lunes, 3 de octubre de 2016

RELATO + COMIC: "Las colinas de los muertos", Robert E. Howard (SOLOMON KANE)


Ilustración por Greg Staples





Las colinas de los muertos


Robert E. Howard


I. Vudú

Las ramas que N'Longa arrojaba al fuego crepitaban y se rompían. Las tranquilas llamas iluminaban los semblantes de los dos hombres. N'Longa, el hechicero de la Costa de los Esclavos, era muy viejo. Su marchito y nudoso tronco era frágil y encorvado, su rostro estaba surcado por cientos de arrugas. El rojo fuego destellaba sobre los huesos de dedos humanos que formaban su collar.
El otro era un inglés y su nombre era Solomon Kane. Era alto y ancho de hombros, e iba vestido con ropas negras muy ceñidas, el atuendo del puritano. Su sencillo chambergo estaba muy calado sobre sus pobladas cejas, ensombreciendo su rostro cetrino. Sus fríos ojos parecían pensativos a la luz del fuego.
-Has vuelto, hermano -murmuró el hechicero, en la jerga que pasaba por ser la lengua común del negro y del blanco en la Costa Occidental-. Muchas lunas han brillado y muerto desde que pactamos con nuestra sangre. ¡Vas hacia donde el sol muere, pero regresas!
-Sí -la voz de Kane era profunda y casi fantasmal-. La tuya es una tierra dura, N'Longa, una tierra sanguinaria encerrada en la negra oscuridad del horror y en las ensangrentadas sombras de la muerte. No obstante, he regresado.
N'Longa reavivó el fuego sin decir nada y, tras una pausa, Kane continuó.
-Allá, en la inmensidad desconocida -dijo señalando con su largo dedo hacia la negra jungla silenciosa que se cernía al otro lado del fuego-. Allá se agazapa el misterio, la aventura y un incalificable horror. Una vez desafié a la jungla... una vez ella llegó casi a reclamar mis huesos. Algo penetró en mi sangre, algo se deslizó en el interior de mi alma como un susurro de pecado innominado. ¡La jungla! Oscura y melancólica... ella me ha arrastrado, atrayéndome sobre leguas de mar azul y salada, y al amanecer iré en busca de su corazón. Acaso halle extrañas aventuras... quizás me aguarde mi perdición. Pero mejor la muerte que el implacable e imperecedero anhelo, que el fuego que ha abrasado mis venas con amargo deseo.
-Ella llama -murmuró N'Longa-. Por la noche se enrosca como una serpiente alrededor de mi choza y susurra cosas extrañas. ¡Oh, tú!, llama la jungla. Tú y yo somos hermanos de sangre ¡Yo, N'Longa, poderoso artesano de indescriptible magia! Como todos los hombres que escuchan su llamada, te internas en la jungla. Quizás vivas, más posible es que mueras. ¿Crees en la obra de mi magia?
-No lo comprendo -dijo Kane ceñudamente- pero te he visto sacar el alma de tu cuerpo y animar con ella a un cadáver.
-¡Cierto! ¡Yo soy N’Longa, sacerdote del Dios Negro! Ahora, mírame, voy a hacer magia.
Kane observó al viejo mago vudú que se inclinaba sobre el fuego, realizando con sus manos movimientos uniformes y murmurando encantamientos. Mientras miraba, Kane sintió sueño. Frente a él se agitó una niebla a través de la que veía tenuemente la figura de N'Longa, oscura y recortada contra las llamas. Luego, todo se desvaneció.
Kane despertó con un sobresalto, lanzando su mano hacia la pistola que llevaba en el cinturón. N'Longa le sonrió a través de las llamas y un aroma de temprano amanecer apareció en el aire. El hechicero sostenía en sus manos un largo bastón de extraña madera negra. Este bastón estaba tallado de una singular manera, y uno de sus extremos se afilaba hasta formar una aguda punta.
-Esto, vara vudú -dijo N'Longa, poniéndola en manos del inglés-. Allá donde fallen tus pistolas y tu largo cuchillo, esto te salvará. Cuando me necesites, deposítalo sobre tu pecho, coloca tus manos sobre él y duerme. Estaré a tu lado en tus sueños.
Kane sopesó el objeto en sus manos, pues desconfiaba mucho de la brujería. No era pesado, pero parecía tener la dureza del hierro. Por lo menos era un buen arma, decidió. El amanecer apenas comenzaba a deslizarse sobre la jungla y el río.


