simios, vivieron en un principio envilecidos bajo el látigo de sus amos serpientes. Contra este estado de esclavitud se sublevaron los héroes del amanecer de los tiempos, rompieron sus cadenas y condujeron a su pueblo a la victoria obtenida tras cruentas y feroces batallas.
Los hombres-serpiente, según rezaban los antiguos mitos, habían recibido de su padre Set el poder de obnubilar la mente de los hombres, de manera que a ojos humanos aparecían como hombres corrientes.
Kull, el rey-héroe de la antigua Valusia, había triunfado por escaso margen sobre los sublevados hombres-serpiente tras descubrir que la grey de reptiles vivía libre de sospechas en las mismas ciudades que habitaban los hombres.
Al parecer, los últimos sobrevivientes de aquella guerra, que duró milenios, habían huido por el mundo hasta su más lejano límite, y allí, en las desconocidas montañas que se alzaban entre la selva y el mar, habían pasado sus días sin ser molestados.
Los ojos del muchacho brillaron al darse cuenta de que sólo él, entre todos los hombres vivientes, había descubierto el secreto.
 

6. El hombre con cara de calavera

¡Detente! —gritó una voz atronadora.
La mano de Lilit quedó inmóvil en mitad de su trayectoria, al conjuro de la orden cuyo eco se propagó por el salón cargado de incienso. La punta del puñal no alcanzó el pecho de Conan por cuestión de pulgadas.
La reina Lilit se volvió para enfrentarse con la demacrada y encorvada figura de quien, envuelto en una túnica verde esmeralda, descolorida y manchada, había impedido que matase al inconsciente cimmerio. Sus labios se entreabrieron para mostrar afilados dientes blancos; los ojos, como negras pedrerías, echaban miradas cargadas de furia, mientras su afilada lengua de punta roja se agitaba nerviosamente entre los dientes.
¿Quién manda aquí, estigio, tú o yo?
Thoth-Amon la miró sin pestañear. El poderoso mago había envejecido desde el momento en que, meses atrás, Conan lograra destruir el Anillo Negro en la batalla de Nebthu. Con la pérdida de sus poderes básicos, el brujo más poderoso de la tierra se vio arrojado por las férreas legiones aquilonias hacia el sur, a Zembabwei, donde su último aliado reinaba sobre un trono de sangre.
Pero el sanguinario reino del rey-mago Nenaunir había sido destruido. Thoth-Amon huyó de nuevo, escapando de la venganza del cimmerio. Conan lo persiguió hasta el limite del mundo.
Con cada derrota, sus cientos de años le pesaban cada vez más. Estaba viejo, encogido y débil, y su cara era una calavera recubierta de piel reseca, arrugada y apergaminada. Pero su ardiente mirada todavía conservaba un terrible poder, y su voz, respaldada por la férrea voluntad de una mente disciplinada, era una insidiosa arma de persuasión.
Finalmente había huido para refugiarse junto a sus postreros aliados, los hombres-serpiente anteriores a la aparición del hombre. Durante algunos siglos, los había mantenido confinados en aquellos dominios del sur. Los retenía gracias a disensiones internas, al soborno y a encantamientos mágicos; porque, aunque tanto ellos como él veneraban a Set, no tenía la menor intención de permitir que volvieran a gobernar a la raza humana. El imperio del mal que soñaba implantar en el Oeste había de ser regentado sólo por él mismo.
Pero había perdido a todos sus aliados humanos. Presa de desesperación, salió en busca de la patria de los hombres-serpiente, y se ofreció como aliado en lugar de mostrarse como adversario. Lo habían aceptado, y él lo sabía, no por amistad o compasión, pues tales sentimientos eran ajenos a aquella especie, sino para utilizarlo en la reconstrucción de su imperio, desapareciendo siglos atrás. Ciertamente había perdido predicamento entre los servidores de Set; pero no estaba dispuesto a que Conan de Aquilonia se le escapara.
La venganza es mía, Lilit —dijo, con mirada inescrutable y sombría—. En todo lo demás, me inclino ante ti; pero en esto soy inflexible. El cimmerio es mi prisionero.
