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sábado, 22 de agosto de 2015

RELATO: "La maldición que cayó sobre Sarnath", H.P. Lovecraft





La maldición que cayó sobre Sarnath


H.P. Lovecraft


Hay en la tierra de Mnar un amplio lago tranquilo al que ninguna corriente nutre y del que tampoco nace río alguno. Hace diez mil años se alzaba en sus riberas la poderosa ciudad de Sarnath, pero Sarnath ya no está allí.
Cuentan que, en los olvidados años en que el mundo era joven, aun antes de que los hombres de Sarnath llegaran a la tierra de Mnar, otra ciudad se ubicaba junto al lago; la ciudad construida con piedras grises de lb, que era tan vieja como el mismo lago y estaba poblada por seres de ingrata apariencia. Tales seres resultaban sumamente feos y extraños, tal como de hecho son la mayoría de los retoños de un mundo apenas esbozado. Está escrito en las piedras cilíndricas de Kadatheron que el color de los seres de lb resultaba tan verde como el lago y las neblinas que se alzan de su superficie; que eran de ojos saltones, labios fofos y repulsivos, y curiosas orejas, así como que eran mudos. También está escrito que descendieron una noche de la luna, entre la niebla; ellos y el gran lago tranquilo, y la pétrea ciudad gris de lb. Como quiera que sea, es cierto que adoraban a un ídolo de piedra verde mar cincelado a semejanza de Bokrug, el gran lagarto acuático, ante el que danzaban de forma horrible cuando la luna se mostraba gibosa. Y está escrito en los papiros de Ilarnek que descubrieron un día el fuego, y que desde entonces utilizaron las llamas en multitud de festejos. Pero no es mucho lo que se ha escrito sobre tales seres, ya que existieron en tiempos verdaderamente remotos, y el hombre es joven, y sabe muy poco sobre los más antiguos de entre los seres vivos.
Tras muchos eones los hombres llegaron a la tierra de Mnar; eran oscuros pueblos pastores que arreaban sus rebaños y que construyeron Thraa, Ilarnek y Kadatheron junto al sinuoso río Al. Y algunas tribus, más audaces que las otras, se llegaron al borde del lago y emplazaron Sarnath en el lugar en que los metales preciosos afloraban de la tierra.
Las errabundas tribus ubicaron las primeras piedras de Sarnath no muy lejos de la ciudad gris de lb, maravillándose en grado sumo ante los seres que allí moraban. Pero con su asombro se mezclaba el odio, porque no estaba en su forma de pensar el admitir que seres de tal aspecto pudieran habitar el mundo de los hombres nacidos del fango. Tampoco gustaban de las extrañas esculturas sobre los monolitos grises de lb, ya que la gran antigüedad de tales tallas les resultaba terrible. Nadie sabría decir por qué aquellos seres y esculturas permanecían sobre la tierra, aun tras la llegada del hombre; a no ser que fuera porque la tierra de Mnar era tranquila en verdad, y alejada de la mayoría de otras tierras, tanto de la vigilia como de los sueños.
Cuanto más miraban a los seres de lb, más los odiaban los hombres de Sarnath, y a esto contribuía no poco el descubrimiento de que aquellos seres resultaban débiles como jalea a la herida de piedras, lanzas y flechas. Así que un día los guerreros jóvenes, los honderos y los lanceros y los arqueros se pusieron en marcha contra Ib y mataron a todos sus moradores, arrojando los extraños cuerpos al lago mediante largas lanzas, ya que no querían tocarlos. Y ya que no gustaban de los grises monolitos esculpidos de lb, los abatieron asimismo sobre el lago, maravillándose de la enormidad del trabajo de acarrear aquellas piedras desde muy lejos, como sin duda había sido, ya que no se conocía nada semejante en toda la tierra de Mnar ni en las adyacentes.
De esta forma no quedó nada de la antiquísima ciudad, a excepción del ídolo de piedra verde mar cincelado a semejanza de Bokrug, el lagarto acuático. A éste los guerreros jóvenes se lo llevaron a Sarnath como un símbolo de conquista sobre los viejos dioses y los seres de lb, así como en señal de liderazgo sobre Mnar. Pero la noche después de ser emplazado en el templo, algo terrible debió suceder, ya que se vieron luces salvajes sobre el lago, y al llegar la mañana el pueblo se encontró con que había desaparecido, y que el sumo sacerdote Taran-Ish yacía muerto, como abatido por algún miedo indecible. Y antes de morir, Taran-Ish había garabateado sobre el altar de crisolito con trazos temblorosos la señal de la MALDICIÓN.
Luego de Taran-Ish se sucedieron los sumos sacerdotes en Sarnath, pero nunca llegaron a encontrar el ídolo de piedra verde mar. Y multitud de siglos llegaron y se fueron, y Sarnath prosperó desmesuradamente, hasta que sólo los sacerdotes y las viejas recordaron lo que Taran-Ish garabateara sobre el altar de crisolito. Entre Sarnath y la ciudad de Ilarnek se estableció un camino de caravanas, y los preciosos metales de la tierra se intercambiaban por otros metales y ropas raras y joyas y libros e instrumental para los artífices y todas los lujosos bienes conocidos por el pueblo que habita a lo largo del sinuoso río Ai y aun más allá. Así creció Sarnath poderosa y sabia, y enviaba ejércitos de conquista para subyugar a las ciudades vecinas; y en su momento se sentaron en el trono de Sarnath los reyes de toda la tierra de Mnar, así como multitud de tierras adyacentes.
