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lunes, 20 de abril de 2020

RELATO: "Alrededores de cemento", Brian Lumley



Imagen por Borja Pindado



Alrededores de cemento



Brian Lumley



1

Nunca dejará de asombrarme cómo algunos pretendidos cristianos se complacen perversamente en las desdichas de los demás. La prueba de esto penetró a la fuerza en mi casa, con los rumores totalmente innecesarios que me importunaron a raíz del fatal decaimiento del pariente más próximo que me quedaba.
Había quienes concluían que así como la Luna es responsable de las mareas, y en parte del lento movimiento de las capas superiores de la Tierra, de igual modo lo era del comportamiento de sir Amery Wendy-Smith, a su regreso de África. Como prueba señalaban la repentina fascinación de mi tío por la sismografía —el estudio de los temblores de tierra—, materia que atraía su interés hasta tal extremo que construyó su propio instrumento, un modelo que no incorpora la convencional base de cemento, y de tal exactitud que mide incluso el más leve de los estremecimientos que constantemente sacuden nuestro mundo. Tengo ante mí ahora ese mismo instrumento, rescatado de las ruinas de la casa de campo, y de vez en cuando lo miro con inquietud. Antes de su desaparición, mi tío pasaba horas y horas, aparentemente sin objeto, estudiando los quebrados movimientos del estilo sobre el papel milimetrado.
Por lo que a mí respecta, me resultaba extraño por demás el que mientras sir Amery estuvo en Londres, después de su regreso, evitara viajar en Metro y pagase desorbitantes cuentas de taxi, antes que bajar a lo que él denominaba «esos túneles tenebrosos». Extraño, desde luego, pero nunca lo consideré un signo de locura.
Sin embargo, sus pocos amigos realmente allegados parecían convencidos de su locura, atribuyéndola al hecho de haber vivido demasiado sumergido en esas civilizaciones muertas y casi olvidadas que tanto le fascinaban. Pero ¿cómo podía haber sido de otro modo? Mi tío era arqueólogo hasta la médula. Sus extraños vagabundeos por países extranjeros no eran consecuencia de ningún anhelo de lucro o de fama. Más bien los emprendía por amor a la vida, pues la fama que de ellos resultaba —como ocurre frecuentemente— recaía la mayoría de las veces en sus siempre ávidos colegas. Estos contemporáneos suyos le envidiaban y habrían emulado sus éxitos, de haber poseído la perspicacia y curiosidad de que él estaba tan excepcionalmente dotado... o maldito, como ahora empiezo a creer. Mi rencor hacia ellos se debe a la manera en que le volvieron la espalda después de la espantosa culminación de esa última y fatal expedición. En los primeros años, muchos se habían sentido «atraídos» por sus descubrimientos, pero en esa última expedición, los «parásitos» no fueron invitados, les excluyó del favor, no les ofreció la oportunidad de apoderarse de una gloria remozada. Por eso creo que la mayor parte de las afirmaciones de que había perdido el juicio no eran ni más ni menos que un rencoroso medio de minimizar su genio.
Ciertamente, ese último safari fue su final físico. Al que antes había sido un hombre erguido y fuerte, habida cuenta de su edad, con un pelo como el azabache y una sonrisa constante, se le vio andar con la espalda cargada y muchos kilos de menos. Su pelo se había vuelto gris y su sonrisa nerviosa y rara, mientras que un pronunciado tic sacudía su carne en una comisura de la boca. Antes de que estos espantosos achaques hiciesen posible que sus en otro tiempo «amigos» le ridiculizaran, antes de la expedición, sir Amery había descifrado o traducido —sé muy poco de estas cosas— un puñado de ladrillos rotos y seculares, conocidos en los círculos arqueológicos como los Fragmentos de G'harne.
Aunque él no hablaba nunca abiertamente de sus logros, sé que fue ese descubrimiento lo que le impulsó a ir, desventuradamente, a África.
Él y un grupo de amigos personales, todos ellos caballeros igualmente instruidos, se adentraron en ese continente en busca de una ciudad legendaria que, según creía sir Amery, existió siglos antes de que se pusieran los cimientos de las pirámides. En efecto, de acuerdo con sus cálculos, los primeros antepasados del hombre no habían sido concebidos aún cuando las inmensas murallas de G'harne alzaban sus monolíticas tallas hacia unos cielos primordiales. Con respecto a la edad de la plaza, si es que existió, no podían ser refutadas las pretensiones de mi tío. Las recientes comprobaciones científicas sobre los Fragmentos de G'harne habían demostrado que eran anteriores al período triásico, y su misma existencia resultaba imposible de explicar, a no ser como una arcilla milenaria.
Sir Amery, solo y en una terrible situación, se topó con un campamento de salvajes, cinco semanas después de su partida del pueblo nativo donde la expedición tuvo contacto por última vez con la civilización. Indudablemente, aquellos hombres feroces que encontró habrían terminado con él allí mismo, de no ser por sus supersticiones. Su aspecto enajenado y la extraña lengua en la que gritaba, justamente con el hecho de haber surgido de una zona que era «tabú» en sus leyendas tribales, contuvo sus manos. Finalmente, le cuidaron hasta devolverle cierta apariencia de salud y le transportaron a una región más civilizada, desde la que poco a poco fue capaz de abrirse camino hasta el mundo exterior.
De los demás miembros de la expedición, nada se volvió a saber ni oír, y sólo yo conozco la historia, porque la he leído en la carta que mi tío me dejó. Pero dejaré eso para más adelante.
Después de su regreso solitario a Inglaterra, sir Amery desarrolló esas excentricidades ya mencionadas, y la mera alusión o especulación por parte de extraños sobre la desaparición de sus colegas bastaba para que empezase a desvariar horriblemente sobre cosas inexplicables, tales como «un país enterrado donde Shudde-M'ell medita y burbujea y trama la destrucción de la raza humana y la liberación del Gran Cthulhu de su prisión acuática...» Cuando se le instó oficialmente a que diese cuenta de la desaparición de sus compañeros dijo que habían muerto en un terremoto, y aunque, según la opinión común, se le pidió que aclarase su respuesta, no dijo nada más...
Así, como no estaba seguro de cómo reaccionaría a las preguntas sobre su expedición, no quise interrogarle sobre ella. Sin embargo, en aquellas raras ocasiones en que hablaba espontáneamente sin que se le presionase, yo escuchaba ávidamente porque igual que los demás, anhelaba esclarecer el misterio.
Había vuelto hacía sólo unos meses cuando súbitamente se marchó de Londres y me invitó a su casa de campo, aislada aquí en los pantanos de Yorkshire, para que le hiciese compañía. Esta invitación fue una cosa extraña en sí misma, ya que él era un hombre que había pasado meses enteros en absoluta soledad, en diversos lugares desolados y apartados, y le gustaba considerarse una especie de ermitaño. Acepté porque vi una ocasión perfecta para compartir un poco de esa soledad que me parecía particularmente útil para escribir.


2

Un día, poco después de instalarme en su casa, sir Amery me enseñó un par de esferas extrañamente hermosas y nacaradas. Medían unos diez centímetros de diámetro, y aunque no había logrado identificar categóricamente el material de que estaban hechas, me dijo que parecía ser una desconocida combinación de calcio, crisolita y polvo de diamante.
«Cualquiera sabe cómo se habrá conseguido», decía él. Las esferas, dijo, habían sido halladas en el emplazamiento de la muerta G'harne —fue la primera alusión al hecho de que había encontrado realmente el lugar—, sepultadas bajo tierra en un estuche de piedra, sin tapa, con extraños ángulos y ciertos grabados absolutamente remotos en sus caras. Sir Amery no fue explícito ni mucho menos respecto de dichos dibujos, comentando solamente que sugerían cosas tan repugnantes que no estaría bien describirlas con demasiado detalle. Finalmente, en respuesta a mis preguntas de sondeo, me contó que representaban monstruosos sacrificios a cierta deidad inefable y atónica. Se negó a decir más, pero me remitió, ya que yo parecía tan «tremendamente ansioso», a las obras de Cómodo y del obseso Caracalla. Dijo también que en la caja, juntamente con los grabados, había muchas líneas de caracteres profundamente tallados, muy semejantes a los grabados cuneiformes de los Fragmentos de G'harne y que, en ciertos aspectos, tenían un inquietante parecido con los casi impenetrables Manuscritos Pnakóticos. Muy posiblemente, prosiguió, el recipiente había sido una caja de adorno, y las esferas, con toda probabilidad, debieron de ser chucherías de algún niño de la antigua ciudad; desde luego, se mencionaba a los niños —o jóvenes de muy corta edad— en lo que él había logrado descifrar de la singular escritura de la caja.
Fue en este punto de su relato cuando observé que los ojos de sir Amery empezaban a vidriarse y que su voz comenzaba a flaquear, casi como si algún extraño obstáculo psíquico afectase su memoria. Sin previo aviso, como el hombre que cae súbitamente en trance hipnótico, se puso a murmurar cosas sobre Shudde-M'ell y Cthulhu, Yog-Sothoth y Yibb-Tstll —«dioses remotos que desafían toda descripción»— y sobre mitológicos lugares de nombres igualmente fantásticos: Sarnath e Hiperbórea, R'lyeh y Ephiroth y muchos otros...
Aunque yo estaba deseoso de saber más sobre aquella trágica expedición, temía ser yo quien detuviera a sir Amery en sus explicaciones. Pero por más que me esforcé, oyéndole balbucear esas cosas, no pude evitar que se reflejase en mi rostro una expresión de compasión, de modo que cuando me miró, se excusó apresuradamente y corrió a refugiarse en la intimidad de su habitación. Más tarde, cuando pasé por delante de su puerta, le vi concentrado en su sismógrafo, y parecía estar correlacionando las señales de su papel con un atlas mundial que había cogido de la biblioteca. Me preocupó el notar que hablaba tranquilamente consigo mismo.
Naturalmente, siendo lo que era, y teniendo tan gran interés en los problemas étnicos, mi tío siempre había poseído —junto con sus colecciones de documentos históricos y geográficos— una serie de obras superficiales relativas al saber antiguo y a primitivas y dudosas religiones. Me refiero a obras como La rama dorada o el Culto de las brujas, de Margaret Murray. Pero ¿qué podía pensar yo de aquellos otros libros que encontré en su biblioteca a los pocos días de mi llegada? Había en sus estantes al menos nueve obras de las que sé que aluden a tales atrocidades que han sido calificadas por autoridades de muy distintas épocas de infames, blasfemas, repugnantes, execrables y completamente demenciales. Estaban entre ellas el Cthaat Aquadingen, de autor desconocido; las Notas sobre el Necronomicón, de Feery; el Liber Miraculorum; la Historia de la magia, de Eliphas Lévi, y un ejemplar encuadernado en una piel ya descolorida del horrendo Cultes des Goules. Quizá el peor que vi fue un volumen mohoso de Cómodo que este maníaco escribió en el año 183, y que habían evitado que siguiese cuarteándose mediante laminación.
Y más aún, como si estos libros no fuesen lo bastante desconcertantes, ¡estaba eso otro! ¿Qué podría decir del cántico indescifrable, como un zumbido, que oía a menudo y que procedía de la habitación de sir Amery en plena noche? La primera vez que ocurrió esto fue la sexta noche de mi estancia en su casa; me sacaron de mi desasosegado sopor los morbosos acentos de una lengua aparentemente imposible de imitar por las cuerdas vocales del hombre. Sin embargo, mi tío se expresaba con fluidez; yo logré transcribir una especie de estribillo que repetía frecuentemente, en lo que consideré que podía ser su expresión fonética más apropiada. Los fonemas resultantes —o sonidos— eran:

Ce'haiie ep-ngh fl'hur G'harne fhtagn,
Ce'haiie fhtagn ngh Shudde-M'ell.
Hai G'harne orr'e ep fl'hur,
Shudde-M'ell ican-icanicas fl'hur orr'e G'harne...

