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martes, 15 de marzo de 2016

RELATO: "La reina de la Costa Negra", Robert E. Howard (CONAN)


Artista: Gerald Brom



La reina de la Costa Negra

Robert E. Howard


Conan regresa a los reinos hibóreos, donde sirve como jefe de mercenarios en Nemedia, en Ofir y más tarde en Argos. En este último lugar, ciertas desavenencias con los representantes de la ley le obligan a embarcarse en la primera nave que sale hacia el extranjero. En el momento de producirse estos acontecimientos, Conan tiene unos veinticuatro años.


1. Conan se une a los piratas

«Creedme, los verdes brotes despiertan en primavera y el otoño pinta las hojas con un fuego sombrío; creedme, yo aún conservo virgen mi corazón para prodigar mis ardientes deseos a un solo hombre.»
(La canción de Belit)

Los cascos del caballo resonaban en la calle que conducía a los muelles. La gente que gritaba y se apartaba a su paso tuvo visión fugaz de un jinete enfundado en una cota de malla que cabalgaba sobre un negro corcel, mientras su capa de color escarlata ondeaba al viento. Del otro extremo de la calle llegaba el clamor de sus perseguidores, pero el jinete no volvió la cabeza. Irrumpió en el embarcadero y detuvo el caballo al borde del muelle. Los marineros lo miraron boquiabiertos, mientras izaban la vela de franjas en el palo de la galera, una nave ancha y de proa alta. El capitán, un hombre corpulento de barba negra que se hallaba en la proa dirigiendo la maniobra de desatraque lanzó un grito iracundo cuando el jinete saltó desde la silla del caballo y con un ágil brinco aterrizó en el centro de la cubierta.
-¿Quién te ha invitado a subir a bordo? -preguntó a gritos el capitán.
-¡Poneos en marcha! -dijo el intruso con un rugido, subrayando la frase con un gesto violento y feroz que hizo caer gotas de sangre de su espada.
-¡Pero vamos hacia las costas de Kush! -protestó el patrón de la nave.
-¡Entonces yo también voy a Kush!
El capitán lanzó una rápida mirada a la calle por la que venía un grupo de jinetes a todo galope; más atrás venía un pelotón de arqueros, con sus armas colgadas al hombro.
-¿Puedes pagar el pasaje? -preguntó el patrón del barco.
-¡Te voy a pagar con acero! -gruñó el desconocido de la cota de malla mientras empuñaba una gran espada que lanzaba destellos azulinos bajo el sol-. ¡Por Crom que si no zarpas inmediatamente voy a inundar la galera con la sangre de la tripulación!
El capitán conocía muy bien a los seres humanos. Echó un solo vistazo al rostro oscuro y lleno de pequeñas cicatrices del hombre de la espada, endurecido por la furia, y dio una orden a sus marineros. La galera se separó del muelle y los remos comenzaron a hundirse rítmicamente en el agua cristalina; luego una ráfaga de viento hinchó la vela mayor. La ligera nave escoró levemente al impulso de la brisa y avanzó como un cisne, cortando a su paso las olas y dejando un rastro de espuma.
En el muelle, los jinetes agitaban sus espadas, lanzaban gritos de amenaza y daban órdenes que los del barco desoyeron, acuciando a los arqueros para que se colocaran al borde del embarcadero antes de que la nave quedara fuera del alcance de sus armas.
-Dejad que ladren -dijo sonriendo el hombre de la espada-. Y tú, sigue tu rumbo, capitán.
El patrón del barco descendió del pequeño puente de proa, avanzó entre las filas de remeros y ascendió al puente de popa. El desconocido permaneció allí, con la espada apoyada en el mástil, con la mirada alerta y el sable dispuesto a todo. El capitán le observó atentamente, procurando no acercarse demasiado a la enorme espada. Tenía enfrente a un joven alto, corpulento cubierto con una negra cota de malla llena de escamas, bruñidas grebas y un casco de acero azulino, del que salían un par de cuernos muy finamente pulidos. De sus hombros colgaba una capa de color escarlata que ondeaba al viento. Un ancho cinturón de cuero repujado, con una hebilla dorada, sostenía la vaina de la espada. Por debajo del casco asomaba una melena negra y lisa, que contrastaba con sus ardientes ojos azules.
-Si vamos a viajar juntos -dijo el capitán-, será mejor que nos llevemos bien. Me llamo Tito y soy patrón de barco con licencia del puerto de Argos. Me dirijo hacia Kush para traficar con abalorios, sedas, azúcar y espadas con empuñadura de latón, a cambio de lo cual espero que los reyes negros me den marfil, copra, mineral de cobre, esclavos y perlas.
El hombre de la espada lanzó una mirada a los muelles, que iban quedando rápidamente atrás, y donde los jinetes todavía agitaban los brazos en vano, pues parecían no encontrar una embarcación lo suficientemente rápida como para seguir a la veloz galera.
-Yo soy Conan el cimmerio -repuso el joven-. He venido a Argos en busca de una plaza en el ejército, pero como no había ninguna guerra, me encontré sin trabajo.
-¿Por qué te persiguen esos guardias? -preguntó Tito-. Sé que no es asunto mío, pero pensé que quizás...
-No tengo nada que ocultar -dijo el cimmerio-. Por Crom, aunque he pasado mucho tiempo entre vosotros, los hombres civilizados, todavía no entiendo vuestra forma de actuar.
»Pues bien, anoche estaba en una taberna y un capitán de la guardia real quiso abusar de la amiga de un soldado joven que, por supuesto, mató al oficial. Pero parece ser que hay una maldita ley que castiga severamente a quienes matan a los guardias del rey y por ello el soldado y la muchacha tuvieron que huir. Se corrió el rumor de que me habían visto con ellos y por eso me llevaron hoy ante el magistrado, que me preguntó hacia dónde habían huido los dos jóvenes. Yo respondí que puesto que él era mi amigo, no podía traicionarlo. El tribunal se indignó y el juez, furioso, habló acerca de mis deberes hacia el Estado, la sociedad y otras cosas que no entendí, y me ordenó que revelara el paradero de mi amigo. Para entonces era yo quien me había enojado, pues ya había explicado claramente mi posición.
»Pero dominé mi ira y conservé la calma. El juez dijo gritando que yo había manifestado un profundo desprecio hacia el tribunal y que debía ser encerrado en una mazmorra para que me pudriera allí, hasta que traicionara a mi amigo. Por consiguiente, y viendo que estaban todos locos, desenvainé mi espada y le partí la cabeza al juez; después me abrí paso entre el público presente y al ver allí cerca el caballo del alguacil, me apoderé de él y cabalgué hasta los muelles, donde esperaba encontrar un barco que partiera hacia el extranjero.
-Bueno -dijo Tito con aire disgustado-, los tribunales me han perjudicado muchas veces en ocasión de litigios con ricos mercaderes, por lo que no les guardo ningún afecto. Tendré que responder a muchas preguntas si vuelvo a este puerto, pero supongo que podré demostrar que actué bajo amenaza de muerte. Puedes envainar tu espada. Somos pacíficos marinos y no tenemos nada contra ti. Además, no está mal tener a bordo un guerrero como tú. Vamos a popa a beber una jarra de cerveza.
-Me parece bien -repuso rápidamente el cimmerio mientras envainaba su espada.
El Argus era un barco pequeño y resistente, como todos los que comerciaban entre los puertos de Zingara y Argos y los de las costas del sur; estas embarcaciones solían mantenerse siempre a la vista de la costa y raras veces se aventuraban en alta mar. El Argus tenía una proa alta rematada en una roda curva; era ancho en el centro y se afinaba nuevamente hacia popa, desde donde se la hacía avanzar con un remo muy largo. El principal medio de propulsión lo suministraba la gran vela de seda con franjas de colores, auxiliada por un foque. Los remos se utilizaban para entrar o salir de los puertos y bahías, así como en las calmas, cuando no soplaba el viento. Había diez remos por banda, cinco a proa y cinco a popa de la cubierta central. La carga de mayor valor se colocaba debajo de esta cubierta de proa. Los marineros dormían en cubierta o entre las filas de bancos, protegidos durante el mal tiempo por unos baldaquines. La tripulación estaba compuesta por veinte hombres que manejaban los remos, tres en el timón y el capitán del barco.
Así pues, el Argus avanzó resueltamente hacia el sur, ayudado por el buen tiempo reinante. El sol calentaba más intensamente a medida que pasaban los días, por lo que se plegaron los baldaquines de seda con franjas de colores, que hacían juego con las velas y con las brillantes telas doradas de la proa y de las bordas.
Después de unos días de navegación avistaron la costa de Shem, formada por extensas praderas onduladas en las que se divisaban de lejos los blancos remates de las torres de las ciudades, así como algunos jinetes de barba negra y narices aguileñas que, sentados en sus corceles a lo largo de la costa, contemplaban con recelo el paso de la galera. Ésta no fondeó allí, pues era escaso el beneficio que se obtenía comerciando con los fieros y astutos hijos de Shem.
Tampoco se decidió el capitán Tito a atracar en la amplia bahía a la que iba a desembocar el caudaloso río Styx y donde se alzaban los elevados castillos negros de Khemi sobre las aguas azules. Ningún barco entraba sin ser invitado en aquel puerto, donde unos brujos morenos lanzaban terribles hechizos entre el humo oscuro de los sacrificios, que ascendía permanentemente de los altares manchados de sangre. En éstos había mujeres desnudas que gritaban desesperadamente y Set, la Antigua Serpiente, el superdemonio de los hiborios, pero dios de los estigios, retorcía los brillantes anillos de su cuerpo entre sus fieles.
El patrón del barco se apartó de aquella costa de ensueño y de aguas transparentes, aun cuando tras un promontorio de tierra apareció una góndola con la proa en forma de serpiente y un grupo de desnudas muchachas morenas con grandes flores rojas en el pelo llamaban a los marineros y se ofrecían descaradamente en poses incitantes.
Luego dejaron de verse las brillantes torres de la costa. Habían dejado atrás la frontera de Estigia y navegaban a lo largo de las costas de Kush. El mar y sus caminos eran una fuente de misterios insondables para Conan, que había nacido y se había criado en las elevadas montañas del norte. Por su parte, el bárbaro también despertaba el interés de los rudos marineros que jamás habían visto a un hombre de su raza.
Eran marineros típicos de Argos, bajos y fornidos. Conan era mucho más alto que ellos, y dos juntos no alcanzaban a tener la fuerza del bárbaro. Aunque ellos eran resistentes y robustos, el cimmerio tenía la fuerza y la vitalidad de un lobo, con los músculos duros y los nervios aguzados por la vida que solía llevar en las zonas más inhóspitas del mundo. El cimmerio siempre tenía una sonrisa a flor de labios, pero era igual de rápido y terrible para la cólera. Conan tenía un apetito prodigioso, y las bebidas fuertes constituían su pasión y su debilidad. Era ingenuo como un niño en muchos aspectos, y no terminaba de acostumbrarse a los artificios de la civilización; tenía una gran inteligencia natural, era muy celoso de sus derechos y podía ser peligroso como un tigre hambriento. Aunque era joven por su edad, los viajes y las guerras lo habían endurecido, y su estancia en muchos países se hacía evidente en su indumentaria. El casco adornado con cuernos era característico de los rubios aesires de Nordheim; su camisa de malla de acero, así como las placas para proteger sus extremidades, se contaban entre los trabajos más finos de los artesanos de Koth; la fina malla que protegía sus brazos y piernas era de Nemedia; la espada que ceñía al cinto era un enorme sable forjado en Aquilonia y su magnífica capa de color escarlata sólo podía ser producto de los telares de Ofir.
Siguieron navegando hacia el sur. Al cabo de un tiempo, el patrón del barco comenzó a buscar con la mirada las aldeas de altas murallas de las gentes de color. Pero al llegar a una bahía sólo encontraron ruinas humeantes y entre éstas los cadáveres de negros desnudos. Tito lanzó un juramento.
-Yo hice buenos negocios aquí en anteriores ocasiones -manifestó-. Esto es obra de los piratas.
-¿Y si nos enfrentáramos a ellos? -preguntó el cimmerio mientras desenvainaba su enorme espada.
-Éste no es un barco de guerra -repuso el capitán—. Nosotros escapamos, no luchamos. Sin embargo, algunas veces hemos vencido a la tripulación de un barco pirata, aunque nunca nos hemos enfrentado al Tigresa, de Belit.
-¿Quién es Belit?
-La más salvaje y demoníaca de las mujeres. A menos que haya visto mal, fueron sus carniceros quienes arrasaron esa aldea de la bahía. ¡Ojalá pueda verla algún día colgando de un peñol! La llaman la reina de la Costa Negra. Es una mujer de raza shemita que manda sobre un grupo de hombres negros. Constituyen una amenaza para la navegación y ya han enviado a muchos buenos comerciantes al fondo del mar.
Tito trajo del puente de popa unas chaquetas acolchadas, así como cascos de acero, arcos y flechas.
-De poco servirá enfrentarnos a ellos si nos atacan -dijo con un gruñido-. Pero duele en el alma dar la vida sin presentar un poco de resistencia.
Era justo el alba cuando el vigía lanzó una voz de alarma. En torno al extenso cabo de una isla situada a estribor se deslizó la forma amenazante y esbelta de una larga galera con una cubierta que iba de proa a popa a más altura de lo normal. Cuarenta remos a cada lado la impulsaban velozmente por el agua, y las bordas estaban atestadas de negros desnudos que entonaban cánticos y golpeaban sus lanzas contra unos escudos ovalados. En lo alto del mástil ondeaba un largo pendón de color carmesí.
-¡Belit! -exclamó Tito palideciendo-. ¡Atención! ¡Poned la nave a cubierto! ¡Vamos hacia aquella caleta! ¡Si conseguimos llegar a la costa antes de que nos aborden, tendremos posibilidades de escapar con vida!
Inmediatamente el Argus viró y se dirigió hacia los rompientes que se encontraban a lo largo de la playa sembrada de palmeras. Tito iba de un lado a otro, exhortando a los jadeantes remeros que multiplicaran sus esfuerzos. Al capitán se le pusieron los pelos de punta y sus ojos lanzaban destellos.
-Dadme un arco -dijo Conan-. No lo considero un arma de hombres, pero he aprendido a manejarlo con los hirkanios, y me resultará fácil abatir a unos cuantos enemigos en la cubierta de aquel barco.
De pie sobre el puente de popa, el cimmerio observó la galera en forma de serpiente que avanzaba ligeramente sobre las olas, y aunque era hombre de tierra, le resultaba evidente que el Argus jamás podría ganar aquella carrera. Las flechas que lanzaban desde la cubierta de la nave pirata caían con un silbido en el agua, a menos de veinte pasos de la popa.
-Será mejor que nos enfrentemos a ellos -dijo el cimmerio bruscamente-. De lo contrario moriremos todos con una flecha clavada en la espalda y sin haber devuelto un solo golpe.
-¡Remad fuerte, perros! -rugió Tito, haciendo un violento ademán con el musculoso puño.
Los barbudos remeros gruñeron al inclinarse aún más sobre los remos; los músculos se marcaban en sus brazos y su piel estaba completamente bañada en sudor. La madera de la pequeña y ancha galera crujía violentamente mientras el casco hendía las aguas. El viento había dejado de soplar y la vela colgaba floja en el mástil. La nave enemiga se acercaba inexorablemente y se encontraba todavía a una milla de los rompientes cuando uno de los hombres que manejaba el timón cayó sobre el palo con una larga flecha clavada en el cuello. Tito saltó para ocupar su lugar, y Conan, de pie y con las piernas abiertas sobre la cubierta de popa, levantó su arco. Ahora alcanzaba a ver algunos detalles del barco pirata. Los remeros estaban protegidos por unas planchas metálicas ligeras dispuestas a los lados de la nave, pero los guerreros que danzaban sobre la alta y estrecha cubierta se hallaban totalmente al descubierto. Estaban casi todos desnudos y tenían el cuerpo pintado, llevaban plumas y empuñaban lanzas y escudos.
En la elevada plataforma de proa se erguía una delgada figura cuya piel blanca constituía un deslumbrante contraste con el brillo de ébano de los hombres que se encontraban a su alrededor. Era Belit, sin duda alguna. Conan cogió una flecha con plumas, y entonces una especie de escrúpulo o vacilación desvió su mano y lanzó el dardo que atravesó el cuerpo de un alto arquero emplumado que estaba al lado de ella.
El barco pirata iba ganando distancia al barco más pequeño. Las flechas llovían sobre la cubierta del Argus y alguno de sus tripulantes lanzaban un grito de vez en cuando. Todos los timoneles habían caído bajo la lluvia de flechas y Tito manejaba solo el pesado timón, mientras lanzaba maldiciones y hacía esfuerzos inauditos con los brazos y piernas. Pero en ese momento se derrumbó con un estertor porque una flecha que tenía clavada en la espalda le había atravesado el corazón. El Argus quedó a la deriva, a merced de la marejada. Los tripulantes comenzaron a gritar aumentando la confusión y entonces Conan decidió tomar el mando, como era habitual.
-¡Arriba el ánimo, muchachos! -rugió mientras disparaba una flecha-. ¡Empuñad vuestras armas y devolved a esos perros algunos golpes antes de que os corten el pescuezo! ¡Ya de nada vale que os esforcéis sobre los remos! ¡Los tendremos a bordo antes de cincuenta remadas!
Los remeros abandonaron a la desesperada los bancos y cogieron sus armas. Era una actitud valiente, pero inútil. Tenían tiempo para arrojar algunas flechas antes de que los piratas estuvieran encima de ellos. Sin nadie que manejase el timón, el Argus se balanceaba con fuerza y un momento después
el espolón acerado de la proa de los atacantes chocó contra el barco mercante por el centro de la nave. Los rezones crujieron. Desde la elevada cubierta, los piratas negros lanzaron una lluvia de flechas que atravesaron las chaquetillas acolchadas de los desventurados marineros y luego saltaron con una lanza en la mano para completar la matanza. En la cubierta del barco pirata yacían una docena de cadáveres, fruto de la destreza de Conan con el arco.
La lucha en el Argus fue breve y sangrienta. Los rechonchos marineros no pudieron oponer resistencia a los bárbaros de elevada estatura, y fueron cayendo de uno en uno. En otro lugar de la nave, la lucha había tomado un cariz especial. Conan, de pie sobre la elevada popa, se hallaba al mismo nivel que la cubierta del barco pirata. Cuando la proa de acero se hundió en el costado del Argus, el cimmerio consiguió guardar el equilibrio a pesar del encontronazo, desechando luego el arco. Un corsario de gran estatura saltó sobre la borda y fue recibido en el aire por el enorme sable de Conan, que le cortó en dos por la cintura, de modo que el tronco cayó hacia un lado y las piernas hacia el otro. A continuación, y con un estallido de furia que dejó un montón de cadáveres sobre la cubierta, Conan dio un gran salto por la borda y cayó de pie sobre el Tigresa. En un instante, Conan se convirtió en el centro de un huracán de violencia; a su alrededor zumbaban las flechas y las lanzas, pero él se movía con una velocidad enceguecedora. Las flechas rebotaban en su armadura o azotaban el aire, al tiempo que su espada cortaba el aire con su son de muerte. La locura combativa de su raza se había apoderado de él, y con los ojos velados por una roja neblina irracional, hundía cráneos, aplastaba pechos, cercenaba miembros y desgarraba entrañas, dejando la cubierta llena de sangre y de despojos humanos. El espectáculo era espantoso.
Invulnerable con su cota de malla y con la espalda apoyada contra el mástil, el cimmerio seguía amontonando cadáveres destrozados a sus pies, hasta que sus enemigos comenzaron a retroceder jadeando de miedo y de furia. Entonces, cuando los piratas lanzaron a un tiempo las lanzas con la intención de atacar y Conan se puso en tensión dispuesto a saltar y a morir, un grito agudo detuvo los brazos en alto. Los gigantes negros se quedaron inmóviles como estatuas de ébano, al igual que Conan, que se quedó rígido, con la espada chorreando sangre.
Belit saltó delante de sus negros guerreros y les obligó a bajar las lanzas. Luego se volvió hacia Conan, con el pecho jadeante y los ojos centelleantes. Unos dedos fieros y ardientes estrujaron el corazón del cimmerio, que se colmó de una fogosa admiración. La mujer era delgada, pero tenía formas de diosa, esbeltas y voluptuosas a un tiempo. Su único atuendo consistía en un ancho cinto de seda. Las blancas extremidades y las esferas marfileñas de sus senos hicieron latir el pulso de Conan con loca pasión, aun en medio del furor de la batalla pendiente. Sus cabellos eran oscuros como una noche de Estigia y le caían en suave cascada sobre su delicada espalda. Sus ojos negros ardían cuando miraba al cimmerio.
La joven era indómita como el viento del desierto, ágil y peligrosa como una pantera. Se acercó a Conan sin prestar atención a la enorme espada manchada con la sangre de sus hombres. El suave muslo de la mujer rozó la pierna de él. Sus labios rojos se entreabrieron cuando miró los sombríos y amenazantes ojos azules del cimmerio.
-¿Quién eres? —preguntó-. Por Ishtar, que jamás he visto a nadie como tú, a pesar de haber recorrido estos mares desde las costas de Zingara hasta las últimas hogueras del sur. ¿De dónde vienes?
-De Argos -respondió él escuetamente, temiendo algún movimiento traicionero.
Si la mano de la mujer se acercaba a la enjoyada daga que llevaba en el cinto, de un solo manotón la dejaría sin sentido sobre la cubierta. Sin embargo, el cimmerio, en lo más profundo de su ser, no temía; había estrechado a demasiadas mujeres, civilizadas o bárbaras, en sus brazos de hierro, como para no reconocer el brillo que ardía en los ojos de aquélla.
-¡Tú no eres un blando hiborio! —exclamó ella-. Eres valiente y duro como un lobo gris. Esos ojos nunca se han visto encandilados por las luces de la ciudad. Esos músculos no se han ablandado por la vida fácil entre paredes de mármol.
-Soy Conan el cimmerio -contestó él.
Para las gentes de climas tropicales y exóticos, el norte era un intrincado reino mítico poblado de feroces gigantes de ojos azules que de cuando en cuando descendían de sus heladas tierras con una antorcha y una espada. Sus incursiones nunca los habían llevado más al sur de Shem, por lo que aquella joven shemita no distinguía entre aesires, vanires o cimmerios. Con su inequívoco instinto femenino, se había dado cuenta de que había hallado a su amante y de que su raza no significaba nada salvo para proporcionarle el encanto que confieren los países remotos.
-Y yo soy Belit -exclamó ella, como diciendo: «Soy una reina».
A continuación, la muchacha le tendió los brazos abiertos y le dijo:
-¡Mírame, Conan! ¡Soy Belit, la reina de la Costa Negra! Oh, tigre del norte, eres tan frío como las nevadas montañas que te vieron nacer. ¡Tómame y estréchame con tu fiero amor! ¡Ven conmigo a los confines de la tierra y de los mares! ¡Yo soy reina por el fuego, el acero y la muerte...; sé tú mi rey!
Los ojos de Conan escrutaron las filas de guerreros manchados de sangre, en busca de una expresión de ira o de celos. Pero no vio nada de eso. La furia se había disipado en los rostros de ébano. El bárbaro se dio cuenta de que para aquellos hombres, Belit era algo más que una mujer. Era una diosa cuya voluntad era incuestionable. Conan lanzó una mirada al Argus, que se balanceaba sobre un mar teñido de rojo, con las cubiertas ensangrentadas, y retenido por los rezones de abordaje. Luego miró hacia la costa de tonalidades azules, después hacia las verdes brumas del océano y finalmente al vibrante cuerpo que se hallaba delante de él, y su corazón bárbaro se estremeció. Dominar aquellas brillantes tierras azuladas junto a la joven tigresa de piel blanca... Amar, reír, navegar, conquistar botines...
-¡Iré contigo! -dijo él roncamente, sacudiendo las gotas de sangre de su espada.
-¡Eh, N'Yaga! -dijo entonces la muchacha con voz vibrante como la cuerda de un arco-. ¡Trae hierbas curativas y atiende las heridas de tu amo! Los demás, traed el botín a bordo y alejémonos de aquí.
Mientras Conan tomaba asiento con la espalda contra la barandilla de popa, para que el viejo chamán atendiese los cortes que tenía en brazos y piernas, la carga de la infortunada Argus fue rápidamente trasladada a bordo del Tigresa y almacenada en pequeños compartimentos que había debajo de cubierta. Los cadáveres de los tripulantes del barco mercante y de los piratas que habían muerto durante la batalla fueron arrojados por la borda y sirvieron de alimento a los tiburones que infestaban aquellas aguas. Los piratas heridos quedaron en el centro de la cubierta para ser curados. A continuación se soltaron los rezones de abordaje, y mientras el Argus se hundía silenciosamente en las aguas teñidas de sangre, el Tigresa se alejaba hacia el sur entre rítmicos golpes de remo.
Cuando el barco comenzó a navegar por las cristalinas aguas azules, Belit subió a popa. Sus ojos ardían como los de una pantera en la oscuridad cuando se quitó sus adornos, sus sandalias y su cinto de seda y arrojó todo a los pies del cimmerio. Entonces, poniéndose de puntillas, con los brazos extendidos hacia arriba y completamente desnuda, gritó a sus gentes:
-¡Lobos del mar azul, observad la danza del apareamiento de Belit, cuyos padres fueron reyes de Asgalun!
Y bailó como un torbellino en el desierto, como una llama inextinguible, como el impulso de la creación y de la muerte. Sus pies blancos rozaban suavemente la cubierta manchada de sangre, y los moribundos se olvidaron de morir mientras la contemplaban extasiados. Entonces, al tiempo que las blancas estrellas brillaban tenuemente a través del terciopelo azul del atardecer, haciendo de su cuerpo una borrosa llama marfileña, Belit lanzó un grito salvaje y se arrojó a los pies de Conan. El ciego deseo del cimmerio le hizo olvidar el mundo cuando estrujó su jadeante cuerpo contra las negras placas de su pecho acorazado.


