miércoles, 15 de julio de 2015

El pueblo del monolito



El pueblo del monolito


Dicen que los seres inmundos de los Viejos Tiempos acechan

En los oscuros rincones olvidados de la tierra,
Y que aún se abren las Puertas que liberan, ciertas noches,
A unas formas prisioneras del Infierno.
Justin Geoffrey


 "Y de pronto me di cuenta de que existía una relación entre esta Piedra y cierto poema fantástico y terrible escrito por el poeta loco Justin Geoffrey: El Pueblo del Monolito. Las indagaciones que realicé me confirmaron que, en efecto, Geoffrey había escrito este poema durante un viaje por Hungría; por consiguiente, no cabía duda de que el monolito a que se refería en sus versos extraños era la misma Piedra Negra."


(...)

"Por qué alquimia perversa, por qué impío sortilegio se abren las Puertas del Infierno en esa noche pavorosa, no lo sé, pero mis propios ojos lo han visto, yo sé que no vieron ningún ser viviente aquella noche, pues en el manuscrito que redactó la cuidadosa mano de Selim Bahadur se explica detalladamente lo que él y sus compañeros de armas descubrieron en el valle de Stregoicavar. Y leí, descritas con todo detalle, las abominables obscenidades que la tortura arrancaba de los labios de los aullantes adoradores; y también leí lo que contaba sobre cierta caverna perdida, tenebrosa, arriba en las montañas, donde los turcos, horrorizados, habían encerrado un ser monstruoso, hinchado, viscoso como un sapo, dándole muerte con el fuego y el acero antiguo, bendecido siglos antes por Mahoma, y mediante conjuros que ya eran viejos cuando Arabia era joven. Y aun así, la mano firme del anciano Selim temblaba al evocar el cataclismo, las sacudidas de tierra, los aullidos agónicos de aquella monstruosidad que no murió sola, pues hizo perecer consigo -en forma que Selim no quiso o no pudo describir- a diez de los hombres encargados de darle muerte.

Y aquel ídolo chato, fundido en oro y envuelto en seda, era la imagen de ese mismo ser, que Selim había arrancado de la cadena que rodeaba el cuello del cadáver del gran sacerdote-lobo.

¡Bien está que los turcos barrieran ese valle impuro con el fuego y con la espada! Visiones como las que han contemplado estas montañas desoladas deben pertenecer a las tinieblas y a los abismos de edades perdidas. No, no hay que temer que esa especie de sapo me haga temblar de horror en la noche, Está encadenado en el Infierno, junto con su horda nauseabunda, y sólo es liberado con ellos una hora, en la noche más espantosa que he visto jamás. En cuanto a sus adoradores, ninguno queda ya en este mundo.

Pero, al pensar que tales cosas dominaron una vez el espíritu de los hombres, me siento invadido por un sudor frío. Tengo miedo de leer las páginas abominables de von Junzt, porque ahora comprendo lo que significa esa expresión que tanto repite: ¡Las llaves!… ¡Ah! Las llaves de las Puertas Exteriores, enlaces con un pasado aborrecible y, quién sabe, con aborrecibles esferas del presente. Y comprendo por qué las escarpas parecían murallas almenadas bajo la luz de la luna, y por qué el sobrino del tabernero, acosado por las pesadillas, vio en sueños la Piedra Negra surgiendo como remate de un castillo negro y gigantesco. Si los hombres excavaran entre esas montañas, puede que hallaran cosas increíbles bajo las laderas que las enmascaran. En cuanto a la caverna donde los turcos encerraron aquella.. bestia, no era propiamente una caverna. Me estremecí al imaginar el insondable abismo de tiempo que se abre entre el presente y aquella época en que la tierra se estremeció, levantando como una ola aquellas montañas azules que cubrieron cosas inconcebibles. ¡Ojalá ningún hombre cave al pie de ese remate horrible que se llama Piedra Negra!


¡Una llave! ¡Ah, la Piedra es una Llave, símbolo de un horror olvidado! Ese horror se ha diluido en el limbo del que surgió como una pesadilla durante el nebuloso amanecer de la Tierra. Pero, ¿qué hay de las otras posibilidades diabólicas que insinúa von Junzt?... ¿De quién era esa mano monstruosa que estranguló su vida? Desde que leí el manuscrito de Selim Bahadur, ya no he albergado ninguna duda sobre la Piedra Negra. No ha sido siempre el hombre, señor de la tierra... Pero ¿lo es ahora?"
La Piedra Negra, Robert E. Howard









"Con el correr del tiempo, terminé por decidirme a seguir estudios de arquitectura y archivé el proyecto de ilustrar un libro con los siniestros poemas de Edward, sin que ese renunciamiento significara la menor mella para nuestra amistad. El exuberante talento del joven Derby continuó manifestándose con el mismo brillo de sus primeros tiempos y apenas cumplidos los dieciocho años, una recopilación de sus oníricos poemas, titulada Azathoth y otros horrores, provocó una encrespada reacción entre la crítica. Por entonces mantenía una estrecha correspondencia con el famoso poeta baudelairiano Justin Geoffrey, el autor de El pueblo del monolito, el mismo que murió en medio de alaridos en 1926 en un manicomio, tras visitar un ominoso poblado de Hungría cuya memoria es mejor no conservar."
El ser en el umbral, H.P. Lovecraft






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