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lunes, 20 de abril de 2020

RELATO: "Alrededores de cemento", Brian Lumley



Imagen por Borja Pindado



Alrededores de cemento



Brian Lumley



1

Nunca dejará de asombrarme cómo algunos pretendidos cristianos se complacen perversamente en las desdichas de los demás. La prueba de esto penetró a la fuerza en mi casa, con los rumores totalmente innecesarios que me importunaron a raíz del fatal decaimiento del pariente más próximo que me quedaba.
Había quienes concluían que así como la Luna es responsable de las mareas, y en parte del lento movimiento de las capas superiores de la Tierra, de igual modo lo era del comportamiento de sir Amery Wendy-Smith, a su regreso de África. Como prueba señalaban la repentina fascinación de mi tío por la sismografía —el estudio de los temblores de tierra—, materia que atraía su interés hasta tal extremo que construyó su propio instrumento, un modelo que no incorpora la convencional base de cemento, y de tal exactitud que mide incluso el más leve de los estremecimientos que constantemente sacuden nuestro mundo. Tengo ante mí ahora ese mismo instrumento, rescatado de las ruinas de la casa de campo, y de vez en cuando lo miro con inquietud. Antes de su desaparición, mi tío pasaba horas y horas, aparentemente sin objeto, estudiando los quebrados movimientos del estilo sobre el papel milimetrado.
Por lo que a mí respecta, me resultaba extraño por demás el que mientras sir Amery estuvo en Londres, después de su regreso, evitara viajar en Metro y pagase desorbitantes cuentas de taxi, antes que bajar a lo que él denominaba «esos túneles tenebrosos». Extraño, desde luego, pero nunca lo consideré un signo de locura.
Sin embargo, sus pocos amigos realmente allegados parecían convencidos de su locura, atribuyéndola al hecho de haber vivido demasiado sumergido en esas civilizaciones muertas y casi olvidadas que tanto le fascinaban. Pero ¿cómo podía haber sido de otro modo? Mi tío era arqueólogo hasta la médula. Sus extraños vagabundeos por países extranjeros no eran consecuencia de ningún anhelo de lucro o de fama. Más bien los emprendía por amor a la vida, pues la fama que de ellos resultaba —como ocurre frecuentemente— recaía la mayoría de las veces en sus siempre ávidos colegas. Estos contemporáneos suyos le envidiaban y habrían emulado sus éxitos, de haber poseído la perspicacia y curiosidad de que él estaba tan excepcionalmente dotado... o maldito, como ahora empiezo a creer. Mi rencor hacia ellos se debe a la manera en que le volvieron la espalda después de la espantosa culminación de esa última y fatal expedición. En los primeros años, muchos se habían sentido «atraídos» por sus descubrimientos, pero en esa última expedición, los «parásitos» no fueron invitados, les excluyó del favor, no les ofreció la oportunidad de apoderarse de una gloria remozada. Por eso creo que la mayor parte de las afirmaciones de que había perdido el juicio no eran ni más ni menos que un rencoroso medio de minimizar su genio.
Ciertamente, ese último safari fue su final físico. Al que antes había sido un hombre erguido y fuerte, habida cuenta de su edad, con un pelo como el azabache y una sonrisa constante, se le vio andar con la espalda cargada y muchos kilos de menos. Su pelo se había vuelto gris y su sonrisa nerviosa y rara, mientras que un pronunciado tic sacudía su carne en una comisura de la boca. Antes de que estos espantosos achaques hiciesen posible que sus en otro tiempo «amigos» le ridiculizaran, antes de la expedición, sir Amery había descifrado o traducido —sé muy poco de estas cosas— un puñado de ladrillos rotos y seculares, conocidos en los círculos arqueológicos como los Fragmentos de G'harne.
Aunque él no hablaba nunca abiertamente de sus logros, sé que fue ese descubrimiento lo que le impulsó a ir, desventuradamente, a África.
Él y un grupo de amigos personales, todos ellos caballeros igualmente instruidos, se adentraron en ese continente en busca de una ciudad legendaria que, según creía sir Amery, existió siglos antes de que se pusieran los cimientos de las pirámides. En efecto, de acuerdo con sus cálculos, los primeros antepasados del hombre no habían sido concebidos aún cuando las inmensas murallas de G'harne alzaban sus monolíticas tallas hacia unos cielos primordiales. Con respecto a la edad de la plaza, si es que existió, no podían ser refutadas las pretensiones de mi tío. Las recientes comprobaciones científicas sobre los Fragmentos de G'harne habían demostrado que eran anteriores al período triásico, y su misma existencia resultaba imposible de explicar, a no ser como una arcilla milenaria.
Sir Amery, solo y en una terrible situación, se topó con un campamento de salvajes, cinco semanas después de su partida del pueblo nativo donde la expedición tuvo contacto por última vez con la civilización. Indudablemente, aquellos hombres feroces que encontró habrían terminado con él allí mismo, de no ser por sus supersticiones. Su aspecto enajenado y la extraña lengua en la que gritaba, justamente con el hecho de haber surgido de una zona que era «tabú» en sus leyendas tribales, contuvo sus manos. Finalmente, le cuidaron hasta devolverle cierta apariencia de salud y le transportaron a una región más civilizada, desde la que poco a poco fue capaz de abrirse camino hasta el mundo exterior.
De los demás miembros de la expedición, nada se volvió a saber ni oír, y sólo yo conozco la historia, porque la he leído en la carta que mi tío me dejó. Pero dejaré eso para más adelante.
Después de su regreso solitario a Inglaterra, sir Amery desarrolló esas excentricidades ya mencionadas, y la mera alusión o especulación por parte de extraños sobre la desaparición de sus colegas bastaba para que empezase a desvariar horriblemente sobre cosas inexplicables, tales como «un país enterrado donde Shudde-M'ell medita y burbujea y trama la destrucción de la raza humana y la liberación del Gran Cthulhu de su prisión acuática...» Cuando se le instó oficialmente a que diese cuenta de la desaparición de sus compañeros dijo que habían muerto en un terremoto, y aunque, según la opinión común, se le pidió que aclarase su respuesta, no dijo nada más...
Así, como no estaba seguro de cómo reaccionaría a las preguntas sobre su expedición, no quise interrogarle sobre ella. Sin embargo, en aquellas raras ocasiones en que hablaba espontáneamente sin que se le presionase, yo escuchaba ávidamente porque igual que los demás, anhelaba esclarecer el misterio.
Había vuelto hacía sólo unos meses cuando súbitamente se marchó de Londres y me invitó a su casa de campo, aislada aquí en los pantanos de Yorkshire, para que le hiciese compañía. Esta invitación fue una cosa extraña en sí misma, ya que él era un hombre que había pasado meses enteros en absoluta soledad, en diversos lugares desolados y apartados, y le gustaba considerarse una especie de ermitaño. Acepté porque vi una ocasión perfecta para compartir un poco de esa soledad que me parecía particularmente útil para escribir.


2

Un día, poco después de instalarme en su casa, sir Amery me enseñó un par de esferas extrañamente hermosas y nacaradas. Medían unos diez centímetros de diámetro, y aunque no había logrado identificar categóricamente el material de que estaban hechas, me dijo que parecía ser una desconocida combinación de calcio, crisolita y polvo de diamante.
«Cualquiera sabe cómo se habrá conseguido», decía él. Las esferas, dijo, habían sido halladas en el emplazamiento de la muerta G'harne —fue la primera alusión al hecho de que había encontrado realmente el lugar—, sepultadas bajo tierra en un estuche de piedra, sin tapa, con extraños ángulos y ciertos grabados absolutamente remotos en sus caras. Sir Amery no fue explícito ni mucho menos respecto de dichos dibujos, comentando solamente que sugerían cosas tan repugnantes que no estaría bien describirlas con demasiado detalle. Finalmente, en respuesta a mis preguntas de sondeo, me contó que representaban monstruosos sacrificios a cierta deidad inefable y atónica. Se negó a decir más, pero me remitió, ya que yo parecía tan «tremendamente ansioso», a las obras de Cómodo y del obseso Caracalla. Dijo también que en la caja, juntamente con los grabados, había muchas líneas de caracteres profundamente tallados, muy semejantes a los grabados cuneiformes de los Fragmentos de G'harne y que, en ciertos aspectos, tenían un inquietante parecido con los casi impenetrables Manuscritos Pnakóticos. Muy posiblemente, prosiguió, el recipiente había sido una caja de adorno, y las esferas, con toda probabilidad, debieron de ser chucherías de algún niño de la antigua ciudad; desde luego, se mencionaba a los niños —o jóvenes de muy corta edad— en lo que él había logrado descifrar de la singular escritura de la caja.
Fue en este punto de su relato cuando observé que los ojos de sir Amery empezaban a vidriarse y que su voz comenzaba a flaquear, casi como si algún extraño obstáculo psíquico afectase su memoria. Sin previo aviso, como el hombre que cae súbitamente en trance hipnótico, se puso a murmurar cosas sobre Shudde-M'ell y Cthulhu, Yog-Sothoth y Yibb-Tstll —«dioses remotos que desafían toda descripción»— y sobre mitológicos lugares de nombres igualmente fantásticos: Sarnath e Hiperbórea, R'lyeh y Ephiroth y muchos otros...
Aunque yo estaba deseoso de saber más sobre aquella trágica expedición, temía ser yo quien detuviera a sir Amery en sus explicaciones. Pero por más que me esforcé, oyéndole balbucear esas cosas, no pude evitar que se reflejase en mi rostro una expresión de compasión, de modo que cuando me miró, se excusó apresuradamente y corrió a refugiarse en la intimidad de su habitación. Más tarde, cuando pasé por delante de su puerta, le vi concentrado en su sismógrafo, y parecía estar correlacionando las señales de su papel con un atlas mundial que había cogido de la biblioteca. Me preocupó el notar que hablaba tranquilamente consigo mismo.
Naturalmente, siendo lo que era, y teniendo tan gran interés en los problemas étnicos, mi tío siempre había poseído —junto con sus colecciones de documentos históricos y geográficos— una serie de obras superficiales relativas al saber antiguo y a primitivas y dudosas religiones. Me refiero a obras como La rama dorada o el Culto de las brujas, de Margaret Murray. Pero ¿qué podía pensar yo de aquellos otros libros que encontré en su biblioteca a los pocos días de mi llegada? Había en sus estantes al menos nueve obras de las que sé que aluden a tales atrocidades que han sido calificadas por autoridades de muy distintas épocas de infames, blasfemas, repugnantes, execrables y completamente demenciales. Estaban entre ellas el Cthaat Aquadingen, de autor desconocido; las Notas sobre el Necronomicón, de Feery; el Liber Miraculorum; la Historia de la magia, de Eliphas Lévi, y un ejemplar encuadernado en una piel ya descolorida del horrendo Cultes des Goules. Quizá el peor que vi fue un volumen mohoso de Cómodo que este maníaco escribió en el año 183, y que habían evitado que siguiese cuarteándose mediante laminación.
Y más aún, como si estos libros no fuesen lo bastante desconcertantes, ¡estaba eso otro! ¿Qué podría decir del cántico indescifrable, como un zumbido, que oía a menudo y que procedía de la habitación de sir Amery en plena noche? La primera vez que ocurrió esto fue la sexta noche de mi estancia en su casa; me sacaron de mi desasosegado sopor los morbosos acentos de una lengua aparentemente imposible de imitar por las cuerdas vocales del hombre. Sin embargo, mi tío se expresaba con fluidez; yo logré transcribir una especie de estribillo que repetía frecuentemente, en lo que consideré que podía ser su expresión fonética más apropiada. Los fonemas resultantes —o sonidos— eran:

Ce'haiie ep-ngh fl'hur G'harne fhtagn,
Ce'haiie fhtagn ngh Shudde-M'ell.
Hai G'harne orr'e ep fl'hur,
Shudde-M'ell ican-icanicas fl'hur orr'e G'harne...

Aunque entonces me pareció impronunciable, tal como lo oía, he descubierto que cada día que pasa, de un modo extraño, la pronunciación de esas palabras me resulta más fácil, como si con la proximidad de un horror obsceno fuese más capaz de proferir esas terribles expresiones. Quizá se deba a que últimamente, en mis sueños, he tenido ocasión de repetir esas mismas palabras, y, como todas las cosas se hacen más sencillas en los sueños, mi fluidez ha pasado a mi vida ágil. Pero eso no explica los temblores, los mismos inexplicables temblores que tanto asustaban a mi tío. ¿Son las sacudidas que provocan los perpetuos estremecimientos del estilo del sismógrafo meros vestigios de algún inmenso cataclismo subterráneo que tiene lugar a mil kilómetros de profundidad y a cinco mil de distancia... o son ocasionadas por algo distinto? ¿Algo tan outré y espantoso que mi mente se hiela cuando trato de estudiar el problema demasiado a fondo?


3

Llevaba yo con él algunas semanas, cuando sir Amery comenzó a dar claras muestras de recobrarse rápidamente. Desde luego, todavía se le veía cargado de espaldas —aunque daba la sensación de que algo menos—, y seguía con sus supuestas excentricidades; pero volvía a ser el mismo en otros aspectos. El tic nervioso había desaparecido de su cara completamente y sus mejillas habían recuperado algo de su antiguo color. Su mejoría, pensé, se debía a sus interminables estudios del sismógrafo; porque a la sazón yo había comprobado que existía una relación concreta entre los registros de esa máquina y la enfermedad de mi tío. No obstante, no alcanzaba a entender por qué los movimientos internos de la Tierra podían determinar el estado de sus nervios. Fue después de una visita a su habitación, para consultar ese instrumento, cuando me habló más de la ciudad muerta de G'harne. Era un tema del que yo tenía que haber intentado alejarle.
—Los fragmentos —dijo—, indican el emplazamiento de una ciudad cuyo nombre, G'harne, sólo se conoce por la leyenda y se la cita en el pasado junto con la Atlántida, Mu y R'lyeh. Es un mito nada más. Pero si a una leyenda se le da un emplazamiento geográfico, se la fortalece en cierto modo... y si ese emplazamiento proporciona reliquias del pasado, de una civilización perdida hace milenios, entonces la leyenda se convierte en historia. Te sorprendería conocer la cantidad de historia que efectivamente se ha reconstruido de ese modo.
»Yo tenía la esperanza, la corazonada podría decir, de que G'harne había existido en la realidad, y al descifrar los fragmentos vi que estaba a mi alcance probar, de una manera o de otra, esta realidad suya. He estado en algunos extraños lugares, Paul, y he escuchado relatos aún más extraños. Una vez viví con una tribu africana que declaraba poseer los secretos de la ciudad perdida y los narradores que contaban historias me hablaron de un país donde jamás brilla el sol; donde Shudde-M'ell, ocultándose profundamente en el suelo acolmenado, trama la propagación del mal y la locura por todo el mundo y proyecta ¡la resurrección de otras abominaciones aún peores!
»Se oculta en la tierra y espera a que llegue el momento en que las estrellas sean favorables, y sus hordas horribles sean suficientes en número, ¡para poder infestar el mundo entero con su repugnancia y provocar el retorno de otras criaturas nacidas en las estrellas, que habitaron en la Tierra millones de años antes de la aparición del hombre, y que aún estaban aquí, en ciertos lugares tenebrosos, cuando éste surgió! Y te digo, Paul —su voz se había elevado—, que aún están aquí..., ¡en los lugares más insospechados! Me hablaron de unos sacrificios a Yog-Sothoth y a Yibb-Tstll que te helarían la sangre, y de ritos horripilantes practicados bajo cielos prehistóricos, antes de que el viejo Egipto viera la luz. Las cosas que oí hacen palidecer las obras de Alberto Magno y de Grobert, y aun el propio Sade habría enmudecido de estupor al escucharlas.
La voz de mi tío había ido animándose progresivamente a cada frase, pero ahora se detuvo para tomar aliento; y en un tono más normal y sosegado, prosiguió:
—Mi primer pensamiento al descifrar los fragmentos fue organizar una expedición. Puedo decirte que yo sabía de ciertas cosas que podía haber excavado y sacado a la luz aquí en Inglaterra (te sorprendería saber lo que acecha bajo la superficie de algunas de estas apacibles colinas de Cotswold); pero eso habría alertado a toda una hueste de supuestos «expertos» y aficionados, así que opté por G'harne. Cuando mencioné por primera vez a Kyle, a Gordon y a los demás, mi idea de organizar una expedición, mis argumentos parece que fueron tan absolutamente convincentes que todos insistieron en acompañarme. Algunos, sin embargo, debieron pensar que venían a una cacería de fantasmas, pues como he explicado, G'harne estaba en el mismo reino que Mu y que Ephiroth, o lo estuvo al menos, y debieron de imaginar que iban en busca de una verdadera lámpara de Aladino; pero a pesar de todo, vinieron. No podían permitirse el lujo de no venir, porque si G'harne resultaba ser real..., ¡bueno! Pienso en la gloria que se perderían... No se lo perdonarían jamás. Y por eso no puedo perdonarme a mí mismo; porque de no haberme entremetido con los fragmentos, estarían todos aquí ahora, Dios les asista...
Nuevamente la voz de sir Amery se había llenado de cierta temerosa excitación, y prosiguió febrilmente:
—¡Cielos, pero este lugar me pone enfermo! No podré resistir mucho tiempo. Está toda esta hierba y esta tierra. ¡Me hace estremecer! Alrededores de cemento es lo que necesito; y cuanto más gruesa sea la capa de cemento, mejor... Aunque hasta las ciudades tienen sus desventajas: los metros y demás... ¿Has visto Accidente de Metro, de Pickmen, Paul? ¡Dios mío, qué película! Y aquella noche, ¡aquella noche! ¡Si los hubieses visto trepar por las minas! Si hubieses sentido los temblores... ¡Bueno! El mismo suelo oscilaba y danzaba cuando salían... Los habíamos molestado, ¿comprendes? Incluso puede que creyeran que eran atacados, y salieron... ¡Dios mío! ¿Cuál pudo ser la razón de tanta ferocidad? Sólo unas horas antes me había estado felicitando a mí mismo por haber descubierto las esferas, y luego... Y luego...
Ahora jadeaba y sus ojos, como antes, se habían vuelto vidriosos. Su voz había sufrido un extraño cambio en el timbre y sus acentos eran tartamudeantes y extraños.
—Ce-haiie, Ce'haiie..., la ciudad puede estar enterrada, pero quienquiera que diga que está muerta, no sabe lo que se dice. ¡Estaban vivos! Están vivos desde hace millones de años; quizá no pueden morir... ¿Y por qué no? ¿No son dioses, de algún modo? Y salen de noche...
—¡Tío, por favor! —exclamé.
—No me mires así, Paul, ni pienses lo que estás pensando... Han ocurrido cosas extrañas, créeme... Wilmarth, de Miskatonic, debió de contar alguna historia fantástica, ¡apostaría a que sí! ¡Tú no has leído lo que Johansen escribió! ¡Dios mío, lee el relato de Johansen! Hai ep fl'hur... Wilmarth..., el viejo charlatán... ¿Qué no habrá que sepa él y no quiera revelar? ¿Y por qué lo que se encontró en aquellas Montañas de la Locura se mantuvo tan en secreto, eh? ¿Y qué extrajo el equipo de Peabodie de la tierra? Dime todo eso, si puedes. ¡Ja, ja, ja! Ce'haiie, Ce'haiie... G'harne icanica...
Y se puso a gritar, con los ojos vidriosos y gesticulando violentamente con las manos en el aire. No creo que me viese a mí, ni nada..., salvo —con los ojos de la mente— una horrible repetición de lo que imaginaba que había sucedido. Le cogí por el brazo para apaciguarle, pero él apartó mi mano, evidentemente sin saber lo que se hacía.
—Ya salen esos seres gomosos... Adiós, Gordon... No gritéis así; los gritos me trastornan la mente... ¡Gracias al cielo que sólo es un sueño! Una pesadilla como todas las que he venido sufriendo últimamente... Es un sueño, ¿verdad? Adiós, Scott, Kyle, Leslie...
De repente, con los ojos desencajados, giró sobre sí violentamente:
—¡El suelo se abre! Cuántos... Me caigo... ¡No es un sueño! ¡Dios mío! ¡NO ES UN SUEÑO! ¡No! ¡Apartaos! ¿Me oís? ¡Aghhh! ¡El limo...! ¡Corramos!... ¡Lejos de esas voces, lejos de esos ruidos de succión y de esos cánticos!
De manera imprevista, prorrumpió él mismo en un cántico, y su espantoso acento, no distorsionado por la distancia ni por el espesor de una puerta robusta, habría hecho perder el sentido a un oyente más temeroso. Era como el que le oía a veces en plena noche, pero las palabras no parecen tan malignas sobre el papel; más bien resultan casi ridículas. Sin embargo, oírlas de una boca de mi propia carne y sangre... y con aquella antinatural fluidez...
Ep ep fl'hur G'harne,
G'harne fhtagn Shudde-M'ell hyas Negg'h.
Mientras cantaba estas increíbles palabras, los pies de sir Amery habían empezado a tantear arriba y abajo en una grotesca parodia de carrera. De pronto, empezó a gritar otra vez, y con una brusquedad sobrecogedora, saltó junto a mí y echó a correr con todas sus fuerzas, yendo a chocar contra la pared. El golpe le abatió y cayó como un guiñapo en el suelo.
Me angustió el pensar en la posibilidad de que mis limitados auxilios no fuesen los adecuados; pero para mi inmenso alivio recobró la conciencia unos minutos después. Tembloroso, me aseguró que estaba «bien, sólo un poco alterado», y sostenido por mi brazo, se retiró a su habitación.
Esa noche me fue imposible cerrar los ojos, así que me envolví en una manta y me senté junto a la habitación de mi tío, por si su sueño se veía turbado. Sin embargo, pasó una noche tranquila y, paradójicamente, por la mañana parecía haber eliminado de su organismo aquel estado, y daba muestras de franca mejoría.
Los modernos médicos saben desde hace tiempo que en ciertos estados mentales se puede conseguir una curación haciendo que el paciente reviva los sucesos que ocasionaron su trastorno. Quizá la explosión de mi tío en la noche anterior surtiera el mismo efecto; al menos así lo creí yo, porque por entonces había concebido nuevas ideas sobre su anormal comportamiento. Me decía a mí mismo que si había tenido pesadillas periódicas y en medio de una de ellas había ocurrido un terremoto en el que murieron sus amigos y colegas, era muy natural que su mente se hubiera desquiciado temporalmente al despertar y descubrir la carnicería. Y si mi teoría era correcta, explicaría también sus obsesiones sísmicas...