2. El loto negro

«En aquella ciudadela de la muerte de piedras destrozadas, sus ojos cayeron en la trampa de aquel fulgor profano y terrible. Una extraña locura me oprimió con fuerza la garganta, como un rival que se interpone entre dos amantes.»
(La canción de Belit)

El Tigresa surcó los mares, y todas las aldeas negras de la costa se estremecieron. El tam-tam resonó en la noche, anunciando que la diablesa del mar había encontrado un compañero, un hombre de hierro cuya violencia superaba la del león herido. Entonces los sobrevivientes de los despojados navíos estigios maldijeron el nombre de Belit y el del blanco guerrero de los ojos azules. Por ello los príncipes estigios recordaron eternamente a este hombre, y su memoria fue un árbol amargo que dio frutos de color carmesí en los años que siguieron.
Pero el Tigresa siguió navegando despreocupado como el viento errante, hasta que ancló frente a las costas del sur, en la desembocadura de un caudaloso y turbulento río cuyas orillas eran murallas selváticas llenas de misterio.
-Éste es el río Zarkheba, que significa Muerte -dijo Belit-. Sus aguas son venenosas. ¿Ves cuan turbias y cenagosas fluyen? Sólo los reptiles ponzoñosos pueden vivir en ese río. Los hombres de piel negra lo evitan siempre. Una vez, una galera estigia que huía de mi barco se internó por este río y desapareció. Yo anclé en este mismo lugar, y algunos días después la galera volvió flotando a la deriva sobre las oscuras aguas; estaba desierta y su cubierta aparecía manchada de sangre. Había un solo hombre a bordo, pero se había vuelto loco y murió sollozando. El cargamento estaba intacto, pero la tripulación había desaparecido silenciosa y misteriosamente.
«Amado mío, yo creo que a orillas de este río hay una ciudad. He oído relatos acerca de torres gigantescas y de murallas que contemplaron desde lejos los pocos marinos que osaron remontar esta corriente. Nosotros no tememos a nada ni a nadie. ¡Conan, vayamos hacia allí y saqueemos la ciudad!
Conan asintió; como hacía generalmente cuando Belit trazaba un plan. Ella era quien planeaba las incursiones y el cimmerio quien las llevaba a cabo. Poco le importaba a él hacia dónde navegar o contra quién combatiesen, mientras no dejaran de navegar y de combatir. El cimmerio estaba satisfecho con ese tipo de vida.
Las batallas habían mermado la tripulación; sólo quedaban unos ochenta lanceros, apenas los suficientes para la larga galera. Pero Belit no quería perder el tiempo navegando hacia el sur, hasta las remotas islas donde reclutaba a sus bucaneros. La fogosa muchacha estaba deseando emprender aquella aventura; por consiguiente, el Tigresa se internó por la desembocadura del río. Los remeros tuvieron que esforzarse a fondo para superar el empuje de la caudalosa corriente.
Doblaron el misterioso recodo que impedía la vista desde el mar, y al atardecer ya navegaban entre los bancos de arena en los que se movían extraños y ondulantes reptiles. Pero no vieron ni un solo cocodrilo, ni divisaron animal alguno ni pájaros que acudieran a saciar su sed en aquellas aguas. Continuaron avanzando en la oscuridad que precede a la salida de la luna, entre costas que eran como sólidas empalizadas de una vegetación impenetrable, de donde llegaba de vez en cuando un misterioso rumor de crujidos y de pisadas sigilosas, y se divisaba el fulgor de unos ojos amenazantes. Y una vez que se oyó la voz inhumana y burlona de un mono, Belit dijo que las almas de los hombres malvados estaban presas en aquellos animales parecidos al hombre, como castigo por sus crímenes pasados. Pero Conan tenía sus dudas al respecto, porque en cierta ocasión había visto en una jaula de barrotes dorados de una ciudad hirkania un animal triste de ojos abismales que, según le dijeron, era un mono, y que no tenía nada de la demoníaca malevolencia que vibraba en la risa chillona que les llegaba desde la oscura selva.
Entonces salió la luna como una mancha sanguinolenta, con un halo negro, y de las orillas surgió una terrible algarabía, como saludándola. Los rugidos, aullidos y gritos hicieron temblar a los guerreros negros, pero aquel bullicio, según pudo notar Conan, procedía del interior de la selva, como si los animales, al igual que los hombres, huyeran de las negras aguas del Zarkheba.
Elevándose por encima de la densa negrura de los árboles y de los cimbreantes bosques frondosos, la luna plateaba la superficie del río, y la estela del barco se convertía en un centelleo de burbujas fosforescentes que se ensanchaba creando una luminiscencia de fulgurantes piedras preciosas. Los remos se hundían en las aguas y salían como empapados de plata helada. Las plumas de los guerreros se balanceaban bajo el viento y las gemas de las empuñaduras y arneses resplandecían con una luz helada.
La fría luz de la luna iluminaba también las joyas que adornaban los negros rizos de Belit cuando extendió su hermoso cuerpo sobre una piel de leopardo colocada sobre la cubierta. Apoyada sobre los codos y con la barbilla entre las manos, la joven observaba el rostro de Conan, que estaba acostado a su lado con la oscura melena agitada bajo la tenue brisa. Los ojos de Belit eran como oscuras gemas que ardían a la luz de la luna.
-El misterio y el terror nos rodean, Conan, y nos deslizamos hacia el reino del horror y de la muerte -dijo Belit-. ¿Tienes miedo?
Por toda respuesta, él se limitó a encoger los hombros, cubiertos con la cota de malla.
-Tampoco yo tengo miedo -repuso ella con aire meditabundo-. Jamás lo tuve. He contemplado demasiadas veces los desnudos colmillos de la muerte. Dime, Conan, ¿temes a los dioses?
-Yo no pisaría sus sombras -contestó el bárbaro prudentemente-. Algunos son malignos y otros son propicios; al menos, eso afirman sus sacerdotes. Mitra, la diosa de los hiborios, debe ser una diosa fuerte, porque su pueblo ha construido ciudades en todo el mundo. Pero hasta los hiborios temen a Set. Y Bel, dios de los ladrones, es un dios bueno.
Cuando yo era ladrón, en Zamora, aprendí mucho de él.
-¿Cómo son los dioses de tu pueblo? Nunca te he oído hablar de ellos.
-El dios principal es Crom, que vive en una gran montaña. Pero de nada vale invocarlo. Le importa muy poco si los hombres viven o mueren. ¡Es mejor callar que reclamar su atención, ya que suele enviar desdichas y no fortuna! Es implacable y sin compasión, pero infunde poder para luchar y matar en el momento de nacer. ¿Qué más puede pedir un ser humano?
-¿Y cómo es vuestro mundo, más allá del río de la muerte? -insistió ella.
-En el culto de mis gentes no hay esperanza aquí ni en el más allá -respondió Conan-. En este mundo los hombres luchan y sufren en vano, y sólo encuentran placer en el torbellino enloquecedor de la batalla; una vez muertos, sus almas entran en un reino gris, lleno de nubes y azotado por vientos helados, donde vagan tristes y melancólicas durante toda la eternidad.
Belit se estremeció y dijo:
-Por mala que sea la vida, es mejor que semejante destino. ¿Tú qué crees, Conan?
El cimmerio se encogió de hombros una vez más y dijo:
-He conocido muchos dioses. Quien niegue su existencia está tan ciego como el que confía en ellos con una fe desmesurada. Yo no busco nada después de la muerte. Puede que exista la oscuridad de la que hablan los escépticos nemedios, o el reino helado y nebuloso de Crom, o las llanuras nevadas o los grandes salones de piedra del Valhalla de los habitantes de Nordheim. No lo sé, ni me importa. Que me dejen vivir intensamente mientras viva; quiero saborear el rico jugo de la carne roja y sentir el sabor ácido del vino en mi paladar, gozar del cálido abrazo de una mujer y de la jubilosa locura de la batalla cuando llamean las azules hojas de acero; eso me basta para ser feliz. Que los maestros, los sacerdotes y los filósofos reflexionen acerca de la realidad y la ilusión. Yo sólo sé esto: que si la vida es ilusión, yo no soy más que eso, una ilusión, y ella, por consiguiente, es una realidad para mí. Estoy vivo, me consume la pasión, amo y mato; con eso me doy por contento.
-Pero los dioses son reales -dijo ella, siguiendo la línea de sus pensamientos-. Y por encima de todo están los dioses shemitas: Ishtar, Ashtoreth, Derketo y Adonis. Bel también es shemita, pues nació en la antigua Shumir hace muchísimo tiempo y entró en el mundo riendo, con su barba rizada y sus ojos picaros e inteligentes, a robar las joyas de los reyes de la antigüedad.
-Existe la vida más allá de la muerte; yo lo sé, y también sé esto, Conan de Cimmeria -dijo Belit poniéndose ágilmente de pie y estrechándole con un abrazo de pantera-: ¡Sé que mi amor es más fuerte que la muerte! Me has estrechado en tus brazos, jadeando con la violencia de nuestro amor; me has cogido y estrujado y me has conquistado, atrayéndome el alma a tus labios con la violencia de tus hirientes besos. ¡Mi corazón está soldado al tuyo; mi alma es parte de tu alma! ¡Si yo muero y tú tuvieras que luchar por tu vida, yo volvería del abismo para ayudarte; sí, lo haría tanto si mi espíritu flotara bajo las velas purpúreas del mar cristalino del paraíso, como si se retorciese entre las llamas del infierno! ¡Soy tuya, y ni los dioses ni la eternidad podrán separarnos!
Un grito de espanto llegó desde el puesto de proa. Tras apartar a Belit a un lado, Conan se puso en pie de un salto, con la espada resplandeciente bajo la luz de la luna y los pelos de punta por la escena que estaba viendo. El vigía negro se tambaleaba sobre la cubierta apoyado en algo que parecía el tronco de un árbol oscuro y sinuoso que se balanceaba sobre la barandilla. Entonces Conan se dio cuenta de que se trataba de una gigantesca serpiente que había saltado por encima de la borda y sujetaba al desdichado vigía con sus enormes fauces. Las chorreantes escamas brillaban pálidamente bajo la luz de la luna, a medida que el reptil se retiraba de la cubierta, mientras el guerrero atrapado gritaba y se retorcía como una rata en los colmillos de una serpiente pitón. Conan corrió hacia la proa y alzando su enorme espada casi cortó en dos al gigantesco animal, que era más grueso que el cuerpo de un hombre. La sangre empapó la cubierta mientras el monstruo moribundo se alejaba sin soltar a su víctima, hasta que se hundió en el tenebroso río, anillo tras anillo, dejando tras de sí una sanguinolenta espuma, bajo la cual el hombre y el reptil desaparecieron juntos. A partir de entonces, Conan prosiguió la guardia personalmente, pero ningún otro monstruo llegó reptando desde las cenagosas profundidades del río. Cuando el cielo clareaba en la selva, el cimmerio divisó los negros colmillos de unas torres oscuras que se alzaban entre los árboles. Llamó a Belit, que aún dormía sobre la cubierta, envuelta en su capa de color escarlata, y ella corrió a su lado con los ojos brillantes por la emoción. la joven ordenó a sus guerreros que prepararan los arcos y las flechas. Entonces sus hermosos ojos se abrieron desorbitados.  Lo que vieron cuando doblaron un recodo y quedó ante su vista aquella orilla, era el fantasma de una ciudad. La maleza y los arbustos crecían profusamente entre las piedras rotas y las losas de lo que en un tiempo habían sido calles, plazas y grandes patios. Por todas partes, excepto en la misma orilla del río, crecía la selva, ocultando columnas caídas y túmulos derruidos con su verde veneno. Aquí y allá se veían enormes torres que alzaban su precario equilibrio contra el cielo de la mañana, así como columnas rotas que sobresalían por encima de los muros en ruinas. En el centro de la plaza se levantaba una pirámide de mármol rematada por una fina estatua, hasta que sus ojos agudos percibieron señales de vida.
-Es un enorme pájaro -dijo uno de los guerreros, de pie en la popa.
-No, es un murciélago monstruoso -afirmó otro.
-Es un mono -dijo Belit.
En ese momento, el engendro extendió unas alas muy amplias y desapareció volando hacia la selva. -Era una especie de mono alado -dijo el viejo N'Yaga, con gesto inquieto-. Será mejor que nos dejemos cortar el cuello antes que desembarcar en ese lugar. Está encantado.
Belit se burló del supersticioso anciano y ordenó que la galera se acercara a la orilla y atracase en los muelles derruidos. Ella fue la primera en saltar a tierra, seguida de cerca por Conan; luego desembarcó la tropa de piratas de piel de ébano con sus blancas plumas ondeando bajo la brisa de la mañana, con las lanzas preparadas y los ojos observando con recelo la selva que los rodeaba.
En aquel lugar reinaba un silencio tan siniestro como el de una serpiente dormida. Belit se irguió entre las ruinas; su vibrante y esbelto cuerpo, lleno de vida, contrastó extrañamente con la desolación y la destrucción que había a su alrededor. El sol se alzaba lentamente sobre la selva, llameante y amenazador, inundando las torres con una tenue luz dorada que hacía resaltar las sombras que se agazapaban entre los muros derruidos. Belit señaló una fina torre redondeada que parecía tambalear sobre sus inseguros cimientos. Conducía hasta ella un camino de losas flanqueado por columnas rotas entre las que crecían plantas; delante de la torre había un enorme altar. Belit recorrió con rapidez el antiguo camino de piedra y se detuvo delante del altar.
-Éste era el templo de los antiguos -le dijo a Conan-. Mira, esos canalillos que hay a los lados del altar son para la sangre. Las lluvias de diez mil años no han conseguido lavar las oscuras manchas que hay en la piedra. Las paredes se han derrumbado y este bloque de piedra sigue desafiando el tiempo y los elementos.
-Pero ¿quiénes eran esos antiguos? -preguntó Conan. Ella extendió sus finas manos con un gesto de desamparo para subrayar sus palabras.
-Ni siquiera en las leyendas se menciona a esta ciudad -dijo-. ¡Pero fíjate en los orificios para las manos que hay en ambos extremos del altar! Los sacerdotes solían esconder sus tesoros debajo de sus altares. ¡A ver si entre cuatro de vosotros podéis levantar esa losa!
Belit retrocedió unos pasos para dejar sitio, al tiempo que miraba hacia la torre que se alzaba por encima de ellos. Tres de los guerreros más fuertes ya habían aferrado la losa por los huecos -que curiosamente no estaban hechos para manos humanas-, cuando Belit dio un paso atrás lanzando un grito de horror. Los negros se quedaron paralizados en su sitio y Conan, que se había agachado para ayudarlos, giró en redondo al tiempo que lanzaba una maldición.
-Hay una serpiente entre la hierba -dijo ella retrocediendo-. Ven a matarla, Conan. Vosotros, seguid intentando alzar la losa.
El cimmerio se acercó rápidamente a la joven y otro negro ocupó su lugar. Mientras Conan examinaba la hierba en busca de la serpiente, los gigantescos negros se apoyaron firmemente sobre los pies y entre gruñidos fueron levantando poco a poco la piedra, con los músculos tensos debajo de la piel de ébano. La losa del altar giró repentinamente hacia un lado. Al mismo tiempo se oyó un terrible estruendo y la torre se desplomó sepultando a los cuatro negros bajo los bloques de piedra.
Un grito de horror surgió entre las filas de sus compañeros. Los finos dedos de Belit se clavaron en el brazo de Conan.
-No había ninguna serpiente -susurró ella-. Era una artimaña para alejarte del altar. Sentí miedo, pues sabía que los antiguos guardaban bien sus tesoros. Ahora despejemos las piedras.
Eso hicieron, y luego levantaron los cuerpos destrozados de los cuatro hombres. Debajo de éstos los piratas hallaron una cripta tallada en la roca viva. El altar, que giraba ingeniosamente hacia un lado por medio de rodillos de piedra, había servido de tapadera. A primera vista, parecía que la cripta estaba llena a rebosar de un fuego líquido que reflejaba la temprana luz del sol con un millón de facetas resplandecientes.
Allí, ante los ojos atónitos de los piratas, había una fortuna incalculable: diamantes, rubíes, sanguinarias, zafiros, turquesas, piedras de la luna, ópalos, esmeraldas, amatistas y otras gemas desconocidas, que relucían como los ojos de una mujer maligna. La cripta estaba abarrotada de brillantes piedras preciosas que centelleaban bajo los rayos del sol.
Al tiempo que lanzaba un grito, Belit se dejó caer de rodillas entre los escombros manchados de sangre junto al borde de la cripta y hundió sus blancos brazos hasta el hombro en aquel mar de esplendor. Luego retiró los brazos, aferrando algo que le hizo lanzar otro grito de asombro. ¡Tenía en la mano una larga sarta de rubíes, que parecían coágulos de sangre, unidos por un grueso hilo de oro! Al reflejarse en el collar, la dorada luz del sol se convirtió en un resplandor rojizo.
Los ojos de Belit parecían los de una mujer en trance. El corazón de los shemitas se emborrachaba con las riquezas y con el esplendor material, pero aquel espectáculo hubiera trastornado hasta el corazón del emperador de Shushan.
-¡Recoged estas piedras preciosas, perros! -gritó ella, sin poder dominar su emoción.
-¡Mirad! Un musculoso brazo negro señaló en dirección al Tigresa y Belit giró en redondo enseñando los dientes, como si esperara ver a un pirata rival acercándose para despojarla del botín. Pero sólo vieron alzarse, por encima de la borda del barco, una oscura sombra que se alejó volando hacia la selva.
-¡El mono maligno ha estado en nuestro barco! -musitaron los negros inquietos.
-¿Y eso qué importa? -exclamó Belit lanzando un juramento, al tiempo que se alisaba un rizo rebelde con gesto impaciente-. Haced una litera con las lanzas y las capas para cargar todas estas joyas. Eh, Conan, ¿dónde demonios vas?
-Voy a echar un vistazo a la galera -dijo el cimmerio con un gruñido-. Esa especie de murciélago pudo haber hecho un agujero en la base de la galera, sin que nos hayamos dado cuenta. El bárbaro corrió rápidamente por las destrozadas piedras del embarcadero y saltó hacia la nave. Después de examinar por un momento el barco bajo cubierta, Conan lanzó una maldición y echó una mirada en dirección al lugar por el que había desaparecido el monstruo alado. Volvió rápidamente hacia donde estaba Belit, dirigiendo el saqueo de la cripta. La muchacha se había puesto el collar y los rojos rubíes brillaban esplendorosamente sobre su blanco pecho. Un negro enorme estaba sumergido hasta las caderas en la rebosante cripta y extraía grandes puñados de piedras preciosas, que pasaba a los hombres impacientes que se hallaban arriba. Sartas de heladas iridiscencias colgaban entre los oscuros dedos del negro; eran como gotas de fuego rojo que formaban un increíble arco iris. El negro parecía un gigante a horcajadas sobre los llameantes pozos del infierno, con las manos llenas de estrellas.
-Aquel maldito demonio volador ha agujereado las barricas de agua -dijo Conan-. Si no hubiéramos estado tan deslumbrados por estas piedras preciosas, hubiéramos oído el ruido que hacía el monstruo al acercarse. Fuimos necios al no haber dejado un centinela a bordo. No podemos beber el agua de este río.
Voy a llevar veinte hombres para buscar agua fresca y potable en la selva.
Ella le miró con expresión confusa, con los ojos velados por la extraña pasión que la embargaba, mientras acariciaba con dedos nerviosos las piedras preciosas que llevaba en el pecho.
-Está bien -repuso ella distraídamente, casi sin prestarle atención-. Voy a hacer que lleven el tesoro a bordo.
La selva se cerró rápidamente detrás del grupo, al tiempo que la luz cambiaba del oro intenso al gris sombrío. De las ramas que formaban arcadas caían enredaderas que parecían serpientes. Los guerreros avanzaban en fila india, como negros fantasmas deslizándose bajo la luz crepuscular.
Dentro de la selva la vegetación era menos densa de lo que Conan había pensado. El suelo estaba blando, pero no húmedo. Al alejarse del río, se inclinaba poco a poco formando pendiente. Cuanto más se internaban por la verde espesura, menores señales había de proximidad de agua, ya sea de fuentes o de pozos. Conan se detuvo súbitamente; sus guerreros le imitaron y se quedaron inmóviles como estatuas de basalto. En el tenso silencio que siguió, el cimmerio dijo en voz baja a N'Gora, un hombre de confianza:
-Seguid derecho hasta que no podáis verme; entonces deteneos y esperadme. Creo que nos están siguiendo. He oído algo.
Los negros parecían inquietos, pero obedecieron. Mientras ellos seguían su camino, Conan se ocultó rápidamente detrás de un enorme árbol, al tiempo que miraba hacia el lugar por el que habían venido. De aquella espesa vegetación podía surgir cualquier cosa. Pero no ocurrió nada, y los débiles sonidos de la marcha de los lanceros se apagaron a lo lejos. De pronto el cimmerio sintió que el aire estaba impregnado de un aroma exótico. Algo le rozó suavemente la sien. Conan se volvió con rapidez. Desde una mata cuyas hojas tenían formas muy extrañas, unas enormes flores negras se inclinaron hacia él. Una de ellas era la que le había tocado. Parecían llamarle arqueando sus tallos en señal de invitación. Se extendían y susurraban, aunque no soplaba la menor brisa.
Conan retrocedió rápidamente al reconocer el loto negro, cuya savia era mortal y cuyo perfume producía un sopor con sueños terribles. El cimmerio ya comenzaba a sentir un ligero letargo. Trató de desenvainar la espada para cortar los ondulantes tallos que se cernían sobre él, pero sus brazos se quedaron inertes a ambos lados del cuerpo. Abrió la boca para llamar a sus guerreros, pero de ella no salió más que un débil jadeo. Un segundo después, la selva empezó a dar vueltas con asombrosa rapidez y Conan comenzó a ver todo borroso, no, oyó los gritos de espanto que se escuchaban un poco más allá, pues se le doblaron las rodillas y cayó al suelo sin sentido. Por encima de su cuerpo postrado, las enormes flores negras se balanceaban en el aire sin que las moviera el viento.


