jueves, 16 de abril de 2020

RELATO: "El absceso", Robert Bloch


Ilustración de Virgil Finlay





El absceso



Robert Bloch





Ante todo, he de declarar que no puedo demostrar la autenticidad de esta historia. Tal vez haya sido una pesadilla, o, lo que sería peor, un síntoma de algún grave desequilibrio mental, pero yo sé que es verídica. Después de todo, ¿qué sabemos de lo que puede ocurrir en este mundo? Estamos acostumbrados a leer diariamente numerosas relaciones de increíbles monstruosidades y extrañas perversiones. Cada guerra, cada nuevo descubrimiento científico o geográfico sirve para comprobar una vez más que el mundo que habitamos no es el ameno lugar que tanto nos gusta imaginarnos. Por tanto, ¿cómo vamos a estar seguros de nuestros conceptos concernientes a lo que es, a lo que debe ser la realidad?
Un hombre, de entre un millón, recibe conocimientos y revelaciones que causan verdadero espanto, mientras que el resto de sus semejantes sigue viviendo, por fortuna, sin sospechar siquiera la existencia de ese «saber». Algunos de los sabios que tras eventual desaparición vuelven a la luz pública son considerados como locos, al paso que otros se reservan para sí lo que han aprendido, con lo que demuestran sensatez y sagacidad. Todos hemos leído relatos de serpientes de mar, leyendas de enanos y gigantes, horrendos informes de experimentos biológicos... Y, por otra parte, estamos enterados de que aún existen caníbales y necrófilos, asesinos maníacos y practicantes de la brujería y el espiritismo. Por eso... cuando pienso en lo que vi con mis propios ojos y lo comparo con todas estas otras muestras de anormalidad, temo por mis facultades mentales.
El doctor Pierce me recomienda siempre que tenga calma, que no me preocupe demasiado. Y también fue él quien me aconsejó que escribiese este relato, a fin de descargar mi mente y despojarme de mis temores, pero yo no puedo calmarme. No me calmaré hasta que sepa la verdad, de una vez por todas. Hasta que me halle completamente convencido de que esos temores no se fundan en una horrenda realidad.
Ya tenía yo los nervios un poco alterados cuando llegué a Bridgetown para pasar allí un período de reposo. Había trabajado mucho en mi clase de la universidad, en el curso del año, y me sentía contento de encontrarme lejos de la rutina diaria, siquiera por una corta temporada. Y si elegí el pueblo de Bridgetown para disfrutar mis vacaciones, fue por el hecho de que en su lado abundan las truchas, y yo soy un apasionado de la pesca. También era un veterano en este deporte el dueño del hotel adonde fui a alojarme, míster Gates, cuyo padre había montado una industria pesquera a finales del pasado siglo. Y como las habitaciones eran limpias y espaciosas, y la comida muy abundante y excelentemente preparada por la hermana del hotelero, ¿qué más podía desear?
El primer día de mi estancia en Bridgetown me encontré casualmente con Simon Manglore. Lo había conocido en la universidad, durante mi segundo año como profesor de literatura. Incluso entonces me había impresionado su aspecto, y no sólo por sus características físicas, pese a que éstas eran bastante inusitadas. Simon Manglore era de elevada estatura y delgada complexión, pero siempre andaba encorvado hacia delante, no como un verdadero jorobado, sino como si padeciera algún tumor situado bajo el omóplato izquierdo. Resultaba obvio que hacía lo posible por ocultar la deformidad, pero era tan prominente que sus esfuerzos no obtenían el efecto apetecido.
Por lo demás, y aparte esta malformación, bien podría haberse considerado a Simon como un hombre de grata presencia. Con sus oscuros cabellos y sus ojos grises, parecía un ejemplar de la clase más inteligente de la humana sociedad. Y a este respecto, he de indicar que fue su inteligencia, precisamente, lo que más me impresionó. Sus trabajos eran verdaderamente singulares, pues en muchos casos revelaban el genio de su autor. Pese a la morbosa tendencia de todas sus obras, ensayos y poesías, no podía dejar de advertirse la notable imaginación capaz de producir esos escritos. Uno de sus poemas, «La Bruja Ahorcada», le valió el premio «Edsworth Memorial» del año en que lo presentó a concurso, y varios de sus mejores trabajos fueron publicados en algunas colecciones privadas.