La mujer-serpiente lo miró de reojo.
Conozco tu astuto corazón, chacal de Estigia —dijo con un silbido—. Tú piensas sacrificarlo al Padre Set y, de esa manera, al ofrecerle al más grande adalid de Mitra, volver a gozar de sus favores, que tus errores del pasado te hicieron perder. Pero yo también tengo mis planes para el cimmerio.
Nunca se llegaría a saber cuáles eran esos planes, pues, en el preciso momento en que abría la boca para expresarlos, se tambaleó bruscamente debido a un golpe que acababa de recibir por la espalda. Con ojos vidriosos contempló la punta de una lanza que sobresalía... roja, y chorreando sangre... por entre sus pechos.
Su espalda se arqueó; sus gélidas facciones se alteraron y se convirtieron en una cabeza de serpiente. Cayó de bruces sobre las gradas, retorciéndose con los lentos espasmos de la muerte. Thoth-Amon se volvió rápidamente para enfrentarse con el grupo de gigantescas mujeres negras que irrumpieron de improvisto en el oscuro salón.
¡Por la maza guerrera de Mamajambo! —exclamó la princesa Nzinga, retirando la lanza que había arrojado—. ¡Hemos llegado justo a tiempo!
 
Trocero, con su fina barba gris, seguido por un destacamento de guerreros de Mbega, irrumpió en el salón y vio a Nzinga inclinada sobre el cuerpo de la reina-serpiente, que se retorcía lentamente en su agonía.
¿Qué monstruosa brujería es ésta? —preguntó Nzinga con rudeza—. De lejos, vimos un acantilado parecido a una enorme calavera, pero cuando nos acercamos se transforma en un maravilloso palacio, y la árida tierra se convierte en una fértil pradera. Y aquí encontramos al rey Conan roncando como un atontado borracho, y a esta mujer inclinada sobre él con un cuchillo, y a un viejo vestido de verde...
¡Por todos los dioses... es Thoth-Amon! —exclamó el conde.
¿Ah, sí? —murmuró distraídamente la muchacha negra al tiempo que volvía la mirada hacia la figura que yacía en las gradas—. ¿Y qué clase de engendro del demonio es éste?
Las finas facciones de Trocero se contrajeron horrorizadas. Su voz se apagó y sólo se oyó un suave susurro.
¡La... serpiente... que... habla! — murmuró.
La joven lo miró con ojos fieros, poniendo la mano en la empuñadura de su pesada espada.
¡Noble anciano, hablas de aquello que ningún hombre debe nombrar en voz alta! No obstante, ¿podría ser quizás que los antiguos mitos negros fueran... verdad?
La prueba de ello se retuerce a tus pies —dijo serenamente el noble aquilonio—. ¡Mira! Mientras hacemos comentarios... eso... va cambiando...
La joven amazona observó mientras pudo aguantar. Pero luego se apartó, cerrando los ojos, como para borrar hasta el recuerdo de su memoria. En las gradas, ante ellos, la impensable monstruosidad que antes fuera majestuosa, radiante y voluptuosa mujer se estaba muriendo.
Entonces, las hordas sibilantes salieron súbitamente de detrás de las columnatas donde se ocultaban y cayeron sobre ellos. Trocero y Nzinga no pudieron hablar más demasiado ocupados en acometer con la lanza, la daga y la espada.
Debido a la rápida sucesión de acontecimientos inexplicables, ni el noble aquilonio ni la guerrera ama zona se percataron de que ocurría algo aún más extraño e inexplicable.
Porque Conan y Thoth-Amon habían desaparecido. Ambos, el inconsciente cimmerio y su mágico y poderoso enemigo, se habían esfumado, como evaporados en el aire.
 

7. En los Confines del Mundo

Conan despertó bruscamente de su drogado letargo. Volvió en sí repentinamente, como un gato cuyos delicados sentidos se ponen alerta ante la presencia de un enemigo. El cimmerio había adquirido esta salvaje cualidad durante los años de su adolescencia en las llanuras del Norte. Las décadas de su reinado sobre un sofisticado imperio sólo habían impreso una fina capa de civilización en su alma primitiva.