3. Horror en la selva

«¿Fue un sueño lo que trajo el loto negro?
Entonces, maldito sea el sueño que angustió mi vida,
y maldita la rezagada hora que no ve
la cálida sangre goteando del cuchillo de color carmesí.»
(La canción de Belit)

Primero fue la oscuridad del vacío más absoluto, en el que soplaban fríos vientos del espacio cósmico. Luego unas formas vagas, monstruosas y etéreas se agitaron en el sórdido escenario de la nada, como si la oscuridad hubiera adoptado una forma material. El viento siguió soplando hasta que se formó un vórtice, una pirámide giratoria de rugiente negrura, del que salió la Forma y la Dimensión. Y de pronto, como si fueran nubes, las tinieblas se desvanecieron y una enorme ciudad de piedra de color verde oscuro se alzó a orillas de un río caudaloso que fluía por una planicie sin límites. Por aquella ciudad se movían unos seres de formas extrañas.
Aunque fundidos en el molde de la humanidad, se veía claramente que no eran hombres. Tenían alas y eran de dimensiones gigantescas. No provenían de una rama del misterioso tronco cuya evolución culminó con el ser humano, sino que se trataba del fruto maduro de un árbol diferente y extraño. Aparte de sus alas, aquellos seres se parecían físicamente al hombre en la misma medida en que éste se parece a los grandes monos. En desarrollo espiritual, estético e intelectual eran superiores al hombre de la misma manera que éste es superior al gorila. Pero cuando construyeron su gigantesca ciudad, los primitivos antepasados del hombre aún no habían surgido del limo de los océanos primordiales.
Estos seres eran mortales, del mismo modo que lo es todo lo que está hecho de carne y sangre. Nacían, amaban y morían, si bien vivían muchísimos años.
Entonces, después de incontables millones de años, se inició el Cambio. El paisaje tembló como si fuera una imagen proyectada en una cortina agitada por el viento. Las eras pasaron por la ciudad y el campo al igual que fluyen las olas en el mar, y cada una de ellas produjo grandes cambios. En algún lugar del planeta se estaban alterando los centros magnéticos; los enormes glaciares y los campos de hielo se desplazaron hacia los nuevos polos.
El litoral del gran río también se alteró. Las llanuras se convirtieron en pantanos en los que pululaban asquerosos reptiles. Donde se extendían fértiles praderas, surgieron primero bosques y luego densas selvas. Las transformaciones obraron también sobre los habitantes de la ciudad, si bien éstos no emigraron hacia nuevas tierras. Razones incomprensibles para el hombre los retuvieron ligados a su funesto destino.
Y mientras aquella tierra, que antes fuera rica y poderosa, se hundía cada vez más en el negro cieno de la sombría selva, el caos se abatió sobre los habitantes de la ciudad. Terribles convulsiones estremecieron la tierra; las noches eran espeluznantes y los volcanes en erupción se recortaban como rojas columnas de fuego en el oscuro horizonte.
Después de un terremoto que sacudió desde las murallas exteriores hasta las torres más altas de la ciudad, el río adquirió un color negro durante varios días; alguna sustancia letal se había escapado de las profundidades subterráneas; una terrible transformación química se produjo en las aguas que las gentes habían bebido durante milenios. Muchas personas murieron después de beber aquellas aguas, pero quienes sobrevivieron sufrieron un cambio paulatino, tan sutil como aterrador. Al tener que adaptarse a las nuevas condiciones del medio, se hundieron muy por debajo de su nivel original. Pero las aguas letales provocaron en ellos una alteración mucho más terrible, y las nuevas generaciones se volvieron cada vez más bestiales. Los que habían sido dioses alados se convirtieron en demonios sin alas, con todo el vasto conocimiento de sus antepasados, pero distorsionado y pervertido de manera espantosa e infernal. Del mismo modo que habían alcanzado niveles muy superiores a los que la humanidad puede soñar, se hundieron más bajo de lo que se podía concebir en las peores pesadillas. Morían pronto, víctimas de su propio canibalismo, y en medio de las tinieblas de la medianoche estallaban en la selva tremendas peleas. Por último, entre las ruinas cubiertas por líquenes, entre los escombros de lo que había sido su esplendorosa ciudad, sólo quedó un ser, un cuerpo agazapado y deforme, una horrenda perversión de la naturaleza.
Luego aparecieron los primeros seres humanos: hombres de piel oscura y rostro aguileño, que llevaban arneses de cobre y cuero y utilizaban arcos; se trataba de los guerreros de la prehistórica Estigia. Eran tan sólo cincuenta hombres agotados, demacrados y hambrientos a causa del prolongado esfuerzo; estaban sucios y cubiertos de arañazos y de vendajes manchados de sangre seca. La suya era una historia de guerras y derrotas, de una huida ante una tribu más fuerte que los llevó cada vez más hacia el sur, hasta que se perdieron en el gran océano de la selva y del mar.
Se tendieron exhaustos entre las ruinas. Unas plantas que había allí y que sólo florecían una vez cada siglo agitaron sus rojos pétalos a la luz de la luna. Entonces les invadió el sueño. Mientras dormían, un ser repulsivo de ojos ardientes salió reptando de las sombras y realizó espantosos ritos extraños sobre todos los durmientes. La luna colgaba del cielo sombrío tiñendo la selva de rojo y negro; por encima de los hombres que dormían brillaban tenuemente las flores rojas como manchas de sangre. Luego la luna se ocultó y los ojos del nigromante relucieron como rubíes en la noche oscura como el ébano.
Cuando el alba extendió su blanco velo sobre el río, no había hombres a la vista; sólo el espantoso ser alado y peludo que estaba agazapado en medio de un círculo de cincuenta hienas enormes de piel manchada, que apuntaban con sus temblorosos hocicos hacia el cielo mortecino y aullaban como las almas condenadas en el infierno.
A continuación una escena siguió a la otra con vertiginosa rapidez. Hubo un movimiento confuso, un retorcerse y fundirse de luces y sombras contra el fondo de la negra selva, las ruinas de piedras verdes y el cenagoso río. Unos hombres negros llegaron río arriba en barcas que tenían una calavera en la proa; otros se ocultaron sigilosamente entre los árboles, con lanzas en la mano. Corrían gritando en la oscuridad, huyendo de un par de ojos rojos y de unos colmillos imponentes. El aullido de hombres moribundos estremeció las sombras; unos pies furtivos avanzaron en silencio y unos ojos de vampiro horadaron las tinieblas con su fuego rojo. Hubo festines aterradores a la luz de la luna, ante cuyo disco luminoso una sombra con alas de murciélago aleteaba sin cesar.
Y de repente, en claro contraste con aquellas escenas, por el recodo del río se vio llegar una larga galera atestada de brillantes cuerpos de ébano, en cuya proa se alzaba un gigante de piel blanca cubierto con una malla de acero.
En ese momento, Conan se dio cuenta de que estaba soñando. Hasta aquel instante no había tenido consciencia de su existencia individual. Pero cuando se vio a sí mismo sobre la cubierta del Tigresa reconoció la frontera entre la realidad y el sueño, si bien no se despertó.
Mientras esto pasaba por su mente, la escena cambió súbitamente hacia el claro de la selva en el que N'Gora y diecinueve lanceros negros se hallaban en actitud de espera. Cuando Conan empezó a comprender que le esperaban a él, un ser horroroso bajó del cielo, y la impasibilidad de los hombres fue interrumpida por el terror. Presas de pánico, arrojaron sus armas y corrieron como locos a través de la selva, seguidos de cerca por el monstruo que agitaba sus grandes alas por encima de ellos.
El caos y la confusión siguieron a estas visiones, mientras Conan luchaba por despertar con las pocas fuerzas que le quedaban. Se veía vagamente a sí mismo acostado bajo una movediza mata de flores negras, mientras desde los matorrales una figura repulsiva se arrastraba hacia él. Haciendo un esfuerzo titánico, Conan rompió las ligaduras invisibles que le mantenían preso en sus sueños, y se despertó.
El cimmerio lanzó una mirada llena de asombro a su alrededor. Divisó cerca de él el loto negro que se agitaba y se apresuró a alejarse de la maligna planta.
En el mullido suelo, cerca de donde se encontraba, vio un rastro que semejaba el de un animal al acecho antes de salir de su escondrijo, para luego retirarse sin llevar a cabo su propósito. Aquellas huellas parecían las de una hiena increíblemente grande.
Conan gritó para llamar a N'Gora. Un silencio primordial se cernía sobre la selva, en la que sus gritos sonaron frágiles y huecos como una burla. No podía ver el sol, pero su instinto de hombre salvaje conocedor de la naturaleza le indicó que el día llegaba a su fin. Una sensación de pánico le invadió al darse cuenta de que había estado sin sentido durante muchas horas. Rápidamente siguió las huellas de los lanceros, hasta que llegó a un claro. Allí se detuvo en seco y un escalofrío le recorrió el cuerpo al reconocer el claro que había visto en el sueño que tuvo bajo la influencia del. loto negro. Había escudos y lanzas desparramadas por todas partes, como si hubieran sido arrojados al emprender una precipitada fuga.
Por las huellas que llevaban fuera del claro de vuelta hacia la espesura de la selva, Conan se dio cuenta de que los lanceros negros habían escapado frenéticamente de algo que les amenazaba. Las pisadas se superponían y se confundían entre los árboles. Con la velocidad del rayo, el cimmerio salió de la selva y llegó hasta una rocosa colina empinada que caía de pronto formando un abrupto precipicio que tenía unos doce metros de altura. En el borde del abismo había algo agazapado.
Al principio, Conan creyó que se trataba de un enorme gorila negro. Luego vio que era un negro gigantesco que estaba sentado en cuclillas, como un mono, con los largos brazos colgando y una baba espumosa cayéndole de los labios. Sólo cuando ese ser lanzó un alarido que parecía un sollozo y corrió hacia él levantando las manos, Conan advirtió que se trataba de N'Gora. El negro hizo caso omiso del grito de Conan y atacó con los ojos en blanco y los brillantes dientes al descubierto; su rostro era una máscara inhumana.
Con la piel erizada por el horror que la locura siempre inspira a las personas cuerdas, Conan alzó la espada y traspasó con ella el cuerpo del negro; luego, evitando las garras que se tendían hacia él mientras N'Gora caía, avanzó hacia el borde del precipicio.
Durante un instante el cimmerio se quedó mirando las abruptas rocas que se divisaban abajo y sobre las cuales yacían los lanceros de N'Gora con el cuerpo retorcido, los miembros destrozados y los huesos deshechos. Ninguno de ellos se movía. Una nube de enormes moscas negras zumbaba por encima de las piedras manchadas de sangre; las hormigas habían comenzado a roer los cadáveres. En las ramas de los árboles más cercanos aguardaban los buitres y un chacal que, al mirar hacia arriba y ver a un hombre vivo en el risco, huyó furtivamente del lugar.
Conan se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego giró en redondo y volvió corriendo por donde había llegado, entre las hierbas, arbustos y enredaderas que le rodeaban y se interponían en su camino como serpientes. Llevaba la espada baja en la mano derecha y tenía una palidez desusada en el oscuro rostro.
El silencio que reinaba en la selva no se veía interrumpido por nada. El sol acababa de ponerse en el horizonte y grandes sombras se alzaban del limo de la oscura tierra. Conan avanzaba rápidamente a través de las gigantescas sombras de la muerte y la desolación, cubierto con la cota de malla. No se escuchaba otro sonido que su propio jadeo cuando salió de las sombras y llegó hasta las márgenes del río rodeadas de una luz crepuscular.
Vio la galera adosada al muelle podrido. Sus restos se tambaleaban en la semioscuridad.
Aquí y allá, divisó manchas de color rojo vivo entre las piedras, como si una mano descuidada hubiera dado unas pinceladas con una brocha empapada de pintura de color carmesí.
Conan adivinó nuevamente la presencia de la muerte y de la destrucción. Frente a él yacían sus hombres, tendidos en el espacio que iba desde el límite de la selva hasta la orilla del río, entre las columnas rotas y a lo largo de los muelles derruidos, mutilados y devorados a medias, como tristes remedos de seres humanos.
Alrededor de los cadáveres y de sus miembros cercenados, se veían numerosas huellas de enormes patas, similares a los rastros que dejan las hienas.
Conan avanzó en silencio por el muelle, y al acercarse a la nave vio que de la cubierta colgaba algo que brillaba con un claro tono marfileño. Sin decir una sola palabra, el cimmerio se detuvo y vio el cuerpo de la reina de la Costa Negra que colgaba del peñol de su propia galera. Entre la cuerda de la que colgaba y su garganta había una ristra de piedras que parecían coágulos de color carmesí que brillaban como la sangre..., pero era el collar de oro con los enormes y resplandecientes rubíes.
  

4. Ataque desde el aire

«Estaba rodeado de negras sombras; las fauces chorreantes se abrieron desmesuradamente y cayeron gotas rojas más gruesas que la lluvia; pero mi amor era más fuerte que el negro hechizo de la  muerte,  y ni siquiera las puertas de hierro del infierno podrían alejarme de su lado.»
(La canción de Belit)

