sábado, 29 de agosto de 2015

RELATO: "La araña", Hanns Heinz Ewers





La araña


Hanns Heinz Ewers




And a will therein lieth, which dieth not. Who 
knoweth the mysteries of a will with his vigour?
GLANVILLE


«Y allí hay una voluntad que no muere. 
¿Quién conoce los misterios de la voluntad con todo su poder?»


Cuando el estudiante de medicina Richard Bracquemont decidió ocupar la habitación número 7 del pequeño Hotel Stevens, Rue Alfred Stevens, 6, en esa estancia se habían colgado tres personas del crucero de la ventana en tres viernes consecutivos.
La primera fue un viajante de comercio suizo. Se encontró su cadáver el sábado por la noche; el médico constató que la muerte tuvo que haberse producido entre las cinco y las seis de la tarde del viernes. El cuerpo colgaba de un fuerte gancho clavado en el crucero de la ventana, que servía para colgar ropa. La ventana estaba cerrada, el muerto había empleado como soga el cordón de la cortina. Como la ventana estaba muy baja, las rodillas casi rozaban el suelo; el suicida, por lo tanto, tuvo que emplear una gran energía para lograr sus intenciones. Además, se averiguó que estaba casado y era padre de cuatro niños, que se encontraba en una posición desahogada y que casi siempre tenía un ánimo alegre. No se encontró ningún escrito que se refiriera al suicidio y aún menos un testamento; tampoco había comunicado nada a ningún amigo o conocido que hiciese sospechar ese desenlace.
El segundo caso no fue muy diferente. El artista Karl Krause, transformista contratado en el circo Médrano, ocupó la habitación número 7 dos días después. Cuando al viernes siguiente no apareció en la representación, el director envió a un asistente al hotel; dicho asistente encontró al artista en la habitación, que no estaba cerrada, colgado del crucero de la ventana, y además en las mismas circunstancias. Este suicidio no pareció menos enigmático; el apreciado artista ganaba un salario elevado y, a sus veinticinco años de edad, gozaba plenamente de la vida. Aquí tampoco se encontró ningún documento escrito, ni ninguna alusión al hecho. La única familia del finado era una madre anciana a la que su hijo enviaba puntualmente, el primero de cada mes, trescientos marcos para su sustento.
Para la señora Dubonnet, la propietaria de ese pequeño y económico hotel, cuya clientela solía constar casi exclusivamente de personas empleadas en los teatros de variedades de Montmartre, esa segunda muerte tan extraña, en la misma habitación, tuvo consecuencias desagradables. Algunos de sus huéspedes se habían mudado ya, otros clientes regulares dejaron de ir. Así que se dirigió al comisario del distrito IX, al que conocía personalmente, y que le prometió hacer todo lo posible por ella. Por lo tanto, el comisario no sólo impulsó con especial vigor la investigación de los motivos de los suicidios de los dos huéspedes, sino que además puso a su disposición a un agente que ocupó la enigmática habitación.
Era el agente de policía Charles-Maria Chaumié, que se había presentado voluntario. Este sargento, un veterano «Marsouin» o infante de marina, con once años de servicio, había pasado más de una noche solitaria en Tonkín y en Annam, había recibido más de una visita inesperada de piratas fluviales a los que había saludado con un disparo de su fusil, de modo que parecía indicado para enfrentarse a los «fantasmas» de los que se hablaba en la Rue Alfred Stevens. Ocupó la habitación ese mismo domingo por la noche y se acostó satisfecho, después de haber saboreado la generosa oferta culinaria de la digna señora Dubonnet.
Chaumié se presentaba brevemente, por la mañana y por la tarde, en la comisaría de policía para dar su informe. En los primeros días ese informe se limitó a declarar que no había advertido lo más mínimo. Pero el miércoles por la tarde pareció haber encontrado una pista. Instigado a que dijera más, pidió poder callárselo provisionalmente; no tenía ni idea de si lo que creía haber descubierto realmente estaba en relación con la muerte de las otras dos personas. Y temía mucho equivocarse y que después se rieran de él. El jueves mostró un aspecto algo más inseguro y también más serio; pero tampoco tenía nada que decir. El viernes por la mañana estaba considerablemente agitado; dijo, medio en broma medio en serio, que esa ventana ejercía, en cualquier caso, una extraña fuerza de atracción. No obstante, insistió en que eso no tenía relación alguna con los suicidios y que se reirían de él si decía más. La tarde de ese día ya no apareció en la comisaría; lo encontraron colgado del gancho del crucero de la ventana.
Aquí los indicios también coincidían hasta el más pequeño detalle con los dos casos anteriores; las rodillas casi rozaban el suelo; como soga había servido el cordón de la cortina. La ventana estaba cerrada; la puerta, abierta. La muerte se había producido a las seis de la tarde; la boca del muerto estaba completamente abierta y la lengua colgaba de ella.
Esta tercera muerte en la habitación número 7 tuvo como consecuencia que en ese mismo día todos los huéspedes abandonaran el Hotel Stevens, con excepción de un profesor de instituto alemán que ocupaba la habitación número 16, pero que aprovechó la oportunidad para rebajar un tercio el precio de alquiler de su habitación. Fue un pobre consuelo para la señora Dubonnet cuando unos días después se presentó la famosa cantante de Ópera bufa Mary Garden y le compró el cordón rojo de la cortina por unos doscientos francos. Por una parte, porque traía suerte; por otra, porque había salido en los periódicos.
Si estos acontecimientos se hubiesen producido en verano, en julio o en agosto, la señora Dubonnet habría logrado el triple por el cordón; no cabe duda de que los periódicos habrían llenado semanalmente sus columnas con ese caso. Pero así, en la estación más ajetreada, con elecciones, caos en los Balcanes, el crack de la Bolsa neoyorquina, la visita de la pareja real inglesa, realmente no se sabía de dónde sacar espacio para informar sobre ello. La consecuencia fue que del caso de la Rue Alfred Stevens se habló menos de lo que merecía y, además, que los informes publicados fueron breves, reproduciendo casi exactamente el informe policial, y sin caer en las habituales exageraciones.
Estos informes eran lo único que conocía del asunto el estudiante de medicina Richard Bracquemont. Había otro dato insignificante que tampoco conocía; parecía tan pequeño que ni el comisario ni ningún otro de los testigos oculares se lo habían mencionado a los periodistas. Sólo después, tras la aventura del estudiante, lo volvieron a recordar. Cuando descolgaron del crucero de la ventana el cadáver del sargento Charles-Maria Chaumié, de la boca abierta del muerto salió una gran araña negra. El criado la retiró con un dedo al mismo tiempo que exclamó: «¡Demonios, otra vez el mismo bicho!» En el transcurso de la investigación, la que se refería a Bracquemont, el mismo criado declaró que cuando se descolgó al viajante de comercio suizo, había visto correr por su hombro a una araña muy similar. Pero Richard de Bracquemont no sabía nada de esto.
Ocupó la habitación dos semanas después del último suicidio, en un domingo. Sus experiencias allí las dejó consignadas en un diario.



EL DIARIO DE RICHARD BRACQUEMONT
ESTUDIANTE DE MEDICINA 

Lunes, 28 de febrero. 
Ayer por la noche entré en mi nuevo alojamiento. Deshice mis dos maletas y me acomodé, a continuación me metí en la cama. Dormí muy bien; daban las nueve cuando me despertó una llamada en la puerta. Era la dueña que me traía ella misma el desayuno. Se preocupa mucho por mí, se nota por los huevos, el jamón y el excelente café que me trajo. Me lavé y me vestí, luego contemplé cómo el criado hacía la habitación. Mientras, me dediqué a fumar mi pipa.
Así que ya estoy aquí. Sé muy bien que es un asunto peligroso, pero también sé que si logro llegar al fondo de lo acontecido haré mi fortuna. Y si una vez, París bien valió una misa –por tan poco no se gana hoy– puedo arriesgar algo mi vida. Tengo una gran oportunidad que quiero aprovechar.
Por lo demás, también hay otros que se creen tan listos como para llegar al fondo del asunto. Al menos veintisiete personas se han esforzado, en parte con la policía, en parte con la dueña del hotel, por obtener la habitación, e incluso entre ellas había varias damas. Así que he tenido muchos competidores; es probable que también fueran pobres diablos como yo.
Pero he sido yo quien ha conseguido «el puesto». ¿Por qué? ¡Ah, es probable que sea el único que pueda ayudar con una idea a la astuta policía! Una buena idea. Naturalmente, era un truco.
Estos informes también tienen como destinataria a la policía. Y me divierte decir a esos señores, nada más comenzar, que les he mentido. Si el comisario es una persona razonable, dirá: «¡Hum, precisamente por eso parece adecuado el Bracquemont!» Por lo demás, me resultaba indiferente lo que dijera luego; ahora estoy sentado aquí. Y me parece un buen signo haber comenzado mi actividad enjabonando a conciencia a esos señores.
Primero visité a la señora Dubonnet, quien me envió a la comisaría de policía. Durante toda una semana pasé allí mi tiempo, siempre me decían que estaban tomando en consideración mi solicitud y que volviera al día siguiente. La mayoría de mis competidores ya hacía tiempo que habían perdido sus esperanzas, y además tenían algo mejor que hacer que esperar durante horas en el maloliente puesto de guardia; al comisario ya se le notaba fastidiado por mi tenacidad. Por fin me dijo sin rodeos que no tenía sentido que volviera. Me estaba agradecido a mí y a los demás por la buena voluntad, pero que no tenía ningún empleo para «aficionados chapuceros». A no ser que hubiera elaborado algún plan…
Le dije entonces que tenía un plan. Por supuesto que no tenía nada y no podría haberle revelado ni una sola idea. Pero le dije que sólo podía transmitirle mi plan, que era bueno, pero muy peligroso, y que podía acabar como le ocurrió al agente de policía, si estaba dispuesto, por su palabra de honor, a ejecutarlo él mismo. Me dio las gracias y dijo que no tenía tiempo para esas cosas. Pero percibí que mis velas se henchían de viento cuando me preguntó si al menos le podía dar alguna indicación.
Y se la di. Le conté un tremendo disparate, del cual yo mismo un segundo antes no tenía la más mínima idea; no sé cómo se me ocurrió de repente ese extraño pensamiento. Le dije que entre todas las horas de la semana hay una que ejercía una influencia enigmática. Esa era la hora en que Cristo había desaparecido de su sepultura para descender a los infiernos; la sexta hora vespertina del último día de la semana judía. Y le recordé que esa había sido la hora, el viernes entre las cinco y las seis, en que se habían producido los tres suicidios. En ese momento no podía decirle más, pero le remití al Apocalipsis de San Juan.
El comisario puso una cara como si entendiera algo del asunto, me lo agradeció y me dio una cita para esa misma noche. Entré puntualmente en su despacho; ante él, en la mesa, estaba el Nuevo Testamento. En las horas que habían transcurrido me había dedicado a los mismos estudios que él; había leído el Apocalipsis y… no había entendido ni una sola palabra. Tal vez el comisario fuera más inteligente que yo, en cualquier caso me dijo con gran cortesía que, pese a mis vagas indicaciones, creía entender mi argumentación. Y que estaba dispuesto a cumplir mis deseos y a apoyarlos en todo lo posible.
He de reconocer que realmente me ha sido de mucha ayuda. Convenció a la dueña del hotel de que mi estancia en la habitación fuera gratuita. Me dio un revólver excelente y un silbato de policía; la patrulla de agentes tiene la orden de pasar con frecuencia por la Rue Alfred Stevens y de subir a la menor señal que les haga. Pero lo principal es que ha mandado instalar un teléfono en la habitación con el que estoy en directa comunicación con la comisaría. Y como esta se encuentra apenas a cuatro minutos, puedo recibir ayuda rápida en cualquier momento. Con todo esto no sé de qué debería tener miedo. 

Martes, 1 de marzo. 
No ha ocurrido nada ni ayer ni hoy. La señora Dubonnet ha traído un cordón de cortina nuevo de otra habitación, ya que tiene habitaciones vacías de sobra. Aprovecha cualquier oportunidad para venir a verme; cada vez trae algo consigo. Le he pedido que me cuente una vez más todos los detalles de los sucesos, pero no he averiguado nada nuevo. Ahora bien, en lo referente a los motivos de las muertes, tiene su propia teoría. En lo que concierne al artista, cree que se trató de un amor desgraciado; el último año había venido a visitarle con frecuencia una joven dama pero que esta vez no se había dejado ver. Desconocía qué pudo ocasionar la muerte del viajante de comercio suizo, pero tampoco se puede saber todo; en cuanto al sargento, pues bien, el sargento se había suicidado sólo por ganas de fastidiarla.
He de decir que estas explicaciones de la señora Dubonnet son algo insuficientes. Pero la he dejado que parlotee con toda tranquilidad, al menos así me saca de mi aburrimiento. 

Jueves, 5 de marzo. 
Aún nada. El comisario llama un par de veces al día y yo le digo que me va muy bien; pero al parecer mi respuesta no le satisface del todo. He sacado mis libros de medicina y estudio; así mi prisión voluntaria tiene una finalidad. 

Viernes, 4 de marzo, a las dos de la tarde. 
He comido de manera excelente al mediodía; la dueña me ha traído incluso media botella de champán; parecía la última comida de un reo condenado a muerte. Ya me considera como dos tercios muerto. Antes de irse me ha rogado llorando que me fuera con ella; temía que también iba a ahorcarme «por ganas de fastidiarla».
He observado minuciosamente el nuevo cordón de cortina. ¿Con eso iba a colgarme en breve? Hum, la verdad es que siento pocas ganas de hacerlo. Por lo demás, el cordón es duro y áspero y corre con dificultad, se tiene que tener una voluntad de acero para seguir el ejemplo de los demás. Ahora estoy sentado a mi mesa, a la izquierda está el auricular, a la derecha el revólver. No tengo miedo, pero soy curioso por naturaleza.

6 de la tarde. 
Casi he llegado a escribir que no ha ocurrido nada, ¡por desgracia! La hora siniestra llegó y se fue, y fue como todas las demás. Pero no puedo negar que alguna vez sentí cierto impulso de acercarme a la ventana, ¡aunque por otros motivos! El comisario llamó al menos diez veces entre las 5 y las 6, estaba tan impaciente como yo. La señora Dubonnet, en cambio, está satisfecha: alguien ha vivido una semana entera en la habitación número siete y ha sobrevivido, ¡fabuloso!

Lunes, 7 de marzo. 
Ahora estoy convencido de que no descubriré nada y me inclino a pensar que los suicidios de mis predecesores se debieron a una rara casualidad. Le he pedido al comisario que ordene nuevas pesquisas en los tres casos, estoy persuadido de que al final se encontrarán los motivos. En lo que a mí concierne, permaneceré en esta habitación todo el tiempo que pueda. Difícilmente conquistaré París desde aquí, pero vivo gratis y me dejo cebar. Además, trabajo con ahínco y me siento animado. Y, por último, he encontrado otro motivo que me retiene.

Miércoles, 9 de marzo. 
Así que he avanzado un paso más. Clarimonde, ¡ah!, aún no he contado nada de Clarimonde. Pues bien, es… mi tercer motivo para quedarme, y también el motivo por el cual, en aquella «funesta» hora, me habría encantado acercarme a la ventana, pero desde luego no para colgarme de ella. Clarimonde… ¿por qué la llamo así? No tengo ni idea de cómo se llama, pero es como si sintiera la necesidad de llamarla Clarimonde. Y apostaría a que realmente se llama así, si alguna vez le pregunto su nombre.
Vi a Clarimonde el primer día. Vive al otro lado de esta calle estrecha, y su ventana está situada justo enfrente de la mía. Allí se sienta detrás de las cortinas. Por lo demás, he de hacer constar que ella me observó antes que yo a ella, y que mostró visible compasión por mí, no en vano toda la calle sabe que vivo aquí y por qué, de ello ya se ha ocupado la señora Dubonnet.
No soy nada enamoradizo, y mis relaciones con las mujeres siempre han sido exiguas. Cuando se va de Verdun a París para estudiar medicina, y apenas se dispone de dinero para comer bien un día de cada tres, entonces se tiene otras cosas en qué pensar antes que en el amor. Así pues, no tengo muchas experiencias, y es posible que haya comenzado este asunto de manera algo tonta. En cualquier caso, me gusta tal y como es.
Al principio ni siquiera pensé establecer una relación con mi extraña vecina. Sólo pensé que, ya que estaba allí para observar, y con mi mejor voluntad no podía averiguar nada, podía dedicarme a observar a mi vecina. A fin de cuentas, uno no puede estar sentado todo el día delante de los libros. Así que he constatado que Clarimonde, al parecer, vive sola en ese pequeño piso. Tiene tres ventanas, pero sólo se sienta ante la ventana que está situada frente a la mía; se sienta allí e hila en una rueca antigua. Una vez vi una rueca como esa en casa de mi abuela, pero ella nunca la había utilizado, sólo la había heredado de alguna tía; no sabía que aún había gente que la empleara. Por lo demás, la rueca de Clarimonde es muy pequeña y delicada, blanca y aparentemente de marfil; tienen que ser hilos harto delgados y frágiles los que hila. Se sienta durante todo el día detrás de la cortina y trabaja sin parar, sólo lo deja cuando oscurece. Cierto es que oscurece muy pronto en estos días nebulosos y en una calle tan estrecha, a las cinco de la tarde ya estamos en plena penumbra, pero nunca he visto que encendiera una luz en la habitación.
Me es difícil percibir su aspecto. Lleva el pelo negro ondulado y es muy pálida. La nariz es delgada y pequeña. Sus labios también son pálidos y tengo la sensación de que sus dientes están afilados como los de un depredador. Sus párpados proyectan una profunda sombra, pero cuando los abre, sus ojos, grandes y oscuros, refulgen.
Pero en realidad todo esto lo intuyo y no lo sé. Es difícil reconocer algo detrás de la cortina.
Aún una cosa más: lleva siempre un vestido negro cerrado con unos toques lila en la parte superior. Y siempre lleva puestos unos guantes negros, es posible que para no estropearse las manos con el trabajo. Da una sensación muy extraña ver cómo los dedos delgados y negros tiran y sacan los hilos de una manera aparentemente caótica, casi como el pataleo de un insecto.
¿Y qué se puede decir de nuestra relación? En realidad, es muy superficial y, no obstante, me parece como si fuera más íntima. Comenzó con ella mirando hacia mi ventana… y yo a la suya. Ella me observaba… y yo a ella. Y he debido de gustarle puesto que un día, cuando la volvía a contemplar, ella sonrió, y yo, naturalmente, también. Así trascurrieron un par de días y cada vez nos sonreíamos con más frecuencia. Después, me proponía, casi cada hora, saludarla, pero no sé qué me lo impedía.
Por fin la he saludado, hoy por la tarde. Y Clarimonde me ha devuelto el saludo. Muy en voz baja, ciertamente, pero he visto cómo inclinaba la cabeza.