II. Ojos rojos

Solomon Kane se quitó su mosquete del hombro y apoyó la culata sobre el terreno. El silencio le rodeaba como una niebla. El curtido rostro de Kane y sus destrozadas ropas mostraban los resultados del largo viaje por entre la breña.
Miró a su alrededor. A cierta distancia a sus espaldas, se alzaba la jungla verde y espesa, menguando hasta convertirse en unos bajos arbustos, árboles enanos y altas hierbas. A cierta distancia al frente, se alzaba la primera de una cadena de yermas y sombrías colinas, cubiertas de peñascos, rielando sobre el inmisericorde calor del sol. Entre las colinas y la jungla se interponía una amplia extensión de ásperos e irregulares pastizales, salpicados aquí y allá por racimos de espinos.
Un profundo silencio pendía sobre el territorio. El único signo de vida lo constituía un puñado de buitres que cruzaban las distantes colinas agitando pesadamente las alas.
Durante los últimos días, Kane había notado el creciente número de aquellos desagradables pájaros. El sol se mecía bajando hacia el oeste, pero su calor no disminuyó en modo alguno.
Arrastrando el mosquete, comenzó a caminar lentamente. No tenía ningún objetivo en perspectiva. Todo aquello era territorio desconocido y una dirección era tan válida como cualquier otra. Muchas semanas atrás, se había sumergido en la jungla con una decisión nacida del coraje y la ignorancia. Habiendo, merced a algún milagro, sobrevivido a las primeras semanas, había ganado en dureza y resistencia, hasta el punto de ser capaz de habérselas con cualquiera de los feroces habitantes de la fortaleza que desafiaba.
Al avanzar, percibía de vez en cuando la pista de algún león, pero no parecía haber animales en los pastos -ninguno que dejase huellas, en todo caso-. Los buitres estaban posados en los árboles enanos y, de pronto, a alguna distancia al frente, vio que entre ellos había algo de actividad. Algunas de aquellas oscuras aves volaban en círculos sobre un grupo de hierba alta, descendiendo y elevándose de nuevo. Alguna bestia depredadora estaría defendiendo su caza contra ellos, decidió Kane, y se asombró de la ausencia de rugidos y gruñidos que, por regla general, acompañaban tales escenas. Se despertó su curiosidad y encaminó sus pasos en aquella dirección.
Finalmente, abriéndose paso por la hierba que se alzaba sobre sus hombros, tuvo, como a través de un corredor cercado por las espesas y ondulantes hojas, una pavorosa vista.
El cadáver de un negro yacía boca abajo y, al mirar el inglés, una gran serpiente oscura se alzó y se alejó deslizándose hasta internarse en la hierba, moviéndose tan rápidamente que Kane fue incapaz de decidir su naturaleza. Pero en esta había una enigmática sombra de humanidad.
Kane se detuvo junto al cuerpo, dándose cuenta de que mientras los miembros se veían retorcidos como si estuvieran rotos, la carne no estaba rasgada de la manera que lo habría hecho un tigre o un leopardo. Alzó la vista hacia los revoloteantes buitres y se quedó asombrado al ver a alguno de ellos que volaban rozando la tierra, siguiendo una ondulación de la hierba que marcaba la huida de la cosa que, según todos los indicios, había matado al hombre negro. Kane se preguntó por la clase de ser que las aves carroñeras, que sólo se comen a los muertos, estaban persiguiendo por los pastizales.
Pero África está llena de misterios inexplicables.
Kane se encogió de hombros y alzó nuevamente su mosquete. Había corrido gran cantidad de aventuras desde que dejara a N'Longa, lunas atrás, pero aún así, aquel anhelo paranoide le había impulsado cada vez más adelante, le había hecho internarse cada vez con más profundidad por aquellos caminos sin senderos. Kane no hubiera sido capaz de analizar aquella llamada; lo habría atribuido a Satanás, que atrae a los hombres a su destrucción. Pero se trataba del temerario y turbulento espíritu del aventurero, del vagabundo... el mismo ansia que lanza a las caravanas de gitanos alrededor del mundo, la misma que impulsaba a las naves vikingas a cruzar mares desconocidos y que guía el vuelo de los pájaros salvajes.
Kane suspiró. Allí, en aquella tierra yerma, no parecía haber ni agua ni alimentos, pero se había hartado hasta la muerte del malsano y fétido veneno de la lujuriante jungla.
Hasta un páramo de colinas desnudas era preferible, por lo menos una vez. Las contempló allí, en su lugar, elevándose hacia el sol, y comenzó a caminar de nuevo.
Llevaba el bastón mágico de N'Longa en su mano izquierda y, aunque su conciencia aún le creaba problemas por conservar algo tan aparentemente diabólico, nunca se había sentido capaz de decidirse a abandonarlo.
Ahora, mientras se dirigía hacia las colinas, estalló una pequeña agitación en la alta hierba frente a él, que era, en algunos lugares, más alta que un hombre. Un grito agudo y estridente se dejó oír, inmediatamente seguido de un rugido estremecedor. La hierba se dividió y una esbelta figura se acercó velozmente a él, como una pajita arrastrada por el viento... Se trataba de una chica mulata, vestida sólo con una especie de falda. Tras ella, unas yardas más atrás pero ganando terreno rápidamente, se aproximaba un enorme león.
La joven cayó a los pies de Kane con un gemido y un sollozo, y se quedó allí, agarrada a sus tobillos. El inglés dejó caer el báculo-vudú, se llevó el mosquete al hombro y apuntó fríamente al rostro del feroz felino, que ganaba terreno a cada instante. Sonó una detonación. La chica gritó una vez y se desplomó de bruces. El enorme gato dio un salto elevado y salvaje, para caer y quedar inmóvil.
Kane volvió a cargar apresuradamente, antes de dedicar una mirada a la forma que yacía a sus pies. La chica estaba tan inmóvil como el león que acababa de matar, pero un rápido examen le mostró que sólo estaba desmayada.
Bañó su rostro con agua de la cantimplora y, al poco rato, ella abrió los ojos y se sentó.
El miedo anegó su rostro al mirar a su salvador e intentó levantarse.
Kane extendió una mano para impedírselo y ella se encogió temblando. El rugido del pesado mosquete bastaba para asustar a cualquier nativo que nunca hubiera visto con anterioridad a un hombre blanco, reflexionó Kane.
La chica era esbelta y bien formada. Tenía la nariz recta y de fino puente. Tenía un color marrón oscuro, quizás por una fuerte mezcla bereber.
Kane le habló en un dialecto ribereño, una lengua sencilla que había aprendido a lo largo de sus vagabundeos, y ella respondió dubitativamente. Las tribus del interior comerciaban en esclavos y marfil con los ribereños, y estaban familiarizados con su dialecto.
-Mi aldea está allí -dijo la chica, respondiendo a la pregunta de Kane y señalando con un brazo esbelto y redondeado hacia la jungla meridional-. Me llamo Zunna. Mi madre me azotó por romper una olla de cocina y me he escapado porque estaba enfadada. Tengo miedo. ¡Déjame regresar con mi madre!
-Puedes hacerlo -dijo Kane- pero yo te llevaré, niña. ¿Te imaginas que aparezca otro león? Has sido muy tonta escapándote.
La chica gimió un poco.
-¿No eres un dios?
-No, Zunna. Sólo soy un hombre, aunque el color de mi piel no sea como el tuyo. Ahora, llévame a tu aldea.