La selva era como un gigante negro que sostenía las ruinas de piedra entre sus hercúleos brazos.
Aún no había salido la luna y las estrellas eran fragmentos de ámbar incandescente en un firmamento en el que le esperaba la muerte agazapada. Conan el cimmerio estaba sobre la pirámide situada entre las torres derruidas, sentado como una estatua de hierro con la barbilla apoyada en sus fuertes puños. En las oscuras sombras se oyeron unos pasos quedos y se vio el fulgor de unos ojos rojos. Los muertos yacían en la misma posición en la que habían caído. Pero en la cubierta del Tigresa, en una pira hecha con bancos rotos, trozos de lanza y pieles de leopardo, dormía la reina de la Costa Negra su último sueño, con el botín amontonado a su alrededor: sedas, telas de oro, galones de plata, cofres llenos de joyas y de monedas de oro, lingotes de plata y teocalis dorados.
Pero del botín de la ciudad maldita sólo podían hablar las turbias aguas del Zarkheba, en las que Conan lo había arrojado al tiempo que lanzaba una maldición pagana. Ahora estaba sentado con gesto hosco en la pirámide, esperando a sus invisibles enemigos. La negra furia que alentaba en su corazón había alejado de él todo vestigio de temor. No sabía qué sombras podían surgir de la oscuridad, ni le importaba demasiado.
Tampoco dudaba acerca de la veracidad de las visiones del loto negro. Comprendió que mientras le esperaban en el claro del bosque, N'Gora y sus compañeros habían sido atacados por el monstruo alado y que al huir, presas del pánico, se habían caído por el precipicio. Todos murieron menos su jefe, que de alguna manera había escapado a la muerte, aunque no a la locura. Mientras tanto, o quizá inmediatamente después, se produjo la aniquilación de los que estaban en la orilla del río. Conan tenía la seguridad de que aquello había sido una matanza más que una batalla. Dominados por el terror supersticioso, los negros murieron probablemente sin devolver un solo golpe en defensa propia cuando se vieron atacados por sus inhumanos enemigos.
El cimmerio no comprendía por qué le perdonaban la vida tanto tiempo, a menos que el ser maligno que dominaba aquel lugar quisiera mantenerlo vivo para torturarlo con la pena y el miedo. Todo apuntaba hacia una inteligencia humana o sobrehumana: la destrucción de las barricas de agua para dividir a los piratas, el hecho de haber atraído a los negros hacia el precipicio y el último y más significativo detalle: la burla atroz del collar de rubíes anudado como el dogal de un ahorcado alrededor del blanco cuello de Belit.
Habiendo dejado, pues, al cimmerio como víctima escogida y tras haberle infligido una refinada tortura mental, era probable que el desconocido enemigo concluyera el drama matándole a él también. Los ojos de Conan se iluminaron con una cruel sonrisa de hierro al pensar en esto.
La luna se alzó arrojando fuego sobre el casco de cuernos del cimmerio. De repente, el aire nocturno entró en tensión y la selva entera contuvo el aliento. Instintivamente, Conan comenzó a desenvainar su enorme espada. La pirámide sobre la que se encontraba tenía cuatro caras; una, la que daba a la selva, tenía unos amplios escalones. El cimmerio sostenía en una mano un arco shemita como el que Belit había enseñado a usar a sus piratas, y a sus pies había un montón de flechas con plumas.
Finalmente, algo se movió en la oscuridad. Recortándose súbitamente contra la luna que se alzaba en el horizonte, Conan vio una cabeza y unos hombros oscuros de aspecto bestial. Y detrás de aquel engendro llegaban corriendo rápida y silenciosamente... veinte hienas de piel manchada. Sus colmillos lanzaban destellos a la luz de la luna y sus ojos brillaban como nunca habían brillado los ojos de un animal.
Eran veinte. Conan cogió una flecha. Se oyó el chasquido de la cuerda del arco y una sombra de ojos ardientes saltó por los aires y cayó al suelo retorciéndose. El resto de la manada no vaciló. Seguían avanzando y las flechas del cimmerio caían sobre los monstruos como una lluvia de muerte, lanzadas con toda la fuerza y la precisión de sus músculos de acero movidos por un odio infernal.
A pesar de su ciega furia, Conan no erró el blanco. El aire se llenó de flechas cargadas de muerte. Los estragos causados por la embestida de la manada eran aterradores. Más de la mitad de sus enemigos cayeron antes de alcanzar el pie de la pirámide. Otros ascendieron por los amplios escalones. Al mirar sus ojos llameantes, Conan comprendió que aquellos seres no eran animales. No era sólo su tamaño sobrehumano lo que establecía la diferencia, sino que de ellos emanaba un aura tangible, como la oscura bruma que se alza de un pantano sembrado de cadáveres. No era capaz de adivinar qué alquimia infernal había dado vida a aquellos seres, pero lo que sí sabía era que se enfrentaba con una diabólica magia más negra que la del pozo de Skelos.
Firmemente apoyado sobre sus pies, Conan tensó el arco y lanzó su última flecha contra el enorme cuerpo peludo que se abalanzaba sobre su garganta.
La flecha salió disparada como un rayo de luna. El monstruo sufrió una convulsión en el aire y se estrelló de cabeza, con el cuerpo atravesado de parte a parte.
Entonces los demás se precipitaron sobre Conan como una pesadilla de ojos centelleantes y colmillos afilados. Su enorme espada dio cuenta del primer atacante, pero el desesperado embate de los demás le hizo caer al suelo. Aplastó un pequeño cráneo con la empuñadura de su sable, sintiendo que los huesos se quebraban y la sangre y los sesos se derramaban sobre su mano. Luego dejó caer la espada, pues de nada le valía ante la proximidad de sus enemigos, y aferró la garganta de dos de los monstruos, que lanzaban zarpazos y dentelladas con una furia silenciosa. Un intenso olor acre inundaba sus fosas nasales y el sudor le cegaba. Sólo la cota de malla le había salvado hasta ese momento de quedar destrozado en un segundo. Su mano derecha asió por el peludo cuello a un adversario, y la izquierda, no pudiendo aferrar otra garganta, apresó una pata de la fiera y se la rompió. Un breve quejido, el único grito aterradoramente semihumano que se oyó en aquella lúgubre batalla, partió de las fauces de la bestia. Ante el espantoso horror que le produjo ese grito infrahumano, Conan aflojó involuntariamente a su presa.
Otro de sus malignos enemigos, con la sangre chorreando de la destrozada yugular, saltó sobre Conan en un último espasmo de violencia y le clavó los colmillos en el cuello, si bien cayó muerto en el mismo instante.
La otra fiera, apoyándose en sus tres patas ilesas, se abalanzó sobre el vientre del cimmerio lanzando dentelladas como un lobo, y le destrozó varios eslabones de su cota de malla. Conan esquivó a la bestia agonizante y la levantó con un esfuerzo que hizo surgir un quejido de sus labios manchados de sangre. Se tambaleó por un momento, sintiendo el aliento fétido y caliente del monstruo sobre su rostro, con las mandíbulas chasqueando al lado de su cuello, y luego le arrojó con violencia; en seguida se oyó el crujido de los huesos rotos al chocar contra los escalones de mármol.
Mientras se tambaleaba tratando de recobrar el equilibrio y el aliento, el cimmerio oyó el espantoso aleteo de un murciélago. Conan se puso nuevamente a la defensiva, sacó rápidamente su espada y la empuñó con fuerza, asestando un mandoble con las dos manos; luego sacudió la sangre que empañaba sus ojos y su rostro para mirar al cielo con intención de ver a su alado enemigo.
Pero en lugar del esperado ataque procedente del aire, Conan notó súbitamente que la pirámide se tambaleaba, y vio que la elevada columna que estaba junto a él oscilaba como un péndulo. Aferrándose a la vida con todas sus fuerzas, Conan saltó lo más lejos que pudo; sus pies dieron en un escalón situado hacia el centro de la pirámide, y el siguiente salto lo impulsó lejos del monumento. En el momento en que sus talones se apoyaban en el suelo, por un instante cataclísmico, del cielo parecieron llover fragmentos de piedra y de mármol. Poco después, la luna iluminaba con su luz blanquecina un montón de escombros.
Conan se quitó de encima los pequeños trozos de piedra que cubrían parte de su cuerpo, y en ese momento un fuerte golpe le despojó del casco y le dejó momentáneamente aturdido. Encima de sus piernas tenía un enorme fragmento de columna que lo inmovilizaba contra el suelo. No sabía si sus extremidades estaban rotas o no. Sus negros rizos estaban impregnados de sudor, y la sangre le goteaba de las heridas que había recibido en la garganta y en las manos. El cimmerio levantó un brazo para tratar de librarse de los escombros que lo aprisionaban.
Entonces algo descendió de las estrellas y cayó a su lado sobre el césped. Conan se dio media vuelta y vio... ¡al ser alado! Con la velocidad de un rayo, el monstruo se precipitó sobre el cimmerio, que pudo ver fugazmente al ser que le atacaba: era una figura gigantesca, humanoide, de piernas arqueadas, peludos brazos atrofiados, enormes garras negras y una cabeza deforme en cuyo rostro sólo se distinguía un par de ojos inyectados en sangre. Esa cosa no era humana, ni animal, ni demoníaca, aunque estaba dotada de características infrahumanas y sobrehumanas a la vez.
Pero Conan no tenía tiempo para reflexiones ni especulaciones. Extendió los brazos hacia la espada que estaba en el suelo, pero sus dedos, arqueados como garfios, no pudieron cogerla. Lleno de desesperación, trató de empujar el trozo de columna que inmovilizaba sus piernas y las venas de las sienes se le hincharon por el esfuerzo. El pesado bloque fue cediendo poco a poco, pero el cimmerio se dio cuenta de que antes de que pudiera liberarse, el monstruo estaría encima de él. Y sabía muy bien que aquellas negras garras significaban la muerte.
El ser alado no había dejado de volar. Se cernió durante unos instantes sobre el postrado cimmerio como una sombra negra, con los brazos extendidos... y de repente un fulgor blanco se interpuso entre Conan y el murciélago.
En un instante enloquecedor, ella estaba allí, con su cuerpo tenso y blanco, vibrante de fiero amor como una pantera. El asombrado cimmerio divisó entre su cuerpo y la muerte que se abalanzaba sobre él, el esbelto cuerpo blanco como el marfil; vio el resplandor de sus ojos oscuros a la luz de la luna, la espesa mata de cabellos sedosos y brillantes, el pecho jadeante y los labios entreabiertos, que lanzaron un grito agudo que resonó como el acero cuando ella se abalanzó sobre el pecho del monstruo alado.
-¡Belit! -exclamó Conan.
Ella dirigió una rápida mirada al cimmerio y sus hermosos ojos oscuros reflejaron toda la fuerza de su amor, un amor natural como el fuego ardiente y como la lava incandescente. Un momento después ella desapareció y el cimmerio sólo vio al demonio alado que retrocedía dominado por un miedo insólito, con los brazos levantados como para defenderse de un ataque. Entonces Conan supo que Belit se hallaba realmente en la pira del Tigresa. En sus oídos resonó nuevamente la frase apasionada de la muchacha: «Si yo muero y tú tuvieras que luchar por tu vida, yo volvería del abismo para ayudarte...».
Al tiempo que lanzaba un grito terrible, el cimmerio apartó la piedra a un lado. El monstruo alado volvió a atacar y Conan saltó para enfrentarse con él, con la sangre inflamada por la furia. Los poderosos músculos de sus antebrazos se pusieron en tensión cuando empuñó la enorme espada y describió un arco mortal apoyándose en los talones. Su mandoble alcanzó al monstruo justamente encima de las caderas y lo dividió en dos; las piernas cayeron a un lado y el tronco hacia el otro.
Conan se quedó inmóvil bajo la silenciosa luz de la luna, con la espada apoyada en el suelo, contemplando los restos de su enemigo. Los incandescentes ojos rojos lo miraron durante unos instantes, luego se pusieron vidriosos y después se cerraron. Las grandes manos se estremecieron con un espasmo hasta que quedaron rígidas. La raza más antigua del mundo se había extinguido.
Conan levantó la cabeza, buscando maquinalmente a las bestias que habían sido esclavas y ejecutoras del monstruo alado. Pero no vio a ninguna de ellas. Los cuerpos que ahora vio tendidos sobre la hierba eran de hombres, no de bestias; hombres rostros aguileños, de piel negra, traspasados por las flechas o destrozados por la espada. Y poco a poco se iban convirtiendo en polvo delante de sus ojos.
¿Por qué el amo alado no había acudido en ayuda de sus esclavos mientras Conan luchaba contra ellos? ¿Acaso temía ponerse al alcance de unos colmillos que podían volverse contra él. La astucia y la cautela se habían albergado en aquel cráneo deforme, pero al final no le habían servido de nada.
El cimmerio dio media vuelta y se encaminó hacia los muelles derruidos, llegó hasta la galera y subió a bordo. Hizo unos cuantos cortes en las cuerdas, y la nave quedó a la deriva. Luego se dirigió al puente. El Tigresa se balanceó sobre las turbias aguas y se deslizó lentamente hacia el centro del río, hasta que corriente lo arrastró. Conan se inclinó sobre el timón, al tiempo que su sombría mirada se clavaba en el cuerpo que se encontraba en la pira envuelto en su capa y rodeado de riquezas que valían el rescate de una emperatriz.


5. La pira funeraria

« Terminaron para siempre las aventuras; no se alzarán más los remos, ni ondearán las velas;
el pendón escarlata ya no será el terror de las costas oscuras; mares azules del mundo, recibid nuevamente en vuestro seno a la mujer que me habéis entregado.»
(La canción de Belit)

El alba tino nuevamente las aguas del océano de un tono violáceo. Un resplandor más rojo aún iluminó luego la desembocadura del río. Conan el cimmerio se apoyó sobre su espada, y desde la playa de arena blanca contempló al Tigresa, que se alejaba en su último viaje. No había luz en aquellos ojos que contemplaban las olas cristalinas. Sobre las ondulantes extensiones azules se alejaba toda su gloria y su alegría. Un estremecimiento le sacudió de pies a cabeza, mientras la verde superficie del mar se convertía en una misteriosa bruma de color púrpura.
Belit había formado parte del mar, al que había conferido esplendor y vitalidad. Sin ella, los océanos habrían sido una vasta extensión desolada y triste. La joven había pertenecido al mar y él la devolvía a su insondable misterio. No podía hacer más. Para Conan, el radiante esplendor azul era más odioso aún que los verdes bosques que susurraban a sus espaldas y a los que debía regresar.
No había nadie conduciendo el timón del Tigresa; ningún remo impulsaba la nave sobre las aguas. Pero un viento límpido y fresco henchía la gran vela de seda y, al igual que un cisne salvaje se remonta al cielo para buscar su nido, así avanzó la galera mar adentro mientras las llamas ascendían cada vez más alto desde la cubierta, lamiendo el mástil y envolviendo el cuerpo cubierto con su capa de color escarlata.
Así desapareció la reina de la Costa Negra. Siempre apoyado en su espada manchada de sangre, Conan permaneció en silencio hasta que el rojo fulgor se hubo desvanecido entre las brumas azules del horizonte y el amanecer tiñó de rosa y oro la superficie del océano.





lunes, 14 de septiembre de 2015

RELATO: "El coloso negro", Robert E. Howard (CONAN)


El coloso negro por Manuel Sanjulián


El coloso negro



Robert E. Howard



«Era la noche del Poder, cuando el Destino avanza por los corredores del mundo
como un coloso recién resucitado de un antiquísimo trono de granito.»
La muchacha de Samarcanda, E. Hoffman Price



1

Tan sólo el silencio del pasado reinaba en las misteriosas ruinas de Kuthchemes, pero el miedo estaba allí, agazapado. El temor aleteó en la mente de Shevatas, el ladrón, acelerando su respiración a través de sus dientes apretados.
Estaba de pie como un átomo de vida en medio de la desolación y las ruinas que había entre los colosales monumentos de piedra. Ni siquiera los buitres batían sus alas negras en la inmensa bóveda azul del cielo en el que brillaba un sol ardiente. A ambos lados se alzaban las lúgubres reliquias de una era olvidada: enormes columnas rotas levantando sus truncados muñones hacia las alturas; larguísimas filas ondulantes de murallas derruidas; caídos bloques de piedra de dimensiones ciclópeas; estatuas destrozadas, cuyos contornos monstruosos habían sido erosionados por los vientos y las tormentas de arena. No había señales de vida en todo el espacio que se extendía de horizonte a horizonte. Sólo el imponente desierto desnudo, dividido en dos por la sinuosa línea de un río seco hacía mucho tiempo. Aquella vastedad de colmillos relucientes que constituían las ruinas, de columnas erguidas como rotos mástiles de naves hundidas, la dominaba la elevada cúpula de marfil ante la que temblaba Shevatas.
La base de aquella cúpula era un gigantesco pedestal de mármol que se elevaba desde lo que había sido alguna vez una especie de mirador sobre el antiguo río. Amplios escalones conducían a la gran puerta de bronce, apoyada sobre su base como la mitad de un huevo gigantesco. Aquella cúpula de marfil puro brillaba como si unas manos misteriosas la estuvieran puliendo continuamente. El gran domo arrojaba destellos dorados, a través de los cuales se divisaban los brillantes jeroglíficos que circundaban el ábside. Ningún hombre en el mundo era capaz de leer esas inscripciones, pero Shevatas sintió un escalofrío ante las sombrías sensaciones que suscitaban en él, pues pertenecía a una raza muy antigua cuyos mitos se remontaban a la noche de los tiempos.
Shevatas era un hombre delgado y ágil, como corresponde a un maestro de ladrones de Zamora. Tenía la cabeza rapada y vestía tan sólo un taparrabo de seda de color escarlata. Como todos los de su raza, era de piel muy oscura y rostro de buitre, del que destacaban unos ojos negros y vivaces. Sus dedos, largos y finos, eran rápidos y nerviosos como las alas de una mariposa nocturna. De su cinturón de escamas doradas colgaba una espada corta y estrecha con una empuñadura enjoyada y una vaina de cuero ornamentado. Shevatas parecía manejar su arma con un cuidado exagerado; incluso daba la impresión de querer mantener la vaina apartada de su cuerpo, a fin de que no entrase en contacto con la piel desnuda del muslo. Y sus cuidados no estaban desprovistos de fundamento. Shevatas era ladrón entre ladrones y su nombre se pronunciaba con temor en los tugurios del Maul y a la sombra de los templos de Bel; de él hablaban las canciones y leyendas de aquellas tierras. Sin embargo, el miedo encogió el ánimo de Shevatas cuando se encontró de pie ante la cúpula de marfil de Kuthchemes. Cualquier persona, por poco entendida que fuera, podía darse cuenta de que había algo sobrenatural en aquel edificio. El viento y el sol lo habían azotado durante tres mil años, y a pesar de ello el marfil y el oro se alzaban claros y relucientes como el día en que fuera erigido por manos desconocidas a orillas del anónimo río.
Esta sensación misteriosa y sobrenatural que transmitía el edificio estaba en consonancia con el aura que emanaba de las ruinas encantadas. El desierto era una enigmática faja de tierra que se extendía hacia el sudeste de Shem. Unos pocos días a lomo de camello en esa dirección, como bien sabía Shevatas, llevarían al viejo hasta el gran río Styx, donde éste trazaba un ángulo y seguía hacia el oeste para desembocar finalmente en el lejano mar. Justamente en el punto en el que se desviaba comenzaba Estigia, la oscura tierra del sur, cuyos dominios, bañados por el gran río, contrastaban con los yermos circundantes.
Hacia el este, el desierto se prolongaba en las estepas que llegaban hasta el reino hirkanio de Turan, que alzaba su esplendor bárbaro a orillas del gran mar interior. A una semana de viaje a caballo hacia el norte, el desierto concluía en una serie de montes áridos, detrás de los cuales se hallaban las fértiles llanuras de Koth, el reino más meridional de Hiboria. Al oeste, las arenas del desierto se fundían con las praderas de Shem, que llegaban hasta el océano. 
Shevatas sabía todo esto sin ser consciente de ello, del mismo modo que una persona conoce las calles de su ciudad. Era un avezado viajero y había saqueado los tesoros de muchos reinos. Pero ahora vacilaba y se estremecía ante lo que constituía su mayor aventura, y ante el tesoro más cuantioso de cuantos conociera.
Debajo de aquella cúpula de marfil yacían los huesos de Thugra Khotan, el sombrío hechicero que había reinado en Kuthchemes tres mil años antes, cuando los reinos de Estigia y Aquerón llegaban hasta las mesetas que había al norte del río, pasando por las praderas de Shem. Luego, las grandes invasiones hiborias llegaron hasta el sur desde la cuna de su raza, que se encontraba cerca del polo norte. Fueron migraciones masivas, que se prolongaron a lo largo de siglos y eras. Pero bajo el reinado de Thugra Khotan, el último brujo de Kuthchemes, unos bárbaros de ojos grises y cabello leonado, vestidos con pieles de lobo y cotas de malla, llegaron desde el norte para sojuzgar al opulento reino de Koth con sus espadas de hierro. Se abatieron sobre Kuthchemes como las oleadas de una marea y bañaron en sangre las torres de mármol. El reino de Aquerón fue sometido por el fuego y la violencia.
Pero mientras asolaban las calles de la ciudad y mataban a sus arqueros como si estuvieran talando árboles, Thugra Khotan tomó un extraño y terrible veneno. Sus sacerdotes lo sepultaron en la tumba que él mismo se había hecho construir. Allí murieron, en un sangriento holocausto, todos sus adeptos, pero los bárbaros no pudieron abrir la puerta y ni siquiera la violencia y el fuego lograron dañar el edificio. En consecuencia, se alejaron de allí dejando la gran ciudad en ruinas. De este modo, Thugra Khotan pudo descansar en paz en su sepulcro de marfil, mientras el gusano de la destrucción comenzaba a roer las columnas y el río que regaba sus tierras se iba hundiendo en las arenas hasta secarse por completo.
Muchos ladrones trataron de hacerse con el tesoro que, según la leyenda, se hallaba entre los viejos huesos blanquecinos que yacían bajo la cúpula. Muchos de ellos perecieron en la puerta del sepulcro, mientras que otros fueron acosados desde entonces por sueños espantosos, hasta que al fin murieron con la espuma de la locura en los labios.
Por todo ello, Shevatas se estremeció al encontrarse ante la tumba, y no por la leyenda según la cual una serpiente cuidaba el esqueleto del hechicero. Sobre todos los mitos de Thugra Khotan se cernían el horror y la muerte como un velo tenebroso. Desde donde se encontraba, el ladrón podía ver las ruinas de la gran sala en la que se habían arrodillado cientos de prisioneros encadenados durante las celebraciones, para ser decapitados por el rey-sacerdote en honor de Set, la serpiente divina de los estigios. Cerca de allí debía estar el pozo oscuro y terrible junto al cual se encadenaba a las aterradas víctimas que servirían de alimento a un monstruo temible que salía de las profundidades de una caverna infernal. La leyenda había convertido a Thugra Khotan en algo más que un ser humano. Su culto había entrado en decadencia, aunque sus devotos acuñaban todavía monedas con la imagen del monarca, que servían para pagar el paso de sus muertos por el gran río de sombras cuya representación material era el Styx. Aquella imagen quedó grabada en forma indeleble en la mente de Shevatas, que solía sacar las monedas de la boca de los cadáveres.
El ladrón dejó finalmente de lado sus temores y subió hasta la gran puerta de bronce en cuya suave y lisa superficie no se veía ningún cerrojo ni pestillo. Shevatas había tenido acceso a cultos tenebrosos, había escuchado los sobrecogedores susurros de los adoradores de Skelos a medianoche bajo los árboles y había leído los libros prohibidos de Vathelos el Ciego.
De rodillas en el suelo, buscó a tientas en el umbral de la puerta y logró dar con unos salientes demasiado pequeños para ser percibidos por el ojo humano o por dedos menos sensibles. Presionó con sus dedos de una manera especial, al tiempo que pronunciaba en voz baja las palabras de un olvidado encantamiento. Cuando hubo presionado el último saliente, saltó con gran agilidad y dio un golpe seco en el centro exacto de la puerta con la mano abierta. 
La enorme puerta se abrió hacia dentro sin chirrido alguno. El aire escapó con un fuerte silbido entre los apretados dientes de Shevatas. Quedó a la vista un corredor corto y estrecho cuyo suelo, paredes y cielorraso eran de marfil. De repente, de una abertura que había a un lado del pasillo salió reptando en silencio un monstruo espantoso que miró al intruso con ojos brillantes: era una serpiente de unos seis metros de longitud, cuyo cuerpo brillante estaba cubierto de escamas tornasoladas.
El ladrón no perdió tiempo en pensar de qué modo habría sobrevivido el monstruo en aquellas sombrías profundidades. Desenvainó cautelosamente la espada, de la que goteaba un líquido verdoso idéntico al que manaba de los afilados colmillos del reptil. La hoja estaba empapada en un veneno igual que el de la serpiente, y el solo hecho de obtener ese veneno de los pantanos de Zingara había constituido de por sí toda una hazaña.
Shevatas avanzó sigilosamente, con las piernas algo flexionadas, dispuesto a saltar con la velocidad del rayo. Y necesitó de toda su coordinación y agilidad cuando la serpiente arqueó su cuello y atacó con una rapidez vertiginosa. A pesar de sus rápidos reflejos, Shevatas habría muerto de no haber sido por una casualidad. Sus planes de saltar a un lado y asestar un mandoble contra el cuello extendido quedaron anulados por la cegadora velocidad del ataque del reptil. El ladrón sólo tuvo tiempo para extender la espada hacia adelante, mientras cerraba los ojos y lanzaba un grito. Shevatas sintió que le arrebataban la espada de la mano, y luego resonaron en el corredor los ecos de unos terribles chasquidos.
Shevatas abrió los ojos, asombrado de estar aún con vida, y vio que el monstruo se retorcía con fantásticas contorsiones, con la espada hundida en sus gigantescas fauces. El azar había hecho que el reptil cayera sobre la hoja que él había tendido a ciegas. Poco después, la serpiente se había convertido en un conjunto de temblorosos anillos que se retorcían débilmente. El poderoso veneno había hecho efecto.
Después de pasar por encima del ondulante cuerpo del reptil, el ladrón empujó una puerta lateral que dejó ver el interior del recinto coronado por la cúpula. El intruso lanzó un grito de asombro. En lugar de la penumbra que dejaba atrás, se halló ante una luz de color carmesí que palpitaba con una intensidad superior a la que podrían soportar ojos mortales. Procedía de una gigantesca piedra roja situada en lo alto de la cúpula. Shevatas se quedó atónito, a pesar de lo acostumbrado que estaba a contemplar riquezas. El tesoro estaba allí, amontonado descuidadamente, en pilas de diamantes, zafiros, rubíes, turquesas, ópalos y esmeraldas; había, además, ziggurats de jade, azabache y lapislázuli; pirámides de monedas de oro y de lingotes de plata; espadas adornadas con piedras preciosas y empuñaduras de oro, cascos de metales preciosos con crestas de caballo de todos los colores, armaduras de escamas de plata; arneses incrustados de gemas pertenecientes a antiguos reyes guerreros; copas talladas en piedras preciosas de gran tamaño; cráneos con incrustaciones de oro y adularía en lugar de ojos, así como collares hechos de dientes humanos con pequeñas piedras engastadas. El suelo de marfil estaba cubierto por varios palmos de polvo de oro que reflejaba el fulgor carmesí del enorme rubí con millones de luces titilantes. El ladrón se encontraba ante un mundo de magia y esplendor, y las sandalias de sus pies parecían pisar estrellas.
Pero los ojos de Shevatas estaban fijos tan sólo en la gran urna de cristal que se alzaba en medio del deslumbrante conjunto, exactamente debajo de la enorme piedra roja donde debían estar los huesos del rey, seguramente convertidos en polvo después de tantos siglos. Y mientras miraba, su oscuro rostro palideció y se le heló la sangre en las venas, en tanto que su piel se erizaba de horror y sus labios se movían sin poder pronunciar una sola palabra. Pero de repente su boca lanzó un grito espantoso que resonó aterradoramente bajo la cúpula. Después, el silencio de los siglos volvió a reinar entre las ruinas de la misteriosa Kuthchemes.