Maravilla del mundo y orgullo de la humanidad era Sarnath la magnífica. De pulido mármol, extraído del desierto, eran sus murallas; con una altura de 300 codos y una anchura de 75, de forma que dos carros podían cruzarse sobre su parte alta. Su longitud era de 500 estadios, interrumpiéndose tan sólo en la parte que daba al lago, donde un gran dique de piedra verde contenía a las olas que se alzaban de forma extraña una vez al año, durante el aniversario de la destrucción de Ib. En Sarnath había cincuenta calles que iban del lago a las puertas de las caravanas, y otras cincuenta que las cruzaban. De ónice estaban todas pavimentadas, a excepción de aquellas por donde pasaban los caballos y los camellos y los elefantes, que se hallaban adoquinadas con granito. Y las puertas de Sarnath eran tantas como calles concluían en sus murallas, cada una de ellas de bronce y flanqueadas por efigies de leones y elefantes esculpidos en una clase de piedra ya desconocida para los hombres. Las casas de Sarnath eran de ladrillo vidriado y calcedonia, cada una con su jardín vallado y su estanque cristalino. En extraño estilo habían sido construidas, ya que ninguna otra ciudad poseía casas así, y los viajeros de Thraa e Ilarnek y Kadatheron se maravillaban ante los resplandecientes domos con que se hallaban rematadas.
Pero más maravillosos aún resultaban los templos y los palacios, así como los jardines establecidos por el antiguo rey Zokkar. Había multitud de palacios, el más modesto de los cuales era más formidable que cualquiera de los de Thraa o Ilarnek o Kadatheron. Tan altos eran que, hallándose en su interior, uno podía creer que se hallaba a cielo abierto; aunque cuando se iluminaban con antorchas embebidas en el aceite de Dothur sus muros mostraban inmensos frescos de reyes y ejércitos, de una magnificencia tal que elevaban el espíritu al tiempo que atemorizaban a quienes los contemplaban. Multitud eran las columnas de los palacios, todas de mármol veteado, y talladas con motivos de belleza sin par. Y en la mayoría de los palacios los suelos se hallaban cubiertos por mosaicos de berilo y lapislázuli y sardónice y rubí y otros materiales selectos, tan bien distribuidos que el visitante podía creerse paseando sobre lechos de las más raras flores. Y había asimismo fuentes que derramaban aguas perfumadas alrededor mediante surtidores diseñados con habilidosa artesanía. Eclipsando a todos sus rivales se alzaba el palacio de los reyes de Mnar y tierras adyacentes. Sobre dos agazapados leones de oro reposaba el trono, muchos peldaños por encima del suelo resplandeciente. Y había sido tallado en una única pieza de marfil, aunque ningún hombre vivo conocía de dónde pudiera proceder algo tan inmenso. En ese palacio también había innumerables galerías, y muchos anfiteatros donde leones y hombres y elefantes combatían para entretenimiento de los reyes. En ocasiones se inundaban los anfiteatros con aguas canalizadas desde el lago a través de poderosos acueductos, y entonces se libraban trepidantes combates navales o luchas de nadadores contra mortíferos seres acuáticos.
Altos y asombrosos resultaban los diecisiete templos en torre de Sarnath, edificados con una piedra de reflejos multicolores desconocida en cualquier otra parte. Su buen millar de codos medía el mayor de todos, allí donde moraba el sumo sacerdote entre una magnificencia apenas superada por la del rey. Abajo había salones tan amplios y espléndidos como los de los palacios, donde se agolpaban las muchedumbres adorando a Zo-Kalar y Tamash y Lobon, los dioses mayores de Sarnath, cuyos relicarios, envueltos en humo de incienso, eran semejantes a tronos de monarca. Las imágenes de Zo-Kalar y Tamash y Lobon no eran como las demás estatuas de dioses, ya que resultaban tan vívidas que uno podría jurar que los propios y agraciados dioses barbudos ocupaban sus tronos de marfil. Y a través de interminables escaleras de brillante circonio se llegaba al aposento de la cima, desde donde el sumo sacerdote avizoraba de día sobre la ciudad y las llanuras y el lago; y de noche la críptica luna y las estrellas más brillantes y los planetas, así como sus reflejos en el lago. Allí tenían lugar los más antiguos y secretos ritos en execración de Bokrug, el lagarto acuático, y allí reposaba el altar de crisolito ostentando la MALDICIÓN, garabateada por Taran-Ish.
Maravillosos asimismo resultaban los jardines edificados por el antiguo rey Zokkar. Ocupaban el centro de Sarnath, cubriendo un gran espacio y circundados por un alto muro. Y se hallaban cubiertos por un poderoso domo de cristal, a través del cual brillaban el sol y la luna y las estrellas y los planetas cuando estaba despejado. Y de ella se colgaban refulgentes imágenes del sol y la luna y las estrellas y los planetas cuando estaba nublado. En verano, los jardines se refrescaban mediante aromáticas brisas frescas, habilidosamente provocadas mediante ventiladores, y en verano se caldeaban a través de fuegos ocultos, por lo que en dichos jardines siempre reinaba la primavera. Pequeñas corrientes corrían sobre guijarros claros, surcando prados verdes y jardines multicolores, y multitud de puentes los salvaban de uno a otro lado. Muchas eran las cascadas a lo largo de sus cursos, y muchos asimismo los estanques cuajados de lirios en los que se expandían. Sobre corrientes y estanques bogaban blancos cisnes, al tiempo que la música de aves exóticas repicaba al compás del canto de las aguas. Macizos verdes nacían en ordenadas terrazas, adornados aquí y allá con emparrados y amables arriates, y asientos y bancos de mármol y pórfido. Y había innumerables capillas y templetes en donde uno podía descansar o rezar a los dioses menores.