Aunque entonces me pareció impronunciable, tal como lo oía, he descubierto que cada día que pasa, de un modo extraño, la pronunciación de esas palabras me resulta más fácil, como si con la proximidad de un horror obsceno fuese más capaz de proferir esas terribles expresiones. Quizá se deba a que últimamente, en mis sueños, he tenido ocasión de repetir esas mismas palabras, y, como todas las cosas se hacen más sencillas en los sueños, mi fluidez ha pasado a mi vida ágil. Pero eso no explica los temblores, los mismos inexplicables temblores que tanto asustaban a mi tío. ¿Son las sacudidas que provocan los perpetuos estremecimientos del estilo del sismógrafo meros vestigios de algún inmenso cataclismo subterráneo que tiene lugar a mil kilómetros de profundidad y a cinco mil de distancia... o son ocasionadas por algo distinto? ¿Algo tan outré y espantoso que mi mente se hiela cuando trato de estudiar el problema demasiado a fondo?


3

Llevaba yo con él algunas semanas, cuando sir Amery comenzó a dar claras muestras de recobrarse rápidamente. Desde luego, todavía se le veía cargado de espaldas —aunque daba la sensación de que algo menos—, y seguía con sus supuestas excentricidades; pero volvía a ser el mismo en otros aspectos. El tic nervioso había desaparecido de su cara completamente y sus mejillas habían recuperado algo de su antiguo color. Su mejoría, pensé, se debía a sus interminables estudios del sismógrafo; porque a la sazón yo había comprobado que existía una relación concreta entre los registros de esa máquina y la enfermedad de mi tío. No obstante, no alcanzaba a entender por qué los movimientos internos de la Tierra podían determinar el estado de sus nervios. Fue después de una visita a su habitación, para consultar ese instrumento, cuando me habló más de la ciudad muerta de G'harne. Era un tema del que yo tenía que haber intentado alejarle.
—Los fragmentos —dijo—, indican el emplazamiento de una ciudad cuyo nombre, G'harne, sólo se conoce por la leyenda y se la cita en el pasado junto con la Atlántida, Mu y R'lyeh. Es un mito nada más. Pero si a una leyenda se le da un emplazamiento geográfico, se la fortalece en cierto modo... y si ese emplazamiento proporciona reliquias del pasado, de una civilización perdida hace milenios, entonces la leyenda se convierte en historia. Te sorprendería conocer la cantidad de historia que efectivamente se ha reconstruido de ese modo.
»Yo tenía la esperanza, la corazonada podría decir, de que G'harne había existido en la realidad, y al descifrar los fragmentos vi que estaba a mi alcance probar, de una manera o de otra, esta realidad suya. He estado en algunos extraños lugares, Paul, y he escuchado relatos aún más extraños. Una vez viví con una tribu africana que declaraba poseer los secretos de la ciudad perdida y los narradores que contaban historias me hablaron de un país donde jamás brilla el sol; donde Shudde-M'ell, ocultándose profundamente en el suelo acolmenado, trama la propagación del mal y la locura por todo el mundo y proyecta ¡la resurrección de otras abominaciones aún peores!
»Se oculta en la tierra y espera a que llegue el momento en que las estrellas sean favorables, y sus hordas horribles sean suficientes en número, ¡para poder infestar el mundo entero con su repugnancia y provocar el retorno de otras criaturas nacidas en las estrellas, que habitaron en la Tierra millones de años antes de la aparición del hombre, y que aún estaban aquí, en ciertos lugares tenebrosos, cuando éste surgió! Y te digo, Paul —su voz se había elevado—, que aún están aquí..., ¡en los lugares más insospechados! Me hablaron de unos sacrificios a Yog-Sothoth y a Yibb-Tstll que te helarían la sangre, y de ritos horripilantes practicados bajo cielos prehistóricos, antes de que el viejo Egipto viera la luz. Las cosas que oí hacen palidecer las obras de Alberto Magno y de Grobert, y aun el propio Sade habría enmudecido de estupor al escucharlas.
La voz de mi tío había ido animándose progresivamente a cada frase, pero ahora se detuvo para tomar aliento; y en un tono más normal y sosegado, prosiguió:
—Mi primer pensamiento al descifrar los fragmentos fue organizar una expedición. Puedo decirte que yo sabía de ciertas cosas que podía haber excavado y sacado a la luz aquí en Inglaterra (te sorprendería saber lo que acecha bajo la superficie de algunas de estas apacibles colinas de Cotswold); pero eso habría alertado a toda una hueste de supuestos «expertos» y aficionados, así que opté por G'harne. Cuando mencioné por primera vez a Kyle, a Gordon y a los demás, mi idea de organizar una expedición, mis argumentos parece que fueron tan absolutamente convincentes que todos insistieron en acompañarme. Algunos, sin embargo, debieron pensar que venían a una cacería de fantasmas, pues como he explicado, G'harne estaba en el mismo reino que Mu y que Ephiroth, o lo estuvo al menos, y debieron de imaginar que iban en busca de una verdadera lámpara de Aladino; pero a pesar de todo, vinieron. No podían permitirse el lujo de no venir, porque si G'harne resultaba ser real..., ¡bueno! Pienso en la gloria que se perderían... No se lo perdonarían jamás. Y por eso no puedo perdonarme a mí mismo; porque de no haberme entremetido con los fragmentos, estarían todos aquí ahora, Dios les asista...
Nuevamente la voz de sir Amery se había llenado de cierta temerosa excitación, y prosiguió febrilmente:
—¡Cielos, pero este lugar me pone enfermo! No podré resistir mucho tiempo. Está toda esta hierba y esta tierra. ¡Me hace estremecer! Alrededores de cemento es lo que necesito; y cuanto más gruesa sea la capa de cemento, mejor... Aunque hasta las ciudades tienen sus desventajas: los metros y demás... ¿Has visto Accidente de Metro, de Pickmen, Paul? ¡Dios mío, qué película! Y aquella noche, ¡aquella noche! ¡Si los hubieses visto trepar por las minas! Si hubieses sentido los temblores... ¡Bueno! El mismo suelo oscilaba y danzaba cuando salían... Los habíamos molestado, ¿comprendes? Incluso puede que creyeran que eran atacados, y salieron... ¡Dios mío! ¿Cuál pudo ser la razón de tanta ferocidad? Sólo unas horas antes me había estado felicitando a mí mismo por haber descubierto las esferas, y luego... Y luego...
Ahora jadeaba y sus ojos, como antes, se habían vuelto vidriosos. Su voz había sufrido un extraño cambio en el timbre y sus acentos eran tartamudeantes y extraños.
—Ce-haiie, Ce'haiie..., la ciudad puede estar enterrada, pero quienquiera que diga que está muerta, no sabe lo que se dice. ¡Estaban vivos! Están vivos desde hace millones de años; quizá no pueden morir... ¿Y por qué no? ¿No son dioses, de algún modo? Y salen de noche...
—¡Tío, por favor! —exclamé.
—No me mires así, Paul, ni pienses lo que estás pensando... Han ocurrido cosas extrañas, créeme... Wilmarth, de Miskatonic, debió de contar alguna historia fantástica, ¡apostaría a que sí! ¡Tú no has leído lo que Johansen escribió! ¡Dios mío, lee el relato de Johansen! Hai ep fl'hur... Wilmarth..., el viejo charlatán... ¿Qué no habrá que sepa él y no quiera revelar? ¿Y por qué lo que se encontró en aquellas Montañas de la Locura se mantuvo tan en secreto, eh? ¿Y qué extrajo el equipo de Peabodie de la tierra? Dime todo eso, si puedes. ¡Ja, ja, ja! Ce'haiie, Ce'haiie... G'harne icanica...
Y se puso a gritar, con los ojos vidriosos y gesticulando violentamente con las manos en el aire. No creo que me viese a mí, ni nada..., salvo —con los ojos de la mente— una horrible repetición de lo que imaginaba que había sucedido. Le cogí por el brazo para apaciguarle, pero él apartó mi mano, evidentemente sin saber lo que se hacía.
—Ya salen esos seres gomosos... Adiós, Gordon... No gritéis así; los gritos me trastornan la mente... ¡Gracias al cielo que sólo es un sueño! Una pesadilla como todas las que he venido sufriendo últimamente... Es un sueño, ¿verdad? Adiós, Scott, Kyle, Leslie...
De repente, con los ojos desencajados, giró sobre sí violentamente:
—¡El suelo se abre! Cuántos... Me caigo... ¡No es un sueño! ¡Dios mío! ¡NO ES UN SUEÑO! ¡No! ¡Apartaos! ¿Me oís? ¡Aghhh! ¡El limo...! ¡Corramos!... ¡Lejos de esas voces, lejos de esos ruidos de succión y de esos cánticos!
De manera imprevista, prorrumpió él mismo en un cántico, y su espantoso acento, no distorsionado por la distancia ni por el espesor de una puerta robusta, habría hecho perder el sentido a un oyente más temeroso. Era como el que le oía a veces en plena noche, pero las palabras no parecen tan malignas sobre el papel; más bien resultan casi ridículas. Sin embargo, oírlas de una boca de mi propia carne y sangre... y con aquella antinatural fluidez...
Ep ep fl'hur G'harne,
G'harne fhtagn Shudde-M'ell hyas Negg'h.
Mientras cantaba estas increíbles palabras, los pies de sir Amery habían empezado a tantear arriba y abajo en una grotesca parodia de carrera. De pronto, empezó a gritar otra vez, y con una brusquedad sobrecogedora, saltó junto a mí y echó a correr con todas sus fuerzas, yendo a chocar contra la pared. El golpe le abatió y cayó como un guiñapo en el suelo.
Me angustió el pensar en la posibilidad de que mis limitados auxilios no fuesen los adecuados; pero para mi inmenso alivio recobró la conciencia unos minutos después. Tembloroso, me aseguró que estaba «bien, sólo un poco alterado», y sostenido por mi brazo, se retiró a su habitación.
Esa noche me fue imposible cerrar los ojos, así que me envolví en una manta y me senté junto a la habitación de mi tío, por si su sueño se veía turbado. Sin embargo, pasó una noche tranquila y, paradójicamente, por la mañana parecía haber eliminado de su organismo aquel estado, y daba muestras de franca mejoría.
Los modernos médicos saben desde hace tiempo que en ciertos estados mentales se puede conseguir una curación haciendo que el paciente reviva los sucesos que ocasionaron su trastorno. Quizá la explosión de mi tío en la noche anterior surtiera el mismo efecto; al menos así lo creí yo, porque por entonces había concebido nuevas ideas sobre su anormal comportamiento. Me decía a mí mismo que si había tenido pesadillas periódicas y en medio de una de ellas había ocurrido un terremoto en el que murieron sus amigos y colegas, era muy natural que su mente se hubiera desquiciado temporalmente al despertar y descubrir la carnicería. Y si mi teoría era correcta, explicaría también sus obsesiones sísmicas...