Ella se alzó indecisa, mirándole aprensivamente a través de la descuidada maraña de su pelo. Para Kane, su aspecto era como el de un animalillo asustado. Ella le miró y Kane la seguía. Le indicó que su aldea estaba hacia el sureste y su ruta les acercó más a las colinas. El sol comenzó a ponerse y el rugido de los leones reverberó por los pastizales.
Kane miró hacia el cielo occidental; aquel territorio abierto era mal lugar para que a uno le sorprendiera la noche. Mirando hacia las colinas, observó que se hallaban a unos pocos cientos de yardas de la más cercana. Vio lo que parecía ser una cueva.
-Zunna -dijo dubitativamente-, no podremos alcanzar tu aldea antes de que caiga la noche. Si nos quedamos aquí, nos cogerán los leones. Allí hay una caverna donde podríamos pasar la noche...
-¡En las colinas no, amo! -gimió-. ¡Prefiero los leones!
-¡Tonterías! -dijo con impaciencia; ya estaba harto de supersticiones nativas-. Pasaremos la noche en aquella caverna.
Ella no discutió más y se limitó a seguirle. Subieron por una corta pendiente y se detuvieron a la entrada de la caverna, un pequeño recinto con paredes de roca sólida y un blando suelo de arena.
-Trae un poco de hierba seca, Zunna -ordenó Kane apoyando su mosquete contra el muro, a la entrada de la caverna-, pero no te alejes y estate atenta a los leones. Voy a encender aquí un fuego que nos mantendrá a salvo, esta noche, de las bestias. Trae un poco de hierba y todas las ramas que encuentres, como una buena chica, y cenaremos. Tengo carne seca en mi morral y también agua.
Ella le dedicó una extraña y larga mirada, y luego se alejó sin una palabra. Kane arrancó la hierba que tenía a mano, notando su textura marchita y seca por la acción del sol y, tras amontonarla, golpeó una piedra contra el acero. Saltó una llama que devoró el montón en un instante. Se estaba preguntando como podría reunir hierba suficiente para mantener toda la noche un fuego encendido, cuando se dio cuenta de que tenía visita.
Kane estaba acostumbrado a las visiones grotescas, pero a la primera mirada se sobresaltó y su columna se vio recorrida por un largo escalofrío. Dos hombres se erguían ante él en silencio. Eran altos, demacrados e iban completamente desnudos. Sus pieles eran de un negro polvoriento con un matiz gris y ceniciento, como de muerte. Sus rostros eran diferentes de cualquiera que hubiera visto jamás. Las cejas eran altas y estrechas. Las narices enormes y con aspecto de hocicos; los ojos eran inhumanamente grandes y rojos. Mientras estaban allí, le pareció a Kane que sólo sus ardientes ojos estaban vivos.
Él les habló, pero no le contestaron. Les invitó a comer con un movimiento de su mano y ellos se acuclillaron silenciosamente, cerca de la entrada de la caverna, tan lejos de los agonizantes rescoldos del fuego como se pudieron situar.
Kane se volvió hacia su morral y empezó a sacar las tiras de carne seca que llevaba. Una vez que miró a sus silenciosos huéspedes, le pareció que estos observaban el resplandor de las cenizas del fuego, más que a él.
El sol estaba a punto de hundirse tras el horizonte occidental. Un resplandor rojo e intenso se extendió sobre los pastizales, hasta que todas las cosas cobraron el aspecto de un agitado mar de sangre. Kane se arrodilló sobre su morral y, al alzar la vista, vio a Zunna aparecer por la ladera de la colina con los brazos llenos de hierba y ramas secas. Al mirar, sus ojos se desorbitaron; las ramas cayeron de sus brazos y su grito atravesó el silencio, inflamado con una terrible advertencia; Kane giró sobre una de sus rodillas.
Dos grandes figuras se cernieron sobre él, mientras se levantaba con el suave movimiento de un leopardo saltando. Llevaba el bastón mágico en la mano y con él atravesó el cuerpo de su más cercano antagonista, con una fuerza que hizo que la afilada punta atravesara los hombros de la figura. Entonces, los largos y enjutos brazos del otro se cerraron, rodeándole, y ambos se vinieron juntos al suelo.
Las uñas del extraño, tan largas y curvas como garras, desgarraron su rostro y sus horribles ojos rojos se clavaron en los de él con terrible amenaza; mientras, Kane se retorcía girando y, repeliendo con un brazo las atenazadoras manos, sacaba una pistola. Presionó la boca de ésta contra el costado del salvaje y apretó el gatillo. Al sonar la mitigada explosión, el cuerpo del desconocido saltó espasmódicamente ante la conmoción ocasionada por la bala, pero sus labios se limitaron a abrirse en una horrorosa mueca.
Un largo brazo se deslizó bajo los hombros de Kane, la otra mano le agarró el pelo. El inglés sintió que su cabeza era irresistiblemente proyectada hacia atrás. Agarró con ambas manos las muñecas del otro, pero la carne que encontró bajo sus frenéticos dedos era tan dura como la madera. El cerebro de Kane daba vueltas, su cuello parecía estar a punto de romperse con un pequeño incremento de la presión. Con un volcánico esfuerzo, echó su cuerpo hacia atrás, rompiendo la mortífera presa.
Ya tenía al otro encima y las garras se cerraban otra vez. Kane encontró y levantó su vacía pistola, y sintió el cráneo del hombre romperse como una cáscara cuando, con todas sus fuerzas, proyectó el largo cañón hacia abajo. Y. una vez más, los marchitos labios se separaron con horrible sarcasmo.
Entonces, algo muy parecido al pánico puso su mano sobre Kane. ¿Qué clase de hombre era aquel, que todavía amenazaba su vida con rasgantes dedos tras recibir un tiro y ser mortalmente aporreado? Seguramente no se trataba de un hombre, ¡sino de uno de los hijos de Satanás! Ante aquel pensamiento, Kane saltó con un fulgurante movimiento y los encarnizados combatientes cruzaron el terreno rodando, yendo a detenerse sobre las ascuas, a la entrada de la cueva. Kane apenas sintió el calor, pero la boca de su enemigo se abrió, esta vez en aparente agonía. Los espantosos dedos soltaron su presa y Kane se liberó de un salto.
El salvaje ser del cráneo partido se levantaba sobre una mano y una rodilla cuando atacó Kane, volviendo a la carga como un lobo famélico que acosara a un bisonte herido.
Saltó desde un lado, aterrizando de nuevo sobre la nervuda espalda, con sus brazos de acero buscando y logrando una presa indestructible y mortal; y mientras caían junto a tierra rompió el cuello del otro, de tal manera que el espantoso rostro muerto quedó mirando por encima de uno de los hombros. El cuerpo estaba inmóvil, pero a Kane le pareció que ni siquiera entonces estaba muerto, porque los ojos rojos aún ardían con horrible luz.
El inglés se giró para ver a la joven acurrucada contra la pared de la caverna. Buscó su báculo; estaba tirado sobre un montón de polvo, sobre el que yacían unos cuantos huesos desmoronados. Se quedó mirando, con la cabeza dándole vueltas. Luego, con una zancada, levantó el bastón vudú, volviéndose hacia el hombre caído. Al hacerlo, su rostro se pobló de severas líneas; luego, lo hundió en el pecho del salvaje, atravesándolo. Y ante sus ojos, el gran cuerpo se deshizo, disolviéndose en polvo mientras él miraba horrorizado, del mismo modo que su primer oponente, cuando Kane atacara con el bastón por primera vez.