2

El rumor se difundió por las praderas hasta llegar a las ciudades de los hiborios; viajó con las caravanas que cruzaban los desiertos conducidas por hombres delgados y con ojos de halcón, vestidos con caftanes blancos; pasó de boca en boca, entre los pastores de nariz aguileña de las sabanas, entre los nómadas que vivían en tiendas de campaña y hasta las grandes ciudades construidas de piedra, donde los reyes de rizadas barbas negras adoraban a dioses de vientres prominentes con ritos extraños. Los rumores también se extendieron por las laderas de las montañas hasta llegar a los fértiles valles, donde prósperos pueblos levantaban sus casas a orillas de azules lagos y ríos, y por los blancos caminos que recorrían apacibles rebaños, ricos mercaderes, caballeros armados, arqueros y sacerdotes.
Las noticias llegaron desde el desierto que se extendía entre Estigia y el sur de las montañas de Koth.
Decían que había nacido un nuevo profeta entre los nómadas. Se hablaba de una guerra tribal, de una reunión de hombres rapaces en el sudeste y de un terrible jefe que había conducido a sus crecientes hordas a la victoria. Los estigios, que constituían una amenaza perpetua para las naciones del norte, no parecían estar relacionados con aquel movimiento, ya que tenían a sus tropas acampadas en las fronteras orientales y sus sacerdotes formulaban conjuros contra el hechicero, a quien llamaban Natohk el Velado, pues llevaba el rostro siempre oculto.
Pero la oleada invasora se dirigió hacia el noroeste, y los reyes de barbas azuladas murieron ante los altares de sus dioses y sus ciudades amuralladas quedaron empapadas en sangre. Se dijo que el objetivo de Natohk y sus seguidores eran las mesetas de los hiborios.
Las incursiones procedentes del desierto era habituales por aquella época, pero esta última parecía prometer algo más que una simple incursión. Los rumores también decían que Natohk había logrado reunir a treinta tribus nómadas y a quince ciudades bajo su mando, y que cierto príncipe estigio rebelde se había unido a él. Esto último dio al movimiento un cariz de verdadera guerra.
Como era habitual, la mayor parte de las naciones hiborias decidió ignorar la creciente amenaza. Pero en Khoraja, que había sido arrebatada a los shemitas con la ayuda de las espadas de los aventureros kothios, se dio crédito al rumor. Por hallarse al sudeste de Koth, Khoraja debía soportar el mayor peso de la invasión. Su joven rey permanecía prisionero del monarca traidor de Ofir, que dudaba entre devolverlo a cambio de un cuantioso rescate o entregarlo al enemigo del joven soberano, el rey de Koth, que en lugar de oro le proponía un ventajoso tratado. Mientras tanto, el gobierno de Khoraja se hallaba en las blancas manos de la joven princesa Yasmela, hermana del rey cautivo.
Los trovadores cantaban por todo el mundo occidental la belleza de Yasmela, que pertenecía a una de las dinastías reales más importantes de la zona. Pero, aquella noche, su orgullo sufrió un duro golpe.
Yasmela se encontraba en su aposento, cuyo cielorraso era una cúpula de lapislázuli y cuyo suelo de mármol estaba cubierto de pieles rarísimas. En aquella habitación con frisos dorados, diez muchachas, hijas de nobles y cubiertas de joyas, dormían sobre divanes de terciopelo alrededor del lecho de la princesa, adornado con un baldaquín de seda. Pero la princesa Yasmela no estaba en aquel tibio lecho, sino que yacía desnuda, boca abajo, sobre el frío mármol, con la cascada de sus negros cabellos extendida sobre la espalda y con los finos dedos entrelazados, como una humilde suplicante.
El horror le había helado la sangre en las venas y tenía los hermosos ojos desorbitados y el esbelto cuerpo bañado en un sudor frío.
Por encima de ella, en el rincón más oscuro de la alcoba de mármol, se cernía una enorme sombra informe. No era una cosa viva; ni siquiera era un ser de carne y hueso, sino sólo una mancha oscura, un borrón en los ojos, un monstruoso íncubo de la noche, que hubiera parecido la pesadilla de un cerebro enfermo de no ser por dos puntos luminosos, como un fuego amarillo, que brillaban como ojos en la oscuridad.
Además, de aquella sombra surgía una voz; era un sonido suave y sibilante que no podía emanar de una garganta humana, sino de una serpiente. Aquel sonido llenaba a Yasmela de un espanto tan intolerable, que la hacía retorcerse como si su blanco cuerpo estuviera sometido al castigo de un látigo.
-Eres mía, princesa; estás marcada -decía aquella cosa aterradora en un susurro-. Antes de que me despertara de este largo sueño, te había marcado y te tenía predestinada para mí. Yo soy el alma de Natohk el Velado. ¡Mírame bien, princesa! ¡Pronto me verás en mi envoltura carnal y entonces me amarás!
El murmullo fantasmagórico se convirtió en un libidinoso chasquido de lengua que arrancó a Yasmela un gemido, al tiempo que ésta golpeaba las losas de mármol con sus pequeños puños en un paroxismo de terror.
-Yo duermo ahora en una habitación del palacio de Akbitana -prosiguió la sombra-. Allí está mi cuerpo en su materialización carnal. Y sin embargo en este momento no es más que un cascarón vacío del que ha huido el espíritu por unos segundos. Si pudieras mirar desde las ventanas de este palacio, te darías cuenta de la inutilidad de tu resistencia. El desierto es como un jardín de rosas bajo la luna, donde florecen las hogueras de mis cien mil guerreros. Así como avanza un alud creciendo en volumen y velocidad, de la misma manera invadiré las tierras de mis antiguos enemigos. Sus reyes me proporcionarán los cráneos para hacerme copas, sus mujeres y niños serán los esclavos de mis esclavos. Me hice muy fuerte durante los años en que estuve dormido... ¡Tú serás pronto mi reina y yo te enseñaré las antiguas formas del placer, ya olvidadas! Nosotros...
Ante el raudal de obscenidades cósmicas que comenzó a proferir aquella sombra gigantesca, Yasmela se retorció como si un flagelo lacerase sus delicadas carnes.
-¡Recuérdalo! -dijo el monstruo en voz baja-. ¡No pasarán muchos días antes de que yo te reclame como mía!
Yasmela tenía el rostro pegado a las losas y se apretaba los frágiles oídos con las manos, pero a pesar de ello le pareció oír un extraño ruido, semejante al batir de las alas de un murciélago. Entonces, al mirar temerosa hacia arriba, vio sólo un rayo de luna que brillaba a través de la ventana, como si una espada de plata hubiera tomado el lugar de la sombra. Temblando de pies a cabeza, se puso en pie y se dirigió vacilante hacia un diván de satén, encima del cual se arrojó, llorando desesperadamente. Las otras muchachas seguían durmiendo, pero una se despertó y, después de bostezar y de estirar su esbelto cuerpo, miró a su alrededor. En seguida se acercó al lecho de la princesa y se puso de rodillas a su lado, rodeando con sus brazos la fina cintura de Yasmela.
-¿Qué ha ocurrido? ¿Era...? -preguntó la joven, con los ojos negros abiertos de espanto.
Yasmela le cogió las manos y se las apretó convulsivamente.
-¡Oh, Vateesa, ha vuelto! ¡Lo vi..., le he oído hablar! ¡Me dijo su nombre... se llama Natohk! ¡Es Natohk! No es una pesadilla; estaba allí arriba mientras vosotras dormíais como narcotizadas. ¿Qué puedo hacer? Oh, ¿qué he de hacer?
Vateesa hizo girar una de sus pulseras de oro alrededor de su nívea muñeca, mientras meditaba.
-¡Oh, princesa! -dijo la joven-. Es evidente que ningún poder mortal puede vencer a ese ser y que tampoco vale de nada el amuleto que los sacerdotes de Ishtar te han dado. Por lo tanto, deberías acudir al olvidado oráculo de Mitra.
Yasmela se estremeció. Los dioses de ayer se convierten a veces en los demonios del mañana. Los kothios habían abandonado hacía mucho tiempo el culto de Mitra, hasta el punto de olvidar los atributos del dios universal de los hiborios. Yasmela tenía la vaga idea de que, si Ishtar era de temer, aquel otro dios, por ser antiquísimo, lo debería ser aún más. La cultura kothia, así como su religión, habían sufrido la poderosa influencia de shemitas y estigios. De ese modo, los sencillos usos de los hiborios se habían modificado y corrompido en gran medida al entrar en contacto con las sensuales, lujuriosas y despóticas costumbres orientales.
-¿Tú crees que Mitra me ayudará? -preguntó Yasmela, aferrando las dos muñecas de Vateesa-. Hemos venerado a Ishtar desde hace tanto tiempo...
-¡Claro que te ayudará! -repuso la joven, que era hija de un sacerdote de Ofir que había traído consigo las costumbres de su país cuando llegó a Khoraja huyendo de sus enemigos políticos-. ¡Ve al santuario! -agregó la joven-. Yo iré contigo.
-¡Sí, lo haré! -exclamó Yasmela poniéndose en pie. Sin embargo, cuando Vateesa quiso vestirla, la princesa se negó diciendo:
-No me parece apropiado ir vestida de seda al templo. Será mejor que vaya desnuda y de rodillas, como las suplicantes; así, Mitra advertirá mi humildad.
-¡Nada de eso! -repuso Vateesa, que no sentía mucho respeto por lo que ella consideraba una falsa manifestación religiosa-. Mitra desea que sus fieles caminen erguidos en lugar de arrastrarse como gusanos, y tampoco quiere que se derrame sangre de animales sacrificados ante su altar.
Convencida con estos argumentos, Yasmela consintió en que la otra muchacha la vistiese con una ligera blusa sin mangas, encima de la cual le puso una túnica de seda que ató a su talle con un ancho cinturón de terciopelo. Le colocó unas zapatillas de raso en los pies, y finalmente los diestros dedos de Vateesa peinaron su oscura cabellera. Después, la princesa siguió a la muchacha, que apartó un pesado tapiz y descorrió el cerrojo dorado de una puerta que había oculta detrás. Salieron a un sinuoso pasillo que las dos muchachas recorrieron rápidamente, hasta llegar a otra puerta que daba a un amplio salón. Allí había un centinela con casco, coraza plateada y grebas cinceladas, que sostenía una gran hacha de combate entre las manos.
Yasmela correspondió al saludo del soldado con un leve gesto; aquél, después de haber presentado el arma, siguió con su guardia, inmóvil como una estatua. Los dos jóvenes atravesaron el enorme salón iluminado a medias por las antorchas que había en las paredes y luego descendieron por una escalera, donde Yasmela se estremeció al ver las sombras que parecían acurrucarse en los rincones. Tres pisos más abajo se detuvieron ante un estrecho corredor, cuyo techo abovedado estaba constelado de piedras preciosas y cuyo suelo estaba hecho de bloques de cristal, en tanto que frisos dorados decoraban las paredes. Por allí avanzaron cogidas de la mano hasta llegar a una puerta de oro.
Vateesa la abrió y pudieron ver un altar olvidado desde hacía mucho tiempo por todos, salvo por unos pocos fieles y nobles visitantes de la corte de Khoraja, para cuyo beneficio se mantenía aquel santuario. Yasmela jamás había entrado allí, a pesar de que había nacido en el palacio. Sobrio y sin adornos en comparación con el despliegue barroco de los santuarios de Ishtar, este imponía por su dignidad y sencilla belleza, características propias de la religión de Mitra.
El cielorraso era bastante alto, pero no tenía forma de cúpula. Las paredes, al igual que el suelo y el techo, eran de mármol blanco. Detrás de un altar de jade de color verde claro se hallaba el pedestal sobre el cual se alzaba la representación material del dios. Yasmela contempló sobrecogida los amplios hombros, las facciones definidas, la mirada serena, la barba patriarcal y la cabellera rizada que caracterizaban al dios Mitra. Aquello, aunque ella no lo supiera, era el arte en forma más elevada; era la manifestación de una raza de gran sentido estético, no inhibido por el simbolismo convencional.
La princesa cayó de rodillas y se prosternó sin importarle las críticas de Vateesa. Ésta, para no desentonar, siguió su ejemplo, pues ella era al fin y al cabo sólo una adolescente y el santuario de Mitra era muy imponente. Cuando estuvieron de rodillas, no pudo contenerse y le susurró a la princesa Yasmela:
-Ésta no es más que una imagen del dios. Nadie pretende saber cuál es el aspecto real de Mitra. Aquí está representado con una forma de hombre idealizada, tan perfecto como puede concebirlo la mente humana. Pero no vive en esta fría piedra, como te enseñan de Ishtar sus sacerdotes, sino que está en todas partes, por encima de nosotros y a nuestro alrededor, y sueña en lo alto, entre las estrellas. Pero aquí es donde su ser se concentra. Ahora puedes invocarlo.
-¿Qué debo decir? -inquirió Yasmela con un balbuceo, presa del pánico.
-Antes de que empieces a hablar, Mitra ya sabe lo que pasa por tu mente... -comenzó a decir Vateesa.
En ese momento, una voz que llegaba desde lo alto hizo temblar a las dos muchachas. La voz, de tono profundo y sereno, no procedía de la imagen ni de ningún lugar especial del santuario. Un nuevo escalofrío recorrió el cuerpo de Yasmela, pero ahora no era de horror ni de repulsión.
-No necesitas hablar, hija mía, pues sé muy bien lo que te sucede -dijo la voz con la entonación musical que parecía latir rítmicamente-. Hay una forma de salvar tu reino y de que, al hacerlo, salves también a todo el mundo de los colmillos de una serpiente que ha salido reptando de la noche de los siglos. Vete sola a la calle y pon tu reino en manos del primer hombre que encuentres.
La voz etérea se extinguió y las muchachas se miraron. Luego se pusieron en pie y no volvieron a hablar hasta que se hallaron de nuevo en la alcoba de Yasmela. La princesa miró afuera a través de los barrotes dorados de las ventanas. Era bastante más de medianoche y la luna se había puesto. Ya se habían apagado todos los ruidos de la ciudad. Khoraja dormía bajo las estrellas, que se reflejaban en los jardines, en las calles y techos de las casas.
-¿Qué vas a hacer? -preguntó Vateesa en voz baja, sin poder dominar aún su turbación.
-Dame mi capa -dijo Yasmela con decisión.
-Pero sola por las calles, a esta hora... -objetó la otra joven.
-Mitra ha hablado -replicó la princesa-. Es posible que haya sido la voz del dios o el truco de un sacerdote. De todas formas, estoy decidida a ir.
Yasmela se envolvió en una amplia capa de seda y se tocó con un gorro de terciopelo del que colgaba un fino velo. Luego recorrió apresuradamente los pasillos hasta llegar a una puerta de bronce, donde una docena de alabarderos se quedaron mirándola llenos de asombro cuando pasó a su lado. Aquel ala del palacio conducía directamente a la calle, mientras que en los demás sectores había amplios jardines rodeados por una alta muralla. Yasmela salió a la calle, iluminada por farolas emplazadas a intervalos regulares.
La joven vaciló, pero antes que su resolución flaquease, cerró la puerta detrás de ella. Un ligero temblor la sacudió al lanzar una mirada hacia la calle desierta, sumida en el más absoluto silencio. Esta hija de casta real jamás se había aventurado sin compañía fuera de su antiguo palacio. Finalmente, se decidió y avanzó rápidamente calle arriba. Sus pies, calzados con finas zapatillas de raso, pisaron suavemente el empedrado, pero incluso aquel imperceptible sonido le encogía el corazón. La parecía que el tenue eco de sus pasos resonaba estruendosamente en toda la ciudad, despertando a los monstruos ratiformes que corrían por las cloacas. Todas las sombras le parecían ocultar a un asesino; en todos los vanos de las puertas creía ver agazapados a los sabuesos de las tinieblas.
En ese momento, volvió a sentir un profundo estremecimiento. Delante de ella, por la oscura callejuela, apareció una misteriosa figura. Yasmela se escondió rápidamente en un lugar poco iluminado, que ahora le parecía un refugio acogedor. Su pulso latía aceleradamente.
El desconocido no avanzaba furtivamente, como un ladrón, ni con timidez, como un viajero temeroso. Por el contrario, su caminar era el de una persona que no tiene necesidad ni deseo de andar con sigilo. Sus pasos resonaban en el empedrado con la fuerza que da la confianza en sí mismo.
Cuando pasó junto a la farola, Yasmela lo vio claramente. Se trataba de un hombre alto, cubierto con la cota de malla de los mercenarios. La princesa sacó fuerzas de flaqueza y salió de las sombras, oprimiendo la capa contra su cuerpo.
El hombre desenvainó su espada a medias, pero se detuvo al ver que se trataba de una mujer. No obstante, la mirada del desconocido escrutó más allá de la figura femenina, para ver si traía acompañantes. 