Cada año tenía lugar en Sarnath la fiesta de la destrucción de lb, y en esa ocasión se prodigaban el vino, las canciones, la danza y todo tipo de festejos. Se rendían grandes honores a los espectros de aquellos que aniquilaron a los seres de extraña antigüedad, y la memoria de éstos y sus viejos dioses resultaba mancillada por bailarines y músicos coronados con rosas procedentes de los jardines de Zokkar. Y los reyes oteaban sobre el lago y maldecían los huesos de los muertos que descansaban en sus honduras. En un principio los sumos sacerdotes no gustaban de tales festejos, ya que se contaban unos a otros extrañas historias de cómo el ídolo verde mar se había esfumado, y de cómo Taran-Ish había muerto de miedo, no sin antes dejar un aviso. Y se comentaba que, a veces, desde su alta torre, se divisaban luces bajo las aguas del lago. Pero como innumerables años fueron transcurriendo sin que sucediera calamidad alguna, incluso los sacerdotes rieron y maldijeron, y tomaron parte en aquellas orgías multitudinarias. Además, ¿no habían ellos mismos realizado a menudo, en su alta torre, el inconcebiblemente antiguo rito de execración de Bokrug, el lagarto acuático? Y un millar de años de riqueza y gozos transcurrieron sobre Sarnath, maravilla del mundo y orgullo de toda la humanidad.
Magnificiente más allá de toda imaginación resultó la fiesta del milenio de la destrucción de lb. Por espacio de una década se habló en la tierra de Mnar sobre ella, y al acercarse la noche acudieron a Sarnath en caballos y camellos y elefantes hombres de Thraa, Ilarnek y Kadatheron, y de todas las ciudades de Mnar y de las tierras de aún más allá. Los pabellones de los príncipes y las tiendas de los viajeros se alzaron ante los marmóreos muros en aquella señalada noche, y por toda la ribera resonaban los cánticos de alegres celebrantes. En su sala de banquetes se reclinaba Nargis-Hey, el rey, catando vinos añejos de las bodegas de la conquistada Pnath, rodeado de nobles alegres y diligentes esclavos. Se habían paladeado multitud de platos durante esa fiesta; pavos reales de las islas de Nariel en el Océano Medio; cabras jóvenes de las lejanas colinas de Implan, pies de camellos del desierto bnarcico, nueces y especias de los plantíos cidarianos, y perlas de marítimo Mtal, disueltas en el vinagre de Thraa. Había salsas en número incontable, preparadas por los mejores cocineros de toda Mnar, y aptas para todos los paladares. Pero el manjar más apreciado lo constituían los grandes peces del lago, de gran envergadura y servidos sobre fuentes de oro hermoseadas con rubíes y diamantes.
Mientras el rey y sus nobles festejaban en palacio, y contemplaban los platos cumbre que aguardaban en sus fuentes de oro, otros celebraban en otra parte. En la torre del gran templo los sacerdotes se entregaban a la diversión, y en los pabellones extramuros los príncipes de tierras vecinas festejaban a su vez. Y sucedió que fue el sumo sacerdote Gnai-Kah quien primero advirtió la sombra que descendía de la gibosa luna hacia el lago, y la espantosa bruma verde que surgía del lago para juntarse con la luna y envolver con siniestra neblina las torres y cúpulas de la condenada Sarnath. Luego, quienes estaban en las torres y al otro lado de los muros avistaron extrañas luces en las aguas y vieron que la roca gris Akurión, que se alzaba junto a la orilla, estaba casi sumergida. Y el miedo prendió difusa aunque velozmente, de forma que el príncipe de Ilarnek y el del lejano Rokol desmontaron y plegaron sus tiendas y pabellones y huyeron hacia el río Ai, aunque ellos mismos apenas entendían el motivo de aquella precipitada salida.
Entonces, próxima a sonar la medianoche, las puertas de bronce de Sarnath se abrieron y vomitaron una multitud enloquecida que cubrió la llanura, por lo que príncipes visitantes y viajeros huyeron espantados, ya que los rostros de esa multitud ostentaban la enloquecedora impronta de un inaguantable horror, y de sus bocas brotaban palabras tan terribles que nadie se demoró a comprobar su verdad. Hombres de ojos enloquecidos por el miedo vociferaban haber mirado en la sala del rey a través de los ventanales, y que ya no resultaba posible ver las siluetas de Nargis-Hei y sus nobles y esclavos, sino tan sólo una horda de indescriptibles seres verdes mudos, con ojos saltones y repulsivos labios fofos, y curiosas orejas. Seres que bailaban de forma espantosa, sosteniendo entre sus zarpas fuentes doradas hermoseadas con rubíes y diamantes, y conteniendo llamas terribles. Y los príncipes y viajeros, mientras huían de la ciudad maldita de Sarnath a lomos de caballos y camellos y elefantes, volvieron la vista al lago del que brotaban las nieblas y vieron que la roca Akurión se hallaba prácticamente sumergida.
Por toda la tierra de Mnar y adyacentes corrieron historias de aquellos que habían escapado de Sarnath, y las caravanas ya no concurrieron más a la ciudad maldita, ni a sus metales preciosos. Tuvo que transcurrir mucho tiempo antes de que algún viajero fuera allá, y sólo entonces los jóvenes valientes y aventureros de la lejana Falona osaron hacer el viaje, jóvenes aventureros de pelo rubio y ojos azules sin parentesco alguno con los hombres de Mnar. De hecho, aquellos hombres acudieron al lago para contemplar Sarnath, pero aunque encontraron el gran lago tranquilo y la roca gris Ákurión que se alza muy alta cerca de la orilla, no pudieron vislumbrar la maravilla del mundo y orgullo de toda la humanidad. Donde antes se alzaran muros de 300 codos y torres aún más altas, ahora se hallaba sólo orilla pantanosa; y donde antes moraran cincuenta millones de hombres ahora tan sólo se veía  al detestable lagarto verde de agua. Ni las minas de metal precioso quedaban, ya que la MALDICIÓN había caído sobre Sarnath.
Pero medio oculto entre los juncos se descubrió un curioso ídolo de piedra verde; un ídolo sumamente antiguo, cubierto de algas y cincelado a semejanza de Bokrug, el gran lagarto acuático. Ese ídolo, entronizado en el gran templo de Ilarnek, fue en adelante adorado al resplandor de la luna gibosa en toda la tierra de Mnar.