III. Magia onírica

-¡Gran Dios! -susurró Kane-. ¡Esos hombres estaban muertos! ¡Vampiros! Esto es obra manifiesta de Satanás.
Zunna se acercó gateando hasta sus rodillas y se agarró a ellas.
-Esos son muertos que caminan, amo -gimoteó-. Tendría que haberte advertido.
-¿Por qué no saltarían sobre mí nada más llegar? -preguntó él.
-Temían al fuego. Esperaban que los rescoldos se apagaran del todo.
-¿De dónde vienen?
-De las colinas. Los de su especie habitan por centenares entre los peñascos y las cuevas de esas colinas, y viven de los humanos, porque matan a los hombres, devorando sus espíritus cuando estos abandonan el tembloroso cuerpo. Sí, ¡son devoradores de almas!
"Amo, rodeada por las más grandes de esas colinas, hay una silenciosa ciudad de piedra y, en los días más antiguos, en tiempo de mis antepasados, ese pueblo vivía allí. Eran humanos, pero no como nosotros, porque habían regido esta tierra durante innumerables eras. Los antepasados de mi pueblo les hicieron la guerra y mataron a muchos, y sus magos hicieron a todos los muertos como eran éstos. Al final, todos murieron.
"Y, durante eras, han hecho presa en las tribus de la jungla, bajando por las colinas a medianoche y a la puesta del sol, para frecuentar la jungla y matar, y matar. Los hombres y las bestias huyen de ellos y sólo el fuego puede destruirles."
-Aquí está lo que les va a destruir -dijo hoscamente Kane, alzando el báculo mágico-. A la magia negra hay que combatirla con magia negra, y desconozco el hechizo que puso N'Longa en él, pero...
-Eres un dios -decidió Zunna en voz alta-. Ningún hombre podría vencer a dos de los muertos que caminan. Amo, ¿no podrías liberar a mi tribu de esta maldición? No hay ningún lugar al que podamos huir y los monstruos nos matan a su gusto, atrapando a los caminantes fuera del muro de la aldea. ¡La muerte habita en esta tierra y nosotros morimos sin esperanza!
En lo profundo de Kane se agitó el espíritu del cruzado, el fuego del implacable... del fanático que dedica su vida a combatir los poderes de la oscuridad.
-Vamos a comer -dijo-, luego encenderemos un gran fuego en la boca de la caverna. El fuego que mantiene alejadas a las bestias, hará lo mismo con los demonios.
Más tarde, Kane estaba sentado justo en el umbral de la cueva, con la mandíbula apoyada sobre su puño cerrado y los ojos mirando hacia el fuego, sin verlo. Tras él, en las sombras, Zunna le observaba atemorizada.
-Dios de los Ejércitos! -murmuraba Kane-. ¡Concédeme tu ayuda! Es mi mano la que debe levantar la antigua maldición que pesa sobre esta oscura tierra. ¿Cómo voy a pelear contra estos muertos diabólicos que no ceden ante armas mortales? El fuego les destruye, se les puede romper el cuello inutilizándoles, el báculo-vudú les hace desmoronarse convertidos en polvo, si se les atraviesa con él, pero ¿de qué sirve eso? ¿Cómo puedo vencer a los centenares que frecuentan esas colinas alimentando su vida con la esencia de la existencia humana? ¿No es cierto, como dice Zunna, que en el pasado los guerreros cargaban sobre ellos, sólo para encontrar con que habían huido a su ciudad de elevados muros, en la que ningún hombre puede atacarlos?
La noche pasaba lentamente. Zunna dormía con su mejilla apoyada sobre su brazo redondo e infantil. El rugido de los leones agitaba las colinas y Kane aun estaba sentado, mirando pensativamente el fuego. Fuera, la noche estaba llena de susurros, crujidos y pisadas furtivas y suaves. Y, a veces, Kane, al alzar la mirada interrumpiendo alguno de sus pensamientos, creía percibir el destello de grandes ojos rojos allende la parpadeante luz del fuego.
El gris amanecer se deslizaba sobre los pastizales cuando Kane agitó a Zunna para que despertase.
-Que Dios se apiade de mi alma por flirtear con magia pagana -dijo- pero quizás las influencias demoníacas deban ser combatidas con la misma clase de influencias. Cuida el fuego y avísame si hay peligro.
Kane se tendió sobre su espalda en el suelo de arena y colocó sobre su pecho el bastón-vudú, doblando las manos sobre él. Se durmió instantáneamente y, mientras dormía, los sueños llegaron a él. A su ser invadido por el sueño, le pareció caminar a través de una gruesa niebla y, en ella, al igual que en la realidad, encontró a N'Longa. Este habló, y las palabras fueron claras y vívidas, grabándose en su conciencia con la suficiente profundidad como para salvar el abismo entre sueño y vigilia.
-Manda a la chica a su aldea inmediatamente después de la salida del sol, cuando los leones se hayan retirado a sus guaridas -dijo N'Longa-, y pídele que traiga a su amante consigo a la cueva. Una vez aquí, debes hacer que se acueste como si fuera a dormir, con el bastón-vudú agarrado.