El desconocido se quedó inmóvil, mirando a la mujer con la mano en la empuñadura, la cual sobresalía por debajo de su capa escarlata. La luz de las farolas se reflejaba en el bruñido acero de su casco, pero otro fuego más intenso brillaba en el azul de sus ojos. Yasmela se dio cuenta inmediatamente de que aquel hombre no era un nativo de Koth y, cuando habló, pudo advertir que tampoco era hiborio. Iba vestido como un capitán de mercenarios, cargo que desempeñaban hombres de muy diversos países, tanto bárbaros como civilizados. Pero en aquel guerrero había algo que indicaba claramente que era bárbaro. Los ojos de un hombre civilizado, fuese un criminal o un desesperado, no brillaban de aquel modo. Por otro lado, aunque exhalaba un ligero olor a vino, en modo alguno se tambaleaba y tampoco vaciló al hablar.
-Vaya, ¿te han dejado en la calle, muchacha? -preguntó él en lengua kothia, con fuerte acento bárbaro.
Los dedos del desconocido aferraron con delicadeza la muñeca de Yasmela, pero ella sintió que él le podía destrozar los huesos sin ningún esfuerzo.
-Vengo de la última taberna que encontré abierta -agregó él-. ¡Ishtar maldiga a esos condenados puritanos que cierran las casas de bebida! «Dejad que los hombres duerman, en lugar de que beban», afirman. ¡Sí, así pueden trabajar y luchar mejor para sus amos! Eunucos despreciables, los llamo yo.
Cuando servía en las tropas mercenarias de Corinthia, nos emborrachábamos y pasábamos todas las noches con mujeres, sin que eso nos impidiera combatir durante el día. Sí, la sangre chorreaba de la hoja de nuestras espadas... Pero ¿qué me dices tú, muchacha? Vamos, quítate ese condenado velo...
Ella eludió con agilidad el ademán del bárbaro, para que no pareciera que lo rechazaba. Se daba cuenta del peligro que corría estando sola con un hombre que, seguramente, había bebido demasiado. Si ella le revelaba su identidad, el desconocido podría reírse de ella abiertamente o bien marcharse. Ni siquiera estaba segura de que aquel hombre no fuera a cortarle el cuello. Los bárbaros hacían cosas extrañas e inexplicables. Luchó contra su creciente temor y le dijo con una sonrisa:
-No, aquí no. Ven conmigo...
-¿Adonde? -preguntó el mercenario con la sangre alterada, pero alerta como un lobo-. ¿Me llevas acaso a alguna cueva de ladrones?
-¡No, no, te lo juro! -contestó Yasmela, tratando de evitar una vez más la mano que él tendía hacia su velo.
-¡El diablo te confunda! -dijo él con un gruñido-. Eres tan necia como todas las hirkanias, con sus malditos velos. ¡Vamos, enséñame tu cara de una vez!
Antes que ella pudiera evitarlo, el desconocido le arrancó la tapa y dejó su rostro al descubierto. Luego se quedó mirándola, como si su rico atuendo le hubiese impresionado hasta el punto de disipar los efectos de la bebida. Yasmela vio un fulgor receloso en sus ojos.
-¿Quién demonios eres? -musitó él-. No eres una mujer de la calle... a menos que tu protector haya robado el guardarropa del harén del rey.
-No importa -respondió Yasmela, apoyando su mano en el fornido brazo cubierto de malla de acero-. Ven conmigo a otra calle.
Él vaciló un momento y luego se encogió de hombros. La muchacha se dio cuenta de que él la había tomado por una noble dama que, cansada quizá de sus corteses amantes, buscaba un modo de divertirse por otro lado. Dejó que ella se cubriera de nuevo y luego la siguió. Por el rabillo del ojo Yasmela observó a su acompañante mientras avanzaban juntos calle abajo. Su cota de malla no llegaba a ocultar la reciedumbre del cuerpo de tigre de aquel hombre. Todo en él era felino, elemental, indómito. Le resultaba tan extraño como la selva, comparado con los delicados cortesanos a los que ella estaba acostumbrada. La princesa temía su ruda fuerza bruta y su innegable carácter de bárbaro; sin embargo, algo en él la atraía. Aquella cuerda primitiva que se oculta en el alma de toda mujer había resonado con fuerza. Cuando sintió la recia mano sobre su brazo, algo la hizo estremecerse. Muchos hombres se habían arrodillado ante ella y allí había uno que, según ella presentía, jamás se había puesto de rodillas ante nadie.
La muchacha estaba asustada y fascinada a un tiempo, como en presencia de un enorme tigre Yasmela se detuvo ante la puerta del palacio y luego la abrió. Miró furtivamente a su acompañante y no vio recelo en sus ojos.
-El palacio, ¿eh? -dijo él en voz baja-. De modo que eres dama de honor, ¿no es así?
La princesa se preguntó con un extraño sentimiento de envidia si alguna de sus damas lo habría llevado alguna vez a su palacio. Los soldados no se inmutaron cuando Yasmela hizo pasar al desconocido entre ellos, pero éste los miró con la fiereza de un perro de caza que observa una jauría extraña. Yasmela lo condujo por una puerta hasta una habitación. El hombre se quedó de pie, contemplando con aire algo tímido los tapices que colgaban de las paredes. Vio una jarra de vino sobre una mesa de ébano, la cogió y se la llevó a los labios con expresión de satisfacción. En este momento entró Vateesa, que los miro con inquietud y exclamó:
-¡Oh, mi princesa...!
-¿Princesa?
La jarra se estrelló contra el suelo. Con un movimiento demasiado rápido para que pudiera seguirlo con la vista, el mercenario arrancó el velo del rostro de Yasmela. Al reconocerla, retrocedió profiriendo una maldición, al tiempo que su espada trazaba un arco azul en el aire. Sus ojos centellearon como los de un tigre en una trampa. El aire estaba cargado de tensión, como la calma que precede a la tormenta. Vateesa se arrojó al suelo, presa de terror, pero Yasmela se enfrentó al bárbaro enfurecido sin vacilar. Se daba cuenta de que su vida dependía de lo que hiciese. Enloquecido por la sospecha y por un pánico irracional, el extranjero estaba dispuesto a matar a la menor provocación, pero ella se sentía extrañamente serena.
-No temas -le dijo la princesa-. Soy Yasmela, pero no hay razón alguna para que desconfíes de mí.
-¿Para qué me has traído a este lugar? -preguntó el mercenario con brusquedad, mientras sus ojos ardientes miraban en derredor-. ¿Qué clase de trampa es ésta?
-No hay trampa alguna -respondió ella-. Te he traído aquí porque puedes ayudarme. Consulté a Mitra y él me dijo que saliera a la calle y pidiera ayuda al primer hombre que encontrara.
Eso era algo que él podía entender. Los bárbaros también tenían sus oráculos. Entonces bajó la espada, aunque no la envainó.
-Si eres Yasmela, sin duda necesitas ayuda -dijo el mercenario con un gruñido-. Tu reino es un verdadero caos. Pero, ¿cómo puedo ayudarte? Si deseas cortarle el cuello a alguien, entonces...
-Toma asiento -le rogó la princesa-. Vateesa, trae más vino.
El hombre se sentó, pero tuvo cuidado de situarse junto a una pared, para poder vigilar bien toda la habitación. Luego colocó la espada desenvainada sobre sus rodillas, que cubría una malla de acero. Ella contempló fascinada aquel brillo de color azulino que parecía reflejar saqueos y gestas sangrientas. También advirtió Yasmela el tamaño de las manos del bárbaro y pensó que no eran las toscas zarpas de un troglodita. Con un estremecimiento de culpabilidad, imaginó aquellos dedos acariciando sus oscuros cabellos.
Cuando la princesa tomó asiento en el diván frente al desconocido, éste pareció cobrar más confianza. Se quitó el casco y lo puso sobre una mesa. Luego se echó hacia atrás la malla que le cubría la cabeza, y los pliegues metálicos cayeron sobre sus enormes hombros. Yasmela comprobó entonces que el hombre no se parecía en absoluto a los de la raza hiboria. En su rostro oscuro cubierto de pequeñas cicatrices había cierta expresión taciturna, y aunque sus facciones no expresaban depravación ni maldad, había en ellas algo siniestro que subrayaban sus ardientes ojos azules. Enmarcaba su ancha frente una melena de corte cuadrado, negra como las alas de un cuervo.
-¿Quién eres? -le preguntó de improviso Yasmela.
-Soy Conan, un capitán de lanceros mercenarios -contestó él mientras vaciaba su jarra de vino de un trago y la tendía para que le sirviera más-. Nací en Cimmeria.
Aquel nombre significaba poco para la princesa, que sólo sabía que se trataba de un país salvaje, hosco y montañoso, situado en el norte, muy lejos, más allá de los últimos fortines hiborios y poblado por gente fiera y huraña. Yasmela jamás había visto a un cimmerio hasta ese momento.
La muchacha apoyó la barbilla en sus manos y observó a Conan con aquellos ojos oscuros y profundos cuya mirada había esclavizado a tantos corazones.
-Conan el cimmerio -dijo al fin-. Antes has dicho que yo necesitaba ayuda. ¿Por qué?
-Bueno, cualquiera puede darse cuenta de eso -respondió él-. Tu hermano, el rey, está prisionero en una cárcel de Ofir. Ahí tienes a las gentes de Koth, que planean esclavizaros. Hay un brujo shemita que esparce el fuego y la destrucción por donde pasa. Y lo que es peor, ahí están tus soldados, que desertan a diario.
La princesa no respondió en seguida. El hecho de que un hombre le hablase tan sinceramente, sin disfrazar las palabras con un velo de cortesía, era algo completamente nuevo para ella.
-¿Y por qué desertan mis soldados, Conan? -preguntó ella.
-Algunos son reclutados por Koth -repuso el cimmerio, mientras tomaba unos sorbos de vino, con aire satisfecho-. Muchos otros creen que Khoraja está destinado a desaparecer como estado independiente. Otros se asustan ante lo que se cuenta de ese perro de Natohk.
-¿Y crees que los mercenarios resistirán? -inquirió Yasmela llena de ansiedad.
-Sí, mientras nos paguen bien -afirmó él con franqueza-. Tus motivos políticos no nos interesan. Para ello puedes confiar en nuestro general Amalric, pero los demás somos hombres simples a los que sólo nos preocupa obtener un buen botín. Si pagas a Ofir el rescate que pide, se dice que no tendrás con qué pagarnos. En ese caso, tal vez nos pasáramos a las filas del rey de Koth a pesar de que son pocos los que simpatizan con ese miserable. O quizá saqueemos esta ciudad. En una guerra civil, el botín suele ser cuantioso.
-¿Y no pensáis uniros a Natohk? -inquirió la princesa.
-¿Con qué iba a pagarnos? -repuso el cimmerio-. ¿Con los ídolos de latón robados a las ciudades shemitas? No; mientras sigas luchando contra Natohk, puedes confiar en nosotros.
-¿Te seguirán tus camaradas? -le preguntó ella, inesperadamente.
-¿Qué quieres decir?
-¡Digo que te voy a nombrar comandante de los ejércitos de Khoraja!
Conan se detuvo en seco, con la jarra en los labios, que se curvaron en seguida en una amplia sonrisa.
Los ojos del cimmerio brillaron con una nueva luz.
-¿Comandante en jefe? ¡Por Crom! Pero ¿qué dirán a eso tus perfumados cortesanos?
-¡Tendrán que obedecerme!
La princesa golpeó las manos y al momento entró un esclavo, que se inclinó ante ella.
-Haz que vengan inmediatamente el conde Thespides, el canciller Taurus, el general Amalric y Agha Shupras -dijo Yasmela.
Una vez que el esclavo se hubo retirado, la joven miró a Conan, que devoraba con gran apetito la comida que había colocado ante él la temblorosa Vateesa.
-Deposito mi confianza en Mitra -dijo la princesa-. Y ahora, dime, ¿has participado en muchos combates?
-Nací en medio de una batalla -respondió el cimmerio mientras daba grandes mordiscos a un trozo de carne con sus fuertes dientes-. Lo primero que oyeron mis oídos fue el sonido metálico de las espadas y los lamentos de los moribundos. He peleado en luchas tribales, en guerras civiles y en campañas imperiales.
-Pero ¿eres capaz de dirigir ejércitos y de ordenar líneas de batalla?
-Bueno, puedo intentarlo -repuso él imperturbable-. No es más que una pelea a gran escala. Se trata de sorprender la guardia del adversario, y luego... ¡atacar! Entonces, o bien cae su cabeza o bien la nuestra.
El esclavo volvió a entrar para anunciar la llegada de los hombres convocados. Yasmela salió al salón adyacente y los nobles se inclinaron doblando una rodilla, evidentemente extrañados de que los hubiese llamado a esa hora.
-Os he reunido para haceros conocer mi decisión -dijo Yasmela-. El reino está en peligro...
-Es una gran verdad, mi princesa -manifestó el conde Thespides.
El noble era un hombre alto, de cabellera rizada y perfumada. Con una mano se atusaba la punta de los bigotes y en la otra sostenía un gorro de terciopelo adornado con una pluma de color escarlata asegurada con un broche de oro. Llevaba zapatos de raso y un jubón de terciopelo bordado. Sus modales eran ligeramente afectados, pero debajo de las sedas se adivinaban unos músculos de hierro.
-Sería oportuno ofrecer a Ofir más oro por el rescate de vuestro real hermano -agregó el conde.
-Me opongo terminantemente -dijo Taurus, el canciller, que era un hombre anciano ataviado con una túnica ribeteada de armiño y en cuyas facciones se percibían las huellas de muchos años al servicio de su país-. Ya hemos ofrecido más de lo que puede pagar nuestro reino. Dar más sería fomentar la codicia de los ofireos. Mi princesa, repito lo que ya he dicho: Ofir no hará nada mientras no detengamos a esa horda de invasores. Si perdemos, el rey Khossus será entregado a Koth, y si ganamos, nos devolverá a Su Majestad previo pago del rescate.
-Y mientras tanto -intervino Amalric-, los soldados desertan a diario y los mercenarios están inquietos, pues no saben por qué perdemos el tiempo y qué estamos planeando. Debemos actuar rápidamente, de lo contrario...
Amalric era nemedio, un hombre corpulento con una gran melena leonina.
-Mañana marcharemos hacia el sur -dijo Yasmela-. ¡Y ahí está el hombre que os conducirá!
Tras apartar la cortina de terciopelo, la princesa señaló con gesto dramático al cimmerio. Quizá aquél no era el momento más oportuno para hacer la presentación del nuevo comandante, pues Conan estaba repantigado en un sillón, con los pies encima de la mesa de ébano y muy ocupado en roer un hueso de venado, que sujetaba fuertemente con ambas manos. El comensal lanzó una mirada indiferente a los asombrados nobles, sonrió a Amalric y siguió masticando con indudable deleite.
-¡Mitra nos proteja! -estalló Amalric-. ¡Ése es Conan el cimmerio, el más pendenciero de todos mis bribones! ¡Lo habría ahorcado hace mucho tiempo, si no fuese el que mejor maneja la espada!
-Sin duda, Su Alteza bromea -terció el conde Thespides, y su aristocrático rostro se ensombreció-. Este hombre es un salvaje, un individuo sin cultura ni educación. ¡Considero un insulto que nosotros, unos caballeros, tengamos que estar a sus órdenes! Yo...
-Conde Thespides -le dijo Yasmela-, tú llevas a mi gente bajo tus arreos. Por favor, devuélvemelos y márchate.
-¿Marcharme? -exclamó él-. ¿Adonde?
-¡A Koth o al infierno! -respondió ella, con una energía insospechada-. Si no me obedeces, no necesito de tus servicios.
-Te equivocas, mi princesa -repuso el conde, inclinándose con gesto ofendido-. Yo no puedo abandonarte. Sólo por ti pondré mi espada a disposición de ese bárbaro.
-¿Y tú, general Amalric?
Éste juró en voz baja y luego sonrió. Era un verdadero soldado de fortuna, y ningún avatar de la suerte, por duro que fuera, lo inmutaba.
-Aceptaré sus órdenes -declaró-. Vida corta y placentera es mi lema. Y teniendo a Conan el Degollador por comandante, estoy seguro de que la vida va a ser tan alegre como breve. ¡Por Mitra, si ese perro ha mandado alguna vez algo más que una compañía de degolladores, soy capaz de comérmelo con arnés incluido!
-¿Y tú, Agha? -preguntó Yasmela, dirigiéndose a Shupras.
El aludido se encogió de hombros, con aire resignado. Era un individuo con el aspecto típico de los nativos de la frontera meridional de Koth: un hombre alto y delgado, con cara de halcón.
-Ishtar nos manda, princesa -repuso, y el fatalismo de sus antepasados hablaba por su boca.
-Esperad aquí -ordenó ella y, mientras Thespides estrujaba una punta de su capa de terciopelo, Taurus murmuraba algo en voz baja y Amalric paseaba de un lado a otro mesándose la barba sonriendo como un león hambriento, la princesa volvió a desaparecer tras las cortinas y llamó a sus esclavos.
Siguiendo sus órdenes, éstos volvieron con un arnés para reemplazar la cota de malla que vestía Conan. El cimmerio se puso el gorguero, el escarpe, la coraza, el espaldar, la rodillera, la celada del casco y, en fin, todo lo que componía la armadura de un caballero. Cuando Yasmela corrió de nuevo las cortinas, un cimmerio cubierto de acero bruñido apareció ante los nobles. Tenía la visera alzada y el semblante oscurecido por las negras plumas de su casco, y de su figura emanaba un aire sombrío e imponente que hasta el mismo Thespides no pudo menos que advertir, a su pesar. Unas palabras de broma murieron en los labios de Amalric, que dijo con voz pausada:
-¡Por Mitra, nunca creí que te vería con armadura completa, Conan de Cimmeria, pero debo reconocer que no quedas mal! ¡Por los huesos de mis dedos, que he visto a muchos reyes que llevaban la armadura con bastante menos majestad que tú!
Conan se quedó callado. Una vaga sombra cruzó por su mente, como una profecía. En los años venideros iba a recordar las palabras de Amalric, cuando el sueño se convirtiera en realidad.