Otra de las facetas de la personalidad de Simon consistía en su propensión a la soledad. No alternaba nunca con los demás estudiantes, a muchos de los cuales les habría complacido su compañía, debido a su afable carácter y a su vasto conocimiento en materia de arte y literatura. De todos modos, y paulatinamente, fui ganándome su confianza, y con ella, su amistad, hasta el punto de que llegó a invitarme a su alojamiento, donde mantuvimos interesantes conversaciones. Así me enteré de su afición a las ciencias ocultas y de su ascendencia italiana. Uno de sus antepasados había sido un agente secreto de los Medicis. Y gran parte de su familia había emigrado a América, huyendo de ciertos cargos presentados contra sus miembros por el tribunal de la Sagrada Inquisición.
También me habló Simon Manglore de sus estudios en los terrenos de lo desconocido, y me enseñó dibujos que había realizado inspirándose en sus sueños, así como una serie de extrañas imágenes de arcilla. Los estantes de su biblioteca contenían infinidad de libros antiguos, entre los que vi el «De Masticatione Motuorum (sic) in Tumulis», de Ranfts, publicado en 1734; el valiosísimo «Cábala de Saboth», traducción griega de alrededor del 1686; los «Comentarios sobre Brujería», de Mycroft, la ignominiosa obra de Ludvig Prinn, «Misterios del Gusano».
Muchas visitas hice al departamento de Simon Manglore, antes de que éste abandonara súbitamente sus estudios en la universidad, hacía ya dos años, a causa del fallecimiento de sus padres, acaecido en una ciudad del Este. Se había marchado sin despedirse de nadie, pero eso no obstó para que yo siguiera respetándole y admirando su capacidad de trabajo, y, sobre todo, para que me sintiese interesado en sus proyectos, uno de los cuales era un libro sobre la historia de la supervivencia de cultos mágicos en los Estados Unidos. No había vuelto a tener noticias suyas, porque no me escribió ninguna carta, y por eso me sorprendí aún más, al tropezarme inopinadamente con él en una calle de Bridgetown.
Simon me reconoció al punto. Y fue quien se dirigió a mí, para saludarme, porque yo no le habría reconocido, debido al cambio experimentado en su aspecto. Al estrecharle la mano, reparé en su descuidada apariencia, lo mismo que en la delgadez de su rostro, más pálido que en la última ocasión en que lo había visto. Además, mostraba violáceas ojeras y una mirada apagada y su voz sonaba con tono más ronco que antes, mientras me preguntaba por mi estado de salud y por el motivo de mi presencia en aquel pueblo. Tras haberle contestado, escuché a mi vez lo que me dijo, al explicarme que vivía en Bridgetown, que había vivido allí desde la muerte de sus padres, que estaba trabajando intensamente en la redacción de un libro, pero que los resultados de su tarea justificarían sobradamente los esfuerzos que en aquellos días realizaba. Luego añadió que le gustaría charlar un largo rato conmigo. Por desdicha, se hallaba muy atareado, aunque era posible que fuese a verme al hotel la semana próxima. A continuación, murmuró una frase de saludo y giró sobre sus talones, para alejarse con rápidos pasos. Y entonces recibí otra impresión, al advertir que el bulto de su espalda había aumentado de tamaño, hasta adquirir casi el doble del volumen que tenía dos años atrás. Por lo visto, el exceso de trabajo le había costado a Simon una buena parte de sus energías, porque aquel absceso... o lo que fuera, resultaba ya imposible de disimular. ¿Y si se tratase de un sarcoma?