El sueño se desvaneció y Kane se despertó de repente, asombrado. ¡Qué extraña y vívida había sido la visión, y qué extraño escuchar a N'Longa hablar en inglés sin utilizar el dialecto! Kane se encogió de hombros. Sabía que N'Longa declaraba poseer el poder de proyectar su espíritu a través del espacio, y él mismo había visto al hechicero animar el cuerpo de un cadáver. No obstante...
-Zunna -dijo Kane, dejando de pensar en la cuestión-. Voy a acompañarte hasta el borde de la jungla y tú deberás continuar hasta tu aldea y regresar aquí, a esta caverna, con tu amante.
-¿Con Kran? -preguntó ella ingenuamente.
-No importa como se llame. Come y nos marcharemos.
El sol volvió a inclinarse, descendiendo hacia el oeste. Kane estaba sentado en la caverna, esperando. Se había encargado de que la niña llegase a salvo al lugar en que la jungla desembocaba en los pastizales y, aunque le remordía la conciencia al pensar en los peligros que podían surgir, dejó que continuara sola y regresó a la caverna. Ahora estaba sentado, preguntándose si no sería condenado a las llamas eternas por jugar con las hechicerías de un mago negro, fuera o no su hermano de sangre.
Al sonar unas ligeras pisadas, Kane cogió el mosquete; entonces entró Zunna en compañía de un joven alto y espléndidamente constituido, cuya piel marrón le mostraba como perteneciente a la misma raza que la chica. Sus suaves y soñadores ojos se fijaban en Kane con una especie de impresionada adoración. Evidentemente, la chica no había minimizado, en su relato, la gloria de aquel nuevo dios.
Pidió al joven que se tumbara mientras dirigía el báculo hacia él y se lo ponía en las manos. Zunna se acurrucó a su lado con los ojos muy abiertos. Kane retrocedió, medio avergonzado de aquella farsa, y preguntándose que saldría de todo aquello, si salía algo.
¡Entonces, para su horror, el joven jadeó una vez y se puso rígido! Zunna gritó, levantándose de un salto.
-¡Has matado a Kran! -gritó corriendo hacia el inglés, a quien la impresión había dejado sin habla.
Entonces, la chica se detuvo de repente, vaciló, se pasó lánguidamente la mano por el entrecejo... y se deslizó hacia el suelo, para yacer junto al cuerpo inmóvil de su amante, con los brazos alrededor de éste.
Y aquel cuerpo se movió de repente, hizo movimientos reflejos con las manos y los pies; luego se sentó, liberándose de los apretados brazos de la chica aún inconsciente.
Kran alzó la vista hacia Kane y sonrió, con una sonrisa sabia y astuta que, de algún modo, parecía fuera de lugar en su rostro. Kane se sobresaltó. Aquellos dulces ojos habían cambiado de expresión, haciéndose ahora duros, brillantes y arteros... ¡Los ojos de N'Longa!
-Dime -dijo a Kane con voz grotescamente familiar-, hermano de sangre, ¿no vas a saludar a N'Longa? 
Kane guardó silencio. Su carne hormigueaba a pesar de sí mismo. Kran se levantó extendiendo los brazos de forma insegura, como si sus miembros fueran nuevos para él. Se palmeó con aprobación el pecho.
-¡Yo, N'Longa! -dijo en su viejo y jactancioso estilo-. ¡Poderoso hechicero! Hermano de sangre, ¿no me conoces, eh?
-Eres Satanás -dijo Kane con sinceridad-. ¿Eres Kran o N'Longa?
-Yo N'Longa -aseguró el otro-. Mi cuerpo duerme en la cabaña del hechicero, en la Costa, a muchas jornadas de viaje de aquí. Yo tomar prestado por un tiempo el cuerpo de Kran. Mi espíritu cubrir diez días de marcha en un suspiro, veinte días en el mismo tiempo. Mi espíritu salir de mi cuerpo y expulsar el de Kran.
-¿Y Kran está muerto?
-No, el no muerto. Yo enviar su espíritu durante un tiempo a la tierra de las sombras... Enviar también el espíritu de la chica para hacerle compañía; ellos poder regresar a su debido tiempo.
-Esto es obra del Diablo -dijo Kane con franqueza-, pero te he visto hacer una magia aún más perversa... ¿Debo llamarte N'Longa o Kran?
-Kran... ¡Bah! Soy N'Longa... ¡Cuerpos como vestidos! ¡Yo, N'Longa, en éste ahora! -dijo golpeándose en el pecho-. Kran volverá a su debido tiempo... entonces, él, Kran, y yo, N'Longa, misma forma que antes. Kran no existir ahora; ser N'Longa quien ocupar este cuerpo de un semejante. ¡Hermano de sangre, soy N'Longa!
Kane asintió. Aquella era, en verdad, una tierra de horror y brujería; cualquier cosa era posible, incluso que la aguda voz de N’Longa hablara desde el gran pecho de Kran, y que los arteros ojos de N'Longa le mirasen centelleando desde el rostro atractivo y juvenil de Kran.
-Yo conocer esta tierra desde hace mucho -dijo N'Longa, abordando el problema-. ¡Poderosa magia la de esos muertos! No tener momento que perder... ya saber... yo haberte hablado en sueños. Mi hermano de sangre querer aniquilar a esos paisanos difuntos, ¿eh?
-Se trata de algo opuesto a la naturaleza -dijo Kane sombrío- en mi tierra se les conoce por el nombre de vampiros... Nunca esperé encontrarme con toda una nación de ellos.