4

Una semana más tarde afloró otro lamentable síntoma del estado de sir Amery. Parecía haber mejorado mucho, aunque de vez en cuando aún deambulaba en sueños, y había salido al jardín «a podar un poco». Estábamos ya en el mes de setiembre y hacía frío, pero lucía el sol y pasó la mañana entera ocupado con el rastrillo y la podadera. Nos arreglábamos nosotros solos; y estaba yo pensando en ponerme a preparar la comida, cuando ocurrió una cosa muy rara. Sentí claramente moverse el suelo bajo mis pies y oí un ruido sordo y prolongado. Yo estaba sentado en el cuarto de estar cuando ocurrió, y un momento después se abrió de golpe la puerta del jardín e irrumpió mi tío. Su rostro estaba mortalmente pálido y tenía los ojos horriblemente desencajados al pasar junto a mí en dirección a su cuarto. Me quedé tan aturdido ante su súbita aparición que apenas me moví de la silla, hasta que regresó temblando al cuarto de estar. Sus manos se agitaban nerviosas al sentarse en una butaca.
—Ha sido el suelo... Creí por un segundo que el suelo... —se puso a murmurar, más para sus adentros que para mí, y a temblar visiblemente de pies a cabeza, como consecuencia de la tremenda impresión sufrida. Luego vio la preocupación reflejada en mi rostro y trató de serenarse—. El suelo... Estaba seguro de haber sentido un temblor; pero me he equivocado. Debe de ser este lugar. Todo este espacio abierto... Me temo que tendré que hacer un esfuerzo y marcharme de aquí. ¡Hay en definitiva demasiada tierra y poco cemento! Alrededores de cemento es lo que...
Estuve a punto de decirle que yo también había notado la sacudida, pero sabiendo que él creía que estaba equivocado, me callé. No quería avivar inútilmente sus considerables trastornos.
Esa noche, cuando sir Amery se hubo retirado, entré en su despacho —habitación que, aunque él nunca me lo había dicho, yo sabía que consideraba inviolable— para echar un vistazo al sismógrafo. Antes de inspeccionar el aparato, empero, vi las notas esparcidas sobre la mesa de al lado. Una mirada bastó para comprender que las hojas de blanco papel estaban cubiertas de anotaciones fragmentarias con la letra de mi tío, y cuando miré más de cerca sentí malestar, al descubrir que eran una vaga mezcolanza de sucesos aparentemente inconexos —y sin embargo, aparentemente conectados también— en relación con sus fantásticas conjeturas. Dichas notas han pasado a mi posesión definitiva, y dicen textualmente así:

MURO DE ADRIANO
Años 122-128. Ladera del limes (¿¿la Gn'yah de los Fragmentos??). Temblores de tierra interrumpieron excavaciones, por lo que los bloques de basalto quedaron abandonados en el foso incompleto con agujeros en cuña para abrir la piedra.
W'nyal-Shash (MITRA )
Los romanos tenían sus propias deidades, pero no a Mitra, a quien los discípulos de Cómodo el Maníaco ofrecían sacrificios en la ladera del Limes. ¡Y ésa era la misma zona donde, cincuenta años antes, se desenterró y descubrió un gran bloque de piedra con inscripciones y dibujos grabados! El centurión Silvano borró ambas cosas a golpes y enterró el bloque otra vez. Recientemente se ha descubierto un esqueleto, identificado positivamente como el del propio Silvano por la sortija de sello de uno de sus dedos, bajo el suelo (profundo) donde una vez hubo una Taberna Vicus en Housesteads Fort; ¡pero no sabemos cómo desapareció! Tampoco eran demasiado precavidos los seguidores de Cómodo. Según Caracalla, también desaparecieron súbitamente... ¡durante un terremoto!
AVEBURY
(¿¿La A'byy neolítica de los Fragmentos y de los Manuscritos Pnakóticos??). Ref. al libro de Stukeley, Un templo para los druidas británicos. Druidas, efectivamente... ¡Pero Stukeley casi acertó al hablar del Culto a la Serpiente! ¡Gusanos, para ser más exactos!
CONCILIO DE NANTES
(Siglo IX). El concilio no sabía lo que se hacía cuando ordenó: «Que también las piedras, aquellas que, engañados por los demonios, adoran en las ruinas y en el interior de los bosques, donde hacen sus votos solemnes y ejecutan sus ofrendas, sean arrancadas de sus mismos cimientos y arrojadas a lugares donde sus devotos jamás puedan encontrarlas otra vez»... ¡He leído este párrafo tantas veces que se me ha grabado en la memoria! Sólo Dios sabe lo que sucedió a los pobres diablos que trataron de cumplir las órdenes del Concilio...
DESTRUCCIÓN DE GRANDES PIEDRAS
En los siglos XIII y XIV, la Iglesia intentó también arrancar ciertas piedras de Avebury, objeto de supersticiones locales, ¡ya que las gentes del campo participaban en los cultos paganos y de brujería que se celebraban en torno a ellas! De hecho, algunas de las piedras fueron destruidas —mediante fuego y lucha— «por los trazados que había en ellas».
INCIDENTE
1920-25. ¿Por qué se realizó el enorme esfuerzo de enterrar una de las grandes piedras? Un temblor de tierra ocasionó el deslizamiento de la piedra, atrapando a un obrero. Al parecer, no se hizo nada por rescatarle... El «accidente» sucedió de noche, ¡y otros dos hombres murieron de terror! ¿Por qué huyeron los demás trabajadores del lugar? ¿Y qué era el titánico ser que uno de ellos vio hundirse en el suelo entre contorsiones? Al parecer, dicho ser dejó un olor nauseabundo detrás... Por su OLOR los conoceréis... ¿Era miembro de otro nido de gules intemporales?
EL OBELISCO
¿Por qué rompieron el enorme obelisco de Stukeley? Los trozos fueron enterrados a principios del siglo XVIII , pero en 1833, Henry Browne encontró sacrificios quemados en el lugar... Y cerca, en Silbury Hill... ¡Dios mío! ¡Dichoso monte del demonio! Hay cosas, aun en medio de estos horrores, cuyo mero pensamiento resulta imposible de soportar; ¡y mientras conserve mi juicio, es mejor que Silbury Hill sea uno de ellos!
AMÉRICA : INNSMOUTH
1928. ¿Qué sucedió realmente y por qué el Gobierno federal arrojó cargas de profundidad en el Arrecife del Diablo, en la costa atlántica, exactamente frente a Innsmouth? ¿Por qué desaparecieron la mitad de los ciudadanos de Innsmouth? ¿Cuál era su relación con la Polinesia, y qué hay sepultado en las tierras bajo el mar?
EL QUE CAMINA EN EL VIENTO
(El Caminante de la Muerte, Ithaqua, el Wendigo, etc.) Sin embargo, otro horror, ¡aunque de tipo diferente! ¡Y qué prueba! Supuestos sacrificios humanos en Manitoba. Increíbles circunstancias rodean el Caso Norris. Spencer, de la Universidad de Quebec, afirma la literal validez del caso... Y al...

Pero ahí terminaban las notas, y cuando las leí por primera vez me alegré de que fuese así. Cada vez era más evidente que mi tío estaba muy lejos de encontrarse bien, y no muy en su juicio. Desde luego, siempre cabía la posibilidad de que hubiese escrito esas notas antes de su aparente mejoría, en cuyo caso su estado no era forzosamente tan malo como parecía.
Después de volver a colocar las notas exactamente como las había encontrado, volví mi atención hacia el sismógrafo. La línea del gráfico era recta y firme, y cuando quité el carrete y revisé el papel vi que durante los últimos doce días había registrado aquella casi antinatural e invariable línea recta. Como he dicho, ese aparato y el estado de mi tío se hallaban directamente relacionados, y esta prueba de quietud de la tierra era indudablemente la razón del relativo bienestar que había experimentado él últimamente.
Pero aquí había otra cosa singular... Francamente, estaba asombrado de mis descubrimientos, pues estaba seguro de haber notado un temblor —en efecto, había oído un ruido sordo y prolongado—, y parecía imposible que sir Amery y yo hubiésemos sufrido la misma y simultánea ilusión sensorial. Rebobiné el carrete, y al volverme para salir de la habitación, reparé en algo que se le había caído a mi tío. Era un pequeño tornillo de bronce que brillaba en el suelo. Una vez más, desmonté el carrete y vi el agujero del que faltaba, que ya había observado antes, aunque no me había parecido nada importante. Ahora adiviné que era el lugar del tornillo. No tengo ni idea de mecánica y no podría decir qué papel desempeñaba este pequeño elemento en el funcionamiento del aparato; no obstante, lo volví a colocar, y el instrumento quedó en perfecto estado. Entonces me quedé un instante junto a él, para asegurarme de que marchaba perfectamente, y a los pocos segundos comprobé que todo estaba en regla. Fueron mis oídos los primeros en advertirme del cambio. Antes había sonado un zumbido de maquinaria de reloj y un ruido como de raspar continuo y uniforme. El zumbido aún sonaba, pero en vez del raspar uniforme, oí suaves rasgueos que atrajeron mis fascinados ojos hacia el estilo.
Aquel tornillito, evidentemente, era la clave de todo. No era de extrañar que la sacudida que sentimos por la mañana, y que había alterado tantísimo a mi tío, hubiese quedado sin registrar. El instrumento no había funcionado correctamente entonces; pero ahora, sí... Ahora podía verse claramente cómo cada pocos minutos el suelo se estremecía con unos temblores que, aunque no tan fuertes como para notarlos sensiblemente, eran, desde luego, lo bastante intensos como para que el estilo zigzaguease sobre la superficie del papel giratorio.
Me sentí en un estado mucho más agitado que el propio suelo cuando finalmente me retiré esa noche. No obstante, no era capaz de determinar la causa de mi nerviosismo. ¿Por qué, exactamente, me sentía tan aprensivo respecto a mi descubrimiento? Desde luego, yo sabía que ahora el efecto del funcionamiento —¿correcto?— del aparato sobre mi tío habría sido probablemente de lo más desagradable, y que hubiera podido provocarle otra de sus «explosiones»; pero ¿era eso lo que me llenaba de inquietud? Cuando lo pensaba, no veía razón alguna por la que una zona del campo recibiese un porcentaje de temblores de tierra mayor del que le correspondía. Por último, concluí que, o el aparato era defectuoso, o era enormemente sensible, y me fui a acostar asegurándome a mí mismo que la violenta sacudida que habíamos sentido había sido mera coincidencia con el estado de mi tío. No obstante, antes de dormirme, noté que el aire mismo parecía cargado de una extraña tensión, y que la leve brisa que había agitado las últimas hojas durante el día se había calmado completamente, dejando una quietud absoluta en la que, durante mi sueño ligero, me pareció que el suelo temblaba toda la noche bajo mi cama...