Se quedó tendido y quieto mientras sus agudos sentidos analizaban lo que le rodeaba. A sus oídos llegó el sordo bramido de las olas que batían en una playa rocosa. Su nariz detectaba el olor salobre del mar abierto.
Entreabriendo los ojos, vio que estaba acostado sobre arena húmeda, en medio de grandes rocas. Por encima de él, las sombras purpúreas de la noche se veían iluminadas por brillantes estrellas; junto a éstas, la luna casi llena fulguraba como un escudo plateado, cuya luz imprimía un halo de plata a las grandes olas de un mar desconocido.
Lanzando una rápida mirada al estrellado cielo, Conan se dio cuenta de que el mar se extendía hacia el sur. Pero, por más que su ardiente mirada escudriñase las tinieblas de la noche, no podía ver tierra. Le parecía que estaba en el mismísimo extremo del mundo, y que los infinitos mares de la eternidad bañaban la playa a su alrededor.
¿Cómo había llegado hasta allí?
Se puso en pie y miró en derredor. Entonces, su mirada se clavó en una figura que estaba instalada en un sólido peñasco, por encima de él.
El hombre, otrora grande e imponente, se veía reducido, encorvado, encogido. El rostro de halcón, rasurado y huesudo, había sido severo y de aspecto majestuoso; ahora, sus carnes caían fláccidas, y su expresión demacrada y torva parecía la de una calavera. La descolorida y manchada túnica verde cobraba tonalidades grises a la luz de la luna.
Con una mano semejante a un enjuto garfio, la silenciosa figura oprimía contra el pecho un talismán en forma de gema tallada. En su dedo medio se en roscaba un macizo anillo de cobre, en forma de serpiente que se muerde la cola. El centro de la gema arrojaba destellos que alumbraban sus demacradas facciones. Desde sus órbitas hundidas, los negros ojos de Thoth-Amon lanzaban dardos de fuego contra Conan, que ya en otra ocasión había sentido la fuerza de sus misteriosos y agudos destellos.
¡Nos volvemos a encontrar, perro cimmerio! —dijo Thoth-Amon con voz tenue.
¡Por última vez, chacal de Estigia! —bramó Conan.
El cimmerio estaba desarmado, pero la fuerza que aún conservaba en sus férreos brazos y hombros era suficiente para despedazar el desgarbado y encorvado cuerpo de su antiguo enemigo. Sin embargo, Conan no hizo ningún movimiento. Conocía los poderes que Thoth-Amon podía desatar con una sola palabra, un gesto o un esfuerzo de su voluntad, y respetaba dichos poderes.
Sentía curiosidad por saber por qué Thoth-Amon lo había traído a aquella playa situada en los límites del mundo conocido. Mientras estaba aletargado bajo los efectos del alcohol, el gran hechicero podría haberlo matado fácilmente. Pero había permitido que viviera, y lo había llevado a aquel ignoto lugar con ayuda de los invisibles demonios que aún le servían. ¿Por qué?
Como respuesta a la silenciosa pregunta de Conan, Thoth-Amon empezó a hablar lentamente, con voz indiferente y cansada, como si la llama de la vida fuera a apagarse en aquel cuerpo gastado. Sin embargo, a medida que hablaba, su voz comenzó a hacerse más potente, hasta recuperar el tono resonante y dominador del Thoth-Amon de antaño. Conan escuchaba tranquilo, con los brazos cruzados sobre su poderoso pecho y el rostro impasible.
Tú me has perseguido a lo largo del mundo, perro bárbaro —dijo Thoth-Amon—. Me has ido separando uno por uno de mis más poderosos aliados. En Nebthu rompiste el Anillo Negro y dispersaste a los brujos del sur, precisamente después de quebrantar la Mano Blanca en la húmeda y glacial Hiperbórea. Gracias a la suerte o al destino, derribaste el trono de Nenaunir. No hay ningún lugar al que pueda huir para buscar refugio.
