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martes, 15 de marzo de 2016

RELATO: "La reina de la Costa Negra", Robert E. Howard (CONAN)


Artista: Gerald Brom



La reina de la Costa Negra

Robert E. Howard


Conan regresa a los reinos hibóreos, donde sirve como jefe de mercenarios en Nemedia, en Ofir y más tarde en Argos. En este último lugar, ciertas desavenencias con los representantes de la ley le obligan a embarcarse en la primera nave que sale hacia el extranjero. En el momento de producirse estos acontecimientos, Conan tiene unos veinticuatro años.


1. Conan se une a los piratas

«Creedme, los verdes brotes despiertan en primavera y el otoño pinta las hojas con un fuego sombrío; creedme, yo aún conservo virgen mi corazón para prodigar mis ardientes deseos a un solo hombre.»
(La canción de Belit)

Los cascos del caballo resonaban en la calle que conducía a los muelles. La gente que gritaba y se apartaba a su paso tuvo visión fugaz de un jinete enfundado en una cota de malla que cabalgaba sobre un negro corcel, mientras su capa de color escarlata ondeaba al viento. Del otro extremo de la calle llegaba el clamor de sus perseguidores, pero el jinete no volvió la cabeza. Irrumpió en el embarcadero y detuvo el caballo al borde del muelle. Los marineros lo miraron boquiabiertos, mientras izaban la vela de franjas en el palo de la galera, una nave ancha y de proa alta. El capitán, un hombre corpulento de barba negra que se hallaba en la proa dirigiendo la maniobra de desatraque lanzó un grito iracundo cuando el jinete saltó desde la silla del caballo y con un ágil brinco aterrizó en el centro de la cubierta.
-¿Quién te ha invitado a subir a bordo? -preguntó a gritos el capitán.
-¡Poneos en marcha! -dijo el intruso con un rugido, subrayando la frase con un gesto violento y feroz que hizo caer gotas de sangre de su espada.
-¡Pero vamos hacia las costas de Kush! -protestó el patrón de la nave.
-¡Entonces yo también voy a Kush!
El capitán lanzó una rápida mirada a la calle por la que venía un grupo de jinetes a todo galope; más atrás venía un pelotón de arqueros, con sus armas colgadas al hombro.
-¿Puedes pagar el pasaje? -preguntó el patrón del barco.
-¡Te voy a pagar con acero! -gruñó el desconocido de la cota de malla mientras empuñaba una gran espada que lanzaba destellos azulinos bajo el sol-. ¡Por Crom que si no zarpas inmediatamente voy a inundar la galera con la sangre de la tripulación!
El capitán conocía muy bien a los seres humanos. Echó un solo vistazo al rostro oscuro y lleno de pequeñas cicatrices del hombre de la espada, endurecido por la furia, y dio una orden a sus marineros. La galera se separó del muelle y los remos comenzaron a hundirse rítmicamente en el agua cristalina; luego una ráfaga de viento hinchó la vela mayor. La ligera nave escoró levemente al impulso de la brisa y avanzó como un cisne, cortando a su paso las olas y dejando un rastro de espuma.
En el muelle, los jinetes agitaban sus espadas, lanzaban gritos de amenaza y daban órdenes que los del barco desoyeron, acuciando a los arqueros para que se colocaran al borde del embarcadero antes de que la nave quedara fuera del alcance de sus armas.
-Dejad que ladren -dijo sonriendo el hombre de la espada-. Y tú, sigue tu rumbo, capitán.
El patrón del barco descendió del pequeño puente de proa, avanzó entre las filas de remeros y ascendió al puente de popa. El desconocido permaneció allí, con la espada apoyada en el mástil, con la mirada alerta y el sable dispuesto a todo. El capitán le observó atentamente, procurando no acercarse demasiado a la enorme espada. Tenía enfrente a un joven alto, corpulento cubierto con una negra cota de malla llena de escamas, bruñidas grebas y un casco de acero azulino, del que salían un par de cuernos muy finamente pulidos. De sus hombros colgaba una capa de color escarlata que ondeaba al viento. Un ancho cinturón de cuero repujado, con una hebilla dorada, sostenía la vaina de la espada. Por debajo del casco asomaba una melena negra y lisa, que contrastaba con sus ardientes ojos azules.
-Si vamos a viajar juntos -dijo el capitán-, será mejor que nos llevemos bien. Me llamo Tito y soy patrón de barco con licencia del puerto de Argos. Me dirijo hacia Kush para traficar con abalorios, sedas, azúcar y espadas con empuñadura de latón, a cambio de lo cual espero que los reyes negros me den marfil, copra, mineral de cobre, esclavos y perlas.
El hombre de la espada lanzó una mirada a los muelles, que iban quedando rápidamente atrás, y donde los jinetes todavía agitaban los brazos en vano, pues parecían no encontrar una embarcación lo suficientemente rápida como para seguir a la veloz galera.
-Yo soy Conan el cimmerio -repuso el joven-. He venido a Argos en busca de una plaza en el ejército, pero como no había ninguna guerra, me encontré sin trabajo.
-¿Por qué te persiguen esos guardias? -preguntó Tito-. Sé que no es asunto mío, pero pensé que quizás...
-No tengo nada que ocultar -dijo el cimmerio-. Por Crom, aunque he pasado mucho tiempo entre vosotros, los hombres civilizados, todavía no entiendo vuestra forma de actuar.
»Pues bien, anoche estaba en una taberna y un capitán de la guardia real quiso abusar de la amiga de un soldado joven que, por supuesto, mató al oficial. Pero parece ser que hay una maldita ley que castiga severamente a quienes matan a los guardias del rey y por ello el soldado y la muchacha tuvieron que huir. Se corrió el rumor de que me habían visto con ellos y por eso me llevaron hoy ante el magistrado, que me preguntó hacia dónde habían huido los dos jóvenes. Yo respondí que puesto que él era mi amigo, no podía traicionarlo. El tribunal se indignó y el juez, furioso, habló acerca de mis deberes hacia el Estado, la sociedad y otras cosas que no entendí, y me ordenó que revelara el paradero de mi amigo. Para entonces era yo quien me había enojado, pues ya había explicado claramente mi posición.
»Pero dominé mi ira y conservé la calma. El juez dijo gritando que yo había manifestado un profundo desprecio hacia el tribunal y que debía ser encerrado en una mazmorra para que me pudriera allí, hasta que traicionara a mi amigo. Por consiguiente, y viendo que estaban todos locos, desenvainé mi espada y le partí la cabeza al juez; después me abrí paso entre el público presente y al ver allí cerca el caballo del alguacil, me apoderé de él y cabalgué hasta los muelles, donde esperaba encontrar un barco que partiera hacia el extranjero.
-Bueno -dijo Tito con aire disgustado-, los tribunales me han perjudicado muchas veces en ocasión de litigios con ricos mercaderes, por lo que no les guardo ningún afecto. Tendré que responder a muchas preguntas si vuelvo a este puerto, pero supongo que podré demostrar que actué bajo amenaza de muerte. Puedes envainar tu espada. Somos pacíficos marinos y no tenemos nada contra ti. Además, no está mal tener a bordo un guerrero como tú. Vamos a popa a beber una jarra de cerveza.
-Me parece bien -repuso rápidamente el cimmerio mientras envainaba su espada.
El Argus era un barco pequeño y resistente, como todos los que comerciaban entre los puertos de Zingara y Argos y los de las costas del sur; estas embarcaciones solían mantenerse siempre a la vista de la costa y raras veces se aventuraban en alta mar. El Argus tenía una proa alta rematada en una roda curva; era ancho en el centro y se afinaba nuevamente hacia popa, desde donde se la hacía avanzar con un remo muy largo. El principal medio de propulsión lo suministraba la gran vela de seda con franjas de colores, auxiliada por un foque. Los remos se utilizaban para entrar o salir de los puertos y bahías, así como en las calmas, cuando no soplaba el viento. Había diez remos por banda, cinco a proa y cinco a popa de la cubierta central. La carga de mayor valor se colocaba debajo de esta cubierta de proa. Los marineros dormían en cubierta o entre las filas de bancos, protegidos durante el mal tiempo por unos baldaquines. La tripulación estaba compuesta por veinte hombres que manejaban los remos, tres en el timón y el capitán del barco.
Así pues, el Argus avanzó resueltamente hacia el sur, ayudado por el buen tiempo reinante. El sol calentaba más intensamente a medida que pasaban los días, por lo que se plegaron los baldaquines de seda con franjas de colores, que hacían juego con las velas y con las brillantes telas doradas de la proa y de las bordas.
Después de unos días de navegación avistaron la costa de Shem, formada por extensas praderas onduladas en las que se divisaban de lejos los blancos remates de las torres de las ciudades, así como algunos jinetes de barba negra y narices aguileñas que, sentados en sus corceles a lo largo de la costa, contemplaban con recelo el paso de la galera. Ésta no fondeó allí, pues era escaso el beneficio que se obtenía comerciando con los fieros y astutos hijos de Shem.
Tampoco se decidió el capitán Tito a atracar en la amplia bahía a la que iba a desembocar el caudaloso río Styx y donde se alzaban los elevados castillos negros de Khemi sobre las aguas azules. Ningún barco entraba sin ser invitado en aquel puerto, donde unos brujos morenos lanzaban terribles hechizos entre el humo oscuro de los sacrificios, que ascendía permanentemente de los altares manchados de sangre. En éstos había mujeres desnudas que gritaban desesperadamente y Set, la Antigua Serpiente, el superdemonio de los hiborios, pero dios de los estigios, retorcía los brillantes anillos de su cuerpo entre sus fieles.
El patrón del barco se apartó de aquella costa de ensueño y de aguas transparentes, aun cuando tras un promontorio de tierra apareció una góndola con la proa en forma de serpiente y un grupo de desnudas muchachas morenas con grandes flores rojas en el pelo llamaban a los marineros y se ofrecían descaradamente en poses incitantes.
Luego dejaron de verse las brillantes torres de la costa. Habían dejado atrás la frontera de Estigia y navegaban a lo largo de las costas de Kush. El mar y sus caminos eran una fuente de misterios insondables para Conan, que había nacido y se había criado en las elevadas montañas del norte. Por su parte, el bárbaro también despertaba el interés de los rudos marineros que jamás habían visto a un hombre de su raza.
Eran marineros típicos de Argos, bajos y fornidos. Conan era mucho más alto que ellos, y dos juntos no alcanzaban a tener la fuerza del bárbaro. Aunque ellos eran resistentes y robustos, el cimmerio tenía la fuerza y la vitalidad de un lobo, con los músculos duros y los nervios aguzados por la vida que solía llevar en las zonas más inhóspitas del mundo. El cimmerio siempre tenía una sonrisa a flor de labios, pero era igual de rápido y terrible para la cólera. Conan tenía un apetito prodigioso, y las bebidas fuertes constituían su pasión y su debilidad. Era ingenuo como un niño en muchos aspectos, y no terminaba de acostumbrarse a los artificios de la civilización; tenía una gran inteligencia natural, era muy celoso de sus derechos y podía ser peligroso como un tigre hambriento. Aunque era joven por su edad, los viajes y las guerras lo habían endurecido, y su estancia en muchos países se hacía evidente en su indumentaria. El casco adornado con cuernos era característico de los rubios aesires de Nordheim; su camisa de malla de acero, así como las placas para proteger sus extremidades, se contaban entre los trabajos más finos de los artesanos de Koth; la fina malla que protegía sus brazos y piernas era de Nemedia; la espada que ceñía al cinto era un enorme sable forjado en Aquilonia y su magnífica capa de color escarlata sólo podía ser producto de los telares de Ofir.
Siguieron navegando hacia el sur. Al cabo de un tiempo, el patrón del barco comenzó a buscar con la mirada las aldeas de altas murallas de las gentes de color. Pero al llegar a una bahía sólo encontraron ruinas humeantes y entre éstas los cadáveres de negros desnudos. Tito lanzó un juramento.
-Yo hice buenos negocios aquí en anteriores ocasiones -manifestó-. Esto es obra de los piratas.
-¿Y si nos enfrentáramos a ellos? -preguntó el cimmerio mientras desenvainaba su enorme espada.
-Éste no es un barco de guerra -repuso el capitán—. Nosotros escapamos, no luchamos. Sin embargo, algunas veces hemos vencido a la tripulación de un barco pirata, aunque nunca nos hemos enfrentado al Tigresa, de Belit.
-¿Quién es Belit?
-La más salvaje y demoníaca de las mujeres. A menos que haya visto mal, fueron sus carniceros quienes arrasaron esa aldea de la bahía. ¡Ojalá pueda verla algún día colgando de un peñol! La llaman la reina de la Costa Negra. Es una mujer de raza shemita que manda sobre un grupo de hombres negros. Constituyen una amenaza para la navegación y ya han enviado a muchos buenos comerciantes al fondo del mar.
Tito trajo del puente de popa unas chaquetas acolchadas, así como cascos de acero, arcos y flechas.
-De poco servirá enfrentarnos a ellos si nos atacan -dijo con un gruñido-. Pero duele en el alma dar la vida sin presentar un poco de resistencia.
Era justo el alba cuando el vigía lanzó una voz de alarma. En torno al extenso cabo de una isla situada a estribor se deslizó la forma amenazante y esbelta de una larga galera con una cubierta que iba de proa a popa a más altura de lo normal. Cuarenta remos a cada lado la impulsaban velozmente por el agua, y las bordas estaban atestadas de negros desnudos que entonaban cánticos y golpeaban sus lanzas contra unos escudos ovalados. En lo alto del mástil ondeaba un largo pendón de color carmesí.
-¡Belit! -exclamó Tito palideciendo-. ¡Atención! ¡Poned la nave a cubierto! ¡Vamos hacia aquella caleta! ¡Si conseguimos llegar a la costa antes de que nos aborden, tendremos posibilidades de escapar con vida!
Inmediatamente el Argus viró y se dirigió hacia los rompientes que se encontraban a lo largo de la playa sembrada de palmeras. Tito iba de un lado a otro, exhortando a los jadeantes remeros que multiplicaran sus esfuerzos. Al capitán se le pusieron los pelos de punta y sus ojos lanzaban destellos.
-Dadme un arco -dijo Conan-. No lo considero un arma de hombres, pero he aprendido a manejarlo con los hirkanios, y me resultará fácil abatir a unos cuantos enemigos en la cubierta de aquel barco.
De pie sobre el puente de popa, el cimmerio observó la galera en forma de serpiente que avanzaba ligeramente sobre las olas, y aunque era hombre de tierra, le resultaba evidente que el Argus jamás podría ganar aquella carrera. Las flechas que lanzaban desde la cubierta de la nave pirata caían con un silbido en el agua, a menos de veinte pasos de la popa.
-Será mejor que nos enfrentemos a ellos -dijo el cimmerio bruscamente-. De lo contrario moriremos todos con una flecha clavada en la espalda y sin haber devuelto un solo golpe.
-¡Remad fuerte, perros! -rugió Tito, haciendo un violento ademán con el musculoso puño.
Los barbudos remeros gruñeron al inclinarse aún más sobre los remos; los músculos se marcaban en sus brazos y su piel estaba completamente bañada en sudor. La madera de la pequeña y ancha galera crujía violentamente mientras el casco hendía las aguas. El viento había dejado de soplar y la vela colgaba floja en el mástil. La nave enemiga se acercaba inexorablemente y se encontraba todavía a una milla de los rompientes cuando uno de los hombres que manejaba el timón cayó sobre el palo con una larga flecha clavada en el cuello. Tito saltó para ocupar su lugar, y Conan, de pie y con las piernas abiertas sobre la cubierta de popa, levantó su arco. Ahora alcanzaba a ver algunos detalles del barco pirata. Los remeros estaban protegidos por unas planchas metálicas ligeras dispuestas a los lados de la nave, pero los guerreros que danzaban sobre la alta y estrecha cubierta se hallaban totalmente al descubierto. Estaban casi todos desnudos y tenían el cuerpo pintado, llevaban plumas y empuñaban lanzas y escudos.
En la elevada plataforma de proa se erguía una delgada figura cuya piel blanca constituía un deslumbrante contraste con el brillo de ébano de los hombres que se encontraban a su alrededor. Era Belit, sin duda alguna. Conan cogió una flecha con plumas, y entonces una especie de escrúpulo o vacilación desvió su mano y lanzó el dardo que atravesó el cuerpo de un alto arquero emplumado que estaba al lado de ella.
El barco pirata iba ganando distancia al barco más pequeño. Las flechas llovían sobre la cubierta del Argus y alguno de sus tripulantes lanzaban un grito de vez en cuando. Todos los timoneles habían caído bajo la lluvia de flechas y Tito manejaba solo el pesado timón, mientras lanzaba maldiciones y hacía esfuerzos inauditos con los brazos y piernas. Pero en ese momento se derrumbó con un estertor porque una flecha que tenía clavada en la espalda le había atravesado el corazón. El Argus quedó a la deriva, a merced de la marejada. Los tripulantes comenzaron a gritar aumentando la confusión y entonces Conan decidió tomar el mando, como era habitual.
-¡Arriba el ánimo, muchachos! -rugió mientras disparaba una flecha-. ¡Empuñad vuestras armas y devolved a esos perros algunos golpes antes de que os corten el pescuezo! ¡Ya de nada vale que os esforcéis sobre los remos! ¡Los tendremos a bordo antes de cincuenta remadas!
Los remeros abandonaron a la desesperada los bancos y cogieron sus armas. Era una actitud valiente, pero inútil. Tenían tiempo para arrojar algunas flechas antes de que los piratas estuvieran encima de ellos. Sin nadie que manejase el timón, el Argus se balanceaba con fuerza y un momento después
el espolón acerado de la proa de los atacantes chocó contra el barco mercante por el centro de la nave. Los rezones crujieron. Desde la elevada cubierta, los piratas negros lanzaron una lluvia de flechas que atravesaron las chaquetillas acolchadas de los desventurados marineros y luego saltaron con una lanza en la mano para completar la matanza. En la cubierta del barco pirata yacían una docena de cadáveres, fruto de la destreza de Conan con el arco.
La lucha en el Argus fue breve y sangrienta. Los rechonchos marineros no pudieron oponer resistencia a los bárbaros de elevada estatura, y fueron cayendo de uno en uno. En otro lugar de la nave, la lucha había tomado un cariz especial. Conan, de pie sobre la elevada popa, se hallaba al mismo nivel que la cubierta del barco pirata. Cuando la proa de acero se hundió en el costado del Argus, el cimmerio consiguió guardar el equilibrio a pesar del encontronazo, desechando luego el arco. Un corsario de gran estatura saltó sobre la borda y fue recibido en el aire por el enorme sable de Conan, que le cortó en dos por la cintura, de modo que el tronco cayó hacia un lado y las piernas hacia el otro. A continuación, y con un estallido de furia que dejó un montón de cadáveres sobre la cubierta, Conan dio un gran salto por la borda y cayó de pie sobre el Tigresa. En un instante, Conan se convirtió en el centro de un huracán de violencia; a su alrededor zumbaban las flechas y las lanzas, pero él se movía con una velocidad enceguecedora. Las flechas rebotaban en su armadura o azotaban el aire, al tiempo que su espada cortaba el aire con su son de muerte. La locura combativa de su raza se había apoderado de él, y con los ojos velados por una roja neblina irracional, hundía cráneos, aplastaba pechos, cercenaba miembros y desgarraba entrañas, dejando la cubierta llena de sangre y de despojos humanos. El espectáculo era espantoso.
Invulnerable con su cota de malla y con la espalda apoyada contra el mástil, el cimmerio seguía amontonando cadáveres destrozados a sus pies, hasta que sus enemigos comenzaron a retroceder jadeando de miedo y de furia. Entonces, cuando los piratas lanzaron a un tiempo las lanzas con la intención de atacar y Conan se puso en tensión dispuesto a saltar y a morir, un grito agudo detuvo los brazos en alto. Los gigantes negros se quedaron inmóviles como estatuas de ébano, al igual que Conan, que se quedó rígido, con la espada chorreando sangre.
Belit saltó delante de sus negros guerreros y les obligó a bajar las lanzas. Luego se volvió hacia Conan, con el pecho jadeante y los ojos centelleantes. Unos dedos fieros y ardientes estrujaron el corazón del cimmerio, que se colmó de una fogosa admiración. La mujer era delgada, pero tenía formas de diosa, esbeltas y voluptuosas a un tiempo. Su único atuendo consistía en un ancho cinto de seda. Las blancas extremidades y las esferas marfileñas de sus senos hicieron latir el pulso de Conan con loca pasión, aun en medio del furor de la batalla pendiente. Sus cabellos eran oscuros como una noche de Estigia y le caían en suave cascada sobre su delicada espalda. Sus ojos negros ardían cuando miraba al cimmerio.
La joven era indómita como el viento del desierto, ágil y peligrosa como una pantera. Se acercó a Conan sin prestar atención a la enorme espada manchada con la sangre de sus hombres. El suave muslo de la mujer rozó la pierna de él. Sus labios rojos se entreabrieron cuando miró los sombríos y amenazantes ojos azules del cimmerio.
-¿Quién eres? —preguntó-. Por Ishtar, que jamás he visto a nadie como tú, a pesar de haber recorrido estos mares desde las costas de Zingara hasta las últimas hogueras del sur. ¿De dónde vienes?
-De Argos -respondió él escuetamente, temiendo algún movimiento traicionero.
Si la mano de la mujer se acercaba a la enjoyada daga que llevaba en el cinto, de un solo manotón la dejaría sin sentido sobre la cubierta. Sin embargo, el cimmerio, en lo más profundo de su ser, no temía; había estrechado a demasiadas mujeres, civilizadas o bárbaras, en sus brazos de hierro, como para no reconocer el brillo que ardía en los ojos de aquélla.
-¡Tú no eres un blando hiborio! —exclamó ella-. Eres valiente y duro como un lobo gris. Esos ojos nunca se han visto encandilados por las luces de la ciudad. Esos músculos no se han ablandado por la vida fácil entre paredes de mármol.
-Soy Conan el cimmerio -contestó él.
Para las gentes de climas tropicales y exóticos, el norte era un intrincado reino mítico poblado de feroces gigantes de ojos azules que de cuando en cuando descendían de sus heladas tierras con una antorcha y una espada. Sus incursiones nunca los habían llevado más al sur de Shem, por lo que aquella joven shemita no distinguía entre aesires, vanires o cimmerios. Con su inequívoco instinto femenino, se había dado cuenta de que había hallado a su amante y de que su raza no significaba nada salvo para proporcionarle el encanto que confieren los países remotos.
-Y yo soy Belit -exclamó ella, como diciendo: «Soy una reina».
A continuación, la muchacha le tendió los brazos abiertos y le dijo:
-¡Mírame, Conan! ¡Soy Belit, la reina de la Costa Negra! Oh, tigre del norte, eres tan frío como las nevadas montañas que te vieron nacer. ¡Tómame y estréchame con tu fiero amor! ¡Ven conmigo a los confines de la tierra y de los mares! ¡Yo soy reina por el fuego, el acero y la muerte...; sé tú mi rey!
Los ojos de Conan escrutaron las filas de guerreros manchados de sangre, en busca de una expresión de ira o de celos. Pero no vio nada de eso. La furia se había disipado en los rostros de ébano. El bárbaro se dio cuenta de que para aquellos hombres, Belit era algo más que una mujer. Era una diosa cuya voluntad era incuestionable. Conan lanzó una mirada al Argus, que se balanceaba sobre un mar teñido de rojo, con las cubiertas ensangrentadas, y retenido por los rezones de abordaje. Luego miró hacia la costa de tonalidades azules, después hacia las verdes brumas del océano y finalmente al vibrante cuerpo que se hallaba delante de él, y su corazón bárbaro se estremeció. Dominar aquellas brillantes tierras azuladas junto a la joven tigresa de piel blanca... Amar, reír, navegar, conquistar botines...
-¡Iré contigo! -dijo él roncamente, sacudiendo las gotas de sangre de su espada.
-¡Eh, N'Yaga! -dijo entonces la muchacha con voz vibrante como la cuerda de un arco-. ¡Trae hierbas curativas y atiende las heridas de tu amo! Los demás, traed el botín a bordo y alejémonos de aquí.
Mientras Conan tomaba asiento con la espalda contra la barandilla de popa, para que el viejo chamán atendiese los cortes que tenía en brazos y piernas, la carga de la infortunada Argus fue rápidamente trasladada a bordo del Tigresa y almacenada en pequeños compartimentos que había debajo de cubierta. Los cadáveres de los tripulantes del barco mercante y de los piratas que habían muerto durante la batalla fueron arrojados por la borda y sirvieron de alimento a los tiburones que infestaban aquellas aguas. Los piratas heridos quedaron en el centro de la cubierta para ser curados. A continuación se soltaron los rezones de abordaje, y mientras el Argus se hundía silenciosamente en las aguas teñidas de sangre, el Tigresa se alejaba hacia el sur entre rítmicos golpes de remo.
Cuando el barco comenzó a navegar por las cristalinas aguas azules, Belit subió a popa. Sus ojos ardían como los de una pantera en la oscuridad cuando se quitó sus adornos, sus sandalias y su cinto de seda y arrojó todo a los pies del cimmerio. Entonces, poniéndose de puntillas, con los brazos extendidos hacia arriba y completamente desnuda, gritó a sus gentes:
-¡Lobos del mar azul, observad la danza del apareamiento de Belit, cuyos padres fueron reyes de Asgalun!
Y bailó como un torbellino en el desierto, como una llama inextinguible, como el impulso de la creación y de la muerte. Sus pies blancos rozaban suavemente la cubierta manchada de sangre, y los moribundos se olvidaron de morir mientras la contemplaban extasiados. Entonces, al tiempo que las blancas estrellas brillaban tenuemente a través del terciopelo azul del atardecer, haciendo de su cuerpo una borrosa llama marfileña, Belit lanzó un grito salvaje y se arrojó a los pies de Conan. El ciego deseo del cimmerio le hizo olvidar el mundo cuando estrujó su jadeante cuerpo contra las negras placas de su pecho acorazado.