domingo, 16 de agosto de 2015

RELATO: "La ciudad hermana", Brian Lumley (2ª parte)





La ciudad hermana

(2ª parte)


Brian Lumley



Muchos meses después, en El Cairo, busqué a un hombre versado en la antigua sabiduría, autoridad ampliamente reconocida en antigüedades prohibidas y regiones y leyendas prehistóricas. Este sabio no había oído hablar jamás de Cimmeria, pero conocía una región que en otro tiempo había tenido un nombre muy similar.
-¿Y dónde está situada Cimmeria? -pregunté.
-Desgraciadamente -contestó mi erudito asesor, consultando un mapa-, casi toda Cimmeria se halla bajo el mar, aunque originalmente estaba situada entre Vanaheim y Nemedia, en la antigua Hiboria.
-¿Dice que casi toda se halla sumergida? –pregunté-. ¿Pero cuál es la parte del país que se encuentra por encima del mar? -Quizá fuera la ansiedad de mi voz lo que hizo que me mirase de la forma que lo hizo, quizá fuera mi aspecto otra vez; pues el sol de muchos países había curtido mi piel de un modo muy peculiar, y una dura membrana había crecido entre mis dedos.
-¿Por qué desea saberlo? -me preguntó-. ¿Qué es lo que busca?
-Mi casa -respondí instintivamente, sin saber qué fue lo que me hizo contestar eso.
-Sí... -dijo él, estudiándome atentamente-. Podría ser muy bien así... Es usted inglés, ¿verdad? ¿Puedo preguntarle de qué parte?
-Del nordeste -dije, recordando súbitamente mis pantanos-. ¿Por qué quiere saberlo?
-Amigo mío, busca usted en vano -sonrió-; porque Cimmeria, o lo que queda de ella, circunda toda esa parte nordeste de Inglaterra que es su tierra natal. ¿No es irónico? Buscando su casa, la ha abandonado.
Esa noche el destino me deparó una carta que yo no podía ignorar. En la sala de estar de mi hotel había una mesa dedicada únicamente a los hábitos lectores de los residentes ingleses. Sobre ella había gran variedad de libros, periódicos y revistas, desde el Reader's Digest hasta el News of The World, y con el fin de pasar unas horas con relativo frescor, me senté bajo un reconfortante ventilador con un vaso de agua con hielo, y me puse a hojear ociosamente uno de los periódicos. De repente, al volver una página, me tropecé con una fotografía y un artículo que, una vez hube leído atentamente, motivaron el que tomara un pasaje en el primer vuelo a Londres.
La fotografía estaba pobremente reproducida, pero era lo bastante clara como para ver que representaba una pequeña estatuilla verde: el duplicado de la que yo había salvado de las ruinas de Sarnath, bajo las quietas aguas de la laguna...
El artículo, tal como lo recuerdo, rezaba así:

«Samuel Davies, con domicilio en Heddington Crescent, 17, Radcar, ha descubierto esta preciosa reliquia de edades pretéritas que reproducimos más arriba, en un arroyo cuya única fuente conocida está en la escarpa de los Pantanos de Sarby. La estatuilla se encuentra actualmente en el Museo de Radcar, donada por el señor Davies, y está siendo estudiada por el Prof. Gordon Walmsley de Goole. Hasta ahora el Prof. Walmsley se ha visto impotente para arrojar alguna luz sobre el origen de dicha estatuilla, si bien la prueba Wendy-Smith, procedimiento científico para determinar la edad de los fragmentos arqueológicos, ha demostrado que posee una antigüedad de más de diez mil años. La estatuilla verde no parece tener relación alguna con ninguna de las civilizaciones conocidas de la Inglaterra antigua y se cree que se trata de un hallazgo de rara importancia. Desgraciadamente, los espeleólogos son unánimes en la opinión de que es imposible llegar hasta el mismo nacimiento del manantial, en la escarpa de Sarby.»

Al día siguiente, durante el vuelo, dormí una hora o más, y en sueños vi a mis padres otra vez: aparecían como antes, en una bruma... pero las señas que me hacían eran más insistentes que en el sueño anterior, y en medio de los intermitentes vapores que los envolvían había extrañas figuras, inclinadas en aparente acatamiento, mientras de ocultas e innominadas gargantas brotaba un cántico harto familiar...