Con un estremecimiento, opté por volver al hotel. Y a lo largo del trayecto no pude por menos de apiadarme por la desdicha que afligía a aquel amigo y ex alumno mío, cuya salud se hallaba minada. Me propuse hacer lo que estuviese a mi alcance para aliviar su situación, pero antes de llegar al hotel se me ocurrió otra idea: la de interrogar a míster Gates acerca de Simon Manglore y sus trabajos, ya que el dueño del establecimiento podía estar enterado de todo lo referente a él y facilitarme algunos datos sobre su curiosa transformación. Minutos después, busqué a míster Gates y le expuse mi deseo. Y lo que oí no me satisfizo en absoluto. Al parecer, los habitantes del pueblo no simpatizaban con Simon Manglore, ni tampoco habían mantenido cordiales relaciones con su familia, cuyo apellido seguía teniendo mala fama desde los tiempos en que el primero de sus miembros había llegado a la comarca. Brujas y hechiceros. Así calificaban los vecinos de Bridgetown a todos los Manglores, los cuales habían procurado ocultar siempre sus actividades, mas sin éxito alguno, pues las gentes del pueblo sabían fisgar en vidas ajenas. Por otra parte, parecía que todos los miembros de esa familia estaban afectados por deformidades físicas, que los ponían aún más en evidencia. Algunos de ellos habían nacido en extrañas circunstancias y con malformaciones; otros habían sido acusados de causar «mal de ojo», y no faltaban entre ellos los que veían mejor de noche que de día. En cuanto al propio Simon, no era el primero de su familia que padecía abscesos o sarcoma en la espalda, ni mucho menos. Su abuelo había sufrido un tumor por el estilo, y también el abuelo de su abuelo.
En opinión de Gates, los Manglores practicaban una especie de segregación familiar, lo cual inducía a suponer que todos ellos se dedicaban a nefandas actividades de brujería. Prueba de ello, según Gates y sus convecinos, era el hecho de que los Manglores hubieran esquivado siempre el trato con la gente del pueblo, apartados como vivían en su viejo caserón de la colina. Además, nunca asistían a las ceremonias religiosas. Y por si fuera poco, todos estaban enterados de su afición a pasearse por los campos durante las horas de la noche, cuando las personas conscientes y respetables se hallaban entregadas al descanso.
Por mi parte, pensé que tal vez tuvieran los Manglores sus buenas razones para desear que nadie fuese a visitarles, cosas que querían mantener ocultas en su casa, quizás cosas de valor, pero la gente afirmaba que no había allí nada de valor, sino libros, tratados de brujería, de los que sacaban fórmulas mágicas para obrar hechizos. El caso era que todos los miembros de aquella familia habían actuado de modo misterioso, y era lógico que suscitaran sospechas. Y por lo que pude escuchar de boca de Gates, el peor de todos era el propio Simon.
Simon había venido al mundo en medio de desgracias. Su nacimiento ocasionó la muerte de su madre. Luego, y por espacio de varios años, nadie le había visto. Su padre y un tío suyo se habían encargado de criarle y cuando cumplió los siete años le enviaron a un colegio de fuera de la población. En ese internado estuvo hasta los doce años, que fue cuando volvió a su casa, para coincidir con el fallecimiento de su tío, que según algunos, se había vuelto loco de repente y había sufrido una hemorragia cerebral. Aparte el bulto que presentaba en la espalda, Simon era entonces un chico de agradable apariencia. Habíase ausentado nuevamente, para regresar dos años atrás, a la muerte de su padre, que murió en el caserón sin que nadie lo supiera. Su cuerpo no había sido descubierto hasta varias semanas después, cuando un vendedor ambulante llamó a la puerta y se decidió a abrirla para echar un vistazo al vestíbulo, al no recibir respuesta. Allí estaba Jeffry Manglore, muerto en un sillón, con los ojos abiertos y expresión aterrorizada. Frente a su cuerpo se encontró un enorme libro, cuyas páginas mostraban extraños e indescifrables garabatos.
El médico que reconoció el cadáver dijo que la muerte había sido debida a un colapso, pero el vendedor ambulante no estaba tan seguro de tal cosa... y habría registrado gustosamente toda la casa, si no hubiera sido por otro hecho misterioso: la inesperada llegada de Simon, aquella misma noche.
La gente del pueblo sabía que nadie le había avisado de lo ocurrido, por la sencilla razón de que todos ignoraban su paradero. Tampoco sirvió para aclarar la cuestión la presentación por Simon de una carta escrita por su padre, en la que éste le advertía que se sentía muy enfermo y temía un fatal desenlace. En consecuencia, los vecinos empezaron a murmurar y a rehuir a Simon, que acabó por recluirse en su casa y no bajar al pueblo sino cuando tenía necesidad de comprar algunas cosas, entre las que se contaban drogas sedantes. Por su parte, no se mostraba tampoco muy accesible, ya que hablaba poco y solía responder escuetamente a lo que se le preguntaba, si bien con cortesía. Y al paso que sus visitas iban haciéndose cada vez menos frecuentes, la gente del pueblo aceptó el rumor de que estaba escribiendo un libro, antes de dedicar sus comentarios al creciente bulto que deformaba su espalda.