2. El loto negro

«En aquella ciudadela de la muerte de piedras destrozadas, sus ojos cayeron en la trampa de aquel fulgor profano y terrible. Una extraña locura me oprimió con fuerza la garganta, como un rival que se interpone entre dos amantes.»
(La canción de Belit)

El Tigresa surcó los mares, y todas las aldeas negras de la costa se estremecieron. El tam-tam resonó en la noche, anunciando que la diablesa del mar había encontrado un compañero, un hombre de hierro cuya violencia superaba la del león herido. Entonces los sobrevivientes de los despojados navíos estigios maldijeron el nombre de Belit y el del blanco guerrero de los ojos azules. Por ello los príncipes estigios recordaron eternamente a este hombre, y su memoria fue un árbol amargo que dio frutos de color carmesí en los años que siguieron.
Pero el Tigresa siguió navegando despreocupado como el viento errante, hasta que ancló frente a las costas del sur, en la desembocadura de un caudaloso y turbulento río cuyas orillas eran murallas selváticas llenas de misterio.
-Éste es el río Zarkheba, que significa Muerte -dijo Belit-. Sus aguas son venenosas. ¿Ves cuan turbias y cenagosas fluyen? Sólo los reptiles ponzoñosos pueden vivir en ese río. Los hombres de piel negra lo evitan siempre. Una vez, una galera estigia que huía de mi barco se internó por este río y desapareció. Yo anclé en este mismo lugar, y algunos días después la galera volvió flotando a la deriva sobre las oscuras aguas; estaba desierta y su cubierta aparecía manchada de sangre. Había un solo hombre a bordo, pero se había vuelto loco y murió sollozando. El cargamento estaba intacto, pero la tripulación había desaparecido silenciosa y misteriosamente.
«Amado mío, yo creo que a orillas de este río hay una ciudad. He oído relatos acerca de torres gigantescas y de murallas que contemplaron desde lejos los pocos marinos que osaron remontar esta corriente. Nosotros no tememos a nada ni a nadie. ¡Conan, vayamos hacia allí y saqueemos la ciudad!
Conan asintió; como hacía generalmente cuando Belit trazaba un plan. Ella era quien planeaba las incursiones y el cimmerio quien las llevaba a cabo. Poco le importaba a él hacia dónde navegar o contra quién combatiesen, mientras no dejaran de navegar y de combatir. El cimmerio estaba satisfecho con ese tipo de vida.
Las batallas habían mermado la tripulación; sólo quedaban unos ochenta lanceros, apenas los suficientes para la larga galera. Pero Belit no quería perder el tiempo navegando hacia el sur, hasta las remotas islas donde reclutaba a sus bucaneros. La fogosa muchacha estaba deseando emprender aquella aventura; por consiguiente, el Tigresa se internó por la desembocadura del río. Los remeros tuvieron que esforzarse a fondo para superar el empuje de la caudalosa corriente.
Doblaron el misterioso recodo que impedía la vista desde el mar, y al atardecer ya navegaban entre los bancos de arena en los que se movían extraños y ondulantes reptiles. Pero no vieron ni un solo cocodrilo, ni divisaron animal alguno ni pájaros que acudieran a saciar su sed en aquellas aguas. Continuaron avanzando en la oscuridad que precede a la salida de la luna, entre costas que eran como sólidas empalizadas de una vegetación impenetrable, de donde llegaba de vez en cuando un misterioso rumor de crujidos y de pisadas sigilosas, y se divisaba el fulgor de unos ojos amenazantes. Y una vez que se oyó la voz inhumana y burlona de un mono, Belit dijo que las almas de los hombres malvados estaban presas en aquellos animales parecidos al hombre, como castigo por sus crímenes pasados. Pero Conan tenía sus dudas al respecto, porque en cierta ocasión había visto en una jaula de barrotes dorados de una ciudad hirkania un animal triste de ojos abismales que, según le dijeron, era un mono, y que no tenía nada de la demoníaca malevolencia que vibraba en la risa chillona que les llegaba desde la oscura selva.
Entonces salió la luna como una mancha sanguinolenta, con un halo negro, y de las orillas surgió una terrible algarabía, como saludándola. Los rugidos, aullidos y gritos hicieron temblar a los guerreros negros, pero aquel bullicio, según pudo notar Conan, procedía del interior de la selva, como si los animales, al igual que los hombres, huyeran de las negras aguas del Zarkheba.
Elevándose por encima de la densa negrura de los árboles y de los cimbreantes bosques frondosos, la luna plateaba la superficie del río, y la estela del barco se convertía en un centelleo de burbujas fosforescentes que se ensanchaba creando una luminiscencia de fulgurantes piedras preciosas. Los remos se hundían en las aguas y salían como empapados de plata helada. Las plumas de los guerreros se balanceaban bajo el viento y las gemas de las empuñaduras y arneses resplandecían con una luz helada.
La fría luz de la luna iluminaba también las joyas que adornaban los negros rizos de Belit cuando extendió su hermoso cuerpo sobre una piel de leopardo colocada sobre la cubierta. Apoyada sobre los codos y con la barbilla entre las manos, la joven observaba el rostro de Conan, que estaba acostado a su lado con la oscura melena agitada bajo la tenue brisa. Los ojos de Belit eran como oscuras gemas que ardían a la luz de la luna.
-El misterio y el terror nos rodean, Conan, y nos deslizamos hacia el reino del horror y de la muerte -dijo Belit-. ¿Tienes miedo?
Por toda respuesta, él se limitó a encoger los hombros, cubiertos con la cota de malla.
-Tampoco yo tengo miedo -repuso ella con aire meditabundo-. Jamás lo tuve. He contemplado demasiadas veces los desnudos colmillos de la muerte. Dime, Conan, ¿temes a los dioses?
-Yo no pisaría sus sombras -contestó el bárbaro prudentemente-. Algunos son malignos y otros son propicios; al menos, eso afirman sus sacerdotes. Mitra, la diosa de los hiborios, debe ser una diosa fuerte, porque su pueblo ha construido ciudades en todo el mundo. Pero hasta los hiborios temen a Set. Y Bel, dios de los ladrones, es un dios bueno.
Cuando yo era ladrón, en Zamora, aprendí mucho de él.
-¿Cómo son los dioses de tu pueblo? Nunca te he oído hablar de ellos.
-El dios principal es Crom, que vive en una gran montaña. Pero de nada vale invocarlo. Le importa muy poco si los hombres viven o mueren. ¡Es mejor callar que reclamar su atención, ya que suele enviar desdichas y no fortuna! Es implacable y sin compasión, pero infunde poder para luchar y matar en el momento de nacer. ¿Qué más puede pedir un ser humano?
-¿Y cómo es vuestro mundo, más allá del río de la muerte? -insistió ella.
-En el culto de mis gentes no hay esperanza aquí ni en el más allá -respondió Conan-. En este mundo los hombres luchan y sufren en vano, y sólo encuentran placer en el torbellino enloquecedor de la batalla; una vez muertos, sus almas entran en un reino gris, lleno de nubes y azotado por vientos helados, donde vagan tristes y melancólicas durante toda la eternidad.
Belit se estremeció y dijo:
-Por mala que sea la vida, es mejor que semejante destino. ¿Tú qué crees, Conan?
El cimmerio se encogió de hombros una vez más y dijo:
-He conocido muchos dioses. Quien niegue su existencia está tan ciego como el que confía en ellos con una fe desmesurada. Yo no busco nada después de la muerte. Puede que exista la oscuridad de la que hablan los escépticos nemedios, o el reino helado y nebuloso de Crom, o las llanuras nevadas o los grandes salones de piedra del Valhalla de los habitantes de Nordheim. No lo sé, ni me importa. Que me dejen vivir intensamente mientras viva; quiero saborear el rico jugo de la carne roja y sentir el sabor ácido del vino en mi paladar, gozar del cálido abrazo de una mujer y de la jubilosa locura de la batalla cuando llamean las azules hojas de acero; eso me basta para ser feliz. Que los maestros, los sacerdotes y los filósofos reflexionen acerca de la realidad y la ilusión. Yo sólo sé esto: que si la vida es ilusión, yo no soy más que eso, una ilusión, y ella, por consiguiente, es una realidad para mí. Estoy vivo, me consume la pasión, amo y mato; con eso me doy por contento.
-Pero los dioses son reales -dijo ella, siguiendo la línea de sus pensamientos-. Y por encima de todo están los dioses shemitas: Ishtar, Ashtoreth, Derketo y Adonis. Bel también es shemita, pues nació en la antigua Shumir hace muchísimo tiempo y entró en el mundo riendo, con su barba rizada y sus ojos picaros e inteligentes, a robar las joyas de los reyes de la antigüedad.
-Existe la vida más allá de la muerte; yo lo sé, y también sé esto, Conan de Cimmeria -dijo Belit poniéndose ágilmente de pie y estrechándole con un abrazo de pantera-: ¡Sé que mi amor es más fuerte que la muerte! Me has estrechado en tus brazos, jadeando con la violencia de nuestro amor; me has cogido y estrujado y me has conquistado, atrayéndome el alma a tus labios con la violencia de tus hirientes besos. ¡Mi corazón está soldado al tuyo; mi alma es parte de tu alma! ¡Si yo muero y tú tuvieras que luchar por tu vida, yo volvería del abismo para ayudarte; sí, lo haría tanto si mi espíritu flotara bajo las velas purpúreas del mar cristalino del paraíso, como si se retorciese entre las llamas del infierno! ¡Soy tuya, y ni los dioses ni la eternidad podrán separarnos!
Un grito de espanto llegó desde el puesto de proa. Tras apartar a Belit a un lado, Conan se puso en pie de un salto, con la espada resplandeciente bajo la luz de la luna y los pelos de punta por la escena que estaba viendo. El vigía negro se tambaleaba sobre la cubierta apoyado en algo que parecía el tronco de un árbol oscuro y sinuoso que se balanceaba sobre la barandilla. Entonces Conan se dio cuenta de que se trataba de una gigantesca serpiente que había saltado por encima de la borda y sujetaba al desdichado vigía con sus enormes fauces. Las chorreantes escamas brillaban pálidamente bajo la luz de la luna, a medida que el reptil se retiraba de la cubierta, mientras el guerrero atrapado gritaba y se retorcía como una rata en los colmillos de una serpiente pitón. Conan corrió hacia la proa y alzando su enorme espada casi cortó en dos al gigantesco animal, que era más grueso que el cuerpo de un hombre. La sangre empapó la cubierta mientras el monstruo moribundo se alejaba sin soltar a su víctima, hasta que se hundió en el tenebroso río, anillo tras anillo, dejando tras de sí una sanguinolenta espuma, bajo la cual el hombre y el reptil desaparecieron juntos. A partir de entonces, Conan prosiguió la guardia personalmente, pero ningún otro monstruo llegó reptando desde las cenagosas profundidades del río. Cuando el cielo clareaba en la selva, el cimmerio divisó los negros colmillos de unas torres oscuras que se alzaban entre los árboles. Llamó a Belit, que aún dormía sobre la cubierta, envuelta en su capa de color escarlata, y ella corrió a su lado con los ojos brillantes por la emoción. la joven ordenó a sus guerreros que prepararan los arcos y las flechas. Entonces sus hermosos ojos se abrieron desorbitados.  Lo que vieron cuando doblaron un recodo y quedó ante su vista aquella orilla, era el fantasma de una ciudad. La maleza y los arbustos crecían profusamente entre las piedras rotas y las losas de lo que en un tiempo habían sido calles, plazas y grandes patios. Por todas partes, excepto en la misma orilla del río, crecía la selva, ocultando columnas caídas y túmulos derruidos con su verde veneno. Aquí y allá se veían enormes torres que alzaban su precario equilibrio contra el cielo de la mañana, así como columnas rotas que sobresalían por encima de los muros en ruinas. En el centro de la plaza se levantaba una pirámide de mármol rematada por una fina estatua, hasta que sus ojos agudos percibieron señales de vida.
-Es un enorme pájaro -dijo uno de los guerreros, de pie en la popa.
-No, es un murciélago monstruoso -afirmó otro.
-Es un mono -dijo Belit.
En ese momento, el engendro extendió unas alas muy amplias y desapareció volando hacia la selva. -Era una especie de mono alado -dijo el viejo N'Yaga, con gesto inquieto-. Será mejor que nos dejemos cortar el cuello antes que desembarcar en ese lugar. Está encantado.
Belit se burló del supersticioso anciano y ordenó que la galera se acercara a la orilla y atracase en los muelles derruidos. Ella fue la primera en saltar a tierra, seguida de cerca por Conan; luego desembarcó la tropa de piratas de piel de ébano con sus blancas plumas ondeando bajo la brisa de la mañana, con las lanzas preparadas y los ojos observando con recelo la selva que los rodeaba.
En aquel lugar reinaba un silencio tan siniestro como el de una serpiente dormida. Belit se irguió entre las ruinas; su vibrante y esbelto cuerpo, lleno de vida, contrastó extrañamente con la desolación y la destrucción que había a su alrededor. El sol se alzaba lentamente sobre la selva, llameante y amenazador, inundando las torres con una tenue luz dorada que hacía resaltar las sombras que se agazapaban entre los muros derruidos. Belit señaló una fina torre redondeada que parecía tambalear sobre sus inseguros cimientos. Conducía hasta ella un camino de losas flanqueado por columnas rotas entre las que crecían plantas; delante de la torre había un enorme altar. Belit recorrió con rapidez el antiguo camino de piedra y se detuvo delante del altar.
-Éste era el templo de los antiguos -le dijo a Conan-. Mira, esos canalillos que hay a los lados del altar son para la sangre. Las lluvias de diez mil años no han conseguido lavar las oscuras manchas que hay en la piedra. Las paredes se han derrumbado y este bloque de piedra sigue desafiando el tiempo y los elementos.
-Pero ¿quiénes eran esos antiguos? -preguntó Conan. Ella extendió sus finas manos con un gesto de desamparo para subrayar sus palabras.
-Ni siquiera en las leyendas se menciona a esta ciudad -dijo-. ¡Pero fíjate en los orificios para las manos que hay en ambos extremos del altar! Los sacerdotes solían esconder sus tesoros debajo de sus altares. ¡A ver si entre cuatro de vosotros podéis levantar esa losa!
Belit retrocedió unos pasos para dejar sitio, al tiempo que miraba hacia la torre que se alzaba por encima de ellos. Tres de los guerreros más fuertes ya habían aferrado la losa por los huecos -que curiosamente no estaban hechos para manos humanas-, cuando Belit dio un paso atrás lanzando un grito de horror. Los negros se quedaron paralizados en su sitio y Conan, que se había agachado para ayudarlos, giró en redondo al tiempo que lanzaba una maldición.
-Hay una serpiente entre la hierba -dijo ella retrocediendo-. Ven a matarla, Conan. Vosotros, seguid intentando alzar la losa.
El cimmerio se acercó rápidamente a la joven y otro negro ocupó su lugar. Mientras Conan examinaba la hierba en busca de la serpiente, los gigantescos negros se apoyaron firmemente sobre los pies y entre gruñidos fueron levantando poco a poco la piedra, con los músculos tensos debajo de la piel de ébano. La losa del altar giró repentinamente hacia un lado. Al mismo tiempo se oyó un terrible estruendo y la torre se desplomó sepultando a los cuatro negros bajo los bloques de piedra.
Un grito de horror surgió entre las filas de sus compañeros. Los finos dedos de Belit se clavaron en el brazo de Conan.
-No había ninguna serpiente -susurró ella-. Era una artimaña para alejarte del altar. Sentí miedo, pues sabía que los antiguos guardaban bien sus tesoros. Ahora despejemos las piedras.
Eso hicieron, y luego levantaron los cuerpos destrozados de los cuatro hombres. Debajo de éstos los piratas hallaron una cripta tallada en la roca viva. El altar, que giraba ingeniosamente hacia un lado por medio de rodillos de piedra, había servido de tapadera. A primera vista, parecía que la cripta estaba llena a rebosar de un fuego líquido que reflejaba la temprana luz del sol con un millón de facetas resplandecientes.
Allí, ante los ojos atónitos de los piratas, había una fortuna incalculable: diamantes, rubíes, sanguinarias, zafiros, turquesas, piedras de la luna, ópalos, esmeraldas, amatistas y otras gemas desconocidas, que relucían como los ojos de una mujer maligna. La cripta estaba abarrotada de brillantes piedras preciosas que centelleaban bajo los rayos del sol.
Al tiempo que lanzaba un grito, Belit se dejó caer de rodillas entre los escombros manchados de sangre junto al borde de la cripta y hundió sus blancos brazos hasta el hombro en aquel mar de esplendor. Luego retiró los brazos, aferrando algo que le hizo lanzar otro grito de asombro. ¡Tenía en la mano una larga sarta de rubíes, que parecían coágulos de sangre, unidos por un grueso hilo de oro! Al reflejarse en el collar, la dorada luz del sol se convirtió en un resplandor rojizo.
Los ojos de Belit parecían los de una mujer en trance. El corazón de los shemitas se emborrachaba con las riquezas y con el esplendor material, pero aquel espectáculo hubiera trastornado hasta el corazón del emperador de Shushan.
-¡Recoged estas piedras preciosas, perros! -gritó ella, sin poder dominar su emoción.
-¡Mirad! Un musculoso brazo negro señaló en dirección al Tigresa y Belit giró en redondo enseñando los dientes, como si esperara ver a un pirata rival acercándose para despojarla del botín. Pero sólo vieron alzarse, por encima de la borda del barco, una oscura sombra que se alejó volando hacia la selva.
-¡El mono maligno ha estado en nuestro barco! -musitaron los negros inquietos.
-¿Y eso qué importa? -exclamó Belit lanzando un juramento, al tiempo que se alisaba un rizo rebelde con gesto impaciente-. Haced una litera con las lanzas y las capas para cargar todas estas joyas. Eh, Conan, ¿dónde demonios vas?
-Voy a echar un vistazo a la galera -dijo el cimmerio con un gruñido-. Esa especie de murciélago pudo haber hecho un agujero en la base de la galera, sin que nos hayamos dado cuenta. El bárbaro corrió rápidamente por las destrozadas piedras del embarcadero y saltó hacia la nave. Después de examinar por un momento el barco bajo cubierta, Conan lanzó una maldición y echó una mirada en dirección al lugar por el que había desaparecido el monstruo alado. Volvió rápidamente hacia donde estaba Belit, dirigiendo el saqueo de la cripta. La muchacha se había puesto el collar y los rojos rubíes brillaban esplendorosamente sobre su blanco pecho. Un negro enorme estaba sumergido hasta las caderas en la rebosante cripta y extraía grandes puñados de piedras preciosas, que pasaba a los hombres impacientes que se hallaban arriba. Sartas de heladas iridiscencias colgaban entre los oscuros dedos del negro; eran como gotas de fuego rojo que formaban un increíble arco iris. El negro parecía un gigante a horcajadas sobre los llameantes pozos del infierno, con las manos llenas de estrellas.
-Aquel maldito demonio volador ha agujereado las barricas de agua -dijo Conan-. Si no hubiéramos estado tan deslumbrados por estas piedras preciosas, hubiéramos oído el ruido que hacía el monstruo al acercarse. Fuimos necios al no haber dejado un centinela a bordo. No podemos beber el agua de este río.
Voy a llevar veinte hombres para buscar agua fresca y potable en la selva.
Ella le miró con expresión confusa, con los ojos velados por la extraña pasión que la embargaba, mientras acariciaba con dedos nerviosos las piedras preciosas que llevaba en el pecho.
-Está bien -repuso ella distraídamente, casi sin prestarle atención-. Voy a hacer que lleven el tesoro a bordo.
La selva se cerró rápidamente detrás del grupo, al tiempo que la luz cambiaba del oro intenso al gris sombrío. De las ramas que formaban arcadas caían enredaderas que parecían serpientes. Los guerreros avanzaban en fila india, como negros fantasmas deslizándose bajo la luz crepuscular.
Dentro de la selva la vegetación era menos densa de lo que Conan había pensado. El suelo estaba blando, pero no húmedo. Al alejarse del río, se inclinaba poco a poco formando pendiente. Cuanto más se internaban por la verde espesura, menores señales había de proximidad de agua, ya sea de fuentes o de pozos. Conan se detuvo súbitamente; sus guerreros le imitaron y se quedaron inmóviles como estatuas de basalto. En el tenso silencio que siguió, el cimmerio dijo en voz baja a N'Gora, un hombre de confianza:
-Seguid derecho hasta que no podáis verme; entonces deteneos y esperadme. Creo que nos están siguiendo. He oído algo.
Los negros parecían inquietos, pero obedecieron. Mientras ellos seguían su camino, Conan se ocultó rápidamente detrás de un enorme árbol, al tiempo que miraba hacia el lugar por el que habían venido. De aquella espesa vegetación podía surgir cualquier cosa. Pero no ocurrió nada, y los débiles sonidos de la marcha de los lanceros se apagaron a lo lejos. De pronto el cimmerio sintió que el aire estaba impregnado de un aroma exótico. Algo le rozó suavemente la sien. Conan se volvió con rapidez. Desde una mata cuyas hojas tenían formas muy extrañas, unas enormes flores negras se inclinaron hacia él. Una de ellas era la que le había tocado. Parecían llamarle arqueando sus tallos en señal de invitación. Se extendían y susurraban, aunque no soplaba la menor brisa.
Conan retrocedió rápidamente al reconocer el loto negro, cuya savia era mortal y cuyo perfume producía un sopor con sueños terribles. El cimmerio ya comenzaba a sentir un ligero letargo. Trató de desenvainar la espada para cortar los ondulantes tallos que se cernían sobre él, pero sus brazos se quedaron inertes a ambos lados del cuerpo. Abrió la boca para llamar a sus guerreros, pero de ella no salió más que un débil jadeo. Un segundo después, la selva empezó a dar vueltas con asombrosa rapidez y Conan comenzó a ver todo borroso, no, oyó los gritos de espanto que se escuchaban un poco más allá, pues se le doblaron las rodillas y cayó al suelo sin sentido. Por encima de su cuerpo postrado, las enormes flores negras se balanceaban en el aire sin que las moviera el viento.