Conan no dijo nada. Thoth-Amon suspiró, se en cogió de hombros, y prosiguió:
Aquí, en los confines del mundo, habitan los últimos sobrevivientes de la raza de hombres-serpiente que gobernó la Tierra antes de la llegada del hombre. Los primeros reinos humanos lucharon contra ellos y quebrantaron su poder. Cuando, mediante artimañas mágicas, pensaban prolongar su existencia disfrazados entre los hombres, tu propio ancestro, Kull el Conquistador, descubrió su secreto y los aplastó una vez más.
«Tiempo ha que yo sabía que los últimos de entre los gobernantes primitivos del mundo vivían aquí, en secreto, sin abandonar jamás la esperanza de reconquistar lo que consideraban su justo lugar en el cosmos. De ellos aprendí los conocimientos que me permitieron llegar a ser el vicario de Set en el Oeste, encargado de la alta misión de destruir los abominables cultos de Mitra, de Ishtar y de Asura. Al mismo tiempo, tenía en jaque a los hombres-serpiente, pues conocía su insaciable ambición y no tenía el menor deseo de compartir mi propio dominio con ellos.
»Sólo tú has conseguido desbaratar mis admirables planes. Cómo lo lograste, yo mismo no lo sé. Tú no eres sacerdote, ni profeta, ni brujo. No eres sino un aventurero rudo, ignorante, rústico y embrollón, engrandecido por los avalares del destino. Puede ser que tus degenerados y afeminados dioses del Oeste te hayan ayudado de manera sutil. En cualquier caso, has frustrado todas mis esperanzas y me has arrojado del trono del que gozaba en una sociedad mundial de hechiceros; has transformado al que iba a ser el conquistador de Occidente en un perseguido fugitivo.
«¡Pero todavía no está todo perdido! Porque he de ofrecer en sacrificio tu alma inmortal al mismo Set. El Escurridizo Dios va a celebrar un buen festín con el alma viva de Conan el cimmerio. Y al gozar nuevamente de sus favores, he de desatar los misteriosos poderes de los hombres-serpiente en una última y gran cruzada.
Entonces, Conan decidió atacar. Con las ceñudas facciones contraídas en indómito visaje, se lanzó a la carrera y, dando un gran salto hacia arriba, cogió la descarnada garganta de Thoth-Amon entre sus férreas manos. El impacto de la carga arrojó a ambos fuera de la roca, y cayeron enzarzados en lucha sobre la arena húmeda.
Era extraña la batalla entre el adalid de la luz y el adalid de las tinieblas, que combatían en los confines del mundo, bajo la luz brillante de las estrellas.
 

8. Réquiem por un brujo

El embate felino de Conan tomó por sorpresa al escuálido estigio. En el marchito cuerpo de Thoth-Amon quedaban escasas fuerzas, y Conan debería haber podido partirle el pescuezo como una rama seca. Sin embargo, los poderes mágicos del estigio le concedían recursos sobrehumanos. A pesar de que los dedos de Conan seguían estrujando el frágil cuello de Thoth-Amon, una garra descarnada golpeó al cimmerio en la frente con la refulgente gema que el brujo oprimía contra su pecho.
El suave golpe iluminó la frente de Conan, pero su contacto era como el de un fuego helado.
El cimmerio jadeó, mientras sus sentidos flaqueaban, insensibilizados por una entorpecedora parálisis que se propagaba por todos sus nervios. Frías ondas de oscuridad embotaron su conciencia. Al bárbaro le parecía que se hundía en negras aguas cuyo contacto entumecía su carne, hasta que sólo quedó erguido su espíritu, que resistía, apoyado por fuerzas desconocidas que emergían de las oscuras arenas.
Y Conan aún aferraba a Thoth-Amon con sus fuer tes manos. Era como si el brujo también hubiera perdido su descarnado tegumento. Dos espíritus intangibles eran transportados, en medio de la vorágine de la lucha, hacia una sombría región que estuviera más allá del mundo. Alrededor de ellos, una bruma se arremolinaba y se agrandaba; sobre sus cabezas brillaban las pálidas estrellas de un cielo natural; su luz era tan fría como el soplo de los vientos árticos.