Lo que más extraño resultaba era que Simon, pese al inconfundible mal que le afectaba, no hubiera acudido nunca al médico. Por si fuera poco, notábase que su constitución física se hallaba en declive. Cada vez que se le veía ofrecía la impresión de estar más débil y avejentado, hasta el punto de que empezaba a parecerse a su tío. Con todas estas circunstancias, compréndase que los vecinos de Bridgetown prodigaran sus comentarios sobre aquel miembro de la familia Manglore, la cual había provocado hablillas en el pueblo a lo largo de varias generaciones.
Más tarde, la especulación de la gente del pueblo tuvo nuevos y más tangibles motivos en que basarse, a causa de las visitas que Simon realizaba a algunas aisladas fincas de la comarca. Al presentarse en esas casas de campo, Simon declaraba que estaba escribiendo un libro sobre folklore, e interrogaba a los ancianos acerca de viejas leyendas y creencias, como por ejemplo, la del «Mensajero Negro». También preguntaba si había allí alguna «casa encantada» o que tuviera fama de albergar fantasmas, así como si recordaban historias concernientes a sacrificios de ganado efectuados en algún aquelarre. Esta clase de preguntas no hizo más que despertar la prevención de los campesinos, los cuales, aun en caso de haber dispuesto de tal información, jamás la habrían revelado a aquel hombre que era un forastero para ellos. Por eso tropezaba Simon con respuestas evasivas o rotundas negativas dondequiera que fuese.
Uno de los granjeros, llamado Thatcherton, declaró que Simon se había presentado en su casa una noche, a eso de las ocho, para preguntarle si sabía dónde se encontraba un cementerio abandonado que debía de hallarse cerca de allí. Según afirmó Thatcherton, el visitante daba señales de gran agitación y hacía constantes alusiones a los «secretos de la tumba», al «decimotercer pacto», al «Banquete de Ulder» y al «cántico de Doel». También se refirió al «ritual del tío Yig», y quiso saber si se celebraban extrañas ceremonias en los bosques de los alrededores, y si de vez en cuando faltaba alguna cabeza de ganado. Luego, al responder el dueño de la casa negativamente y prohibir la entrada en su finca al desazonado Simon, éste había montado en cólera y empezado a protestar. Pero entonces había ocurrido un hecho misterioso, y fue que Simon palideció y se calló de repente, para excusarse y marcharse en seguida. Por lo visto, debía de sentirse acometido por súbitos retortijones, pues Thatcherton vio que se alejaba doblado por la cintura y con expresión de intenso dolor. Y también...
También creyó haber visto Thatcherton otra cosa, pero no quería dar crédito a sus ojos. Al menos, le había parecido que el enorme bulto formado por el absceso de Simon... ¡se movía! Algo así como si su visitante hubiera llevado algún animal a la espalda, bajo su chaqueta, pero como se encontraba impresionado por el tema de la conversación, no se fijó con suficiente atención como para poder asegurarlo más tarde. Lo que no obstó para que se apresurase a difundir lo que había visto, o, mejor dicho, lo que había creído ver. A partir de aquella vez, Simon se había recluido en su casa y no había vuelto al pueblo hasta pocos minutos antes, que fue cuando yo lo había encontrado.
No me sentía yo muy dispuesto a admitir aquellos datos. Mi larga experiencia me había enseñado a desconfiar de tales rumores. Conocía de sobra la psicología rural para saber que cualquier hecho inusitado suele suscitar recelos entre los campesinos. ¿Que la familia Manglore había vivido apartada del trato de los demás? Bueno, ¿y qué? Casi todas las familias de origen extranjero acostumbran a hacer eso. Y el hecho de que algunos de sus miembros presentaran deformidades físicas no quería decir que fuesen hechiceros. La fantasía popular ha tachado muchas veces de brujos a los pobres contrahechos. ¿Que los Manglores leían libros raros? Nada de particular u ofensivo tenía esta costumbre. Como tampoco, el hecho de que algunos de ellos viesen mejor de noche que de día. En cuanto a la propensión a la locura que también se les atribuía... era lógico que unos seres que vivían en casi perpetua soledad se comportasen de modo desusado, pero Simon no tenía nada de desequilibrado. Al contrario, siempre había revelado inteligencia y claridad de juicio, aparte su pasión por el ocultismo, claro está. Su error había consistido en buscar informes para su libro entre los iletrados y desconfiados campesinos, sin tener en cuenta que éstos reaccionarían cazurramente, de acuerdo con su condición.