Jueves, 10 de marzo. 
Ayer estuve bastante tiempo sentado frente a los libros. Sin embargo, no puedo decir que haya estudiado mucho; he construido castillos en el aire y soñado con Clarimonde. Mi sueño fue inquieto y me he despertado tarde.
Cuando me acerqué a la ventana, Clarimonde ya estaba sentada en su sitio. La saludé y ella volvió a inclinar la cabeza. Me sonrió y me contempló un largo rato.
Quería trabajar, pero no encontraba la tranquilidad necesaria. Me senté ante la ventana y la miré fijamente. Vi entonces cómo ponía las manos en su regazo. Tiré del cordón de la blanca cortina y ella hizo lo mismo casi al mismo tiempo. Los dos sonreímos y nos miramos.
Creo que permanecimos así una hora. A continuación, siguió hilando.

Sábado, 12 de marzo. 
Estos días han pasado inadvertidos. Como y bebo, me siento a la mesa. Enciendo entonces mi pipa y me inclino sobre un libro. Pero no leo ni una sílaba. Lo intento una y otra vez aunque sé de antemano que no lo lograré. Me acerco a la ventana. Saludo, Clarimonde me lo agradece. Sonreímos y nos miramos fijamente durante horas.
Ayer por la tarde, a eso de las seis, estuve algo intranquilo. Oscureció muy pronto y sentí cierta angustia. Me senté a mi escritorio y esperé. Sentí un impulso casi invencible de acercarme a la ventana, no para colgarme, sino para ver a Clarimonde. Me levanté y me situé detrás de la cortina. Me pareció que nunca la había visto con tanta claridad, aunque ya había oscurecido considerablemente. Ella hilaba pero sus ojos miraban hacia mí. Sentí un extraño bienestar y una leve angustia.
Sonó el teléfono. Me enojé con el necio del comisario por interrumpir mis ensoñaciones con sus preguntas estúpidas.
Esta mañana me ha visitado, junto con la señora Dubonnet. Ella está satisfecha con mi actividad, le basta con saber que vivo desde hace dos semanas en la habitación número 7. Pero el comisario quiere, además, algún éxito. Le he manifestado insinuaciones misteriosas de que estoy tras la pista de un asunto sumamente extraño; el muy burro se lo ha creído todo. En cualquier caso, puedo seguir aquí semanas, y ese es mi único deseo. No precisamente a causa de la cocina de la señora Dubonnet y de su bodega, ¡Señor, qué pronto se vuelve uno indiferente hacia esas cosas cuando está con el estómago lleno!, sino sólo por su ventana, que ella odia y teme y que yo tanto amo, esta ventana que me muestra a Clarimonde.
Cuando enciendo la lámpara, dejo de ver a Clarimonde. He mirado ansiosamente para comprobar si sale, pero no ha puesto nunca un pie en la calle. Tengo un sillón grande y cómodo y una pantalla verde sobre la lámpara, cuyo resplandor me envuelve con calidez. El comisario me ha traído un paquete de tabaco grande, nunca he fumado uno tan bueno… y pese a todo no puedo trabajar. Leo dos, tres páginas y, cuando he terminado, sé que no he comprendido ni una sola palabra. Sólo el ojo capta las letras, mi cerebro, en cambio, rechaza todo concepto. ¡Qué extraño! Como si de él colgara un letrero: prohibida la entrada. Como si no permitiera la entrada de ningún otro pensamiento que el de… Clarimonde.
Termino por apartar los libros, me reclino en mi sillón y sueño.

Domingo, 13 de marzo. 
Esta mañana he presenciado un pequeño espectáculo. Iba de un lado a otro en el pasillo, mientras el criado hacía mi habitación. Ante la ventana del patio cuelga una tela de araña, en cuyo centro se encuentra una gorda araña crucera. La señora Dubonnet no quiere que la quiten: las arañas traen suerte y ya tenía suficiente mala suerte en su casa. Vi entonces cómo otra araña, mucho más pequeña, corría con precaución alrededor de la tela, una araña macho. Se aproximó, precavida, al frágil hilo del centro, pero en cuanto la hembra se movía, se retiraba rápidamente, corría hacia el otro extremo e intentaba aproximarse de nuevo. Por fin la fuerte hembra en el centro pareció atender a sus requerimientos y ya no se movió. El macho tiró primero sutilmente, luego con más fuerza, de un hilo, de modo que tembló la tela entera; pero su adorada permaneció tranquila. Se aproximó entonces con rapidez pero con una infinita precaución. La hembra lo recibió inmóvil, con abnegación, y consintió su abrazo; inmóviles pendieron las dos arañas, durante minutos, en el centro de la tela.
Vi, a continuación, cómo el macho se desprendía lentamente, una pata tras otra; era como si quisiera retirarse silenciosamente y dejar sola a su compañera en el sueño de amor. De repente, se desprendió del todo y corrió, tan rápido como pudo, para salirse de la tela. Pero en ese mismo instante, de la hembra se apoderó una vitalidad salvaje y lo persiguió rauda. El débil macho se descolgaba por un hilo y la amante imitaba su truco. Las dos arañas cayeron en el alféizar de la ventana; el macho intentó escapar con todas sus fuerzas. Demasiado tarde, la hembra ya lo había atrapado con presión férrea y se lo llevó de nuevo a la tela, al centro, donde habían estado anteriormente. Y ese mismo sitio, que había servido de lecho nupcial, fue testigo de una imagen muy distinta. En vano se agitaba el amante, estirando una y otra vez sus débiles patitas, e intentaba liberarse de ese brutal abrazo: la amante ya no volvió a dejarle en libertad. En pocos minutos lo había sujetado de tal modo que no podía mover ni una sola de sus extremidades. A continuación, clavó sus afiladas tenazas en su cuerpo y succionó a grandes tragos la joven sangre de su amante. Aún vi cómo ella se desprendía por fin del irreconocible y miserable colgajo, compuesto de patas, piel e hilos, y lo arrojaba con desprecio de la tela.
Así es, pues, el amor, entre estos animalillos. Bueno, me alegro de no ser una araña macho.

Lunes, 14 de marzo. 
Ya no echo ni un solo vistazo a mis libros. Sólo paso el tiempo en la ventana. Y cuando oscurece, también sigo sentado. Ella ya no está pero yo cierro los ojos y sigo viéndola.
Hum, este diario ha resultado algo diferente a lo que había pensado. Habla de la señora Dubonnet y del comisario, de arañas y de Clarimonde. Pero ni una sola sílaba de los descubrimientos que quería hacer. ¿Es culpa mía?

Martes, 15 de marzo. 
Hemos encontrado un extraño juego, Clarimonde y yo; lo jugamos durante todo el día. La saludo y ella me devuelve al instante el saludo. Tamborileo yo entonces con los dedos en el cristal, ella apenas lo ve y ya comienza a imitarme. Le hago una seña, ella me la devuelve; muevo los labios, como si le hablara, y ella hace lo mismo. Acto seguido, me acaricio el pelo hacia atrás desde las sienes y ya está su mano en la frente. Un juego verdaderamente infantil, y los dos nos reímos con él. Es decir, ella no ríe, es una sonrisa silenciosa, devota, así creo que es también mi sonrisa.
Por lo demás, no es tan tonto como parece. No es una pura imitación, pienso que en ese caso nos aburriríamos pronto; en ese juego tiene que desempeñar algún papel la transmisión de pensamientos, pues Clarimonde sigue mis movimientos en una fracción de segundo, apenas tiene tiempo de verlos y ya los está ejecutando; a veces me parece como si ocurriera simultáneamente. Esto es lo que me atrae, hacer siempre algo nuevo, impredecible: es asombroso cómo hace lo mismo al mismo tiempo. A veces intento engañarla. Hago rápidamente una gran cantidad de movimientos diferentes, luego los mismos una y otra vez. Al final repito por cuarta vez la misma secuencia, pero cambio el orden de los movimientos, o hago otro u omito uno. Como niños que juegan al «Vuela, vuela». Es muy extraño que Clarimonde no haga, ni siquiera una vez, un falso movimiento, por más que yo los cambie con tanta rapidez como para no darle tiempo a reconocer cada uno de ellos.
Así paso el día. Pero en ningún instante tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo; al revés, es como si no hubiese hecho nunca nada más importante.

Miércoles, 16 de marzo. 
¿No es extraño que nunca haya pensado seriamente en establecer mis relaciones con Clarimonde sobre un fundamento más racional que el de estos jueguecitos que duran horas? Ayer por la noche reflexioné sobre el asunto. Puedo simplemente tomar el sombrero y el abrigo, bajar las escaleras, dar cinco pasos en la calle, subir otra escalera. En la puerta hay un pequeño letrero donde se lee «Clarimonde». «¿Clarimonde?», ¿qué? No lo sé; pero Clarimonde está ahí. Llamo y entonces…
Hasta aquí puedo imaginármelo con gran precisión; cada movimiento que hago, por pequeño que sea, lo veo ante mí. Pero de lo que pueda seguir, no consigo imaginarme nada. La puerta se abre, eso aún lo veo. Permanezco en el umbral y miro en la oscuridad donde no puedo reconocer nada, absolutamente nada. Ella no viene…, no viene nada; no hay nada de nada, sólo esa oscuridad negra e impenetrable.
A veces siento como si no hubiera otra Clarimonde que la que veo allí en la ventana y que juega conmigo. No puedo imaginarme qué aspecto tendría esa mujer con sombrero o con otro vestido distinto al negro con los adornos lila; ni siquiera me la puedo imaginar sin sus guantes. Si la viera en la calle o en un restaurante, comiendo, bebiendo, charlando, no podría sino reírme, tan inconcebible me parece esa imagen.
De vez en cuando me pregunto si la amo. Y no puedo hallar respuesta a esta pregunta, porque no he amado nunca. Pero si el sentimiento que tengo hacia Clarimonde es realmente amor, es completamente diferente a lo que he visto en mis camaradas o a lo que he conocido en novelas.
Me resulta muy difícil analizar mis sentimientos. Sobre todo me resulta difícil pensar en algo que no se refiera a Clarimonde, o más bien a nuestro juego. Pues es innegable que es realmente este juego lo que me ocupa continuamente, y no otra cosa. Y esto es lo que me parece más incomprensible.
¡Clarimonde! Sí, me siento atraído por ella. Pero aquí se mezcla otro sentimiento, como si también tuviera miedo. ¿Miedo? No, tampoco es eso, es más bien un desasosiego, un ligero temor ante algo que no conozco. Y es precisamente este miedo el que tiene algo de extrañamente compulsivo o voluptuoso, que es lo que me mantiene apartado de ella y, no obstante, me atrae con tanta más fuerza. Me da la sensación como si corriera a su alrededor en un gran círculo, me aproximara un poco y volviera a retirarme, siguiera corriendo, avanzara en otro lugar para retroceder de nuevo rápidamente. Hasta que al final –y eso lo sé con toda certeza– tenga que ir a ella.
Clarimonde se sienta en la ventana e hila. Hilos, largos, delgados, infinitamente sutiles. De ellos forma un tejido, y no sé qué resultará. No puedo comprender cómo puede hacer esa tela sin romper y confundir una y otra vez esos hilos tan finos. En su primorosa labor hay modelos peregrinos, animales fabulosos y máscaras extravagantes.
Por lo demás, ¿qué estoy escribiendo aquí? Lo cierto es que no puedo ver nada de lo que hila, los hilos son demasiado finos. Y, no obstante, siento que su trabajo es precisamente como lo veo… cuando cierro los ojos. Igual. Una gran tela y muchas criaturas en ella, animales fabulosos y máscaras extravagantes.

Jueves, 17 de marzo. 
Me siento extrañamente excitado. Ya no hablo con ningún ser humano; ni siquiera les deseo buenos días a la señora Dubonnet y al criado. Apenas dedico tiempo a la comida; tan sólo quiero sentarme en la ventana para jugar con ella. Es un juego emocionante, realmente lo es.
Y tengo la sensación de que mañana tiene que ocurrir algo.

Viernes, 18 de marzo. 
Sí, hoy tiene que ocurrir algo. Me digo –y me hablo en voz alta para poder oír mi voz– que por esa razón estoy aquí. Pero lo malo es que tengo miedo. Y este miedo, de que pueda ocurrirme algo similar a lo que les ocurrió a mis predecesores en esta habitación, se mezcla extrañamente con el otro miedo: el que tengo a Clarimonde. Apenas los puedo distinguir.
Siento pavor, quisiera gritar.

6 de la tarde. 
Deprisa un par de palabras, con el abrigo puesto y el sombrero en la mano.
A las cinco había llegado al final de mis fuerzas. ¡Oh, ya sé ahora que hay algo extraño en esa sexta hora del penúltimo día de la semana, ya no me río del bulo que le conté al comisario! Estaba sentado en mi sillón, me aferraba a él con violencia. Pero me atrajo, me arrastró hasta la ventana. Tuve que jugar con Clarimonde, y luego, de nuevo, ese miedo espantoso ante la ventana. Los veía colgar allí, al viajante de comercio suizo, alto, con un cuello grueso y su barba gris de dos días. Y al artista delgado, y al sargento bajo y corpulento. Veía a los tres, a uno tras otro y luego a los tres juntos, colgados del mismo gancho, con las bocas abiertas y las lenguas colgando. Y después me vi a mí, entre ellos.
¡Oh, este miedo! Sentía que lo tenía tanto del crucero de la ventana y del espantoso gancho, como de Clarimonde. Que me perdone, pero es así; en mi ignominioso temor ella se mezclaba en la imagen de los tres que allí colgaban, con las piernas rozando el suelo.
Es cierto que en ningún momento sentí en mí el deseo, el anhelo de ahorcarme; tampoco temía que pudiera hacerlo. No, sólo tenía miedo de la misma ventana, y de Clarimonde, de algo espantoso, incierto, que ahora podría producirse. Tenía el deseo apasionado, indomable de levantarme e ir a la ventana. Y tenía que hacerlo.
En ese momento sonó el teléfono. Tomé el auricular y antes de que pudiera oír una sola palabra, yo mismo grité en él: «¡Vengan, vengan enseguida!»
Fue como si el grito de mi voz estridente ahuyentara de inmediato a todas las sombras, que desaparecieron por los últimos resquicios del suelo. Me tranquilicé al instante. Me limpié el sudor de la frente y bebí un vaso de agua, después reflexioné lo que iba a decirle al comisario cuando viniera. Por último, me acerqué a la ventana, saludé y sonreí.
Y Clarimonde saludó y sonrió.
Cinco minutos más tarde, el comisario estaba en la habitación. Le conté que por fin llegaba al fondo del asunto; que por hoy no me hiciera preguntas, pero que en breve le daría información sobre mis extraños descubrimientos. Lo más raro de ello era que, cuando le mentí, estaba plenamente convencido de que decía la verdad. Y ahora casi lo siento así, lo siento… aun en contra de mi mejor saber y entender.
Él advirtió mi estado de ánimo un tanto peculiar, en especial cuando me disculpé por mi grito angustioso en el auricular y se lo intenté explicar de la manera más natural, pero sin encontrar un motivo para ello. Me dijo con gran amabilidad que no parara en mientes con él, que siempre estaba a mi disposición, que ese era su deber. Prefería venir una docena de veces en vano que tardar demasiado cuando fuese urgente. A continuación, me invitó a salir con él esa noche, eso me distraería; no era bueno que estuviera siempre solo. He aceptado su invitación, aunque me costó un gran esfuerzo; no me gusta abandonar esta habitación.

Sábado, 19 de marzo.
Estuvimos en la Gaieté Rochechouart, en Cigale y en Lune Rousse. El comisario tenía razón; me ha sentado bien salir de aquí, respirar otros aires. Al principio tenía una sensación de lo más desagradable, como si estuviera cometiendo una injusticia, como si fuera un desertor que le da la espalda a su bandera. Pero al poco tiempo esa sensación se desvaneció; bebimos mucho, reímos y charlamos. Cuando hoy por la mañana me acerqué a la ventana, creí advertir un reproche en la mirada de Clarimonde. Pero tal vez sólo sean imaginaciones mías. ¿De dónde va a saber que salí ayer por la noche? Por lo demás, sólo duró un instante, luego volvió a sonreír. Hemos jugado durante todo el día.