IV. La ciudad silenciosa

-Ahora, nosotros encontrar esa ciudad de piedra -dijo N'Longa.
-¿Sí? ¿Por qué no mandas tu espíritu a matar a esos vampiros? -preguntó consecuentemente Kane.
-Espíritu necesitar cuerpo de semejante con el que trabajar -respondió N'Longa-. Duerme ahora, empezamos mañana.
El sol se había puesto, el fuego brillaba y parpadeaba en la boca de la caverna. Kane miró a la inmóvil figura de la chica, que yacía donde había caído, y se dispuso a dormir.
-Despiértame a medianoche -le exhortó Kane- y yo vigilaré desde ese momento hasta el amanecer.
Pero cuando finalmente N'Longa sacudió su brazo, Kane despertó para ver la tierra enrojecida por la primera luz del amanecer.
-Es hora de comenzar- dijo el hechicero.
-Pero la chica... ¿Estás seguro de que vive?
-Ella viva, hermano de sangre.
-Entonces, en nombre de Dios, no podemos abandonarla aquí, dejándola a merced de cualquier diablo merodeador. O cualquier león que podría...
-No venir ningún león. Aún huele a vampiro por aquí, olor mezclado con el de hombre. Hermano león no gusta de olor a hombre y él temer cadáveres caminantes. Ninguna bestia venir y -concluyó alzando el bastón-vudú y depositándolo cruzado sobre la entrada de la cueva- ningún muerto cruzar ahora tampoco.
Kane le miró sombríamente, sin entusiasmo.
-¿Cómo va a protegerla ese bastón?
-Eso, poderoso ju-ju -dijo N'Longa-. ¡Tu ver criatura-vampiro convertirse en polvo ante ese bastón. Ningún vampiro atreverse a tocarlo ni acercarse a él. Yo dártelo porque, cerca de Colinas de Vampiros, hombres a veces encontrarse con cadáveres caminando por la jungla cuando sombras oscuras. No todos muertos que caminan estar aquí. Y todos tener que absorber vida de hombres... si no, pudrirse como madera muerta.
-Entonces, fabrica muchos bastones de éstos y arma a la gente con ellos.
-¡No poder ser! -el cráneo de N'Longa se agitó violentamente-. ¡Ese bastón ju-ju ser poderosa magia! ¡Viejo, viejo! Ningún hombre viviente podría decir lo viejo que ser ese bastón mágico. Yo hacer dormir a mi hermano de sangre y hacer magia con él para protegerle aquella vez que conversar en la aldea de la Costa. Hoy nosotros explorar y correr; no necesitarlo. Dejarlo aquí para guardar chica.
Kane se encogió de hombros y siguió al hechicero, después de volverse para mirar a la inmóvil figura que yacía en la caverna. Nunca habría consentido en abandonarla tan despreocupadamente, de no haber sabido en el fondo de su corazón que estaba muerta; la había tocado y su carne estaba fría.
Ascendieron por entre las yermas colinas mientras se elevaba el sol. Subieron muy alto, por empinadas pendientes de arcilla, abriéndose camino entre barrancos y grandes peñascos. Las colinas estaban acribilladas de oscuras y amenazadoras cavernas que dejaron cautelosamente atrás, y la carne de Kane hormigueó ante el pensamiento de sus siniestros ocupantes. Ya que N’Longa dijo:
-Vampiros dormir en cuevas la mayor parte del día, hasta puesta del sol. Cuevas contener un cadáver cada una.
El sol se elevó más, haciendo hervir las desnudas pendientes con un calor intolerable. El silencio se cernía sobre la tierra como un monstruo maligno. No habían visto nada, pero Kane, a veces, podría haber jurado que una sombra negra se deslizaba tras una roca ante su proximidad.
-Vampiros permanecer escondidos durante día -dijo N'Longa con una risa contenida-. ¡Tener miedo de hermano buitre! ¡Buitre no tonto! ¡Reconocer muerte al verla! ¡Saltar sobre cadáver y desgarrarlo y comerlo, tanto si estar echado como si caminar!
Un fuerte escalofrío hizo estremecer a su compañero.
-¡Gran Dios! -gritó Kane golpeándose el muslo con su sombrero-. ¿Es qué no hay fin para el horror en esta tierra execrable? ¡Este lugar está verdaderamente consagrado a los poderes de la oscuridad!
Los ojos de Kane ardían con luz peligrosa. El terrible calor, la soledad y la certeza de los horrores ocultos a uno y otro lado estaban llegando a afectar incluso sus nervios acerados.
-Mantener hermano sombrero sobre la cabeza, hermano de sangre -le previno N'Longa con un bajo y divertido gorjeo-. El hermano sol te matará si no tener cuidado.
Kane movió el mosquete que había insistido en traer y no respondió. Al final subieron a una eminencia y se quedaron mirando hacia abajo, a una especie de altiplano. Y, en el centro de esta elevación, había una silenciosa ciudad dé piedra gris y desmoronada. ¡Al mirar Kane se sintió golpeado por una impresión de edad increíble! Los muros y las casas estaban hechos de grandes bloques de piedra pero, aún así, estaban derrumbándose convertidos en ruinas. La hierba crecía en el altiplano y, muy alta, en las calles de la ciudad muerta. Kane no percibió ningún movimiento en las ruinas.
-Esa es su ciudad... ¿por qué prefieren dormir en las cavernas?
-Por si caerles encima un hermano pedrusco del tejado y aplastarles. Las cabañas de piedra acaban derrumbándose. Quizás tampoco gustarles estar juntos... Tal vez comerse también los unos a los otros.
-¡Qué silencio! -susurró Kane-. ¡De qué forma se cierne sobre todas las cosas!
-Vampiros no hablar ni gritar; ellos muertos. Dormir en cavernas, salir a la puesta del sol y durante la noche. También, tal vez, hermanos tribus de la jungla venir a atacarles con lanzas, vampiros ir a kraal de piedra y pelear tras muros.
Kane asintió. Los desmenuzados muros que rodeaban la ciudad eran suficientemente altos y sólidos como para resistir el ataque de los lanceros... especialmente si los defensores eran aquellos demonios con narices como hocicos.
-Hermano de sangre -dijo solemnemente N'Longa-, ¡habérseme ocurrido magia poderosa! Guarda silencio un momento.
Kane se sentó sobre un peñasco y contempló meditabundo los desnudos riscos y las pendientes que les rodeaban. Muy alejado hacia el sur veía el frondoso océano verde de la jungla. La distancia prestaba cierto encanto a la escena. Mucho más cerca, se perfilaban las oscuras manchas que eran las bocas de las cavernas del horror.
N'Longa estaba acuclillado dibujando una extraña figura en la arcilla, con la punta de los dedos. Kane le miraba, pensando lo fácilmente que podrían convertirse en víctimas de los vampiros, si tan solo tres o cuatro de aquellos demonios saliesen de sus cavernas. Y, a la par que este pensamiento pasaba por su cabeza, una negra y horrible sombra cayó, cruzando el vacío, sobre el agachado hechicero.
Kane actuó inconscientemente. Salió disparado del peñasco, donde se sentaba, como una piedra arrojada por una catapulta y su mosquete golpeó hasta destrozar el rostro del espantoso ser que les había sorprendido. Kane hizo retroceder a su enemigo cada vez más, haciéndole tambalearse, sin darle tiempo a defenderse ni contraatacar, vapuleándole con la violencia de un tigre enloquecido.
En el mismo borde del acantilado, el vampiro vaciló, luego perdió el equilibrio, cayendo hacia atrás durante un centenar de pies, para yacer retorciéndose sobre las rocas del altiplano inferior. N'Longa estaba en pie señalando; las colinas dejaban ver a sus muertos.
Salían a montones de las cuevas, figuras silenciosas, negras y terribles que subían por la pendiente y gateaban por encima de los peñascos, dispuestas a atacar, con sus rojos ojos vueltos hacia la pareja de seres humanos situados sobre la silenciosa ciudad. Las cavernas los escupían como en un impío día del juicio.