A Conan le pareció que el enjuto cuerpo del estigio se convertía en una retorcida espiral de vapor. A su propio cuerpo le había ocurrido prácticamente lo mismo: se había convertido en el ondulado y espeso rizo de alguna neblina ardiente. Carentes ambos de extremidades, colgaban, diríase, unidos en un combate sin cuerpos, revolcándose bajo el resplandor de las apagadas estrellas.
Conan luchó como nunca lo había hecho antes, no con el férreo poder de sus potentes músculos, sino con una fuerza intangible que encontraba dentro de su propio espíritu. Tal vez era la esencia misma de su vigor, de su coraje y de su hombría lo que le inflamaba el corazón.
En forma de espíritu, Thoth-Amon también poseía una fortaleza muy superior a la de su carne marchita. Cada uno de sus golpes semejaba un estallido de gélidos fuegos de odio. Bajo su efecto, Conan jadeaba, las fuerzas lo abandonaban y su consciencia se iba oscureciendo.
Enzarzados en combate, ambos se retorcían bajo las negras estrellas, si bien, mientras el poder de Thoth-Amon crecía, el de Conan se iba desvaneciendo. Pero el cimmerio todavía tenía cogido a su enemigo con implacable fuerza. Seguía luchando salvajemente, aun cuando llegara ya al límite de la consciencia y su embotada mente se viera envuelta en una oscura nube.
En ese momento, la espiral de ondulante vapor que era el espíritu de Thoth-Amon se puso rígida, y luego se retorció en el intangible abrazo de Conan. Lanzó un aullido que no resonó... un terrible y cavernoso grito de agonía y desesperación. La cosa incorpórea se fundió en las manos de Conan, se desintegró y se desvaneció en la fría neblina de la nada.
Por unos instantes, Conan frotó en el vacío, jadean do, mientras las fuerzas renacían en su exhausto espíritu. De alguna manera, supo que la fuerza vital de Thoth-Amon había dejado de existir.
Al cabo de un tiempo, Conan volvió en sí, tendido sobre la playa arenosa y junto al mar sin nombre. Un muchacho deshecho en lágrimas se aferraba a él, pidiéndole que viviera. Miró a la cosa muerta que yacía debajo de su cuerpo, a la que todavía estrujaba mecánicamente con sus manos doloridas. Después observó lo que el muchacho había utilizado, y luego arrojado sobre la arena.
La espada estaba empapada en negra sangre hasta la empuñadura. Era la espada que le había arrojado a Conn en su último cumpleaños. La espada en cuya hoja, en un momento de ocio, Diviátix, el Druida Blanco, había escrito el Signo de Protección... la combada cruz de Mitra, Señor de la luz... ¡la Cruz de la Vida!
Y así fue como terminó la Última Batalla. Durante cuarenta años, Conan y Thoth-Amon de Estigia se ha bían enfrentado en el gran tablero que era el mundo occidental. Y, en los confines del Universo, el largo duelo había tocado a su fin.
¡Padre, te estaba matando! No sabía qué hacer, de modo que lo atravesé con la espada... y luego pensé que habías muerto, ¡pues te quedaste tan inmóvil! —tartamudeó el muchacho entre gruesas lágrimas Conan abrazó a su vástago.
Todo va bien, querido hijo. Sigo con vida, aunque Crom sabe cuan cerca estuve de las Negras Puertas de la Muerte. Pero éstas se abrieron para llevarse otra alma y no la mía. ¡Mira!
Observaron al hombre que yacía sobre la arena. Mientras aún lo miraban, vieron como por fin los años se vengaban en los restos del más poderoso mago de la sombría Estigia, la plagada de fantasmas. La carne de Thoth-Amon se secó, se consumió y se fue reduciendo a polvo impalpable, hasta que su descarna da calavera les sonrió. Luego, la propia calavera se resquebrajó y se deshizo, al tiempo que los huesos cubiertos por la vacía túnica verde se convertían en polvo.
Conan se puso en pie, dando la espalda a aquellos despojos. Recogió la reluciente gema con la que Thoth-Amon lo había golpeado y la arrojó al mar lo más lejos que pudo.