3

Bajo la temprana luz del alba, las calles de Khoraja se atestaron de gentes que observaban la partida de las huestes hacia el sur. El ejército se había puesto en camino, al fin. Allí iban los caballeros, con sus brillantes armaduras plateadas y plumas de colores ondeando sobre los bruñidos cascos. Sus caballos, cubiertos de petos de seda, arreos de cuero barnizado y hebillas doradas, piafaban mientras los jinetes les hacían guardar el paso. Los primeros rayos de sol arrancaban reflejos a las puntas de las lanzas, que se alzaban como un bosque por encima de los escuadrones, mientras los pendones ondeaban al viento. Cada uno de los caballeros llevaba una prenda concedida por una dama -un guante, un velo o una flor-, que ataba a su casco o al cinto de la espada. Era la caballería noble de Khoraja, quinientos hombres conducidos por el conde Thespides, quien, según se decía, aspiraba a la mano de la misma Yasmela.
Seguía a éstos la caballería ligera, en apretadas filas. Los jinetes era montañeses típicos, hombres delgados con rostro de halcón. Llevaba bacinetes en punta, y la cota de malla resplandecía bajo sus amplios caftanes. Su arma principal era el terrible arco shemita, capaz de enviar una flecha a una distancia de quinientos pasos. Había cinco mil jinetes ligeros, a cuya cabeza cabalgaba Agha Shupras, taciturno e inescrutable bajo el casco puntiagudo. 
A corta distancia los seguían a pie los lanceros de Khoraja. Eran relativamente pocos, al igual que en cualquier otro estado hiborio, donde se estimaba que la caballería era el único cuerpo distinguido y honroso. Estos, al igual que los caballeros, pertenecían a la antigua raza de Koth; eran hijos de familias arruinadas, hombres fracasados, jóvenes sin dinero que no podían pagarse los caballos y las armaduras plateadas. Sumaban unos quinientos.
Los mercenarios cerraban la marcha. Se trataba de un millar de jinetes y dos mil lanceros de a pie. Los esbeltos corceles de la caballería mercenaria parecían recios y salvajes, al igual que sus jinetes, y no piafaban ni daban brincos al andar. Había algo sombrío en el aspecto de aquellos profesionales de la muerte, veteranos de incontables campañas sangrientas. Cubiertos de la cabeza a los pies con cotas de malla, usaban bacinetes sin visera para protegerse la cabeza. Sus escudos eran lisos y sus largas lanzas estaban despojadas de todo adorno. De sus monturas colgaban hachas de guerra y mazas de acero, y llevaban una larga cimitarra en la cintura. Los lanceros iban armados de forma parecida, aunque empuñaban picas en lugar de las lanzas que llevaba la caballería.
Eran hombres de todas las razas, que habían cometido toda clase de crímenes. Entre ellos había altos hiperbóreos, gente delgada, de grandes huesos, pocas palabras y carácter violento; rubios hombres de Gunderland, que procedían de las montañas del noroeste; renegados corinthios, fanfarrones como pocos; cetrinos zingarios, de hirsutos bigotes negros y temperamento fiero, y aquilonios, que llegaban del lejano oeste. Pero todos ellos, salvo los zingarios, eran hiborios.
Detrás de todos ellos venía un camello con espléndidos arreos, conducido por un caballero que montaba en un enorme corcel, rodeado de un escuadrón de guerreros escogidos entre las tropas reales. El que iba en el camello era un personaje delgado y esbelto, vestido de seda. Al verlo, la turba, siempre sensible a la realeza, arrojó los sombreros al aire y lanzó fuertes vítores.
Conan el cimmerio, arrogante en su armadura plateada, lanzó una mirada de desaprobación hacia el camello y le dijo algo a Amalric, que cabalgaba a su lado, resplandeciente con su coraza dorada encima de la cota de malla y el casco sobre el que flotaba una cresta de negras crines de caballo.
-La princesa ha querido venir con nosotros. Pero es demasiado delicada y endeble para esto. De todas formas, tendrá que cambiarse de ropa.
Amalric se atusó el rubio bigote para disimular una sonrisa. Pensó que Conan imaginaba que Yasmela empuñaría una espada y tomaría parte activa en la lucha, como hacían a menudo las mujeres bárbaras.
-Las mujeres de los hiborios no combaten como las de los cimmerios, Conan -dijo Amalric-. Yasmela sólo viene con nosotros para observar la campaña. De todos modos -agregó inclinándose y bajando la voz-, entre nosotros, tengo la impresión de que la princesa no quiere quedarse sola. Creo que tiene miedo de algo...
-¿Un alzamiento? Sí, tal vez deberíamos haber ahorcado a algunos revoltosos antes de partir.
-No, no es eso. Una de sus doncellas dijo que algo se le había aparecido en el palacio por la noche y había aterrorizado a Yasmela. Serán brujerías de Natohk, sin duda. ¡Conan, te aseguro que estamos combatiendo contra algo más que seres de carne y hueso!
-Bien -repuso el cimmerio-, de todas formas es mejor ir en busca del enemigo que esperarlo.
Conan lanzó una mirada hacia la prolongada fila de carromatos y ayudantes de campo que seguían a las tropas, después observó a éstas y, al ver que todo estaba en orden, alzó una mano y profirió el grito de los mercenarios.
-¡Botín o infierno, camaradas! ¡Adelante!
Detrás de la interminable fila se cerraron las macizas puertas de Khoraja. Algunas cabezas se asomaron a las ventanas. Los habitantes de la ciudad sabían que estaban contemplando su vida o su muerte. Si las huestes resultaban derrotadas, el futuro de Khoraja se escribiría con sangre. Las hordas que venían de las tierras salvajes del sur no conocían la piedad.
Las columnas avanzaron durante todo el día. Atravesaron onduladas praderas y vadearon ríos hasta que el terreno se fue haciendo cada vez más escarpado. Delante de las tropas se veía una serie de montes bajos que se extendían sin solución de continuidad de este a oeste. Aquella noche acamparon en la ladera norte de aquellos montes, y llegaron hasta las hogueras muchos hombres de nariz aguileña y ojos fieros procedentes de las montañas cercanas, que transmitieron las noticias que llegaban del misterioso desierto. En todos los rumores aparecía el nombre de Natohk como un ondulante reptil. A su conjuro, afirmaban los montañeses, los demonios del aire traían el trueno, el viento y la niebla, y los diablos subterráneos sacudían la tierra con espantosos terremotos. Natohk hacía caer de las alturas un fuego con el que destruían las puertas de las ciudades amuralladas y quemaban a sus defensores hasta reducirlos a huesos calcinados. Sus guerreros eran tan numerosos que cubrían el horizonte, y contaba con cinco mil estigios con carros de combate bajo las órdenes del príncipe Kutamún.
Conan escuchaba, imperturbable. La guerra era su oficio. La vida era para él una continua batalla o, mejor dicho, una serie ininterrumpida de batallas. Desde su nacimiento, la muerte había sido su compañera habitual. Ella cabalgaba con aire siniestro a su lado, se alzaba sobre su hombro cuando Conan se sentaba en las mesas de juego, hacía tintinear con sus dedos huesudos las copas de vino, se cernía sobre él como una sombra monstruosa cuando se acostaba a dormir. Él le prestaba tan poca atención como un rey a su copero. Algún día, aquellas manos huesudas se apoderarían de él. Eso era todo. Lo importante era estar vivo, por el momento.
Pero había otros que no se sentían tan animosos. Conan pasó entre los centinelas y se detuvo ante una esbelta figura cubierta con una capa, que le hizo una señal con la mano para que se detuviera.
-Princesa, deberías estar en tu tienda de campaña -le dijo el cimmerio.
-No podía dormir -repuso ella con los ojos velados por una sombra-. ¡Conan, tengo miedo!
-¿Hay alguien entre estos hombres a quien temas? -preguntó él, echando mano a la empuñadura de su espada.
-No se trata de un hombre -declaró Yasmela con un ligero temblor-. Dime, Conan, ¿tú no temes a nada?
Él reflexionó un momento, se acarició la barbilla y admitió al fin:
-Sí, temo la maldición de los dioses.
La princesa tembló visiblemente, y al cabo de unos instantes agregó:
-Yo estoy maldita, Conan. Un demonio de los abismos me ha marcado. Noche tras noche se alza entre las sombras susurrándome cosas terribles. Quiere arrastrarme a los infiernos para hacerme su reina. No me atrevo a dormir, pues sé que vendrá a mi tienda, igual que vino a mi alcoba del palacio. Conan, tú eres fuerte. ¡Déjame estar a tu lado! ¡Tengo miedo!
Yasmela, en ese momento, no era una princesa, sino tan sólo una muchacha aterrada. Su orgullo la había abandonado, dejándola con el alma desnuda. Presa de pánico, había acudido al cimmerio. La implacable fuerza que la había repelido al principio, ahora la atraía.
Por toda respuesta, Conan se quitó la capa escarlata y envolvió con ella a la princesa. Lo hizo con gesto rudo, como si la ternura le estuviera vedada. Su mano férrea descansó por un instante sobre los delicados hombros de Yasmela, y ésta volvió a temblar, pero ahora no era de miedo. Una fuerza primitiva, semejante al rayo, se había adueñado de ella por el simple contacto de la mano del cimmerio, como si él le hubiera transmitido parte de su enorme fuerza y vitalidad.
-Acuéstate ahí -le dijo él, indicando un espacio libre que había junto a una hoguera.
Conan no veía nada extraño en el hecho de que una princesa se acostase en el suelo al lado de la fogata de un campamento, envuelta en la capa de un soldado. La muchacha obedeció sin hacer la menor objeción.
Él se sentó cerca de ella, sobre una roca, y colocó la cimitarra sobre sus rodillas. Con el fuego reflejándose en su armadura, parecía una imagen de acero, la encarnación del poder y de la fuerza en un momento de quietud, aguardando una señal para volver a sumergirse en la acción. La luz de las llamas jugaba con sus facciones, que parecían duras como el hierro. Pero sus ojos ardían con una vida salvaje. Ya no era solamente un bárbaro, sino que formaba parte de la indómita naturaleza. Por sus venas corría la sangre de una manada de lobos. En su cerebro se agazapaban las sombrías tinieblas de las noches del norte. Su corazón latía al ritmo de la vida del bosque.
Mientras meditaba en una especie de semisueño, Yasmela se quedó profundamente dormida, envuelta en una placentera sensación de seguridad. Tenía la certeza de que ninguna sombra de ojos llameantes se inclinaría sobre ella en la oscuridad mientras aquella implacable figura cubierta de acero velase a su lado. A pesar de todo, volvió a despertarse y se estremeció con un miedo cósmico que no pudo explicarse.
La despertó un rumor de voces apagadas. Al abrir los ojos Yasmela vio que el fuego apenas ardía. Se notaba en el aire la cercanía del alba. Podía ver a Conan en la semioscuridad, todavía sentado sobre la piedra, con el sable encima de las rodillas. Cerca de él había un hombre de nariz aguileña y ojos diminutos y brillantes bajo el turbante blanco. El desconocido hablaba muy rápido en un dialecto shemita que ella no entendía.
-¡Qué Bel me corte un brazo si no digo la verdad! -decía el hombre-. Por Derketa, Conan, soy el príncipe de los embusteros, pero jamás mentiría a un antiguo compañero. ¡Lo juro por los días en que ambos éramos ladrones en tierras de Zamora, antes de que vistieras la cota de malla!
»Te digo que he visto a Natohk -continuó- y, junto con los demás, me arrodillé ante él cuando lanzó conjuros a Set. Pero enterré mi nariz en la arena como hicieron los otros. Soy un ladrón de Shumir y mi vista es más aguda que la de un águila. Levanté un poco la cabeza y vi que su velo flotaba al viento. Él lo abrió y vi... ¡Bel me ayude, Conan, lo que vi! La sangre se me heló en las venas y se me erizó el cabello. Lo que vi me quemó el alma como un hierro candente. No puede descansar hasta que estuve seguro de lo que sospechaba.
»Me dirigí entonces a las ruinas -prosiguió el desconocido- de Kuthchemes. La puerta que hay bajo la cúpula de marfil estaba abierta. Al entrar, me encontré con una enorme serpiente traspasada por una espada. Debajo de la cúpula yacía el cuerpo de un hombre, tan consumido y deforme que al principio apenas pude reconocerlo. Luego vi que se trataba de Shevatas el zamorio, el único ladrón en el mundo al que reconocía como superior a mí. El tesoro estaba intacto y aparecía en montones relucientes en torno al cadáver. Eso era todo.
-No había huesos... -comenzó a decir el cimmerio.
-¡No había nada! -interrumpió el otro con vehemencia-. ¡Nada! ¡Sólo el cadáver!
Hubo un silencio, y Yasmela se sintió presa de un horror inenarrable.
-¿Sabes de dónde llegó Natohk? -dijo al fin con un vibrante susurro el shemita-. Pues vino del desierto, una noche en que el cielo y la tierra parecían enloquecidos, las nubes huían con frenesí bajo las estrellas y el aullido del viento se mezclaba con los lamentos de los espíritus de la llanura. Los vampiros estaban por todas partes aquella noche; las brujas andaban desnudas y los lobos aullaban por toda la estepa. Natohk llegó entonces en un camello negro, rápido como el viento. Lo rodeaba un fulgor infernal y las huellas que dejaba su animal brillaban en la oscuridad. Cuándo Natohk desmontó ante el templo de Set, junto al oasis de Afaka, el animal se dio la vuelta y desapareció en la noche. Luego hablé con las gentes de las tribus cercanas, y juraban haber visto que el animal desplegaba unas alas gigantescas y remontaba hacia las nubes, dejando atrás una estela luminosa.
Nadie ha vuelto a ver a ese camello desde aquella noche, pero sí se ha visto una sombra negra y brutal, con vago aspecto humano, que habla con Natohk en su tienda antes del amanecer. Te digo, Conan, que Natohk es... Mira, te voy a enseñar una imagen de lo que vi aquel día en que el viento apartó el velo y dejó su rostro al descubierto.
Yasmela vio un fulgor de oro en la mano del shemita cuando éste se inclinó sobre un objeto. Conan lanzó un gruñido. De repente, la oscuridad se abatió sobre la joven. Por primera vez en su vida, Yasmela se había desmayado.