3. Horror en la selva

«¿Fue un sueño lo que trajo el loto negro?
Entonces, maldito sea el sueño que angustió mi vida,
y maldita la rezagada hora que no ve
la cálida sangre goteando del cuchillo de color carmesí.»
(La canción de Belit)

Primero fue la oscuridad del vacío más absoluto, en el que soplaban fríos vientos del espacio cósmico. Luego unas formas vagas, monstruosas y etéreas se agitaron en el sórdido escenario de la nada, como si la oscuridad hubiera adoptado una forma material. El viento siguió soplando hasta que se formó un vórtice, una pirámide giratoria de rugiente negrura, del que salió la Forma y la Dimensión. Y de pronto, como si fueran nubes, las tinieblas se desvanecieron y una enorme ciudad de piedra de color verde oscuro se alzó a orillas de un río caudaloso que fluía por una planicie sin límites. Por aquella ciudad se movían unos seres de formas extrañas.
Aunque fundidos en el molde de la humanidad, se veía claramente que no eran hombres. Tenían alas y eran de dimensiones gigantescas. No provenían de una rama del misterioso tronco cuya evolución culminó con el ser humano, sino que se trataba del fruto maduro de un árbol diferente y extraño. Aparte de sus alas, aquellos seres se parecían físicamente al hombre en la misma medida en que éste se parece a los grandes monos. En desarrollo espiritual, estético e intelectual eran superiores al hombre de la misma manera que éste es superior al gorila. Pero cuando construyeron su gigantesca ciudad, los primitivos antepasados del hombre aún no habían surgido del limo de los océanos primordiales.
Estos seres eran mortales, del mismo modo que lo es todo lo que está hecho de carne y sangre. Nacían, amaban y morían, si bien vivían muchísimos años.
Entonces, después de incontables millones de años, se inició el Cambio. El paisaje tembló como si fuera una imagen proyectada en una cortina agitada por el viento. Las eras pasaron por la ciudad y el campo al igual que fluyen las olas en el mar, y cada una de ellas produjo grandes cambios. En algún lugar del planeta se estaban alterando los centros magnéticos; los enormes glaciares y los campos de hielo se desplazaron hacia los nuevos polos.
El litoral del gran río también se alteró. Las llanuras se convirtieron en pantanos en los que pululaban asquerosos reptiles. Donde se extendían fértiles praderas, surgieron primero bosques y luego densas selvas. Las transformaciones obraron también sobre los habitantes de la ciudad, si bien éstos no emigraron hacia nuevas tierras. Razones incomprensibles para el hombre los retuvieron ligados a su funesto destino.
Y mientras aquella tierra, que antes fuera rica y poderosa, se hundía cada vez más en el negro cieno de la sombría selva, el caos se abatió sobre los habitantes de la ciudad. Terribles convulsiones estremecieron la tierra; las noches eran espeluznantes y los volcanes en erupción se recortaban como rojas columnas de fuego en el oscuro horizonte.
Después de un terremoto que sacudió desde las murallas exteriores hasta las torres más altas de la ciudad, el río adquirió un color negro durante varios días; alguna sustancia letal se había escapado de las profundidades subterráneas; una terrible transformación química se produjo en las aguas que las gentes habían bebido durante milenios. Muchas personas murieron después de beber aquellas aguas, pero quienes sobrevivieron sufrieron un cambio paulatino, tan sutil como aterrador. Al tener que adaptarse a las nuevas condiciones del medio, se hundieron muy por debajo de su nivel original. Pero las aguas letales provocaron en ellos una alteración mucho más terrible, y las nuevas generaciones se volvieron cada vez más bestiales. Los que habían sido dioses alados se convirtieron en demonios sin alas, con todo el vasto conocimiento de sus antepasados, pero distorsionado y pervertido de manera espantosa e infernal. Del mismo modo que habían alcanzado niveles muy superiores a los que la humanidad puede soñar, se hundieron más bajo de lo que se podía concebir en las peores pesadillas. Morían pronto, víctimas de su propio canibalismo, y en medio de las tinieblas de la medianoche estallaban en la selva tremendas peleas. Por último, entre las ruinas cubiertas por líquenes, entre los escombros de lo que había sido su esplendorosa ciudad, sólo quedó un ser, un cuerpo agazapado y deforme, una horrenda perversión de la naturaleza.
Luego aparecieron los primeros seres humanos: hombres de piel oscura y rostro aguileño, que llevaban arneses de cobre y cuero y utilizaban arcos; se trataba de los guerreros de la prehistórica Estigia. Eran tan sólo cincuenta hombres agotados, demacrados y hambrientos a causa del prolongado esfuerzo; estaban sucios y cubiertos de arañazos y de vendajes manchados de sangre seca. La suya era una historia de guerras y derrotas, de una huida ante una tribu más fuerte que los llevó cada vez más hacia el sur, hasta que se perdieron en el gran océano de la selva y del mar.
Se tendieron exhaustos entre las ruinas. Unas plantas que había allí y que sólo florecían una vez cada siglo agitaron sus rojos pétalos a la luz de la luna. Entonces les invadió el sueño. Mientras dormían, un ser repulsivo de ojos ardientes salió reptando de las sombras y realizó espantosos ritos extraños sobre todos los durmientes. La luna colgaba del cielo sombrío tiñendo la selva de rojo y negro; por encima de los hombres que dormían brillaban tenuemente las flores rojas como manchas de sangre. Luego la luna se ocultó y los ojos del nigromante relucieron como rubíes en la noche oscura como el ébano.
Cuando el alba extendió su blanco velo sobre el río, no había hombres a la vista; sólo el espantoso ser alado y peludo que estaba agazapado en medio de un círculo de cincuenta hienas enormes de piel manchada, que apuntaban con sus temblorosos hocicos hacia el cielo mortecino y aullaban como las almas condenadas en el infierno.
A continuación una escena siguió a la otra con vertiginosa rapidez. Hubo un movimiento confuso, un retorcerse y fundirse de luces y sombras contra el fondo de la negra selva, las ruinas de piedras verdes y el cenagoso río. Unos hombres negros llegaron río arriba en barcas que tenían una calavera en la proa; otros se ocultaron sigilosamente entre los árboles, con lanzas en la mano. Corrían gritando en la oscuridad, huyendo de un par de ojos rojos y de unos colmillos imponentes. El aullido de hombres moribundos estremeció las sombras; unos pies furtivos avanzaron en silencio y unos ojos de vampiro horadaron las tinieblas con su fuego rojo. Hubo festines aterradores a la luz de la luna, ante cuyo disco luminoso una sombra con alas de murciélago aleteaba sin cesar.
Y de repente, en claro contraste con aquellas escenas, por el recodo del río se vio llegar una larga galera atestada de brillantes cuerpos de ébano, en cuya proa se alzaba un gigante de piel blanca cubierto con una malla de acero.
En ese momento, Conan se dio cuenta de que estaba soñando. Hasta aquel instante no había tenido consciencia de su existencia individual. Pero cuando se vio a sí mismo sobre la cubierta del Tigresa reconoció la frontera entre la realidad y el sueño, si bien no se despertó.
Mientras esto pasaba por su mente, la escena cambió súbitamente hacia el claro de la selva en el que N'Gora y diecinueve lanceros negros se hallaban en actitud de espera. Cuando Conan empezó a comprender que le esperaban a él, un ser horroroso bajó del cielo, y la impasibilidad de los hombres fue interrumpida por el terror. Presas de pánico, arrojaron sus armas y corrieron como locos a través de la selva, seguidos de cerca por el monstruo que agitaba sus grandes alas por encima de ellos.
El caos y la confusión siguieron a estas visiones, mientras Conan luchaba por despertar con las pocas fuerzas que le quedaban. Se veía vagamente a sí mismo acostado bajo una movediza mata de flores negras, mientras desde los matorrales una figura repulsiva se arrastraba hacia él. Haciendo un esfuerzo titánico, Conan rompió las ligaduras invisibles que le mantenían preso en sus sueños, y se despertó.
El cimmerio lanzó una mirada llena de asombro a su alrededor. Divisó cerca de él el loto negro que se agitaba y se apresuró a alejarse de la maligna planta.
En el mullido suelo, cerca de donde se encontraba, vio un rastro que semejaba el de un animal al acecho antes de salir de su escondrijo, para luego retirarse sin llevar a cabo su propósito. Aquellas huellas parecían las de una hiena increíblemente grande.
Conan gritó para llamar a N'Gora. Un silencio primordial se cernía sobre la selva, en la que sus gritos sonaron frágiles y huecos como una burla. No podía ver el sol, pero su instinto de hombre salvaje conocedor de la naturaleza le indicó que el día llegaba a su fin. Una sensación de pánico le invadió al darse cuenta de que había estado sin sentido durante muchas horas. Rápidamente siguió las huellas de los lanceros, hasta que llegó a un claro. Allí se detuvo en seco y un escalofrío le recorrió el cuerpo al reconocer el claro que había visto en el sueño que tuvo bajo la influencia del. loto negro. Había escudos y lanzas desparramadas por todas partes, como si hubieran sido arrojados al emprender una precipitada fuga.
Por las huellas que llevaban fuera del claro de vuelta hacia la espesura de la selva, Conan se dio cuenta de que los lanceros negros habían escapado frenéticamente de algo que les amenazaba. Las pisadas se superponían y se confundían entre los árboles. Con la velocidad del rayo, el cimmerio salió de la selva y llegó hasta una rocosa colina empinada que caía de pronto formando un abrupto precipicio que tenía unos doce metros de altura. En el borde del abismo había algo agazapado.
Al principio, Conan creyó que se trataba de un enorme gorila negro. Luego vio que era un negro gigantesco que estaba sentado en cuclillas, como un mono, con los largos brazos colgando y una baba espumosa cayéndole de los labios. Sólo cuando ese ser lanzó un alarido que parecía un sollozo y corrió hacia él levantando las manos, Conan advirtió que se trataba de N'Gora. El negro hizo caso omiso del grito de Conan y atacó con los ojos en blanco y los brillantes dientes al descubierto; su rostro era una máscara inhumana.
Con la piel erizada por el horror que la locura siempre inspira a las personas cuerdas, Conan alzó la espada y traspasó con ella el cuerpo del negro; luego, evitando las garras que se tendían hacia él mientras N'Gora caía, avanzó hacia el borde del precipicio.
Durante un instante el cimmerio se quedó mirando las abruptas rocas que se divisaban abajo y sobre las cuales yacían los lanceros de N'Gora con el cuerpo retorcido, los miembros destrozados y los huesos deshechos. Ninguno de ellos se movía. Una nube de enormes moscas negras zumbaba por encima de las piedras manchadas de sangre; las hormigas habían comenzado a roer los cadáveres. En las ramas de los árboles más cercanos aguardaban los buitres y un chacal que, al mirar hacia arriba y ver a un hombre vivo en el risco, huyó furtivamente del lugar.
Conan se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego giró en redondo y volvió corriendo por donde había llegado, entre las hierbas, arbustos y enredaderas que le rodeaban y se interponían en su camino como serpientes. Llevaba la espada baja en la mano derecha y tenía una palidez desusada en el oscuro rostro.
El silencio que reinaba en la selva no se veía interrumpido por nada. El sol acababa de ponerse en el horizonte y grandes sombras se alzaban del limo de la oscura tierra. Conan avanzaba rápidamente a través de las gigantescas sombras de la muerte y la desolación, cubierto con la cota de malla. No se escuchaba otro sonido que su propio jadeo cuando salió de las sombras y llegó hasta las márgenes del río rodeadas de una luz crepuscular.
Vio la galera adosada al muelle podrido. Sus restos se tambaleaban en la semioscuridad.
Aquí y allá, divisó manchas de color rojo vivo entre las piedras, como si una mano descuidada hubiera dado unas pinceladas con una brocha empapada de pintura de color carmesí.
Conan adivinó nuevamente la presencia de la muerte y de la destrucción. Frente a él yacían sus hombres, tendidos en el espacio que iba desde el límite de la selva hasta la orilla del río, entre las columnas rotas y a lo largo de los muelles derruidos, mutilados y devorados a medias, como tristes remedos de seres humanos.
Alrededor de los cadáveres y de sus miembros cercenados, se veían numerosas huellas de enormes patas, similares a los rastros que dejan las hienas.
Conan avanzó en silencio por el muelle, y al acercarse a la nave vio que de la cubierta colgaba algo que brillaba con un claro tono marfileño. Sin decir una sola palabra, el cimmerio se detuvo y vio el cuerpo de la reina de la Costa Negra que colgaba del peñol de su propia galera. Entre la cuerda de la que colgaba y su garganta había una ristra de piedras que parecían coágulos de color carmesí que brillaban como la sangre..., pero era el collar de oro con los enormes y resplandecientes rubíes.
  