De todos modos, me propuse ir a hablar cuanto antes con mi ex alumno, para tratar de persuadirle a librarse de tan desfavorable ambiente y convencerle de la necesidad de someterse a los cuidados de un buen médico. Porque era una lastima que su genio creador se perdiese en aquel pueblo. Con tal propósito, cené y me acosté. Y a las cinco de la tarde del día siguiente eché a andar por la carretera, rumbo a la casa de los Manglores. Confieso que al ver aquel enorme y viejo caserón, con sus desencajadas ventanas y su general aspecto de abandono, no pude evitar un estremecimiento, pero me repuse en seguida y me acerqué a la puerta, tirando del cordón de la campanilla. Segundos después, el rumor de unos espaciados pasos me indicó que alguien acudía a recibirme. Y al abrirse la puerta con inesperada brusquedad...
Aquí estaba Simon, más encorvado que nunca, apretados los puños a ambos lados de su escuálido cuerpo y mirándome con expresión de contenida rabia. Su aspecto evocaba el de una fiera preparada para saltar sobre su presa. Y sus enrojecidos ojos se fijaron en los míos, al par que su voz sonaba con acerba entonación:
Ya está viendo cómo me encuentro hoy. Márchese de aquí. No sea idiota y... ¡largo de aquí!
Y cerró de un portazo.



* * *



De regreso en la habitación del hotel, procuré sacudir mi aturdimiento, a fin de razonar. Era muy posible que el pobre Simon se encontrase gravemente afectado por algún trastorno nervioso, como parecía indicarlo uno de los rumores que circulaban por el pueblo, con respecto a sus compras de productos sedantes, en la farmacia. Y yo, un tanto influido por el relato del dueño del hotel, había llegado a creer que estaba desequilibrado, a causa de su brusca reacción. Prometime entonces que volvería a visitarle y me disculparía, y que a continuación haría lo posible por convencerle de que debía marcharse del pueblo y ponerse en tratamiento, pues sus nervios lo estaban consumiendo.
A la mañana siguiente, Simon Manglore me recibió de muy distinta forma que el día anterior. A pesar de su aspecto enfermizo, su mirada y su voz eran los de siempre, los que yo había conocido en la universidad. Tras haberse excusado por su actitud hacia mí, me aseguró que estaba decidido a tomarse una temporada de reposo, ya que comprendía el peligro que corría si se esforzaba demasiado con su trabajo. Por otra parte, se sentía contento, porque estaba a punto de terminar el libro que escribía. Sólo le faltaban unas cuantas páginas...
A poco, el tema de la conversación fue variando insensiblemente, hasta que recayó en los recuerdos de la facultad, de los días en que él y yo cambiábamos pareceres sobre diversas cuestiones y sobre muchos otros puntos que me impidieron dirigirle preguntas directas acerca de su estado de salud, lo que no obstó para que advirtiese que no era normal. En efecto, no dejó de notar la intensa palidez de su rostro, reveladora de pobreza de sangre, tensión nerviosa y muchas otras causas, y también el monstruoso aumento de volumen experimentado por aquel bulto en la espalda, que tanto temía yo que dado su anormal y alarmante aspecto, fuese un tumor canceroso.
Aprovechando una pausa, le interrogué a propósito de su trabajo. Y me contestó, en tono vago, que era bastante complicado y que no quería excitarse con la relación de sus interesantes descubrimientos en el campo de la brujería. Luego se refirió a sus estudios e investigaciones sobre los demonios llamados «familiares», que según creencia popular son los emisarios de Satanás y asisten a las brujas en sus prácticas, adoptando forma de pequeños animales. Y seguidamente indicó que en su libro aludía a la alimentación de estos familiares por medio de sangre extraída de los cuerpos de brujas y hechiceros, así como a los efectos de ciertos desórdenes glandulares en los casos conocidos como de «posesión diabólica». Al llegar a este punto, Simon se calló bruscamente y dijo que se sentía fatigado.