4

El amanecer era sólo una difusa línea rojiza en el horizonte, cuando el ejército reanudó la marcha. Los nómadas de las tribus habían acudido al campamento, con los caballos agotados por la larga marcha, para informar que la horda del desierto acampaba junto al pozo de Altaku. Por consiguiente, los soldados avanzaron con rapidez a través de las montañas, dejando que los siguieran los carromatos. Yasmela iba con las tropas, pero sus ojos estaban velados por el miedo. Un horror más atroz aún se había apoderado de ella desde que reconociera la moneda que había mostrado el shemita la noche anterior. Se trataba de una de las que habían acuñado en secreto los devotos del decadente culto zugita y que reproducía las facciones de un hombre muerto hacía tres mil años.
El camino serpenteaba entre escarpados riscos y lúgubres despeñaderos y bordeaba estrechos desfiladeros. Aquí y allá se veían aldeas colgadas de la roca, cuyas chozas de piedra estaban revocadas de barro. Los habitantes del lugar se apresuraron a reunirse con sus hermanos de raza, de modo que, antes de haber atravesado las montañas, el ejército había incrementado su número con tres mil arqueros salvajes.
De repente, se vieron ante una inmensa llanura que se extendía hacia el sur. En la vertiente meridional, los montes perdían altura súbitamente, señalando una clara división geográfica entre las mesetas de Koth y el desierto del sur. Aquellas montañas eran el borde de la altiplanicie y constituían una muralla casi ininterrumpida. En aquella zona, la tierra parecía desnuda y desolada, habitada tan sólo por los miembros del clan zaheemi, cuyo deber era proteger el camino de las caravanas. Más allá de las montañas, aparecía un enorme desierto polvoriento y sin vida. No obstante, allende el horizonte, se encontraba el pozo de Altaku, junto al cual acampaban las hordas de Natohk.
Las huestes miraron hacia abajo, al paso de Shamla, por el cual afluía la riqueza del norte y del sur, y a través del cual pasaban los ejércitos de Koth, Khoraja, Shem, Turan y Estigia. Allí, la muralla impenetrable de montañas se interrumpía. Las laderas descendían abruptamente hacia el desierto formando inhóspitos valles cerrados por enormes riscos, con excepción de uno. Este era el único paso hacia la desierta llanura. El desfiladero era como una gran mano abierta desde las montañas; dos dedos separados constituían el valle en forma de abanico. Los dedos estaban representados por amplias colinas hacia ambos lados, con la parte externa lisa y la interna separada. Más allá se encontraban la planicie y el pozo, y en torno a éste se alzaba un grupo de torres de piedra ocupadas por los zaheemis.
Conan se detuvo, tirando de las riendas de su caballo. Se había despojado de la armadura plateada, ya que se sentía más a gusto con la cota de malla. Thespides se le acercó y le preguntó con aire extrañado:
-¿Por qué te detienes?
-Esperaremos aquí -respondió el cimmerio.
-Sería más digno seguir avanzando y enfrentarnos a ellos -dijo el conde en tono cortante.
-Nos superan ampliamente en número -repuso Conan-. Y además, allí no hay agua. Acamparemos en esta meseta...
-Mis caballeros y yo lo haremos en el valle -dijo Thespides enojado-. Somos la vanguardia, y nosotros, al menos, no tememos a una turba de harapientos del desierto.
Conan se encogió de hombros, y el irritado noble se alejó a caballo. Amalric se detuvo asombrado al ver que la reluciente tropa descendía por la ladera de la montaña en dirección al valle.
-¡Los muy necios! -comentó-. Sus cantimploras pronto estarán vacías y tendrán que regresar al pozo para abrevar a sus caballos.
-Que hagan lo que quieran -repuso Conan-, ya que no les gusta recibir mis órdenes. Di a los soldados que descansen. Hemos andado mucho y por terreno accidentado. Que coman los hombres y que den de beber a los caballos.
No había necesidad de enviar exploradores, ya que el desierto se extendía ante sus ojos, si bien ahora unas nubes bajas y blanquecinas, procedentes del sur, limitaban la visibilidad. La monotonía del desierto sólo quedaba rota por unas ruinas de piedra que se alzaban a algunas leguas en el desierto y de las que se decía que eran restos de un antiguo asentamiento estigio. Conan hizo desmontar a los arqueros y los distribuyó por las colinas, junto con los salvajes montañeses. Luego situó a los mercenarios y a los lanceros de Khoraja en la alta meseta, en torno al pozo. Más atrás, en el lugar donde el desfiladero desembocaba en la meseta, se procedió a instalar la tienda de Yasmela.
Al no haber enemigos a la vista, los soldados se tomaron un merecido descanso. Se quitaron los bacinetes y las cofias, y echaron hacia atrás la malla que les cubría la cabeza y el cuello.
Hicieron algunas bromas groseras mientras comían con apetito y bebían grandes jarras de cerveza. En las laderas de las montañas, los nómadas también descansaban y reponían fuerzas con sus provisiones de dátiles y aceitunas. Amalric se adelantó hasta una gran piedra grisácea sobre la que se había sentado el cimmerio, y dijo:
-Conan, ¿has oído lo que dicen los nómadas acerca de Natohk? Dicen... Por Mitra, me parece una locura hasta el hecho de repetirlo. ¿Tú que piensas?
-Las semillas a veces duermen en la tierra durante siglos sin echar raíces -respondió Conan-. Pero Natohk es un hombre, sin duda alguna.
-No estoy seguro de ello -dijo Amalric-. Y hablando de otra cosa, veo que has dispuesto las tropas como lo hubiera hecho un general veterano. Si los demonios de Natohk caen sobre nosotros, no nos cogerán desprevenidos. ¡Por Mitra, qué niebla endiablada!
-Al principio pensé que eran nubes -dijo Conan-. ¡Mira cómo avanza! Lo que parecían nubes era en realidad una densa niebla que se dirigía hacia el norte como una marea, ocultando rápidamente el desierto. En seguida estuvo sobre las ruinas estigias y siguió adelante. Los hombres miraban aquello llenos de asombro. Era algo inaudito..., algo antinatural e inexplicable.
-No podemos enviar una partida de exploradores -dijo Amalric, disgustado-, pues no podrán ver nada. Pronto estará cubierta toda la zona.
Conan, que había observado con creciente inquietud la niebla que avanzaba, se inclinó de pronto y apoyó una oreja en el suelo. Inmediatamente dio un salto y profirió una maldición.
-¡Son caballos y carros de combate! -exclamó-. ¡Son miles y miles y hacen vibrar el suelo a su paso!
A continuación levantó la voz, que resonó estruendosamente por todo el valle, poniendo a las tropas en pie:
-¡Eh, mis hombres! ¡Alzad las picas y alabardas! ¡Formad filas!
Ante estas órdenes, los soldados se alinearon, después de ponerse apresuradamente los cascos y armaduras. En ese momento, la niebla se disipó como si ya no resultara necesaria. No desapareció lentamente, como suele ocurrir, sino que se esfumó como una llama que se extingue. El desierto, oculto un momento antes por el espeso manto blanco, brillaba ahora bajo un cielo soleado y sin nubes. Pero ya no estaba vacío, sino atestado por el aparato viviente de la máquina bélica. Un grito de asombro sacudió las montañas.
A primera vista, los atónitos observadores parecían estar contemplando un fulgurante mar de bronce y oro, sobre el que las puntas de las lanzas titilaban como miríadas de estrellas. Al desaparecer la niebla, los invasores se habían detenido, súbitamente, en líneas apretadas cuyas armas brillaban bajo los rayos del sol.
En primera línea se hallaban los pesados carros de combate, arrastrados por grandes y fieros caballos de Estigia adornados con plumas, que relinchaban inquietos mientras los semidesnudos aurigas se echaban atrás apoyados en sus robustas piernas para tirar con fuerza de las riendas. Los hombres que iban en carros eran guerreros de gran estatura, con rostros de halcón bajo los cascos de bronce y una cimera en forma de media luna sobre una esfera dorada. Empuñaban pesados arcos y se advertía que no eran arqueros comunes; se trataba de nobles del sur, criados para la guerra y la caza, y acostumbrados a abatir leones con sus flechas. Tras ellos aparecía un abigarrado conjunto de hombres de aspecto salvaje, con caballos no menos fieros. Eran los guerreros de Kush, el primero de los grandes reinos negros situados al sur de Estigia. Parecían hechos de ébano pulido y cabalgaban completamente desnudos, sin utilizar sillas de montar bajo su cuerpo ágil y flexible.
Detrás de ellos había unas hordas que parecían reunir a todos los habitantes del desierto. Eran miles y miles de belicosos hijos de Shem, jinetes con armaduras de escamas de metal y cascos cilíndricos. Eran los asshuri de Nippr, Shumir, Eruk y ciudades vecinas; hordas salvajes vestidas de blanco e integradas por diversos clanes nómadas.
En ese momento las tropas comenzaron a agitarse en un remolino desordenado. Los carros de combate se apartaron a un lado, en tanto que el grueso de las huestes avanzaba como un tropel desorganizado.
En el extremo del valle, los caballeros de Khoraja habían montado en sus corceles y el conde Thespides galopó laderas arriba hacia donde se encontraba Conan. Ni siquiera se dignó desmontar, sino que habló con tono brusco desde su caballo.
-¡La desaparición de la niebla los ha desconcertado! -dijo Thespides-. ¡Ahora es el momento de atacar! Los kushitas no tienen arcos y entorpecen su vanguardia. Una carga de mis caballeros los aniquilará hasta las mismas filas de los shemitas, destrozando su formación. ¡Seguidme! ¡Seguidme! ¡Ganaremos esta batalla con un solo golpe!
Conan movió negativamente la cabeza y dijo:
-Si estuviéramos luchando con un enemigo corriente, estaría de acuerdo. Pero la confusión que demuestran me parece más fingida que real. Me temo que sea una trampa.
Entonces, ¿te niegas a avanzar? -increpó Thespides indignado.
-Sé razonable -repuso Conan-. Tenemos la ventaja de nuestra posición...
Tras lanzar un furioso juramento, el conde Thespides giró en redondo con su caballo y volvió galopando al valle, donde sus caballeros esperaban impacientes.
Amalric movió la cabeza con gesto de desaliento y dijo:
-No debiste dejarlo volver, Conan. Me parece que... ¡Mira allí!
Conan se levantó de un salto y profirió una maldición. Thespides se había puesto a la cabeza de sus hombres y podía escucharse su voz exaltada a lo lejos. Aunque no se percibieran sus palabras, el gesto que hizo señalando la horda enemiga era significativo. Un segundo después, quinientas lanzas apuntaron al frente y toda la compañía de caballeros armados descendía con un ruido atronador por el último tramo del valle.
Un joven paje llegó corriendo desde la tienda de Yasmela y le dijo a Conan con voz chillona y apremiante:
-Mi señor, la princesa pregunta por qué no sigues y apoyas al conde Thespides.
-Porque no soy tan necio como él -repuso el cimmerio con un gruñido y, tras volver a sentarse en la roca, comenzó a devorar una enorme pata de carnero.
-El mando te ha vuelto sensato -dijo Amalric-. Esa clase de locuras fueron siempre tu debilidad.
-Sí; cuando sólo jugaba con mi propia vida. Pero ahora... ¡Eh, por todos los infiernos...!
Las hordas enemigas se habían detenido. Del ala más alejada avanzó un carro de guerra cuyo desnudo auriga azotaba a los caballos como un poseso. El otro ocupante del carro era un hombre alto cuya túnica flotaba al viento dándole un aire fantasmagórico. Sostenía en sus brazos una gran vasija de oro de la que dejaba caer un fino polvillo que resplandecía bajo la luz del sol. El carro cruzó por delante de la horda. Detrás de sus imponentes ruedas quedaba, como la estela de un barco, una larga línea luminosa que brillaba sobre la arena como la huella fosforescente de una serpiente.
-¡Ése es Natohk! -exclamó Amalric, profiriendo un juramento-. ¿Qué semilla infernal está sembrando?
Los caballeros de Khoraja no habían disminuido la velocidad de su ataque. Cincuenta pasos más y embestirían a las filas irregulares de los kushitas, que permanecían quietas, con las lanzas levantadas.
Ahora, los caballeros que iban en vanguardia llegaban a la delgada línea que brillaba sobre la arena, y cuando los cascos de los caballos la pisaron fue como el acero cuando choca contra el pedernal, pero con resultados mucho más terribles. Una explosión aterradora conmovió el desierto, que pareció desgarrarse entre llamas blanquecinas a lo largo de la línea.
La primera fila de caballeros quedó envuelta en llamas, y tanto los caballeros como los jinetes de pesadas armaduras comenzaron a retorcerse como insectos al caer a una hoguera. Un instante después, el grueso de la tropa se abalanzaba sobre los cuerpos carbonizados de sus compañeros.
Incapaces de detenerse, se precipitaron fila tras fila sobre el creciente e informe montón de cadáveres. Con increíble rapidez, el ataque de los poderosos jinetes se había convertido en un caos en el que los caballeros morían uno tras otro entre los relinchos de los animales agonizantes.
Entonces, la aparente confusión que reinaba en las filas kushitas se esfumó. Las filas más cercanas se organizaron con toda precisión y atacaron a los jinetes caídos, destrozándolos sin piedad y rematando a otros con mazas y piedras. Todo ocurrió con tal rapidez que los observadores que estaban en las montañas quedaron atónitos. Las hordas seguían avanzando, tratando de evitar el montón de cuerpos carbonizados. Desde las montañas se alzó una exclamación:
-¡No luchamos contra hombres, sino contra demonios!
Los que estaban allí apostados vacilaron. Uno de ellos echó a correr hacia atrás, en dirección a la planicie, con el rostro bañado en sangre y con espuma en la boca.
-¡Huid, huid! -farfullaba babeando-. ¿Quién puede luchar contra la magia de Natohk?
El cimmerio lanzó un gruñido, se levantó de un salto y con el enorme hueso de carnero le asestó un golpe en la cabeza al asustado fugitivo, que cayó al suelo mientras la sangre manaba en abundancia de su nariz y de su boca. Conan desenvainó la espada con los ojos convertidos en esferas de fuego azul y gritó con voz atronadora:
-¡Volved a vuestros puestos! ¡Si cualquiera de vosotros da un solo paso atrás, le separo la cabeza del cuerpo! ¡Luchad como hombres, maldición!
La desbandada se detuvo tan rápidamente como había comenzado. La fiera personalidad de Conan fue como un cubo de agua fría en la hoguera de terror de sus hombres.
-¡Regresad a vuestros puestos y resistid! -ordenó-. ¡Ni los hombres ni los demonios cruzarán el desfiladero de Shamla!
Allí donde la meseta se interrumpía y comenzaba el valle descendente, los mercenarios se ajustaron los cinturones y empuñaron las alabardas. Detrás de ellos, los jinetes montaron en sus caballos, mientras que en uno de los flancos que daban los lanceros de Khoraja como tropas de reserva. A Yasmela, que estaba pálida y silenciosa mucho más atrás, ante la puerta de su tienda de campaña, sus huestes le parecían un lamentable puñado de hombres, en comparación con las densas hordas del desierto.
Conan se quedó entre los lanceros. Sabía que los invasores no efectuarían un ataque por el desfiladero para no ponerse al alcance de las flechas de los arqueros, pero lanzó un gruñido de sorpresa al ver que los jinetes enemigos desmontaban. Aquellos salvajes no tenían fuerzas de aprovisionamiento. Las cantimploras y las bolsas de alimentos colgaban de sus sillas de montar. Bebieron la poca agua que les quedaba y luego arrojaron a un lado las cantimploras.
-Esto no me gusta nada -musitó el cimmerio-. Hubiera preferido un ataque de caballería por parte de ellos; los animales heridos entorpecen el avance.
Las hordas habían formado una enorme cuña cuya punta eran los estigios y el cuerpo los asshuri; los flancos estaban ocupados por los nómadas. Avanzaron lentamente, en cerrada formación y con los escudos levantados, mientras detrás de ellos una sombría figura alzaba los brazos cubiertos por los pliegues de la túnica, en una terrible invocación.
Cuando la horda de atacantes entró en el amplio valle, los montañeses lanzaron sus flechas. A pesar de la fuerte formación defensiva, los hombres del desierto cayeron por docenas. Los estigios habían desechado sus arcos. Con las cabezas inclinadas hacia adelante y los ojos oscuros mirando fieramente por encima del borde de sus escudos, se adelantaron como una marea implacable, pisando a sus compañeros caídos. Los shemitas devolvieron el ataque, y nubes de flechas oscurecieron el cielo. Conan lanzó una mirada por encima de las olas de flechas y se preguntó qué nuevo horror estaría invocando el hechicero. Intuía que Natohk, como todos los de sus especie, era más temible en la defensa que en el ataque. Tomar la ofensiva contra él suponía un desastre inevitable.
Seguramente era alguna magia lo que hacía avanzar a las hordas hacia las fauces de la muerte. Conan contuvo el aliento ante la destrucción causada por sus arqueros entre las filas atacantes. Los bordes de la cuña parecían fundirse y el valle estaba sembrado de muerte. Pero los sobrevivientes seguían adelante como locos, inconscientes del desastre. Algo más atrás, los arqueros volvieron a empuñar sus armas y nuevas nubes de flechas se remontaron hacia las posiciones superiores, obligando a los montañeses a ponerse a cubierto. El pánico se apoderó de éstos ante aquel avance irresistible y miraron hacia abajo como lobos atrapados.
Cuando la horda estigia cruzó la parte más estrecha del desfiladero, una lluvia de rocas rodó por el talud, aplastando a cientos de invasores. A pesar de ello, el ataque no se detuvo. Los mercenarios de Conan se prepararon para el choque inevitable. Su cerrada formación y sus mejores armaduras impidieron que las flechas enemigas los aniquilaran. El cimmerio temía el impacto del ataque cuando la enorme cuña embistiera contra sus filas. En ese momento comprendió que no había forma de evitar la masacre. Aferró entonces por el hombro a un zaheemi que se hallaba cerca de él y le preguntó:
-¿Hay algún modo de que unos jinetes puedan llegar hasta el valle que hay del otro lado de esa cordillera que se ve allí?
-Sí -contestó el otro-. Es un camino escarpado y peligroso, pero...
Conan llevó al hombre hasta donde estaba Amalric, sentado sobre su enorme caballo de batalla.
-¡Amalric! -exclamó-. ¡Sigue a este hombre! Él os guiará a ti y a tus tropas hasta el valle exterior. Debes descender y, después de rodear aquella montaña, atacar a las hordas por la retaguardia. ¡No hables y haz lo que te digo! Sé que es una locura, pero de todas formas estamos condenados. Haremos todo el daño que podamos antes de sucumbir. ¡Vamos, poneos en marcha deprisa!
El bigote de Amalric se curvó en una fiera sonrisa. Poco después, los lanceros seguían a su jefe por la maraña de desfiladeros que conducían hasta la planicie. Conan corrió espada en mano hasta donde se hallaban las tropas armadas de picas.
El cimmerio llegaba a tiempo. A cada lado del valle, los montañeses de Shupras, enloquecidos por la certeza de la derrota, dejaban caer sus armas con desesperación. Los hombres morían como moscas, tanto en el valle como por las laderas. Con un estruendo ensordecedor, los estigios embistieron al fin contra el resto de las tropas mercenarias.
Las líneas fueron sacudidas por un huracán de acero. Los nobles del desierto, criados para la guerra, se enfrentaban a duros soldados profesionales. Los escudos chocaban entre sí, mientras las lanzas sembraban la muerte.
Conan distinguió la poderosa figura del príncipe Kutamún a través del mar de espadas, pero la presión de los atacantes lo mantenía pecho contra pecho ante oscuros combatientes que jadeaban y asestaban mandobles a diestra y siniestra. Y es que detrás de los estigios, los asshuri llegaban a manadas, al tiempo que lanzaban sus gritos tribales. 
Los nómadas del ejército enemigo treparon por los riscos que había a ambos lados del valle y se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo con los montañeses. El combate feroz se generalizó por toda la cordillera. Con uñas y dientes, enloquecidos por el fanatismo de antiguas querellas, los nómadas y los montañeses mataban y morían. Con la melena al viento, los desnudos kushitas se mezclaron en la refriega profiriendo aullidos.
Conan tuvo la sensación de que sus ojos, velados por el sudor, contemplaban un océano de acero que ondulaba, avanzaba y retrocedía, llenando el valle de lado a lado. La batalla estaba en su punto culminante y más sangriento. Los montañeses se mantenían en las cimas y los mercenarios, aferrando sus ensangrentadas picas, resistían en el centro del desfiladero. La superioridad de la posición y la calidad de las armaduras defensivas compensaban la abrumadora superioridad numérica de los enemigos. Pero aquello no podía durar demasiado: oleada tras oleada, los rostros feroces y las lanzas resplandecientes seguían ascendiendo por las laderas. Los asshuri llenaban los huecos que dejaban los estigios caídos.
El cimmerio miró hacia la cordillera occidental para ver si aparecían las lanzas de Amalric, pero no vio nada. Los lanceros comenzaban a retroceder ante la embestida de las gentes del desierto.
Conan abandonó entonces toda esperanza de victoria e incluso de supervivencia. Al tiempo que daba una orden a sus capitanes, se abrió paso entre los combatientes y corrió por la meseta en dirección a las tropas de infantería que se mantenían más atrás con reserva, temblando de ansiedad. Ni siquiera miró hacia la tienda de Yasmela. Había olvidado totalmente a la princesa. Su único pensamiento era el instinto salvaje de matar antes de morir.
-¡Hoy os convertís en caballeros! -dijo el cimmerio con una risa salvaje mientras señalaba con su espada los caballos de los montañeses, que estaban agrupados cerca de allí-. ¡Montad en los corceles y acompañadme al infierno!
Conan seguía riendo con expresión sombría al tiempo que guiaba hacia una ramificación de la planicie a quinientos infantes -patricios empobrecidos, segundones, ovejas descarriadas de buenas familias- montados en caballos shemitas semisalvajes. Atacaban a un ejército en un terreno inclinado donde ninguna caballería hubiese osado hacerlo.
Atravesaron la garganta del desfiladero con un ruido atronador, pisando los cuerpos caídos que cubrían el suelo.El terreno todavía era bastante escarpado, y una veintena de caballos resbalaron y cayeron rodando con sus jinetes. Más abajo, los hombres proferían maldiciones y arrojaban sus armas. El impacto del ataque era como una avalancha que se abre camino por entre un bosque de árboles jóvenes. Los improvisados caballeros fueron dejando tras de sí una alfombra de cuerpos caídos.
Y entonces, cuando la horda se revolvía y se replegaba sobre sí misma, los lanceros de Amalric, después de abrirse paso a través de una columna de jinetes que habían encontrado en el valle exterior, irrumpieron por el recodo de la cordillera occidental y atacaron a las huestes del desierto con la fiereza que da la desesperación. Su ataque llevaba consigo la sorpresa que desmoraliza al enemigo. Creyéndose rodeados por unas fuerzas muy superiores y temerosos de quedar aislados del desierto que era su morada, muchos nómadas dieron media vuelta e iniciaron una huida tumultuosa, causando estragos entre las filas de las tropas más ordenadas que tenían detrás. En las laderas de las montañas, los hombres del desierto veían el cariz que tomaban la batalla en terreno llano, y los montañeros que estaban a la defensiva, por su parte, cayeron sobre sus enemigos con renovada furia y los rechazaron hacia el valle.
Desconcertados, los guerreros del desierto rompieron filas sin ver, en su precipitación, que sólo los atacaba un puñado de hombres. Y cuando una tropa heterogénea y numerosa se desorganiza en la lucha, ni un mago es capaz de volver a agruparla. A través del mar de cabezas y lanzas, los hombres de Conan vieron que los jinetes de Amalric avanzaban imparables entre los anárquicos combatientes del desierto. Un júbilo victorioso se apoderó de ellos. Con el corazón lleno de una fuerza indómita, sus brazos parecían aún más diestros en el manejo de las lanzas.
Por su parte, los alabarderos que se encontraban en el desfiladero afirmaron los pies en el suelo resbaladizo, enrojecido por la sangre, e iniciaron el avance, chocando brutalmente contra las filas que tenían enfrente. Los estigios resistieron, pero, más atrás, los asshuri comenzaron a ceder. Los mercenarios embistieron entonces contra los nobles del desierto, que sucumbieron en sus puestos hasta el último hombre.
Arriba, entre los riscos, el viejo Shupras yacía con una flecha clavada en el corazón. A Amalric lo habían derribado del caballo y maldecía como un pirata mientras se apretaba una herida que tenía en una pierna. De la infantería montada de Conan apenas quedaban ciento cincuenta hombres sobre sus caballos. Pero la horda estaba destrozada. Nómadas y arqueros huían hacia los campamentos, donde estaban sus caballos, mientras los montañeses descendían por las laderas atacando a los fugitivos por la espalda con los sables y cortando las cabezas a los heridos.
En aquel caos de sangre surgió de repente una terrible aparición delante del caballo de Conan. Era el príncipe Kutamún, tan sólo cubierto con un taparrabo, pues había sido despojado de su armadura en el fragor de la batalla. Su cuerpo estaba cubierto de sangre y de magullones. El príncipe lanzó un grito terrible y arrojó la empuñadura rota de su espada contra el rostro de Conan; luego dio un salto y asió por las riendas el corcel del cimmerio. Conan se revolvió en su silla, desconcertado. Mientras tanto, poniendo en juego una fuerza increíble, el gigante de piel oscura empujó el caballo hacia arriba y atrás hasta que, perdido el equilibrio, el animal cayó al suelo, encima de los cuerpos que se retorcían.
Conan saltó en el preciso momento en que su caballo se desplomaba. Kutamún se abalanzó sobre él rugiendo. Debido al furor de la batalla, el bárbaro no pudo recordar luego exactamente cómo había dado muerte a su enemigo. Sólo sabía que una piedra que tenía el estigio en la mano le golpeó varias veces en el casco, impidiéndole ver. Luego Conan extrajo su daga y la hundió una y otra vez en el cuerpo del príncipe, sin que ello pareciera afectar a su terrible vitalidad. El mundo ya daba vueltas ante los ojos del cimmerio, cuando el adversario se estremeció convulsivamente y cayó hacia un lado. 
Conan se incorporó con el rostro empapado de sangre bajo el abollado casco y observó mareado el panorama de destrucción que se ofrecía a sus ojos. Los cadáveres yacían por todas partes, como una alfombra roja que cubriera el valle. Y abajo, en el desierto, continuaba la masacre. Los sobrevivientes habían llegado hasta sus caballos y se desparramaban por la planicie, perseguidos por los vencedores. Conan quedó espantado al ver el menguado grupo a que éstos habían quedado reducidos. 
Entonces se oyó un alarido espantoso que cortó el clamor de la batalla. Por el desfiladero ascendía un carro de guerra a una velocidad tremenda, sin que parecieran molestarle los cadáveres amontonados en el suelo. El carro no iba tirado por caballos, sino por un enorme animal negro, parecido a un camello. Sobre el carruaje se veía a Natohk, con la túnica flotando al viento. Delante, sosteniendo las riendas y dando latigazos como un loco, iba un ser antropomórfico oscuro y deforme, con vaga apariencia humana, que parecía un monstruoso simio. 
El carro de guerra ascendió el último tramo del valle y llegó a la meseta, dirigiéndose hacia la tienda de campaña en la que se encontraba sola Yasmela, pues hasta la guardia se había unido a los combatientes. Conan oyó el grito de terror de la princesa cuando el largo brazo del hechicero Natohk se tendió hacia ella y la subió al carruaje. Luego, el monstruoso animal que tiraba del carro giró rápidamente y regresó valle abajo, sin que ninguno de los hombres de Yasmela se atreviese a arrojar una lanza o una flecha por temor a herir a la princesa, que se debatía aterrada en los brazos de Natohk.
Conan lanzó un grito inhumano y, tras recoger la espada del suelo, saltó hacia el sitio por donde debía pasar el carruaje infernal. Pero cuando alzaba su espada, las patas delanteras de la negra bestia golpearon al cimmerio en el pecho y lo enviaron a varios metros de distancia, dejándolo aturdido y herido. El grito de Yasmela llegó hasta los oídos de Conan en el momento en que el carruaje pasaba ante él.
El cimmerio reaccionó al instante y, asiendo las riendas de un caballo que corría sin jinete, tomó impulso y saltó sobre la montura sin que el animal detuviese siquiera su carrera. Corrió con loco frenesí en pos del carruaje de Natohk y cruzó como un torbellino el campamento shemita. Luego se dirigió al desierto pasando al lado de sus propios jinetes, que perseguían a los del hechicero. 
El carro de guerra siguió delante y Conan no abandonó la persecución, a pesar de que el jadeo de su caballo se hacía cada vez más intenso. El desierto los rodeaba por todas partes, con sus arenales bañados por el esplendor del sol poniente. Delante de ellos se alzaban las antiguas ruinas del tiempo. Un nuevo alarido heló la sangre en las venas de Conan. El cimmerio levantó la vista y vio que el monstruoso auriga de Natohk arrojaba a éste y a la muchacha del carro. Ambos rodaron sobre la arena y entonces, ante el asombro de Conan, el carruaje sufrió una extraordinaria transformación. La negra bestia desplegó unas enormes alas y remontó el vuelo hacia el cielo, dejando atrás una llama cegadora sobre la cual un humanoide negro se reía con carcajadas triunfales. Pasó tan rápido como el monstruo de una pesadilla inconcebible.
Natohk se puso en pie de un salto y lanzó una mirada a su amenazante perseguidor, que llegaba a todo galope, con la espada dispuesta a asestar un golpe mortal. El brujo recogió a Yasmela, que se había desmayado, y corrió con ella en brazos hasta las ruinas.
Conan saltó de su caballo y se lanzó a la carrera tras el hechicero, que entraba ya en lo que había sido el antiguo templo. El cimmerio también entró en una habitación iluminada con un fulgor ultraterreno, aún cuando en el exterior caía la tarde. Sobre un altar de jade negro yacía la princesa; su cuerpo desnudo resplandecía como si fuera de marfil. Sus ropas estaban desparramadas por el suelo, como si hubieran sido arrancadas en un apresuramiento brutal. Natohk se enfrentó al cimmerio. Una brillante túnica de seda verde cubría el inhumano cuerpo, alto y delgado, del hechicero. Apartó el velo que le ataba el rostro y Conan pudo ver las facciones que aparecían en la moneda del zugita.
-¡Sí, perro maldito! -exclamó el brujo con una voz sibilante como la de una gigantesca serpiente-. ¡Soy Thugra Khotan! He yacido mucho tiempo en mi tumba, esperando el día de mi despertar y de mi liberación. Las artes que me salvaron de los bárbaros hace muchos siglos me retuvieron prisionero, pero yo sabía que uno de aquellos mismos bárbaros llegaría, tarde o temprano... ¡Y al fin llegó para que se cumpliera el destino y para que muriera como nadie ha muerto en tres mil años! ¡Necio! ¿Crees que has vencido porque mi gente se ha dispersado y porque me traicionó y me abandonó el demonio al que había logrado esclavizar? ¡No! ¡Soy Thugra Khotan y dominaré el mundo a pesar de vuestros ridículos dioses! Los desiertos están llenos de mis gentes; los demonios hacen mi voluntad y todos los reptiles de la tierra me obedecen. Mi deseo por una mujer debilitó mis poderes mágicos. ¡Ahora esa mujer es mía, y recreándome en su alma seré invencible! ¡Atrás, necio! ¡No has derrotado a Thugra Khotan!
El hechicero arrojó su bastón a los pies de Conan y éste retrocedió profiriendo un grito involuntario, ya que al caer al suelo la vara sufrió una terrible transformación; se derritió, se retorció y ante el horrorizado cimmerio apareció una cobra. La reacción de Conan fue instantánea: alzó su enorme espada y de un solo corte seccionó en dos partes al espantoso reptil. Entonces vio que a sus pies había sólo las dos mitades de un bastón de ébano. Thugra Khotan se echó a reír con carcajadas malignas; luego se agachó y recogió algo que avanzaba por el suelo polvoriento.
En su mano extendida, algo se contorsionaba amenazadoramente. No se trataba de trucos de sombras, esta vez.
En la palma de la mano de Thugra Khotan se veía un escorpión negro de casi medio metro de largo. Era el animal más mortífero del desierto y su picadura significaba la muerte instantánea. El rostro del hechicero, parecido al de una calavera, se distendió en una espantosa sonrisa de momia. Conan vaciló, pero atacó como una centella.
Sorprendido en un gozo infernal, Thugra Khotan ni siquiera pudo hacer un movimiento para eludir la espada de Conan, que atravesó su corazón y le salió por los hombros. El brujo cayó al suelo, estrujando al venenoso escorpión con el puño mientras se desplomaba.
El cimmerio se acercó al altar y levantó a Yasmela en sus ensangrentados brazos. La princesa estiró sus manos convulsivamente y se apretó contra él sollozando desesperadamente, aferrándose a su cuello como si no fuera a soltarlo jamás.
-¡Por los demonios de Crom, muchacha! -dijo Conan, con un gruñido-.
¡Suéltame! Hoy han muerto cincuenta mil hombres y todavía hay mucho que hacer...
-¡No! -repuso ella, jadeando y aferrándose a él con todas sus fuerzas-. ¡No te dejaré marchar! ¡Soy tuya, por el fuego, el acero y la sangre! ¡Y tú eres mío! ¡Allí pertenezco a otros..., pero aquí tan sólo a ti! ¡No te irás!
El cimmerio vaciló al notar que su espíritu era ya un volcán de encontradas pasiones. El fulgor sobrenatural aún brillaba en la sombría habitación, alumbrando con una luz espectral el rostro muerto de Thugra Khotan, que parecía sonreírles con una mueca siniestra. Afuera, en el desierto, los hombres morían, aullaban y mataban como locos, y los reinos se tambaleaban sobre sus cimientos. Pero todo aquello pareció borrarse del alma de Conan mientras apretaba con fuerza entre sus brazos de hierro el esbelto cuerpo marfileño que brillaba en la penumbra como una blanca llama embrujada.