4

Una semana más tarde afloró otro lamentable síntoma del estado de sir Amery. Parecía haber mejorado mucho, aunque de vez en cuando aún deambulaba en sueños, y había salido al jardín «a podar un poco». Estábamos ya en el mes de setiembre y hacía frío, pero lucía el sol y pasó la mañana entera ocupado con el rastrillo y la podadera. Nos arreglábamos nosotros solos; y estaba yo pensando en ponerme a preparar la comida, cuando ocurrió una cosa muy rara. Sentí claramente moverse el suelo bajo mis pies y oí un ruido sordo y prolongado. Yo estaba sentado en el cuarto de estar cuando ocurrió, y un momento después se abrió de golpe la puerta del jardín e irrumpió mi tío. Su rostro estaba mortalmente pálido y tenía los ojos horriblemente desencajados al pasar junto a mí en dirección a su cuarto. Me quedé tan aturdido ante su súbita aparición que apenas me moví de la silla, hasta que regresó temblando al cuarto de estar. Sus manos se agitaban nerviosas al sentarse en una butaca.
—Ha sido el suelo... Creí por un segundo que el suelo... —se puso a murmurar, más para sus adentros que para mí, y a temblar visiblemente de pies a cabeza, como consecuencia de la tremenda impresión sufrida. Luego vio la preocupación reflejada en mi rostro y trató de serenarse—. El suelo... Estaba seguro de haber sentido un temblor; pero me he equivocado. Debe de ser este lugar. Todo este espacio abierto... Me temo que tendré que hacer un esfuerzo y marcharme de aquí. ¡Hay en definitiva demasiada tierra y poco cemento! Alrededores de cemento es lo que...
Estuve a punto de decirle que yo también había notado la sacudida, pero sabiendo que él creía que estaba equivocado, me callé. No quería avivar inútilmente sus considerables trastornos.
Esa noche, cuando sir Amery se hubo retirado, entré en su despacho —habitación que, aunque él nunca me lo había dicho, yo sabía que consideraba inviolable— para echar un vistazo al sismógrafo. Antes de inspeccionar el aparato, empero, vi las notas esparcidas sobre la mesa de al lado. Una mirada bastó para comprender que las hojas de blanco papel estaban cubiertas de anotaciones fragmentarias con la letra de mi tío, y cuando miré más de cerca sentí malestar, al descubrir que eran una vaga mezcolanza de sucesos aparentemente inconexos —y sin embargo, aparentemente conectados también— en relación con sus fantásticas conjeturas. Dichas notas han pasado a mi posesión definitiva, y dicen textualmente así:

MURO DE ADRIANO
Años 122-128. Ladera del limes (¿¿la Gn'yah de los Fragmentos??). Temblores de tierra interrumpieron excavaciones, por lo que los bloques de basalto quedaron abandonados en el foso incompleto con agujeros en cuña para abrir la piedra.
W'nyal-Shash (MITRA )
Los romanos tenían sus propias deidades, pero no a Mitra, a quien los discípulos de Cómodo el Maníaco ofrecían sacrificios en la ladera del Limes. ¡Y ésa era la misma zona donde, cincuenta años antes, se desenterró y descubrió un gran bloque de piedra con inscripciones y dibujos grabados! El centurión Silvano borró ambas cosas a golpes y enterró el bloque otra vez. Recientemente se ha descubierto un esqueleto, identificado positivamente como el del propio Silvano por la sortija de sello de uno de sus dedos, bajo el suelo (profundo) donde una vez hubo una Taberna Vicus en Housesteads Fort; ¡pero no sabemos cómo desapareció! Tampoco eran demasiado precavidos los seguidores de Cómodo. Según Caracalla, también desaparecieron súbitamente... ¡durante un terremoto!
AVEBURY
(¿¿La A'byy neolítica de los Fragmentos y de los Manuscritos Pnakóticos??). Ref. al libro de Stukeley, Un templo para los druidas británicos. Druidas, efectivamente... ¡Pero Stukeley casi acertó al hablar del Culto a la Serpiente! ¡Gusanos, para ser más exactos!
CONCILIO DE NANTES
(Siglo IX). El concilio no sabía lo que se hacía cuando ordenó: «Que también las piedras, aquellas que, engañados por los demonios, adoran en las ruinas y en el interior de los bosques, donde hacen sus votos solemnes y ejecutan sus ofrendas, sean arrancadas de sus mismos cimientos y arrojadas a lugares donde sus devotos jamás puedan encontrarlas otra vez»... ¡He leído este párrafo tantas veces que se me ha grabado en la memoria! Sólo Dios sabe lo que sucedió a los pobres diablos que trataron de cumplir las órdenes del Concilio...
DESTRUCCIÓN DE GRANDES PIEDRAS
En los siglos XIII y XIV, la Iglesia intentó también arrancar ciertas piedras de Avebury, objeto de supersticiones locales, ¡ya que las gentes del campo participaban en los cultos paganos y de brujería que se celebraban en torno a ellas! De hecho, algunas de las piedras fueron destruidas —mediante fuego y lucha— «por los trazados que había en ellas».
INCIDENTE
1920-25. ¿Por qué se realizó el enorme esfuerzo de enterrar una de las grandes piedras? Un temblor de tierra ocasionó el deslizamiento de la piedra, atrapando a un obrero. Al parecer, no se hizo nada por rescatarle... El «accidente» sucedió de noche, ¡y otros dos hombres murieron de terror! ¿Por qué huyeron los demás trabajadores del lugar? ¿Y qué era el titánico ser que uno de ellos vio hundirse en el suelo entre contorsiones? Al parecer, dicho ser dejó un olor nauseabundo detrás... Por su OLOR los conoceréis... ¿Era miembro de otro nido de gules intemporales?
EL OBELISCO
¿Por qué rompieron el enorme obelisco de Stukeley? Los trozos fueron enterrados a principios del siglo XVIII , pero en 1833, Henry Browne encontró sacrificios quemados en el lugar... Y cerca, en Silbury Hill... ¡Dios mío! ¡Dichoso monte del demonio! Hay cosas, aun en medio de estos horrores, cuyo mero pensamiento resulta imposible de soportar; ¡y mientras conserve mi juicio, es mejor que Silbury Hill sea uno de ellos!
AMÉRICA : INNSMOUTH
1928. ¿Qué sucedió realmente y por qué el Gobierno federal arrojó cargas de profundidad en el Arrecife del Diablo, en la costa atlántica, exactamente frente a Innsmouth? ¿Por qué desaparecieron la mitad de los ciudadanos de Innsmouth? ¿Cuál era su relación con la Polinesia, y qué hay sepultado en las tierras bajo el mar?
EL QUE CAMINA EN EL VIENTO
(El Caminante de la Muerte, Ithaqua, el Wendigo, etc.) Sin embargo, otro horror, ¡aunque de tipo diferente! ¡Y qué prueba! Supuestos sacrificios humanos en Manitoba. Increíbles circunstancias rodean el Caso Norris. Spencer, de la Universidad de Quebec, afirma la literal validez del caso... Y al...

Pero ahí terminaban las notas, y cuando las leí por primera vez me alegré de que fuese así. Cada vez era más evidente que mi tío estaba muy lejos de encontrarse bien, y no muy en su juicio. Desde luego, siempre cabía la posibilidad de que hubiese escrito esas notas antes de su aparente mejoría, en cuyo caso su estado no era forzosamente tan malo como parecía.
Después de volver a colocar las notas exactamente como las había encontrado, volví mi atención hacia el sismógrafo. La línea del gráfico era recta y firme, y cuando quité el carrete y revisé el papel vi que durante los últimos doce días había registrado aquella casi antinatural e invariable línea recta. Como he dicho, ese aparato y el estado de mi tío se hallaban directamente relacionados, y esta prueba de quietud de la tierra era indudablemente la razón del relativo bienestar que había experimentado él últimamente.
Pero aquí había otra cosa singular... Francamente, estaba asombrado de mis descubrimientos, pues estaba seguro de haber notado un temblor —en efecto, había oído un ruido sordo y prolongado—, y parecía imposible que sir Amery y yo hubiésemos sufrido la misma y simultánea ilusión sensorial. Rebobiné el carrete, y al volverme para salir de la habitación, reparé en algo que se le había caído a mi tío. Era un pequeño tornillo de bronce que brillaba en el suelo. Una vez más, desmonté el carrete y vi el agujero del que faltaba, que ya había observado antes, aunque no me había parecido nada importante. Ahora adiviné que era el lugar del tornillo. No tengo ni idea de mecánica y no podría decir qué papel desempeñaba este pequeño elemento en el funcionamiento del aparato; no obstante, lo volví a colocar, y el instrumento quedó en perfecto estado. Entonces me quedé un instante junto a él, para asegurarme de que marchaba perfectamente, y a los pocos segundos comprobé que todo estaba en regla. Fueron mis oídos los primeros en advertirme del cambio. Antes había sonado un zumbido de maquinaria de reloj y un ruido como de raspar continuo y uniforme. El zumbido aún sonaba, pero en vez del raspar uniforme, oí suaves rasgueos que atrajeron mis fascinados ojos hacia el estilo.
Aquel tornillito, evidentemente, era la clave de todo. No era de extrañar que la sacudida que sentimos por la mañana, y que había alterado tantísimo a mi tío, hubiese quedado sin registrar. El instrumento no había funcionado correctamente entonces; pero ahora, sí... Ahora podía verse claramente cómo cada pocos minutos el suelo se estremecía con unos temblores que, aunque no tan fuertes como para notarlos sensiblemente, eran, desde luego, lo bastante intensos como para que el estilo zigzaguease sobre la superficie del papel giratorio.
Me sentí en un estado mucho más agitado que el propio suelo cuando finalmente me retiré esa noche. No obstante, no era capaz de determinar la causa de mi nerviosismo. ¿Por qué, exactamente, me sentía tan aprensivo respecto a mi descubrimiento? Desde luego, yo sabía que ahora el efecto del funcionamiento —¿correcto?— del aparato sobre mi tío habría sido probablemente de lo más desagradable, y que hubiera podido provocarle otra de sus «explosiones»; pero ¿era eso lo que me llenaba de inquietud? Cuando lo pensaba, no veía razón alguna por la que una zona del campo recibiese un porcentaje de temblores de tierra mayor del que le correspondía. Por último, concluí que, o el aparato era defectuoso, o era enormemente sensible, y me fui a acostar asegurándome a mí mismo que la violenta sacudida que habíamos sentido había sido mera coincidencia con el estado de mi tío. No obstante, antes de dormirme, noté que el aire mismo parecía cargado de una extraña tensión, y que la leve brisa que había agitado las últimas hojas durante el día se había calmado completamente, dejando una quietud absoluta en la que, durante mi sueño ligero, me pareció que el suelo temblaba toda la noche bajo mi cama...