Había cablegrafiado a mi ama de llaves desde El Cairo, notificándole mi regreso, y cuando llegué a mi casa de Marske encontré a un procurador esperándome. Este caballero se presentó como el señor Harvey, de la firma de Radcar de Harvey, Johnson & Harvey, y me entregó un gran sobre lacrado. Estaba dirigido a mí, con la letra de mi padre, y el señor Harvey me informó que tenía instrucciones de entregarme el sobre en propia mano en cuanto cumpliese los veintiún años. Desgraciadamente, yo había estado fuera del país en esa fecha, hacía ya casi un año, pero la firma había estado en contacto con el ama de llaves para que el acuerdo estipulado hacía siete años entre mi padre y la firma se cumpliese. Cuando el señor Harvey se marchó, dije al ama que podía retirarse y abrí el sobre. El manuscrito que contenía no estaba redactado en ninguna de las escrituras que yo había aprendido en el colegio. Eran los caracteres que yo había visto en aquel antiquísimo pilar de la antiquísima Ib; no obstante, sabía instintivamente que era la mano de mi padre la que había escrito aquello. Y por supuesto, pude leerlo con la misma facilidad que si estuviera en inglés. Los muchos y diversos contenidos de la carta hacían que pareciese más, como he dicho, un largo manuscrito, y no es mi intención reproducirlo completamente. Sería muy farragoso, y la rapidez con que está aconteciendo el Primer Cambio no me lo permite. Solamente consignaré los puntos especiales significativos sobre los que se centró mi atención.
El primer párrafo lo leí con escepticismo; pero a medida que seguía la lectura, mi escepticismo se fue transformando en inquietante asombro, y después en incontenible alegría, ante las fantásticas revelaciones de estos intemporales jeroglíficos de Ib. ¡Mis padres no habían muerto! Solamente se habían ido; habían regresado...
El día aquél, hace ya casi siete años, en que yo volvía de mi residencia estudiantil reducida a cenizas por las bombas, a nuestra casa de Londres, ésta había sido saboteada a propósito por mi padre. Había montado un poderoso artefacto explosivo, con un dispositivo que entrase en funcionamiento cuando sonaran las sirenas; luego mis padres se fueron en secreto a los pantanos. No habían sabido, naturalmente, que yo volvía a casa después de la destrucción de la residencia donde vivía. Aun ahora ignoraban que yo había llegado a casa precisamente cuando las defensas de radar de los servicios militares de Inglaterra habían captado objetivos hostiles en el cielo. Aquel plan tan cuidadosamente trazado para que los hombres necios creyesen que mis padres habían muerto había dado resultado; pero estuvo a punto de destruirme a mí también. Y todo este tiempo había vivido convencido yo también de que habían muerto. Pero ¿por qué habían recurrido a ese extremo? ¿Cuál era el secreto que hacía tan necesario ocultarse de nuestros semejantes; y dónde estaban ahora? Seguí leyendo...
Lentamente quedó revelado todo. Nosotros, mis padres y yo, no éramos indígenas de Inglaterra; ellos me habían traído aquí de niño, desde nuestra tierra natal, un país muy próximo, y sin embargo, paradójicamente lejano. La carta seguía contando cómo todos los niños de nuestra raza debían crecer y hacerse mayores lejos de su lugar de nacimiento, mientras que los mayores sólo raramente pueden marcharse de su suelo natal. Este hecho está determinado por el aspecto físico que adquieren en el mayor período de sus ciclos de vida. Pues no son, durante la mayor parte de su existencia, ni física ni mentalmente semejantes a los hombres normales.
Esto significa que los hijos tienen que ser abandonados en los portales, en las entradas de los orfelinatos, en las iglesias y demás lugares donde pueden ser recogidos y cuidados; pues de muy pequeños apenas existen diferencias entre mi raza y la raza de los hombres. A medida que leía recordaba las historias fantásticas que tanto me habían gustado; sobre gules y hadas y demás criaturas que dejaban a sus hijos y que robaban niños para que se criaran a su semejanza.
¿Era ése, entonces, mi destino? ¿Iba a ser yo un gul? Seguí leyendo. Me enteré de que los de mi raza sólo pueden abandonar su país natal dos veces en la vida; en la juventud, cuando, como he explicado, los traen aquí por necesidad, para dejarlos hasta que lleguen aproximadamente a la edad de veintiún años, y más tarde, cuando los cambios en su aspecto los hacen compatibles con las condiciones exteriores. Mis padres habían alcanzado exactamente ese estadio de... desarrollo cuando nací yo. Debido al cariño de mi madre hacia mí, desatendieron sus deberes para con nuestro propio pueblo y me trajeron personalmente a Inglaterra donde, ignorando las leyes, se quedaron a vivir conmigo. Mi padre trajo ciertos tesoros para asegurarse una vida cómoda, para sí y para mi madre, hasta el momento en que se viesen obligados a dejarme: el Momento del Segundo Cambio, en que al quedarse podrían alertar a la humanidad sobre nuestra existencia.
Ese momento había llegado finalmente, y ocultaron su partida hacia nuestro secreto país haciendo saltar por los aires la casa de Londres; haciendo creer a las autoridades y a mí (aunque esto debió de partir el corazón de mi madre), que habían muerto en un bombardeo alemán.
¿Y qué otra cosa podrían haber hecho? No se atrevieron a adoptar la otra posibilidad, la de decirme lo que realmente ocurría; porque, ¿cómo saber el efecto que tal revelación podía haber producido en mí, cuando apenas empezaban a manifestarse mis diferencias? Tenían que esperar a que descubriera el secreto por mí mismo, o gran parte de él al menos, ¡cosa que he hecho! Pero para estar doblemente seguro, mi padre me había dejado la carta.
Esta contaba también que no son muchos los niños que encuentran el camino de regreso a su propio país. Algunos mueren en accidentes y otros se vuelven locos. Aquí recordé algo que había leído sobre dos enfermos del sanatorio de Oakdeene, cerca de Glasgow, los cuales están tan horriblemente locos y tienen un aspecto tan antinatural, que no se permite siquiera que se les vea, y sus enfermeros no pueden soportar el estar cerca de ellos mucho tiempo. Otros se retiran a vivir a parajes salvajes e inaccesibles, y otros sufren los más espantosos destinos; y me estremecí al leer qué clase de destinos eran ésos. Pero había unos pocos que conseguían regresar. Eran los afortunados, los que regresaban para reclamar sus derechos; y mientras que a algunos se les guiaba -lo hacían los adultos de la raza durante su segunda visita-, otros retornaban por instinto o por suerte. Aunque parecía horrible este plan de existencia, la carta explicaba su lógica. Mi país natal no podía sostener a muchos de mi especie, y aquellos peligros de locura intermitente, consecuencia de los inexplicables cambios físicos, los accidentes, y aquellos otros destinos que he mencionado, actuaban como un sistema de selección por el que sólo los más aptos mental y corporalmente retornaban a su lugar de nacimiento.
Pero un momento; acabo de leer la carta por segunda vez, y ya empiezo a sentir una tirantez en las piernas... El manuscrito de mi padre me ha llegado muy a tiempo. Hace muchos meses que me venían preocupando las diferencias cada vez más acusadas. La membrana de mis manos me llega ahora casi hasta los nudillos superiores, y mi piel es fantásticamente gruesa, áspera e ictóidea. La pequeña cola que me sobresale de la base de la espina dorsal no es ya tanto una rareza como un apéndice; un miembro aparte que, a la luz de lo que ahora sé, no es rareza en absoluto, ¡sino lo más natural, en mi mundo! Mi falta de pelo, con el descubrimiento de mi destino, ha dejado de ser motivo de turbación para mí. Soy diferente de los hombres, es cierto, pero ¿no es como debería ser? Porque, en definitiva, no soy hombre...
¡Ah, los venturosos destinos que me impulsaron a coger aquel periódico en El Cairo! De no haber visto aquella fotografía y haber leído aquel artículo, no habría regresado tan pronto a mis pantanos, y me estremezco al pensar lo que podría haber sido de mí entonces. ¿Qué habría hecho yo cuando el Primer Cambio me hubiese alterado? ¿Habría huido apresuradamente, disfrazado y envuelto en ropas disimuladas, a algún lejano lugar, para vivir una existencia de ermitaño? Tal vez habría regresado a Ib o a la Ciudad Sin Nombre, para vivir en las ruinas y la soledad hasta que mi aspecto fuese otra vez capaz de permitirme habitar entre los hombres. ¿Y qué después de eso, después del Segundo Cambio?
Tal vez me habría vuelto loco ante tan inexplicables alteraciones de mi persona. Quién sabe si me habría convertido en otro huésped del sanatorio de Oakdeene. Por otro lado, mi destino podría haber sido peor aún: podría haberme sentido impulsado a vivir en las profundidades, a unirme a los Profundos en su adoración a Dagon y al Gran Cthulhu, como han hecho otros antes que yo.
¡Pero, no! Por fortuna, merced a los conocimientos alcanzados en mis largos viajes y a la ayuda prestada por el documento de mi padre, he evitado todos esos terrores que otros de mi especie han conocido. Yo regresaré a la Ciudad Hermana de Ib, a Lh-yib, situada en el país de mi nacimiento bajo estos pantanos de Yorkshire; esa tierra de la cual procedía la estatuilla que me hizo regresar a estas costas, la estatuilla que es el duplicado de la que saqué de la laguna de Sarnath. Regresaré para ser adorado por aquellos cuyos hermanos ancestrales murieron en Ib bajo las lanzas de los hombres de Sarnath; aquellos que tan certeramente describen los Cilindros de ladrillo de Kadatheron; aquellos que cantan sin voz en los abismos. ¡Regresaré a Lh-yib!
Aun ahora oigo la voz de mi madre; me llama como me llamaba cuando era niño y solía vagar por estos mismos pantanos: «¡Bo! ¡Pequeño! ¿Dónde estás?»
Bo; solía llamarme así, y se echaba a reír cuando yo le preguntaba por qué. ¿Y por qué no? ¿No era Bo un nombre apropiado? ¿Robert... Bob... Bo? ¿Qué tiene de raro? ¡Qué ciego había estado! Jamás se me ocurrió pensar en el hecho de que mis padres no fueron nunca exactamente como los demás; ni siquiera hacia el final... ¿No eran adorados mis antecesores en esa ciudad de piedra gris que era Ib, antes de la aparición de los hombres. en los primeros días de la evolución de la Tierra? Debí haber adivinado mi identidad cuando saqué aquella estatuilla del limo; porque los rasgos que reproducían eran los que yo tendré después del Primer Cambio, y grabado en su base con los viejos caracteres de Ib -caracteres que yo podía leer porque formaban parte de mi lengua nativa, precursora de todas las demás lenguas- ¡estaba mi propio nombre!