Domingo, 20 de marzo. 
Hoy puedo volver a escribir, hemos estado jugando durante todo el día.

Lunes, 21 de marzo. 
Hemos jugado todo el día.

Martes, 22 de marzo. 
Sí, y hoy también lo hemos hecho. Nada, nada más. A veces me pregunto para qué en realidad, por qué. O qué quiero en realidad, adónde va a llevar todo esto. Pero nunca me doy una respuesta. Pues es seguro que no deseo otra cosa que precisamente eso. Y lo que pueda venir, sea lo que sea, es lo que anhelo.
En estos días hemos hablado, aunque sin decir ni una sola palabra en voz alta. A veces hemos movido los labios, con más frecuencia sólo nos hemos mirado. Pero nos hemos entendido muy bien.
Había tenido razón. Clarimonde me reprochó la salida del último viernes. Después le pedí perdón y le dije que comprendía que había sido un gesto tonto y feo de mi parte. Me ha perdonado, y yo le he prometido que no me apartaré más de esta ventana. Y nos hemos besado, hemos presionado los labios largo tiempo contra el cristal.

Miércoles, 23 de marzo. 
Ahora sé que la amo. Tiene que ser así, estoy penetrado por ella hasta la última fibra de mi ser. Puede ser que el amor de otras personas sea diferente. ¿Pero hay una cabeza, una oreja, una mano que sea igual entre miles de millones? Todas son diferentes, así que no hay un amor que sea igual a otro. Mi amor es peculiar, eso lo sé muy bien. ¿Pero es por eso menos bello? Casi soy feliz con este amor.
¡Si no estuviera también el miedo! A veces ese miedo se duerme y lo olvido, pero sólo por unos minutos, después vuelve a crecer y no me deja un instante. Me parece un ratoncillo miserable que lucha contra una serpiente larga y bella y que quiere escapar de sus férreos abrazos. Espera tú, estúpido miedecillo, pronto te devorará este amor enorme.

Jueves, 24 de marzo. 
He hecho un descubrimiento, no soy yo el que juega con Clarimonde, es ella la que juega conmigo.
Ayer por la noche pensé, como siempre, en nuestro juego. Anoté cinco secuencias nuevas complicadas con las que quería sorprenderla por la mañana. Cada movimiento llevaba un número. Me ejercité para poder realizar cada secuencia lo más deprisa posible, hacia delante y hacia atrás. Luego las cifras pares y luego sólo las impares, a continuación todos los primeros y últimos movimientos de las cinco secuencias. Fue muy trabajoso, pero me entretuvo mucho, y me aproximó más a Clarimonde, aun cuando no la viera. Me ejercité durante horas y al final lo dominé por completo.
Así pues, esta mañana me presenté ante la ventana. Nos saludamos; a continuación, comenzó el juego. A un lado y a otro, era increíble la rapidez con que me entendía, cómo casi en el mismo instante hacía lo que yo le proponía.
En ese momento llamaron a la puerta; era el criado, que me traía las botas. Me las dio, y cuando regresaba a la ventana, mi mirada recayó en el papel en el que había anotado las secuencias. Y vi que no había realizado ni uno solo de todos esos movimientos. 
Me tambaleé, me agarré al brazo del sillón y me dejé caer. No podía creerlo, leí la hoja una y otra vez. Pero era así, acababa de ejecutar varias secuencias de movimientos y ninguna de ellas era mía.
Y volví a tener la sensación: una puerta se abre de par en par, su puerta. Y yo estoy ante ella y miro fijamente hacia el interior: nada, absolutamente nada, sólo esa vacía oscuridad. Entonces lo supe: si salgo ahora, estoy salvado; y sentí que podía irme ahora. Pero no me fui. Se debió a que tenía la confusa sensación de que yo tenía el secreto, bien aferrado entre mis manos. París, ¡vas a conquistar París!
Por un instante París fue más importante que Clarimonde.
¡Ay, ahora apenas pienso en ello! Ahora sólo siento mi amor, y en él ese miedo callado y voluptuoso.
Pero en ese instante me dio fuerzas. Leí una vez más mi primera secuencia de movimientos y memoricé cada uno de ellos. Regresé entonces a la ventana. Presté atención exacta a lo que hacía: no había ningún movimiento entre ellos de los que yo quería ejecutar. 
Acto seguido, me propuse llevar el dedo índice a la nariz, pero besé el cristal; quería tamborilear con los dedos en la ventana, y acaricié mi pelo con la mano. Así que tuve la certeza: no era Clarimonde la que me imitaba, sino que era yo el que repetía lo que ella me proponía. Y lo hacía con tal rapidez, de manera tan fulminante, al segundo, que, aún hoy, a veces me imagino que esa manifestación volitiva había partido de mí.
Así pues, yo, que tan orgulloso estaba de influir en sus pensamientos, yo soy el que se ve influido del todo. Sólo que esa influencia es tan sutil, tan leve que no hay nada que sea más agradable.
He realizado otros intentos. Me guardo las dos manos en los bolsillos, me propongo no moverlas y la miro fijamente. Vi cómo levantaba su mano, cómo sonreía y me amenazaba ligeramente con el dedo índice. No me moví. Noté cómo mi mano derecha quería salirse del bolsillo, pero agarré el fondo con fuerza. Luego, lentamente, tras unos minutos los dedos se relajaron y la mano salió del bolsillo y el brazo se elevó. Y yo la amenacé con el dedo y sonreí. Era como si no fuera yo mismo el que lo hiciera, sino una persona extra- ña a la que yo estaba observando. No, no fue así: Fui yo el que lo hizo… y una persona extraña me observaba. Precisamente la persona extraña que era tan fuerte y que quería hacer el gran, gran descubrimiento. Pero ese no era yo, a mí… ¿qué me importa este descubrimiento? Estoy aquí para hacer lo que ella quiere, Clarimonde, a la que amo con deliciosa angustia.

Viernes, 25 de marzo. 
He cortado el cable del teléfono. No tengo ganas de que el estúpido comisario me esté molestando continuamente, sobre todo cuando llega la hora misteriosa.
¡Señor!, ¿por qué escribo esto? No hay una sola palabra de verdad en todo ello. Es como si alguien guiara mi pluma.
Pero yo quiero... quiero escribir lo que está sucediendo. Me cuesta un gran esfuerzo, pero lo quiero hacer. Sólo... lo que quiero.
He cortado el cable del teléfono, eh... porque me vi obligado. ¡Por fin, aquí lo tenemos, porque me vi obligado!
Esta mañana estábamos en la ventana y jugábamos. Desde ayer nuestro juego es diferente. Ella hace un movimiento y yo me resisto todo lo que puedo, hasta que por fin he de ceder y hago lo que ella quiere, privado de toda voluntad. No puedo describir el placer que supone ese ser vencido, ese abandono a su voluntad.
Jugamos, y después, de repente, ella se levantó y se retiró. Estaba tan oscuro que ya no podía verla; parecía invisible en la oscuridad. Pero regresó pronto llevando con las dos manos un teléfono, igual que el mío. Lo dejó sonriendo en el alféizar de la ventana y con un cuchillo cortó el hilo y lo volvió a dejar en la mesa.
Así ocurrió.
Estoy sentado a la mesa; he bebido té, el criado acaba de llevarse el servicio. Le he preguntado la hora, mi reloj no va bien. Son las cinco y cuarto, las cinco y cuarto...
Sé que si ahora levanto la mirada, Clarimonde hará algo que yo también tendré que hacer.
Pero levanto la mirada. Allí está y sonríe. ¡Si tan sólo pudiera apartar la mirada! Ahora se va a la cortina, toma en sus manos el cordón... un cordón rojo, igual que el de mi ventana. Hace un lazo, cuelga el cordón del gancho del crucero de la ventana.
Se sienta y sonríe.
No, a lo que siento ya no se le puede llamar miedo. Es un horror espantoso y opresivo que, sin embargo, no quisiera cambiar por nada del mundo. Es una coacción de índole inaudita y, no obstante, de una voluptuosidad extrañísima en su ineluctable crueldad.
Podría ir a la ventana y hacer lo que ella quiere. Pero espero, lucho, me defiendo. Siento cómo la atracción se intensifica a cada minuto que pasa.
Vuelvo a estar sentado aquí. He ido rápidamente y he hecho lo que ella quería: tomé el cordón, hice el lazo y lo colgué del gancho.
Y ahora no quiero levantar la mirada, sólo quiero mantener mis ojos fijos en el papel. Sé lo que ella hará si la vuelvo a mirar... ahora en la hora sexta del penúltimo día de la semana. Si la miro tendré que hacer lo que ella quiere y entonces...
No quiero mirarla.
Ahora me río, en voz alta. No, no río, algo ríe en mí. Sé por qué: por este «no quiero...»
No quiero y, sin embargo, sé con total certeza que tengo que hacerlo. Tengo que mirarla, tengo que hacerlo y luego… el resto.
Espero sólo para alargar aún más este tormento, sí, eso es: este sufrimiento sofocante, esta suma voluptuosidad. Escribo lo más deprisa que puedo para poder permanecer aquí sentado más tiempo, para alargar estos segundos de dolor que incrementan el placer de mi amor hasta el infinito.
Más, más tiempo.
¡De nuevo el miedo, otra vez! Sé que la voy a mirar, me levantaré y me ahorcaré; pero no es eso lo que temo, ¡oh, no!, lo que temo es que es una sensación deliciosa y bella. Pero hay algo diferente aquí, que viene después. No sé qué será, pero viene, estoy seguro de que viene. Pues la dicha de mi tormento es tan grande que siento, siento que algo espantoso ha de seguirla.
Tan sólo no pensar...
Escribir algo, lo que sea. No reflexionar, escribir con rapidez.
Mi nombre, Richard Bracquemont, Richard Bracquemont. ¡Oh, no puedo seguir! Richard Bracquemont, Richard Bracquemont, ahora, ahora, tengo que mirarla, tengo que… no, tengo que aguantar más... Richard Bracquemont...


* * *


El comisario del distrito IX, al no recibir respuesta a sus insistentes llamadas telefónicas, entró a las seis y cinco minutos en el Hotel Stevens. En la habitación número 7 encontró el cadáver del estudiante Richard Bracquemont colgado del gancho del crucero de la ventana, en la misma posición que sus tres predecesores.
Sólo el rostro tenía una expresión diferente; estaba desfigurado por un miedo espantoso; los ojos, muy abiertos, sesalían desus órbitas. Los labios estaban estirados, los dientes apretados con fuerza.
Y entre ellos colgaban los restos de una araña negra enorme aplastada, con extraños tonos violeta.
En la mesa estaba el diario del estudiante. El comisario lo leyó y se dirigió rápidamente a la casa de enfrente. Allí constató que el segundo piso estaba vacío desde hacía meses, sin nadie que lo habitara.


París, agosto de 1908


RELATO: "El final de la historia", Clark Ashton Smith




El final de la historia


Clark Ashton Smith



El siguiente relato se encontró entre los papeles de Christophe Morand, un joven estudiante de leyes de Tours, después de su inexplicable desaparición durante una visita a la casa de su padre cerca de Moulins, en Noviembre de 1798:

Un siniestro crepúsculo pardorojizo de otoño, anticipado por la inminencia de un repentino retronar, había cubierto el bosque de Averoigne. Los árboles a lo largo de mi camino estaban ya borrosos hasta parecer bloques de ébano, y el camino mismo, pálido y espectral ante mí en la penumbra espesante, parecía vacilar y estremecerse ligeramente, como con el temblor de algún misterioso terremoto. Espoleé mi caballo, que estaba penosamente cansado de una jornada iniciada al amanecer, y se había entregado hacía horas a un trote quejoso y reluctante, y descendimos galopando el oscuro sendero entre inmensos robles que parecían inclinarse hacia nosotros con ramas como zarpas mientras pasábamos.
Con espantosa rapidez, la noche estaba sobre nosotros, la negrura se convirtió en un tangible velo colgante; una confusión y una desesperación de pesadilla me llevó a espolear a mi montura de nuevo con un rigor más cruel; y ahora, conforme avanzábamos, el primer murmullo remoto de la tormenta se mezcló con el resonar de los cascos de mi caballo, y los primeros relámpagos luminosos alumbraron nuestro camino, que, para mi desconcierto (puesto que me creía en la ruta principal que atraviesa Averoigne), se había estrechado inexplicablemente hasta convertirse en una senda pisoteada. Seguro de haberme perdido, pero sin intención de desandar mis pasos bajo los dientes de la oscuridad y las pujantes nubes de la tormenta, me apresuré, esperando, como parecía razonable, que una senda tan evidentemente gastada tendría que conducir finalmente hasta alguna casa o castillo, donde podría encontrar refugio para la noche. Mi esperanza estaba bien fundada, pues en los minutos siguientes divisé una luz parpadeante a través de las ramas del bosque, y llegué de improviso a un claro abierto, donde, sobre una suave eminencia, se erigía un gran edificio, con varias ventanas iluminadas en el piso de abajo, y una cúspide que resultaba prácticamente indistinguible en contraste con los cúmulos de nubes arrastradas.
"Sin duda un monasterio" pensé, mientras recogía las riendas, y descendiendo de mi fatigada montura, alcé el pesado llamador de latón en forma de cabeza de perro y lo dejé caer sobre la puerta de roble. El sonido fue imprevisiblemente intenso y retumbante, con una reverberación casi sepulcral, y me estremecí involuntariamente, con una sensación de aturdimiento, o de inusual estupefacción. Ésta, un momento después, se disipó por completo cuando empujaron la puerta para abrirla y un monje alto y de facciones rubicundas se mostró ante mí en el grato resplandor de los candiles que iluminaban un espacioso recibidor.
-Le deseo la bienvenida a la abadía de Perigon -dijo, en un suave murmullo, y mientras todavía estaba hablando, otra figura cubierta de toga y capucha apareció y se hizo cargo de mi caballo. Mientras murmuraba mi gratitud y mi reconocimiento, la tormenta estalló y tremendas gotas de lluvia, acompañadas por los cada vez más cercanos estallidos del trueno, cayeron con furia demoníaca sobre la puerta que se había cerrado tras de mí.
-Es una fortuna que nos encontrara cuando lo hizo -observó mi anfitrión-. Sería pernicioso para cualquier hombre o bestia hallarse fuera de su casa en medio de semejante pandemonium.
Adivinando sin preguntar que estaba tan hambriento como cansado, me llevó al refectorio y colocó ante mí una generosa colación compuesta de carne de cordero, pan negro, lentejas y un excelente y poderoso vino tinto.
Se sentó frente a mí ante la mesa del refectorio mientras yo comía, y, con el apetito un poco suavizado, aproveché la ocasión de observarlo más atentamente. Era alto y fornido, y sus facciones, en las que la frente no era menos ancha que la poderosa mandíbula, delataban intelecto al mismo tiempo que afición a la buena vida. Una cierta delicadeza y refinamiento, un aire de academicismo, de buen gusto y buena crianza, emanaba de él, y pensé para mí: "Este monje es probablemente un experto en libros tanto como en vinos". Sin duda mi expresión traicionó la rapidez de mi curiosidad, pues dijo, como si me contestara:
-Soy Hilaire, el abad de Perigon. Somos una orden Benedictina, que vive en amistad con Dios y con todos los hombres, y no sostenemos que el espíritu haya de ser enriquecido mediante la mortificación o el empobrecimiento del cuerpo. Tenemos en nuestras despensas abundancia de todo tipo de provisiones, en nuestro sótano las mejores y más añejas cosechas de la región de Averoigne. Y, si tales cosas le interesan, como puede ocurrir que así sea, tenemos una biblioteca que está provista con valiosos tomos, con preciosos manuscritos, con las más excelsas obras del paganismo y la Cristiandad, incluso ciertos escritos únicos que sobrevivieron al holocausto de Alejandría.
-Aprecio su hospitalidad -dije, inclinándome-. Soy Christophe Morand, un estudiante de leyes, de camino a casa desde Tours hasta las propiedades de mi padre cerca de Moulins. Yo, también, soy amante de los libros, y nada me sería más grato que el privilegio de inspeccionar una biblioteca tan rica y curiosa como la que acaba de mencionar.
Inmediatamente, mientras terminaba mi comida, dimos en hablar de los clásicos, y en citar y comentar pasajes del latín, griego o de los autores cristianos. Mi anfitrión, pronto lo descubrí, era un estudioso de inusuales dotes, con una erudición, una dispuesta familiaridad tanto con la literatura antigua como la moderna que hizo a la mía propia parecer la del más simple de los principiantes en comparación. Él, por su parte, fue tan amable como para encomiar mi latín, que distaba mucho de ser perfecto, y para cuando yo había vaciado mi botella de vino tinto estábamos charlando familiarmente como viejos amigos. Toda mi fatiga se había disipado ahora, para ser sustituida por un extraño sentimiento de bienestar, de comodidad física combinada con claridad y agudeza mentales. De modo que, cuando el abad sugirió que hiciéramos una visita a la biblioteca, asentí con regocijo.
Me llevó por un largo corredor, a cuyos lados estaban las celdas pertenecientes a los hermanos de la orden, y abrió, con una enorme llave de bronce que colgaba de su cinturón, la puerta de una gran estancia de techo elevado y varias profundas ventanas. Verdaderamente, no había exagerado los recursos de la biblioteca; pues los largos estantes se hallaban rebosantes de libros, y muchos volúmenes estaban apilados bien alto sobre las mesas o amontonados en los rincones. Había rollos de papiro, de pergamino, de piel; había extraños códices bizantinos o coptos; había antiguos manuscritos arábigos y persas de cubiertas floreadas o repujadas de joyas; había veintenas de incunables procedentes de primeras ediciones; había innumerables copias de antiguos autores hechas por los monjes, encuadernadas en madera o marfil, con ricas ornamentaciones e inscripciones que eran a menudo en sí mismas una obra de arte.
Con un cuidado que era a la vez tierno y meticuloso, el abad Hilaire fue sacando un volumen tras otro para que yo los inspeccionara. Muchos de ellos no los había visto antes; de algunos ni siquiera la fama o los rumores me habían hecho conocer su existencia. Mi interés acalorado, mi entusiasmo no fingido, evidentemente le agradaron, pues al fin oprimió un resorte escondido en una de los paneles de la biblioteca y sacó un gran cajón, en el cual, me dijo, se hallaban ciertos tesoros que él no se preocupaba de exhibir para la edificación o el disfrute de muchos, y cuya misma existencia los monjes no podían soñar.
-Aquí -continuó- están tres odas de Catulo que no encontrará usted en ninguna edición publicada de sus obras. Aquí, también, está un manuscrito original de Safo, una copia completa de un poema que de otro modo sólo perdura en breves fragmentos; aquí están dos de los cuentos perdidos de Mileto, una carta de Pericles a Aspasia, un diálogo desconocido de Platón y una antigua obra arábiga sobre astronomía, de autor desconocido, en la que se anticipan las teorías de Copérnico. Y, finalmente, aquí está la de algún modo infame Histoire d' Amour, de Bernard de Vaillantcoeur, que fue destruida inmediatamente después de su publicación, y de la cual sólo se sabe que existe una copia más.
Mientras contemplaba con asombro y curiosidad mezclados los tesoros únicos e inadvertidos que me mostraba, vi en una esquina del cajón lo que parecía ser un delgado volumen de cubiertas lisas y sin título, encuadernado en cuero oscuro. Me aventuré a cogerlo, y hallé que contenía unos cuantos pliegos de apretada escritura manuscrita en antiguo francés.
-¿Y esto? -inquirí, volviéndome a mirar a Hilaire, cuyo rostro, para mi desconcierto, había asumido repentinamente una expresión melancólica y atribulada.
-Sería mejor no preguntar, hijo mío -se santiguó mientras hablaba, y su voz ya no volvió a ser dulce, sino áspera, agitada, repleta de una perturbación dolorosa-. Hay una maldición en las páginas que usted sostiene en la mano; un malévolo hechizo, un poder maligno se encuentra ligado a ellas, y aquel que se atreva a leerlas se halla en adelante en horrible peligro de cuerpo y alma -me quitó el pequeño volumen mientras hablaba, y lo devolvió al cajón, santiguándose de nuevo con cuidado conforme lo hacía.
-Pero, padre -me atreví a contradecirle-, ¿cómo pueden ser tales cosas? ¿Cómo puede haber peligro en unas cuantas hojas escritas de pergamino?
-Christophe, hay cosas más allá de su entendimiento, cosas que no sería bueno para usted conocer. El poder de Satán se puede manifestar de modos extraños, de diversas maneras; hay otras tentaciones además del mundo y la carne, hay maldades no menos sutiles que irresistibles, hay herejías ocultas, y necromancias distintas de aquellas que practican los hechiceros.
-¿Con qué, entonces, tienen que ver estas páginas, cuál es ese peligro tan oculto, tal poder infernal como acecha dentro de ellas?
-Le prohíbo preguntar -su tono fue de gran rigor, con una resolución que me disuadió de seguir preguntando.
-Para usted, hijo mío -continuó-, el peligro sería doblemente grande, porque es usted joven, ardiente, lleno de deseos y curiosidades. Créame, es mejor olvidar que ha visto alguna vez este manuscrito - cerró el cajón oculto, y conforme lo hacía, su expresión de atribulada melancolía fue reemplazada por su anterior benignidad. -Ahora -dijo, mientras volvía hacia uno de los estantes-, le mostraré la copia de Ovidio de la que fue propietario el poeta Petrarca- era otra vez el afable estudioso, el benévolo y jovial anfitrión, y resultaba evidente que no había que referirse de nuevo al misterioso manuscrito. Pero su extraña turbación, las oscuras y atroces insinuaciones que había dejado caer, los vagos términos terroríficos de su prohibición, habían servido en conjunto para despertar mi más salvaje curiosidad, y, aunque sentía que la obsesión era irrazonable, fui perfectamente incapaz de pensar en nada más durante el resto de la velada.
Toda suerte de especulaciones, fantásticas, absurdas, violentas, ridículas, terribles, enturbiaban mi cerebro conforme admiraba puntualmente los incunables que Hilaire bajaba tan delicadamente de los estantes para mi disfrute.
Al fin, hacia la medianoche, me condujo a mi habitación; una habitación especialmente reservada para los visitantes, y con más comodidades, más lujo propiamente dicho en sus colgaduras, alfombras y su cama profusamente acolchada de lo que era permisible en las celdas de los monjes o del abad mismo. Incluso cuando Hilaire se hubo retirado, y yo hube probado para mi satisfacción la suavidad de la cama que se me había asignado, mi cerebro todavía remolineaba con preguntas concernientes al manuscrito prohibido. Aunque la tormenta había cesado ahora, pasó un largo rato hasta que me dormí; mas el sopor, cuando finalmente llegó, fue limpio de sueños y profundo.