5

Al día siguiente, me levanté temprano. Andaba escaso de material de escribir y había decidido coger el único autobús de la mañana para Radcar. Me marché antes de que se levantase sir Amery, y durante el viaje volví a pensar en los sucesos del día anterior; entonces decidí hacer alguna averiguación mientras estuviese en el pueblo. En Radcar tomé un bocado y luego pasé por las oficinas del Radcar Recorder, donde un tal señor Mckinnen, subdirector, me fue particularmente útil. Estuvo un rato en el teléfono de la oficina, haciendo extensas preguntas en interés mío. Finalmente me dijo que durante la mayor parte del año no había habido temblores de ningún tipo en Inglaterra, cuestión que yo habría discutido, evidentemente, de no haber esperado más información. Me enteré de que había habido algunas pequeñas sacudidas y que éstas habían ocurrido en lugares como Goole, que distaba unos kilómetros (una de ellas había tenido lugar precisamente en las últimas veinticuatro horas) y en Tenterden, cerca de Dover. Había habido también un levísimo temblor en Ramsey, Huntingdonshire. Le di las gracias efusivamente al señor Mckinnen por su ayuda, y me habría marchado inmediatamente; pero a última hora se le ocurrió preguntarme si me interesaría comprobarlo en las colecciones de periódicos internacionales. Acepté agradecido y me dejó que revisase yo solo un enorme montón de traducciones interesantes. Naturalmente, la mayoría no me servían de nada, pero no me costó demasiado dar con lo que me interesaba. Al principio me costó trabajo creer en el testimonio de mis propios ojos. Leí que en agosto había habido terremotos en Aisne de tal gravedad que una o dos casas se habían derrumbado hiriendo a determinado número de personas. Estas sacudidas habían sido semejantes a las que había habido semanas antes en Agen, en el sentido de que parecían más consecuencia de un asentamiento del terreno que un verdadero terremoto. A primeros de julio habían tenido lugar también temblores en Calahorra, Chinchón y Ronda, España. La trayectoria era recta como el vuelo de una flecha y pasaba por —o más bien por debajo de— el estrecho de Gibraltar y Xauen, en el Marruecos español, donde una calle entera de casas se había venido abajo. Más allá, sin embargo... Pero ya tenía bastante. No me atreví a seguir leyendo; no quería saber —ni aun remotamente— el paradero de la muerta G'harne...
¡Oh! Había más que suficiente para hacerme olvidar el motivo original de mi viaje. Mi libro podía esperar, porque ahora había cosas más importantes que hacer. Mi siguiente escala fue la biblioteca del pueblo, donde saqué el Atlas Mundial, de Nicheljohn, y lo abrí por esa página que tiene un mapa doblado de las Islas Británicas. Mi conocimiento de la geografía y condados ingleses es regular, y me había parecido extraordinario el que lugares sin relación alguna hubiesen sufrido pequeños terremotos. No me había equivocado.
Utilizando un segundo libro a modo de regla, pude unir Goole, de Yorkshire, con Tenterden, en la costa sur, y vi con un hormigueo de monstruosa aprensión que la línea pasaba muy cerca, si no directamente por Ramsey, en Huntingdonshire. Seguí con angustiado interés la línea hacia el norte, y con los ojos súbitamente febriles, vi que pasaba ¡a menos de una milla de la casa de campo de los pantanos! Mis dedos torpes e insensibles volvieron las páginas hasta que encontré la correspondiente a Francia. Me detuve un instante, y luego proseguí hasta encontrar España, y, finalmente, África. Durante largo rato permanecí inmóvil, en anonadado silencio, volviendo páginas de vez en cuando, comprobando nombres y lugares de manera mecánica... Cuando finalmente abandoné la biblioteca, mis pensamientos se arremolinaban en torbellino, y sentí que me recorría la espalda un escalofrío de arcaico terror abismal. Mis nervios, antes perfectamente equilibrados, empezaban ya a desmoronarse...
Durante el viaje de regreso por los pantanos en el autobús de la tarde, el ronroneo del motor me arrulló, sumiéndome en una especie de sopor en el que otra vez oí algo que sir Amery había murmurado, algo que había dicho en voz alta cuando dormía, y probablemente soñaba. Había dicho:
«No les gusta el agua... Inglaterra está a salvo... Tienen que ahondar demasiado...»
El recuerdo de esas palabras me sobresaltó, desvelándome completamente y produciéndome un frío que me penetró hasta la médula de los huesos. No fueron ésos unos sentimientos de falso y alucinado presagio, pues en la casa me esperaba lo que consumaría la completa destrucción de mi sistema nervioso...
Cuando el autobús dio la vuelta en la curva final del bosque que oculta la casa, ¡lo vi! El edificio se había derrumbado. ¡Sencillamente, no podía comprenderlo! Aun sabiendo lo que sabía —con todas las pruebas que lentamente había ido recogiendo—, era demasiado para la comprensión de mi torturado cerebro; bajé del autobús y esperé a que éste pasara los coches aparcados de la policía, antes de cruzar la carretera. La cerca de la casa había sido derribada para dejar paso a una ambulancia ahora estacionada en el jardín singularmente inclinado. Habían montado proyectores, pues era casi de noche, y un par de socorristas trabajaba frenéticamente entre las increíbles ruinas. Al quedarme contemplándolo todo, horrorizado, se me acercó un oficial de la policía y, tras identificarme, me contó la siguiente historia.
Al pasar, un motorista había visto el derrumbamiento, y los temblores que acompañaron se habían sentido en Marske. El motorista se dio cuenta de que poco podía hacer él solo, y fue rápidamente a Marske a dar parte. Al parecer, la casa se había venido abajo como un castillo de naipes. La policía y una ambulancia se habían presentado en el lugar del suceso en cuestión de minutos, y las operaciones de rescate habían comenzado inmediatamente. Por ahora parecía que mi tío estaba fuera cuando ocurrió el derrumbamiento, pues hasta el momento no habían encontrado rastro alguno de él. Habían notado un olor extraño, hediondo en el lugar, pero se desvaneció poco después de comenzar los trabajos de rescate. Los socorristas habían despejado los suelos de todas las habitaciones, salvo el del despacho; y mientras el oficial me ponía al corriente, seguían sacando más escombros. Súbitamente, se hizo silencio en el excitado murmullo de voces. Vi que el grupo de obreros que trabajaban en el rescate se habían quedado como mirando algo en el suelo. Mi corazón dio un vuelco, y trepé por encima de los escombros para averiguar qué era lo que habían descubierto.
Allí, en lo que había sido el piso del despacho, estaba lo que yo había temido y casi me esperaba. Era simplemente un boquete. Un boquete abierto en el piso; pero en los bordes quedaban restos del entarimado, y por la forma en que se había astillado, parecía como si el suelo, en vez de hundirse, hubiera sido destrozado desde abajo...


6

Desde entonces, no se ha sabido nada de sir Amery Wendy-Smith, y aunque figura entre las personas desaparecidas, yo sé que de hecho está muerto. Se ha ido a los mundos de antigua maravilla y lo único que pido es que su alma vague por el lado nuestro del umbral. Pues en nuestra ignorancia, cometimos con sir Amery una gran injusticia, yo y todos los que hemos pensado que había perdido el juicio. Ahora entiendo todos sus extraños comportamientos; pero el llegar a comprenderlo resulta duro, y sé que me va a costar caro. No, él no estaba loco. Hizo lo que hizo como autoprotección, y aunque sus precauciones resultaron inútiles, en definitiva fue el miedo a un terror innominado, y no la locura, lo que le impulsó a adoptarlas.
Pero lo peor está aún por venir. Yo mismo tengo que enfrentarme con un final parecido. Lo sé, porque haga lo que haga, los temblores me persiguen. ¿O son sólo figuraciones mías? ¡No! Tengo muy poco trastornado el juicio. Mis nervios están deshechos, pero mi mente está intacta. ¡Sé demasiado! Ellos me han visitado en sueños, como creo que visitaron a mi tío, y lo que han leído en mi mente les ha advertido del peligro que corren. No se atreven a dejarme investigar, pues he llegado a tal punto que un día podría denunciarlos plenamente a los hombres, antes de que estén preparados... ¡Dios! ¿Por qué no ha contestado ese viejo loco de Wilmarth, de la Miskatonic, a mis telegramas? ¡Debe haber una salida! Aun ahora siguen cavando, esos moradores de las tinieblas... ¡Pero, no! Sería inútil. Debo seguir y terminar este relato. No he tenido tiempo de ir a contarles a las autoridades la verdad, pero aun cuando lo hubiese tenido, sé cuál habría sido el resultado. «Hay algo mal en la sangre de los Wendy-Smith», dirían. Pero este manuscrito contará la historia por mí y también servirá de advertencia para los demás. Quizá cuando se vea lo próximos que pasan mis paralelos de los de Sir Amery, sienta la gente curiosidad; con este manuscrito como guía, quizá lo averigüen los hombres y destruyan la vieja locura de la Tierra, antes de que sea ésta quien les destruya a ellos...
Unos días después del derrumbamiento de la casa de campo de los pantanos, me instalé aquí, en esta casa de las afueras de Marske, para estar cerca por si aparece de nuevo mi tío, aunque tengo muy poca esperanza. Pero ahora, un terrible poder me retiene aquí. No puedo huir... Al principio, su poder no era tan fuerte, pero ahora... Ya no soy capaz ni de abandonar este escritorio y sé que el final ha de llegar pronto. Me encuentro inmovilizado en esta silla como si hubiese echado raíces en ella, y todo lo que puedo hacer es ¡escribir! Pero debo seguir..., debo seguir... Aunque los movimientos del suelo son mucho más fuertes ahora. Este condenado, burlesco, infernal estilo salta locamente de un lado a otro del papel...
A los dos días tan sólo de instalarme aquí, la policía me entregó un sobre sucio y manchado de tierra. Lo encontraron entre las ruinas de la casa —cerca de aquel extraño boquete—, y está dirigido a mí. Contiene esas notas que ya he copiado, y una carta de sir Amery, que por su espantoso final, debía de estar aún escribiendo cuando el horror vino por él... Bien pensado, no es de sorprender que el sobre escapara a la destrucción. Ellos no sabían qué era, y por eso no le prestaron ningún interés. En realidad, nada en la casa fue destruido deliberadamente —o sea, nada inanimado—, y por lo que he podido averiguar, los únicos objetos que faltan son aquellas terribles esferas, o lo que quedaba de ellas... Pero debo apresurarme... No puedo escapar, y los temblores de tierra no cesan de aumentar en fuerza y en frecuencia... ¡No! No tendré tiempo. No tendré tiempo de escribir todo lo que quería contar... las sacudidas son demasiado fuertes... Dema siado fuer tes... Int errum pen mi má quina dees cribir... terminar é esto de la única f orma que me qu eda y coser é lac arta de s ir Amer y a este man uscr ito...

«Querido Paul:
»En caso de que esta carta llegue a ti, hay ciertas cosas que debo pedirte que hagas por la salvación y la cordura del mundo. Es absolutamente necesario que estas cosas sean estudiadas y afrontadas, aunque no sé qué decir sobre cómo puede hacerse lo que pido. Era mi intención, por mi propia salud mental, olvidar lo sucedido en G'harne. Cometí un error al tratar de ocultarlo. En este mismo momento, hay hombres excavando en lugares extraños y prohibidos, y ¿quién sabe lo que pueden desenterrar? Ciertamente, todos esos horrores deben ser descubiertos y extirpados..., pero no por aficionados entrometidos. Deben hacerlo hombres que estén dispuestos a terminar con este espantoso y cósmico horror. Hombres con armas. Quizá las más convenientes sean los lanzallamas... Desde luego, es necesario un conocimiento científico de la guerra... y dispositivos para descubrir al enemigo... Me refiero a instrumentos sismológicos especiales... Si tuviese tiempo, prepararía un informe detallado y explícito, pero parece que tendrá que bastar esta carta para guiar a los cazadores de horrores del mañana. Como ves, ¡ahora estoy seguro de que vienen por mí! Y no puedo hacer nada por evitarlo. ¡Es demasiado tarde! Al principio, al igual que muchos otros, me creía que estaba algo trastornado. ¡Me negaba a admitir que lo que había presenciado pudiera suceder en absoluto! ¡Admitirlo era admitir la demencia! Pero es completamente real..., sucedió. ¡Y sucederá otra vez!
»Sólo el cielo sabe qué le puede haber pasado a mi sismógrafo, ¡pero ese maldito trasto me ha traicionado de la manera más nefasta! ¡Oh! Ellos me habrían cogido tarde o temprano, pero al menos podría haber tenido tiempo de preparar un informe más adecuado... Te pido que pienses, Paul... Que pienses en lo que ha sucedido en la casa de campo... Puedo hablar como si ya hubiese ocurrido, ¡porque sé que ocurrirá! ¡Ocurrirá! Es Shudde-M'ell, que viene por sus esferas... Paul, analiza la forma de mi muerte, porque si lees esto es que yo habré muerto o desaparecido..., lo que viene a ser lo mismo. Lee cuidadosamente las notas que incluyo, te lo ruego. No tengo tiempo de ser más explícito, pero estas viejas notas mías pueden servir de alguna ayuda. Si eres la mitad de curioso de lo que creo que eres, no tardarás en admitir la existencia de un horror fantástico en el que, repito, el mundo entero debe esforzarse en creer... El suelo se estremece ahora, pero sabiendo que es el final, me mantengo sereno, pese al miedo que siento... No espero que dure mi presente estado de serenidad... Creo que cuando ellos vengan realmente por mí, mi mente estallará por completo. Puedo imaginarlo ahora... El suelo se astilla, revienta violentamente para dejarles paso. ¡Bueno! Aun al pensarlo, mis sentidos se embotan de terror... Notaré un olor nauseabundo, un limo, un cántico, una gigantesca contorsión y... Y luego...
«Incapaz de escapar, espero a la monstruosidad..., estoy atrapado por el mismo poder hipnótico que confesaron los otros de G'harne. ¡Qué abominables recuerdos! ¡Desperté para ver cómo a mis amigos y compañeros les succionaban la sangre y los secaban enteramente aquellos seres vermiculares y vampirescos de la sentina del tiempo! Dioses de dimensiones ajenas a este mundo... ¡Yo estaba hipnotizado entonces por esta misma fuerza terrible, incapaz de moverme para ayudar a mis amigos o al menos para ponerme a salvo! Milagrosamente, con el paso de la luna tras algunos jirones de nubes, el efecto hipnótico se quebró. Entonces, gritando y sollozando, con el juicio trastornado temporalmente, huí; tras de mí oía los babeantes ruidos de succión, así como el zumbido, el cántico demoníaco de Shudde-M'ell y sus hordas.
»Sin saber lo que hacía, en mi insensatez, cargué con aquellas esferas infernales... Anoche soñé con ellas. Y en mis sueños volví a ver las inscripciones de esa caja de piedra. Es más, ¡incluso pude leerlas! Todos los temores y ambiciones de esas criaturas demoníacas estaban grabados allí, ¡y podían leerse con la claridad de los titulares de un periódico! Puede que sean o no sean "Dioses", pero una cosa es segura: el más grave obstáculo para sus planes de conquista de la Tierra ¡es su ciclo de reproducción, terriblemente largo y complejo! Sólo nace un puñado de hijos cada mil años; pero considerando la cantidad de años que hace que están aquí, se aproxima el instante en que contarán con el número suficiente. Como es natural, les cuesta tanto alcanzar el número necesario que no están dispuestos a perder un solo miembro de su horrenda estirpe. ¡Y por eso precisamente perforan túneles de miles y miles de kilómetros, incluso bajo los océanos, con el fin de recuperar las esferas! Me he preguntado por qué me persiguen; pero ahora ya lo sé. Y también sé cómo. ¿No adivinas cómo saben dónde estoy, Paul, o por qué vienen? Estas esferas son como un faro para ellos; como una sirena que les llama. Y al igual que cualquier otro padre —aunque con una ambición espantosamente inconcebible para nosotros— ¡responden meramente a la llamada de sus hijos!
»¡Pero vienen demasiado tarde! Hace unos minutos, justo antes de empezar esta carta, los seres han roto el cascarón. ¿Quién podía haber imaginado que eran huevos, o que el recipiente donde estaban era una incubadora? No puedo culparme de no saberlo. Incluso una vez traté de someter las esferas a los rayos X, malditas sean, ¡pero reflejaron los rayos! ¡Y la cascara era demasiado densa! Sin embargo, en el momento de la eclosión, se han roto en fragmentos diminutos. Las criaturas del interior no eran más grandes que una nuez... Teniendo en cuenta el tamaño de un adulto, deben de crecer a un ritmo fantástico. ¡Pero esos dos no crecerán ya! Los he achicharrado con la brasa de mi cigarro... ¡Y tenías que haber oído los alaridos mentales que salían de abajo!
»Si al menos hubiese podido saber antes, definitivamente, que no era locura, podría haber encontrado una forma de escapar de este horror... Pero ahora es inútil. Mis notas..., examínalas, Paul, y haz lo que yo debería haber hecho. Completa un informe detallado y preséntalo a las autoridades. Wilmarth puede ayudarte, y quizá Spencer, de la Universidad de Quebec... No me queda ya mucho tiempo... El techo cruje...
»Esta última sacudida..., el techo salta en pedazos..., suben. Ayúdame, Dios mío, ya suben... Los oigo avanzar a tientas dentro de mi cabeza, mientras suben...»

«Muy señor mío:
»Le envío este manuscrito encontrado en las ruinas de la casa número 17 de Anwick Street, Marske, Yorkshire, tras los temblores de tierra del mes de setiembre de este año, el cual considero una "fantasía" que el escritor Paul Wendy-Smith había concluido para su publicación. Es más que probable que las supuestas desapariciones de sir Amery Wendy-Smith y su sobrino, el escritor, no sean sino un artificio para promocionar dicho relato... Es bien sabido que sir Amery está/estaba interesado por la sismografía y que quizá algún indicio de los dos terremotos proporcionó al sobrino la inspiración necesaria para dicho relato. Prosiguen las investigaciones...
»Srg. J. Williams
»Dep. del condado de Yorks.
»2 de octubre de 1933.»




jueves, 10 de marzo de 2016

RELATO: "Allan y el velo rasgado", Alan Moore






Allan y el velo rasgado


Alan Moore


Capítulo 1 - El muerto

Mientras la fina y lechosa luz de un cuarto de luna pelado jugaba sobre su cara apergaminada, el muerto se adentraba en el oscuro jardín de figuras recortadas, monstruoso y exageradamente grande, en los jardines ornamentales abandonados que se extendían por las ruinas del castillo. Las torres, que se habían derrumbado hasta convertirse en una pila de escombros, y las retorcidas espinas dorsales de las construcciones derruidas yacían por doquier de forma abyecta y senescente bajo la frialdad de la hoz lunar, que se diluía como la plata, de tal modo que hasta el muerto contuvo el aliento: no había pensado que el lugar hubiera cambiado tanto desde su fallecimiento. La hierba, oscura y malévola, se colaba entre las losas rotas del terraplén y, desde el centro de una fuente seca y humeante, un fauno de granito observaba, con la frente astada y manchada por las deposiciones de las palomas y la boca abierta como si cantara y embutida de enredadera.

Céfiros borrascosos peinaban los rizos de un gris herrumbroso del muerto mientras agitaban su larga gabardina curtida como si se tratara de una lona, de la cual se desprendía el polvo y perfumes ya borrados del Serengeti, que se mezclaban con la malsana niebla inglesa que pesaba en el aire del jardín.

Al mirar a los ojos de la estatua, ciegos y mancillados por los pájaros, le pareció verse reflejado en ellos: era la misma visión claramente pagana y joven de una fiereza gloriosa y a la que, igual que a él, traicionaba la edad. A la que traicionaba el tiempo.