5

Al día siguiente, me levanté temprano. Andaba escaso de material de escribir y había decidido coger el único autobús de la mañana para Radcar. Me marché antes de que se levantase sir Amery, y durante el viaje volví a pensar en los sucesos del día anterior; entonces decidí hacer alguna averiguación mientras estuviese en el pueblo. En Radcar tomé un bocado y luego pasé por las oficinas del Radcar Recorder, donde un tal señor Mckinnen, subdirector, me fue particularmente útil. Estuvo un rato en el teléfono de la oficina, haciendo extensas preguntas en interés mío. Finalmente me dijo que durante la mayor parte del año no había habido temblores de ningún tipo en Inglaterra, cuestión que yo habría discutido, evidentemente, de no haber esperado más información. Me enteré de que había habido algunas pequeñas sacudidas y que éstas habían ocurrido en lugares como Goole, que distaba unos kilómetros (una de ellas había tenido lugar precisamente en las últimas veinticuatro horas) y en Tenterden, cerca de Dover. Había habido también un levísimo temblor en Ramsey, Huntingdonshire. Le di las gracias efusivamente al señor Mckinnen por su ayuda, y me habría marchado inmediatamente; pero a última hora se le ocurrió preguntarme si me interesaría comprobarlo en las colecciones de periódicos internacionales. Acepté agradecido y me dejó que revisase yo solo un enorme montón de traducciones interesantes. Naturalmente, la mayoría no me servían de nada, pero no me costó demasiado dar con lo que me interesaba. Al principio me costó trabajo creer en el testimonio de mis propios ojos. Leí que en agosto había habido terremotos en Aisne de tal gravedad que una o dos casas se habían derrumbado hiriendo a determinado número de personas. Estas sacudidas habían sido semejantes a las que había habido semanas antes en Agen, en el sentido de que parecían más consecuencia de un asentamiento del terreno que un verdadero terremoto. A primeros de julio habían tenido lugar también temblores en Calahorra, Chinchón y Ronda, España. La trayectoria era recta como el vuelo de una flecha y pasaba por —o más bien por debajo de— el estrecho de Gibraltar y Xauen, en el Marruecos español, donde una calle entera de casas se había venido abajo. Más allá, sin embargo... Pero ya tenía bastante. No me atreví a seguir leyendo; no quería saber —ni aun remotamente— el paradero de la muerta G'harne...
¡Oh! Había más que suficiente para hacerme olvidar el motivo original de mi viaje. Mi libro podía esperar, porque ahora había cosas más importantes que hacer. Mi siguiente escala fue la biblioteca del pueblo, donde saqué el Atlas Mundial, de Nicheljohn, y lo abrí por esa página que tiene un mapa doblado de las Islas Británicas. Mi conocimiento de la geografía y condados ingleses es regular, y me había parecido extraordinario el que lugares sin relación alguna hubiesen sufrido pequeños terremotos. No me había equivocado.
Utilizando un segundo libro a modo de regla, pude unir Goole, de Yorkshire, con Tenterden, en la costa sur, y vi con un hormigueo de monstruosa aprensión que la línea pasaba muy cerca, si no directamente por Ramsey, en Huntingdonshire. Seguí con angustiado interés la línea hacia el norte, y con los ojos súbitamente febriles, vi que pasaba ¡a menos de una milla de la casa de campo de los pantanos! Mis dedos torpes e insensibles volvieron las páginas hasta que encontré la correspondiente a Francia. Me detuve un instante, y luego proseguí hasta encontrar España, y, finalmente, África. Durante largo rato permanecí inmóvil, en anonadado silencio, volviendo páginas de vez en cuando, comprobando nombres y lugares de manera mecánica... Cuando finalmente abandoné la biblioteca, mis pensamientos se arremolinaban en torbellino, y sentí que me recorría la espalda un escalofrío de arcaico terror abismal. Mis nervios, antes perfectamente equilibrados, empezaban ya a desmoronarse...
Durante el viaje de regreso por los pantanos en el autobús de la tarde, el ronroneo del motor me arrulló, sumiéndome en una especie de sopor en el que otra vez oí algo que sir Amery había murmurado, algo que había dicho en voz alta cuando dormía, y probablemente soñaba. Había dicho:
«No les gusta el agua... Inglaterra está a salvo... Tienen que ahondar demasiado...»
El recuerdo de esas palabras me sobresaltó, desvelándome completamente y produciéndome un frío que me penetró hasta la médula de los huesos. No fueron ésos unos sentimientos de falso y alucinado presagio, pues en la casa me esperaba lo que consumaría la completa destrucción de mi sistema nervioso...
Cuando el autobús dio la vuelta en la curva final del bosque que oculta la casa, ¡lo vi! El edificio se había derrumbado. ¡Sencillamente, no podía comprenderlo! Aun sabiendo lo que sabía —con todas las pruebas que lentamente había ido recogiendo—, era demasiado para la comprensión de mi torturado cerebro; bajé del autobús y esperé a que éste pasara los coches aparcados de la policía, antes de cruzar la carretera. La cerca de la casa había sido derribada para dejar paso a una ambulancia ahora estacionada en el jardín singularmente inclinado. Habían montado proyectores, pues era casi de noche, y un par de socorristas trabajaba frenéticamente entre las increíbles ruinas. Al quedarme contemplándolo todo, horrorizado, se me acercó un oficial de la policía y, tras identificarme, me contó la siguiente historia.
Al pasar, un motorista había visto el derrumbamiento, y los temblores que acompañaron se habían sentido en Marske. El motorista se dio cuenta de que poco podía hacer él solo, y fue rápidamente a Marske a dar parte. Al parecer, la casa se había venido abajo como un castillo de naipes. La policía y una ambulancia se habían presentado en el lugar del suceso en cuestión de minutos, y las operaciones de rescate habían comenzado inmediatamente. Por ahora parecía que mi tío estaba fuera cuando ocurrió el derrumbamiento, pues hasta el momento no habían encontrado rastro alguno de él. Habían notado un olor extraño, hediondo en el lugar, pero se desvaneció poco después de comenzar los trabajos de rescate. Los socorristas habían despejado los suelos de todas las habitaciones, salvo el del despacho; y mientras el oficial me ponía al corriente, seguían sacando más escombros. Súbitamente, se hizo silencio en el excitado murmullo de voces. Vi que el grupo de obreros que trabajaban en el rescate se habían quedado como mirando algo en el suelo. Mi corazón dio un vuelco, y trepé por encima de los escombros para averiguar qué era lo que habían descubierto.
Allí, en lo que había sido el piso del despacho, estaba lo que yo había temido y casi me esperaba. Era simplemente un boquete. Un boquete abierto en el piso; pero en los bordes quedaban restos del entarimado, y por la forma en que se había astillado, parecía como si el suelo, en vez de hundirse, hubiera sido destrozado desde abajo...


6

Desde entonces, no se ha sabido nada de sir Amery Wendy-Smith, y aunque figura entre las personas desaparecidas, yo sé que de hecho está muerto. Se ha ido a los mundos de antigua maravilla y lo único que pido es que su alma vague por el lado nuestro del umbral. Pues en nuestra ignorancia, cometimos con sir Amery una gran injusticia, yo y todos los que hemos pensado que había perdido el juicio. Ahora entiendo todos sus extraños comportamientos; pero el llegar a comprenderlo resulta duro, y sé que me va a costar caro. No, él no estaba loco. Hizo lo que hizo como autoprotección, y aunque sus precauciones resultaron inútiles, en definitiva fue el miedo a un terror innominado, y no la locura, lo que le impulsó a adoptarlas.
Pero lo peor está aún por venir. Yo mismo tengo que enfrentarme con un final parecido. Lo sé, porque haga lo que haga, los temblores me persiguen. ¿O son sólo figuraciones mías? ¡No! Tengo muy poco trastornado el juicio. Mis nervios están deshechos, pero mi mente está intacta. ¡Sé demasiado! Ellos me han visitado en sueños, como creo que visitaron a mi tío, y lo que han leído en mi mente les ha advertido del peligro que corren. No se atreven a dejarme investigar, pues he llegado a tal punto que un día podría denunciarlos plenamente a los hombres, antes de que estén preparados... ¡Dios! ¿Por qué no ha contestado ese viejo loco de Wilmarth, de la Miskatonic, a mis telegramas? ¡Debe haber una salida! Aun ahora siguen cavando, esos moradores de las tinieblas... ¡Pero, no! Sería inútil. Debo seguir y terminar este relato. No he tenido tiempo de ir a contarles a las autoridades la verdad, pero aun cuando lo hubiese tenido, sé cuál habría sido el resultado. «Hay algo mal en la sangre de los Wendy-Smith», dirían. Pero este manuscrito contará la historia por mí y también servirá de advertencia para los demás. Quizá cuando se vea lo próximos que pasan mis paralelos de los de Sir Amery, sienta la gente curiosidad; con este manuscrito como guía, quizá lo averigüen los hombres y destruyan la vieja locura de la Tierra, antes de que sea ésta quien les destruya a ellos...
Unos días después del derrumbamiento de la casa de campo de los pantanos, me instalé aquí, en esta casa de las afueras de Marske, para estar cerca por si aparece de nuevo mi tío, aunque tengo muy poca esperanza. Pero ahora, un terrible poder me retiene aquí. No puedo huir... Al principio, su poder no era tan fuerte, pero ahora... Ya no soy capaz ni de abandonar este escritorio y sé que el final ha de llegar pronto. Me encuentro inmovilizado en esta silla como si hubiese echado raíces en ella, y todo lo que puedo hacer es ¡escribir! Pero debo seguir..., debo seguir... Aunque los movimientos del suelo son mucho más fuertes ahora. Este condenado, burlesco, infernal estilo salta locamente de un lado a otro del papel...
A los dos días tan sólo de instalarme aquí, la policía me entregó un sobre sucio y manchado de tierra. Lo encontraron entre las ruinas de la casa —cerca de aquel extraño boquete—, y está dirigido a mí. Contiene esas notas que ya he copiado, y una carta de sir Amery, que por su espantoso final, debía de estar aún escribiendo cuando el horror vino por él... Bien pensado, no es de sorprender que el sobre escapara a la destrucción. Ellos no sabían qué era, y por eso no le prestaron ningún interés. En realidad, nada en la casa fue destruido deliberadamente —o sea, nada inanimado—, y por lo que he podido averiguar, los únicos objetos que faltan son aquellas terribles esferas, o lo que quedaba de ellas... Pero debo apresurarme... No puedo escapar, y los temblores de tierra no cesan de aumentar en fuerza y en frecuencia... ¡No! No tendré tiempo. No tendré tiempo de escribir todo lo que quería contar... las sacudidas son demasiado fuertes... Dema siado fuer tes... Int errum pen mi má quina dees cribir... terminar é esto de la única f orma que me qu eda y coser é lac arta de s ir Amer y a este man uscr ito...