¡Que de una vez por todas termine esta mágica farsa! —exclamó—. ¡Que permanezca en el fondo del mar por más de cien mil años!
 

9. Espadas contra sombras

La muchacha se transformó en un monstruo con cabeza de serpiente, y me hubiera mordido con sus dientes envenenados hasta matarme —explicaba Conn—, pero le clavé mi espada y murió. Y cuando regresé al salón para advertirte, allí estaba Thoth-Amon, y también la reina, que se inclinaba sobre ti, y tú estabas dormido. Entonces, entraron las amazonas y la princesa atravesó a la reina con su lanza, y ésta se convirtió en un reptil. Pero Thoth-Amon y un sirviente, no pude verlo bien pero tenia cuernos y era fuerte como un toro, te sacaron del salón, y nadie parecía capaz de verlo excepto yo, como si un encantamiento no les hubiera permitido ver lo que estaba sucediendo ante sus ojos.
»Te sacaron por un panel secreto escondido detrás de un tapiz, y luego se internaron en un largo y oscuro túnel excavado en la montaña. Después, otros hombres-serpiente entraron atropelladamente en el salón. Los seguí en cuanto me fue posible, pero, cuan do conseguí salir y me encontré bajo el cielo estrellado, no supe dónde estabas, pues había grandes rocas alrededor y tuve que buscar y buscar... hasta que te encontré luchando con Thoth-Amon, y parecía como si estuvieras dormido, como si estuvieras luchando en sueños...
Conan asentía sombríamente, dejando que el muchacho contara todo cuanto sabía mientras desandaban el sendero por el que Conn había venido. Hallaron la entrada del túnel secreto que conducía a través de la montaña y llevaba al palacio en forma de cala vera, donde los poderes sobrenaturales de los hombres-serpiente les habían poblado los sentidos con sombras y alucinaciones. Un clamor distante resonó como un débil eco a lo largo del lóbrego túnel; una furiosa batalla se estaba librando en el salón de fiestas.
Los fieros labios de Conan se distendieron en una sonrisa, y su corazón saltó de gozo en el fornido pecho. Después de las misteriosas batallas mágicas bajo el brillo de las estrellas negras, enfrentarse a un enemigo de carne y hueso, con un limpio acero en las manos, era para Conan como el placer de comer y beber.
Bien sabía que allí dentro Nzinga y sus amazonas, junto con Trocero y los guerreros de Zembabwei, luchaban con los últimos hombres-serpiente. Entre to dos eran pocos, Conan lo sabía; pero tanto la joven amazona como él estaban deseando darse el lujo de un buen combate. Y los hombres-serpiente no habían luchado contra huestes mortales desde tiempos in memoriales, seguros y confiados como estaban de hallarse muy apartados de la tierra en la que moraban los hombres.
Con su reina muerta y Thoth-Amon hundido en los helados infiernos de la muerte, eran pocos y menos fuertes de lo que de otro modo habrían podido ser. Sin duda, la lucha sería prolongada y dura, y Conan se estremeció de placer ante la idea de combatir junto a las negras amazonas en la última batalla contra enemigos tan viejos como el mundo. Echó una breve mirada al lugar donde Thoth-Amon había caído, y pensó: «Fue el más grande de todos los enemigos a quienes vencí. En cierto modo, voy a echar de menos al viejo bribón».
¿Tienes todavía tu espada? —gruñó Conan.
—No, padre, la dejé en la playa.
Entonces, dame tu puñal y vuélvete atrás para buscarla; te esperaré aquí.
Mientras el muchacho se marchaba precipitada mente, Conan comenzó a hurgar por los alrededores en busca de un buen guijarro. Encontró una piedra de forma oval, dura como un pedernal, grande como un cráneo humano. La levantó, con una mirada de aprobación en los ojos. Ansiaba aplastar con ella la cabeza de unos cuantos hombres-serpiente.
Las serpientes tardan en morir; lo sabía. Pero al final también mueren.
Conn regresó aferrando la reluciente espada con su joven y fuerte puño. Ambos, padre e hijo, penetraron en el oscuro túnel para unirse a sus amigos en la última batalla contra los enemigos más ancestrales del hombre....