Su mente estaba tan perdida en el ensueño y el pesar, que no oyó como la enorme puerta de roble comida por los gusanos que daba acceso al terraplén desde el castillo se abría detrás de él. Excepto por un hormigueo débil y apagado en la cicatriz de machete que recorría su nuca, justo debajo del pelo, no notó ninguna señal de que alguien le observara hasta que la mujer que se encontraba detrás de él habló con un tono de voz suave y bajo que hizo que el muerto se girara hacia ella, con ferocidad y asombro.

"Lady Ragnall le espera. Su Señoría estará encantada de recibirle en la biblioteca. Sígame, por favor."

La persona que había hablado era una negra impresionante, unos centímetros más alta que el mismo muerto, vestida con una larga falda de algo parecido a terciopelo esmeralda y adornada con brazaletes, abalorios y fetiches chillones, y que llevaba en su fina mano un candelabro parpadeante. Llevaba el pelo oculto por un turbante de tela de color turquesa, y, antes de que le diera la espalda y entrara en el silencioso pasillo del castillo decrépito, pudo ver las protuberancias dejadas por desfiguramientos rituales en sus mejillas, aunque no pudo identificar el particular diseño de las cicatrices con ninguno de ninguna de las tribus decoradas de forma similar que se había encontrado durante su estancia en África. No parecía tener ninguna opción excepto seguirla por los pasillos que se retorcían como intestinos, girando cada vez más profundamente en la masa decadente de este edificio que antaño había sido majestuoso y que ahora era una carcasa desierta y fantasmagórica.

Mientras caminaba vigorosamente para poder igualar las zancadas de la criada, el muerto se maravillaba ante el furtivo cuadro de desolación fantástica que el halo de la vela desvelaba a su alrededor. Aquí, ratas de ojos granates anidaban en los escombros de una enorme lámpara de araña rota que bloqueaba por completo el pasillo que tenían ante ellos. Más adelante, unos retratos olvidados hace tiempo colgaban en hileras junto a los murciélagos dormidos.
¿Cómo había llegado a este estado la opulenta hacienda de los Ragnall? Y lo que aún era peor, ¿cómo podía ser que su antigua amiga y mecenas, Lady Ragnall, todavía viviera aquí, en habitaciones agrietadas por la lluvia, entre impresionantes alfombras de Axminster que ya hacía tiempo que se habían pegado entre sí por culpa de los rastros del musgo, de babosas y del moho? Cuando apercibió por primera vez la reliquia iluminada por la luna que era el castillo, sintió una punzada de aflicción, ya que creyó que su sabia y culta compañera viuda habría muerto sin remedio, dejando que su hogar y sus terrenos ancestrales se perdieran en el gran y definitivo deterioro de la naturaleza desatada. Ahora, la aflicción quedaba substituida por una aprehensión creciente e insidiosa a medida que seguía a la mujer negra, apartada y silenciosa, entre los tapices colgantes y putrefactos, bajo un techo pintado al fresco que, de repente, daba paso a un mosaico de estrellas brillantes e indiferentes.
Finalmente, la belleza de ébano se detuvo ante un portal de cedro deteriorado por el humo, que el muerto reconoció porque había sido la entrada de la biblioteca del castillo, aunque ahora estaba decorada con lametazos grandes y goteantes de negro hollín, los restos de una catástrofe pretérita. Tras colocar una mano sobre la empuñadura de latón con forma de cabeza de león de la puerta, que ahora estaba cubierta de cardenillo, la criada volvió a dirigir su mirada equilibrada y fría al muerto, que se encontraba a sus talones. Iluminada por el brillo titubeante y amarillo del candelabro que llevaba en alto, ahora se podía ver con mayor claridad su cara huesuda, con las protuberancias de sus cicatrices rituales desenredándose como dos serpientes desde sus mejillas para dirigirse hacia sus sienes hasta retorcerse hacia adentro en la frente pelada y desnuda, juntándose en un punto entre sus ojos verdes y crípticos como el océano. Su glamour extraño y su autocontrol respiraban sobre las cenizas largo tiempo apagadas de la pasión del muerto, reavivando las brasas desde las frías cenizas que hacía tiempo que él creía extinguidas. Quizás si fuera más joven y tuviera menos cicatrices tanto en el cuerpo como en el corazón... Hizo una mueca y ahogó una risa amarga. Quizás si aún estuviera vivo... Los frutos lujuriosos y magullados de sus labios apenas se movieron mientras empujaba la puerta de la biblioteca arruinada hasta abrirla, y emitía sus primeras palabras desde que se encontrara con él en el terraplén agrietado por las malas hierbas.

«Lady Ragnall le espera dentro.»

Aturdido por lo extraño de su situación, se adelantó a ella hasta entrar en la habitación de techo alto que se encontraba detrás, donde, por un momento, se quedó deslumbrado por lo que parecía el centelleo de un millar de luces en cada esquina, decidiéndose mientras sus ojos se acostumbraban al brillo de docenas y docenas de velas de cera, de sebo rebosante, fabulosamente grotesco, dispuesto al azar sobre los diversos manteles, estantes y superficies que se encontraban en la biblioteca. En el centro de ese Armamento parpadeante, hundida entre las mantas raídas de una gran cama hecha con dos divanes juntados, se encontraba la forma delgada y alterada de Lady Ragnall, apenas reconocible a no ser por la animación danzarina de sus inteligentes ojos, totalmente hundidos en sus órbitas oscuras y arrugadas. Al mirar hacia arriba, su mirada rápida y voraz se posó sobre el muerto. Finalmente, con los labios apergaminados agrietándose hasta formar una sonrisa pintada, habló, con una voz fina y rasgada, aunque en cierto modo punzante, como un arpicordio roto.

«Querido Sr. Quatermain. Me alegro de que haya venido. Le estaba esperando, aunque el sentido común me advertía de que no lo hiciera.»

En ese momento, pareció que se le ensanchaba la sonrisa, adoptando un aspecto algo más resabido y taimado antes de volver a hablar.

«Decían que había muerto. Recibí una carta del hermano de Sir Henry, George, que me lo comunicaba. Aparentemente, murió un amanecer hace tres años, en 1886, a causa de unas heridas recibidas de forma valerosa, en un rincón más oscuro de lo habitual del continente más oscuro. Teniendo eso en cuenta, debo decir que tiene usted muy buen aspecto.»


El legendario cazador y aventurero restregó los pies con incomodidad y pareció esconder la cabeza en el cuello de su gabardina larga, que arrastraba por el suelo. En su respuesta se podía adivinar la leve sombra de un respingo.

«Ya tenía bastante. Supongo que me conoce lo suficiente como para entenderlo. De algún modo, toda la lucha, toda la gloria y los triunfos de mi juventud se volvieron demasiado pesados para mí. Era demasiado estruendoso y fatigante para alguien de mi edad, pero ¿qué podía hacer? Un mundo magnificado por los relatos generosos y hasta cierto punto exagerados del Sr. Haggard no podía dejarme descansar; y jamás toleraría pensar en un Allan Quatermain, ahora cano y chocho, podando sus rosas en algún estúpido suburbio. No, les di lo que pedían: una muerte heroica y una tumba descuidada en algún rincón inalcanzable y lejano del mundo. Tras haber proporcionado a mis admiradores un final adecuado, soy libre para vivir mi vida después de la muerte por mí mismo, me quede la que me quede.»

En ese momento, Lady Ragnall se incorporó laboriosamente hasta quedar apoyada sobre un codo en su nido de cubrecamas y almohadas. Entrecerrando los ojos, y con la cabeza inclinada hacia un lado como un pájaro, lo observó con sutileza.

«¿Entonces sólo era una invención? ¿Todo lo que George Curtis mencionaba en la carta que envió relacionado con un reino perdido llamado Zu-Vendis? Vaya, si me decía que Sir Henry Curtis era ahora el rey de allí y que nunca más volvería a estas islas. Decía que a usted le habían matado, igual que al amigo zulú del que me habló una vez. Se llamaba Umslopogaas, ¿no? Según contaba George, su compañero guerrero cayó heroicamente durante una lucha contra unos conspiradores que, de otro modo, le habrían quitado la vida a Sir Henry. ¿Es que esto era sólo una cortina de humo para acompañar su número de desaparición, Sr. Quatermain?»

Allan suspiró pesadamente y se sentó en el ancho brazo del diván a los pies de la cama improvisada de Lady Ragnall. 

«Ojalá fuera así. Yo mismo vi cómo mataban a Umslopogaas, mientras lanzaba a su enemigo, Lord Nasta, desde su parapeto, antes de alzar su hacha sangrienta, Inkosikaas, hasta sus labios para besarla, gritando «Muero, muero, pero ha sido una reyerta digna de un rey». No, eso fue real, igual que Zu-Vendis y el matrimonio de mi amigo Sir Henry con su reina, Nyleptha. Lo único que fue fingido es mi muerte, una argucia destinada a liberarme de mi reputación sofocante.»

Lady Ragnall apartó la mirada de Allan para dirigirla pensativamente hacia los rincones escondidos de la biblioteca envuelta en la penumbra de las velas, donde el explorador pudo observar que la criada nubia estaba ocupada encendiendo un fuego en el único corazón de mármol de la habitación. Se dio cuenta, no sin sorpresa, de que la chica estaba arrancando páginas de las ediciones infolio que estaban dispuestas en los múltiples estantes de la biblioteca para alimentar la tenue llama. La voz rasgada de la viuda reclamó de nuevo su atención hacia donde anidaba su frágil forma, en el catre desaliñado e improvisado.

«Y sin embargo ha vuelto aquí. Y me pregunto por qué.» Sus ojos, antiguos y sabios, reposaban de nuevo sobre Quatermain, y al cruzar su mirada, éste entendió que ella ya sabía la respuesta a la pregunta, y que no la engañaría con historias acerca de un regreso debido a la preocupación por su salud. Su respuesta fue breve y cargada de verdad.

«El taduki. He vuelto a por el taduki.»


Lady Ragnall sonrió. El taduki, el más extraño de los narcóticos, al que sólo ella tenía acceso. Con el taduki, uno podía rasgar el velo del tiempo y sumergirse en vidas anteriores, como la propia aventura de Allan con el Chico de Marfil iba a demostrar en breve. Con el taduki, uno podía escapar fácilmente al propio presente y circunstancias.

«Ah, el taduki. La droga es nuestra dueña, ¿verdad? A causa de la adicción al sabor de nuestras anteriores vidas, dejamos que las actuales se echen a perder. Yo dejo que mi castillo se arruine mientras el taduki me conduce por los meandros de la eternidad. Marisa me lo prepara, ya que los demás criados huyeron.»


En ese instante, Lady Ragnall hizo una seña a la mujer negra, que enseguida comenzó a juntar toda una serie de extraños cachivaches que se encontraban en el rincón más alejado de la biblioteca, y los dispuso en una mesa tallada baja junto a una butaca desgastada, al lado de la cama. Allan pudo ver una pipa, un brasero, y algunas hojas en polvo.

Marisa, la criada, encendió pacientemente carbón en el brasero. Miró significativamente a Allan a los ojos, y le entregó la pipa. Recostada en sus almohadas, Lady Ragnall observaba con una anticipación empática mientras el gran explorador aguantaba el cuenco para atrapar los humos del brasero, apretando los labios en torno a la boquilla elaboradamente decorada de la pipa. 

Marisa espolvoreó un pellizco de hojas en polvo sobre el brasero y, mientras se elevaban los vapores, Quatermain inhaló. El aroma instantáneamente familiar arrolló los nervios en el fondo de su cráneo, e, incluso mientras sentía cómo su actual personalidad se comenzaba a disolver ante las oleadas insistentes de la droga, supo que algo iba mal.


La biblioteca cayó mientras él se tambaleaba a través de un extraño y asqueroso abismo donde diluviaban estrellas lejanas y aullaban dioses terribles de la otra punta del Universo. Mientras la oscuridad farfullante lo engullía, el muerto comprendió que, esta vez, el taduki no ofrecía otra vida. Esta vez no ofrecía más que otra muerte, mucho menos heroica que la primera, pero también más definitiva. A lo lejos, como en otro mundo, oyó cómo la criada negra empezaba a chillar. 

Y entonces, nada, excepto una luz devoradora.