Mientras le seguía por el pasillo, en dirección al vestíbulo, pude notar la extremada delgadez de aquel pobre joven que parecía un viejo achacoso, así como la enorme hinchazón de su espalda y el temblor que agitaba su cuerpo, tan extraño, que el bulto daba la impresión de moverse. Entonces recordé el relató que Thatcherton había hecho circular en el pueblo, insinuando que aquel tumor fuese algún animal escondido bajo la chaqueta de Simon. Claro que la suspicaz mentalidad de un campesino podía inducirle a creer muchas cosas, incluso inverosímiles.
Una vez en la puerta, Simon se volvió hacia mí y me deseó buenos días, pero no me ofreció la mano. Resultaba obvio que quería despedirse cuanto antes, y además, no cabía duda de que había vuelto a acometerle el dolor que tanto había extrañado a Thatcherton; un dolor que crispaba sus facciones y le obligaba a encorvarse notablemente, como la noche anterior, como si se dispusiera a arrojarse contra mí. Pese a que me hallaba prevenido, no pude evitar que mi expresión trasluciera la sorpresa que me dominaba. Simon abrió la boca como si fuera a decirme algo, pero se agachó aún más y emitió una estridente risotada, cuyo sonido me produjo un estremecimiento, antes de echarse atrás y cerrar la puerta con violencia.
Perplejo y atemorizado, empecé a caminar hacia el pueblo, en tanto me preguntaba si Simon Manglore no habría perdido la razón. Porque lo que acababa de hacer no era propio de un hombre normal. ¿Hasta dónde le conducirían sus alterados nervios?



* * *



Tras una noche de concienzudas reflexiones, decidí que no había tiempo que perder. Tuviese o no que terminar su condenado libro, Simon Manglore debía marcharse cuanto antes a un sanatorio, porque su equilibrio mental se hallaba en gravísimo peligro. Y puesto que sabía lo inútiles que habrían resultado mis esfuerzos por convencerle en tal sentido, me propuse emplear métodos más coercitivos que el simple intento de obligarle a razonar. En consecuencia, aquella misma tarde fui en busca del doctor Carstairs, el médico del pueblo, y después de referirle lo que había llegado a mi conocimiento con respecto a Simon, le sugerí que me acompañase a su casa. Accedió a mi petición y preparó inmediatamente su maletín con lo necesario para efectuar un completo reconocimiento del enfermo.
Poníase el sol en el momento en que monté en el asiento posterior del coche del doctor Carstairs. Al cabo de un rato nos aproximamos al caserón, y como ambos íbamos en silencio, podíamos oír los graznidos de los cuervos que pululaban por los alrededores. Por eso oímos también el escalofriante alarido que de pronto partió de aquella aislada casa, y que hizo que asiese a mi acompañante de un brazo. Poco después corríamos por el sendero que llevaba a la escalinata, tirando con fuerza del cordón de la campanilla y aporreando la puerta con los puños. En vista de que nadie acudía, optamos por introducirnos por una ventana lateral y a continuación el doctor Carstairs encendió su linterna y me precedió por las silentes y desiertas habitaciones, hasta la puerta del estudio, donde Simon y yo habíamos estado hablando el día anterior. Sin consultarnos previamente, empujamos la puerta... y proferimos una horrorizada exclamación.
Simon Manglore yacía boca abajo en el suelo, sobre un charco de sangre. Sus ropas aparecían desgarradas desde el cuello a la cintura, de modo que toda la espalda quedaba al descubierto. Y cuando vimos... lo que vimos, nos apoyamos el uno en el otro y luego procedimos a hacer lo único que podía realizarse en aquellas circunstancias, pero con la vista apartada de aquella «cosa» monstruosa que estaba sobre la espalda del muerto.