BOKRUG

¡Dios Lagarto Acuático del pueblo de Ib y de Lh-yib, la Ciudad Hermana!


Nota:
Muy señor mio:
Acompañando a este manuscrito, «Anexo A» de mi informe, había una pequeña nota aclaratoria dirigida a la NECB de Newcastle que contenía lo siguiente:

Robert KRUG,
Marske,
Yorks.,
19 de julio, '52
noche.

Sres. Secretario y Miembros
NECB, Newcastle-on-Tyne
Distinguidos Señores del Consejo Minero del Nordeste:
Mi descubrimiento, durante mi estancia en el extranjero, en las páginas de una revista popular científica, del proyecto de Vds. sobre los Pantanos de Yorkshire, cuyo comienzo está previsto para el próximo verano, me ha decidido, a la vista de mis recientes averiguaciones, a dirigirles esta carta. Esta no és más que una protesta contra sus propósitos de perforar el terreno con el fin de llevar a cabo una serie de explosiones subterráneas con la esperanza de crear bolsas de gas y utilizarlas como parte de los recursos naturales del país. Es muy posible que este proyecto que han concebido sus consejeros científicos suponga la aniquilación de dos antiguas razas de vida consciente. El deseo de evitar tal destrucción es lo que me impulsa a romper las leyes de mi raza y anunciar de este modo su existencia y la de sus servidores. Con el fin de explicar mi protesta más claramente creo necesario contar toda mi historia. Confío en que al leer el manuscrito que adjunto suspenderán Vds. indefinidamente sus proyectadas operaciones.
Robert Krug...