N'Longa señaló hacia un risco que había a cierta distancia de allí y, con un grito, echó a correr velozmente hacia él. Kane le siguió. Desde detrás de los peñascos, surgían garras que les atacaban rasgando sus ropas. Pasaron corriendo ante unas cuevas y, de la oscuridad, surgían monstruos con aspecto de momias que mascullaban en silencio, uniéndose a la persecución.
Las manos muertas se hallaban muy cerca de sus espaldas cuando treparon por la última pendiente y se detuvieron sobre un saliente situado en la cima del risco. Los demonios se pararon un momento, en silencio, luego continuaron tras ellos. Kane agarró su mosquete como si se tratase de un garrote y, con él, aplastó los rostros de ojos rojos, desviando a un lado las manos que saltaban a su encuentro. Los monstruos se encrespaban como una gran ola, él volteaba su mosquete con una silenciosa furia que igualaba a la de ellos. La ola se rompió, retirándose vacilante; luego, volvió a la carga.
¡No... podía... con... ellos! Estas palabras golpeaban su cerebro como un martillo sobre un yunque, mientras destrozaba carne sarmentosa y huesos muertos con sus demoledores golpes. Los arrojaba al suelo, les hacía retroceder a empellones, pero se levantaban y volvían a la carga de nuevo. Aquello no podía durar... ¿Qué hacía N'Longa, en nombre de Dios? Kane lanzó una rápida y dolorosa mirada por encima del hombro. El hechicero estaba en la parte más alta del saliente, con la cabeza echada atrás y los brazos levantados, como en una invocación.
La visión de Kane se emborronó ante la cantidad de horribles rostros de ojos fijos y carmesíes. Los que tenía enfrente, ahora eran espantosos de ver, porque sus cráneos estaban destrozados, sus rostros hundidos y sus miembros rotos. Pero aún perseveraban y los que estaban detrás rodearon sus hombros para agarrar al hombre que les desafiaba.
Kane estaba manchado de rojo, pero toda la sangre era suya. Ni una sola gota de sangre surgía de las, desde largo tiempo atrás, marchitas venas de aquellos monstruos. De repente, un largo y penetrante lamento sonó a sus espaldas: ¡N'Longa! Sonaba alto y claro sobre el estrépito de la implacable culata del mosquete y el resquebrajarse de huesos... la única voz que se escuchó en aquella pavorosa refriega.
La oleada de vampiros se amontonó a los pies de Kane, arrastrándole hacia abajo. Se sintió lacerado por afiladas garras, mientras unos labios flácidos bebían de sus heridas. Tambaleándose, volvió a levantarse, maltrecho y ensangrentado, y se hizo un espacio libre con un arrollador movimiento de su destrozado mosquete. Luego, volvieron a rodearle y cayó al suelo.
-¡Es el fin -pensó, pero, en aquel mismo instante, la presión aflojó y el cielo se llenó repentinamente de un aletear de grandes alas-.
Entonces se vio libre y se levantó tambaleándose, ciego y mareado, preparándose para reanudar la refriega. Pero la horda vampírica huía pendiente abajo y, sobre sus cabezas y pegados a sus hombros, volaban enormes buitres, rasgando y desgarrando con avidez, hundiendo sus picos en la carne muerta. Devorando a las criaturas en su huida.
Kane se rió con ademanes casi enfermizos.
-¡Podéis desafiar a Dios y al hombre, pero no podéis engañar a los buitres, hijos de Satanás! ¡Ellos saben cuándo un hombre está vivo o muerto!
N'Longa se erguía en la cima como un profeta y las grandes y oscuras aves volaban en círculos a su alrededor. Sus brazos aún ondeaban y el gemido penetrante de su voz aún recorría las colinas. Y, sobre el horizonte llegaron, horda tras horda interminable...
¡Buitres, buitres, buitres!, llegados al banquete que tanto tiempo se les había negado. Ennegrecían el cielo con su número, anegaban el sol, y una extraña oscuridad descendió sobre la tierra. Dispuestos en largas y oscuras filas, zambulléndose en las cavernas con un zumbido de alas y un entrechocar de picos. Sus garras rasgando los malignos horrores vomitados por aquellas cuevas.
Ahora todos los vampiros huían hacia su ciudad. La venganza, contenida durante eras, se había abatido sobre ellos y su última esperanza estaba en los grandes muros que habían mantenido alejados a los desesperados enemigos humanos. Bajo aquellos tejadosderruidos podrían hallar refugio. Y N'Longa miró cómo se introducían en su ciudad formando un río, y se carcajeó hasta que los riscos devolvieron su risa.
Ahora, todos estaban dentro y las aves formaron una nube sobre la ciudad condenada, posándose en sólidas hileras a lo largo de los muros, y afilándose los picos y las garras en las torres.
Y N'Longa entrechocó piedra contra acero, acercándolos a un haz de hojas secas que había traído consigo. Este prendió instantáneamente y él se enderezó, arrojando el llameante objeto hacia lo lejos, por encima de los acantilados. Con una lluvia de chispas, éste cayó como un meteoro sobre el altiplano inferior y la alta hierba se incendió.
El Miedo fluía en olas invisibles desde la silenciosa ciudad bajo ellos, como una niebla blanca. Kane esbozó una feroz sonrisa.
-La hierba está marchita y quebradiza por la sequía... esta estación ha llovido incluso menos de lo normal; arderá rápidamente.
Como una serpiente escarlata, el fuego recorrió la alta hierba muerta. Se extendió más y más, y Kane, desde su lugar en lo alto, aún sentía la temible intensidad de los cientos de pupilas rojas que observaban desde la ciudad de piedra.
La serpiente escarlata ya había alcanzado los muros y se levantaba como para enroscarse y cerrarse a su alrededor. Los buitres se elevaron con su pesado aleteo y planearon reluctantes. Una errabunda ráfaga de viento avivó la llama y se extendió como una larga y roja sábana alrededor del muro. Ahora, la ciudad se hallaba rodeada por todas partes con una sólida barricada de llamas. El rugido llegó hasta los dos hombres que estaban en el alto risco.
Las llamaradas cruzaban volando por encima del muro, prendiendo en la alta hierba de las calles. Un grupo de llamas saltó, creciendo con terrorífica velocidad. Calles y edificios quedaron envueltos por un velo rojo y, a través de aquella giratoria niebla carmesí, Kane y N'Longa vieron cientos de oscuras siluetas corretear y contorsionarse, para desvanecerse de repente en rojas explosiones de llamas. Un intolerable hedor de carne descompuesta y ardiente se elevó hacia lo alto.
Kane miraba asombrado. Aquel era, verdaderamente, un infierno sobre la tierra. Como en una pesadilla, recorrió con la mirada aquel caldero rojo y rugiente en el que unos oscuros insectos peleaban contra su condenación, pereciendo. Las llamas saltaron subiendo en el espacio unos centenares de pies y, de súbito, por encima del rugido se alzó un grito bestial e inhumano, como un chillido que llegara cruzando golfos sin nombre de espacio cósmico, cuando un vampiro, en su muerte, rompió las cadenas de silencio que le habían mantenido preso durante siglos sin cuento. Alto y obsesionante, se elevaba como el canto de cisne de una raza evanescente.
Entonces, las llamas desaparecieron de repente. El incendio había sido un fuego de rastrojos, corto y voraz. Ahora, el altiplano mostraba una extensión ennegrecida y la ciudad era una masa carbonizada y humeante de piedra desmenuzada. No había ni uncadáver a la vista, ni siquiera un hueso calcinado. Sobre todo ello giraban las oscuras bandadas de buitres, pero también estos comenzaban a diseminarse.
Kane miró fija y ávidamente hacia el limpio cielo azul. Aquella visión era, para él, como la de un fuerte viento marino disipando una niebla de horror. Desde algún sitio le llegó el velado y lejano rugir de un león en la distancia. Los buitres se alejaban, aleteando en líneas negras y desordenadas.