Capitulo 2 - Entre las ruinas del tiempo

En la carcasa del mohoso hogar de la biblioteca de Lady Ragnall, iluminada de forma lírica por los sonetos resplandecientes en su corazón, una pipa de taduki grabada de forma intrincada cayó de los dedos sin vida de Allan Quatermain, el gran explorador reputadamente muerto. Agachada a su lado y aguantando el brasero en el que las hojas arrugadas del taduki se habían convertido en humo, la criada negra emitió un grito repentino y desgarrador.
«¿Marisa? Mi querida niña, ¿qué ocurre?» Lady Ragnall, tan frágil como una reina egipcia exhumada, estaba sentada tan lejos como le era posible en su lecho provisional, formado por dos divanes gastados y pesados que habían sido juntados en el centro de la biblioteca iluminada por el fuego. Sus ojos húmedos estaban clavados con una mirada interrogativa y ansiosa en la criada que ahora estaba arrodillada al lado del cuerpo convulso y desparramado del viejo aventurero. Marisa quedó boquiabierta con horror ante el maniquí sin vida y sacudido que se retorcía ante ella, con los nudillos apretados contra sus labios tropicales, y la cara empalideciendo de forma visible de modo que los verticilos rituales de su hermosa desfiguración que sobresalían de sus mejillas de obsidiana se irguieron con un relieve oscuro. A través de las sombras congeladas en el suelo de la habitación, volvió la voz de garza de Lady Ragnall, ahora con mayor urgencia.
«¡Dime qué ocurre! ¿El Sr. Quatermain está vivo o muerto?» Marisa no podía hablar. Dado que había sido entrenada como sacerdotisa del taduki, la droga sagrada, en los confines más lejanos y occidentales del Congo antes de llegar aquí para asistir a la viuda en sus experimentos con el narcótico divino, se había tomado las visiones misteriosas producidas por la droga como una especie de segunda visión, y no siempre veía las cosas exactamente igual que los demás. Ahora, mientras la mirada descreída de Marisa se fijaba en el espectáculo ofrecido por el explorador curtido retorciéndose en el suelo de parqué, ésta observó un espectáculo del que ni ella ni ninguna sacerdotisa de su larga tradición había oído hablar, ni cuanto menos contemplado.
El cuerpo de Quatermain se había dado la vuelta. Por lo menos, ésa fue la primera impresión que tuvo Marisa al ver la gran profusión de órganos internos expuestos, y los huesos estallados de un esqueleto externo. Y sin embargo, cuanto más miraba la carnicería grotesca que se estremecía ante ella sobre las láminas de madera, menos segura se sentía. Ante sus ojos enajenados, parecía que estuviera ocurriendo algo más sutil y peculiar.
Por ejemplo, daba la impresión de que el hombre todavía tuviera piel en el exterior, aunque alterada de algún modo, hecha transparente para mostrar el interior del cuerpo... y, sin embargo, ésta tampoco era toda la verdad del asunto, como comprendió Marisa mientras observaba con una fascinación terrible. No era simplemente que uno pudiera ver a través de las capas exteriores del cuerpo.
Es que uno podía ver alrededor de ellas las vísceras que se encontraban en el interior, como si uno estuviera observando desde un punto de vista aventajado e inimaginable que permitiera ver dentro y fuera y que viera ambos aspectos a la vez. Se podía ver la cara de Quatermain, con un gesto de terror y aturdimiento congelado en sus rasgos, y, sin embargo, éstos estaban separados de la masa principal de la cabeza del explorador, como si fuera una sección aumentada de un diagrama. Mirando por encima de esos fragmentos de puzzle que colgaban en el aire, se podía ver la blancura marmórea del cráneo, el cual a su vez también presentaba una sección lateral que exponía el cerebro, desenrollado sobre un extraño plano espacial, que revelaba el córtex al desnudo, con la médula neural en el centro.
Cada pulgada del cuerpo atormentado del aventurero, tanto por fuera como por dentro, era visible por parte de Marisa, aturdida, con toda su elegancia íntima y asquerosa.
Y lo que era peor, si el hombre movía sus miembros de algún modo, se hacía aparente un fenómeno aún más horrible: cada gesto dejaba detrás, en el aire, un surco de imágenes de apariencia sólida, de modo que el movimiento de un brazo horriblemente traslúcido generaría un abanico de huesos, cada uno de ellos emplumado con un penacho nebuloso de venas, como las alas de un cisne fantasma, con una forma procedente de una geometría alienígena.
La forma no-euclidiana se agitó ante ella contraviniendo con tal violencia las leyes que rigen normalmente el espacio y la razón, que Marisa sintió cómo fluía en su interior una densa oleada de náusea. Cerrando los ojos con fuerza, obligó a su visión a volver a la normalidad, libre de las perspectivas grotescas que su percepción acostumbrada al taduki le había generado de repente. Cuando los volvió a abrir, el cuerpo de Quatermain se había convertido de nuevo en un sólido opaco y tranquilizador. De forma todavía ominosa, se arrastraba sobre el frío parqué de la biblioteca en un trance de apariencia mortal. Marisa oyó los gritos agitados de Lady Ragnall como si vinieran de lejos.
«¡Habla, maldita seas! ¿Qué le pasa al Sr. Quatermain?» Marisa miró confundida a su ama, con sus ojos de jade aturdidos y parpadeantes como cuando uno sale a la luz desde la oscuridad, o como cuando uno se despierta de un sueño místico.
«Discúlpeme, ama», balbuceó la criada. «Me ha atravesado una visión extraña y horrible. Tengo la impresión de que su amigo no ha sido transportado por la droga a una vida anterior, como había ocurrido anteriormente, sino que ha sido arrancado tanto del pasado como del presente, y conducido a una tierra de nadie que está más allá del tiempo, del espacio, o de nada que conozcamos.»
Entonces, Marisa calló, con la mirada gacha. El parlamento que había emitido la belleza de ébano era el más largo que había oído Lady Ragnall de sus labios en todos los años que llevaban juntas. Irguiendo su cráneo frágil, y como de pájaro, hacia un lado mientras hacía una pausa, para pensar, la viuda apretó por fin sus finos labios con decisión y ofreció su veredicto sobre el nuevo y preocupante giro de los acontecimientos.
«Entonces ve a buscar almohadas y sábanas para que, por lo menos, podamos poner cómodo su cuerpo. Si nos han arrancado de las manos el alma del Sr. Quatermain, entonces tenemos que hacer todo lo posible para recuperarla.»
Sin responder, Marisa se puso en pie y salió corriendo de la biblioteca parpadeante para cumplir con sus órdenes. En la habitación ahora no había ningún sonido a excepción del jadeo agudo y ruidoso de la propia aristócrata decadente, que todavía estaba sentada completamente erguida sobre la espuma amarillenta y rancia de las sábanas; se oía eso y la respiración mucho más débil del hombre tumbado en el suelo sin vida. Ay, querido Sr. Quatermain, pensó Lady Ragnall. ¿Qué continente oscuro está explorando ahora?
Quatermain había sentido cómo le arrancaban la consciencia del cuerpo, atrapada en el puño de diamante fantasmagórico de la droga. Había oído el grito de Marisa antes de que una luz fría y anuladora le barriera la consciencia. Ahora estaba perdido. A medida que recuperaba la sensibilidad, se encontró a sí mismo flotando, como una forma fantasmal en medio de un limbo violeta y débilmente resplandeciente.
¿Qué había ocurrido? Esto no era la inmersión acongojante en una encarnación pasada que le había proporcionado hasta ahora la droga. A su alrededor, se congelaban formas como de ensueño en una luz crepuscular y viscosa, materializándose a medias antes de disolverse de nuevo en una nada opalina. Helechos humeantes y espirales fantasmagóricas centelleaban en la frontera de la substancia.
Apenas había formado Quatermain el deseo consciente de una geografía navegable en la cual orientarse, cuando, de repente, el medio ectoplásmico que le rodeaba pareció temblar, cristalizarse y condensarse para formar un paisaje.
Bajo sus pies fantasmales, penachos lozanos de una hierba malva pálida crecían sobre un barro de un índigo vivo.
Una vegetación híbrida y nauseabunda, en la que se retorcían capullos a medio camino entre cardos y jibias, brotaba en los bordes espectrales. Seguramente, sólo se trataba de las ciénagas de la mente, un horrible mar de los Sargazos de la psique en el que las almas zozobraban en un cenagal astral. En algún lugar delante de él había voces, que murmuraban, y un fuego escaso que brillaba en las tinieblas sin estrellas.
Mientras avanzaba, el explorador pudo ver dos figuras incongruentes, encorvadas ante un fuego tenue y sin calor en el que ardían flores como calamares, con los tentáculos replegándose y marchitándose en las extrañas llamas verdes. A un lado de esa triste llama, estaba sentado un joven inclinado, cuyos rasgos lúgubres estaban apenas iluminados de forma extraña por el pálido brillo de la hoguera. Al otro lado de este individuo de ensueño, estaba sentada una persona todavía más extraña, con las piernas cruzadas sobre el césped malva. Se trataba de un hombre de constitución fuerte vestido con el uniforme de un gris polvoriento de un oficial sudista de la guerra civil americana. Ambos hombres miraron con sospecha a Quatermain mientras éste se acercaba.
«No pretendo hacerles daño», dijo apresuradamente el aventurero, al observar que las manos del capitán confederado se dirigían poco a poco hacia el sable que colgaba sobre su cadera. «Me llamo Allan Quatermain, y me temo que me he perdido. Díganme: ¿Dónde estamos? y ¿de dónde vienen ustedes? Estamos vivos, o muertos y en algún tipo de purgatorio que la religión no había predicho?»
En ese momento, las dos figuras sentadas cruzaron una mirada llena de significado antes de que el hombre más joven, el que estaba inclinado, contestara, con una voz y unos modales suaves y académicos.
«Me llamo Randolph Carter. Éste es mi tío abuelo John. Me temo que estamos tan perdidos como usted parece estar.» El joven pasó a hablar de una Nueva Inglaterra poco plausible del siglo veinte y de una vida gastada en la exploración en la reclusión del mundo de los sueños.
Durante dicha excursión a través de lo que el joven llamaba «las puertas del Sueño Profundo», se había extraviado de manera inconsciente en la actual tierra de nadie psíquica que antes desconocía. Allí se había encontrado con el fantasma o doble astral de su familiar lejano, un hombre que se había perdido de forma misteriosa durante una batalla el siglo anterior. En ese momento, el veterano de la guerra civil tomó el hilo del relato, con una voz imponente que era casi un susurro.
«No sé nada de ese siglo veinte del que habla Ralph. Lo único que sé es que me estaba muriendo en una cueva y que miraba al planeta Marte que colgaba justo encima de mí en el cielo gris del alba, con su fuerte luz sin parpadeo, entre las estrellas apagadas. De repente, me arrancaron de mi cuerpo, como si Marte atrajera mi alma hacia él... pero, en lugar de ello, acabé en este lugar triste y gaseoso, donde me encontré con Randolph, que según dice es mi sobrino nieto de Providence, Rhode Island. Y a continuación, aparece usted desde ninguna parte.»
«Yo no diría que desde ninguna parte», respondió Quatermain. «Provengo de la Inglaterra de la segunda mitad del siglo diecinueve.
Aparentemente, me he visto transportado aquí por una droga que he ingerido. Normalmente, genera visiones de tiempos pasados, pero en este caso, da la impresión de que me haya arrancado del tiempo mismo. Y lo que es más, toda mi experiencia como cazador parece indicarme que éste ambiente no es del todo amistoso.»
Señaló hacia las tinieblas más allá del halo verdoso de su fuego.
Algo pesado se estaba arrastrando a través de los hierbajos más lejanos. En otro lado, se oía un sonido seco, como el ruido de las pinzas de una langosta.
Un sudor nervioso perló el ceño del joven, y el pánico rasgó su voz de agudos tonos: «Me parece que estamos rodeados. ¿Qué vamos a hacer? No soy exactamente lo que se dice un hombre luchador.»
El soldado dirigió una mirada desdeñosa a su sobrino nieto.
«Parece ser que el clan de los Carter ha perdido el coraje desde mis tiempos. Será mejor que dejéis que me ocupe yo de esto.» 
Se oyó el silbido satisfactorio del acero cuando el Capitán de la Confederación desenfundó su espada. Quatermain, que no se arredraba ante un combate, alzó una rama ardiente de entre los helechos cubiertos de anémona que había en el fuego, describiendo arcos con ella en la oscuridad. 
El vaho de la llama esmeralda iluminó brevemente algo que parecía un ciempiés monstruoso de gelatina translúcida, con un racimo de renacuajos con una docena de ojos agrupados en un extremo y que brilló momentáneamente bajo la fantasmagórica luz turquesa. Y peores formas se movían sugerentemente en la oscuridad que se encontraba más allá de ella. Quatermain habló con voz baja y severa.
«Hay docenas de ellas. De algún modo, me temo que los palos y las espadas no nos sacarán de ésta. Tenemos que...»
Quatermain calló a mitad de la frase. Ocurría algo raro en las tinieblas que se encontraban ante ellos. Un débil impulso luminoso quebró la oscuridad estigia, haciéndose más fuerte y más regular a cada instante.
El explorador respiró entrecortadamente con incredulidad a medida que la peculiar palpitación de la luz se transformaba en una figura fantasmal, sentada en medio del aire sobre la silla de un artilugio deslumbrante de latón. El atuendo del hombre no era muy distinto de los de la época de Quatermain. La luz brillante que rodeaba al recién llegado y su nave pareció alarmar a las apariciones serpenteantes que se encontraban más allá del alcance del fuego, haciendo que se retiraran. En ese instante, el extraño se dirigió a los tres hombres.
«Suban a bordo. La sorpresa de mi llegada no detendrá durante mucho tiempo a esos horrores.» Tras una pausa, pensó en presentarse:
«A veces me llaman el Viajero del tiempo».

Capitulo 3 - Bajo la sombra de la esfinge

Con los nudillos blanqueados y apretados contra las barras de frío latón de la esfera abierta que los transportaba, los cuatro hombres se tambalearon a través de las pinceladas de color y las formas a medio definir que ribeteaban el lienzo de la Eternidad. En el exterior de los siglos regimentados, condujeron su vehículo de latón brillante y peculiar por la cascada del tiempo mismo, que surgía etérea entre el estampido apagado de los eones torrenciales, cegados por la lluvia centrífuga de los instantes. Allan Quatermain (o, por lo menos, su doble astral) se aferró al armazón trasero de su nave temporal, que iba lanzada, mientras el apresurado aliento de tormenta de las épocas en cascada azotaban y herían su mejilla curtida. Luchó consigo mismo para convencerse de que todo esto no era más que una aparición lunática invocada por el taduki, la droga secreta que había ingerido en la hacienda ruinosa de Lady Ragnall, donde todavía permanecía su forma mortal en un coma plagado de convulsiones, pero se esforzaba en vano. La veloz sima temporal y el extraño carruaje en el que él y sus compañeros sorteaban los rápidos de las horas eran demasiado inmediatos y reales como para que los considerara una simple alucinación.
El célebre explorador comprendió en su fuero interno que, si por un momento soltara los tubos de la montura de su vehículo, caería para siempre en el Infinito, donde se perdería entre gritos. No, esto no era ni una visión fruto del loto, ni un espejismo. Quatermain abrazó la barra y juró entre dientes.
A la derecha de Allan, pálido, jadeante y aferrado a la filigrana de estribor del navío temporal, se encontraba el cuerpo onírico del joven de Nueva Inglaterra que decía ser un viajero astral llamado Randolph Carter, y que había sido arrastrado hasta aquí desde el lejano siglo veinte. Agarrándose al armazón intrincado del vehículo y enfrente del joven pálido y tembloroso, a la izquierda de Allan, se encontraba la figura más masculina y robusta de otro viajero ectoplásmico, procedente éste del pasado reciente, de una época justo posterior a la trágica y sangrienta Guerra Civil americana.
Por alguna coincidencia del flujo temporal se hacía evidente que este personaje ceñudo y desgastado por la guerra, vestido con una gabardina ondeante del gris apagado de los confederados era un pariente, o mejor dicho, un antepasado del tímido estudiante de Rhode Island, ya que se trataba del tío abuelo desaparecido de Randolph Carter, John.
Quatermain se había encontrado con ambos hombres mientras erraba por el cambiante paisaje psíquico al que lo había transportado el taduki, poco antes de que les atacaran unos monstruos alienígenas repugnantes que parecían ser nativos de ese reino crepuscular. Tan sólo la intervención del individuo enigmático cuyo aparato capaz de viajar a través del tiempo los transportaba ahora pudo salvar a los tres náufragos oníricos de un destino casi inimaginable.
Ahora, Quatermain dirigió su atención hacia este último compañero de viaje, que estaba sentado a horcajadas sobre una silla en el centro de la forma esquelético de latón, y que reajustaba de forma experta los botones y palancas que brotaban del frío bronce de su equipo de control de la máquina. Se había llamado a sí mismo "El Viajero del Tiempo", y a juzgar por su vestimenta, parecía tener sus orígenes en algún momento cercano a la época de Quatermain, es decir la segunda mitad del siglo diecinueve.
"Aguanten", gritó su aseado timonel, por encima del aullido de miles de milenios. "¡Ya casi hemos llegado!"
El continuo parpadeante e incoherente que parecía girar y formar espirales a su alrededor pareció ralentizarse para formar un paisaje.
Un desierto yermo y siniestro, que no carecía de una belleza cautivadora, se extendía por todos lados por debajo de una bóveda celeste de constelaciones extrañamente alteradas cuando la nave de latón se detuvo por fin.
Quatermain y los demás descendieron vacilantes de ella sobre unas arenas de fina harina de huesos que, por lo menos, daban la sensación satisfactoria de solidez.
Alzándose desde el suelo calcáreo y descolorido cerca de donde descansaba su nave, yacía una estatua enorme y sin mácula de alabastro puro, que contrastaba fuertemente con el terciopelo sedoso y brillante de la noche.
La Esfinge blanca, supina en su plinto masivo, yacía con sus felinas garras delanteras descansando una sobre la otra y sus labios femeninos, cincelados con suavidad, arrugados débilmente en una sonrisa astuta, casi melancólica. Precisamente hacia ese icono abrumador y prístino es hacia donde se dirigía ahora el navegante del Tiempo animando a sus compañeros a que le siguieran con un gesto. Rechazando las protestas y preguntas tanto de Quatermain como de ambos Carters con un enérgico movimiento de cabeza, el viajero sacó de un bolsillo de su chaleco un llamativo dispositivo en forma de llave de cristal azul. Al orientarlo hacia la base de la estatua, altísima y sin ningún tipo de soldadura aparentemente se activó algún tipo de respuesta en el propio monolito. Una sección larga y trapezoédrica del plinto se extendió desde la masa central para alzarse con un zumbido suavísimo del mecanismo para mostrar la entrada a un interior tenuemente alumbrado escondido en el interior del pálido bloque de mármol. 
Al entrar en esta habitación escondida e inesperada y al animar a sus tres compañeros a que le siguieran a su interior, su nuevo amigo volvió a hacer un gesto con su llave de zafiro que hizo que el segmento abierto de la piedra blanca y pulida descendiera de nuevo hasta su posición inicial, encerrando al trío en una habitación iluminada con una luz dorada, que estaba escasamente decorada con un extraño estilo cuasi egipcio y prácticamente vacía, a excepción de unas tranquilizadoras pilas desordenadas de libros y otros efectos personales que, presumiblemente, pertenecían a su anfitrión.
Al sentarse él mismo sobre un nicho plagado de jeroglíficos, Allan observó un equipo ovalado de cristal en la pared directamente opuesta a su punto de observación. Igual que si la estructura de vidrio fuera algún tipo de espejo mágico, las imágenes nadaban con pereza a través de su superficie con forma de huevo que, tras algunos instantes, el explorador comprendió que se trataba de una vista que giraba lentamente del extraño desierto que se encontraba justo detrás de la habitación. Mientras miraba, la propia máquina del tiempo aparecía ante sus ojos y permanecía inmóvil sobre los desechos de color de hueso e iluminados por las estrellas. Allan supuso que el fin de esta fascinante pantalla de cristal consistía en permitir que los ocupantes de la Esfinge pudieran ver el reino exterior, pero apenas había dado forma a este pensamiento, cuando el viajero que los había traído hasta allí reclamó su atención; él se encontraba ahora en medio de la habitación que brillaba suavemente en una graciosa postura mientras observaba a sus huéspedes. «Sin duda, se preguntarán quién soy yo y, además, por qué les he traído a este sorprendente lugar.» Aquí, su rescatador se detuvo, como si quisiera ordenar sus pensamientos antes de proseguir. «Mi nombre no tiene importancia. Baste con decir que soy inventor, que antiguamente vivía aquí, en Londres, y que en las postrimerías del siglo diecinueve diseñé un aparato para viajar en el tiempo. He vivido aventuras en el futuro más lejano de la Tierra, tras las cuales, y después de una breve visita de despedida a mi propia época, me he internado aquí, en el flujo fantasmal de las décadas, convirtiéndome desde entonces en un explorador, de un modo muy similar al suyo.»
En este momento, el narrador hizo un gesto amable a Quatermain, el cual frunció el ceño con extrañeza a modo de respuesta, incapaz de contener su curiosidad.
«¡Espere un momento! ¿Ha dicho «aquí, en Londres»? ¿Quiere usted decir que esa planicie estéril que hay fuera es...?» Quatermain se apagó, incrédulo, mientras el viajero completaba por él la pregunta, con una sonrisa tristona. «¿Es Londres? Me temo que sí, aunque se trata de un Londres de una época, no unos miles de años, sino millones, después del declive de la metrópolis con la que usted está familiarizado. Tanto Londres como Inglaterra han desaparecido, y esos nombres ya no significan nada a causa de esos montículos color de tiza que nunca se acaban. Tan sólo esta Esfinge parece haber sobrevivido a los años, inmutable e invulnerable. Me encontré con ella... durante una encarnación previa suya... durante mi primera incursión en el tiempo, y desde entonces la he reformado para cumplir mis propósitos.»
«¿Y qué propósitos son ésos, amigo?»
El que hablaba era el áspero soldado confederado, cuyos ojos astutos y curtidos por la guerra no parpadearon mientras calibraba a su salvador. El científico cabeceó levemente, como si confirmara la pregunta del soldado y su obvia validez, antes de continuar. 
«Me temo que mi respuesta resultará escasamente cómoda. En pocas palabras, durante mis exploraciones del flujo cronológico, he descubierto algo terriblemente erróneo en el terreno del tiempo humano. Mis viajes por la corriente del ser me han llevado a la convicción de que nuestro propio Universo material, su pasado, su presente y su futuro, no son más que un plano con una estructura esplendorosa e infinitamente gigantesca que comprende nada más y nada menos que la totalidad de la Existencia, tanto en su manifestación física como en la espiritual. ¡Comprenderán cuál fue mi horror cuando descubrí que parece existir un agujero enorme, casi inimaginable, en el tejido de la Creación, y que determinadas atmósferas y entidades, que proceden de otro sitio, se están colando por ese pozo terrible y apocalíptico!»
Tras silenciar una exclamación de miedo y sorpresa de Randolph Carter, el viajero del tiempo prosiguió.
«Ustedes mismos se han encontrado con algunos de los engendros más insignificantes de esos seres viles y transexistenciales justo antes de mi llegada al plano astral al que sus diversas aventuras les han transportado. Sepan que les estaba buscando activamente. Ustedes tres son héroes, cada uno a su manera, y necesito desesperadamente ayuda en mis esfuerzos para evitar una mayor contaminación de nuestro Universo por parte de esos grotescos e indescriptibles seres extraterrestres.»
Quatermain le interrumpió. «¿Son ésas las cosas de las que habla?», dijo, señalando la pantalla ovalada.
En el ojo de cristal del dispositivo de visualización, la región previamente inmaculada que se encontraba más allá de la seguridad de la Esfinge se encontraba súbitamente anegada por una forma de vida insidiosa.
Unas formas simiescas horribles cuyo horror más grande consistía en la débil humanidad que todavía podía leerse en sus rostros albinos y descuidados se arrastraban por las dunas del exterior, incómodamente cercanas de la indefensa máquina del tiempo.
Con la mirada congelada sobre el cristal reluciente de su espejo de vigilancia, la voz de su anfitrión se elevó hirviendo de cólera mientras se dirigía a ellos.
«Son Morlocks. En otras épocas se les conocía como Mi-Go, o como abominables hombres de las nieves. Aunque no se trata de las entidades a las que me refería, aparentemente están a su servicio. No esperaba encontrármelas tan lejos en el flujo del Tiempo. Si queremos impedir que destrocen mi máquina, lo cual nos dejaría perdidos aquí, en los desolados límites de la Eternidad, debemos preparamos para combatir.»
En ese momento, el timorato estudiante de Rhode Island emitió una leve gemido de consternación, aunque su tío abuelo parecía más animado. El más viejo de los Carter sacó su sable del ejército de la vaina y sonrió. «Ya era hora», tal fue su única observación. Extrayendo una pequeña selección de herramientas pesadas de los rincones más escondidos de la habitación para poderlas utilizar como armas, el severo crono-nauta armó a Quatermain, al joven Carter y a sí mismo antes de introducir su llave de cristal azul en la puerta de la habitación.
«Prepárense a abalanzarse sobre ellos en cuanto eleve la puerta. Si podemos abrimos un camino hasta mi vehículo, les sacaré de aquí y les llevaré a una época más hospitalaria.»
En ese momento, la llave brilló una vez con una débil luz color de zafiro y el trapezoedro que hacía de entrada a la base hueca de la Esfinge se alzó sin emitir sonido.
Entonces todo ocurrió a la vez.
Quatermain salió corriendo a la arena de talco macilento, levantando nubes de polvo luminoso con sus talones. Con la pesada llave industrial que le había proporcionado su anfitrión, describió un arco letal con su brazo que destrozó la mitad de la cara simiesca y ciega que se abalanzó de repente sobre él desde las sombras. A un lado vio cómo Randolph Carter caía entre gritos con uno de los monstruos peludos y lívido colgado de la espalda, pero antes de que pudiera ayudar al joven, el tío abuelo de Carter salió de la oscuridad y decapitó a la bestia de un sablazo.
Ahora, el argonauta temporal ya había alcanzado su máquina, aunque no sin manchar de sangre, sesos y piel blanca de los Morlock su martillo de carpintero que tan bien enarbolaba. Estaba sentado a horcajadas sobre la silla y encendiendo el motor del vehículo temporal cuando tanto Quatermain como el Capitán Carter ayudaban a Randolph a tomar posición en el armazón del navío. El cielo estrellado del desierto sobre ellos parecía girar y formar torbellinos mientras la máquina comenzaba a elevarlos lejos de su situación desesperada.
Fue entonces cuando Quatermain notó que algo chocaba contra él desde detrás. Mientras unos brazos simiescos y níveos aferraban su cuello, se dio cuenta de que los monstruos pálidos como larvas habían subido a la máquina del tiempo.