Cuando desperté, un río de sol claro como oro fundido se vertía por mi ventana. La tormenta se había disipado por completo, y ni el más leve jirón de nube era visible por parte alguna en los cielos azul pálido de Octubre. Corrí a la ventana y me asomé a un mundo de bosques otoñales y campos destellantes con los diamantes de la lluvia. Todo era hermoso, todo era idílico hasta un extremo que podría ser apreciado en su totalidad sólo por alguien que hubiera vivido durante una larga temporada, como yo lo había hecho, dentro de los muros de una ciudad, con edificios elevados en lugar de árboles y pavimentos de piedra donde debería estar la hierba. Pero, encantador como era, el primer plano retuvo mi atención sólo durante unos momentos; después, más allá de las copas de los árboles, vi una colina, no más que a una milla de distancia, en cuya cima se levantaban las ruinas de algún viejo castillo, la destrozada y ruinosa condición de cuyos muros y torres era perfectamente visible. Arrastró mi atención irresistiblemente, con un invencible sentido de atracción romántica, que de algún modo parecía tan natural, tan inevitable, que no me detuve a analizarlo o a preguntarme por él; y una vez lo hube visto, no podía apartar mis ojos, sino que me demoré en la ventana durante un tiempo del que no fui consciente, escrutando tan estrechamente como podía los detalles de cada torreta y bastión sacudidos por el tiempo. Cierta indefinible fascinación era inherente a la propia forma, la magnitud, la disposición de los escombros; una fascinación no diferente de aquella ejercida por un pasaje de música, por una mágica combinación de palabras en poesía, por los rasgos de un rostro querido. Contemplando, me perdí en ensueños que no pude recordar después, pero que dejaron tras de sí la misma embrujadora sensación de innombrable deleite que los sueños nocturnos olvidados pueden dejar a veces.
Fui devuelto a las realidades de la vida por un suave toque en mi puerta, y me di cuenta de que había olvidado vestirme. Era el abad, que venía para averiguar cómo había pasado la noche, y para decirme que el desayuno estaba preparado en cualquier momento que tuviera a bien levantarme. Por alguna razón, me sentí un poco confuso, incluso avergonzado, por haber sido sorprendido en medio de un sueño diurno; y aunque era sin duda innecesario, me disculpé por mi tardanza. Hilaire, pensé, me dirigió una mirada perspicaz, inquisitiva, que desapareció rápidamente, cuando, con la suave cortesía de un buen anfitrión, me aseguró que no había nada en absoluto por lo que yo necesitara disculparme.
Cuando hube desayunado, le dije a Hilaire, con numerosas expresiones de gratitud por su hospitalidad, que era el momento de retomar mi viaje. Pero su pesar ante el anuncio de mi partida fue tan franco, su invitación a permanecer allí al menos una noche más fue tan genuinamente cordial, tan sinceramente urgente, que consentí en quedarme. En realidad, no precisaba gran cantidad de ruegos, pues, aparte de la auténtica afición que le había tomado a Hilaire, el misterio del manuscrito prohibido había esclavizado por completo a mi imaginación y estaba reacio a marcharme sin haber aprendido más sobre él. Además, para un joven con conocimientos académicos, la libertad de la biblioteca del abad era un raro privilegio, una preciosa oportunidad que no debía ser pasada por alto.
-Me encantaría -dije-, acometer ciertos estudios mientras estoy aquí, con la ayuda de su incomparable colección.
-Hijo mío, es usted más que bienvenido a quedarse cualquier espacio de tiempo, y puede usted tener acceso a mis libros cuando quiera que le convenga a su necesidad o a su inclinación -diciendo esto, Hilaire desprendió la llave de la biblioteca de su cinturón y me la dio-. Hay deberes -continuó- que me requerirán fuera del monasterio durante unas pocas horas hoy, y sin duda usted deseará estudiar en mi ausencia.
Un poco después, se disculpó y partió. Felicitándome interiormente por la ansiada oportunidad que había caído tan convenientemente en mis manos, me apresuré hacia la biblioteca, sin otro pensamiento que leer el manuscrito prohibido. Echando apenas una ojeada a los cargados estantes, busqué el panel con el cajón secreto, y trasteé en busca del resorte. Tras un breve y angustioso retraso, oprimí el punto adecuado e hice salir el cajón. Un impulso que se había convertido en una verdadera obsesión, una fiebre de curiosidad que bordeaba la auténtica locura, me conducían, y aunque la salvación de mi alma hubiera dependido realmente de ello, no podría haber rechazado el deseo que me obligaba a sacar del cajón el delgado volumen de cubiertas sin grabar.
Sentándome en una silla cerca de una de las ventanas, comencé a leer las páginas, cuyo número era sólo de seis. La escritura era peculiar, con caracteres de una suntuosidad que no había encontrado anteriormente, y el francés no era únicamente antiguo sino prácticamente bárbaro en su curiosa singularidad. No obstante la dificultad que encontré en descifrarlas, una emoción alocada e indescriptible me recorrió ante las primeras palabras, y seguí leyendo con todas las sensaciones de un hombre que hubiera sido embrujado o que hubiera bebido un filtro de potencia desconcertante.
No había título, ni fecha, y el escrito era un relato que comenzaba casi de modo tan abrupto como terminaba. Era sobre un tal Gerard, Conde de Venteillon, el cual, en la víspera de su matrimonio con la reputada y hermosa demoiselle, Eleanor des Lys, había encontrado en el bosque cerca de su castillo una extraña criatura medio humana con pezuñas y cuernos. Entonces Gerard, según explicaba el relato, era un joven caballeroso de valor indisputablemente probado, al mismo tiempo que un auténtico cristiano; así que, en el nombre de nuestro Salvador, Jesucristo, le pidió a la criatura que se detuviera y que diera razón de sí misma. 
Riendo salvajemente en el crepúsculo, el grotesco ser brincó frente a él, y gritó:
-Soy un sátiro, y tu Cristo es menos para mí que los hierbajos que crecen en los montones de escoria de tu cocina.
Espantado por tal blasfemia, Gerard hubiera sacado su espada para matar a la criatura, pero ésta gritó de nuevo, diciendo:
-Detente, Gerard de Venteillon, y te contaré un secreto, y una vez que lo conozcas, olvidarás la devoción a Cristo, y olvidarás a tu hermosa novia de mañana, y le volverás la espalda al mundo y al mismo sol sin resistencia y sin pesar.
Entonces, aunque casi en contra de su voluntad, Gerard le ofreció un oído al sátiro y éste se acercó y le susurró. Y lo que le susurró no se sabe; pero antes de desvanecerse entre las ennegrecidas sombras del bosque, el sátiro habló en voz alta una vez más, y dijo:
-El poder de Cristo ha prevalecido como una escarcha negra sobre todos los bosques, los campos, los ríos, las montañas, donde moraban en su felicidad las alegres e inmortales diosas y ninfas de antaño. Pero aún, en las ocultas cavernas de la tierra, en profundos lugares subterráneos, como el infierno que han inventado vuestros sacerdotes, habita la belleza pagana, aúllan los éxtasis paganos -y con las últimas palabras, la criatura arrojó de nuevo su inhumana risa, y desapareció entre los oscurecidos troncos de los árboles crepusculares.
Desde ese momento, un cambio se produjo en Gerard de Venteillon. 
Volvió a su castillo con semblante decaído, sin decir una palabra cariñosa o amable a los que lo retenían, según era su costumbre, sino sentándose o caminando siempre en silencio, y prestando apenas atención a la comida que le ponían delante. Ni siquiera fue esa tarde a visitar a su novia, como había prometido; en vez de eso, hacia la medianoche, cuando una luna menguante se había alzado roja como de un baño de sangre, salió clandestinamente por la puerta trasera del castillo, y siguió una vieja y casi olvidada senda a través de los bosques, que lo condujo a las ruinas del Chateau des Faussesflames, que se alza en una colina frente a la abadía Benedictina de Perigon.
Ahora estas ruinas (decía el manuscrito) son muy viejas, y han sido evitadas largo tiempo por la gente de la región; pues una leyenda de maldad inmemorial está ligada a ellas, y se dice que son la morada de obscenos espíritus, el lugar de encuentro de hechiceros y súcubos. Pero Gerard, como si hubiera olvidado o no temiera su malsano renombre, se sumergió como quien lleva el diablo en la sombra de los muros tambaleantes, y fue, con el cuidadoso palpar de un hombre que sigue una dirección indicada, hasta el extremo norte del patio. Allí, directamente debajo y en medio de las dos ventanas del centro, que, quizá, sirvieron de mirador a la cámara de olvidadas castellanas, apretó con el pie derecho sobre una losa distinta a las que la rodeaban por ser de forma triangular. Y la losa se movió y se inclinó bajo su pie, revelando un vuelo de escalones de granito que se adentraban en la tierra. Luego, encendiendo una vela que había traído consigo, Gerard descendió los escalones, y la losa se deslizó en su lugar detrás de él.
Por la mañana, su prometida, Eleanor des Lys, y todo su séquito nupcial, lo esperaron en vano en la catedral de Vyones, la ciudad principal de Averoigne, donde la boda había sido dispuesta. Y desde ese momento su rostro no fue visto por hombre alguno, y ni el más vago rumor de Gerard de Venteillon o del destino que le aconteció ha corrido jamás entre los vivos...