V. ¡Asunto cerrado!

Kane estaba sentado en la entrada de la caverna en la que yacía Zunna, sometida a un cuidadoso vendaje por parte del hechicero.
Las ropas del puritano colgaban en andrajos alrededor de su torso; sus miembros y pecho presentaban profundas heridas y oscuras magulladuras, pero no había sufrido ninguna herida mortal durante la letal pelea del risco.
-¡Hombres poderosos, nosotros! -declaró N'Longa con profunda satisfacción-. Ciudad de vampiros ahora en silencio. ¡Ya lo creo! Ningún muerto caminante vivo por estas colinas.
-No lo entiendo -dijo Kane, apoyando el mentón en su mano-. Dime N'Longa, ¿cómo has hecho esas cosas? ¿Cómo hablaste conmigo en mis sueños? ¿Cómo te metiste en el cuerpo de Kran? ¿Cómo convocaste a los buitres?
-Mi hermano de sangre -dijo N'Longa, renunciando a su jactanciosa manera de expresarse en mal inglés, para hacerlo en el dialecto del río conocido por Kane-. Soy tan viejo que me llamarías mentiroso si te dijera mi edad. He hecho magia durante toda mi vida 'buckra' y aprendí más... Hermano mío, ¿cómo puedo abarcar todos estos años en un momento y hacerte comprender con una palabra lo que me ha costado tanto tiempo aprender? Ni siquiera podría hacerte comprender cómo esos vampiros preservaron sus cuerpos de la ruina bebiendo las vidas de los hombres.
"Duermo y mi espíritu viaja por la jungla y los ríos para hablar con los espíritus durmientes de mis amigos. Hay una magia poderosa en el bastón vudú que te di... una magia surgida de la Vieja Tierra que atrae mi espíritu hacia él, como la magia del hombre blanco atrae el metal."
Kane escuchaba en silencio, viendo por primera vez, en los relucientes ojos de N'Longa, algo más fuerte y profundo que el ávido destello del que trabaja con magia negra. A Kane casi le parecía mirar en el interior de los clarividentes y místicos ojos de un profeta de la antigüedad.
-Yo te dirigí la palabra en sueños -continuó N'Longa- y atraje un poderoso sueño sobre las almas de Kran y Zunna, trasladándolos a una tierra lejana y sombría de la que pronto regresarán sin recordar nada. Todas las cosas se inclinan ante la magia, hermano desangre, y las bestias y las aves obedecen sus palabras de dominio. Obré un fuerte hechizo, magia vultúrida, y el pueblo volador del aire se reunió acudiendo a mi llamada.
"Yo conozco estas cosas y formo parte de ellas, pero ¿cómo podría hablarte sobre su esencia? Hermano de sangre, eres un poderoso guerrero, pero en los caminos de la magia eres como un niño perdido. Y lo que a mí me ha llevado largos y oscuros años conocer, no lo puedo explicar de forma que lo comprendas. Amigo mío, tu solo piensas en malos espíritus; pero, si mi magia fuera siempre mala, ¿no tomaría este espléndido y joven cuerpo en lugar del mío, viejo y arrugado, y me quedaría con él? Pero Kran recuperará su cuerpo a salvo.
"Quédate con el báculo vudú, hermano de sangre. Posee un enorme poder contra todos los hechiceros, serpientes y criaturas malignas. Ahora regreso al poblado de la costa donde duerme mi verdadero cuerpo. ¡Y tú, mi hermano de sangre!"
Kane señaló silenciosamente hacia el este.
-La llamada no se debilita. Me marcho.
N'Longa asintió y extendió la mano. Kane la estrechó. La expresión de misticismo había huido del rostro del hechicero y los ojos centelleaban con una especie de alegría reptiliana.
-Yo marchar ahora, hermano de sangre -dijo el hechicero, volviendo a su adorada jerga, de cuyo conocimiento se sentía más orgulloso que de todos sus conjuros-. Tu cuidarte... ¡Porque hermana jungla poder aún arrancarte los huesos!... Recordar ese báculo vudú, hermano. Así ser, ¡asunto cerrado! -Cayó hacia atrás sobre la arena y Kane vio la expresión aguda y maliciosa de N'Longa desvanecerse del rostro de Kran. Su carne volvió a hormiguear. En algún lugar de la Costa de los Esclavos, el cuerpo de N'Longa, marchito y arrugado, se retorcía en la choza ju-ju y se levantaba, como de un sueño muy profundo. Kane se estremeció.
Kran se incorporó sentándose, bostezó, se estiró y sonrió. A su lado, la joven Zunna se levantó frotándose los ojos.
-Amo -dijo Kran disculpándose- nos hemos debido quedar dormidos.

(Título original: The Hills of the Dead. Weird Tales, agosto, 1930).
Versión en castellano de Juan Carlos García.






























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