Capítulo 4 - El abismo de las luces

Quatermain sabía que en realidad su cuerpo mortal estaba en otra parte, en el mundo sólido, y que sin duda estaba en coma sobre el suelo de la biblioteca arruinada e iluminada por las llamas de Lady Ragnall, víctima de una sobredosis de la droga que retuerce el tiempo, el taduki. Aunque la forma que habitaba ahora mismo había sido modelada para recordar en todos los aspectos a la carcasa carnal del viejo explorador, incluyendo la ropa que la recubría, Allan sabía que se trataba de algún tipo de constructo astral creado a partir de la materia de los sueños, y el cual, presumiblemente, tenía tanta substancia como la fantasía de un instante. Aún así, una terrible aprensión que nacía del corazón mismo de su ser le decía que, estuviera donde estuviera, y con total independencia del estado sobrenatural al que hubiera ascendido, seguían existiendo cosas que podían dañarle. Y que, incluso, podían matarle.
Una de dichas criaturas, una monstruosidad neandertal albina a la que el nuevo compañero de Quatermain, el Viajero del tiempo, se refería como Morlock, se abalanzaba ahora sobre el curtido aventurero con las mandíbulas abiertas de par en par, que mostraban algo que parecía ser tan sólo largos caninos, de los que goteaba un hilo desigual de saliva lechosa y opaca.
Todo había sucedido demasiado rápido. Tras quedar exiliado de la consciencia normal por el taduki, Quatermain se había encontrado a sí mismo en un paisaje escalofriante y metamorfoseante en el que se había encontrado con dos almas descarriadas más, la del timorato soñador de Nueva Inglaterra, Randolph Carter y la del hosco militar confederado que, según se intuía, era el tío de Carter, John, que se suponía que había muerto hacía tiempo. Tras ser atacados por horrores nativos de dichas latitudes cambiantes y crepusculares, fueron aliviados temporalmente por la llegada del hombre que se hacía llamar a sí mismo el Viajero del tiempo, el cual viajaba a horcajadas sobre el vehículo de latón, desafiando al torrente de los eones. Primero los transportó por la corriente temporal hasta su base de operaciones en el enorme plinto de una esfinge tallada y enigmática, tras lo cual el Viajero les advirtió de un terrible defecto en el mismísimo espacio-tiempo, un agujero profundo creado en el tejido mismo de la existencia a través del cual horrores inimaginables del más allá amenazaban con colarse con fuerza cobrando una existencia material grotesca. El Viajero apenas había terminado su relato cuando su santuario quedó invadido por completo por los siervos brutales de las monstruosidades transdimensionales, seres simiescos pálidos y de paso pesado a los que el Viajero había llamado Mi-Go, o Morlocks. Uno de ellos había saltado a bordo del vehículo de estructura de latón del Crononauta justo cuando empezaba a transportar a los cuatro hombres a algún lugar seguro, y ahora agarraba frenéticamente a Quatermain mientras colgaba entre rugidos de una barra del navío temporal con el asesinato escrito en sus ojos ciegos y cataráticos.
El siguiente golpe de la criatura barrió el hombro de Quatermain, y una repentina y punzante humedad le indicó que sus miedos estaban fundados. Estaba sangrando, aunque la sangre, presumiblemente, no pertenecía al cuerpo, sino que se trataba de un fluido espiritual aún más precioso que recorría el alma humana. Al fin y al cabo, en este lugar sí que existían cosas capaces de dañarle. Y lo que es peor, parecía que podían dañarle en modos e intensidades que nunca había imaginado. ¿Podía un espíritu morir desangrado? ¿Con una muerte verdadera y definitiva, más allá de cualquier esperanza de resurrección? No tuvo tiempo de adentrarse en tales complejidades metafísicas antes de que la criatura simiesca se abalanzara una vez más sobre él entre chillidos.
El navío temporal dio un bandazo, pues el peso del Morlock lo desequilibraba y, pegándose a los extremos más alejados del artefacto, tanto el capitán de la confederación como su asustado sobrino gritaron con rabia y alarma respectivamente. Mientras se peleaba con los mandos del artefacto, el argonauta del tiempo gritaba algo, pero entre los rugientes vientos del tiempo y los gruñidos del adversario infrahumano de Quatermain, el explorador no pudo entender los gritos del timonel. La bestia ciega atenazaba el abrigo de Allan, y tiraba de forma inexorable del humano, que se debatía, acercándolo a sus dientes horribles y atenazadores.
La mano con la que agarraba el armazón de latón del vehículo se deslizó peligrosamente unos cuantos centímetros antes de que Quatermain pudiera frenarse y asirse con más fuerza, y el explorador comprendió que, si no se las arreglaba para invertir la situación rápidamente, caería de la nave hacia el caos encrespado y sin fondo a través del cual se precipitaba el artilugio.
Al recordar la gran llave inglesa que todavía llevaba en su mano libre, Quatermain balanceó su brazo describiendo un arco pesado e implacable que afortunadamente chocó con un sonido sordo con el pómulo cubierto de una greña blanca del monstruo, el cual se derrumbó tras el impacto.
Revolviéndose contra la barandilla para asirse, frenético y con una agonía invisible, el Morlock sólo tuvo tiempo de emitir un aullido de terrible dolor similar al de un perro solitario antes de que la fuerza del revés de Allan golpeara su sien liberando un chorro de cerebro similar a un puré de gachas. 
Entre las convulsiones y los retortijones de sus espasmos mortales, el monstruo agarró con fuerza los tubos del armazón del navío temporal mientras su cuerpo, grotesco y atrofiado, comenzaba a caerse con un aire casi mayestático de inevitabilidad por el vacío torrencial que chirriaba a su alrededor. Con una sensación de anticipación inevitable y desesperante, el explorador comprendió lo que iba a ocurrir e intentó en vano arrancar el abrazo mortal de la criatura de la barandilla con la llave inglesa, aunque en su fuero interno sabía que era demasiado tarde.
El fino tubo de latón se quebró a causa del peso inerte de la criatura, y finalmente se desgarró por una agarradera con un chirrido desgarrador y una enorme gota de lo que a Quatermain le pareció un vapor prismático, centelleante y que, a la vista, parecía compuesto de lentejuelas.
Agazapado sobre los mandos, el Viajero miró a su alrededor para observar los daños de su vehículo, y su cara empalideció de miedo cuando posó los ojos sobre la raja siseante en el armazón de su vehículo temporal.
Al separarse por fin sus dedos gruesos y grises del tubo dañado a causa de la fuerza succionadora generada por la hélice del vehículo, el Morlock muerto quedó desgarrado con una ferocidad increíble en la estela del vehículo, entre los penachos enfurecidos de vapor o plasma reluciente que fluía de la fisura que había causado la bestia sin vida.
Ante el horror de Allan, mientras miraba cómo caía el cuerpo descolorido, alejándose de él, vio que éste estaba sufriendo algo que sólo podía describirse como un florecimiento antinatural. Empezó a brotar algo que parecían mil cabezas, cuatro mil miembros e incontables dedos formando un rastro sólido y orgánico detrás del monstruo tambaleante, que se convirtió en una forma alargada, casi como un ciempiés, que se retorcía de forma grotesca sobre sí misma mientras se alejaba para convertirse en una mota lívida en el remolino furioso e impresionante de los siglos que explotaban detrás de ellos. Era casi como si cada instante, cada parte de la trayectoria del Morlock, estuviera grabado en el espacio que quedaba detrás del mismo mientras se alejaba haciendo espirales a través del Ahora increíble y eterno de la cuarta dimensión, a través de ese hipermomento constante e inacabable en el que la creación y el abismo terrible y sin fondo de la historia están contenidos.
Quatertnain tuvo que forzarse para apartar su atención del espectáculo del Morlock que se alejaba, pero había asuntos que atender. El artilugio parecía perder altitud, si es que puede decirse que existía algo parecido a la altitud en ese dominio desconcertante. El vapor extraño y espectral se retorcía ahora hacia arriba desde el accesorio con mandos, y un horrible hormigueo en la suela de los zapatos de Allan le hizo entender que estaban cayendo. Caían lentamente, en apariencia, como si lo hicieran a través de un medio espeso y viscoso, pero caían al fin y al cabo. Ahora oía las imprecaciones fruto del pánico del Viajero, que se encorvaba sobre los controles por encima de los aullidos de velocidad de su caída.
«Estamos perdiendo energía. Estamos cayendo hacia el caldo temporal inerte que se estanca por debajo del transcurrir de la corriente impulsivo de la historia. Será mejor que se agarren a algo con fuerza. No sé cuánto tiempo seguiremos cayendo.»
En ese momento, con la frente perlada por una transpiración nerviosa, el joven estudiante Randolph Carter de Rhode Island se puso a hablar, con voz alta y temblorosa.
«Estamos cayendo a través del tiempo mismo, ¿cierto? ¿Cómo sabe que no estaremos cayendo eternamente?»
El silencio lúgubre del Viajero fue la única respuesta. Hicieron lo que les había pedido y se agarraron con fuerza a los tubos rotos del navío temporal mientras continuaba su caída lenta e inexorable hacia el remolino oscuro y nebuloso de tiempo crudo y errático que se encontraba bajo ellos. Aunque apenas resultaba posible en esos aprietos medir los momentos que pasaban, no pareció pasar mucho rato antes de que la voz áspera del mayor de los Carter sacara a los demás de su torpor desesperante y desolado mientras miraban hacia la devastación sin fondo ni esperanza que los rodeaba.
«Veo algo debajo de nosotros. Si se trata del remanso del tiempo, tal como nos ha comentado nuestro amigo, el viajero, supongo que lo que estoy viendo debe de ser algún tipo de gas de pantano.»
Apretando sus ojos salpicados de pizarra, Quatermain echó un vistazo a la profunda sima que había debajo.
Algo se acercaba, aunque no era capaz de saber si dicho fenómeno se acercaba a ellos a través de las tinieblas crónicas, o si eran ellos los que se hundían en ello.
«Tiene razón. Veo luces de colores, como de farolillos, que se acercan a nosotros. ¿Qué demonios son?»
Esta última observación de Allan estaba dirigida al propio Viajero del tiempo, que frunció el ceño y sacudió lentamente la cabeza mientras las extrañas luces se acercaban aún más.
«No lo sé. Es un fenómeno con el que no me había encontrado antes. Vaya, tienen una forma casi geométrica. ¡Cuidado! ¡Hay una que viene hacia nosotros!»
Los cuatro hombres contuvieron el aliento y observaron con sorpresa cómo una de las formas brillantes se elevaba lentamente por encima de ellos a estribor de su vehículo.
Tal y como había observado el Viajero del Tiempo, se trataba de un objeto sólido de forma perfectamente geométrico, posiblemente un dodecaedro, que era fácilmente cincuenta veces más grande que su propio artilugio. Estaba iluminado suavemente desde el interior mediante un brillo amarillo pálido que recorría las caras del cuarteto con un lustre amarillento y extraterrestre mientras se agarraban, en silencio y boquiabiertos, a los tubos y barras del navío temporal.
El Viajero silbó suavemente, mientras expulsaba el aire de sus pulmones.
«Es un cronocristal. Una excrecencia matemática tetradimensional en el flujo pentadimensional que subyace a toda la existencia. Siempre había tenido la teoría de que tales cosas eran posibles, pero comprobar de forma tan espectacular que mis hipótesis eran correctas...»
Se fue apagando mientras dos formas incandescentes e inmensas más, una azul y otra de un malva delicioso, flotaban por encima de ellos con una gracia masiva y escalofriante. Mientras los ojos de todos los demás se posaban en las brillantes maravillas geométricas que ya se alejaban, tan sólo el nervioso e inquieto Randolph Carter, tras mirar hacia abajo, pudo dar la alarma.
«¡Dios mío! ¡Una de esas cosas viene por debajo directa hacia nosotros!»
Los miedos del tímido escolar se vieron confirmados, de forma catastrófica, casi a la vez que los emitiera. Con un choque estrepitoso y con el chirrido del latón que arañaba el cristal, su artilugio impactó con la superficie superior de una joya lúcida y colosal, un teseracto de amatista radiante y acuosa que Quatermain calculó debía medir más de 200 metros de diámetro mientras recuperaba el equilibrio de forma insegura sobre la planicie dura y pulida de silicato púrpura como el marisco sobre la que le había lanzado el choque de su artilugio con este metaobjeto gigante. Poniéndose en pie, notó como la superficie de cristal cantaba débilmente bajo sus palmas y comprendió que se trataba de un asunto de mayor envergadura que aquéllos a los que estaba acostumbrado.
No muy lejos, tanto Randolph Carter como su tío también se enderezaban, mientras cerca de allí, el Viajero del Tiempo, que aparentemente no estaba peor que ellos, emergía de las tuberías dentadas de su fabulosa invención. Allan observó que un delgado hilo de sangre resbalaba lentamente por la frente del Viajero, que es la parte de su cabeza que parecía haber entrado en contacto con los controles del navío, aunque el explorador pensó que la herida no parecía grave. De hecho, el astronauta temporal bailaba de un lado a otro con un gran entusiasmo sobre la superficie de la gema ciclópea sobre la que habían varado, mientras escrutaba sus profundidades con excitación.
«¡Miren, responde ante nuestra presencia! Veo imágenes moviéndose en las facetas internas que se encuentran bajo nuestros pies.»
La voz del Viajero vibraba con la excitación pura del descubrimiento. Cuando Quatermain y los otros dos hombres miraron en la bola de cristal sobre la que estaban, se dieron cuenta de que el Viajero del Tiempo tenía razón. En el fondo del cristal, iban apareciendo imágenes que se transformaban en un lento caleidoscopio.
La atención de Allan se centró en una viñeta en particular: un anciano desgastado y casi esquelético estaba estirado sobre un jergón en lo que parecía una alfombrilla beige de un fumadero de opio, con una pipa fina agarrada entre unos dedos sin vida. Agazapada al lado del hombre, una mujer impresionante con un pañuelo largo y rojo parecía estar hablando con apresuramiento con el cadáver en ciernes. Cuando Quatermain se dio cuenta de que la criatura destrozada y drogada que estaba ahí tirada, sobre la mugre y rodeada de bichos, era él, tuvo un repentino acceso del más puro horror.
«Es un aleph», suspiró el Viajero del Tiempo, casi en éxtasis. «Observen, amigos, el mismísimo punto de apoyo del Tiempo. ¡Echen un vistazo, si se atreven, al ojo de diamante de la Infinitud!»