4. Ataque desde el aire

«Estaba rodeado de negras sombras; las fauces chorreantes se abrieron desmesuradamente y cayeron gotas rojas más gruesas que la lluvia; pero mi amor era más fuerte que el negro hechizo de la  muerte,  y ni siquiera las puertas de hierro del infierno podrían alejarme de su lado.»
(La canción de Belit)

La selva era como un gigante negro que sostenía las ruinas de piedra entre sus hercúleos brazos.
Aún no había salido la luna y las estrellas eran fragmentos de ámbar incandescente en un firmamento en el que le esperaba la muerte agazapada. Conan el cimmerio estaba sobre la pirámide situada entre las torres derruidas, sentado como una estatua de hierro con la barbilla apoyada en sus fuertes puños. En las oscuras sombras se oyeron unos pasos quedos y se vio el fulgor de unos ojos rojos. Los muertos yacían en la misma posición en la que habían caído. Pero en la cubierta del Tigresa, en una pira hecha con bancos rotos, trozos de lanza y pieles de leopardo, dormía la reina de la Costa Negra su último sueño, con el botín amontonado a su alrededor: sedas, telas de oro, galones de plata, cofres llenos de joyas y de monedas de oro, lingotes de plata y teocalis dorados.
Pero del botín de la ciudad maldita sólo podían hablar las turbias aguas del Zarkheba, en las que Conan lo había arrojado al tiempo que lanzaba una maldición pagana. Ahora estaba sentado con gesto hosco en la pirámide, esperando a sus invisibles enemigos. La negra furia que alentaba en su corazón había alejado de él todo vestigio de temor. No sabía qué sombras podían surgir de la oscuridad, ni le importaba demasiado.
Tampoco dudaba acerca de la veracidad de las visiones del loto negro. Comprendió que mientras le esperaban en el claro del bosque, N'Gora y sus compañeros habían sido atacados por el monstruo alado y que al huir, presas del pánico, se habían caído por el precipicio. Todos murieron menos su jefe, que de alguna manera había escapado a la muerte, aunque no a la locura. Mientras tanto, o quizá inmediatamente después, se produjo la aniquilación de los que estaban en la orilla del río. Conan tenía la seguridad de que aquello había sido una matanza más que una batalla. Dominados por el terror supersticioso, los negros murieron probablemente sin devolver un solo golpe en defensa propia cuando se vieron atacados por sus inhumanos enemigos.
El cimmerio no comprendía por qué le perdonaban la vida tanto tiempo, a menos que el ser maligno que dominaba aquel lugar quisiera mantenerlo vivo para torturarlo con la pena y el miedo. Todo apuntaba hacia una inteligencia humana o sobrehumana: la destrucción de las barricas de agua para dividir a los piratas, el hecho de haber atraído a los negros hacia el precipicio y el último y más significativo detalle: la burla atroz del collar de rubíes anudado como el dogal de un ahorcado alrededor del blanco cuello de Belit.
Habiendo dejado, pues, al cimmerio como víctima escogida y tras haberle infligido una refinada tortura mental, era probable que el desconocido enemigo concluyera el drama matándole a él también. Los ojos de Conan se iluminaron con una cruel sonrisa de hierro al pensar en esto.
La luna se alzó arrojando fuego sobre el casco de cuernos del cimmerio. De repente, el aire nocturno entró en tensión y la selva entera contuvo el aliento. Instintivamente, Conan comenzó a desenvainar su enorme espada. La pirámide sobre la que se encontraba tenía cuatro caras; una, la que daba a la selva, tenía unos amplios escalones. El cimmerio sostenía en una mano un arco shemita como el que Belit había enseñado a usar a sus piratas, y a sus pies había un montón de flechas con plumas.
Finalmente, algo se movió en la oscuridad. Recortándose súbitamente contra la luna que se alzaba en el horizonte, Conan vio una cabeza y unos hombros oscuros de aspecto bestial. Y detrás de aquel engendro llegaban corriendo rápida y silenciosamente... veinte hienas de piel manchada. Sus colmillos lanzaban destellos a la luz de la luna y sus ojos brillaban como nunca habían brillado los ojos de un animal.
Eran veinte. Conan cogió una flecha. Se oyó el chasquido de la cuerda del arco y una sombra de ojos ardientes saltó por los aires y cayó al suelo retorciéndose. El resto de la manada no vaciló. Seguían avanzando y las flechas del cimmerio caían sobre los monstruos como una lluvia de muerte, lanzadas con toda la fuerza y la precisión de sus músculos de acero movidos por un odio infernal.
A pesar de su ciega furia, Conan no erró el blanco. El aire se llenó de flechas cargadas de muerte. Los estragos causados por la embestida de la manada eran aterradores. Más de la mitad de sus enemigos cayeron antes de alcanzar el pie de la pirámide. Otros ascendieron por los amplios escalones. Al mirar sus ojos llameantes, Conan comprendió que aquellos seres no eran animales. No era sólo su tamaño sobrehumano lo que establecía la diferencia, sino que de ellos emanaba un aura tangible, como la oscura bruma que se alza de un pantano sembrado de cadáveres. No era capaz de adivinar qué alquimia infernal había dado vida a aquellos seres, pero lo que sí sabía era que se enfrentaba con una diabólica magia más negra que la del pozo de Skelos.
Firmemente apoyado sobre sus pies, Conan tensó el arco y lanzó su última flecha contra el enorme cuerpo peludo que se abalanzaba sobre su garganta.
La flecha salió disparada como un rayo de luna. El monstruo sufrió una convulsión en el aire y se estrelló de cabeza, con el cuerpo atravesado de parte a parte.
Entonces los demás se precipitaron sobre Conan como una pesadilla de ojos centelleantes y colmillos afilados. Su enorme espada dio cuenta del primer atacante, pero el desesperado embate de los demás le hizo caer al suelo. Aplastó un pequeño cráneo con la empuñadura de su sable, sintiendo que los huesos se quebraban y la sangre y los sesos se derramaban sobre su mano. Luego dejó caer la espada, pues de nada le valía ante la proximidad de sus enemigos, y aferró la garganta de dos de los monstruos, que lanzaban zarpazos y dentelladas con una furia silenciosa. Un intenso olor acre inundaba sus fosas nasales y el sudor le cegaba. Sólo la cota de malla le había salvado hasta ese momento de quedar destrozado en un segundo. Su mano derecha asió por el peludo cuello a un adversario, y la izquierda, no pudiendo aferrar otra garganta, apresó una pata de la fiera y se la rompió. Un breve quejido, el único grito aterradoramente semihumano que se oyó en aquella lúgubre batalla, partió de las fauces de la bestia. Ante el espantoso horror que le produjo ese grito infrahumano, Conan aflojó involuntariamente a su presa.
Otro de sus malignos enemigos, con la sangre chorreando de la destrozada yugular, saltó sobre Conan en un último espasmo de violencia y le clavó los colmillos en el cuello, si bien cayó muerto en el mismo instante.
La otra fiera, apoyándose en sus tres patas ilesas, se abalanzó sobre el vientre del cimmerio lanzando dentelladas como un lobo, y le destrozó varios eslabones de su cota de malla. Conan esquivó a la bestia agonizante y la levantó con un esfuerzo que hizo surgir un quejido de sus labios manchados de sangre. Se tambaleó por un momento, sintiendo el aliento fétido y caliente del monstruo sobre su rostro, con las mandíbulas chasqueando al lado de su cuello, y luego le arrojó con violencia; en seguida se oyó el crujido de los huesos rotos al chocar contra los escalones de mármol.
Mientras se tambaleaba tratando de recobrar el equilibrio y el aliento, el cimmerio oyó el espantoso aleteo de un murciélago. Conan se puso nuevamente a la defensiva, sacó rápidamente su espada y la empuñó con fuerza, asestando un mandoble con las dos manos; luego sacudió la sangre que empañaba sus ojos y su rostro para mirar al cielo con intención de ver a su alado enemigo.
Pero en lugar del esperado ataque procedente del aire, Conan notó súbitamente que la pirámide se tambaleaba, y vio que la elevada columna que estaba junto a él oscilaba como un péndulo. Aferrándose a la vida con todas sus fuerzas, Conan saltó lo más lejos que pudo; sus pies dieron en un escalón situado hacia el centro de la pirámide, y el siguiente salto lo impulsó lejos del monumento. En el momento en que sus talones se apoyaban en el suelo, por un instante cataclísmico, del cielo parecieron llover fragmentos de piedra y de mármol. Poco después, la luna iluminaba con su luz blanquecina un montón de escombros.
Conan se quitó de encima los pequeños trozos de piedra que cubrían parte de su cuerpo, y en ese momento un fuerte golpe le despojó del casco y le dejó momentáneamente aturdido. Encima de sus piernas tenía un enorme fragmento de columna que lo inmovilizaba contra el suelo. No sabía si sus extremidades estaban rotas o no. Sus negros rizos estaban impregnados de sudor, y la sangre le goteaba de las heridas que había recibido en la garganta y en las manos. El cimmerio levantó un brazo para tratar de librarse de los escombros que lo aprisionaban.
Entonces algo descendió de las estrellas y cayó a su lado sobre el césped. Conan se dio media vuelta y vio... ¡al ser alado! Con la velocidad de un rayo, el monstruo se precipitó sobre el cimmerio, que pudo ver fugazmente al ser que le atacaba: era una figura gigantesca, humanoide, de piernas arqueadas, peludos brazos atrofiados, enormes garras negras y una cabeza deforme en cuyo rostro sólo se distinguía un par de ojos inyectados en sangre. Esa cosa no era humana, ni animal, ni demoníaca, aunque estaba dotada de características infrahumanas y sobrehumanas a la vez.
Pero Conan no tenía tiempo para reflexiones ni especulaciones. Extendió los brazos hacia la espada que estaba en el suelo, pero sus dedos, arqueados como garfios, no pudieron cogerla. Lleno de desesperación, trató de empujar el trozo de columna que inmovilizaba sus piernas y las venas de las sienes se le hincharon por el esfuerzo. El pesado bloque fue cediendo poco a poco, pero el cimmerio se dio cuenta de que antes de que pudiera liberarse, el monstruo estaría encima de él. Y sabía muy bien que aquellas negras garras significaban la muerte.
El ser alado no había dejado de volar. Se cernió durante unos instantes sobre el postrado cimmerio como una sombra negra, con los brazos extendidos... y de repente un fulgor blanco se interpuso entre Conan y el murciélago.
En un instante enloquecedor, ella estaba allí, con su cuerpo tenso y blanco, vibrante de fiero amor como una pantera. El asombrado cimmerio divisó entre su cuerpo y la muerte que se abalanzaba sobre él, el esbelto cuerpo blanco como el marfil; vio el resplandor de sus ojos oscuros a la luz de la luna, la espesa mata de cabellos sedosos y brillantes, el pecho jadeante y los labios entreabiertos, que lanzaron un grito agudo que resonó como el acero cuando ella se abalanzó sobre el pecho del monstruo alado.
-¡Belit! -exclamó Conan.
Ella dirigió una rápida mirada al cimmerio y sus hermosos ojos oscuros reflejaron toda la fuerza de su amor, un amor natural como el fuego ardiente y como la lava incandescente. Un momento después ella desapareció y el cimmerio sólo vio al demonio alado que retrocedía dominado por un miedo insólito, con los brazos levantados como para defenderse de un ataque. Entonces Conan supo que Belit se hallaba realmente en la pira del Tigresa. En sus oídos resonó nuevamente la frase apasionada de la muchacha: «Si yo muero y tú tuvieras que luchar por tu vida, yo volvería del abismo para ayudarte...».
Al tiempo que lanzaba un grito terrible, el cimmerio apartó la piedra a un lado. El monstruo alado volvió a atacar y Conan saltó para enfrentarse con él, con la sangre inflamada por la furia. Los poderosos músculos de sus antebrazos se pusieron en tensión cuando empuñó la enorme espada y describió un arco mortal apoyándose en los talones. Su mandoble alcanzó al monstruo justamente encima de las caderas y lo dividió en dos; las piernas cayeron a un lado y el tronco hacia el otro.
Conan se quedó inmóvil bajo la silenciosa luz de la luna, con la espada apoyada en el suelo, contemplando los restos de su enemigo. Los incandescentes ojos rojos lo miraron durante unos instantes, luego se pusieron vidriosos y después se cerraron. Las grandes manos se estremecieron con un espasmo hasta que quedaron rígidas. La raza más antigua del mundo se había extinguido.
Conan levantó la cabeza, buscando maquinalmente a las bestias que habían sido esclavas y ejecutoras del monstruo alado. Pero no vio a ninguna de ellas. Los cuerpos que ahora vio tendidos sobre la hierba eran de hombres, no de bestias; hombres rostros aguileños, de piel negra, traspasados por las flechas o destrozados por la espada. Y poco a poco se iban convirtiendo en polvo delante de sus ojos.
¿Por qué el amo alado no había acudido en ayuda de sus esclavos mientras Conan luchaba contra ellos? ¿Acaso temía ponerse al alcance de unos colmillos que podían volverse contra él. La astucia y la cautela se habían albergado en aquel cráneo deforme, pero al final no le habían servido de nada.
El cimmerio dio media vuelta y se encaminó hacia los muelles derruidos, llegó hasta la galera y subió a bordo. Hizo unos cuantos cortes en las cuerdas, y la nave quedó a la deriva. Luego se dirigió al puente. El Tigresa se balanceó sobre las turbias aguas y se deslizó lentamente hacia el centro del río, hasta que corriente lo arrastró. Conan se inclinó sobre el timón, al tiempo que su sombría mirada se clavaba en el cuerpo que se encontraba en la pira envuelto en su capa y rodeado de riquezas que valían el rescate de una emperatriz.


5. La pira funeraria

« Terminaron para siempre las aventuras; no se alzarán más los remos, ni ondearán las velas;
el pendón escarlata ya no será el terror de las costas oscuras; mares azules del mundo, recibid nuevamente en vuestro seno a la mujer que me habéis entregado.»
(La canción de Belit)

El alba tino nuevamente las aguas del océano de un tono violáceo. Un resplandor más rojo aún iluminó luego la desembocadura del río. Conan el cimmerio se apoyó sobre su espada, y desde la playa de arena blanca contempló al Tigresa, que se alejaba en su último viaje. No había luz en aquellos ojos que contemplaban las olas cristalinas. Sobre las ondulantes extensiones azules se alejaba toda su gloria y su alegría. Un estremecimiento le sacudió de pies a cabeza, mientras la verde superficie del mar se convertía en una misteriosa bruma de color púrpura.
Belit había formado parte del mar, al que había conferido esplendor y vitalidad. Sin ella, los océanos habrían sido una vasta extensión desolada y triste. La joven había pertenecido al mar y él la devolvía a su insondable misterio. No podía hacer más. Para Conan, el radiante esplendor azul era más odioso aún que los verdes bosques que susurraban a sus espaldas y a los que debía regresar.
No había nadie conduciendo el timón del Tigresa; ningún remo impulsaba la nave sobre las aguas. Pero un viento límpido y fresco henchía la gran vela de seda y, al igual que un cisne salvaje se remonta al cielo para buscar su nido, así avanzó la galera mar adentro mientras las llamas ascendían cada vez más alto desde la cubierta, lamiendo el mástil y envolviendo el cuerpo cubierto con su capa de color escarlata.
Así desapareció la reina de la Costa Negra. Siempre apoyado en su espada manchada de sangre, Conan permaneció en silencio hasta que el rojo fulgor se hubo desvanecido entre las brumas azules del horizonte y el amanecer tiñó de rosa y oro la superficie del océano.





Primigenios / Primordiales




Primigenios (Great Old Ones) / Primordiales



"Aquella noche estuve leyendo hasta que el sol del nuevo día entró en la estancia haciendo palidecer las luces de las lámparas. Y así fue cómo supe de los Primigenios, que fueron los primeros en dominar los universos y de los Dioses Arquetípicos, que derrotaron a los rebeldes Primordiales. Entre estos Primordiales se contaban: el Gran Cthulhu, morador de las aguas; Hastur, que dormía en el Lago de Hali, en las Híadas; Yog-Sothoth, que es Todo-en-lo-Uno y Uno-en-el-Todo; Ithaqua, El Que Camina Sobre El Viento; Lloigor, El Que Pisa Las Estrellas; Cthugha, que habita en el fuego; el Gran Azathoth... y todos habían sido vencidos y expulsados a los espacios exteriores, donde esperarían el día remoto en que, con ayuda de sus seguidores, podrían alzarse para vencer a las razas humanas y someter a Los Dioses Arquetípicos. Y me enteré también del nombre de sus esbirros: los profundos, que poblaban los mares y las regiones acuáticas de la Tierra; los Dhols; el Abominable Hombre de las Nieves, habitante del Tíbet y la oculta Meseta de Leng; los Shantaks, que huyeron de Kadath, en el Desierto de Hielo, por mandato de El Que Camina Sobre El Viento, llamado Wendigo, pariente de Ithaqua. Y me enteré, también, de su rivalidad, una y múltiple a la vez. Todo eso leí, y más, bastante más, entre otras cosas, una colección de recortes de periódicos sobre sucesos misteriosos que tío Sylvan aducía como pruebas de la verdad de sus creencias. Por otra parte, en las páginas de los libros me tropecé, también, con la curiosa sentencia que adornaba las decoraciones de la casa de mi tío: Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn. En más de uno de aquellos relatos, estaba traducida así: «En su morada de R'lyeh, Cthulhu muerto, sueña.»"
El sello de R'lyeh, August Derleth


jueves, 10 de marzo de 2016

RELATO: "Allan y el velo rasgado", Alan Moore






Allan y el velo rasgado


Alan Moore


Capítulo 1 - El muerto

Mientras la fina y lechosa luz de un cuarto de luna pelado jugaba sobre su cara apergaminada, el muerto se adentraba en el oscuro jardín de figuras recortadas, monstruoso y exageradamente grande, en los jardines ornamentales abandonados que se extendían por las ruinas del castillo. Las torres, que se habían derrumbado hasta convertirse en una pila de escombros, y las retorcidas espinas dorsales de las construcciones derruidas yacían por doquier de forma abyecta y senescente bajo la frialdad de la hoz lunar, que se diluía como la plata, de tal modo que hasta el muerto contuvo el aliento: no había pensado que el lugar hubiera cambiado tanto desde su fallecimiento. La hierba, oscura y malévola, se colaba entre las losas rotas del terraplén y, desde el centro de una fuente seca y humeante, un fauno de granito observaba, con la frente astada y manchada por las deposiciones de las palomas y la boca abierta como si cantara y embutida de enredadera.

Céfiros borrascosos peinaban los rizos de un gris herrumbroso del muerto mientras agitaban su larga gabardina curtida como si se tratara de una lona, de la cual se desprendía el polvo y perfumes ya borrados del Serengeti, que se mezclaban con la malsana niebla inglesa que pesaba en el aire del jardín.

Al mirar a los ojos de la estatua, ciegos y mancillados por los pájaros, le pareció verse reflejado en ellos: era la misma visión claramente pagana y joven de una fiereza gloriosa y a la que, igual que a él, traicionaba la edad. A la que traicionaba el tiempo.

Su mente estaba tan perdida en el ensueño y el pesar, que no oyó como la enorme puerta de roble comida por los gusanos que daba acceso al terraplén desde el castillo se abría detrás de él. Excepto por un hormigueo débil y apagado en la cicatriz de machete que recorría su nuca, justo debajo del pelo, no notó ninguna señal de que alguien le observara hasta que la mujer que se encontraba detrás de él habló con un tono de voz suave y bajo que hizo que el muerto se girara hacia ella, con ferocidad y asombro.

"Lady Ragnall le espera. Su Señoría estará encantada de recibirle en la biblioteca. Sígame, por favor."

La persona que había hablado era una negra impresionante, unos centímetros más alta que el mismo muerto, vestida con una larga falda de algo parecido a terciopelo esmeralda y adornada con brazaletes, abalorios y fetiches chillones, y que llevaba en su fina mano un candelabro parpadeante. Llevaba el pelo oculto por un turbante de tela de color turquesa, y, antes de que le diera la espalda y entrara en el silencioso pasillo del castillo decrépito, pudo ver las protuberancias dejadas por desfiguramientos rituales en sus mejillas, aunque no pudo identificar el particular diseño de las cicatrices con ninguno de ninguna de las tribus decoradas de forma similar que se había encontrado durante su estancia en África. No parecía tener ninguna opción excepto seguirla por los pasillos que se retorcían como intestinos, girando cada vez más profundamente en la masa decadente de este edificio que antaño había sido majestuoso y que ahora era una carcasa desierta y fantasmagórica.

Mientras caminaba vigorosamente para poder igualar las zancadas de la criada, el muerto se maravillaba ante el furtivo cuadro de desolación fantástica que el halo de la vela desvelaba a su alrededor. Aquí, ratas de ojos granates anidaban en los escombros de una enorme lámpara de araña rota que bloqueaba por completo el pasillo que tenían ante ellos. Más adelante, unos retratos olvidados hace tiempo colgaban en hileras junto a los murciélagos dormidos.
¿Cómo había llegado a este estado la opulenta hacienda de los Ragnall? Y lo que aún era peor, ¿cómo podía ser que su antigua amiga y mecenas, Lady Ragnall, todavía viviera aquí, en habitaciones agrietadas por la lluvia, entre impresionantes alfombras de Axminster que ya hacía tiempo que se habían pegado entre sí por culpa de los rastros del musgo, de babosas y del moho? Cuando apercibió por primera vez la reliquia iluminada por la luna que era el castillo, sintió una punzada de aflicción, ya que creyó que su sabia y culta compañera viuda habría muerto sin remedio, dejando que su hogar y sus terrenos ancestrales se perdieran en el gran y definitivo deterioro de la naturaleza desatada. Ahora, la aflicción quedaba substituida por una aprehensión creciente e insidiosa a medida que seguía a la mujer negra, apartada y silenciosa, entre los tapices colgantes y putrefactos, bajo un techo pintado al fresco que, de repente, daba paso a un mosaico de estrellas brillantes e indiferentes.
Finalmente, la belleza de ébano se detuvo ante un portal de cedro deteriorado por el humo, que el muerto reconoció porque había sido la entrada de la biblioteca del castillo, aunque ahora estaba decorada con lametazos grandes y goteantes de negro hollín, los restos de una catástrofe pretérita. Tras colocar una mano sobre la empuñadura de latón con forma de cabeza de león de la puerta, que ahora estaba cubierta de cardenillo, la criada volvió a dirigir su mirada equilibrada y fría al muerto, que se encontraba a sus talones. Iluminada por el brillo titubeante y amarillo del candelabro que llevaba en alto, ahora se podía ver con mayor claridad su cara huesuda, con las protuberancias de sus cicatrices rituales desenredándose como dos serpientes desde sus mejillas para dirigirse hacia sus sienes hasta retorcerse hacia adentro en la frente pelada y desnuda, juntándose en un punto entre sus ojos verdes y crípticos como el océano. Su glamour extraño y su autocontrol respiraban sobre las cenizas largo tiempo apagadas de la pasión del muerto, reavivando las brasas desde las frías cenizas que hacía tiempo que él creía extinguidas. Quizás si fuera más joven y tuviera menos cicatrices tanto en el cuerpo como en el corazón... Hizo una mueca y ahogó una risa amarga. Quizás si aún estuviera vivo... Los frutos lujuriosos y magullados de sus labios apenas se movieron mientras empujaba la puerta de la biblioteca arruinada hasta abrirla, y emitía sus primeras palabras desde que se encontrara con él en el terraplén agrietado por las malas hierbas.