«Querido Paul:
»En caso de que esta carta llegue a ti, hay ciertas cosas que debo pedirte que hagas por la salvación y la cordura del mundo. Es absolutamente necesario que estas cosas sean estudiadas y afrontadas, aunque no sé qué decir sobre cómo puede hacerse lo que pido. Era mi intención, por mi propia salud mental, olvidar lo sucedido en G'harne. Cometí un error al tratar de ocultarlo. En este mismo momento, hay hombres excavando en lugares extraños y prohibidos, y ¿quién sabe lo que pueden desenterrar? Ciertamente, todos esos horrores deben ser descubiertos y extirpados..., pero no por aficionados entrometidos. Deben hacerlo hombres que estén dispuestos a terminar con este espantoso y cósmico horror. Hombres con armas. Quizá las más convenientes sean los lanzallamas... Desde luego, es necesario un conocimiento científico de la guerra... y dispositivos para descubrir al enemigo... Me refiero a instrumentos sismológicos especiales... Si tuviese tiempo, prepararía un informe detallado y explícito, pero parece que tendrá que bastar esta carta para guiar a los cazadores de horrores del mañana. Como ves, ¡ahora estoy seguro de que vienen por mí! Y no puedo hacer nada por evitarlo. ¡Es demasiado tarde! Al principio, al igual que muchos otros, me creía que estaba algo trastornado. ¡Me negaba a admitir que lo que había presenciado pudiera suceder en absoluto! ¡Admitirlo era admitir la demencia! Pero es completamente real..., sucedió. ¡Y sucederá otra vez!
»Sólo el cielo sabe qué le puede haber pasado a mi sismógrafo, ¡pero ese maldito trasto me ha traicionado de la manera más nefasta! ¡Oh! Ellos me habrían cogido tarde o temprano, pero al menos podría haber tenido tiempo de preparar un informe más adecuado... Te pido que pienses, Paul... Que pienses en lo que ha sucedido en la casa de campo... Puedo hablar como si ya hubiese ocurrido, ¡porque sé que ocurrirá! ¡Ocurrirá! Es Shudde-M'ell, que viene por sus esferas... Paul, analiza la forma de mi muerte, porque si lees esto es que yo habré muerto o desaparecido..., lo que viene a ser lo mismo. Lee cuidadosamente las notas que incluyo, te lo ruego. No tengo tiempo de ser más explícito, pero estas viejas notas mías pueden servir de alguna ayuda. Si eres la mitad de curioso de lo que creo que eres, no tardarás en admitir la existencia de un horror fantástico en el que, repito, el mundo entero debe esforzarse en creer... El suelo se estremece ahora, pero sabiendo que es el final, me mantengo sereno, pese al miedo que siento... No espero que dure mi presente estado de serenidad... Creo que cuando ellos vengan realmente por mí, mi mente estallará por completo. Puedo imaginarlo ahora... El suelo se astilla, revienta violentamente para dejarles paso. ¡Bueno! Aun al pensarlo, mis sentidos se embotan de terror... Notaré un olor nauseabundo, un limo, un cántico, una gigantesca contorsión y... Y luego...
«Incapaz de escapar, espero a la monstruosidad..., estoy atrapado por el mismo poder hipnótico que confesaron los otros de G'harne. ¡Qué abominables recuerdos! ¡Desperté para ver cómo a mis amigos y compañeros les succionaban la sangre y los secaban enteramente aquellos seres vermiculares y vampirescos de la sentina del tiempo! Dioses de dimensiones ajenas a este mundo... ¡Yo estaba hipnotizado entonces por esta misma fuerza terrible, incapaz de moverme para ayudar a mis amigos o al menos para ponerme a salvo! Milagrosamente, con el paso de la luna tras algunos jirones de nubes, el efecto hipnótico se quebró. Entonces, gritando y sollozando, con el juicio trastornado temporalmente, huí; tras de mí oía los babeantes ruidos de succión, así como el zumbido, el cántico demoníaco de Shudde-M'ell y sus hordas.
»Sin saber lo que hacía, en mi insensatez, cargué con aquellas esferas infernales... Anoche soñé con ellas. Y en mis sueños volví a ver las inscripciones de esa caja de piedra. Es más, ¡incluso pude leerlas! Todos los temores y ambiciones de esas criaturas demoníacas estaban grabados allí, ¡y podían leerse con la claridad de los titulares de un periódico! Puede que sean o no sean "Dioses", pero una cosa es segura: el más grave obstáculo para sus planes de conquista de la Tierra ¡es su ciclo de reproducción, terriblemente largo y complejo! Sólo nace un puñado de hijos cada mil años; pero considerando la cantidad de años que hace que están aquí, se aproxima el instante en que contarán con el número suficiente. Como es natural, les cuesta tanto alcanzar el número necesario que no están dispuestos a perder un solo miembro de su horrenda estirpe. ¡Y por eso precisamente perforan túneles de miles y miles de kilómetros, incluso bajo los océanos, con el fin de recuperar las esferas! Me he preguntado por qué me persiguen; pero ahora ya lo sé. Y también sé cómo. ¿No adivinas cómo saben dónde estoy, Paul, o por qué vienen? Estas esferas son como un faro para ellos; como una sirena que les llama. Y al igual que cualquier otro padre —aunque con una ambición espantosamente inconcebible para nosotros— ¡responden meramente a la llamada de sus hijos!
»¡Pero vienen demasiado tarde! Hace unos minutos, justo antes de empezar esta carta, los seres han roto el cascarón. ¿Quién podía haber imaginado que eran huevos, o que el recipiente donde estaban era una incubadora? No puedo culparme de no saberlo. Incluso una vez traté de someter las esferas a los rayos X, malditas sean, ¡pero reflejaron los rayos! ¡Y la cascara era demasiado densa! Sin embargo, en el momento de la eclosión, se han roto en fragmentos diminutos. Las criaturas del interior no eran más grandes que una nuez... Teniendo en cuenta el tamaño de un adulto, deben de crecer a un ritmo fantástico. ¡Pero esos dos no crecerán ya! Los he achicharrado con la brasa de mi cigarro... ¡Y tenías que haber oído los alaridos mentales que salían de abajo!
»Si al menos hubiese podido saber antes, definitivamente, que no era locura, podría haber encontrado una forma de escapar de este horror... Pero ahora es inútil. Mis notas..., examínalas, Paul, y haz lo que yo debería haber hecho. Completa un informe detallado y preséntalo a las autoridades. Wilmarth puede ayudarte, y quizá Spencer, de la Universidad de Quebec... No me queda ya mucho tiempo... El techo cruje...
»Esta última sacudida..., el techo salta en pedazos..., suben. Ayúdame, Dios mío, ya suben... Los oigo avanzar a tientas dentro de mi cabeza, mientras suben...»

«Muy señor mío:
»Le envío este manuscrito encontrado en las ruinas de la casa número 17 de Anwick Street, Marske, Yorkshire, tras los temblores de tierra del mes de setiembre de este año, el cual considero una "fantasía" que el escritor Paul Wendy-Smith había concluido para su publicación. Es más que probable que las supuestas desapariciones de sir Amery Wendy-Smith y su sobrino, el escritor, no sean sino un artificio para promocionar dicho relato... Es bien sabido que sir Amery está/estaba interesado por la sismografía y que quizá algún indicio de los dos terremotos proporcionó al sobrino la inspiración necesaria para dicho relato. Prosiguen las investigaciones...
»Srg. J. Williams
»Dep. del condado de Yorks.
»2 de octubre de 1933.»




domingo, 9 de octubre de 2016

RELATO: "El diario de Alonso Typer", H.P. Lovecraft y Brian Lumley [como William Lumley] (1ª parte)




El diario de Alonso Typer (1ª parte)


H.P. Lovecraft y William Lumley



NOTA DEL EDITOR:

Alonso Hasbrouck Typer, de Kingston, Nueva York, fue visto y reconocido por última vez el 17 abril de 1908, alrededor del mediodía, en el Hotel Richmond de Batavia. Era el último descendiente de una antigua familia del condado del Ulster, y tenía 53 años en el momento de su desaparición.
Mr Typer recibió educación privada en las Universidades de Columbia y Heidelberg. Toda su vida la dedicó al estudio, el ámbito de sus investigaciones abarcaba diversas fronteras del conocimiento humano oscuras y generalmente temidas. Sus documentos sobre vampirismo, gules y fenómenos poltergeist fueron impresos de forma privada tras ser rechazados por multitud de editores. Abandonó la sociedad de Investigaciones Psíquicas en 1902 después de una serie de controversias particularmente amargas.
En diversas épocas, Mr Typer efectuó largos viajes, desapareciendo de vista durante largos periodos. Se sabe que visitó oscuros lugares de Nepal, India, Tíbet, e Indochina, y pasó la mayor parte del año 1889 en la misteriosa Isla de Pascua. La amplia búsqueda de Mr Typer, efectuada tras su desaparición, no obtuvo ningún fruto, y sus bienes fueron divididos entre sus primos lejanos de la ciudad de Nueva York.
El diario que ofrecemos a continuación fue supuestamente descubierto en las ruinas de una enorme granja, cerca de Attica, Nueva York, que había adquirido una reputación curiosamente siniestra durante las generaciones previas a su ruina. El edificio era muy viejo en comparación con los habituales doblamientos blancos de la región, y fue el hogar de una extraña y huraña familia apellidada Van der Heyl que había emigrado desde Albany en 1746 bajo una curiosa nube de sospechas de brujería. La construcción fue probablemente edificada alrededor de 1760.
Poco sabemos de la historia de los Van der Heyl. Se mantenían completamente apartados de sus vecinos, empleaban sirvientes negros traídos directamente de África y que hablaban muy poco ingles, y educaban privadamente a sus menores en colegios europeos. Aquellos que estaban en contacto con el mundo desaparecieron pronto de vista, pero no sin ganarse una maligna reputación por su asociación con grupos dedicados a misas negras y cultos de reputación aún más oscura.
Cerca de la aborrecida casa se alzaba un poblado disperso, habitado por indios y más tarde por renegados del condado circundante, que llevaba el sospechoso de Chorazin. Sobre los singulares rasgos hereditarios que después aparecieron en los mestizos habitantes de Chorazin, se ha escrito multitud de monografías por parte los etnólogos. Junto al poblado, y a la vista de la casa de los Van der Heyl, se alza una empinada colina coronada por un peculiar anillo de piedras verticales que los iroqueses siempre habían contemplado con miedo y rechazo. El origen y naturaleza de las piedras, cuya fecha de origen, según la evidencia arqueológica y climatológica, debe ser fabulosamente antigua, es un problema aún por resolver.
Desde 1795, aproximadamente, las leyendas de los pioneros y de los posteriores pobladores tienen mucho que decir sobre extraños gritos y cánticos procedentes, en cierta estación, de Chorazin y la gran casa, así como de la colina de piedras enhiestas; aunque hay razones para suponer que los ruidos cesaron sobre 1872, cuando toda la familia Van der Heyl, incluidos los sirvientes, desaparecieron brusca y simultáneamente.
A partir de ese momento la casa quedo desierta, ya que otros sucesos desastrosos -incluyendo las misteriosas muertes, cinco desapariciones y cuatro casos de súbita locura- tuvieron lugar cuando posteriores propietarios y visitantes interesados intentaron ocupar el lugar. La casa, el poblado y amplias zonas rurales en todas direcciones pasaron al estado y fueron subastadas en ausencia de herederos probados de los Van der Heyl. Desde 1890 los propietarios (sucesivamente el finado Charles A. Shield y su hijo Oscar S. Shield, de Buffalo) dejaron toda la propiedad en un estado de absoluto abandono, advirtiendo a los curiosos que no visitaran el lugar.
De aquellos que se sabe que se aproximaron a la casa en los últimos cuarenta años, la mayoría fueron estudiantes de lo oculto, oficiales de policía, periodistas y oscuros personajes del extranjero. Entre los últimos estaba un misterioso euroasiático, probablemente procedente de Cochinchina, cuya posterior aparición con amnesia y extravagantes mutilaciones tuvieron un amplio eco en la prensa de 1903.
El diario de Mr Typer -un cuaderno de unos 15 x 9 centímetros de tamaño, con fuerte papel y una portada de delgadas láminas de metal extrañamente resistentes- fue descubierto en poder de los degenerados habitantes de Chorazin el 16 noviembre de 1935, por un policía estatal enviado a investigar el rumor sobre el derrumbe de la mansión Van der Heyl. La casa en efecto, se había desplomado, obviamente por culpa de la evidente edad y la decrepitud, durante la fuerte galerna
del 12 de noviembre. La desintegración fue peculiarmente completa y, durante semanas, no pudo hacerse una investigación exhaustiva entre las ruinas. John Eagle, el atezado poblador medio indio de rostro simiesco que tenía en su poder el diario, dijo haber encontrado el libro bastante cerca de la superficie de los escombros, en la que debía haber existido una habitación superior frontal.
Muy poco del contenido de la casa puso ser identificado, fuera de una inmensa y asombrosa bóveda de ladrillo sólido en el sótano (cuya antigua puerta de hierro fue preciso forzar debido a la perversa tenacidad del cerrojo extrañamente conformado) que permanecía intacta y presentaba ciertos rasgos desconcertantes. En primer lugar, los muros estaban cubiertos con jeroglíficos aún sin descifrar y rústicamente incisos en la albañilería. Otra particularidad era una inmensa abertura circular en la parte trasera de la bóveda, bloqueada por un derrumbe evidentemente causado por el hundimiento de la casa.
Pero lo más extraño de todo era el aparentemente reciente depósito de alguna sustancia fétida, limosa y negra como la pez en el suelo de piedra liza, con un metro de anchura y formando una irregular línea que finalizaba en la bloqueada abertura circular. Aquellos que primero abrieron la bóveda declararon que el lugar olía como la madriguera de las serpientes de un zoo.
El diario, destinado en apariencia a cubrir solamente una investigación de la temida casa Van der Heyl por parte del desaparecido Mr Typer, ha sido certificado como genuino por expertos grafólogos. El texto muestra signos de creciente tensión nerviosa según se acerca al final y en algunos lugares se convierte casi en ilegible. Los habitantes de Chorazin -cuya estupidez y mutismo desconciertan a todos los estudiosos de la región y sus secretos- no admiten recordar a Mr Typer entre otros imprudentes visitantes de la temida casa.
El texto del diario se ofrece aquí literalmente y sin comentarios. Cómo interpretado y que conclusiones, aparte de la locura del redactor, sacar de él, es algo que el lector debe decidir por si mismo. Sólo el futuro puede decir que valor tendría para resolver misterios tan viejos como generaciones. Debe insistirse que los genealogistas confirman la tardía memoria de Mr Typer en el asunto de Adriaen Sleght.