Tal era la sustancia del manuscrito prohibido, y así terminaba. Como he dicho antes, no había fecha, ni había tampoco nada que indicara por quién había sido escrito o cómo el conocimiento de los hechos relatados había llegado a posesión del escritor. Pero, de un modo suficientemente extraño, no se me ocurrió dudar de su veracidad ni un momento; y la curiosidad que había sentido acerca del contenido del manuscrito fue reemplazada ahora por un ardiente deseo, un millar de veces más poderoso, más obsesivo, de conocer el final de la historia y descubrir lo que Gerard de Venteillon había encontrado cuando descendió los escalones ocultos.
Al leer la historia, se me había ocurrido desde luego que las ruinas del Chateau des Faussesflammes, descritas allí, eran las mismas ruinas que había visto esa mañana desde la ventana de mi cámara; y al pensar en ello, me fui sintiendo más y más poseído por una fiebre insana, por una ansiedad frenética e impía. Devolviendo el manuscrito al cajón secreto, abandoné la biblioteca y vagabundeé durante un rato sin propósito por los corredores del monasterio. Al encontrar allí por casualidad al mismo monje que se había hecho cargo de mi caballo la noche anterior, me aventuré a preguntarle, tan discreta y casualmente como pude, acerca de las ruinas que se podían ver desde las ventanas de la abadía. 
Se santiguó, y una expresión aterrorizada cubrió su ancho y plácido rostro ante mi consulta.
-Las ruinas son las del Chateau des Faussesflammes -respondió-. Durante años sin cuento, dicen las gentes, han sido la morada de espíritus impíos, de brujas y demonios; y festejos que no deben ser descritos o tan siquiera nombrados tienen lugar dentro de sus muros. Ningún arma conocida del hombre, ningún exorcismo o agua bendita, ha prevalecido jamás contra estos demonios; muchos valientes caballeros y monjes han desaparecido entre las sombras de Faussesflammes, para no volver jamás; y una vez, se cuenta, un abad de Perigon fue allá para hacer la guerra a las fuerzas del mal; pero lo que le ocurrió a manos de los súcubos no es posible saberlo o conjeturarlo. Algunos dicen que los demonios son abominables brujas cuyos cuerpos terminan en espirales serpenteantes; otros que son mujeres de belleza más que mortal, cuyos besos son un diabólico placer que consume la carne de los hombres con la ferocidad de un fuego infernal... En lo que a mí respecta, no sé si tales historias son verdad; pero yo no tendría el más mínimo interés en aventurarme dentro de los muros de Faussesflammes.
Antes de que hubiera terminado de hablar, una resolución había cobrado plena existencia en mi mente: sentí que debía ir al Chateau des Faussesflammes y descubrir por mí mismo, si era posible, todo lo que pudiera descubrirse. El impulso fue inmediato, irresistible, ineluctable; y ni aunque así lo hubiera deseado, podría haber luchado contra él más que si hubiera sido la víctima del sortilegio de algún hechicero. La prohibición del abad Hilaire, el extraño cuento inconcluso en el viejo manuscrito, la malévola leyenda sobre la que el monje acababa de insinuarme; todas estas cosas, así podría parecer, deberían haber servido para aterrorizarme y disuadirme de tal resolución; pero, por el contrario, por alguna grotesca inversión de pensamiento, parecían esconder algún delicioso misterio, denotar un mundo escondido de cosas inefables, de vagos placeres no soñados que inflamaban mi cerebro y hacían que mi pulso latiera con delirio. No sabia, no podía concebir, en qué podían consistir estos placeres; pero de algún modo místico estaba tan seguro de su ulterior realidad como el abad Hilaire estaba seguro del cielo.
Determiné ir esa misma tarde, en ausencia de Hilaire, quien, lo sentí instintivamente, podría sospechar de cualquier intención de esa clase por mi parte y sería seguramente contrario a su realización.
Mis preparativos fueron muy simples: puse en mis bolsillos una pequeña vela de mi cuarto y la rebanada de una barra de pan del refectorio; y asegurándome de que una pequeña daga que siempre llevaba conmigo estaba en su funda, abandoné el monasterio inmediatamente. Al encontrarme con dos de los hermanos en el patio, les dije que iba a dar un pequeño paseo a los bosques vecinos. Ellos me dirigieron un jovial pax vobiscum y siguieron su camino con el mismo espíritu de estas palabras.
Encaminándome derecho según pude a Faussesflammes, cuyas torretas se perdían a menudo tras de las altas y enredadas ramas, penetré en el bosque. No había senderos, y a menudo me vi obligado a tomar breves desvíos y rodeos a causa de la espesura de la maleza. En mi febril apresuramiento por alcanzar las ruinas, me pareció que pasaban horas antes de llegar a lo alto de la colina que coronaba Faussesflammes, pero probablemente fueron poco más de treinta minutos. Escalando el último declive salpicado de cantos de la cuesta, llegué de pronto a la vista del castillo, que se alzaba casi al alcance de la mano en el centro del estrato que formaba la cima. Los árboles habían echado raíces en sus derruidos muros, y la ruinosa entrada que daba al patio estaba medio cortada por arbustos, zarzas y ortigas. Forzando mi paso a través, no sin dificultad, y con mi vestimenta maltratada a causa de las espinas de las zarzas, fui, como Gerard de Venteillon en el viejo manuscrito, hasta el extremo norte del patio. Enormes cizañas de aspecto maligno se hallaban enraizadas entre las losas, nutriendo sus espesas y carnosas hojas que se habían tornado de un siniestro marrón y púrpura pálido con el asalto del otoño. Pero pronto encontré la losa triangular indicada en la historia, y sin el más leve retraso o vacilación hice fuerza sobre ella con mi pie derecho.
Un loco escalofrío, un estremecimiento de triunfo aventurero que venía mezclado con algo de temblor, danzó en mi interior cuando la gran losa se inclinó fácilmente bajo mi pie, mostrando oscuros escalones de granito, exactamente igual que en la historia. 
Ahora, por un momento, los horrores vagamente insinuados en las leyendas de los monjes se hicieron inminentemente reales en mi imaginación, y me detuve ante la negra abertura que iba a engullirme, preguntándome si algún hechizo satánico no me había arrastrado hasta allí destinado a peligros de terror desconocido y gravedad inconcebible.
Sólo durante unos momentos, sin embargo, estuve dudando. Luego el sentimiento de peligro desapareció, los horrores de los monjes se convirtieron en un sueño fantástico, y el encanto de cosas inefables, pero cada vez más a la mano, cada momento más accesibles, se estrechó a mi alrededor como el abrazo de unos brazos amorosos. Encendí mi vela, descendí la escalera; y de igual modo que tras Gerard de Venteillon, el bloque de piedra triangular retomó silenciosamente su lugar en el enlosado del patio sobre mí. Sin duda era movido por algún mecanismo accionable por el peso de un hombre en uno de los escalones; pero no me detuve a considerar su modus operandi, o a preguntarme si existía alguna manera mediante la cual pudiera ser activado desde dentro para permitir mi regreso.
Había quizás una docena de escalones, que terminaban en una baja y estrecha cripta mohosa que se hallaba vacía de cualquier cosa más consistente que antiguas telarañas cargadas de polvo. Al otro extremo, una pequeña entrada me dio paso a una segunda cripta que se distinguía de la primera sólo en que era más grande y polvorienta. Pasé a través de varias criptas como ésta, y luego me encontré en un largo corredor o túnel, medio bloqueado en algunos lugares por guijarros o montones de cascotes que habían caído desde las paredes desmoronadas. Estaba muy húmedo, y repleto del nocivo olor de aguas estancadas y moho subterráneo. Mis pies salpicaron más de una vez en pequeños charcos, y sobre mí caían gotas desde arriba, fétidas y repugnantes como si hubieran rezumado de un osario. Más allá del vacilante círculo de luz que mi vela mantenía, me pareció que las espirales de borrosas y sombrías serpientes se deslizaban por la oscuridad conforme me acercaba; pero no estaba seguro de si realmente eran serpientes, o sólo las afligidas y recalcitrantes sombras, vistas por unos ojos que no estaban aún acostumbrados a la penumbra de las criptas.
Al rodear una repentina vuelta del corredor, vi la última cosa que hubiera soñado con ver - el brillo del sol en lo que era aparentemente el final del túnel. Apenas sabía lo que había esperado encontrar, pero tal eventualidad era de algún modo completamente inesperada. 
Me apresuré, en una especie de confusión de pensamiento, y trastabillé a través de la abertura, para encontrarme parpadeando ante los intensos rayos del sol.
Incluso antes de que hubiera recobrado suficientemente la claridad y la visión para tomar nota del paisaje ante mí, me sentí sobrecogido por una extraña circunstancia: Aunque había sido el comienzo de la tarde cuando penetré en las criptas, y aunque mi paso a través de ellas podría haber sido una cuestión de no más que unos cuantos minutos, el sol estaba ahora acercándose al horizonte. Había también una diferencia en su luz, que era a un tiempo más brillante y más suave que la del sol que había visto sobre Averoigne; y el cielo mismo era intensamente azul, sin rastro alguno de palidez otoñal.
Ahora, con creciente estupefacción, miré a mi alrededor, y no pude hallar nada familiar o tan siquiera creíble en la escena ante la que había emergido. Al contrario de todo lo que podría haberse esperado razonablemente, no había rastro alguno de la colina sobre la que se erigía Faussesflammes, o de la región vecina; sino que a mi alrededor se hallaba un plácido territorio de praderas sinuosas, a través del cual un río destellante como el oro serpenteaba hacia un mar del más profundo azul, que era visible más allá de las copas de los laureles... Pero no hay laureles en Averoigne, y el mar está a cientos de millas; juzgad, entonces, mi completa confusión y enmudecimiento.
Era una escena de un encanto como yo no había contemplado nunca antes. La hierba a mis pies era más suave y más lustrosa que terciopelo verde, y estaba llena de violetas y asfódelos de muchos colores. El verde oscuro de las encinas se reflejaba en el río de oro, y muy lejos vi el pálido destello de una acrópolis de mármol sobre una suave eminencia en la llanura. Todas las cosas presentaban el aspecto de una apacible y clemente primavera que estuviera al borde de un opulento verano. Sentí como si hubiera penetrado en una tierra de mito clásico, de leyenda griega; y poco a poco, toda sorpresa, todo asombro ante el modo en que pudiera haber llegado allí, se sumergía en una sensación de éxtasis creciente ante la absoluta e inefable belleza del paisaje.
Cerca de allí, en un bosquecillo de laureles, un techo blanco brillaba bajo los rayos tardíos del sol. Fui arrastrado hacia él por la misma seducción, sólo que más potente y urgente, que había sentido al ver el manuscrito prohibido y las ruinas de Faussesflammes. Ahí, lo supe con una certeza esotérica, estaba la culminación de mi búsqueda, la recompensa de toda mi alocada y quizás impía curiosidad. Conforme penetré en el bosquecillo, escuché risas entre los árboles, mezclándose armoniosamente con el blando murmullo de sus hojas en un viento suave y balsámico. 
Pensé que veía vagas formas que se fundían entre los troncos al acercarme; y una vez una criatura peluda, como una cabra con cabeza y cuerpo humanos, atravesó corriendo mi camino, como si persiguiera a una ninfa voladora.
En el corazón del bosquecillo, encontré un lugar construido en mármol con un pórtico de columnas Dóricas. Conforme me aproximaba, fui saludado por dos mujeres vestidas como antiguas esclavas; y aunque mi griego es de lo más exiguo, no tuve dificultad en comprender sus palabras, que eran de una pureza Ática.
-Nuestra señora, Nicea, te aguarda -me dijeron. Yo no podía ya maravillarme de nada, sino aceptar mi situación sin preguntar o hacer conjeturas, como alguien que se resigna a seguir el progreso de un sueño delicioso. Probablemente, pensaba, se trataba de un sueño, y yo estaba todavía acostado en mi cama del monasterio; pero nunca antes había sido yo favorecido con visiones nocturnas de tal claridad y encanto señalado. 
El interior del palacio estaba repleto de un lujo que rozaba la barbarie, y que pertenecía evidentemente al periodo de la decadencia griega, con su mezcolanza de influencias Orientales. Me condujeron por un corredor que destellaba con ónice y púrpura pulida, hasta una estancia amueblada opulentamente, en la que, sobre un lecho de factura asombrosa, se hallaba reclinada una mujer de belleza semejante a la de una diosa.
Ante su vista, temblé de la cabeza a los pies con la violencia de una extraña emoción. Había oído hablar de los repentinos amores locos que aprisionan a los hombres al contemplar por primera vez un cierto rostro y figura; mas nunca antes había yo experimentado una pasión de tal intensidad, un ardor tan voraz, como el que concebí inmediatamente por esta mujer. De hecho, parecía como si la hubiera amado durante mucho tiempo, sin saber que era ella a quien amaba, y sin ser capaz de identificar la naturaleza de mi emoción o de orientar el sentimiento en modo alguno.
No era alta, pero estaba formada con una exquisita y voluptuosa pureza de línea y color. Sus ojos eran de un azul zafiro oscuro, con simas fundentes en las que el alma estaba presta a sumergirse como en los suaves abismos de un océano estival. La curva de sus labios era enigmática, un poco triste, y de una ternura grave como los labios de una antigua Venus. Su cabello, de color pardo antes que rubio, le caía sobre el cuello y los oídos y la frente en deliciosos rizos recogidos por una diadema lisa de plata. En su expresión, había una mezcla de orgullo y voluptuosidad, de regia imperiosidad y femenina condescendencia. Sus movimientos eran todos tan livianos y gráciles como los de una serpiente.
-Sabía que vendrías -murmuró en el mismo griego de suave timbre que había escuchado de labios de sus sirvientas-; te he esperado largo tiempo; pero cuando buscaste refugio de la tormenta en la abadía de Perigon, y viste el manuscrito en el cajón secreto, supe que la hora de tu llegada estaba cerca. ¡Ah! ¡No soñaste que el hechizo que te arrastraba tan irresistiblemente, con tan inexplicable potencia, era el hechizo de mi belleza, la mágica seducción de mi amor!
-¿Quién eres tú? -pregunté. Hablé directamente en griego, lo que me habría sorprendido grandemente una hora antes. Pero ahora, estaba preparado para aceptar cualquier cosa que ocurriese, no importa cuán fantástica o absurda, como una parte de la milagrosa fortuna, la increíble aventura que me había acontecido.
-Soy Nicea -respondió ella a mi pregunta-. Te amo, y la hospitalidad de mi palacio y de mis brazos está a tu disposición. ¿Necesitas saber algo más?
Las esclavas habían desaparecido. Me lancé junto al lecho y besé la mano que ella me ofrecía, vertiendo requiebros que eran sin duda incoherentes, pero estaban sin embargo llenos de un ardor que la hizo sonreír tiernamente. 
Su mano estaba fría al contacto de mis labios, mas su toque inflamó mi pasión. Me atreví a sentarme a su lado sobre el lecho, y ella no rechazó mi familiaridad. Mientras un suave crepúsculo púrpura comenzaba a llenar las esquinas de la cámara, conversamos alegremente, diciendo una vez y otra vez todas las absurdas letanías, todas las felices naderías que acuden instintivamente a los labios de los amantes. Ella era increíblemente ligera en mis brazos, y casi parecía como si la culminación de su entrega no fuera impedida por la presencia de huesos en su adorable cuerpo.
Las sirvientas entraron sin hacer ruido, encendiendo ricas lámparas de oro intrincadamente labrado, y colocando ante nosotros una comida compuesta de carnes especiadas, de sabrosas frutas desconocidas y potentes vinos. Pero yo pude comer poco, y mientras estaba bebiendo, sentía sed por el dulce vino de la boca de Nicea. No sé cuándo nos dormimos; pero la velada había volado como un momento encantado. Cargado de felicidad, me dejé arrastrar sobre una sedosa corriente de somnolencia, y las lámparas de oro y el rostro de Nicea se hicieron borrosos en medio de una bruma dichosa y ya no los vi más.

Repentinamente, desde las profundidades de un ensueño más allá de todos los sueños, me vi forzado a despertarme por completo. Durante un instante, ni siquiera fui consciente de dónde estaba, aún menos de lo que me había sucedido. Luego escuché unos pasos en la abierta portezuela de la estancia, y al asomarme sobre la dormida cabeza de Nicea, vi a la luz de la lámpara al abad Hilaire, que se había detenido en el umbral. Una mirada de absoluto horror estaba impresa en su rostro, y conforme reparaba en mí, comenzó a murmurar en Latín, en tonos donde algo de miedo se mezclaba con un rechazo y un odio fanáticos. Vi que llevaba en sus manos una gran botella y un hisopo. Sentí con seguridad que la botella estaba llena de agua bendita, y por supuesto adiviné el uso para el que estaba destinada.
Mirando a Nicea, vi que ella también estaba despierta, y supe que estaba al tanto de la presencia del abad. Me dirigió una extraña sonrisa, en la que leí una cariñosa compasión, mezclada con la seguridad que una mujer ofrece a un niño aterrorizado.
-No temas por mí -susurró.
-¡Sucio vampiro! ¡Lamia maldita! ¡Serpiente del infierno! -tronó el abad de repente, mientras cruzaba el umbral de la habitación, llevando el hisopo en alto. Al mismo tiempo, Nicea se deslizó desde el lecho, con una increíble rapidez de movimiento, y se esfumó a través de una puerta exterior que daba al bosque de laureles. Su voz resonaba en mis oídos, como si viniera de una inmensa distancia:
-Adiós por un momento, Christophe. Mas no temas. Me encontrarás otra vez si eres audaz y paciente.
Conforme terminaban las palabras, el agua bendita del hisopo cayó sobre el suelo de la cámara y sobre el lecho donde Nicea había yacido junto a mí. Hubo un chasquido como de muchos truenos, y las lámparas de oro dieron lugar a una oscuridad que parecía repleta de polvo que caía, de fragmentos que llovían. Perdí por completo la conciencia, y cuando me recobré, me encontré sobre un montón de cascotes en una de las criptas que había atravesado al comienzo del día. Con una vela en la mano, y una expresión de gran solicitud, de infinita compasión en su rostro, Hilaire estaba inclinándose sobre mí. A su lado descansaban la botella y el goteante hisopo.
-Doy gracias a Dios, hijo mío, de encontrarte en buena hora -dijo-. Cuando volví a la abadía esta noche y supe que te habías ido, supuse todo lo que había sucedido. Supe que habías leído el manuscrito maldito en mi ausencia, y que habías caído bajo su malsano hechizo, como lo han hecho tantos otros, incluso un cierto reverendo abad, uno de mis predecesores. Todos ellos, ¡ay! empezando cientos de años atrás con Gerad de Venteillon, han caído víctimas de la lamia que habita estas criptas.
-¿La lamia? -pregunté, comprendiendo apenas sus palabras.
-Sí, hijo mío, la hermosa Nicea que yació en tus brazos esta noche es una lamia, un antiguo vampiro, que mantiene en estas nocivas criptas su palacio de ilusiones beatíficas. Cómo vino a establecer su morada en Faussesflammes no se sabe, pues su venida es anterior a la memoria de los hombres. Es antigua como el paganismo; los griegos la conocieron; fue exorcizada por Apolonio de Tyana; y si pudieras contemplarla como realmente es, verías, en lugar de su cuerpo voluptuoso, los anillos de una repugnante y monstruosa serpiente. A todos aquellos a quienes ama y admite a su hospitalidad, los devora al final, después de haber extraído de ellos la vida y el vigor con el diabólico deleite de sus besos. La llanura poblada de laureles que viste, el río bordeado de encinas, el palacio de mármol y todo el lujo que encerraba, no eran más que un espejismo satánico, una burbuja encantadora que se alzó desde el polvo y el moho de una muerte inmemorial, de una corrupción antigua. Se derrumbaron bajo el beso del agua bendita que traje conmigo cuando te seguí. Pero Nicea, ¡ay! ha escapado, y temo que sobrevivirá aún, para construir otra vez su palacio de encantamientos demoníacos, para cometer una vez y otra vez la inenarrable abominación de sus pecados.
Todavía en una especie de estupor ante la ruina de mi recién encontrada felicidad, ante las singulares revelaciones hechas por el abad, lo seguí obedientemente mientras me indicaba el camino a través de las criptas de Faussesflammes. Subió la escalera por la que yo había descendido, y mientras se acercaba a lo alto y se veía forzado a inclinarse un poco, la gran losa se deslizó hacia arriba, dejando entrar un chorro de helada luz de luna. Salimos; y yo le permití llevarme de vuelta al monasterio.
Mientras mi cerebro comenzaba a aclararse, y la confusión en la que me había visto lanzado se resolvía por sí misma, una sensación de rencor crecía rápidamente; una acerada irritación por la intromisión de Hilaire. Sin tener en cuenta si me había rescatado o no de terribles peligros físicos y espirituales, lamentaba el hermoso sueño del que me había privado. Los besos de Nicea ardían suavemente en mi recuerdo, y sabía que dondequiera que ella estuviese, mujer o demonio o serpiente, no había nadie en todo el mundo que pudiera jamás suscitar en mí el mismo amor y el mismo deleite. Tuve cuidado, sin embargo, de ocultar mis sentimientos a Hilaire, comprendiendo que si tales emociones me traicionaban, él se vería llevado a velar por mí como un alma que estuviera perdida más allá de toda redención.
Por la mañana, alegando la urgencia de mi regreso a casa, partí de Perigon. Ahora, en la biblioteca de la casa de mi padre cerca de Moulins, escribo esta relación de mis aventuras. El recuerdo de Nicea es mágicamente claro, inefablemente querido como si ella estuviera aún a mi lado, y aún veo los ricos tapices de una cámara a medianoche, iluminada por lámparas de oro curiosamente labrado, y aún escucho las palabras de su despedida:
"No temas. Me encontrarás otra vez si eres audaz y paciente."
Pronto volveré a visitar de nuevo las ruinas del Chateau des Faussesflammes, y volveré a descender a las criptas bajo la losa triangular. Mas, a pesar de la proximidad de Perigon a Faussesflammes, a pesar de mi estima por el abad, mi gratitud por su hospitalidad y mi admiración por su incomparable biblioteca, no me cuidaré de visitar otra vez a mi amigo Hilaire.