«Lady Ragnall le espera dentro.»

Aturdido por lo extraño de su situación, se adelantó a ella hasta entrar en la habitación de techo alto que se encontraba detrás, donde, por un momento, se quedó deslumbrado por lo que parecía el centelleo de un millar de luces en cada esquina, decidiéndose mientras sus ojos se acostumbraban al brillo de docenas y docenas de velas de cera, de sebo rebosante, fabulosamente grotesco, dispuesto al azar sobre los diversos manteles, estantes y superficies que se encontraban en la biblioteca. En el centro de ese Armamento parpadeante, hundida entre las mantas raídas de una gran cama hecha con dos divanes juntados, se encontraba la forma delgada y alterada de Lady Ragnall, apenas reconocible a no ser por la animación danzarina de sus inteligentes ojos, totalmente hundidos en sus órbitas oscuras y arrugadas. Al mirar hacia arriba, su mirada rápida y voraz se posó sobre el muerto. Finalmente, con los labios apergaminados agrietándose hasta formar una sonrisa pintada, habló, con una voz fina y rasgada, aunque en cierto modo punzante, como un arpicordio roto.

«Querido Sr. Quatermain. Me alegro de que haya venido. Le estaba esperando, aunque el sentido común me advertía de que no lo hiciera.»

En ese momento, pareció que se le ensanchaba la sonrisa, adoptando un aspecto algo más resabido y taimado antes de volver a hablar.

«Decían que había muerto. Recibí una carta del hermano de Sir Henry, George, que me lo comunicaba. Aparentemente, murió un amanecer hace tres años, en 1886, a causa de unas heridas recibidas de forma valerosa, en un rincón más oscuro de lo habitual del continente más oscuro. Teniendo eso en cuenta, debo decir que tiene usted muy buen aspecto.»


El legendario cazador y aventurero restregó los pies con incomodidad y pareció esconder la cabeza en el cuello de su gabardina larga, que arrastraba por el suelo. En su respuesta se podía adivinar la leve sombra de un respingo.

«Ya tenía bastante. Supongo que me conoce lo suficiente como para entenderlo. De algún modo, toda la lucha, toda la gloria y los triunfos de mi juventud se volvieron demasiado pesados para mí. Era demasiado estruendoso y fatigante para alguien de mi edad, pero ¿qué podía hacer? Un mundo magnificado por los relatos generosos y hasta cierto punto exagerados del Sr. Haggard no podía dejarme descansar; y jamás toleraría pensar en un Allan Quatermain, ahora cano y chocho, podando sus rosas en algún estúpido suburbio. No, les di lo que pedían: una muerte heroica y una tumba descuidada en algún rincón inalcanzable y lejano del mundo. Tras haber proporcionado a mis admiradores un final adecuado, soy libre para vivir mi vida después de la muerte por mí mismo, me quede la que me quede.»

En ese momento, Lady Ragnall se incorporó laboriosamente hasta quedar apoyada sobre un codo en su nido de cubrecamas y almohadas. Entrecerrando los ojos, y con la cabeza inclinada hacia un lado como un pájaro, lo observó con sutileza.

«¿Entonces sólo era una invención? ¿Todo lo que George Curtis mencionaba en la carta que envió relacionado con un reino perdido llamado Zu-Vendis? Vaya, si me decía que Sir Henry Curtis era ahora el rey de allí y que nunca más volvería a estas islas. Decía que a usted le habían matado, igual que al amigo zulú del que me habló una vez. Se llamaba Umslopogaas, ¿no? Según contaba George, su compañero guerrero cayó heroicamente durante una lucha contra unos conspiradores que, de otro modo, le habrían quitado la vida a Sir Henry. ¿Es que esto era sólo una cortina de humo para acompañar su número de desaparición, Sr. Quatermain?»

Allan suspiró pesadamente y se sentó en el ancho brazo del diván a los pies de la cama improvisada de Lady Ragnall. 

«Ojalá fuera así. Yo mismo vi cómo mataban a Umslopogaas, mientras lanzaba a su enemigo, Lord Nasta, desde su parapeto, antes de alzar su hacha sangrienta, Inkosikaas, hasta sus labios para besarla, gritando «Muero, muero, pero ha sido una reyerta digna de un rey». No, eso fue real, igual que Zu-Vendis y el matrimonio de mi amigo Sir Henry con su reina, Nyleptha. Lo único que fue fingido es mi muerte, una argucia destinada a liberarme de mi reputación sofocante.»

Lady Ragnall apartó la mirada de Allan para dirigirla pensativamente hacia los rincones escondidos de la biblioteca envuelta en la penumbra de las velas, donde el explorador pudo observar que la criada nubia estaba ocupada encendiendo un fuego en el único corazón de mármol de la habitación. Se dio cuenta, no sin sorpresa, de que la chica estaba arrancando páginas de las ediciones infolio que estaban dispuestas en los múltiples estantes de la biblioteca para alimentar la tenue llama. La voz rasgada de la viuda reclamó de nuevo su atención hacia donde anidaba su frágil forma, en el catre desaliñado e improvisado.

«Y sin embargo ha vuelto aquí. Y me pregunto por qué.» Sus ojos, antiguos y sabios, reposaban de nuevo sobre Quatermain, y al cruzar su mirada, éste entendió que ella ya sabía la respuesta a la pregunta, y que no la engañaría con historias acerca de un regreso debido a la preocupación por su salud. Su respuesta fue breve y cargada de verdad.

«El taduki. He vuelto a por el taduki.»


Lady Ragnall sonrió. El taduki, el más extraño de los narcóticos, al que sólo ella tenía acceso. Con el taduki, uno podía rasgar el velo del tiempo y sumergirse en vidas anteriores, como la propia aventura de Allan con el Chico de Marfil iba a demostrar en breve. Con el taduki, uno podía escapar fácilmente al propio presente y circunstancias.

«Ah, el taduki. La droga es nuestra dueña, ¿verdad? A causa de la adicción al sabor de nuestras anteriores vidas, dejamos que las actuales se echen a perder. Yo dejo que mi castillo se arruine mientras el taduki me conduce por los meandros de la eternidad. Marisa me lo prepara, ya que los demás criados huyeron.»


En ese instante, Lady Ragnall hizo una seña a la mujer negra, que enseguida comenzó a juntar toda una serie de extraños cachivaches que se encontraban en el rincón más alejado de la biblioteca, y los dispuso en una mesa tallada baja junto a una butaca desgastada, al lado de la cama. Allan pudo ver una pipa, un brasero, y algunas hojas en polvo.

Marisa, la criada, encendió pacientemente carbón en el brasero. Miró significativamente a Allan a los ojos, y le entregó la pipa. Recostada en sus almohadas, Lady Ragnall observaba con una anticipación empática mientras el gran explorador aguantaba el cuenco para atrapar los humos del brasero, apretando los labios en torno a la boquilla elaboradamente decorada de la pipa. 

Marisa espolvoreó un pellizco de hojas en polvo sobre el brasero y, mientras se elevaban los vapores, Quatermain inhaló. El aroma instantáneamente familiar arrolló los nervios en el fondo de su cráneo, e, incluso mientras sentía cómo su actual personalidad se comenzaba a disolver ante las oleadas insistentes de la droga, supo que algo iba mal.


La biblioteca cayó mientras él se tambaleaba a través de un extraño y asqueroso abismo donde diluviaban estrellas lejanas y aullaban dioses terribles de la otra punta del Universo. Mientras la oscuridad farfullante lo engullía, el muerto comprendió que, esta vez, el taduki no ofrecía otra vida. Esta vez no ofrecía más que otra muerte, mucho menos heroica que la primera, pero también más definitiva. A lo lejos, como en otro mundo, oyó cómo la criada negra empezaba a chillar. 

Y entonces, nada, excepto una luz devoradora.

Capitulo 2 - Entre las ruinas del tiempo

En la carcasa del mohoso hogar de la biblioteca de Lady Ragnall, iluminada de forma lírica por los sonetos resplandecientes en su corazón, una pipa de taduki grabada de forma intrincada cayó de los dedos sin vida de Allan Quatermain, el gran explorador reputadamente muerto. Agachada a su lado y aguantando el brasero en el que las hojas arrugadas del taduki se habían convertido en humo, la criada negra emitió un grito repentino y desgarrador.
«¿Marisa? Mi querida niña, ¿qué ocurre?» Lady Ragnall, tan frágil como una reina egipcia exhumada, estaba sentada tan lejos como le era posible en su lecho provisional, formado por dos divanes gastados y pesados que habían sido juntados en el centro de la biblioteca iluminada por el fuego. Sus ojos húmedos estaban clavados con una mirada interrogativa y ansiosa en la criada que ahora estaba arrodillada al lado del cuerpo convulso y desparramado del viejo aventurero. Marisa quedó boquiabierta con horror ante el maniquí sin vida y sacudido que se retorcía ante ella, con los nudillos apretados contra sus labios tropicales, y la cara empalideciendo de forma visible de modo que los verticilos rituales de su hermosa desfiguración que sobresalían de sus mejillas de obsidiana se irguieron con un relieve oscuro. A través de las sombras congeladas en el suelo de la habitación, volvió la voz de garza de Lady Ragnall, ahora con mayor urgencia.
«¡Dime qué ocurre! ¿El Sr. Quatermain está vivo o muerto?» Marisa no podía hablar. Dado que había sido entrenada como sacerdotisa del taduki, la droga sagrada, en los confines más lejanos y occidentales del Congo antes de llegar aquí para asistir a la viuda en sus experimentos con el narcótico divino, se había tomado las visiones misteriosas producidas por la droga como una especie de segunda visión, y no siempre veía las cosas exactamente igual que los demás. Ahora, mientras la mirada descreída de Marisa se fijaba en el espectáculo ofrecido por el explorador curtido retorciéndose en el suelo de parqué, ésta observó un espectáculo del que ni ella ni ninguna sacerdotisa de su larga tradición había oído hablar, ni cuanto menos contemplado.
El cuerpo de Quatermain se había dado la vuelta. Por lo menos, ésa fue la primera impresión que tuvo Marisa al ver la gran profusión de órganos internos expuestos, y los huesos estallados de un esqueleto externo. Y sin embargo, cuanto más miraba la carnicería grotesca que se estremecía ante ella sobre las láminas de madera, menos segura se sentía. Ante sus ojos enajenados, parecía que estuviera ocurriendo algo más sutil y peculiar.
Por ejemplo, daba la impresión de que el hombre todavía tuviera piel en el exterior, aunque alterada de algún modo, hecha transparente para mostrar el interior del cuerpo... y, sin embargo, ésta tampoco era toda la verdad del asunto, como comprendió Marisa mientras observaba con una fascinación terrible. No era simplemente que uno pudiera ver a través de las capas exteriores del cuerpo.
Es que uno podía ver alrededor de ellas las vísceras que se encontraban en el interior, como si uno estuviera observando desde un punto de vista aventajado e inimaginable que permitiera ver dentro y fuera y que viera ambos aspectos a la vez. Se podía ver la cara de Quatermain, con un gesto de terror y aturdimiento congelado en sus rasgos, y, sin embargo, éstos estaban separados de la masa principal de la cabeza del explorador, como si fuera una sección aumentada de un diagrama. Mirando por encima de esos fragmentos de puzzle que colgaban en el aire, se podía ver la blancura marmórea del cráneo, el cual a su vez también presentaba una sección lateral que exponía el cerebro, desenrollado sobre un extraño plano espacial, que revelaba el córtex al desnudo, con la médula neural en el centro.
Cada pulgada del cuerpo atormentado del aventurero, tanto por fuera como por dentro, era visible por parte de Marisa, aturdida, con toda su elegancia íntima y asquerosa.
Y lo que era peor, si el hombre movía sus miembros de algún modo, se hacía aparente un fenómeno aún más horrible: cada gesto dejaba detrás, en el aire, un surco de imágenes de apariencia sólida, de modo que el movimiento de un brazo horriblemente traslúcido generaría un abanico de huesos, cada uno de ellos emplumado con un penacho nebuloso de venas, como las alas de un cisne fantasma, con una forma procedente de una geometría alienígena.
La forma no-euclidiana se agitó ante ella contraviniendo con tal violencia las leyes que rigen normalmente el espacio y la razón, que Marisa sintió cómo fluía en su interior una densa oleada de náusea. Cerrando los ojos con fuerza, obligó a su visión a volver a la normalidad, libre de las perspectivas grotescas que su percepción acostumbrada al taduki le había generado de repente. Cuando los volvió a abrir, el cuerpo de Quatermain se había convertido de nuevo en un sólido opaco y tranquilizador. De forma todavía ominosa, se arrastraba sobre el frío parqué de la biblioteca en un trance de apariencia mortal. Marisa oyó los gritos agitados de Lady Ragnall como si vinieran de lejos.
«¡Habla, maldita seas! ¿Qué le pasa al Sr. Quatermain?» Marisa miró confundida a su ama, con sus ojos de jade aturdidos y parpadeantes como cuando uno sale a la luz desde la oscuridad, o como cuando uno se despierta de un sueño místico.
«Discúlpeme, ama», balbuceó la criada. «Me ha atravesado una visión extraña y horrible. Tengo la impresión de que su amigo no ha sido transportado por la droga a una vida anterior, como había ocurrido anteriormente, sino que ha sido arrancado tanto del pasado como del presente, y conducido a una tierra de nadie que está más allá del tiempo, del espacio, o de nada que conozcamos.»
Entonces, Marisa calló, con la mirada gacha. El parlamento que había emitido la belleza de ébano era el más largo que había oído Lady Ragnall de sus labios en todos los años que llevaban juntas. Irguiendo su cráneo frágil, y como de pájaro, hacia un lado mientras hacía una pausa, para pensar, la viuda apretó por fin sus finos labios con decisión y ofreció su veredicto sobre el nuevo y preocupante giro de los acontecimientos.
«Entonces ve a buscar almohadas y sábanas para que, por lo menos, podamos poner cómodo su cuerpo. Si nos han arrancado de las manos el alma del Sr. Quatermain, entonces tenemos que hacer todo lo posible para recuperarla.»
Sin responder, Marisa se puso en pie y salió corriendo de la biblioteca parpadeante para cumplir con sus órdenes. En la habitación ahora no había ningún sonido a excepción del jadeo agudo y ruidoso de la propia aristócrata decadente, que todavía estaba sentada completamente erguida sobre la espuma amarillenta y rancia de las sábanas; se oía eso y la respiración mucho más débil del hombre tumbado en el suelo sin vida. Ay, querido Sr. Quatermain, pensó Lady Ragnall. ¿Qué continente oscuro está explorando ahora?
Quatermain había sentido cómo le arrancaban la consciencia del cuerpo, atrapada en el puño de diamante fantasmagórico de la droga. Había oído el grito de Marisa antes de que una luz fría y anuladora le barriera la consciencia. Ahora estaba perdido. A medida que recuperaba la sensibilidad, se encontró a sí mismo flotando, como una forma fantasmal en medio de un limbo violeta y débilmente resplandeciente.
¿Qué había ocurrido? Esto no era la inmersión acongojante en una encarnación pasada que le había proporcionado hasta ahora la droga. A su alrededor, se congelaban formas como de ensueño en una luz crepuscular y viscosa, materializándose a medias antes de disolverse de nuevo en una nada opalina. Helechos humeantes y espirales fantasmagóricas centelleaban en la frontera de la substancia.
Apenas había formado Quatermain el deseo consciente de una geografía navegable en la cual orientarse, cuando, de repente, el medio ectoplásmico que le rodeaba pareció temblar, cristalizarse y condensarse para formar un paisaje.
Bajo sus pies fantasmales, penachos lozanos de una hierba malva pálida crecían sobre un barro de un índigo vivo.
Una vegetación híbrida y nauseabunda, en la que se retorcían capullos a medio camino entre cardos y jibias, brotaba en los bordes espectrales. Seguramente, sólo se trataba de las ciénagas de la mente, un horrible mar de los Sargazos de la psique en el que las almas zozobraban en un cenagal astral. En algún lugar delante de él había voces, que murmuraban, y un fuego escaso que brillaba en las tinieblas sin estrellas.
Mientras avanzaba, el explorador pudo ver dos figuras incongruentes, encorvadas ante un fuego tenue y sin calor en el que ardían flores como calamares, con los tentáculos replegándose y marchitándose en las extrañas llamas verdes. A un lado de esa triste llama, estaba sentado un joven inclinado, cuyos rasgos lúgubres estaban apenas iluminados de forma extraña por el pálido brillo de la hoguera. Al otro lado de este individuo de ensueño, estaba sentada una persona todavía más extraña, con las piernas cruzadas sobre el césped malva. Se trataba de un hombre de constitución fuerte vestido con el uniforme de un gris polvoriento de un oficial sudista de la guerra civil americana. Ambos hombres miraron con sospecha a Quatermain mientras éste se acercaba.
«No pretendo hacerles daño», dijo apresuradamente el aventurero, al observar que las manos del capitán confederado se dirigían poco a poco hacia el sable que colgaba sobre su cadera. «Me llamo Allan Quatermain, y me temo que me he perdido. Díganme: ¿Dónde estamos? y ¿de dónde vienen ustedes? Estamos vivos, o muertos y en algún tipo de purgatorio que la religión no había predicho?»
En ese momento, las dos figuras sentadas cruzaron una mirada llena de significado antes de que el hombre más joven, el que estaba inclinado, contestara, con una voz y unos modales suaves y académicos.
«Me llamo Randolph Carter. Éste es mi tío abuelo John. Me temo que estamos tan perdidos como usted parece estar.» El joven pasó a hablar de una Nueva Inglaterra poco plausible del siglo veinte y de una vida gastada en la exploración en la reclusión del mundo de los sueños.
Durante dicha excursión a través de lo que el joven llamaba «las puertas del Sueño Profundo», se había extraviado de manera inconsciente en la actual tierra de nadie psíquica que antes desconocía. Allí se había encontrado con el fantasma o doble astral de su familiar lejano, un hombre que se había perdido de forma misteriosa durante una batalla el siglo anterior. En ese momento, el veterano de la guerra civil tomó el hilo del relato, con una voz imponente que era casi un susurro.
«No sé nada de ese siglo veinte del que habla Ralph. Lo único que sé es que me estaba muriendo en una cueva y que miraba al planeta Marte que colgaba justo encima de mí en el cielo gris del alba, con su fuerte luz sin parpadeo, entre las estrellas apagadas. De repente, me arrancaron de mi cuerpo, como si Marte atrajera mi alma hacia él... pero, en lugar de ello, acabé en este lugar triste y gaseoso, donde me encontré con Randolph, que según dice es mi sobrino nieto de Providence, Rhode Island. Y a continuación, aparece usted desde ninguna parte.»
«Yo no diría que desde ninguna parte», respondió Quatermain. «Provengo de la Inglaterra de la segunda mitad del siglo diecinueve.
Aparentemente, me he visto transportado aquí por una droga que he ingerido. Normalmente, genera visiones de tiempos pasados, pero en este caso, da la impresión de que me haya arrancado del tiempo mismo. Y lo que es más, toda mi experiencia como cazador parece indicarme que éste ambiente no es del todo amistoso.»
Señaló hacia las tinieblas más allá del halo verdoso de su fuego.
Algo pesado se estaba arrastrando a través de los hierbajos más lejanos. En otro lado, se oía un sonido seco, como el ruido de las pinzas de una langosta.
Un sudor nervioso perló el ceño del joven, y el pánico rasgó su voz de agudos tonos: «Me parece que estamos rodeados. ¿Qué vamos a hacer? No soy exactamente lo que se dice un hombre luchador.»
El soldado dirigió una mirada desdeñosa a su sobrino nieto.
«Parece ser que el clan de los Carter ha perdido el coraje desde mis tiempos. Será mejor que dejéis que me ocupe yo de esto.» 
Se oyó el silbido satisfactorio del acero cuando el Capitán de la Confederación desenfundó su espada. Quatermain, que no se arredraba ante un combate, alzó una rama ardiente de entre los helechos cubiertos de anémona que había en el fuego, describiendo arcos con ella en la oscuridad. 
El vaho de la llama esmeralda iluminó brevemente algo que parecía un ciempiés monstruoso de gelatina translúcida, con un racimo de renacuajos con una docena de ojos agrupados en un extremo y que brilló momentáneamente bajo la fantasmagórica luz turquesa. Y peores formas se movían sugerentemente en la oscuridad que se encontraba más allá de ella. Quatermain habló con voz baja y severa.
«Hay docenas de ellas. De algún modo, me temo que los palos y las espadas no nos sacarán de ésta. Tenemos que...»
Quatermain calló a mitad de la frase. Ocurría algo raro en las tinieblas que se encontraban ante ellos. Un débil impulso luminoso quebró la oscuridad estigia, haciéndose más fuerte y más regular a cada instante.
El explorador respiró entrecortadamente con incredulidad a medida que la peculiar palpitación de la luz se transformaba en una figura fantasmal, sentada en medio del aire sobre la silla de un artilugio deslumbrante de latón. El atuendo del hombre no era muy distinto de los de la época de Quatermain. La luz brillante que rodeaba al recién llegado y su nave pareció alarmar a las apariciones serpenteantes que se encontraban más allá del alcance del fuego, haciendo que se retiraran. En ese instante, el extraño se dirigió a los tres hombres.
«Suban a bordo. La sorpresa de mi llegada no detendrá durante mucho tiempo a esos horrores.» Tras una pausa, pensó en presentarse:
«A veces me llaman el Viajero del tiempo».