EL DIARIO

17 Abril de 1908:
Llegué aquí sobre las 6 p.m. Tuve que caminar todo el trayecto desde Attica bajo una tormenta. Ya que nadie quiso alquilarme un caballo o un coche, y no sé conducir automóviles. Este lugar es aún peor de lo que esperaba, y temo lo que pueda pasar, aunque a la vez estoy ansioso de conocer el secreto. Pronto todo se desvelará con la noche -el viejo horror del Sabbath de Walpurgis- y, tras aquella vez en Gales, sé lo que es buscar. Suceda lo que suceda, no me acobardaré. Espoleado por algún afán insondable, he dedicado mi vida entera a la búsqueda de impíos misterios. No he venido aquí por otro asunto y no me hurtaré a mi destino.
Estaba muy oscuro cuando llegué, aunque el sol no se había puesto. Las nubes de tormenta eran las más espesas que haya visto jamás, y no habría encontrado mi camino de no ser por el fulgor de los relámpagos. El poblado es una pequeña cloaca odiosa, y sus pocos habitantes no son mejores que idiotas. Uno de ellos me saludó de forma extraña, como si me conociera. Puedo ver muy poco del paisaje, sólo un pequeño y pantanoso valle de extraños matorrales pardos y muertos hongos, circundados por descarnados y maléficamente retorcidos árboles de ramas desnudas. Pero cerca del poblado hay una colina de apariencia lúgubre en cuya cima se alza un círculo de grandes piedras con otra roca en el centro. Esto, sin discusión, es el vil objeto primordial que V.... me dijo sobre el N....stbat
La gran casa se alza en mitad de un parque sepultado bajo zarzas de curioso aspecto. Apenas puedo pasar entre ellas, y cuando me percaté de la inmensa edad y decrepitud del edificio, casi renuncié a entrar. El lugar parece sucio e insalubre, y me pregunto cuántos leprosos podrían apiñarse juntos ahí dentro. Es de madera y, aunque sus líneas originales están ocultas bajo una caótica confusión de alas añadidas en diferentes épocas, pienso que fue primeramente construida en el estilo colonial rectangular de Nueva Inglaterra. Probablemente, fue más fácil de construir que una casa de piedra Holandesa y además, según recordé, la esposa de Dirck van der Heyl era de Salem, una hermana del innombrable Abaddon Corey. Había un pequeño porche de pilares y me refugie bajo él justo cuando estallaba la tormenta. Era una demoníaca tormenta negra como la medianoche, con lluvia a mares, truenos y relámpagos como el día del Juicio Final, y un viento que realmente me laceraba.
La puerta estaba abierta, por lo que encendí mi linterna y penetré. El polvo depositado sobre el suelo y los muebles tenía centímetros de espesor, y el lugar hedía como una tumba cubierta de hongos. Había un salón ocupando toda la planta y una escalera de caracol a la derecha.
Me abrí paso por las escaleras y elegí su alcoba frontal para instalarme. Todo el lugar parecía ampliamente amueblado, a pesar que la mayor parte del mobiliario estaba deshecho. Esto ha sido escrito a las 8 en punto, tras una comida fría sacada de mi maleta de viaje. Tras esto, conseguiré suministros en el poblado... aunque a ellos no les gusta acercarse demasiado a las ruinas de la entrada del jardín (según dicen) cuando es muy tarde. Desearía poder sacudirme un incómodo sentimiento de familiaridad con este lugar.

Más Tarde:
Soy consciente de algunas presencias en esta casa. Una en particular es decididamente hostil hacia mí... una malevolente voluntad que trata de romper mi moral e imponérseme. No se ha mostrado ni un momento, pero debo utilizar todas mis fuerzas para resistirlo. Es pasmosamente maligna y definidamente inhumana. Pienso que debe estar aliada con poderes extraterrestres... poderes del espacio, fuera del tiempo y el universo. Se alza como un coloso, tal como está dicho en los escritos de Aklo. Ofrece tal sensación de inmenso tamaño que me maravillo que estas estancias puedan contener su volumen visible. Su edad debe ser enloquecedoramente antigua... impresionante, indescriptible.


18 de Abril:
He dormido muy poco esta última noche. A las 3 de la madrugada, un extraño y reptante viento comenzó a soplar sobre la región entera... y alzándose ante la casa como un tifón. Mientras descendía las escaleras para ver el estruendo en la puerta, la oscuridad tomó forma semi-visible en mi imaginación. Justo ante el rellano fui violentamente rechazado hacia atrás... por el viento, supongo, aunque podría haber jurado que vi los difuminados perfiles de una gigantesca pata negra mientras me giraba precipitadamente. No perdí pie, pero, por mi seguridad, di por concluido el descenso y corrí el pesado cerrojo de la alcoba, que se estremecía peligrosamente.
No tenía medios de explorar la casa hasta el amanecer, pero entonces, incapaz de conciliar el sueño e inflamado con entremezclados terror y curiosidad, me sentí reacio a posponer mi búsqueda. Con mi potente linterna me abrí paso a través del polvo hacia el gran recibidor del sur, donde sabía que podían estar los retratos. Allí estaban, tal como V... había dicho, y me pareció reconocerlos gracias a alguna oscura fuente. Algunos estaban tan oscurecidos, enmohecidos y cubiertos de polvo que pude sacar poco o nada de ellos, pero, en aquellos que pude reconstruir, reconocí que pertenecían, en efecto, a la odiosa estirpe de los Van der Heyl. Algunos de los retratos parecían sugerir rostros que había conocido, pero qué rostros, no pude recordar.
Los Rasgos de aquel espantoso híbrido Joris -engendrado en 1773 por la hija más joven del viejo Dirck- eran los más claros de todos, y pude reconocer los ojos verdes y ese aspecto de ofidio en su cara. Cada vez que apartaba la luz, ese rostro parecía crecer en la oscuridad, hasta que acabé imaginando que relucía con una débil y verdosa luz propia. Cuanto más miraba, más maligno me parecía, y me retiré para evitar las alucinaciones sobre expresiones cambiantes.
Sin embargo, me volví para toparme con algo peor. La larga, adusta y diminuta faz, los ojos juntos y las facciones porcinas le identificaban enseguida, a pesar que el artista se había esforzado en hacer aquel hocico tan humano como era posible. Era aquel sobre el que V... había susurrado. Mientras me sobresaltaba horrorizado, creí detectar un fulgor rojizo en los ojos... y, por un instante, el fondo del lienzo pareció convertirse en una extraña y aparentemente irrelevante escena: un solitario y yermo páramo bajo un sucio cielo amarillo, donde medraban matorrales deendrino de aspecto mísero. Temiendo por mi cordura, escapé de la maldita galería, escaleras arriba, hacia mi rincón limpio de polvo donde tengo mis “cuarteles”.

Más Tarde:
Resuelto a explorar algunas de las laberínticas alas de la casa a la luz del día. No puedo perderme, ya que mis pisadas son inconfundibles en el espeso polvo... y puedo hacer otras marcas de identificación cuando sea necesario. Es curioso cuán fácilmente he aprendido los intrincados pasadizos de los corredores. Siguiendo un largo pasillo de ángulos rectos que corría hacia el norte, hasta su extremo, llegué a una habitación cerrada cuya entrada forcé. Más allá había una alcoba muy pequeña y bastante atestada de muebles, con los artesonados seriamente carcomidos por los gusanos. En la pared exterior descubrí un espacio negro entre los podridos artesonados y encontré un estrecho pasadizo secreto que bajaba hacia desconocidas profundidades negras. Era un empinado tobogán o túnel sin escaleras o asideros, y me pregunté qué uso pudiera haber tenido.
Sobre el hogar había un mohoso retrato que, en una atenta inspección, reveló pertenecer a una joven con las ropas del siglo XVIII. El rostro era de belleza clásica, aunque con la más diabólica y maligna expresión que jamás haya visto en un rostro humano. No era sólo dureza, codicia y crueldad, sino que alguna odiosa cualidad más allá de la humana comprensión parecía apoderarse en aquellas facciones exquisitamente modeladas. Y, mientras miraba, me pareció que el artista -o el lento proceso de enmohecimiento y decadencia- habían otorgado a esa pálida tez una complexión verdosa enfermiza y una postrer sugerencia de una casi imperceptible textura herrumbrosa. Más tarde subí al ático, donde encontré algunos baúles repletos de misteriosos libros... algunos de aspecto completamente extraño en cuanto a letras y forma física. Uno contenía variantes de las formulas Aklo que nunca había sabido que existieran. Aún no he examinado los libros que se encuentran en los polvorientos estantes bajo las escaleras.


19 de Abril:
Realmente, hay presencias invisibles aquí, aunque el polvo no muestre más pisadas que las mías. A través de los espinos abrí ayer un camino hacia la puerta del parque donde estaban mis suministros, pero esta mañana lo encontré cerrado. Muy Extraño, dado que los arbustos están a duras penas tonificados por la savia primaveral. De nuevo tuve la sensación de algo parecido a una mano, tan colosal que las estancias apenas pueden contenerla. Esta vez sentí más de un presencia de ese tamaño, y sé ahora que el tercer ritual Aklo -que encontré en ese libro ayer en el ático- puede convertir a tales cosas en sólidas y visibles. Que yo me atreva a intentar tal materialización es algo que está por ver. Los peligros son grandes.
La última noche comencé a observar rostros espectrales y formas evanescentes en las penumbrosas esquinas de los salones y estancias... rostros y formas tan odiosas y temibles que no me atrevo a describirlas. Parecen semejantes en sustancia a esa pata titánica que intentó arrojarme por las escaleras la pasada noche... y deben, desde luego, ser fantasmas de mi excitada imaginación. Lo que estoy buscando no debe parecerse a tales cosas. He visto de nuevo la pata a veces a solas, a veces con su dueño, pero he decidido ignorar por completo tal fenómeno.
Esta tarde temprano exploré el sótano por primera vez... descendiendo por una escalera encontrada en un trastero, ya que los escalones de madera estaban podridos. El lugar entero es una masa de incrustaciones nitrosas con hongos amorfos mostrando el lugar donde diversos objetos se han desintegrado. En el extremo más alejado hay un estrecho pasadizo que parece correr bajo el lateral norte donde encontré la pequeña alcoba cerrada, y al final de éste hay un pesado muro de ladrillos con una puerta de hierro atrancada. Aparentemente, pertenece a una cripta de alguna clase; este muro y puerta presentan evidencias de albañilería del siglo XVIII y debe ser contemporánea de las adiciones más viejas de la casa... claramente prerrevolucionaria. En el cerrojo que es, obviamente, tan viejo como el resto de la forja hay grabados algunos símbolos que me es imposible descifrar.
V... no me habló de esta cripta. Esto me llena de mayor inquietud que cualquier cosa que haya visto, ya que, cada vez que me aproximo, siento un impulso casi irresistible de escuchar algo. Hasta ahora ningún sonido ha señalado mi presencia en este maligno lugar. Mientras abandonaba el sótano, deseé fervorosamente que los escalones aún estuviesen allí, ya que mi ascensión por la escala de mano parecían enloquecedoramente lenta. No deseo volver a bajar... aunque algún genio maligno me apremia a hacerlo durante la noche si es que deseo aprender lo que debe ser aprendido.