INFORME POLICIAL M-Y-127/92

Presunto suicidio

Muy señor mío:
Tengo el deber de informarle que en Dilham, el 20 de julio de 1952, a las cuatro treinta de la tarde aproximadamente, me encontraba en servicio en el Puesto de Policía, cuando tres niños (adjunto declaraciones en el «Anexo B») notificaron al sargento de guardia que habían visto a un «payaso» encaramarse en la valla de la «Charca del Diablo», ignorando los carteles de avisos, y arrojarse a la corriente, en el lugar que ésta desaparece en el interior de la montaña. Acompañado por el mayor de los niños, me personé en el lugar del suceso, aproximadamente un kilómetro más arriba de los pantanos de Dilham, donde me indicó el punto en que el supuesto «payaso» había trepado a la cerca. Encontré señales de que alguien habla subido recientemente allí; hierba pisoteada y manchas de hierba en los palos de la cerca. Con cierta dificultad, subí yo a dicha cerca, pero no me fue posible determinar si los niños habían dicho o no la verdad. No vi prueba alguna, ni allí ni en los alrededores de la charca, que indicara que alguien se habla arrojado... pero no es de extrañar, ya que en ese punto la corriente penetra en la tierra y el agua se precipita con fuerza en el interior de la montaña. Una vez en el agua, sólo un nadador muy potente sería capaz de regresar. Tres experimentados espeleólogos se perdieron en el mismo lugar en agosto del año pasado al intentar un reconocimiento parcial del lecho de la corriente.
Cuando pregunté otra vez al chico que me había acompañado, me dijo que un segundo hombre había estado en el lugar antes del incidente. Habían visto a este otro hombre cojear como si estuviese herido, y meterse en una cueva próxima. Esto había ocurrido poco antes de que el «payaso» -descrito como de color verde y con una pequeña cola flexible- saliese de la misma cueva, se dirigiese a la cerca y se arrojase a la charca.
Al inspeccionar la citada cueva encontré lo que parecía ser una especie de piel animal arrancada y abierta por los brazos y patas y por la barriga, a la manera de los trofeos de caza mayor. Dicha piel estaba cuidadosamente depositada en un rincón de la cueva y ahora se encuentra en el depósito de objetos perdidos del Puesto de Policía de Dilham. Junto a esta piel había un equipo completo de ropa de caballero de buena calidad, cuidadosamente plegada y depositada. En el bolsillo de la chaqueta encontré un billetero que contenía, además de catorce libras en billetes de una libra, una tarjeta con la dirección de una casa de Marske: concretamente, Sunderland Crescent. Estos artículos de ropa, más el billetero, están también en el departamento de objetos perdidos.
A las seis treinta de la tarde aproximadamente fui a la dirección de Marske e interrogué al ama de llaves, una tal señora White, quien me facilitó una declaración (adjunta en el «Anexo C») con respecto a su señor, Robert Krug. La señora White me entregó también dos sobres, uno de los cuales contenía el manuscrito que acompaña a este informe en el «Anexo A». La señora White había encontrado este sobre, lacrado, con una nota en la que se le rogaba que lo entregase, cuando fue a la casa la tarde del día 20, una media hora antes de que llegase yo. En vista de las preguntas que le hice, y debido a la naturaleza de tales preguntas -o sea, sobre el posible suicidio del señor Krug-, la señora White consideró lo más prudente entregar el sobre a la policía. Aparte de esto, no sabía qué hacer con él, ya que Krug había olvidado ponerle señas. Como cabía la posibilidad de que el sobre contuviese una notificación de suicidio o una confesión del moribundo, lo acepté.
El otro sobre, que no está lacrado, contenía un manuscrito en una lengua extraña y ahora se encuentra en el Ayuntamiento de Dilham.
En las dos semanas transcurridas desde el supuesto suicidio, y a pesar de todos mis esfuerzos por averiguar el paradero de Robert Krug, no ha aparecido indicio alguno que apoye la esperanza de que pueda encontrarse vivo todavía. Esto, y el hecho de que la ropa hallada en la cueva haya sido identificada por la señora White como la que llevaba Krug la noche antes de su desaparición, me ha decidido a solicitar que mi informe se clasifique en el archivo de casos «no resueltos» y que se inscríba el nombre de Robert Krug en la lista de personas desaparecidas.

Sarg. J. T. Miller
Dilham,
Yorks.
7 de agosto de 1952
Nota:
Muy señor mío:
Comuníqueme si desea le envíe una copia del manuscrito del «Anexo A» -como pedía Krug a la señora White- a la Secretaría del Consejo Minero del Nordeste.

Inspector I. L. IANSON
Oficial del Condado de
Yorkshire,
Radcar,
Yorkshire

Estimado sargento Miller:
En respuesta a su nota del 7 del corriente, le comunico que no emprenda más diligencias referentes al caso Krug. Como usted sugiere, he incluido a este hombre entre los desaparecidos, como posible caso de suicidio. En cuanto a su documento, bien, pienso que estaba mentalmente desequilibrado, o era un monumental embaucador; posiblemente era una combinación de ambas cosas. Independientemente del hecho de que ciertas cosas de su historia son hechos indiscutibles, la mayoría parecen ser producto de una mente enferma.


Entretanto, espero un informe de sus progresos en ese otro caso. Me refiero al niño encontrado en un banco de la iglesia de Eely-on-the-Moor el mes de junio pasado. ¿Ha descubierto alguna pista sobre quién pueda ser su madre?