viernes, 28 de agosto de 2015

RELATO: "El Horla", Guy de Maupassant





El Horla


Guy de Maupassant




8 de mayo

¡Qué hermoso día! He pasado toda la mañana tendido sobre la hierba, delante de mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, la resguarda y le da sombra. Adoro esta región, y me gusta vivir aquí porque he echado raíces aquí, esas raíces profundas y delicadas que unen al hombre con la tierra donde nacieron y murieron sus abuelos, esas raíces que lo unen a lo que se piensa y a lo que se come, a las costumbres como a los alimentos, a los modismos regionales, a la forma de hablar de sus habitantes, a los perfumes de la tierra, de las aldeas y del aire mismo.
Adoro la casa donde he crecido. Desde mis ventanas veo el Sena que corre detrás del camino, a lo largo de mi jardín, casi dentro de mi casa, el grande y ancho Sena, cubierto de barcos, en el tramo entre Ruán y El Havre.
A lo lejos y a la izquierda, está Ruán, la vasta ciudad de techos azules, con sus numerosas y agudas torres góticas, delicadas o macizas, dominadas por la flecha de hierro de su catedral, y pobladas de campanas que tañen en el aire azul de las mañanas hermosas enviándome su suave y lejano murmullo de hierro, su canto de bronce que me llega con mayor o menor intensidad según que la brisa aumente o disminuya.
¡Qué hermosa mañana!
A eso de las once pasó frente a mi ventana un largo convoy de navíos arrastrados por un remolcador grande como una mosca, que jadeaba de fatiga lanzando por su chimenea un humo espeso.
Después, pasaron dos goletas inglesas, cuyas rojas banderas flameaban sobre el fondo del cielo, y un soberbio bergantín brasileño, blanco y admirablemente limpio y reluciente. Saludé su paso sin saber por qué, pues sentí placer al contemplarlo.

11 de mayo

Tengo algo de fiebre desde hace algunos días. Me siento dolorido o más bien triste.
¿De dónde vienen esas misteriosas influencias que trasforman nuestro bienestar en desaliento y nuestra confianza en angustia? Diríase que el aire, el aire invisible, está poblado de lo desconocido, de poderes cuya misteriosa proximidad experimentamos. ¿Por qué al despertarme siento una gran alegría y ganas de cantar, y luego, sorpresivamente, después de dar un corto paseo por la costa, regreso desolado como si me esperase una desgracia en mi casa? ¿Tal vez una ráfaga fría al rozarme la piel me ha alterado los nervios y ensombrecido el alma? ¿Acaso la forma de las nubes o el color tan variable del día o de las cosas me ha perturbado el pensamiento al pasar por mis ojos? ¿Quién puede saberlo? Todo lo que nos rodea, lo que vemos sin mirar, lo que rozamos inconscientemente, lo que tocamos sin palpar y lo que encontramos sin reparar en ello, tiene efectos rápidos, sorprendentes e inexplicables sobre nosotros, sobre nuestros órganos y, por consiguiente, sobre nuestros pensamientos y nuestro corazón.
¡Cuán profundo es el misterio de lo Invisible! No podemos explorarlo con nuestros mediocres sentidos, con nuestros ojos que no pueden percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano, los habitantes de una estrella ni los de una gota de agua... con nuestros oídos que nos engañan, trasformando las vibraciones del aire en ondas sonoras, como si fueran hadas que convierten milagrosamente en sonido ese movimiento, y que mediante esa metamorfosis hacen surgir la música que trasforma en canto la muda agitación de la naturaleza... con nuestro olfato, más débil que el del perro... con nuestro sentido del gusto, que apenas puede distinguir la edad de un vino.
¡Cuántas cosas descubriríamos a nuestro alrededor si tuviéramos otros órganos que realizaran para nosotros otros milagros!

16 de mayo

Decididamente, estoy enfermo. ¡Y pensar que estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, una fiebre atroz, o, mejor dicho, una nerviosidad febril que afecta por igual el alma y el cuerpo. Tengo continuamente la angustiosa sensación de un peligro que me amenaza, la aprensión de una desgracia inminente o de la muerte que se aproxima, el presentimiento suscitado por el comienzo de un mal aún desconocido que germina en la carne y en la sangre.

18 de mayo

Acabo de consultar al médico pues ya no podía dormir. Me ha encontrado el pulso acelerado, los ojos inflamados y los nervios alterados, pero ningún síntoma alarmante. Debo darme duchas y tomar bromuro de potasio.

25 de mayo

¡No siento ninguna mejoría! Mi estado es realmente extraño. Cuando se aproxima la noche, me invade una inexplicable inquietud, como si la noche ocultase una terrible amenaza para mí. Ceno rápidamente y luego trato de leer, pero no comprendo las palabras y apenas distingo las letras. Camino entonces de un extremo a otro de la sala sintiendo la opresión de un temor confuso e irresistible, el temor de dormir y el temor de la cama. A las diez subo a la habitación. En cuanto entro, doy dos vueltas a la llave y corro los cerrojos; tengo miedo... ¿de qué?... Hasta ahora nunca sentía temor por nada... abro mis armarios, miro debajo de la cama; escucho... escucho... ¿qué?... ¿Acaso puede sorprender que un malestar, un trastorno de la circulación, y tal vez una ligera congestión, una pequeña perturbación del funcionamiento tan imperfecto y delicado de nuestra máquina viviente, convierta en un melancólico al más alegre de los hombres y en un cobarde al más valiente? Luego me acuesto y espero el sueño como si esperase al verdugo. Espero su llegada con espanto; mi corazón late intensamente y mis piernas se estremecen; todo mi cuerpo tiembla en medio del calor de la cama hasta el momento en que caigo bruscamente en el sueño como si me ahogara en un abismo de agua estancada. Ya no siento llegar como antes a ese sueño pérfido, oculto cerca de mí, que me acecha, se apodera de mi cabeza, me cierra los ojos y me aniquila.
Duermo durante dos o tres horas, y luego no es un sueño sino una pesadilla lo que se apodera de mí. Sé perfectamente que estoy acostado y que duermo... lo comprendo y lo sé... y siento también que alguien se aproxima, me mira, me toca, sube sobre la cama, se arrodilla sobre mi pecho y tomando mi cuello entre sus manos aprieta y aprieta... con todas sus fuerzas para estrangularme.
Trato de defenderme, impedido por esa impotencia atroz que nos paraliza en los sueños: quiero gritar y no puedo; trato de moverme y no puedo; con angustiosos esfuerzos y jadeante, trato de liberarme, de rechazar ese ser que me aplasta y me asfixia, ¡pero no puedo!
Y de pronto, me despierto enloquecido y cubierto de sudor. Enciendo una bujía. Estoy solo.
Después de esa crisis, que se repite todas las noches, duermo por fin tranquilamente hasta el amanecer.

2 de junio

Mi estado se ha agravado. ¿Qué es lo que tengo? El bromuro y las duchas no me producen ningún efecto. Para fatigarme más, a pesar de que ya me sentía cansado, fui a dar un paseo por el bosque de Roumare. En un principio me pareció que el aire suave, ligero y fresco, lleno de aromas de hierbas y hojas, vertía una sangre nueva en mis venas y nuevas energías en mi corazón. Caminé por una gran avenida de caza y después por una estrecha alameda, entre dos filas de árboles desmesuradamente altos que formaban un techo verde y espeso, casi negro, entre el cielo y yo.
De pronto sentí un estremecimiento, no de frío sino un extraño temblor angustioso. Apresuré el paso, inquieto por hallarme solo en ese bosque, atemorizado sin razón por el profundo silencio. De improviso, me pareció que me seguían, que alguien marchaba detrás de mí, muy cerca, muy cerca, casi pisándome los talones.
Me volví hacia atrás con brusquedad. Estaba solo. Únicamente vi detrás de mí el recto y amplio sendero, vacío, alto, pavorosamente vacío; y del otro lado se extendía también hasta perderse de vista de modo igualmente solitario y atemorizante.
Cerré los ojos, ¿por qué? Y me puse a girar sobre un pie como un trompo. Estuve a punto de caer; abrí los ojos: los árboles bailaban, la tierra flotaba, tuve que sentarme. Después ya no supe por dónde había llegado hasta allí. ¡Qué extraño! Ya no recordaba nada. Tomé hacia la derecha, y llegué a la avenida que me había llevado al centro del bosque.

3 de junio

He pasado una noche horrible. Voy a irme de aquí por algunas semanas. Un viaje breve sin duda me tranquilizará.

2 de julio

Regreso restablecido. El viaje ha sido delicioso. Visité el monte Saint-Michel, que no conocía.
¡Qué hermosa visión se tiene al llegar a Avranches, como llegué yo al caer la tarde! La ciudad se halla sobre una colina. Cuando me llevaron al jardín botánico, situado en un extremo de la población, no pude evitar un grito de admiración. Una extensa bahía se extendía ante mis ojos hasta el horizonte, entre dos costas lejanas que se esfumaban en medio de la bruma, y en el centro de esa inmensa bahía, bajo un dorado cielo despejado, se elevaba un monte extraño, sombrío y puntiagudo en las arenas de la playa. El sol acababa de ocultarse, y en el horizonte aún rojizo se recortaba el perfil de ese fantástico acantilado que lleva en su cima un fantástico monumento.
Al amanecer me dirigí hacia allí. El mar estaba bajo como la tarde anterior y a medida que me acercaba veía elevarse gradualmente a la sorprendente abadía. Luego de varias horas de marcha, llegué al enorme bloque de piedra en cuya cima se halla la pequeña población dominada por la gran iglesia. Después de subir por la calle estrecha y empinada, penetré en la más admirable morada gótica construida por Dios en la tierra, vasta como una ciudad, con numerosos recintos de techo bajo, como aplastados por bóvedas y galerías superiores sostenidas por frágiles columnas. Entré en esa gigantesca joya de granito, ligera como un encaje, cubierta de torres, de esbeltos torreones, a los cuales se sube por intrincadas escaleras, que destacan en el cielo azul del día y negro de la noche sus extrañas cúpulas erizadas de quimeras, diablos, animales fantásticos y flores monstruosas, unidas entre sí por finos arcos labrados.
Cuando llegué a la cumbre, dije al monje que me acompañaba:
—¡Qué bien se debe estar aquí, padre!
—Es un lugar muy ventoso, señor —me respondió. Y nos pusimos a conversar mientras mirábamos subir el mar, que avanzaba sobre la playa y parecía cubrirla con una coraza de acero.
El monje me refirió historias, todas las viejas historias del lugar, leyendas, muchas leyendas.
Una de ellas me impresionó mucho. Los nacidos en el monte aseguran que de noche se oyen voces en la playa y después se perciben los balidos de dos cabras, una de voz fuerte y la otra de voz débil. Los incrédulos afirman que son los graznidos de las aves marinas que se asemejan a balidos o a quejas humanas, pero los pescadores rezagados juran haber encontrado merodeando por las dunas, entre dos mareas y alrededor de la pequeña población tan alejada del mundo, a un viejo pastor cuya cabeza nunca pudieron ver por llevarla cubierta con su capa, y delante de él marchan un macho cabrío con rostro de hombre y una cabra con rostro de mujer; ambos tienen largos cabellos blancos y hablan sin cesar: discuten en una lengua desconocida, interrumpiéndose de pronto para balar con todas sus fuerzas.
—¿Cree usted en eso? —pregunté al monje.
—No sé —me contestó.
Yo proseguí:
—Si existieran en la tierra otros seres diferentes de nosotros, los conoceríamos desde hace mucho tiempo; ¿cómo es posible que no los hayamos visto usted ni yo?
—¿Acaso vemos —me respondió— la cienmilésima parte de lo que existe? Observe por ejemplo el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza; el viento, que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y que arroja contra ellos a las grandes naves, el viento que mata, silba, gime y ruge, ¿acaso lo ha visto alguna vez? ¿Acaso lo puede ver? Y sin embargo existe.
Ante este sencillo razonamiento opté por callarme. Este hombre podía ser un sabio o tal vez un tonto. No podía afirmarlo con certeza, pero me llamé a silencio. Con mucha frecuencia había pensado en lo que me dijo.

3 de julio

Dormí mal; evidentemente, hay una influencia febril, pues mi cochero sufre del mismo mal que yo. Ayer, al regresar, observé su extraña palidez. Le pregunté:
—¿Qué tiene, Jean?
—Ya no puedo descansar; mis noches desgastan mis días. Desde la partida del señor parece que padezco una especie de hechizo.
Los demás criados están bien, pero temo que me vuelvan las crisis.

4 de julio

Decididamente, las crisis vuelven a empezar. Vuelvo a tener las mismas pesadillas. Anoche sentí que alguien se inclinaba sobre mí y con su boca sobre la mía, bebía mi vida. Sí, la bebía con la misma avidez que una sanguijuela. Luego se incorporó saciado, y yo me desperté tan extenuado y aniquilado, que apenas podía moverme. Si eso se prolonga durante algunos días volveré a ausentarme.

5 de julio

¿He perdido la razón? Lo que pasó, lo que vi anoche, ¡es tan extraño que cuando pienso en ello pierdo la cabeza!
Había cerrado la puerta con llave, como todas las noches, y luego sentí sed; bebí medio vaso de agua y observé distraídamente que la botella estaba llena.
Me acosté en seguida y caí en uno de mis espantosos sueños del cual pude salir cerca de dos horas después con una sacudida más horrible aún. Imagínense ustedes un hombre que es asesinado mientras duerme, que despierta con un cuchillo clavado en el pecho, jadeante y cubierto de sangre, que no puede respirar y que muere sin comprender lo que ha sucedido.
Después de recobrar la razón, sentí nuevamente sed; encendí una bujía y me dirigí hacia la mesa donde había dejado la botella. La levanté inclinándola sobre el vaso, pero no había una gota de agua. Estaba vacía, ¡completamente vacía! Al principio no comprendí nada, pero de pronto sentí una emoción tan atroz que tuve que sentarme o, mejor dicho, me desplomé sobre una silla. Luego me incorporé de un salto para mirar a mi alrededor. Después volví a sentarme delante del cristal trasparente, lleno de asombro y terror. Lo observaba con la mirada fija, tratando de imaginarme lo que había pasado. Mis manos temblaban. ¿Quién se había bebido el agua? Yo, yo sin duda. ¿Quién podía haber sido sino yo? Entonces... yo era sonámbulo, y vivía sin saberlo esa doble vida misteriosa que nos hace pensar que hay en nosotros dos seres, o que a veces un ser extraño, desconocido e invisible anima, mientras dormimos, nuestro cuerpo cautivo que le obedece como a nosotros y más que a nosotros.
¡Ah! ¿Quién podrá comprender mi abominable angustia? ¿Quién podrá comprender la emoción de un hombre mentalmente sano, perfectamente despierto y en uso de razón al contemplar espantado una botella que se ha vaciado mientras dormía? Y así permanecí hasta el amanecer sin atreverme a volver a la cama.

6 de julio

Pierdo la razón. ¡Anoche también bebieron el agua de la botella, o tal vez la bebí yo!