20 de Abril:
He sondeado las profundidades del horror... sólo para conocer profundidades aún más recónditas. La última noche la tentación fue demasiado fuerte y, durante las negras horas, descendí una vez más a ese sótano infernal y nitroso con mi linterna... pasando de puntillas entre los amorfos cúmulos hacia ese terrible muro de ladrillo y su puerta cerrada. No desperté ningún sonido y me contuve de susurrar alguno de los encantamientos que conozco, pero escuché...escuché con enloquecedora atención.
Por fin, escuché los sonidos provenientes de más allá de esos paneles barrados de fino hierro... el amenazador roce y murmullos como el de un gigantesco ser nocturno en el interior. Entonces, también, hubo un condenable deslizar, como el que haría una inmensa serpiente o bestia marina arrastrando sus monstruosos pliegues sobre el suelo pavimentado. Casi paralizado de miedo, observé el gran cerrojo polvoriento y los extraños, crípticos jeroglíficos grabados en él. Había signos que no podía reconocer, y algo en su ligera técnica mongola insinuaban una blasfema e indescriptible antigüedad. A veces imaginé que podía verlos relucir con una luz verdosa.
Me volví para huir, pero me topé con esa visión de patas titánicas ante mí... las grandes zarpas parecían hincharse y hacerse más tangibles según miraba. Se extendían fuera de la maligna oscuridad del sótano, con sombrías insinuaciones de muñecas cochambrosas más allá y con una creciente, malevolente voluntad guiando sus horribles tanteos. Entonces escuché detrás de mío -en el interior de esa abominable cripta- una nueva explosión de amortiguadas reverberaciones que pareció proceder de lejanos horizontes, como un trueno distante. Impelido por un miedo aún mayor, avancé hacia las zarpas espectrales con mi linterna y las vi desvanecerse ante la plena fuerza del resplandor eléctrico. Enseguida, me aupé a la escalera con la linterna entre los dientes y no descansé hasta haber alcanzado
mis “cuarteles”, escaleras arriba.
Como acabará esto, no me atrevo ni a imaginarlo. Vine como buscador, pero ahora sé algo me busca a mi. No podía marcharme aun deseándolo. Esta mañana intenté ir a la puerta a por mis suministros, pero me encontré con que los espinos se apiñaban a mi camino. Era lo mismo en cualquier dirección... atrás o a ambos lados de la casa. En algunos sitios, los sarmientos espinosos y pardos habían alcanzado cotas asombrosas... formando un muro parecido al acero contra mi avance. Los aldeanos están implicados en todo esto. Cuando regresé puertas adentro, encontré mis suministros en el gran salón frontal, pero no rastro del que las hubiera llevado allí. Siento ahora haber barrido el polvo. Esparciré algo y veré que huellas quedan en ello.
Esta tarde he leído algunos de los libros de la gran y sombría biblioteca de la parte trasera del primer piso y he concebido algunas sospechas que no me atrevo a mencionar. Nunca había visto el texto de los Manuscritos Pnakóticos o los Fragmentos de Eltdown antes, y desearía no haber llegado a saber lo que contenían. Creo que es demasiado tarde ya... porque el horripilante Sabbath tendrá lugar dentro de sólo 10 días. Es para esa noche de horror por lo que ellos me están reservando.


21 de Abril:
He estado estudiando de nuevo los retratos. Algunos tienen nombres colocados, y descubrí uno el de una mujer de rostro maligno pintado hace 2 siglos que me desconcertó. Lleva el nombre de Trintje van der Heyl Sleght, y tuve la curiosa impresión que ya me había encontrado antes con el nombre Sleght y que era una conexión muy significativa. Entonces no fue horrible, tal y como se convierte ahora. Debo estrujarme el cerebro tras esa pista.
Los ojos de esos retratos me acechan. ¿Será posible que algunos de ellos emerjan más definidamente de sus mortajas de polvo, decadencia y moho? Los brujos con rostro de ofidio y cerdo me escrutan de forma horrible desde sus marcos ennegrecidos, y un surtido de otros rostros híbridos comienzan a observarme desde sus telones sombríos. Existe un odioso aire familiar en todos ellos... y lo que es humano es aún más horrible que lo que no lo es. Desearía que me recordaran menos a otros rostros... caras que debí conocer en el pasado. Pertenecen a una estirpe marcada por la maldición, y Cornelis de Lyeden era el peor de todos. Fue él quien rompió la barrera tras que su padre encontrara esa otra llave. Estoy seguro que V. sabe sólo fragmentos de la horrible verdad, porque, en efecto, estoy mal preparado e indefenso. ¿Qué hay de la familia antes del viejo Claes? Cuanto hizo en 1591 nunca pudiera haber sido hecho sin generaciones de corrompida herencia o sin algún enlace con el exterior. ¿Y qué hay de las ramas de esta monstruosa familia? Debo recordar el lugar donde una vez conocí tan señaladamente el nombre Slehgt.
Quisiera poder estar seguro de esas pinturas permanecerán siempre en sus marcos. Desde hace algunas horas he estado viendo presencias como las zarpas de antes, y espectrales rostros y formas que son duplicados casi exactos de algunos de los viejos retratos. De cualquier forma, no puedo nunca observar una presencia y el retrato que lo representa al tiempo... la luz es siempre mala para lo uno o lo otro, o la presencia y el retrato están en habitaciones diferentes.
Quizás, tal como he esperado, las presencias son meras figuraciones de la imaginación, pero no puedo estar seguro. Algunas son mujeres y de igual belleza infernal que la pintura en la pequeña alcoba cerrada. Algunas no se parecen a retratos que yo haya visto, aunque me hacen sentir que sus facciones pintadas acechan ignoradas bajo el moho y el hollín de lienzos que no puedo descifrar. Unas pocas, temo desesperadamente, se han aproximado a la materialización en formas sólidas o semisólidas... y algunas tenían una familiaridad temible e inexplicable.
Hay una mujer que supera en encantos a todas las demás. Sus venenosos encantos son como los de una dulce flor crecida al borde del infierno. Cuando la miro de cerca se desvanece, pero sólo para volver más tarde. Su rostro tiene un aspecto verdoso, y a veces he creído descubrir una insinuación de escamosidad en su suave textura. ¿Quién es ella? ¿Será aquella que debió vivir en la pequeña habitación cerrada hace un siglo o más?
Mis suministros están en el salón frontal... esto, claramente, va a convertirse en una costumbre. He esparcido polvo para descubrir huellas, pero esta mañana todo el salón había sido limpiado por algún medio desconocido.


viernes, 21 de agosto de 2015

RELATO: "El morador de las tinieblas", August Derleth (1ª parte)


Ilustración de Stephen E. Fabian





El morador de las tinieblas



(1ª parte)


August Derleth



1

HASTA hace muy poco tiempo, si un viajero que recorriera la parte norte de Wisconsin tomara por el camino de la izquierda en la bifurcación del Brule River y el Chequamegon, en dirección hacia Pashepaho, se encontraría en una región tan primitiva que le parecería hallarse por entero divorciado de todo contacto humano. De seguir marchando por el poco transitado sendero, llegaría con el tiempo a pasar frente a algunas cabañas semiderruídas y ya casi cubiertas por la vegetación. No es una región desolada, sino más bien un área muy boscosa, y sobre toda ella parece cernirse un aura intangible y siniestra, una especie de ominosa opresión del espíritu que se manifiesta aun al observador mas casual, pues el camino que ha tomado se torna cada vez más difícil, y se borra finalmente a escasos metros de una desierta cabaña construida sobre el borde de un lago de aguas claras, alrededor del cual se elevan árboles milenarios.

Esa selva que rodea la cabaña abandonada del lago Rick tenía ya una reputación curiosa mucho antes de que yo la conociera. Se corrían extraños rumores acerca de algo que residía en lo más profundo de la oscuridad selvática, algo medio animal, medio hombre, mencionado con temor por los nativos que habitan en los linderos de esa región. Los bosques tenían una reputación maligna, y ya, antes de comenzar el siglo veinte, eran representativos de peligros que ni los más intrépidos aventureros se atrevían a enfrentar.

Las primeras insinuaciones se encontraron en los escritos de un misionero que cruzó los bosques para ir en ayuda de una tribu de indios que moría de inanición en el puesto de la Bahía Chequamegon. Este misionero, un tal padre Piregard, desapareció; pero los indios entregaron a las autoridades sus efectos personales: una sandalia, su rosario y un libro de plegarias en el que escribiera ciertas palabras curiosas que se conservaron cuidadosamente: “Tengo la convicción de que una criatura me sigue. Al principio creí que era un oso; pero ahora me parece que se trata de algo mucho más monstruoso que cualquier bestia terrestre. Ya cae la oscuridad y creo que estoy un poco afiebrado, pues oigo una música extraña y otros curiosos sonidos que no pueden proceder de orígenes naturales. Me asalta también la impresión de oír fuertes pasos que hacen temblar la tierra y he visto a veces una enorme huella que cambia de forma constantemente...”

La segunda noticia que se tiene respecto a lo extraño de esa región es el relato de un empresario maderero que envió a sus hombres para que cortaran algunos de los árboles del bosque. Sus obreros no retornaron más a su punto de partida; pero sus cadáveres fueron encontrados varios días más tarde en diversos puntos de los bosques adyacentes. Desde esa época, ninguna mano tocó los árboles, excepto uno o dos individuos que edificaron sus casas allí y se mudaron a la región.

Todos ellos volvieron a salir al poco tiempo, diciendo poco, pero insinuando mucho. Empero, la naturaleza de sus insinuaciones era tal que muy pronto se vieron obligados a no dar explicaciones. Sólo uno de ellos desapareció sin que se volvieran a encontrar rastros de él. Los otros regresaron de la selva y, con el transcurso del tiempo, se perdieron entre los habitantes de los Estados Unidos.., todos menos un mestizo conocido con el nombre de Viejo Peter, quien estaba obsesionado por la idea de que había depósitos minerales en las cercanías del bosque, y ocasionalmente acampaba en sus linderos, cuidándose mucho de no aventurarse en sus profundidades.

Era inevitable que las leyendas del lago Rick llegaran finalmente a oídos del profesor Upton Gardner de la Universidad del Estado, quien se ocupaba de estudiar las leyendas de todas las regiones. Posiblemente el profesor no hubiera hecho más que tomar nota de ellas de no haber sido por los informes curiosos que se publicaran al respecto en aquella época.

Los dos informes aparecieron en los diarios de Wisconsin con una diferencia de una semana entre sí. El primero era la noticia de que un aviador había visto a un ser extraño y enorme que salió del lago Rick durante la noche y se internó en el bosque. El piloto estaba volando bajo en esos momentos y lo vio claramente a la luz de la luna, aunque después fue incapaz de dar detalles respecto a su descubrimiento. La segunda historia era el fantástico relato del descubrimiento del cadáver del padre Piregard, bien conservado, dentro del tronco hueco de un árbol que se elevaba cerca del Brule River. Al principio se creyó que era un miembro de la expedición Marquette-Joliet, pero muy pronto se le identificó por su verdadera identidad. Se agregaba un comunicado muy frío del presidente de la Sociedad Histórica del Estado, en el cual tachaba de falso a ese descubrimiento.

El Profesor Gardner supo entonces que un viejo amigo suyo era el dueño de una cabaña abandonada y de gran parte de las costas del lago Rick.

La secuela de acontecimientos fue entonces inevitable. El profesor relacionó de inmediato las dos noticias de los diarios con las leyendas del lago. Tal vez no le hubiera convencido esto de no haber sido por algo aun más extraordinario que le hizo pedir permiso de inmediato al dueño de la cabaña para habitar en ella por algún tiempo. Lo que le obligó a actuar en forma tan apresurada, fue un llamado que recibió del director del museo del estado a fin de que fuera a visitarle una noche y observara un nuevo ejemplar que acababa de recibir. El profesor fue allí en compañía de Laird Dorgan, y fue Laird quien me vino a ver.