Capítulo 5 - La chispa en el ojo de la fortuna

Las llamaradas bien alimentadas de los manuscritos y libros in-folio en el hogar de la biblioteca en ruinas de Lady Ragnall lamían con una docena de lenguas de luz bronceada la mejilla sin vida y perlada de sudor de Allan Quatermain, el explorador antaño famoso y que ahora se daba por muerto, que se encontraba extendido sobre el parqué estropeado y cubierto de polvo del suelo de la biblioteca. La misma viuda, que estaba oculta por el montón de ropa de cama de los sofás encarados y que escrutaba la forma inconsciente del aventurero buscando un resquicio de vitalidad, no estaba del todo segura de que el fallecimiento de su amigo fuera la impostura a los ojos del mundo que él había pretendido que fuera.
Estirado como estaba ante ella, demacrado, quieto y casi sin aliento, de repente la muerte de Allan Quatermain parecía más que creíble.
Su Señoría también tenía su experiencia personal a la hora de fingir su muerte para frustrar las groseras intromisiones de los vivos, ya que había representado su propio final algunos años antes para vivir desde entonces en una reclusión dichosa y sin molestias mientras los pilones majestuosos del Ragnall Hall caían en ruinas voluptuosas a su alrededor, atendida tan sólo por la belleza de obsidiana, similar a una estatua, llamada Marisa que en ese mismo instante se inclinaba al lado de su huésped comatoso, y paseaba por la mejilla del mismo unos trapos húmedos mientras murmuraba entre dientes con el extraño cántico de su propia lengua. La frágil aristócrata supuso que Marisa estaba urdiendo encantos en su lengua materna para atraer el espíritu ausente o raptado de Quatermain desde los reinos extraños y peligrosos a los que le había transportado su último flirteo con la droga taduki.
Marisa, inclinada y con el brillo de la retórica ardiente y la poesía del hogar que proyectaba manchas de luz temblorosa sobre el vello de su piel, suntuosa y como de carboncillo, era la única fuente del peculiar narcótico que trascendía el tiempo, la misma droga a la que mostraban síntomas de adicción Lady Ragnall y ahora, y en apariencia, el amigo explorador de su Señoría. Quatermain, que se suponía había muerto en alguna región remota, inalcanzable y como de fábula del globo había llegado, no obstante, a Ragnall Hall donde, a pesar de la supuesta muerte de su moradora, conservaba aún la esperanza extrema de encontrar una última pista, un residuo de lo que deseaba: el taduki, la misteriosa substancia mediante la cual los hombres y las mujeres pueden escapar de los confines de sus vidas, épocas e identidades, tal como el propio Allan había experimentado en diversas ocasiones en el pasado. Al encontrar a Lady Ragnall con vida y con un buen suministro del extracto de planta necesario, el aventurero posiblemente había dado su consentimiento demasiado rápido y con demasiada convicción. Ahora se estiraba, rígido y casi muerto, en el suelo, al lado de Marisa, mientras ésta le enjugaba elceño y susurraba hechizos extraños y lejanos sobre lo que parecía su cadáver.
Se preguntaba dónde se encontraba, a qué reino del gran país espiritual había sido transportado. Enjugando su barbilla entrecana, en la que se había secado el vapor, notó una débil contracción, casi imperceptible, en el rabillo de sus ojos, como si una especie de polilla de ensueño se debatiera en la telaraña de su sueño. Cuando, un instante más tarde, los párpados legañosos temblaron y se abrieron, la belleza negra detuvo sus cánticos susurrados, y sus ojos se cubrieron de lágrimas de alivio, con agradecimiento porque los espíritus inmortales les hubieran devuelto a su amigo.
Y luego con miedo.
La joya temporal fue a la deriva en la resaca del veloz tiempo presente y permaneció suspendida, flotando tranquilamente en la orilla espumosa y desgastada del oleaje desatado del Tiempo. El cristal violeta y masivo, con toda su grandeza enigmática y muda, se elevó lentamente, como una burbuja en un medio viscoso y espeso como la melaza, un derrame inacabable de ámbar cuyas bordadas centelleantes y fluctuantes se abrieran por todas partes en el juguete en ascenso. Sobre la parte superior lateral de la gema temporal, igual que las moscas alrededor del ornamento colgante de una araña, se habían posado pequeñas motas, que formaban una silueta ennegrecida recortada en el brillo de amatista de su entorno. Dichas motas eran cuatro hombres y los restos devastados del artilugio ahora desplomado que les había transportado hasta ahí, todos ellos alojados sobre esta piedra púrpura y llena de facetas y, por decirlo de algún modo, abandonados.
Arrodillándose sobre la suave y fría cara superior de la enorme perla cincelada, Quatermain miró hacia abajo con incredulidad observando las escenas y formas que fluían y cambiaban, en apariencia bajo la superficie de la meseta traslucida y luminosa que se encontraba debajo de él. Visiones de su pasado, de momentos cristalizados en la substancia de la gema temporal, se entremezclaban con visiones de algo que parecía ser su propio futuro, con episodios vívidos y extraños tales que el aventurero no había visto jamás en su vida mortal hasta la fecha, y que ni tan siquiera se había atrevido a imaginar.
Viñetas impresionantes de incidentes que recordaba de viajes con su fallecido y llorado amigo Sir Henry Curtis se fusionaban sin intermedios con horribles visiones de una vida todavía desconocida.
Se vio a sí mismo, un esqueleto adicto al opio, sacado a rastras de un antro de drogadicción salvaje de la mano de una mujer inglesa pequeña pero terriblemente atractiva, con el capullo de rosa formado por sus labios teñidos de rosa y en forma de corazón apretado en un mohín de desaprobación que parecía constante. Se vio a sí mismo luchando por su vida, a bordo de un navío celestial grande y terrible sobre una ciudad oscura e ignorante; luchando sobre los aparejos fustigados por el viento con un rifle grande y de construcción imposible que parecía disparar un arpón tras otro. La mujer del anterior fragmento se mantenía a su lado, con su cuerpo apretado contra el suyo en la noche aulladora.
La visión cambió. Ahora observaba una bestia infrahumana y repugnante que vestía de forma absurda con los restos de lo que parecía ser un traje de noche. La criatura bramaba y reía de forma asquerosa mientras atacaba a una especie de gran cosa metálica a la que Quatermain no podía darle coherencia visual. Otras sombras se movían recortadas sobre un cielo iluminado por las llamas, masas metálicas y brillantes aguantadas por algo que parecían las patas larguiruchas de unos monstruosos flamencos de hierro. Todavía no había tenido tiempo el explorador de comprender que estaba presenciando un futuro apocalíptico y espantoso, que la imagen ya cambiaba.
Ahora veía a la pequeña y determinada mujer, que ya le era familiar, cubierta con una simple sábana sucia y chillando, superada por el horror, en lo que a los ojos experimentados de Quatermain parecía el interior de un edificio oscuro y rural, posiblemente en las Américas. Sobre los maderos pelados del suelo y de las paredes podían verse inscritos símbolos arcanos realizados con fluidos nocivos y sin nombre, y en un rincón lejano de la habitación se oían unos golpes. Quatermain se vio a sí mismo gritando con tanta intensidad como la mujer mientras combatía con una forma cubierta de tentáculos y retorcida que parecía salir de algún modo de las paredes de la hacienda en ruinas.
Para su sorpresa, había otro hombre que parecía ayudarle en este horrendo conflicto, cuyos rasgos creía conocer Quatermain.
Alzó la vista desde las imágenes fascinantes e hipnóticas que se arremolinaban en la superficie de la gema y miró a otra de las figuras perdidas que estaban atrapadas junto a él en la cara superior de la joya temporal, el joven visionario de Nueva Inglaterra, Randolph Carter.
Al volver a mirar el horrible incidente que se describía en la gema, Quatermain sacudió la cabeza con incredulidad. El hombre que le ayudaba contra la pesadilla retorcida de la hacienda era idéntico al pálido joven que estaba agazapado no muy lejos del explorador, mirando en las profundidades del cristal que se encontraban debajo de él y absorbido por sus propias visiones, con la cara, larga y mal iluminada, transfigurada por un terror luminoso. ¿Podía ser que Quatermain y Carter fueran a encontrarse en un momento futuro en el mundo material, luchando codo con codo en un combate todavía por ver e insondable? ¿Acaso este atolón con forma de diamante y que iba a la deriva mostraba realmente cosas que todavía estaban por suceder? ¿Eran las extrañas y cambiantes imágenes que nadaban en las profundidades chispazos genuinos y proféticos que bailaban en el ojo centelleante del futuro, la fortuna y el destino?
Randolph Carter, que estaba perdido en su propio manantial de visiones, gruñó con reconocimiento y añoranza cuando vio ante sí, en la joya, la imagen familiar de su Arkham nativa, con sus tejados holandeses iluminados por los últimos y largos rayos del atardecer. Y pensar que, en su forma mortal, estaba ahora mismo dormitando en ese lugar amado, y que nada, excepto su yo espiritual extraviado, le retenía en esta meseta centelleante de almas perdidas, donde imágenes fantasmagóricas de horrores pasados o futuros se deslizaban por la superficie violeta que se encontraba ante él. ¿Por qué no podía irse de ahí para despertarse en su cama en Nueva Inglaterra? Si tan sólo tuviera una voluntad más fuerte, y fuera más temerario, como su tío John...
El mayor de los Carter estaba agazapado cerca de allí y miraba con asombro las escenas de unos desiertos rojos y extraños, princesas semidesnudas y cubiertas de rubíes y hombres enormes y verdes que tenían demasiados brazos, y que fluían en el suelo helado que se encontraba debajo de él.
Al oír el gruñido de Randolph, miró con agobio hacia su timorato sobrino, para retroceder con cierta sorpresa al darse cuenta de forma alarmante de que el muchacho estaba empezando a volverse transparente, como si estuviera desvaneciéndose progresivamente. De hecho, mirando a través del cuerpo agazapado del jovenzuelo, el Capitán Carter pudo ver claramente cómo el cuarto miembro involuntario de su entorno, el hombre que los había traído hasta allí y que se hacía llamar Viajero del tiempo, se afanaba con la estructura dañada de su artefacto para viajar en los eones, detrás del Randolph Carter. El confederado de mirada acerada juró entre dientes y llamó a sus compañeros.
"¡Miren! ¡Mi joven sobrino está desapareciendo a ojos vista!"
Quatermain y el afanado y distraído crononauta apartaron la vista de sus distracciones para observar con asombro cómo el lunático y pálido joven de Nueva Inglaterra desaparecía en un abrir y cerrar de ojos, dejándolos tan sólo a ellos tres sobre la inapreciable roca a la deriva. El Viajero del tiempo parecía estar mortificado, como si la desaparición del joven Carter hubiera tenido que estar prevista.
"Debería habérmelo imaginado. Dado que ustedes no están inmersos de forma física en esta dimensión como yo y mis máquinas, cuando se despiertan de sus curiosos sueños, o de sus paseos astrales, o del estupor provocado por las drogas, desaparecen de este lugar. Tan sólo yo tendré que quedarme aquí hasta que mi dispositivo esté reparado."
El hosco confederado absorbió esta información, mirando soñadoramente hacia donde las visiones de una vida futura continuaban goteando de forma ininterrumpida bajo el hielo púrpura. Una mujer de ojos oscuros cabalgaba con los pechos al aire sobre un gran reptil de seis patas bajo dos lunas. Tomó una determinación en su interior.
"¡Miren! ¡Ahora también se va el otro Carter!" Quatermain agarró la manga del Viajero y señaló al alto oficial de caballería mientras se volvía más fantasmal y desaparecía de la vista repentinamente. El Viajero sacudió la cabeza.
"Quería advertirles de la amenaza a la que se enfrenta nuestro Cosmos, procedente del Universo de más allá, donde se retuercen y aúllan horrores de otro mundo.
Ahora se habrán ido antes de que pueda contarles aunque sea una fracción de las cosas que necesitan saber para asistirles cuando se enfrenten, por fin, a su adversario."
Quatermain escuchaba a duras penas, y en vez de hacia ellos, miraba hacia atrás, hacia el diorama inexorable que se desplegaba en el espejo violeta bajo sus pies. Las visiones parecían ahora más familiares que las anteriores.
Se vio a sí mismo llegando a las ruinas del Ragnall Hall y cómo se encontraba con la grave Marisa y su candelabro. En otra faceta de la gema, se vio a sí mismo inhalando la droga para caer más tarde desmayado, asistido en su sueño por la criada. En otra parte de la joya, vio...
"¡No! Dios, ¿qué tipo de monstruosidad es ésta?"
El veterano explorador se apartó del horrible drama que se desarrollaba en el cristal debajo de él. Estaba dominado por la convicción indiscutible de que debía regresar a la biblioteca de Lady Ragnall y a su forma consciente.
Apenas había dado forma a este pensamiento, que él también comenzó a hacerse transparente, y a disolverse como la niebla del alba ante los ojos decepcionados del Viajero del tiempo.
El argonauta temporal caminó hasta el punto de la superficie de la piedra preciosa gigante en el que había desaparecido su anterior compañero, Quatermain. El Viajero se preguntó qué había causado la terrible y repentina expresión del aventurero en los instantes antes de que abandonara esta realidad. Miró hacia abajo, más allá de las punteras brillantes de sus zapatos, hacia las profundidades del cristal. La imagen parecía la de una biblioteca en ruinas. Dos mujeres, una de belleza árabe y otra similar a una arpía desgastada, se encogían contra una de las paredes más alejadas de la biblioteca. Dirigiéndose hacia ellas dando bandazos, fantasmagórico a la luz del hogar mientras se arrastraba, invertido, como un cangrejo monstruoso por el suelo de la habitación, con los labios apretados hacia atrás para croar sílabas alienígenas y enervantes, había...
El Viajero del tiempo dio un paso hacia atrás de forma involuntaria, separándose de la imagen fantasmagórica y tragando saliva con dificultad. Esto no podía estar sucediendo. ¡Pero si no hacía ni un instante que el viejo explorador se había separado de su cuerpo en el mundo natural! ¿Cómo podían haber atacado tan rápidamente sus enemigos? Haciendo de tripas corazón, miró una vez más en el cristal.
El cuerpo asqueroso y retorcido que avanzaba por la biblioteca hacia las mujeres era claramente el envoltorio mortal de Allan Quatermain. Pero la inteligencia alienígena y grotesca que miraba desde los ojos llenos de odio e inflamados...
No era en absoluto la de Allan Quatermain.

Capítulo 6 - El despertar

Tan sólo tenía una mínima apariencia de un ser, de una identidad. En reposo, y en su estado natural, era una simple faceta de algo que podría definirse como una idea consciente de sí misma, un símbolo compuesto viviente que tan sólo existía en las profundidades más abismales de la mente humana, o en los océanos inmateriales, extraños y desenfrenados a los que daban acceso dichas profundidades. Los escasos exploradores, ya fueran lunáticos, brujos o filósofos, que habían intentado sondear esos territorios insubstanciales y misteriosos y catalogar las entidades que allí encontraran, habían identificado la colonia de ideas arqueada en demasía y le habían otorgado un nombre. La llamaban Yuggoth. La percibían, alternativamente, como un planeta, un dios o un estado mental.
La miríada de nociones inferiores que componían dicho meta-ser similar a una colmena era vista, a su vez, como deidades subsidiarias, que funcionaban a la vez como avatares y como mensajeros del centro conceptual, de una animación repugnante.
Dichos agentes individuales recibían el nombre colectivo de Lloigor, y cada uno gozaba de un nombre distinto, así como de una serie distinta de atributos. Cada uno tenía asignada su propia especie de elementales subordinados, subyugados ante su voluntad extraterrena.
La criatura que ahora mismo gozaba de la sensación de forma material en la biblioteca iluminada por el fuego en el arruinado Ragnall Hall era, por tanto, y en cierto modo, no una, sino más bien varias capas superpuestas de consciencia, de ser. En algún lugar en su interior, estaba Yuggoth, el complejo materno de ideas extraterrenas insidiosas que iba a la deriva en las oscuras aguas estancadas de la mente y el alma humanas. En un nivel inferior, más inmediato, estaba el Lloigor llamado Ithaqqa, adorado en las regiones árticas como demonio del aire superior, o de la capacidad intelectual en el hombre. De una forma más íntima, hasta el punto en que podía decirse que era capaz de entender algo, comprendía que él era un elemento sin nombre del tipo conocido como caminante del viento, o, a veces, como Wendigo.
En su hábitat natural, que era un vértice de un maravilloso e intemporal índigo oscuro y coagulado, su forma y silueta eran como la contrapartida astral de algún exuberante y repulsivo híbrido entre los crustáceos y los celentéreos. Desde su bóveda superior, decorada por la luz, y desde faldones adornados con medusas pendían piernas con múltiples articulaciones largas y colgantes, alojadas en una quitina iridiscente. Mientras estaba en reposo, la cosa existía en un continuo infinito de placer perfecto y delirante, pero, en este preciso momento y lugar, en el terreno del espacio-tiempo, no reposaba en modo alguno. Estaba activa, y trabajando, en el mundo extraño y sólido de la carne y la materia.
El cuerpo que la albergaba poseía un calor desagradable: una estrella blanda de cinco puntas de corteza y pulpa que albergaba una maquinaria extraña, parecida a una araña, de hueso quebradizo. Una pesadez horrible lastraba su nuevo entorno, y al principio no logró comprender cómo era posible que un organismo tan delicado y difícil de manejar pudiera siquiera moverse. Mientras tiraba al azar de nervios y músculos en la oscuridad plomiza que le rodeaba, intentó alzar algo que parecían los mecanismos gemelos de obturación que cubrían los sensores ópticos de la criatura anfitriona. La luz, la forma y los colores entraron a mares, como un diluvio incomprensible y mareante. Parecía encontrarse en el interior del compartimento hermético de un gas totalmente transparente constreñido por superficies totalmente planas de una substancia material sólida, por encima, por debajo, y por todos lados. En dicha zona había otras formas, aparentemente inanimadas, y dos siluetas distintas, cinco de ellas puntiagudas como el actual anfitrión de la criatura elemental, que se movían y emitían sonidos agudos y odiosos. Alzándose como buenamente pudo sobre los puntales huesudos que irradiaban de su masa corporal central, el Wendigo comenzó a arrastrarse a través de la superficie, dura y fría, que se encontraba debajo de él, mientras se acercaba a los otros seres vivos de la habitación, para investigar, para ver de qué estaban hechos.