Capitulo 3 - Bajo la sombra de la esfinge

Con los nudillos blanqueados y apretados contra las barras de frío latón de la esfera abierta que los transportaba, los cuatro hombres se tambalearon a través de las pinceladas de color y las formas a medio definir que ribeteaban el lienzo de la Eternidad. En el exterior de los siglos regimentados, condujeron su vehículo de latón brillante y peculiar por la cascada del tiempo mismo, que surgía etérea entre el estampido apagado de los eones torrenciales, cegados por la lluvia centrífuga de los instantes. Allan Quatermain (o, por lo menos, su doble astral) se aferró al armazón trasero de su nave temporal, que iba lanzada, mientras el apresurado aliento de tormenta de las épocas en cascada azotaban y herían su mejilla curtida. Luchó consigo mismo para convencerse de que todo esto no era más que una aparición lunática invocada por el taduki, la droga secreta que había ingerido en la hacienda ruinosa de Lady Ragnall, donde todavía permanecía su forma mortal en un coma plagado de convulsiones, pero se esforzaba en vano. La veloz sima temporal y el extraño carruaje en el que él y sus compañeros sorteaban los rápidos de las horas eran demasiado inmediatos y reales como para que los considerara una simple alucinación.
El célebre explorador comprendió en su fuero interno que, si por un momento soltara los tubos de la montura de su vehículo, caería para siempre en el Infinito, donde se perdería entre gritos. No, esto no era ni una visión fruto del loto, ni un espejismo. Quatermain abrazó la barra y juró entre dientes.
A la derecha de Allan, pálido, jadeante y aferrado a la filigrana de estribor del navío temporal, se encontraba el cuerpo onírico del joven de Nueva Inglaterra que decía ser un viajero astral llamado Randolph Carter, y que había sido arrastrado hasta aquí desde el lejano siglo veinte. Agarrándose al armazón intrincado del vehículo y enfrente del joven pálido y tembloroso, a la izquierda de Allan, se encontraba la figura más masculina y robusta de otro viajero ectoplásmico, procedente éste del pasado reciente, de una época justo posterior a la trágica y sangrienta Guerra Civil americana.
Por alguna coincidencia del flujo temporal se hacía evidente que este personaje ceñudo y desgastado por la guerra, vestido con una gabardina ondeante del gris apagado de los confederados era un pariente, o mejor dicho, un antepasado del tímido estudiante de Rhode Island, ya que se trataba del tío abuelo desaparecido de Randolph Carter, John.
Quatermain se había encontrado con ambos hombres mientras erraba por el cambiante paisaje psíquico al que lo había transportado el taduki, poco antes de que les atacaran unos monstruos alienígenas repugnantes que parecían ser nativos de ese reino crepuscular. Tan sólo la intervención del individuo enigmático cuyo aparato capaz de viajar a través del tiempo los transportaba ahora pudo salvar a los tres náufragos oníricos de un destino casi inimaginable.
Ahora, Quatermain dirigió su atención hacia este último compañero de viaje, que estaba sentado a horcajadas sobre una silla en el centro de la forma esquelético de latón, y que reajustaba de forma experta los botones y palancas que brotaban del frío bronce de su equipo de control de la máquina. Se había llamado a sí mismo "El Viajero del Tiempo", y a juzgar por su vestimenta, parecía tener sus orígenes en algún momento cercano a la época de Quatermain, es decir la segunda mitad del siglo diecinueve.
"Aguanten", gritó su aseado timonel, por encima del aullido de miles de milenios. "¡Ya casi hemos llegado!"
El continuo parpadeante e incoherente que parecía girar y formar espirales a su alrededor pareció ralentizarse para formar un paisaje.
Un desierto yermo y siniestro, que no carecía de una belleza cautivadora, se extendía por todos lados por debajo de una bóveda celeste de constelaciones extrañamente alteradas cuando la nave de latón se detuvo por fin.
Quatermain y los demás descendieron vacilantes de ella sobre unas arenas de fina harina de huesos que, por lo menos, daban la sensación satisfactoria de solidez.
Alzándose desde el suelo calcáreo y descolorido cerca de donde descansaba su nave, yacía una estatua enorme y sin mácula de alabastro puro, que contrastaba fuertemente con el terciopelo sedoso y brillante de la noche.
La Esfinge blanca, supina en su plinto masivo, yacía con sus felinas garras delanteras descansando una sobre la otra y sus labios femeninos, cincelados con suavidad, arrugados débilmente en una sonrisa astuta, casi melancólica. Precisamente hacia ese icono abrumador y prístino es hacia donde se dirigía ahora el navegante del Tiempo animando a sus compañeros a que le siguieran con un gesto. Rechazando las protestas y preguntas tanto de Quatermain como de ambos Carters con un enérgico movimiento de cabeza, el viajero sacó de un bolsillo de su chaleco un llamativo dispositivo en forma de llave de cristal azul. Al orientarlo hacia la base de la estatua, altísima y sin ningún tipo de soldadura aparentemente se activó algún tipo de respuesta en el propio monolito. Una sección larga y trapezoédrica del plinto se extendió desde la masa central para alzarse con un zumbido suavísimo del mecanismo para mostrar la entrada a un interior tenuemente alumbrado escondido en el interior del pálido bloque de mármol. 
Al entrar en esta habitación escondida e inesperada y al animar a sus tres compañeros a que le siguieran a su interior, su nuevo amigo volvió a hacer un gesto con su llave de zafiro que hizo que el segmento abierto de la piedra blanca y pulida descendiera de nuevo hasta su posición inicial, encerrando al trío en una habitación iluminada con una luz dorada, que estaba escasamente decorada con un extraño estilo cuasi egipcio y prácticamente vacía, a excepción de unas tranquilizadoras pilas desordenadas de libros y otros efectos personales que, presumiblemente, pertenecían a su anfitrión.
Al sentarse él mismo sobre un nicho plagado de jeroglíficos, Allan observó un equipo ovalado de cristal en la pared directamente opuesta a su punto de observación. Igual que si la estructura de vidrio fuera algún tipo de espejo mágico, las imágenes nadaban con pereza a través de su superficie con forma de huevo que, tras algunos instantes, el explorador comprendió que se trataba de una vista que giraba lentamente del extraño desierto que se encontraba justo detrás de la habitación. Mientras miraba, la propia máquina del tiempo aparecía ante sus ojos y permanecía inmóvil sobre los desechos de color de hueso e iluminados por las estrellas. Allan supuso que el fin de esta fascinante pantalla de cristal consistía en permitir que los ocupantes de la Esfinge pudieran ver el reino exterior, pero apenas había dado forma a este pensamiento, cuando el viajero que los había traído hasta allí reclamó su atención; él se encontraba ahora en medio de la habitación que brillaba suavemente en una graciosa postura mientras observaba a sus huéspedes. «Sin duda, se preguntarán quién soy yo y, además, por qué les he traído a este sorprendente lugar.» Aquí, su rescatador se detuvo, como si quisiera ordenar sus pensamientos antes de proseguir. «Mi nombre no tiene importancia. Baste con decir que soy inventor, que antiguamente vivía aquí, en Londres, y que en las postrimerías del siglo diecinueve diseñé un aparato para viajar en el tiempo. He vivido aventuras en el futuro más lejano de la Tierra, tras las cuales, y después de una breve visita de despedida a mi propia época, me he internado aquí, en el flujo fantasmal de las décadas, convirtiéndome desde entonces en un explorador, de un modo muy similar al suyo.»
En este momento, el narrador hizo un gesto amable a Quatermain, el cual frunció el ceño con extrañeza a modo de respuesta, incapaz de contener su curiosidad.
«¡Espere un momento! ¿Ha dicho «aquí, en Londres»? ¿Quiere usted decir que esa planicie estéril que hay fuera es...?» Quatermain se apagó, incrédulo, mientras el viajero completaba por él la pregunta, con una sonrisa tristona. «¿Es Londres? Me temo que sí, aunque se trata de un Londres de una época, no unos miles de años, sino millones, después del declive de la metrópolis con la que usted está familiarizado. Tanto Londres como Inglaterra han desaparecido, y esos nombres ya no significan nada a causa de esos montículos color de tiza que nunca se acaban. Tan sólo esta Esfinge parece haber sobrevivido a los años, inmutable e invulnerable. Me encontré con ella... durante una encarnación previa suya... durante mi primera incursión en el tiempo, y desde entonces la he reformado para cumplir mis propósitos.»
«¿Y qué propósitos son ésos, amigo?»
El que hablaba era el áspero soldado confederado, cuyos ojos astutos y curtidos por la guerra no parpadearon mientras calibraba a su salvador. El científico cabeceó levemente, como si confirmara la pregunta del soldado y su obvia validez, antes de continuar. 
«Me temo que mi respuesta resultará escasamente cómoda. En pocas palabras, durante mis exploraciones del flujo cronológico, he descubierto algo terriblemente erróneo en el terreno del tiempo humano. Mis viajes por la corriente del ser me han llevado a la convicción de que nuestro propio Universo material, su pasado, su presente y su futuro, no son más que un plano con una estructura esplendorosa e infinitamente gigantesca que comprende nada más y nada menos que la totalidad de la Existencia, tanto en su manifestación física como en la espiritual. ¡Comprenderán cuál fue mi horror cuando descubrí que parece existir un agujero enorme, casi inimaginable, en el tejido de la Creación, y que determinadas atmósferas y entidades, que proceden de otro sitio, se están colando por ese pozo terrible y apocalíptico!»
Tras silenciar una exclamación de miedo y sorpresa de Randolph Carter, el viajero del tiempo prosiguió.
«Ustedes mismos se han encontrado con algunos de los engendros más insignificantes de esos seres viles y transexistenciales justo antes de mi llegada al plano astral al que sus diversas aventuras les han transportado. Sepan que les estaba buscando activamente. Ustedes tres son héroes, cada uno a su manera, y necesito desesperadamente ayuda en mis esfuerzos para evitar una mayor contaminación de nuestro Universo por parte de esos grotescos e indescriptibles seres extraterrestres.»
Quatermain le interrumpió. «¿Son ésas las cosas de las que habla?», dijo, señalando la pantalla ovalada.
En el ojo de cristal del dispositivo de visualización, la región previamente inmaculada que se encontraba más allá de la seguridad de la Esfinge se encontraba súbitamente anegada por una forma de vida insidiosa.
Unas formas simiescas horribles cuyo horror más grande consistía en la débil humanidad que todavía podía leerse en sus rostros albinos y descuidados se arrastraban por las dunas del exterior, incómodamente cercanas de la indefensa máquina del tiempo.
Con la mirada congelada sobre el cristal reluciente de su espejo de vigilancia, la voz de su anfitrión se elevó hirviendo de cólera mientras se dirigía a ellos.
«Son Morlocks. En otras épocas se les conocía como Mi-Go, o como abominables hombres de las nieves. Aunque no se trata de las entidades a las que me refería, aparentemente están a su servicio. No esperaba encontrármelas tan lejos en el flujo del Tiempo. Si queremos impedir que destrocen mi máquina, lo cual nos dejaría perdidos aquí, en los desolados límites de la Eternidad, debemos preparamos para combatir.»
En ese momento, el timorato estudiante de Rhode Island emitió una leve gemido de consternación, aunque su tío abuelo parecía más animado. El más viejo de los Carter sacó su sable del ejército de la vaina y sonrió. «Ya era hora», tal fue su única observación. Extrayendo una pequeña selección de herramientas pesadas de los rincones más escondidos de la habitación para poderlas utilizar como armas, el severo crono-nauta armó a Quatermain, al joven Carter y a sí mismo antes de introducir su llave de cristal azul en la puerta de la habitación.
«Prepárense a abalanzarse sobre ellos en cuanto eleve la puerta. Si podemos abrimos un camino hasta mi vehículo, les sacaré de aquí y les llevaré a una época más hospitalaria.»
En ese momento, la llave brilló una vez con una débil luz color de zafiro y el trapezoedro que hacía de entrada a la base hueca de la Esfinge se alzó sin emitir sonido.
Entonces todo ocurrió a la vez.
Quatermain salió corriendo a la arena de talco macilento, levantando nubes de polvo luminoso con sus talones. Con la pesada llave industrial que le había proporcionado su anfitrión, describió un arco letal con su brazo que destrozó la mitad de la cara simiesca y ciega que se abalanzó de repente sobre él desde las sombras. A un lado vio cómo Randolph Carter caía entre gritos con uno de los monstruos peludos y lívido colgado de la espalda, pero antes de que pudiera ayudar al joven, el tío abuelo de Carter salió de la oscuridad y decapitó a la bestia de un sablazo.
Ahora, el argonauta temporal ya había alcanzado su máquina, aunque no sin manchar de sangre, sesos y piel blanca de los Morlock su martillo de carpintero que tan bien enarbolaba. Estaba sentado a horcajadas sobre la silla y encendiendo el motor del vehículo temporal cuando tanto Quatermain como el Capitán Carter ayudaban a Randolph a tomar posición en el armazón del navío. El cielo estrellado del desierto sobre ellos parecía girar y formar torbellinos mientras la máquina comenzaba a elevarlos lejos de su situación desesperada.
Fue entonces cuando Quatermain notó que algo chocaba contra él desde detrás. Mientras unos brazos simiescos y níveos aferraban su cuello, se dio cuenta de que los monstruos pálidos como larvas habían subido a la máquina del tiempo.