Pero eso ocurrió después de la desaparición del profesor Gardner.

Laird fue a mi cuarto del club una noche de octubre; sus ojos azules estaban nublados, sus labios apretados y su ceño fruncido. Le preocupaba la desaparición del profesor, de quien no recibía noticias desde hacía un mes. Me lo explicó en pocas palabras, agregando:

—Jack, tengo que ir allí y ver qué se puede hacer.

—Hombre, si el sheriff y su gente no descubrieron nada, ¿qué puedes hacer tú? —pregunté.

—En primer lugar, yo sé más que ellos.

—Si es así, ¿por qué no se lo dijiste?

—Porque se trata de algo que no creerían.

—¿Leyendas?

—No.

Me miraba pensativamente, como preguntándose si podría confiar en mí.

—Si voy allí —agregó—; ¿crees que podrías acompañarme?

—Supongo que se podría arreglar.

—Bien.

Tomo asiento y se cubrió el rostro con las manos, estremeciéndose. Por un momento me alarmó su actitud; pero casi en seguida pareció recobrarse; se echó hacia atrás y encendió un cigarrillo.

—¿Conoces las leyendas respecto al Lago Rick, Jack? —me preguntó.

Le contesté que conocía todo lo que se había publicado al respecto.

—¿Y esas noticias de los diarios que yo te mencioné?

También las recordaba.

—La que se refería al Padre Piregard —comenzó, deteniéndose de pronto. Pero luego, lanzando un suspiro, continuó—: Te diré una cosa: Gardner y yo fuimos al museo una noche de la primavera pasada.

—Sí, yo estaba en el este en aquellos días.

—Es claro. Bien, fuimos allí. El director tenía algo para mostrarnos. ¿Qué crees que podría ser?

—No tengo la menor idea. ¿Qué era?

—¡Ese cadáver encontrado en el árbol!

—¡No!

—Nos dio una sorpresa monumental. Allí estaba, con el tronco de árbol y todo, tal como lo hallaran. Lo embarcaron para que lo exhibiera el museo. Pero nunca se exhibió, claro está, y por una razón de peso. Cuando Gardner lo vio, creyó que estaba modelado en cera; pero no fue así.

—¿Quieres decir que se trataba del verdadero cadáver?

Laird asintió.

—Ya sé que resulta increíble.

—No es posible.

—Bien, sí, supongo que es imposible; pero allí lo teníamos ante nuestros ojos. Por eso es que no se exhibió nunca. Lo sacaron del árbol y lo enterraron.

—No comprendo.

—Te explicaré. Cuando llegó tenía todo el aspecto de estar completamente bien conservado, como por medio de algún proceso de embalsamamiento. No era así; estaba helado, y comenzó a calentarse esa noche. Notamos en él ciertas cosas que indicaban que el Padre Piregard no murió hace tres siglos, como lo dice la historia. El cuerpo empezó a descomponerse, aunque no se convirtió en polvo, como era de esperar. Gardner calculó que habría muerto cinco años atrás. ¿Dónde estuvo todo ese tiempo?

Guardé silencio. No sabía qué decir.

—No me crees —exclamó él.

—No he dicho tal cosa.

—Lo presiento.

—No. Es difícil de aceptar. Digamos que creo en tu sinceridad.

—Con eso eres bastante justo —manifestó muy serio—. ¿Crees en mí lo suficiente como para acompañarme a esa cabaña y averiguar lo que ocurrió allí?

—Sí.

—Pero me parece conveniente que primero leas estos fragmentos de las cartas de Gardner.

Las colocó sobre mi escritorio. Las había copiado en una sola hoja de papel; y cuando la tomé, me explicó que eran las cartas que le escribiera Gardner desde la cabaña. Comencé a leer.

Imposible negar que se cierne un aura maligna sobre la cabaña, el lago y el bosque. Tal vez sea algo más, Laird; pero no puedo explicarlo, pues mi fuerte es la arqueología y no la ficción. Creo que se necesitaría tener mucha imaginación para hacer justicia a esto que siento... Sí, hay momentos en que tengo la clara impresión de alguien o algo me observa desde la selva o el lago, cosa que me inquieta sobremanera. El otro día conseguí hablar con el viejo Peter, el mestizo. Estaba algo ebrio; pero cuando le mencioné la cabaña y la selva, se encerró en sí mismo como si fuese una ostra. Pero algo dijo: afirmó que lo que me vigilaba era el Wendigo. Usted ya conoce esa leyenda, que pertenece a la región francocanadiense.

Ésa era la primera carta, escrita una semana después de que Gardner llegara a la cabaña abandonada del lago Rick. La segunda había sido enviada por correo especial.

Hágame el favor de averiguar en la Miskatonic University de Arkham, en Massachusetts, si tiene alguna copia fotostática del libro conocido como el Necronomicón, escrito por un autor árabe que se firma Abdul Alhazred. Pregunte también por los Manuscritos Pnakóticos y el Libro de Eibon, y vea si es posible adquirir en alguna de las librerías locales un ejemplar de El Extraño y Otros, por H. P. Lovecraft, publicado por Arkham House el año pasado. Creo que esos libros pueden ayudarme a determinar qué es lo que habita en este lugar. Pues hay algo; no cometa un error; estoy, convencido, y le aseguro que ha vivido aquí no durante años, sino durante siglos...; quizá desde antes de que apareciera el hombre sobre la tierra. Ya se imaginará usted entonces que tal vez estemos a punto de hacer importantes descubrimientos.

Por sorprendente que fuera esta carta, la tercera y última resultaba aun más extraordinaria. La separaba de las otras un intervalo de una quincena, y era aparente que algo amenazaba la calma del profesor Gardner, pues en su tercera misiva se adivinaba una gran turbación.

Todo es maligno aquí... No sé si se trata de la Cabra Negra con los Mil Hijos, o del Ser Sin Cara, o algo más que marcha sobre el viento. Por amor de Dios..., ¡esos malditos fragmentos! ¡Algo en el lago también, y durante la noche los sonidos! Tranquilo un instante, y de pronto resuenan esas espantosas flautas, ese ulular fantástico. No es un pájaro ni otro animal; sólo se oyen esos horribles sonidos, ¡y las voces!... ¿O sera solo un sueño? ¿Es mi propia voz la que oigo en la oscuridad?...

Me sentí extraordinariamente inquieto al leer las cartas. Comprendí por ellas que estábamos en el comienzo de una peligrosa aventura, y que tal vez no regresáramos a contarla.

—¿Qué dices? —preguntó Laird con impaciencia.

—Te acompaño.

—¡Espléndido! Todo está listo. Hasta he comprado un dictáfono y las baterías necesarias para hacerlo funcionar. He convenido con el sheriff del condado de Pashepaho para que coloque las notas de Gardner en la cabaña y deje todo como estaba.

—¡Un dictáfono! —exclamé—. ¿Para qué?

—Para esos sonidos de que habla él. Eso se puede determinar de una vez por todas. Si en realidad existen, el dictáfono los recogerá; si no son más que producto de la imaginación, no. —Hizo una pausa, mirándome gravemente—. ¿Sabes, que tal vez no salgamos con vida de la aventura?

—Lo sé.

No lo dije, porque comprendí que también Laird sabía que íbamos como un par de enanos a enfrentarnos con un adversario gigantesco, invisible y desconocido; el que no tenía nombre y estaba envuelto en las nieblas de las leyendas y el temor; un habitante no solo de la oscuridad de la selva, sino de aquella otra oscuridad más profunda que la mente del hombre ha tratado de explorar desde el amanecer de la raza humana.


2

El sheriff Cowan se hallaba en la cabaña cuando llegamos. Le acompañaba el viejo Peter. El sheriff era un individuo alto y saturnino, que hablaba con marcado acento del oeste. El mestizo era un hombre de piel morena y bastante astroso; hablaba poco, y de tanto en tanto reía como si le hubieran dicho una broma.

—Traje el expreso que llegó para el profesor hace mucho —dijo el sheriff—. También hay un paquete. No creía que valía la pena devolverlos. De modo que los traje junto con las llaves. No creo que ustedes consigan nada. Mi gente y yo recorrimos todo el bosque sin ver nada en absoluto.

—No le dices todo —intervino el mestizo, sonriendo.

—No hay más que decir.

—¿Y esa inscripción?

El sheriff se encogió de hombros.

—¡Maldición, Peter; eso no tiene nada que ver con la desaparición del profesor!

—Él lo copió en un papel, ¿no es cierto?

Así acorralado, el sheriff nos confió que dos de sus hombres encontraron una enorme losa de roca en el centro del bosque; estaba cubierta de musgo y vegetación, pero se veía en ella un extraño dibujo, tan viejo como la selva, y probablemente obra de los indios primitivos que habitaron en otro tiempo el norte de Wisconsin.

El viejo Petar le interrumpió con disgusto:

—No era un dibujo indio.

El sheriff prosiguió sin prestarle atención. El dibujo representaba a una especie de criatura rara, pero no se podía adivinar qué era; no era un hombre, pero, por otro lado, no parecía tampoco ser un bestia. Además, el desconocido artista había olvidado dibujarle el rostro.

—Y al lado tenía dos cosas —dijo el mestizo.

—No le presten atención —gruñó el sheriff.

—¿Qué dos cosas? —preguntó Laird.

—Cosas —replicó el mestizo, riendo—. No hay otra forma de expresarlo; no eran humanas ni animales, sólo cosas.

Cowan se mostró irritado, tomándose algo brusco. Ordenó al mestizo que callara y dijo luego que si le necesitábamos estaría en su oficina de Pashepaho. No explicó cómo podríamos comunicarnos con él, ya que no existía línea telefónica en la cabaña. Antes de retirarse, se volvió y nos dijo:

—Aunque no doy ninguna importancia a los rumores estúpidos que se corren, les advierto que el clima no ha sido saludable para los que han venido por aquí.

—El mestizo sabe o sospecha algo —dijo Laird, cuando estuvimos solos—. Tendremos que comunicarnos con él cuando el sheriff no esté cerca.

—¿No escribió Gardner que era hombre de pocas palabras cuando se le exigían detalles?

—Sí; pero indicó la forma de hacerlo hablar: la bebida.

De inmediato arreglamos todo para pasar unos días en la cabaña, almacenando las provisiones e instalando el dictáfono. Laird había llevado dos docenas de cilindros para el aparato, de manera que nos bastaban para todo el tiempo, ya que no pensábamos usarlo más que cuando durmiéramos, y esto no sería muy a menudo, pues teníamos convenido montar la guardia por turnos. Recién cuando terminamos de instalarnos, prestamos atención a lo que nos dijera el sheriff, y, mientras tanto, tuvimos oportunidad de notar la extraña atmósfera de los alrededores.

Pues no era imaginación que existía un aura extraña en la cabaña y las cercanías. No se trataba solamente de la quietud casi siniestra, ni de los altos pinos que nos rodeaban por todas partes, sino de algo más que eso: un aire de expectación casi amenazador, como si algo acechara en los alrededores.

Al fin nos dedicamos a examinar lo que dejara el profesor Gardner sobre el escritorio. Los paquetes expresos contenían, tal como lo esperábamos, un ejemplar de El Extraño y Otros, por H.P. Lovecraft, y los otros textos que mandara pedir. Pero no fueron estos volúmenes (que en su mayor parte nos resultaron casi ininteligibles) los que llamaron de inmediato nuestra atención, sino las notas fragmentarias dejadas por Gardner.

Estaba bien claro que no tuvo tiempo más que para ir anotando las preguntas y pensamientos que se le ocurrieron.