* * *


Allan Quatermain caía, resbalando sobre una gema con un brillo puro y remolineante, tambaleándose en los páramos etéreos y extraídos por los que había viajado últimamente, de regreso al plano mortal donde su forma corpórea, abandonada por su espíritu, se desparramaba sin sentido sobre el parqué de la biblioteca en ruinas de Lady Ragnall.
En sus paseos incorpóreos, el explorador parecía haberse encontrado con otras almas descarriadas, y haber acampado con ellas, finalmente, en la superficie superior de una gema temporal desconcertante y enorme en cuyas profundidades se hacían visibles escenas inquietantes del presente y el futuro.
Precisamente, una de dichas escenas, la de las horribles circunstancias que se desarrollaban en ese mismo instante en el mundo mortal, en el Ragnall Hall, había espoleado al viajero espiritual para que volviera al reino material, a su carne abandonada, antes de que fuera demasiado tarde.
Ahora, debajo de él, si es que existía un debajo en la cascada sin dirección de la que él formaba parte, Quatermain veía una imagen, al principio pequeña, de la estancia familiar, repleta de libros y alumbrada por la chimenea en la que había inhalado los humos amargos y transportadores de la droga exótica taduki, hacía un siglo en apariencia. Concentrándose en dicha escena de relativa estabilidad dentro del furioso flujo metafísico que había a su alrededor, Allan se dio cuenta de que podía impulsarse hacia ella, de tal modo que parecía hincharse a su alrededor, abriéndose para envolverlo con los pétalos mundanos de esa estancia humana, de ese momento humano.
El tumulto rugiente y frenético del flujo psíquico que le rodeaba cesó. Quatermain flotaba, como un fantasma sin cuerpo e invisible, en un punto justo por debajo del techo de aspecto tranquilizadoramente firme y familiar de la biblioteca. Centrando su atención en el drama que tenía lugar debajo de él en un escenario de iluminación infernal, los miedos más fantasmagóricos del famoso aventurero se hicieron realidad en un instante espantoso.
Arrastrándose a través de las sombras saltarinas cubiertas de páginas en el suelo de la biblioteca, inclinado hacia atrás como un cangrejo cuadrúpedo monstruoso, y con la cabeza y la cara invertidas de modo que los rasgos familiares se encontraban con un contexto nuevo y extraterreno, con los ojos dando vueltas por debajo del corte convulso y distorsionado que era su boca, la cáscara mortal de Allan Quatermain, abandonada de forma temeraria, se había convertido claramente en el anfitrión de un nuevo inquilino evidentemente no deseado.
Allan vio a la frágil Lady Ragnall, similar a un pájaro, sentada rígidamente sobre su lecho improvisado en el centro de la habitación y gritando, con un estruendo producto del pánico, mientras la forma horriblemente retorcida y poseída del gran explorador se acercaba, con una deliberación inquietante y similar a la de una araña, a la viuda y a su imponente sirvienta, Marisa, que parecía una estatua. La orgullosa belleza africana se mantenía erguida entre su ama y la pesadilla que avanzaba hacia ellas a través del relucir del fuego, parpadeante y engañoso, mientras movía las manos formando gestos que Quatermain asumía eran mágicos, los cuales iban acompañados de rápidas retahílas de encantamientos que salían de los labios rollizos y oscuros de la mujer. Parecía estar intentando repeler al espíritu invasor y hostil que se había alojado en el cuerpo del aventurero, haciendo recurso in extremis a antiguos encantamientos y rituales de expulsión tomados de las viejas tradiciones de su pueblo, que conocía la droga taduki desde tiempos inmemoriales.
Los embrujos e imprecaciones no parecían tener un efecto visible en el progreso de su cuerpo usurpado mientras avanzaba dando tumbos y chirriando por el suelo hacia las mujeres asustadas. Quatermain temía que, fuera cual fuera la extraña inteligencia que actualmente residía en su carne tomada prestada, ésta quedara fuera del alcance de la experiencia de la bruja e, incluso, de sus sueños más atrevidos. Además, él mismo temía saber exactamente qué era lo que controlaba su carcasa vacía.
Durante su estancia fuera de los perímetros de la realidad común, se había encontrado con un individuo muy enigmático conocido simplemente como "El Viajero del tiempo". Este personaje había intentado advertir a Allan y a la tripulación astral con la que había dado Quatermain, acerca de los peligros de una monstruosa amenaza extraterrestre procedente del exterior de nuestro Universo conocido. A los ojos del aventurero flotante y sin cuerpo, parecía ahora que dichas fuerzas extraterrestres se habían impuesto un ataque preventivo a los mortales que pudieran entorpecer sus designios insondables e infernales. El travestí, arrastrándose, había alcanzado a la sirvienta, que recitaba desesperadamente sus encantos. Una de sus manos, retorcida como la pinza de un cangrejo, se lanzó para agarrar de forma viciosa el tobillo de la belleza de ébano, con las uñas clavadas en su piel, y haciéndole sangrar. Sus ojos brillaban, locos de odio, en esa cara invertida y casi desconocida. Entrechocó los dientes con un chasquido que no dejó lugar a dudas al incorpóreo Quatermain con respecto a sus intenciones. Si no quería presenciar cómo su propio cuerpo asesinaba e intentaba devorar a dos mujeres indefensas, tenía que actuar deprisa.
Guiándose tan sólo por el instinto, como había hecho durante toda su carrera, reunió todos los recursos disponibles en su forma etérea y se zambulló hacia su carne robada y correteante.
Al sumergirse en su forma mortal de nuevo, en el aliento cálido que silbaba en sus pulmones, sintió un choque total, como si se sumergiera de repente en una piscina helada. Y todavía resultó más chocante la sorprendente y asquerosa sensación de compartir un cuerpo, la sensación de que no estaba completamente sólo bajo su piel. Su cuerpo astral no acababa de regresar a los contornos familiares de su envoltorio terrenal y Allan ya se sentía atacado por algo que le acompañaba en esa oscuridad personal y hasta entonces inviolada. Le llegó la leve impresión de gorgueras y riachuelos pegajosos como moluscos, de patas con múltiples articulaciones que entrechocaban y escarbaban frenéticamente intentando apoyarse en su esencia psíquica, pero se encontró con que no
podía generar una imagen exacta de aquello con lo que luchaba. Quizás se tratara del mismo pináculo del miedo, como si uno estuviera fuertemente atado dentro de un saco inerte con algún tipo de bestia de la jungla, viciosa y desconocida, como única compañía. Gritó, y en su negrura interior, algo gritó a su lado.
Cuando el cuerpo de su anfitrión, de repente convulso, aflojó la tenaza dolorosa de su tobillo, con los dedos sangrientos arañando el aire, Marisa jadeó y dio un paso atrás. Miró hacia abajo con un horror carente de comprensión hacia el cuerpo del anciano mientras daba golpes, se debatía y se retorcía a sus pies. Quatermain parecía arañar y abofetear su propia cara, como en un paroxismo de disgusto por sí mismo. Los labios, cubiertos de espuma, se movían de arriba a abajo en la cara enloquecida y contorsionada, y sin embargo, parecía como si, desde su interior, emergieran no uno, sino dos aullidos extraterrenos.
Acordándose de repente de su ama, Marisa miró detrás de ella, hacia la silueta hundida en el hueco de los divanes enfrentados. Tenía la fina y demacrada mano alzada sobre el pecho hundido, sin levantarla ni dejarla caer, apretando el tejido de la ropa de la viuda, formando una rosa aplastada sobre el corazón. Los ojos, vacíos, miraban hacia un vacío lamido por las llamas y, con una punzada fría y tardía, Marisa comprendió que Lady Ragnall ya no se encontraba entre los seres vivos. Aunque la viuda, a lo largo de los largos años de servicio de Marisa, se había convertido más en una compañera que en una jefa, la belleza negra tan sólo pudo dedicar no instante de pesar al fallecimiento de Lady Ragnall. Tenía que ocuparse de asuntos más urgentes, si no quería que Quatermain y ella siguieran a su fallecida ama hasta la tierra de las sombras. Haciendo de tripas corazón, centró su atención en la forma poseída que daba golpes a sus pies.
Los rasgos de Quatermain y la expresión de agonía que los atravesaba parecían fluir y parpadear a la luz del hogar, de modo que, durante un instante, Marisa pudo ver la cara del explorador, con unos ojos en los que brillaban el dolor y el pánico humanos, que, a continuación, quedaron substituidos por un travestí retorcido y que hacía muecas, en cuya mirada ardían tan sólo el asesinato y un conocimiento sorprendente.
Marisa pensó que por fin había comprendido qué había ocurrido. Los propios miembros de su tribu habían descrito condiciones similares a ésta en relación con la utilización del taduki, como parte de la tradición acumulada sobre el tema, pero Marisa observó que tan sólo en sus tradiciones más antiguas y siniestras se hablaba "de posesiones monstruosas como la que parecía tener subyugado ahora a Quatermain. Cuando hablaban de ellas, acostumbraban a referirse al fenómeno con distintos nombres, y todos esos nombres, pensaba Marisa, tan sólo hablaban de una cosa: Los Grandes Antiguos. El fruto de Yuggoth. Lloigor. Criaturas de más allá de la frontera racional del ser, que flotaban en el límite del espacio y el tiempo y que tan sólo buscaban una forma de entrar en el mundo humano, para reclamarlo como suyo. La gente de Marisa jamás mencionaba dichos nombres sin un movimiento reflejo de la mano, trazando un símbolo en el aire a modo de talismán para rechazar la influencia maligna. Con unos ojos fieros, la alta belleza de obsidiana buscó a su alrededor un trozo de papel y herramientas para escribir con los cuales ella misma pudiera realizar el "antiguo signo" y ayudar así al hombre que se debatía y se retorcía como un pez recién pescado sobre el suelo de la biblioteca, ante sus ojos.
Arrancó la guarda impoluta de un libro de poesía de Swinburne que tenía cerca, y, sacando un abrecartas, intentó hacerse sangre en su propia mano para poder escribir los jeroglíficos protectores necesarios. Mientras lo hacía, Quatermain giraba sobre sí mismo en su paroxismo, estremeciéndose y gruñendo en una asquerosa batalla consigo mismo. Una de sus piernas, que se debatía, daba coces y, en el proceso, tiró uno de los libros resplandecientes más grandes desde su posición original sobre el hogar, hasta el parqué. Las malévolas lenguas de las llamas lamieron las frágiles páginas de los demás tomos que se alineaban en las paredes de la estancia. Marisa soltó una maldición, y supo que todavía le quedaba menos tiempo para llevar a cabo lo que era preciso. El abrecartas se movió por fin, con decisión, sobre la palma de su mano, y, mientras manaba la sangre, Marisa mojó su dedo en ella, como si fuera una pluma, y comenzó a garabatear marcas rituales escarlatas sobre la página arrancada.
Quatermain estaba en el infierno. Sabía, con una certidumbre desesperante, que no tenía la personalidad más fuerte ni la más luchadora de las dos que se peleaban en su carne. El empuje y la furia del ataque de su enemigo ectoplásmico tenían la intensidad irracional e implacable de un tifón o un huracán. Allan sabía que, un momento más, y vería cómo le arrancaban y destrozaban el alma, convertida en un confeti espiritual por la docena de brazos con garras, que garrapateaban, de su atacante. Mientras arrastraban su misma esencia de forma sangrienta hasta el mismo umbral aullador de la aniquilación, Quatermain no era capaz de darse cuenta de que a su alrededor, la biblioteca de Lady Ragnall comenzaba a arder como si se aproximaran al purgatorio en el que él creía estar. Temerosa de acercarse demasiado a los remolineantes brazos del explorador y quedar cegada, aturdida, o incapacitada de alguna otra forma, Marisa esperaba haber dibujado correctamente su apresurado talismán. Líneas carmesíes describían una estrella de siete puntas, de cuyo centro colgaba la rueda solar sagrada en la fe védica. Reuniendo todo su valor, se abalanzó hacia delante, gritando poderosos nombres antiguos mientras apretaba el pedazo de papel ensangrentado contra el ceño perlado de transpiración del explorador.
Quatermain chilló, mientras la negrura que le rodeaba quedaba repentinamente atravesada por una marca extraña y esotérica delineada a fuego, y cuyo brillo era cegador, devastador, terrible. Gritó, pero lo que se hallaba junto a él en la oscuridad gritó aún con más fuerza, con una urgencia que casi parecía mortal. Con su mente y su cuerpo hirviendo, la criatura poseedora fue visible a los ojos humanos durante un instante. Marisa jadeó y dio un paso atrás, asombrándose ante el despliegue trémulo de luz biliosa que colgaba por encima de la forma todavía convulsa del aventurero. Era una cosa de velos ondulantes, móvil de forma grotesca y con pinzas articuladas, que se movía totalmente al unísono, igual que un ciempiés. Las chispas de luminosidad se convirtieron luego en su propia estela, una erupción de manchas coloreadas que se extendía en la retina, y que luego desaparecía.
Marisa ayudó al asombrado y murmurante explorador a ponerse en pie, y después hizo todo lo que pudo para conducir a ambos fuera de la biblioteca en llamas, hasta los terraplenes y céspedes más alejados de la mansión condenada por el fuego. Quatermain se tumbó, descansando la espalda contra el tocón de un árbol grande y oscuro que se encontraba en el terreno de la mansión, mientras la saltarina luz de las llamas, que procedía del edificio incendiado bailaba ante sus ojos observadores y asombrados. Arrancando un pedazo de su largo camisón, para cortar la sangre que manaba de su
mano, la criada sopesó, durante un rato, qué debía hacer con el aventurero claramente traumatizado. Era evidente que estaba maldito. En la tribu de Marisa era cosa sabida que aquél que se enemistara con los Grandes Antiguos de más allá del tiempo y del espacio, lo más seguro es que acabaría atormentado de forma constante por el resto de su vida por dichas entidades inmortales y maliciosas. Estar cerca de una persona con una aflicción tal era arriesgarse a llamar la atención calamitosa de los Antiguos sobre uno mismo. El curso de acción más seguro para Marisa, por desgracia, estaba completamente claro. Quatermain, que miraba, hipnotizado y horrorizado cómo el incendio devoraba tanto el hogar de Lady Ragnall como, en algún lugar de su interior, a la propia viuda, no notó cómo se iba Marisa. No estaba destinado a encontrarla de nuevo, ni a volver a experimentar con la droga a la que tan sólo ella tenía acceso, esa transformadora de la realidad conocida en los rincones más ocultos y en penumbras de la tierra como taduki.


* * *

Por supuesto, esto había pasado hacía años.
Quatermain apenas recordaba ahora esa noche sorprendente, o la desorientadora mañana siguiente, cuando se encontró a sí mismo enfermo y amnésico y tambaleándose en los terrenos que rodeaban los restos quemados de la mansión de Lady Ragnall. La sirvienta negra y enigmática y su alijo de la droga que ahora ansiaba Quatermain no estaban por ninguna parte.
Allan había vagado, igual que un pedigüeño, hasta Londres, y desde allí había conseguido pasaje hasta Oriente Medio, donde abundaba el opio, que, hasta cierto punto, podía calmar el dolor de la separación por parte del viejo aventurero de su narcótico favorito, el sublime taduki. Ahora flotaba en una oscuridad amniótica y descuidada, posiblemente en alguna callejuela del Cairo, aunque, a decir verdad, no le importaba dónde estuviera.
La única mácula en el paraíso del aventurero era la persistente voz femenina que parecía atravesar su ensoñación, reclamando su atención, y rogándole que se despertara. Entreabrió los ojos con desgana.
Era hermosa. Sin embargo, la boca, apretada en un mohín como un capullo de rosa remilgado, y el pelo moreno cuidadosamente atado en un moño provocaron un pinchazo de débil alarma, de reconocimiento, en el pecho del explorador. ¿Había visto antes esa cara? Pero ¿dónde? En las profundidades aturdidas e insensibles de la mente de Allan sonaba una alarma de profundo malestar, un viento escalofriante y frío que soplaba a través del velo, de las cortinas que rodean nuestro estrecho edificio mortal. No conocía a esta mujer, y no quería hacer frente al futuro precario y repleto de acontecimientos que sentía que ella representaba.
"Váyase"- pronunció con dificultad, y luego volvió a cerrar los ojos.
Pero no se fue.
Y todo ocurrió tal y como debía suceder.