10 de julio

Acabo de hacer sorprendentes comprobaciones. ¡Decididamente estoy loco! Y sin embargo...
El 6 de julio, antes de acostarme puse sobre la mesa vino, leche, agua, pan y fresas. Han bebido —o he bebido— toda el agua y un poco de leche. No han tocado el vino, ni el pan ni las fresas.
El 7 de julio he repetido la prueba con idénticos resultados.
El 8 de julio suprimí el agua y la leche, y no han tocado nada.
Por último, el 9 de julio puse sobre la mesa solamente el agua y la leche, teniendo especial cuidado de envolver las botellas con lienzos de muselina blanca y de atar los tapones. Luego me froté con grafito los labios, la barba y las manos y me acosté.
Un sueño irresistible se apoderó de mí, seguido poco después por el atroz despertar. No me había movido; ni siquiera mis sábanas estaban manchadas. Corrí hacia la mesa. Los lienzos que envolvían las botellas seguían limpios e inmaculados. Desaté los tapones, palpitante de emoción. ¡Se habían bebido toda el agua y toda la leche! ¡Ah! ¡Dios mío!...
Partiré inmediatamente hacia París.

12 de julio

París. Estos últimos días había perdido la cabeza. Tal vez he sido juguete de mi enervada imaginación, salvo que yo sea realmente sonámbulo o que haya sufrido una de esas influencias comprobadas, pero hasta ahora inexplicables, que se llaman sugestiones. De todos modos, mi extravío rayaba en la demencia, y han bastado veinticuatro horas en París para recobrar la cordura. Ayer, después de paseos y visitas, que me han renovado y vivificado el alma, terminé el día en el Théatre-Francais. Representábase una pieza de Alejandro Dumas hijo. Este autor vivaz y pujante ha terminado de curarme. Es evidente que la soledad resulta peligrosa para las mentes que piensan demasiado. Necesitamos ver a nuestro alrededor a hombres que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos durante mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío.
Regresé muy contento al hotel, caminando por el centro. Al codearme con la multitud, pensé, no sin ironía, en mis terrores y suposiciones de la semana pasada, pues creí, sí, creí que un ser invisible vivía bajo mi techo. Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible.
En lugar de concluir con estas simples palabras: "Yo no comprendo porque no puedo explicarme las causas", nos imaginamos en seguida impresionantes misterios y poderes sobrenaturales.

14 de julio

Fiesta de la República. He paseado por las calles. Los cohetes y banderas me divirtieron como a un niño. Sin embargo, me parece una tontería ponerse contento un día determinado por decreto del gobierno. El pueblo es un rebaño de imbéciles, a veces tonto y paciente, y otras, feroz y rebelde. Se le dice: "Diviértete". Y se divierte. Se le dice: "Ve a combatir con tu vecino". Y va a combatir. Se le dice: "Vota por el emperador". Y vota por el emperador. Después: "Vota por la República". Y vota por la República.
Los que lo dirigen son igualmente tontos, pero en lugar de obedecer a hombres se atienen a principios, que por lo mismo que son principios sólo pueden ser necios, estériles y falsos, es decir, ideas consideradas ciertas e inmutables, tan luego en este mundo donde nada es seguro y donde la luz y el sonido son ilusorios.

16 de julio

Ayer he visto cosas que me preocuparon mucho. Cené en casa de mi prima, la señora Sablé, casada con el jefe del regimiento 76 de cazadores de Limoges. Conocí allí a dos señoras jóvenes, casada una de ellas con el doctor Parent que se dedica intensamente al estudio de las enfermedades nerviosas y de los fenómenos extraordinarios que hoy dan origen a las experiencias sobre hipnotismo y sugestión.
Nos refirió detalladamente los prodigiosos resultados obtenidos por los sabios ingleses y por los médicos de la escuela de Nancy. Los hechos que expuso me parecieron tan extraños que manifesté mi incredulidad.
—Estamos a punto de descubrir uno de los más importantes secretos de la naturaleza —decía el doctor Parent—, es decir, uno de sus más importantes secretos aquí en la tierra, puesto que hay evidentemente otros secretos importantes en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que aprendió a expresar y a escribir su pensamiento, se siente tocado por un misterio impenetrable para sus sentidos groseros e imperfectos, y trata de suplir la impotencia de dichos sentidos mediante el esfuerzo de su inteligencia. Cuando la inteligencia permanecía aún en un estado rudimentario, la obsesión de los fenómenos invisibles adquiría formas comúnmente terroríficas. De ahí las creencias populares en lo sobrenatural. Las leyendas de las almas en pena, las hadas, los gnomos y los aparecidos; me atrevería a mencionar incluso la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del artífice creador de cualquier religión son las invenciones más mediocres, estúpidas e inaceptables que pueden salir de la mente atemorizada de los hombres. Nada es más cierto que este pensamiento de Voltaire: "Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza pero el hombre también ha procedido así con él".
"Pero desde hace algo más de un siglo, parece percibirse algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos señalan un nuevo camino y, efectivamente, sobre todo desde hace cuatro o cinco años, se han obtenido sorprendentes resultados."
Mi prima, también muy incrédula, sonreía. El doctor Parent le dijo:
—¿Quiere que la hipnotice, señora?
—Sí; me parece bien.
Ella se sentó en un sillón y él comenzó a mirarla fijamente. De improviso, me dominó la turbación, mi corazón latía con fuerza y sentía una opresión en la garganta. Veía cerrarse pesadamente los ojos de la señora Sablé, y su boca se crispaba y parecía jadear.
Al cabo de diez minutos dormía.
—Póngase detrás de ella —me dijo el médico.
Obedecí su indicación, y él colocó en las manos de mi prima una tarjeta de visita al tiempo que le decía: "Esto es un espejo; ¿qué ve en él?"
—Veo a mi primo —respondió.
—¿Qué hace?
—Se atusa el bigote.
—¿Y ahora ?
—Saca una fotografía del bolsillo.
—¿Quién aparece en la fotografía?
—Él, mi primo.
¡Era cierto! Esa misma tarde me habían entregado esa fotografía en el hotel.
—¿Cómo aparece en ese retrato?
—Se halla de pie, con el sombrero en la mano. Evidentemente, veía en esa tarjeta de cartulina lo que hubiera visto en un espejo.
Las damas decían espantadas: "¡Basta! ¡Basta, por favor!"
Pero el médico ordenó: "Usted se levantará mañana a las ocho; luego irá a ver a su primo al hotel donde se aloja, y le pedirá que le preste los cinco mil francos que le pide su esposo y que le reclamará cuando regrese de su próximo viaje". Luego la despertó.
Mientras regresaba al hotel pensé en esa curiosa sesión y me asaltaron dudas, no sobre la insospechable, la total buena fe de mi prima a quien conocía desde la infancia como a una hermana, sino sobre la seriedad del médico. ¿No escondería en su mano un espejo que mostraba a la joven dormida, al mismo tiempo que la tarjeta?
Los prestidigitadores profesionales hacen cosas semejantes.
No bien regresé, me acosté.
Pero a las ocho y media de la mañana me despertó mi sirviente y me dijo:
—La señora Sablé quiere hablar inmediatamente con el señor.
Me vestí de prisa y la hice pasar.
Sentóse muy turbada y me dijo sin levantar la mirada ni quitarse el velo:
—Querido primo, tengo que pedirle un gran favor.
—¿De qué se trata, prima?
—Me cuesta mucho decirlo, pero no tengo más remedio. Necesito urgentemente cinco mil francos.
—Pero cómo, ¿tan luego usted?
—Sí, yo, o mejor dicho mi esposo, que me ha encargado conseguirlos.
Me quedé tan asombrado que apenas podía balbucear mis respuestas. Pensaba que ella y el doctor Parent se estaba burlando de mí, y que eso podía ser una mera farsa preparada de antemano y representada a la perfección.
Pero todas mis dudas se disiparon cuando la observé con atención. Temblaba de angustia. Evidentemente esta gestión le resultaba muy penosa y advertí que apenas podía reprimir el llanto.
Sabía que era muy rica y le dije:
—¿Cómo es posible que su esposo no disponga de cinco mil francos? Reflexione. ¿Está segura de que le ha encargado pedírmelos a mí?
Vaciló durante algunos segundos como si le costara mucho recordar, y luego respondió:
—Sí... sí... estoy segura.
—¿Le ha escrito?
Vaciló otra vez y volvió a pensar. Advertí el penoso esfuerzo de su mente. No sabía. Sólo recordaba que debía pedirme ese préstamo para su esposo. Por consiguiente, se decidió a mentir.
—Sí, me escribió.
—¿Cuándo? Ayer no me dijo nada.
—Recibí su carta esta mañana.
—¿Puede enseñármela?
—No, no... contenía cosas íntimas... demasiado personales... y la he... la he quemado.
—Así que su marido tiene deudas.
Vaciló una vez más y luego murmuró:
—No lo sé.
Bruscamente le dije:
—Pero en este momento, querida prima, no dispongo de cinco mil francos.
Dio una especie de grito de desesperación:
—¡Ay! ¡Por favor! Se lo ruego! Trate de conseguirlos...
Exaltada, unía sus manos como si se tratara de un ruego. Su voz cambió de tono; lloraba murmurando cosas ininteligibles, molesta y dominada por la orden irresistible que había recibido.
—¡Ay! Le suplico... si supiera cómo sufro... los necesito para hoy. 
Sentí piedad por ella.
—Los tendrá de cualquier manera. Se lo prometo.
—¡Oh! ¡Gracias, gracias! ¡Qué bondadoso es usted !
—¿Recuerda lo que pasó anoche en su casa? —le pregunté entonces.
—Sí.
—¿Recuerda que el doctor Parent la hipnotizó?
— Sí..
—Pues bien, fue él quien le ordenó venir esta mañana a pedirme cinco mil francos, y en este momento usted obedece a su sugestión.
Reflexionó durante algunos instantes y luego respondió:
—Pero es mi esposo quien me los pide.
Durante una hora traté infructuosamente de convencerla. Cuando se fue, corrí a casa del doctor Parent. Me dijo:
—¿Se ha convencido ahora?
—Sí, no hay más remedio que creer.
—Vamos a ver a su prima.
Cuando llegamos dormitaba en un sofá, rendida por el cansancio. El médico le tomó el pulso, la miró durante algún tiempo con una mano extendida hacia sus ojos que la joven cerró debido al influjo irresistible del poder magnético.
Cuando se durmió, el doctor Parent le dijo:
—¡Su esposo no necesita los cinco mil francos! Por lo tanto, usted debe olvidar que ha rogado a su primo para que se los preste, y si le habla de eso, usted no comprenderá.
Luego le despertó. Entonces saqué mi billetera.
—Aquí tiene, querida prima. Lo que me pidió esta mañana .
Se mostró tan sorprendida que no me atreví a insistir. Traté, sin embargo, de refrescar su memoria, pero negó todo enfáticamente, creyendo que me burlaba, y poco faltó para que se enojase.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Acabo de regresar. La experiencia me ha impresionado tanto que no he podido almorzar.

19 de julio

Muchas personas a quienes he referido esta aventura se han reído de mí. Ya no sé qué pensar. El sabio dijo: "Quizá".

21 de julio

Cené en Bougival y después estuve en el baile de los remeros. Decididamente, todo depende del lugar y del medio. Creer en lo sobrenatural en la isla de la Grenouillère sería el colmo del desatino... pero ¿no es así en la cima del monte Saint-Michel, y en la India? Sufrimos la influencia de lo que nos rodea. Regresaré a casa la semana próxima.

30 de julio

Ayer he regresado a casa. Todo está bien.

2 de agosto

No hay novedades. Hace un tiempo espléndido. Paso los días mirando correr el Sena.

4 de agosto

Hay problemas entre mis criados. Aseguran que alguien rompe los vasos en los armarios por la noche. El sirviente acusa a la cocinera y ésta a la lavandera quien a su vez acusa a los dos primeros. ¿Quién es el culpable? El tiempo lo dirá.

6 de agosto

Esta vez no estoy loco. Lo he visto... ¡lo he visto! Ya no tengo la menor duda... ¡lo he visto! Aún siento frío hasta en las uñas... el miedo me penetra hasta la médula... ¡Lo he visto!...
A las dos de la tarde me paseaba a pleno sol por mi rosedal; caminaba por el sendero de rosales de otoño que comienzan a florecer.
Me detuve a observar un hermoso ejemplar de géant des batailles, que tenía tres flores magníficas, y vi entonces con toda claridad cerca de mí que el tallo de una de las rosas se doblaba como movido por una mano invisible: ¡luego, vi que se quebraba como si la misma mano lo cortase! Luego la flor se elevó, siguiendo la curva que habría descrito un brazo al llevarla hacia una boca, y permaneció suspendida en el aire trasparente, muy sola e inmóvil, como una pavorosa mancha a tres pasos de mí.
Azorado, me arrojé sobre ella para tomarla. Pero no pude hacerlo: había desaparecido. Sentí entonces rabia contra mí mismo, pues no es posible que una persona razonable tenga semejantes alucinaciones.
Pero, ¿tratábase realmente de una alucinación? Volví hacia el rosal para buscar el tallo cortado e inmediatamente lo encontré, recién cortado, entre las dos rosas que permanecían en la rama. Regresé entonces a casa con la mente alterada; en efecto, ahora estoy convencido, seguro como de la alternancia de los días y las noches, de que existe cerca de mí un ser invisible, que se alimenta de leche y agua, que puede tocar las cosas, tomarlas y cambiarlas de lugar; dotado, por consiguiente, de un cuerpo material aunque imperceptible para nuestros sentidos, y que habita en mi casa como yo...

7 de agosto

Dormí tranquilamente. Se ha bebido el agua de la botella pero no perturbó mi sueño.
Me pregunto si estoy loco. Cuando a veces me paseo a pleno sol, a lo largo de la costa, he dudado de mi razón; no son ya dudas inciertas como las que he tenido hasta ahora, sino dudas precisas, absolutas. He visto locos. He conocido algunos que seguían siendo inteligentes, lúcidos y sagaces en todas las cosas de la vida menos en un punto. Hablaban de todo con claridad, facilidad y profundidad, pero de pronto su pensamiento chocaba contra el escollo de la locura y se hacía pedazos, volaba en fragmentos y se hundía en ese océano siniestro y furioso, lleno de olas fragorosas, brumosas y borrascosas que se llama "demencia".
Ciertamente, estaría convencido de mi locura, si no tuviera perfecta conciencia de mi estado, al examinarlo con toda lucidez. En suma, yo sólo sería un alucinado que razona. Se habría producido en mi mente uno de esos trastornos que hoy tratan de estudiar y precisar los fisiólogos modernos, y dicho trastorno habría provocado en mí una profunda ruptura en lo referente al orden y a la lógica de las ideas. Fenómenos semejantes se producen en el sueño, que nos muestra las fantasmagorías más inverosímiles sin que ello nos sorprenda, porque mientras duerme el aparato verificador, el sentido del control, la facultad imaginativa vigila y trabaja. ¿Acaso ha dejado de funcionar en mí una de las imperceptibles teclas del teclado cerebral? Hay hombres que a raíz de accidentes pierden la memoria de los nombres propios, de las cifras o solamente de las fechas. Hoy se ha comprobado la localización de todas las partes del pensamiento. No puede sorprender entonces que en este momento se haya disminuido mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones.
Pensaba en todo ello mientras caminaba por la orilla del río. El sol iluminaba el agua, sus rayos embellecían la tierra y llenaban mis ojos de amor por la vida, por las golondrinas cuya agilidad constituye para mí un motivo de alegría, por las hierbas de la orilla cuyo estremecimiento es un placer para mis oídos.
Sin embargo, paulatinamente me invadía un malestar inexplicable. Me parecía que una fuerza desconocida me detenía, me paralizaba, impidiéndome avanzar, y que trataba de hacerme volver atrás. Sentí ese doloroso deseo de volver que nos oprime cuando hemos dejado en nuestra casa a un enfermo querido y presentimos una agravación del mal.
Regresé entonces, a pesar mío, convencido de que encontraría en casa una mala noticia, una carta o un telegrama. Nada de eso había, y me quedé más sorprendido e inquieto aún que si hubiese tenido una nueva visión fantástica.

8 de agosto

Pasé una noche horrible. Él no ha aparecido más, pero lo siento cerca de mí. Me espía, me mira, se introduce en mí y me domina. Así me resulta más temible, pues al ocultarse de este modo parece manifestar su presencia invisible y constante mediante fenómenos sobrenaturales.
Sin embargo he podido dormir.

9 de agosto

Nada ha sucedido, pero tengo miedo.

10 de agosto

Nada: ¿qué sucederá mañana?

11 de agosto

Nada, siempre nada; no puedo quedarme aquí con este miedo y estos pensamientos que dominan mi mente; me voy.

12 de agosto, 10 de la noche

Durante todo el día he tratado de partir, pero no he podido. He intentado realizar ese acto tan fácil y sencillo —salir, subir en mi coche para dirigirme a Ruán— y no he podido. ¿Por qué?

13 de agosto

Cuando nos atacan ciertas enfermedades nuestros mecanismos físicos parecen fallar. Sentimos que nos faltan las energías y que todos nuestros músculos se relajan; los huesos parecen tan blandos como la carne y la carne tan líquida como el agua. Todo eso repercute en mi espíritu de manera extraña y desoladora. Carezco de fuerzas y de valor; no puedo dominarme y ni siquiera puedo hacer intervenir mi voluntad. Ya no tengo iniciativa; pero alguien lo hace por mí, y yo obedezco.

14 de agosto

¡Estoy perdido! ¡Alguien domina mi alma y la dirige! Alguien ordena todos mis actos, mis movimientos y mis pensamientos. Ya no soy nada en mí; no soy más que un espectador prisionero y aterrorizado por todas las cosas que realizo. Quiero salir y no puedo. Él no quiere y tengo que quedarme, azorado y tembloroso, en el sillón donde me obliga a sentarme. Sólo deseo levantarme, incorporarme para sentirme todavía dueño de mí. ¡Pero no puedo! Estoy clavado en mi asiento, y mi sillón se adhiere al suelo de tal modo que no habría fuerza capaz de movernos.
De pronto, siento la irresistible necesidad de ir al huerto a cortar fresas y comerlas. Y voy. Corto fresas y las como. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Será acaso un Dios? Si lo es, ¡salvadme! ¡Libradme! ¡Socorredme! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Salvadme! ¡Oh, qué sufrimiento! ¡Qué suplicio! ¡Qué horror!