Capítulo 4 - El abismo de las luces

Quatermain sabía que en realidad su cuerpo mortal estaba en otra parte, en el mundo sólido, y que sin duda estaba en coma sobre el suelo de la biblioteca arruinada e iluminada por las llamas de Lady Ragnall, víctima de una sobredosis de la droga que retuerce el tiempo, el taduki. Aunque la forma que habitaba ahora mismo había sido modelada para recordar en todos los aspectos a la carcasa carnal del viejo explorador, incluyendo la ropa que la recubría, Allan sabía que se trataba de algún tipo de constructo astral creado a partir de la materia de los sueños, y el cual, presumiblemente, tenía tanta substancia como la fantasía de un instante. Aún así, una terrible aprensión que nacía del corazón mismo de su ser le decía que, estuviera donde estuviera, y con total independencia del estado sobrenatural al que hubiera ascendido, seguían existiendo cosas que podían dañarle. Y que, incluso, podían matarle.
Una de dichas criaturas, una monstruosidad neandertal albina a la que el nuevo compañero de Quatermain, el Viajero del tiempo, se refería como Morlock, se abalanzaba ahora sobre el curtido aventurero con las mandíbulas abiertas de par en par, que mostraban algo que parecía ser tan sólo largos caninos, de los que goteaba un hilo desigual de saliva lechosa y opaca.
Todo había sucedido demasiado rápido. Tras quedar exiliado de la consciencia normal por el taduki, Quatermain se había encontrado a sí mismo en un paisaje escalofriante y metamorfoseante en el que se había encontrado con dos almas descarriadas más, la del timorato soñador de Nueva Inglaterra, Randolph Carter y la del hosco militar confederado que, según se intuía, era el tío de Carter, John, que se suponía que había muerto hacía tiempo. Tras ser atacados por horrores nativos de dichas latitudes cambiantes y crepusculares, fueron aliviados temporalmente por la llegada del hombre que se hacía llamar a sí mismo el Viajero del tiempo, el cual viajaba a horcajadas sobre el vehículo de latón, desafiando al torrente de los eones. Primero los transportó por la corriente temporal hasta su base de operaciones en el enorme plinto de una esfinge tallada y enigmática, tras lo cual el Viajero les advirtió de un terrible defecto en el mismísimo espacio-tiempo, un agujero profundo creado en el tejido mismo de la existencia a través del cual horrores inimaginables del más allá amenazaban con colarse con fuerza cobrando una existencia material grotesca. El Viajero apenas había terminado su relato cuando su santuario quedó invadido por completo por los siervos brutales de las monstruosidades transdimensionales, seres simiescos pálidos y de paso pesado a los que el Viajero había llamado Mi-Go, o Morlocks. Uno de ellos había saltado a bordo del vehículo de estructura de latón del Crononauta justo cuando empezaba a transportar a los cuatro hombres a algún lugar seguro, y ahora agarraba frenéticamente a Quatermain mientras colgaba entre rugidos de una barra del navío temporal con el asesinato escrito en sus ojos ciegos y cataráticos.
El siguiente golpe de la criatura barrió el hombro de Quatermain, y una repentina y punzante humedad le indicó que sus miedos estaban fundados. Estaba sangrando, aunque la sangre, presumiblemente, no pertenecía al cuerpo, sino que se trataba de un fluido espiritual aún más precioso que recorría el alma humana. Al fin y al cabo, en este lugar sí que existían cosas capaces de dañarle. Y lo que es peor, parecía que podían dañarle en modos e intensidades que nunca había imaginado. ¿Podía un espíritu morir desangrado? ¿Con una muerte verdadera y definitiva, más allá de cualquier esperanza de resurrección? No tuvo tiempo de adentrarse en tales complejidades metafísicas antes de que la criatura simiesca se abalanzara una vez más sobre él entre chillidos.
El navío temporal dio un bandazo, pues el peso del Morlock lo desequilibraba y, pegándose a los extremos más alejados del artefacto, tanto el capitán de la confederación como su asustado sobrino gritaron con rabia y alarma respectivamente. Mientras se peleaba con los mandos del artefacto, el argonauta del tiempo gritaba algo, pero entre los rugientes vientos del tiempo y los gruñidos del adversario infrahumano de Quatermain, el explorador no pudo entender los gritos del timonel. La bestia ciega atenazaba el abrigo de Allan, y tiraba de forma inexorable del humano, que se debatía, acercándolo a sus dientes horribles y atenazadores.
La mano con la que agarraba el armazón de latón del vehículo se deslizó peligrosamente unos cuantos centímetros antes de que Quatermain pudiera frenarse y asirse con más fuerza, y el explorador comprendió que, si no se las arreglaba para invertir la situación rápidamente, caería de la nave hacia el caos encrespado y sin fondo a través del cual se precipitaba el artilugio.
Al recordar la gran llave inglesa que todavía llevaba en su mano libre, Quatermain balanceó su brazo describiendo un arco pesado e implacable que afortunadamente chocó con un sonido sordo con el pómulo cubierto de una greña blanca del monstruo, el cual se derrumbó tras el impacto.
Revolviéndose contra la barandilla para asirse, frenético y con una agonía invisible, el Morlock sólo tuvo tiempo de emitir un aullido de terrible dolor similar al de un perro solitario antes de que la fuerza del revés de Allan golpeara su sien liberando un chorro de cerebro similar a un puré de gachas. 
Entre las convulsiones y los retortijones de sus espasmos mortales, el monstruo agarró con fuerza los tubos del armazón del navío temporal mientras su cuerpo, grotesco y atrofiado, comenzaba a caerse con un aire casi mayestático de inevitabilidad por el vacío torrencial que chirriaba a su alrededor. Con una sensación de anticipación inevitable y desesperante, el explorador comprendió lo que iba a ocurrir e intentó en vano arrancar el abrazo mortal de la criatura de la barandilla con la llave inglesa, aunque en su fuero interno sabía que era demasiado tarde.
El fino tubo de latón se quebró a causa del peso inerte de la criatura, y finalmente se desgarró por una agarradera con un chirrido desgarrador y una enorme gota de lo que a Quatermain le pareció un vapor prismático, centelleante y que, a la vista, parecía compuesto de lentejuelas.
Agazapado sobre los mandos, el Viajero miró a su alrededor para observar los daños de su vehículo, y su cara empalideció de miedo cuando posó los ojos sobre la raja siseante en el armazón de su vehículo temporal.
Al separarse por fin sus dedos gruesos y grises del tubo dañado a causa de la fuerza succionadora generada por la hélice del vehículo, el Morlock muerto quedó desgarrado con una ferocidad increíble en la estela del vehículo, entre los penachos enfurecidos de vapor o plasma reluciente que fluía de la fisura que había causado la bestia sin vida.
Ante el horror de Allan, mientras miraba cómo caía el cuerpo descolorido, alejándose de él, vio que éste estaba sufriendo algo que sólo podía describirse como un florecimiento antinatural. Empezó a brotar algo que parecían mil cabezas, cuatro mil miembros e incontables dedos formando un rastro sólido y orgánico detrás del monstruo tambaleante, que se convirtió en una forma alargada, casi como un ciempiés, que se retorcía de forma grotesca sobre sí misma mientras se alejaba para convertirse en una mota lívida en el remolino furioso e impresionante de los siglos que explotaban detrás de ellos. Era casi como si cada instante, cada parte de la trayectoria del Morlock, estuviera grabado en el espacio que quedaba detrás del mismo mientras se alejaba haciendo espirales a través del Ahora increíble y eterno de la cuarta dimensión, a través de ese hipermomento constante e inacabable en el que la creación y el abismo terrible y sin fondo de la historia están contenidos.
Quatertnain tuvo que forzarse para apartar su atención del espectáculo del Morlock que se alejaba, pero había asuntos que atender. El artilugio parecía perder altitud, si es que puede decirse que existía algo parecido a la altitud en ese dominio desconcertante. El vapor extraño y espectral se retorcía ahora hacia arriba desde el accesorio con mandos, y un horrible hormigueo en la suela de los zapatos de Allan le hizo entender que estaban cayendo. Caían lentamente, en apariencia, como si lo hicieran a través de un medio espeso y viscoso, pero caían al fin y al cabo. Ahora oía las imprecaciones fruto del pánico del Viajero, que se encorvaba sobre los controles por encima de los aullidos de velocidad de su caída.
«Estamos perdiendo energía. Estamos cayendo hacia el caldo temporal inerte que se estanca por debajo del transcurrir de la corriente impulsivo de la historia. Será mejor que se agarren a algo con fuerza. No sé cuánto tiempo seguiremos cayendo.»
En ese momento, con la frente perlada por una transpiración nerviosa, el joven estudiante Randolph Carter de Rhode Island se puso a hablar, con voz alta y temblorosa.
«Estamos cayendo a través del tiempo mismo, ¿cierto? ¿Cómo sabe que no estaremos cayendo eternamente?»
El silencio lúgubre del Viajero fue la única respuesta. Hicieron lo que les había pedido y se agarraron con fuerza a los tubos rotos del navío temporal mientras continuaba su caída lenta e inexorable hacia el remolino oscuro y nebuloso de tiempo crudo y errático que se encontraba bajo ellos. Aunque apenas resultaba posible en esos aprietos medir los momentos que pasaban, no pareció pasar mucho rato antes de que la voz áspera del mayor de los Carter sacara a los demás de su torpor desesperante y desolado mientras miraban hacia la devastación sin fondo ni esperanza que los rodeaba.
«Veo algo debajo de nosotros. Si se trata del remanso del tiempo, tal como nos ha comentado nuestro amigo, el viajero, supongo que lo que estoy viendo debe de ser algún tipo de gas de pantano.»
Apretando sus ojos salpicados de pizarra, Quatermain echó un vistazo a la profunda sima que había debajo.
Algo se acercaba, aunque no era capaz de saber si dicho fenómeno se acercaba a ellos a través de las tinieblas crónicas, o si eran ellos los que se hundían en ello.
«Tiene razón. Veo luces de colores, como de farolillos, que se acercan a nosotros. ¿Qué demonios son?»
Esta última observación de Allan estaba dirigida al propio Viajero del tiempo, que frunció el ceño y sacudió lentamente la cabeza mientras las extrañas luces se acercaban aún más.
«No lo sé. Es un fenómeno con el que no me había encontrado antes. Vaya, tienen una forma casi geométrica. ¡Cuidado! ¡Hay una que viene hacia nosotros!»
Los cuatro hombres contuvieron el aliento y observaron con sorpresa cómo una de las formas brillantes se elevaba lentamente por encima de ellos a estribor de su vehículo.
Tal y como había observado el Viajero del Tiempo, se trataba de un objeto sólido de forma perfectamente geométrico, posiblemente un dodecaedro, que era fácilmente cincuenta veces más grande que su propio artilugio. Estaba iluminado suavemente desde el interior mediante un brillo amarillo pálido que recorría las caras del cuarteto con un lustre amarillento y extraterrestre mientras se agarraban, en silencio y boquiabiertos, a los tubos y barras del navío temporal.
El Viajero silbó suavemente, mientras expulsaba el aire de sus pulmones.
«Es un cronocristal. Una excrecencia matemática tetradimensional en el flujo pentadimensional que subyace a toda la existencia. Siempre había tenido la teoría de que tales cosas eran posibles, pero comprobar de forma tan espectacular que mis hipótesis eran correctas...»
Se fue apagando mientras dos formas incandescentes e inmensas más, una azul y otra de un malva delicioso, flotaban por encima de ellos con una gracia masiva y escalofriante. Mientras los ojos de todos los demás se posaban en las brillantes maravillas geométricas que ya se alejaban, tan sólo el nervioso e inquieto Randolph Carter, tras mirar hacia abajo, pudo dar la alarma.
«¡Dios mío! ¡Una de esas cosas viene por debajo directa hacia nosotros!»
Los miedos del tímido escolar se vieron confirmados, de forma catastrófica, casi a la vez que los emitiera. Con un choque estrepitoso y con el chirrido del latón que arañaba el cristal, su artilugio impactó con la superficie superior de una joya lúcida y colosal, un teseracto de amatista radiante y acuosa que Quatermain calculó debía medir más de 200 metros de diámetro mientras recuperaba el equilibrio de forma insegura sobre la planicie dura y pulida de silicato púrpura como el marisco sobre la que le había lanzado el choque de su artilugio con este metaobjeto gigante. Poniéndose en pie, notó como la superficie de cristal cantaba débilmente bajo sus palmas y comprendió que se trataba de un asunto de mayor envergadura que aquéllos a los que estaba acostumbrado.
No muy lejos, tanto Randolph Carter como su tío también se enderezaban, mientras cerca de allí, el Viajero del Tiempo, que aparentemente no estaba peor que ellos, emergía de las tuberías dentadas de su fabulosa invención. Allan observó que un delgado hilo de sangre resbalaba lentamente por la frente del Viajero, que es la parte de su cabeza que parecía haber entrado en contacto con los controles del navío, aunque el explorador pensó que la herida no parecía grave. De hecho, el astronauta temporal bailaba de un lado a otro con un gran entusiasmo sobre la superficie de la gema ciclópea sobre la que habían varado, mientras escrutaba sus profundidades con excitación.
«¡Miren, responde ante nuestra presencia! Veo imágenes moviéndose en las facetas internas que se encuentran bajo nuestros pies.»
La voz del Viajero vibraba con la excitación pura del descubrimiento. Cuando Quatermain y los otros dos hombres miraron en la bola de cristal sobre la que estaban, se dieron cuenta de que el Viajero del Tiempo tenía razón. En el fondo del cristal, iban apareciendo imágenes que se transformaban en un lento caleidoscopio.
La atención de Allan se centró en una viñeta en particular: un anciano desgastado y casi esquelético estaba estirado sobre un jergón en lo que parecía una alfombrilla beige de un fumadero de opio, con una pipa fina agarrada entre unos dedos sin vida. Agazapada al lado del hombre, una mujer impresionante con un pañuelo largo y rojo parecía estar hablando con apresuramiento con el cadáver en ciernes. Cuando Quatermain se dio cuenta de que la criatura destrozada y drogada que estaba ahí tirada, sobre la mugre y rodeada de bichos, era él, tuvo un repentino acceso del más puro horror.
«Es un aleph», suspiró el Viajero del Tiempo, casi en éxtasis. «Observen, amigos, el mismísimo punto de apoyo del Tiempo. ¡Echen un vistazo, si se atreven, al ojo de diamante de la Infinitud!»

Capítulo 5 - La chispa en el ojo de la fortuna

Las llamaradas bien alimentadas de los manuscritos y libros in-folio en el hogar de la biblioteca en ruinas de Lady Ragnall lamían con una docena de lenguas de luz bronceada la mejilla sin vida y perlada de sudor de Allan Quatermain, el explorador antaño famoso y que ahora se daba por muerto, que se encontraba extendido sobre el parqué estropeado y cubierto de polvo del suelo de la biblioteca. La misma viuda, que estaba oculta por el montón de ropa de cama de los sofás encarados y que escrutaba la forma inconsciente del aventurero buscando un resquicio de vitalidad, no estaba del todo segura de que el fallecimiento de su amigo fuera la impostura a los ojos del mundo que él había pretendido que fuera.
Estirado como estaba ante ella, demacrado, quieto y casi sin aliento, de repente la muerte de Allan Quatermain parecía más que creíble.
Su Señoría también tenía su experiencia personal a la hora de fingir su muerte para frustrar las groseras intromisiones de los vivos, ya que había representado su propio final algunos años antes para vivir desde entonces en una reclusión dichosa y sin molestias mientras los pilones majestuosos del Ragnall Hall caían en ruinas voluptuosas a su alrededor, atendida tan sólo por la belleza de obsidiana, similar a una estatua, llamada Marisa que en ese mismo instante se inclinaba al lado de su huésped comatoso, y paseaba por la mejilla del mismo unos trapos húmedos mientras murmuraba entre dientes con el extraño cántico de su propia lengua. La frágil aristócrata supuso que Marisa estaba urdiendo encantos en su lengua materna para atraer el espíritu ausente o raptado de Quatermain desde los reinos extraños y peligrosos a los que le había transportado su último flirteo con la droga taduki.
Marisa, inclinada y con el brillo de la retórica ardiente y la poesía del hogar que proyectaba manchas de luz temblorosa sobre el vello de su piel, suntuosa y como de carboncillo, era la única fuente del peculiar narcótico que trascendía el tiempo, la misma droga a la que mostraban síntomas de adicción Lady Ragnall y ahora, y en apariencia, el amigo explorador de su Señoría. Quatermain, que se suponía había muerto en alguna región remota, inalcanzable y como de fábula del globo había llegado, no obstante, a Ragnall Hall donde, a pesar de la supuesta muerte de su moradora, conservaba aún la esperanza extrema de encontrar una última pista, un residuo de lo que deseaba: el taduki, la misteriosa substancia mediante la cual los hombres y las mujeres pueden escapar de los confines de sus vidas, épocas e identidades, tal como el propio Allan había experimentado en diversas ocasiones en el pasado. Al encontrar a Lady Ragnall con vida y con un buen suministro del extracto de planta necesario, el aventurero posiblemente había dado su consentimiento demasiado rápido y con demasiada convicción. Ahora se estiraba, rígido y casi muerto, en el suelo, al lado de Marisa, mientras ésta le enjugaba elceño y susurraba hechizos extraños y lejanos sobre lo que parecía su cadáver.
Se preguntaba dónde se encontraba, a qué reino del gran país espiritual había sido transportado. Enjugando su barbilla entrecana, en la que se había secado el vapor, notó una débil contracción, casi imperceptible, en el rabillo de sus ojos, como si una especie de polilla de ensueño se debatiera en la telaraña de su sueño. Cuando, un instante más tarde, los párpados legañosos temblaron y se abrieron, la belleza negra detuvo sus cánticos susurrados, y sus ojos se cubrieron de lágrimas de alivio, con agradecimiento porque los espíritus inmortales les hubieran devuelto a su amigo.
Y luego con miedo.
La joya temporal fue a la deriva en la resaca del veloz tiempo presente y permaneció suspendida, flotando tranquilamente en la orilla espumosa y desgastada del oleaje desatado del Tiempo. El cristal violeta y masivo, con toda su grandeza enigmática y muda, se elevó lentamente, como una burbuja en un medio viscoso y espeso como la melaza, un derrame inacabable de ámbar cuyas bordadas centelleantes y fluctuantes se abrieran por todas partes en el juguete en ascenso. Sobre la parte superior lateral de la gema temporal, igual que las moscas alrededor del ornamento colgante de una araña, se habían posado pequeñas motas, que formaban una silueta ennegrecida recortada en el brillo de amatista de su entorno. Dichas motas eran cuatro hombres y los restos devastados del artilugio ahora desplomado que les había transportado hasta ahí, todos ellos alojados sobre esta piedra púrpura y llena de facetas y, por decirlo de algún modo, abandonados.
Arrodillándose sobre la suave y fría cara superior de la enorme perla cincelada, Quatermain miró hacia abajo con incredulidad observando las escenas y formas que fluían y cambiaban, en apariencia bajo la superficie de la meseta traslucida y luminosa que se encontraba debajo de él. Visiones de su pasado, de momentos cristalizados en la substancia de la gema temporal, se entremezclaban con visiones de algo que parecía ser su propio futuro, con episodios vívidos y extraños tales que el aventurero no había visto jamás en su vida mortal hasta la fecha, y que ni tan siquiera se había atrevido a imaginar.
Viñetas impresionantes de incidentes que recordaba de viajes con su fallecido y llorado amigo Sir Henry Curtis se fusionaban sin intermedios con horribles visiones de una vida todavía desconocida.
Se vio a sí mismo, un esqueleto adicto al opio, sacado a rastras de un antro de drogadicción salvaje de la mano de una mujer inglesa pequeña pero terriblemente atractiva, con el capullo de rosa formado por sus labios teñidos de rosa y en forma de corazón apretado en un mohín de desaprobación que parecía constante. Se vio a sí mismo luchando por su vida, a bordo de un navío celestial grande y terrible sobre una ciudad oscura e ignorante; luchando sobre los aparejos fustigados por el viento con un rifle grande y de construcción imposible que parecía disparar un arpón tras otro. La mujer del anterior fragmento se mantenía a su lado, con su cuerpo apretado contra el suyo en la noche aulladora.
La visión cambió. Ahora observaba una bestia infrahumana y repugnante que vestía de forma absurda con los restos de lo que parecía ser un traje de noche. La criatura bramaba y reía de forma asquerosa mientras atacaba a una especie de gran cosa metálica a la que Quatermain no podía darle coherencia visual. Otras sombras se movían recortadas sobre un cielo iluminado por las llamas, masas metálicas y brillantes aguantadas por algo que parecían las patas larguiruchas de unos monstruosos flamencos de hierro. Todavía no había tenido tiempo el explorador de comprender que estaba presenciando un futuro apocalíptico y espantoso, que la imagen ya cambiaba.
Ahora veía a la pequeña y determinada mujer, que ya le era familiar, cubierta con una simple sábana sucia y chillando, superada por el horror, en lo que a los ojos experimentados de Quatermain parecía el interior de un edificio oscuro y rural, posiblemente en las Américas. Sobre los maderos pelados del suelo y de las paredes podían verse inscritos símbolos arcanos realizados con fluidos nocivos y sin nombre, y en un rincón lejano de la habitación se oían unos golpes. Quatermain se vio a sí mismo gritando con tanta intensidad como la mujer mientras combatía con una forma cubierta de tentáculos y retorcida que parecía salir de algún modo de las paredes de la hacienda en ruinas.
Para su sorpresa, había otro hombre que parecía ayudarle en este horrendo conflicto, cuyos rasgos creía conocer Quatermain.
Alzó la vista desde las imágenes fascinantes e hipnóticas que se arremolinaban en la superficie de la gema y miró a otra de las figuras perdidas que estaban atrapadas junto a él en la cara superior de la joya temporal, el joven visionario de Nueva Inglaterra, Randolph Carter.
Al volver a mirar el horrible incidente que se describía en la gema, Quatermain sacudió la cabeza con incredulidad. El hombre que le ayudaba contra la pesadilla retorcida de la hacienda era idéntico al pálido joven que estaba agazapado no muy lejos del explorador, mirando en las profundidades del cristal que se encontraban debajo de él y absorbido por sus propias visiones, con la cara, larga y mal iluminada, transfigurada por un terror luminoso. ¿Podía ser que Quatermain y Carter fueran a encontrarse en un momento futuro en el mundo material, luchando codo con codo en un combate todavía por ver e insondable? ¿Acaso este atolón con forma de diamante y que iba a la deriva mostraba realmente cosas que todavía estaban por suceder? ¿Eran las extrañas y cambiantes imágenes que nadaban en las profundidades chispazos genuinos y proféticos que bailaban en el ojo centelleante del futuro, la fortuna y el destino?
Randolph Carter, que estaba perdido en su propio manantial de visiones, gruñó con reconocimiento y añoranza cuando vio ante sí, en la joya, la imagen familiar de su Arkham nativa, con sus tejados holandeses iluminados por los últimos y largos rayos del atardecer. Y pensar que, en su forma mortal, estaba ahora mismo dormitando en ese lugar amado, y que nada, excepto su yo espiritual extraviado, le retenía en esta meseta centelleante de almas perdidas, donde imágenes fantasmagóricas de horrores pasados o futuros se deslizaban por la superficie violeta que se encontraba ante él. ¿Por qué no podía irse de ahí para despertarse en su cama en Nueva Inglaterra? Si tan sólo tuviera una voluntad más fuerte, y fuera más temerario, como su tío John...
El mayor de los Carter estaba agazapado cerca de allí y miraba con asombro las escenas de unos desiertos rojos y extraños, princesas semidesnudas y cubiertas de rubíes y hombres enormes y verdes que tenían demasiados brazos, y que fluían en el suelo helado que se encontraba debajo de él.
Al oír el gruñido de Randolph, miró con agobio hacia su timorato sobrino, para retroceder con cierta sorpresa al darse cuenta de forma alarmante de que el muchacho estaba empezando a volverse transparente, como si estuviera desvaneciéndose progresivamente. De hecho, mirando a través del cuerpo agazapado del jovenzuelo, el Capitán Carter pudo ver claramente cómo el cuarto miembro involuntario de su entorno, el hombre que los había traído hasta allí y que se hacía llamar Viajero del tiempo, se afanaba con la estructura dañada de su artefacto para viajar en los eones, detrás del Randolph Carter. El confederado de mirada acerada juró entre dientes y llamó a sus compañeros.
"¡Miren! ¡Mi joven sobrino está desapareciendo a ojos vista!"
Quatermain y el afanado y distraído crononauta apartaron la vista de sus distracciones para observar con asombro cómo el lunático y pálido joven de Nueva Inglaterra desaparecía en un abrir y cerrar de ojos, dejándolos tan sólo a ellos tres sobre la inapreciable roca a la deriva. El Viajero del tiempo parecía estar mortificado, como si la desaparición del joven Carter hubiera tenido que estar prevista.
"Debería habérmelo imaginado. Dado que ustedes no están inmersos de forma física en esta dimensión como yo y mis máquinas, cuando se despiertan de sus curiosos sueños, o de sus paseos astrales, o del estupor provocado por las drogas, desaparecen de este lugar. Tan sólo yo tendré que quedarme aquí hasta que mi dispositivo esté reparado."
El hosco confederado absorbió esta información, mirando soñadoramente hacia donde las visiones de una vida futura continuaban goteando de forma ininterrumpida bajo el hielo púrpura. Una mujer de ojos oscuros cabalgaba con los pechos al aire sobre un gran reptil de seis patas bajo dos lunas. Tomó una determinación en su interior.
"¡Miren! ¡Ahora también se va el otro Carter!" Quatermain agarró la manga del Viajero y señaló al alto oficial de caballería mientras se volvía más fantasmal y desaparecía de la vista repentinamente. El Viajero sacudió la cabeza.
"Quería advertirles de la amenaza a la que se enfrenta nuestro Cosmos, procedente del Universo de más allá, donde se retuercen y aúllan horrores de otro mundo.
Ahora se habrán ido antes de que pueda contarles aunque sea una fracción de las cosas que necesitan saber para asistirles cuando se enfrenten, por fin, a su adversario."
Quatermain escuchaba a duras penas, y en vez de hacia ellos, miraba hacia atrás, hacia el diorama inexorable que se desplegaba en el espejo violeta bajo sus pies. Las visiones parecían ahora más familiares que las anteriores.
Se vio a sí mismo llegando a las ruinas del Ragnall Hall y cómo se encontraba con la grave Marisa y su candelabro. En otra faceta de la gema, se vio a sí mismo inhalando la droga para caer más tarde desmayado, asistido en su sueño por la criada. En otra parte de la joya, vio...
"¡No! Dios, ¿qué tipo de monstruosidad es ésta?"
El veterano explorador se apartó del horrible drama que se desarrollaba en el cristal debajo de él. Estaba dominado por la convicción indiscutible de que debía regresar a la biblioteca de Lady Ragnall y a su forma consciente.
Apenas había dado forma a este pensamiento, que él también comenzó a hacerse transparente, y a disolverse como la niebla del alba ante los ojos decepcionados del Viajero del tiempo.
El argonauta temporal caminó hasta el punto de la superficie de la piedra preciosa gigante en el que había desaparecido su anterior compañero, Quatermain. El Viajero se preguntó qué había causado la terrible y repentina expresión del aventurero en los instantes antes de que abandonara esta realidad. Miró hacia abajo, más allá de las punteras brillantes de sus zapatos, hacia las profundidades del cristal. La imagen parecía la de una biblioteca en ruinas. Dos mujeres, una de belleza árabe y otra similar a una arpía desgastada, se encogían contra una de las paredes más alejadas de la biblioteca. Dirigiéndose hacia ellas dando bandazos, fantasmagórico a la luz del hogar mientras se arrastraba, invertido, como un cangrejo monstruoso por el suelo de la habitación, con los labios apretados hacia atrás para croar sílabas alienígenas y enervantes, había...
El Viajero del tiempo dio un paso hacia atrás de forma involuntaria, separándose de la imagen fantasmagórica y tragando saliva con dificultad. Esto no podía estar sucediendo. ¡Pero si no hacía ni un instante que el viejo explorador se había separado de su cuerpo en el mundo natural! ¿Cómo podían haber atacado tan rápidamente sus enemigos? Haciendo de tripas corazón, miró una vez más en el cristal.
El cuerpo asqueroso y retorcido que avanzaba por la biblioteca hacia las mujeres era claramente el envoltorio mortal de Allan Quatermain. Pero la inteligencia alienígena y grotesca que miraba desde los ojos llenos de odio e inflamados...
No era en absoluto la de Allan Quatermain.