Por fortuna, las impresiones fuertes aturden a un hombre y le embotan los sentidos, porque de lo contrario, la reacción podría resultar fatal. Ahorraré al lector descripciones detalladas, y sólo diré que el doctor Carstairs y yo, de mutuo acuerdo, destruimos sin tardanza los documentos y libros que encontramos en la biblioteca del infortunado Simon, así como la obra que no había terminado de escribir. Los quemamos en la chimenea, antes de ir en busca de la policía. Y si el doctor hubiera hecho prevalecer su criterio, también debíamos haber destruido aquella monstruosidad, pero la dejamos para que la viesen las autoridades. Y a continuación nos marchamos al pueblo, donde aún me quedaba otra cosa que destruir: la carta que, dirigida a mi nombre, encontré sobre el escritorio de Simon, y que entre otras cosas decía lo siguiente:
«... y por eso me decidí a estudiar artes de brujería, porque eso me obligó a hacerlo. Si yo pudiera expresarle el horror que sentí al saber que había nacido con ese monstruo pegado a mi cuerpo... Al principio, era muy pequeño. Los médicos dijeron que se trataba de un hermano gemelo cuyo desarrollo se había interrumpido durante la gestación, ¡pero estaba vivo! Tenía cabeza y dos manos y sus piernas se hundían en mi propia carne, como si fueran raíces...
»Por espacio de tres años los médicos lo tuvieron sometido a estudio, secretamente, claro está. Su posición era siempre la misma, de cara a mi espalda y con las manos sujetas a mis hombros. Tenía unos pulmones rudimentarios, pero carecía de aparato digestivo. Por eso se nutría mediante un tubo flexible que lo conectaba con mi cuerpo. ¡Y crecía! Fue creciendo poco a poco, y llegó el momento en que abrió los ojos y le salieron los dientes. Una vez le mordió en la mano a uno de los médicos, y éstos decidieron enviarme a casa, donde mi padre no conocía la verdad del caso, ni se enteró hasta poco antes de mi llegada. Qué cambio hubo entonces en casa... ¡ Qué cambio infernal!
»El monstruo me hablaba. Movía sus ojos enrojecidos, en esa cara de mono, y me pedía constantemente, con su vocecilla chillona: «Más sangre, Simon; quiero más sangre.» Y seguía creciendo. Yo tenía que alimentarlo dos veces al día y cortarle las uñas de sus negras manecitas.
»Lo que nunca sospeché en mi niñez fue que llegara a dominar mi voluntad. Si lo hubiera sabido, habría sido capaz de matarme, porque los médicos habían dicho que la separación quirúrgica resultaría fatal para mí. El año pasado me ordenó que escribiera este libro... y a veces me obligaba a salir de noche, con extraños cometidos. Su sed de sangre era insaciable, y yo me sentía cada vez más débil. Traté de resistirme, pero sin éxito alguno. Tampoco dieron resultado mis estudios sobre los demonios familiares, con miras a desembarazarme de su dominio. Todo fue inútil. Eso siguió creciendo y conforme adquiría vigor se volvía más atrevido, más exigente... No sé si participar en un aquelarre para...
»Sé que estoy volviéndome loco. La constante pérdida de sangre... Ahora, eso ha logrado dominarme por completo. Sabe que no puedo salir de casa, por temor a que se mueva y asuste a la gente. Y aprovecha mis estados de inconsciencia para dictarme lo que tengo que escribir en mi libro, el cual es obra suya, de su diabólico cerebro, y no mía. Sé que usted pretende llevarme a un sanatorio, pero él se opondrá. Incluso en este momento noto sus mandatos cerebrales, con los que me ordena que deje de escribir esta carta, pero yo no le obedeceré. Quiero que destruya todos los libros antiguos que están en mi biblioteca. Y por encima de todo, quiero que me mate, en caso de que advierta que este horrible enano se ha apoderado totalmente de mi voluntad, porque sólo Dios sabe lo que intentará hacer, si llegara a subyugarme por completo. Le aseguro que me cuesta mucho escribir, con esas órdenes de que deje la pluma y rompa el papel. No cederé. Debo seguir escribiendo, hasta que le ponga en antecedentes de todo lo que esta horrenda criatura me ha comunicado: sus planes demoníacos, lo que se propone hacer en el mundo, en cuanto haya acabado de esclavizarme. No puedo ni siquiera pensar en lo que escribo, pero lo escribiré. Me ha dicho... Me está clavando las uñas en el cuello, no pue...»
Así terminaba aquella carta, que Simon Manglore no pudo concluir porque cayó muerto. El monstruo no quiso que sus secretos se divulgaran. Por eso habíase elevado un poco más por la espalda de Simon, para abrazarse a su cuello... para mordérselo y roérselo hasta que le produjo la muerte.





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