Capítulo 6 - El despertar

Tan sólo tenía una mínima apariencia de un ser, de una identidad. En reposo, y en su estado natural, era una simple faceta de algo que podría definirse como una idea consciente de sí misma, un símbolo compuesto viviente que tan sólo existía en las profundidades más abismales de la mente humana, o en los océanos inmateriales, extraños y desenfrenados a los que daban acceso dichas profundidades. Los escasos exploradores, ya fueran lunáticos, brujos o filósofos, que habían intentado sondear esos territorios insubstanciales y misteriosos y catalogar las entidades que allí encontraran, habían identificado la colonia de ideas arqueada en demasía y le habían otorgado un nombre. La llamaban Yuggoth. La percibían, alternativamente, como un planeta, un dios o un estado mental.
La miríada de nociones inferiores que componían dicho meta-ser similar a una colmena era vista, a su vez, como deidades subsidiarias, que funcionaban a la vez como avatares y como mensajeros del centro conceptual, de una animación repugnante.
Dichos agentes individuales recibían el nombre colectivo de Lloigor, y cada uno gozaba de un nombre distinto, así como de una serie distinta de atributos. Cada uno tenía asignada su propia especie de elementales subordinados, subyugados ante su voluntad extraterrena.
La criatura que ahora mismo gozaba de la sensación de forma material en la biblioteca iluminada por el fuego en el arruinado Ragnall Hall era, por tanto, y en cierto modo, no una, sino más bien varias capas superpuestas de consciencia, de ser. En algún lugar en su interior, estaba Yuggoth, el complejo materno de ideas extraterrenas insidiosas que iba a la deriva en las oscuras aguas estancadas de la mente y el alma humanas. En un nivel inferior, más inmediato, estaba el Lloigor llamado Ithaqqa, adorado en las regiones árticas como demonio del aire superior, o de la capacidad intelectual en el hombre. De una forma más íntima, hasta el punto en que podía decirse que era capaz de entender algo, comprendía que él era un elemento sin nombre del tipo conocido como caminante del viento, o, a veces, como Wendigo.
En su hábitat natural, que era un vértice de un maravilloso e intemporal índigo oscuro y coagulado, su forma y silueta eran como la contrapartida astral de algún exuberante y repulsivo híbrido entre los crustáceos y los celentéreos. Desde su bóveda superior, decorada por la luz, y desde faldones adornados con medusas pendían piernas con múltiples articulaciones largas y colgantes, alojadas en una quitina iridiscente. Mientras estaba en reposo, la cosa existía en un continuo infinito de placer perfecto y delirante, pero, en este preciso momento y lugar, en el terreno del espacio-tiempo, no reposaba en modo alguno. Estaba activa, y trabajando, en el mundo extraño y sólido de la carne y la materia.
El cuerpo que la albergaba poseía un calor desagradable: una estrella blanda de cinco puntas de corteza y pulpa que albergaba una maquinaria extraña, parecida a una araña, de hueso quebradizo. Una pesadez horrible lastraba su nuevo entorno, y al principio no logró comprender cómo era posible que un organismo tan delicado y difícil de manejar pudiera siquiera moverse. Mientras tiraba al azar de nervios y músculos en la oscuridad plomiza que le rodeaba, intentó alzar algo que parecían los mecanismos gemelos de obturación que cubrían los sensores ópticos de la criatura anfitriona. La luz, la forma y los colores entraron a mares, como un diluvio incomprensible y mareante. Parecía encontrarse en el interior del compartimento hermético de un gas totalmente transparente constreñido por superficies totalmente planas de una substancia material sólida, por encima, por debajo, y por todos lados. En dicha zona había otras formas, aparentemente inanimadas, y dos siluetas distintas, cinco de ellas puntiagudas como el actual anfitrión de la criatura elemental, que se movían y emitían sonidos agudos y odiosos. Alzándose como buenamente pudo sobre los puntales huesudos que irradiaban de su masa corporal central, el Wendigo comenzó a arrastrarse a través de la superficie, dura y fría, que se encontraba debajo de él, mientras se acercaba a los otros seres vivos de la habitación, para investigar, para ver de qué estaban hechos.




* * *


Allan Quatermain caía, resbalando sobre una gema con un brillo puro y remolineante, tambaleándose en los páramos etéreos y extraídos por los que había viajado últimamente, de regreso al plano mortal donde su forma corpórea, abandonada por su espíritu, se desparramaba sin sentido sobre el parqué de la biblioteca en ruinas de Lady Ragnall.
En sus paseos incorpóreos, el explorador parecía haberse encontrado con otras almas descarriadas, y haber acampado con ellas, finalmente, en la superficie superior de una gema temporal desconcertante y enorme en cuyas profundidades se hacían visibles escenas inquietantes del presente y el futuro.
Precisamente, una de dichas escenas, la de las horribles circunstancias que se desarrollaban en ese mismo instante en el mundo mortal, en el Ragnall Hall, había espoleado al viajero espiritual para que volviera al reino material, a su carne abandonada, antes de que fuera demasiado tarde.
Ahora, debajo de él, si es que existía un debajo en la cascada sin dirección de la que él formaba parte, Quatermain veía una imagen, al principio pequeña, de la estancia familiar, repleta de libros y alumbrada por la chimenea en la que había inhalado los humos amargos y transportadores de la droga exótica taduki, hacía un siglo en apariencia. Concentrándose en dicha escena de relativa estabilidad dentro del furioso flujo metafísico que había a su alrededor, Allan se dio cuenta de que podía impulsarse hacia ella, de tal modo que parecía hincharse a su alrededor, abriéndose para envolverlo con los pétalos mundanos de esa estancia humana, de ese momento humano.
El tumulto rugiente y frenético del flujo psíquico que le rodeaba cesó. Quatermain flotaba, como un fantasma sin cuerpo e invisible, en un punto justo por debajo del techo de aspecto tranquilizadoramente firme y familiar de la biblioteca. Centrando su atención en el drama que tenía lugar debajo de él en un escenario de iluminación infernal, los miedos más fantasmagóricos del famoso aventurero se hicieron realidad en un instante espantoso.
Arrastrándose a través de las sombras saltarinas cubiertas de páginas en el suelo de la biblioteca, inclinado hacia atrás como un cangrejo cuadrúpedo monstruoso, y con la cabeza y la cara invertidas de modo que los rasgos familiares se encontraban con un contexto nuevo y extraterreno, con los ojos dando vueltas por debajo del corte convulso y distorsionado que era su boca, la cáscara mortal de Allan Quatermain, abandonada de forma temeraria, se había convertido claramente en el anfitrión de un nuevo inquilino evidentemente no deseado.
Allan vio a la frágil Lady Ragnall, similar a un pájaro, sentada rígidamente sobre su lecho improvisado en el centro de la habitación y gritando, con un estruendo producto del pánico, mientras la forma horriblemente retorcida y poseída del gran explorador se acercaba, con una deliberación inquietante y similar a la de una araña, a la viuda y a su imponente sirvienta, Marisa, que parecía una estatua. La orgullosa belleza africana se mantenía erguida entre su ama y la pesadilla que avanzaba hacia ellas a través del relucir del fuego, parpadeante y engañoso, mientras movía las manos formando gestos que Quatermain asumía eran mágicos, los cuales iban acompañados de rápidas retahílas de encantamientos que salían de los labios rollizos y oscuros de la mujer. Parecía estar intentando repeler al espíritu invasor y hostil que se había alojado en el cuerpo del aventurero, haciendo recurso in extremis a antiguos encantamientos y rituales de expulsión tomados de las viejas tradiciones de su pueblo, que conocía la droga taduki desde tiempos inmemoriales.
Los embrujos e imprecaciones no parecían tener un efecto visible en el progreso de su cuerpo usurpado mientras avanzaba dando tumbos y chirriando por el suelo hacia las mujeres asustadas. Quatermain temía que, fuera cual fuera la extraña inteligencia que actualmente residía en su carne tomada prestada, ésta quedara fuera del alcance de la experiencia de la bruja e, incluso, de sus sueños más atrevidos. Además, él mismo temía saber exactamente qué era lo que controlaba su carcasa vacía.
Durante su estancia fuera de los perímetros de la realidad común, se había encontrado con un individuo muy enigmático conocido simplemente como "El Viajero del tiempo". Este personaje había intentado advertir a Allan y a la tripulación astral con la que había dado Quatermain, acerca de los peligros de una monstruosa amenaza extraterrestre procedente del exterior de nuestro Universo conocido. A los ojos del aventurero flotante y sin cuerpo, parecía ahora que dichas fuerzas extraterrestres se habían impuesto un ataque preventivo a los mortales que pudieran entorpecer sus designios insondables e infernales. El travestí, arrastrándose, había alcanzado a la sirvienta, que recitaba desesperadamente sus encantos. Una de sus manos, retorcida como la pinza de un cangrejo, se lanzó para agarrar de forma viciosa el tobillo de la belleza de ébano, con las uñas clavadas en su piel, y haciéndole sangrar. Sus ojos brillaban, locos de odio, en esa cara invertida y casi desconocida. Entrechocó los dientes con un chasquido que no dejó lugar a dudas al incorpóreo Quatermain con respecto a sus intenciones. Si no quería presenciar cómo su propio cuerpo asesinaba e intentaba devorar a dos mujeres indefensas, tenía que actuar deprisa.
Guiándose tan sólo por el instinto, como había hecho durante toda su carrera, reunió todos los recursos disponibles en su forma etérea y se zambulló hacia su carne robada y correteante.
Al sumergirse en su forma mortal de nuevo, en el aliento cálido que silbaba en sus pulmones, sintió un choque total, como si se sumergiera de repente en una piscina helada. Y todavía resultó más chocante la sorprendente y asquerosa sensación de compartir un cuerpo, la sensación de que no estaba completamente sólo bajo su piel. Su cuerpo astral no acababa de regresar a los contornos familiares de su envoltorio terrenal y Allan ya se sentía atacado por algo que le acompañaba en esa oscuridad personal y hasta entonces inviolada. Le llegó la leve impresión de gorgueras y riachuelos pegajosos como moluscos, de patas con múltiples articulaciones que entrechocaban y escarbaban frenéticamente intentando apoyarse en su esencia psíquica, pero se encontró con que no
podía generar una imagen exacta de aquello con lo que luchaba. Quizás se tratara del mismo pináculo del miedo, como si uno estuviera fuertemente atado dentro de un saco inerte con algún tipo de bestia de la jungla, viciosa y desconocida, como única compañía. Gritó, y en su negrura interior, algo gritó a su lado.
Cuando el cuerpo de su anfitrión, de repente convulso, aflojó la tenaza dolorosa de su tobillo, con los dedos sangrientos arañando el aire, Marisa jadeó y dio un paso atrás. Miró hacia abajo con un horror carente de comprensión hacia el cuerpo del anciano mientras daba golpes, se debatía y se retorcía a sus pies. Quatermain parecía arañar y abofetear su propia cara, como en un paroxismo de disgusto por sí mismo. Los labios, cubiertos de espuma, se movían de arriba a abajo en la cara enloquecida y contorsionada, y sin embargo, parecía como si, desde su interior, emergieran no uno, sino dos aullidos extraterrenos.
Acordándose de repente de su ama, Marisa miró detrás de ella, hacia la silueta hundida en el hueco de los divanes enfrentados. Tenía la fina y demacrada mano alzada sobre el pecho hundido, sin levantarla ni dejarla caer, apretando el tejido de la ropa de la viuda, formando una rosa aplastada sobre el corazón. Los ojos, vacíos, miraban hacia un vacío lamido por las llamas y, con una punzada fría y tardía, Marisa comprendió que Lady Ragnall ya no se encontraba entre los seres vivos. Aunque la viuda, a lo largo de los largos años de servicio de Marisa, se había convertido más en una compañera que en una jefa, la belleza negra tan sólo pudo dedicar no instante de pesar al fallecimiento de Lady Ragnall. Tenía que ocuparse de asuntos más urgentes, si no quería que Quatermain y ella siguieran a su fallecida ama hasta la tierra de las sombras. Haciendo de tripas corazón, centró su atención en la forma poseída que daba golpes a sus pies.
Los rasgos de Quatermain y la expresión de agonía que los atravesaba parecían fluir y parpadear a la luz del hogar, de modo que, durante un instante, Marisa pudo ver la cara del explorador, con unos ojos en los que brillaban el dolor y el pánico humanos, que, a continuación, quedaron substituidos por un travestí retorcido y que hacía muecas, en cuya mirada ardían tan sólo el asesinato y un conocimiento sorprendente.
Marisa pensó que por fin había comprendido qué había ocurrido. Los propios miembros de su tribu habían descrito condiciones similares a ésta en relación con la utilización del taduki, como parte de la tradición acumulada sobre el tema, pero Marisa observó que tan sólo en sus tradiciones más antiguas y siniestras se hablaba "de posesiones monstruosas como la que parecía tener subyugado ahora a Quatermain. Cuando hablaban de ellas, acostumbraban a referirse al fenómeno con distintos nombres, y todos esos nombres, pensaba Marisa, tan sólo hablaban de una cosa: Los Grandes Antiguos. El fruto de Yuggoth. Lloigor. Criaturas de más allá de la frontera racional del ser, que flotaban en el límite del espacio y el tiempo y que tan sólo buscaban una forma de entrar en el mundo humano, para reclamarlo como suyo. La gente de Marisa jamás mencionaba dichos nombres sin un movimiento reflejo de la mano, trazando un símbolo en el aire a modo de talismán para rechazar la influencia maligna. Con unos ojos fieros, la alta belleza de obsidiana buscó a su alrededor un trozo de papel y herramientas para escribir con los cuales ella misma pudiera realizar el "antiguo signo" y ayudar así al hombre que se debatía y se retorcía como un pez recién pescado sobre el suelo de la biblioteca, ante sus ojos.
Arrancó la guarda impoluta de un libro de poesía de Swinburne que tenía cerca, y, sacando un abrecartas, intentó hacerse sangre en su propia mano para poder escribir los jeroglíficos protectores necesarios. Mientras lo hacía, Quatermain giraba sobre sí mismo en su paroxismo, estremeciéndose y gruñendo en una asquerosa batalla consigo mismo. Una de sus piernas, que se debatía, daba coces y, en el proceso, tiró uno de los libros resplandecientes más grandes desde su posición original sobre el hogar, hasta el parqué. Las malévolas lenguas de las llamas lamieron las frágiles páginas de los demás tomos que se alineaban en las paredes de la estancia. Marisa soltó una maldición, y supo que todavía le quedaba menos tiempo para llevar a cabo lo que era preciso. El abrecartas se movió por fin, con decisión, sobre la palma de su mano, y, mientras manaba la sangre, Marisa mojó su dedo en ella, como si fuera una pluma, y comenzó a garabatear marcas rituales escarlatas sobre la página arrancada.
Quatermain estaba en el infierno. Sabía, con una certidumbre desesperante, que no tenía la personalidad más fuerte ni la más luchadora de las dos que se peleaban en su carne. El empuje y la furia del ataque de su enemigo ectoplásmico tenían la intensidad irracional e implacable de un tifón o un huracán. Allan sabía que, un momento más, y vería cómo le arrancaban y destrozaban el alma, convertida en un confeti espiritual por la docena de brazos con garras, que garrapateaban, de su atacante. Mientras arrastraban su misma esencia de forma sangrienta hasta el mismo umbral aullador de la aniquilación, Quatermain no era capaz de darse cuenta de que a su alrededor, la biblioteca de Lady Ragnall comenzaba a arder como si se aproximaran al purgatorio en el que él creía estar. Temerosa de acercarse demasiado a los remolineantes brazos del explorador y quedar cegada, aturdida, o incapacitada de alguna otra forma, Marisa esperaba haber dibujado correctamente su apresurado talismán. Líneas carmesíes describían una estrella de siete puntas, de cuyo centro colgaba la rueda solar sagrada en la fe védica. Reuniendo todo su valor, se abalanzó hacia delante, gritando poderosos nombres antiguos mientras apretaba el pedazo de papel ensangrentado contra el ceño perlado de transpiración del explorador.
Quatermain chilló, mientras la negrura que le rodeaba quedaba repentinamente atravesada por una marca extraña y esotérica delineada a fuego, y cuyo brillo era cegador, devastador, terrible. Gritó, pero lo que se hallaba junto a él en la oscuridad gritó aún con más fuerza, con una urgencia que casi parecía mortal. Con su mente y su cuerpo hirviendo, la criatura poseedora fue visible a los ojos humanos durante un instante. Marisa jadeó y dio un paso atrás, asombrándose ante el despliegue trémulo de luz biliosa que colgaba por encima de la forma todavía convulsa del aventurero. Era una cosa de velos ondulantes, móvil de forma grotesca y con pinzas articuladas, que se movía totalmente al unísono, igual que un ciempiés. Las chispas de luminosidad se convirtieron luego en su propia estela, una erupción de manchas coloreadas que se extendía en la retina, y que luego desaparecía.
Marisa ayudó al asombrado y murmurante explorador a ponerse en pie, y después hizo todo lo que pudo para conducir a ambos fuera de la biblioteca en llamas, hasta los terraplenes y céspedes más alejados de la mansión condenada por el fuego. Quatermain se tumbó, descansando la espalda contra el tocón de un árbol grande y oscuro que se encontraba en el terreno de la mansión, mientras la saltarina luz de las llamas, que procedía del edificio incendiado bailaba ante sus ojos observadores y asombrados. Arrancando un pedazo de su largo camisón, para cortar la sangre que manaba de su
mano, la criada sopesó, durante un rato, qué debía hacer con el aventurero claramente traumatizado. Era evidente que estaba maldito. En la tribu de Marisa era cosa sabida que aquél que se enemistara con los Grandes Antiguos de más allá del tiempo y del espacio, lo más seguro es que acabaría atormentado de forma constante por el resto de su vida por dichas entidades inmortales y maliciosas. Estar cerca de una persona con una aflicción tal era arriesgarse a llamar la atención calamitosa de los Antiguos sobre uno mismo. El curso de acción más seguro para Marisa, por desgracia, estaba completamente claro. Quatermain, que miraba, hipnotizado y horrorizado cómo el incendio devoraba tanto el hogar de Lady Ragnall como, en algún lugar de su interior, a la propia viuda, no notó cómo se iba Marisa. No estaba destinado a encontrarla de nuevo, ni a volver a experimentar con la droga a la que tan sólo ella tenía acceso, esa transformadora de la realidad conocida en los rincones más ocultos y en penumbras de la tierra como taduki.


* * *

Por supuesto, esto había pasado hacía años.
Quatermain apenas recordaba ahora esa noche sorprendente, o la desorientadora mañana siguiente, cuando se encontró a sí mismo enfermo y amnésico y tambaleándose en los terrenos que rodeaban los restos quemados de la mansión de Lady Ragnall. La sirvienta negra y enigmática y su alijo de la droga que ahora ansiaba Quatermain no estaban por ninguna parte.
Allan había vagado, igual que un pedigüeño, hasta Londres, y desde allí había conseguido pasaje hasta Oriente Medio, donde abundaba el opio, que, hasta cierto punto, podía calmar el dolor de la separación por parte del viejo aventurero de su narcótico favorito, el sublime taduki. Ahora flotaba en una oscuridad amniótica y descuidada, posiblemente en alguna callejuela del Cairo, aunque, a decir verdad, no le importaba dónde estuviera.
La única mácula en el paraíso del aventurero era la persistente voz femenina que parecía atravesar su ensoñación, reclamando su atención, y rogándole que se despertara. Entreabrió los ojos con desgana.
Era hermosa. Sin embargo, la boca, apretada en un mohín como un capullo de rosa remilgado, y el pelo moreno cuidadosamente atado en un moño provocaron un pinchazo de débil alarma, de reconocimiento, en el pecho del explorador. ¿Había visto antes esa cara? Pero ¿dónde? En las profundidades aturdidas e insensibles de la mente de Allan sonaba una alarma de profundo malestar, un viento escalofriante y frío que soplaba a través del velo, de las cortinas que rodean nuestro estrecho edificio mortal. No conocía a esta mujer, y no quería hacer frente al futuro precario y repleto de acontecimientos que sentía que ella representaba.
"Váyase"- pronunció con dificultad, y luego volvió a cerrar los ojos.
Pero no se fue.
Y todo ocurrió tal y como debía suceder.