15 de agosto

Evidentemente, así estaba poseída y dominada mi prima cuando fue a pedirme cinco mil francos. Obedecía a un poder extraño que había penetrado en ella como otra alma, como un alma parásita y dominadora. ¿Es acaso el fin del mundo? Pero, ¿quién es el ser invisible que me domina? ¿Quién es ese desconocido, ese merodeador de una raza sobrenatural?
Por consiguiente, ¡los invisibles existen! ¿Pero cómo es posible que aún no se hayan manifestado desde el origen del mundo en una forma tan evidente como se manifiestan en mí? Nunca leí nada que se asemejara a lo que ha sucedido en mi casa. Si pudiera abandonarla, irme, huir y no regresar más, me salvaría, pero no puedo.

16 de agosto

Hoy pude escaparme durante dos horas, como un preso que encuentra casualmente abierta la puerta de su calabozo. De pronto, sentí que yo estaba libre y que él se hallaba lejos. Ordené uncir los caballos rápidamente y me dirigí a Ruán. Qué alegría poder decirle a un hombre que obedece: "¡Vamos a Ruán!"
Hice detener la marcha frente a la biblioteca donde solicité en préstamo el gran tratado del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno.
Después, cuando me disponía a subir a mi coche, quise decir: "¡A la estación!" y grité —no dije, grité— con una voz tan fuerte que llamó la atención de los transeúntes: "A casa", y caí pesadamente, loco de angustia, en el asiento. Él me había encontrado y volvía a posesionarse de mí.

17 de agosto

¡Ah! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo me parece que debería alegrarme. Leí hasta la una de la madrugada. Hermann Herestauss, doctor en filosofía y en teogonía, ha escrito la historia y las manifestaciones de todos los seres invisibles que merodean alrededor del hombre o han sido soñados por él. Describe sus orígenes, sus dominios y sus poderes. Pero ninguno de ellos se parece al que me domina. Se diría que el hombre, desde que pudo pensar, presintió y temió la presencia de un ser nuevo más fuerte que él —su sucesor en el mundo— y que como no pudo prever la naturaleza de este amo, creó, en medio de su terror, todo ese mundo fantástico de seres ocultos y de fantasmas misteriosos surgidos del miedo. Después de leer hasta la una de la madrugada, me senté junto a mi ventana abierta para refrescarme la cabeza y el pensamiento con la apacible brisa de la noche.
Era una noche hermosa y tibia, que en otra ocasión me hubiera gustado mucho. No había luna. Las estrellas brillaban en las profundidades del cielo con estremecedores destellos.
¿Quién vive en aquellos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivientes, animales o plantas, existirán allí? Los seres pensantes de esos universos, ¿serán más sabios y más poderosos que nosotros? ¿Conocerán lo que nosotros ignoramos? Tal vez cualquiera de estos días uno de ellos atravesará el espacio y llegará a la tierra para conquistarla, así como antiguamente los normandos sometían a los pueblos más débiles.
Somos tan indefensos, inermes, ignorantes y pequeños, sobre este trozo de lodo que gira disuelto en una gota de agua.
Pensando en eso, me adormecí en medio del fresco viento de la noche.
Pero después de dormir unos cuarenta minutos, abrí los ojos sin hacer un movimiento, despertado por no sé qué emoción confusa y extraña. En un principio no vi nada, pero de pronto me pareció que una de las páginas del libro que había dejado abierto sobre la mesa acababa de darse vuelta sola. No entraba ninguna corriente de aire por la ventana. Esperé, sorprendido. Al cabo de cuatro minutos, vi, sí, vi con mis propios ojos que una nueva página se levantaba y caía sobre la otra, como movida por un dedo. Mi sillón estaba vacío, aparentemente estaba vacío, pero comprendí que él estaba leyendo allí, sentado en mi lugar. ¡Con un furioso salto, un salto de fiera irritada que se rebela contra el domador, atravesé la habitación para atraparlo, estrangularlo y matarlo! Pero antes de que llegara, el sillón cayó delante de mí como si él hubiera huido... la mesa osciló, la lámpara rodó por el suelo y se apagó, y la ventana se cerró como si un malhechor sorprendido hubiese escapado por la oscuridad, tomando con ambas manos los batientes.
Había escapado; había sentido miedo, ¡miedo de mí!
Entonces, mañana... pasado mañana o cualquiera de estos... podré tenerlo bajo mis puños y aplastarlo contra el suelo. ¿Acaso a veces los perros no muerden y degüellan a sus amos?

18 de agosto

He pensado durante todo el día. ¡Oh!, sí, voy a obedecerle, seguiré sus impulsos, cumpliré sus deseos, seré humilde, sumiso y cobarde. Él es más fuerte. Hasta que llegue el momento...

19 de agosto

¡Ya sé... ya sé todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico: "Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad Media, se ha producido en el Estado de San Pablo. Los habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados, como un rebaño humano, por seres invisibles aunque tangibles, por especies de vampiros que se alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen, y que además beben agua y leche sin apetecerles aparentemente ningún otro alimento.
"El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha partido para el Estado de San Pablo a fin de estudiar sobre el terreno el origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder aconsejar al Emperador las medidas que juzgue convenientes para apaciguar a los delirantes pobladores."
¡Ah! ¡Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis ventanas remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan hermoso, blanco y alegre. Allí estaba él que venía de lejos, ¡del lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio también mi blanca vivienda, y saltó del navío a la costa. ¡Oh, Dios mío!
Ahora ya lo sé y lo presiento: el reinado del hombre ha terminado.
Ha venido aquel que inspiró los primeros terrores de los pueblos primitivos. Aquel que exorcizaban los sacerdotes inquietos y que invocaban los brujos en las noches oscuras, aunque sin verlo todavía. Aquel a quien los presentimientos de los transitorios dueños del mundo adjudicaban formas monstruosas o graciosas de gnomos, espíritus, genios, hadas y duendes. Después de las groseras concepciones del espanto primitivo, hombres más perspicaces han presentido con mayor claridad. Mesmer lo sospechaba, y hace ya diez años que los médicos han descubierto la naturaleza de su poder de manera precisa, antes de que él mismo pudiera ejercerlo. Han jugado con el arma del nuevo Señor, con una facultad misteriosa sobre el alma humana. La han denominado magnetismo, hipnotismo, sugestión... ¡qué sé yo! ¡Los he visto divertirse como niños imprudentes con este terrible poder! ¡Desgraciados de nosotros! ¡Desgraciado del hombre! Ha llegado el... el... ¿cómo se llama?... el... parece que me gritara su nombre y no lo oyese... el... sí... grita... Escucho... ¿cómo?... repite... el... Horla... He oído... el Horla... es él... ¡el Horla... ha llegado!...
¡Ah! El buitre se ha comido la paloma, el lobo ha devorado el cordero; el león ha devorado el búfalo de agudos cuernos: el hombre ha dado muerte al león con la flecha, el puñal y la pólvora, pero el Horla hará con el hombre lo que nosotros hemos hecho con el caballo y el buey: lo convertirá en su cosa, su servidor y su alimento, por el solo poder de su voluntad. ¡Desgraciados de nosotros!
No obstante, a veces el animal se rebela y mata a quien lo domestica... yo también quiero... yo podría hacer lo mismo... pero primero hay que conocerlo, tocarlo y verlo. Los sabios afirman que los ojos de los animales no distinguen las mismas cosas que los nuestros... Y mis ojos no pueden distinguir al recién llegado que me oprime. ¿Por qué? ¡Oh! Recuerdo ahora las palabras del monje del monte Saint-Michel: "¿Acaso vemos la cienmilésima parte de lo que existe? Observe, por ejemplo, el viento que es la fuerza más poderosa de la naturaleza, el viento que derriba hombres y edificios, que arranca de cuajo los árboles, y levanta montañas de agua en el mar, que destruye los acantilados y arroja contra ellos a las grandes naves; el viento, que silba, gime y ruge. ¿Acaso lo ha visto usted alguna vez? ¿Acaso puede verlo? ¡Y sin embargo existe!"
Y yo seguía pensando: mis ojos son tan débiles e imperfectos que ni siquiera distinguen los cuerpos sólidos cuando son trasparentes como el vidrio... Si un espejo sin azogue obstruye mi camino chocaré contra él como el pájaro que penetra en una habitación y se rompe la cabeza contra los vidrios. Por lo demás, mil cosas nos engañan y desorientan. No puede extrañar entonces que el hombre no sepa percibir un cuerpo nuevo que atraviesa la luz.
¡Un ser nuevo! ¿Por qué no? ¡No podía dejar de venir! ¿ Por qué nosotros íbamos a ser los últimos? Nosotros no los distinguimos pero tampoco nos distinguían los seres creados antes que nosotros. Ello se explica porque su naturaleza es más perfecta, más elaborada y mejor terminada que la nuestra, tan endeble y torpemente concebida, trabada por órganos siempre fatigados, siempre forzados como mecanismos demasiado complejos, que vive como una planta o como un animal, nutriéndose penosamente de aire, hierba y carne, máquina animal acosada por las enfermedades, las deformaciones y las putrefacciones; que respira con dificultad, imperfecta, primitiva y extraña, ingeniosamente mal hecha, obra grosera y delicada, bosquejo del ser que podría convertirse en inteligente y poderoso.
Existen muchas especies en este mundo, desde la ostra al hombre. ¿Por qué no podría aparecer una más, después de cumplirse el período que separa las sucesivas apariciones de las diversas especies?
¿Por qué no puede aparecer una más? ¿Por qué no pueden surgir también nuevas especies de árboles de flores gigantescas y resplandecientes que perfumen regiones enteras? ¿Por qué no pueden aparecer otros elementos que no sean el fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Sólo son cuatro, nada más que cuatro, esos padres que alimentan a los seres! ¡Qué lástima! ¿Por qué no serán cuarenta, cuatrocientos o cuatro mil? ¡Todo es pobre, mezquino, miserable! ¡Todo se ha dado con avaricia, se ha inventado secamente y se ha hecho con torpeza! ¡Ah! ¡Cuánta gracia hay en el elefante y el hipopótamo! ¡Qué elegante es el camello!
Se podrá decir que la mariposa es una flor que vuela. Yo sueño con una que sería tan grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y movimiento ni siquiera puedo describir. Pero lo veo... va de estrella a estrella, refrescándolas y perfumándolas con el soplo armonioso y ligero de su vuelo... Y los pueblos que allí habitan la miran pasar, extasiados y maravillados...
¿Qué es lo que tengo? Es el Horla que me hechiza, que me hace pensar esas locuras. Está en mí, se convierte en mi alma. ¡Lo mataré!

19 de agosto

Lo mataré. ¡Lo he visto! Anoche yo estaba sentado a la mesa y simulé escribir con gran atención. Sabía perfectamente que vendría a rondar a mi alrededor, muy cerca, tan cerca que tal vez podría tocarlo y asirlo. ¡Y entonces!... Entonces tendría la fuerza de los desesperados; dispondría de mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente y mis dientes para estrangularlo, aplastarlo, morderlo y despedazarlo.
Yo acechaba con todos mis sentidos sobreexcitados.
Había encendido las dos lámparas y las ocho bujías de la chimenea, como si fuese posible distinguirlo con esa luz.
Frente a mí está mi cama, una vieja cama de roble, a la derecha la chimenea; a la izquierda la puerta cerrada cuidadosamente, después de dejarla abierta durante largo rato a fin de atraerlo; detrás de mí un gran armario con espejos que todos los días me servía para afeitarme y vestirme y donde acostumbraba mirarme de pies a cabeza cuando pasaba frente a él.
Como dije antes, simulaba escribir para engañarlo, pues él también me espiaba. De pronto, sentí, sentí, tuve la certeza de que leía por encima de mi hombro, de que estaba allí rozándome la oreja. Me levanté con las manos extendidas, girando con tal rapidez que estuve a punto de caer. Pues bien... se veía como si fuera pleno día, ¡y sin embargo no me vi en el espejo!... ¡Estaba vacío, claro, profundo y resplandeciente de luz! ¡Mi imagen no aparecía y yo estaba frente a él! Veía aquel vidrio totalmente límpido de arriba abajo. Y lo miraba con ojos extraviados; no me atrevía a avanzar, y ya no tuve valor para hacer un movimiento más. Sentía que él estaba allí, pero que se me escaparía otra vez, con su cuerpo imperceptible que me impedía reflejarme en el espejo. ¡Cuánto miedo sentí! De pronto, mi imagen volvió a reflejarse pero como si estuviese envuelta en la bruma, como si la observase a través de una capa de agua. Me parecía que esa agua se deslizaba lentamente de izquierda a derecha y que paulatinamente mi imagen adquiría mayor nitidez. Era como el final de un eclipse. Lo que la ocultaba no parecía tener contornos precisos; era una especie de transparencia opaca, que poco a poco se aclaraba.
Por último, pude distinguirme completamente como todos los días.
¡Lo había visto! Conservo el espanto que aún me hace estremecer.

20 de agosto

¿Cómo podré matarlo si está fuera de mi alcance?
¿Envenenándolo? Pero él me verá mezclar el veneno en el agua y tal vez nuestros venenos no tienen ningún efecto sobre un cuerpo imperceptible. No... no... decididamente no. Pero entonces... ¿qué haré entonces?

21 de agosto

He llamado a un cerrajero de Ruán y le he encargado persianas metálicas como las que tienen algunas residencias particulares de París, en la planta baja, para evitar los robos. Me haré además una puerta similar. Me debe haber tomado por un cobarde, pero no importa...

10 de septiembre

Ruán, Hotel Continental. Ha sucedido... ha sucedido... pero, ¿habrá muerto? Lo que vi me ha trastornado.
Ayer, después que el cerrajero colocó la persiana y la puerta de hierro, dejé todo abierto hasta medianoche a pesar de que comenzaba a hacer frío. De improviso, sentí que estaba aquí y me invadió la alegría, una enorme alegría. Me levanté lentamente y caminé en cualquier dirección durante algún tiempo para que no sospechase nada. Luego me quité los botines y me puse distraídamente unas pantuflas. Cerré después la persiana metálica y regresé con paso tranquilo hasta la puerta, cerrándola también con dos vueltas de llave. Regresé entonces hacia la ventana, la cerré con un candado y guardé la llave en el bolsillo.
De pronto, comprendí que se agitaba a mi alrededor, que él también sentía miedo, y que me ordenaba que le abriera. Estuve a punto de ceder, pero no lo hice. Me acerqué a la puerta y la entreabrí lo suficiente como para poder pasar retrocediendo, y como soy muy alto mi cabeza llegaba hasta el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar y allí lo acorralé solo, completamente solo. ¡Qué alegría! ¡Había caído en mi poder! Entonces descendí corriendo a la planta baja; tomé las dos lámparas que se hallaban en la sala situada debajo de mi habitación, y, con el aceite que contenían rocié la alfombra, los muebles, todo. Luego les prendí fuego, y me puse a salvo después de cerrar bien, con dos vueltas de llave, la puerta de entrada.
Me escondí en el fondo de mi jardín tras un macizo de laureles. ¡Qué larga me pareció la espera! Reinaba la más completa oscuridad, gran quietud y silencio; no soplaba la menor brisa, no había una sola estrella, nada más que montañas de nubes que aunque no se veían hacían sentir su gran peso sobre mi alma.
Miraba mi casa y esperaba. ¡Qué larga era la espera! Creía que el fuego ya se había extinguido por sí solo o que él lo había extinguido. Hasta que vi que una de las ventanas se hacía astillas debido a la presión del incendio, y una gran llamarada roja y amarilla, larga, flexible y acariciante, ascender por la pared blanca hasta rebasar el techo. Una luz se reflejó en los árboles, en las ramas y en las hojas, y también un estremecimiento, ¡un estremecimiento de pánico! Los pájaros se despertaban; un perro comenzó a ladrar; parecía que iba a amanecer. De inmediato, estallaron otras ventanas, y pude ver que toda la planta baja de mi casa ya no era más que un espantoso brasero. Pero se oyó un grito en medio de la noche, un grito de mujer horrible, sobreagudo y desgarrador, al tiempo que se abrían las ventanas de dos buhardillas. ¡Me había olvidado de los criados! ¡Vi sus rostros enloquecidos y sus brazos que se agitaban!...
Despavorido, eché a correr hacia el pueblo gritando: "¡Socorro! ¡Socorro! ¡Fuego! ¡Fuego!" Encontré gente que ya acudía al lugar y regresé con ellos para ver.
La casa ya sólo era una hoguera horrible y magnífica, una gigantesca hoguera que iluminaba la tierra, una hoguera donde ardían los hombres, y él también. Él, mi prisionero, el nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!
De pronto el techo entero se derrumbó entre las paredes y un volcán de llamas ascendió hasta el cielo. Veía esa masa de fuego por todas las ventanas abiertas hacia ese enorme horno, y pensaba que él estaría allí, muerto en ese horno...
¿Muerto? ¿Será posible? ¿Acaso su cuerpo, que la luz atravesaba, podía destruirse por los mismos medios que destruyen nuestros cuerpos?
¿Y si no hubiera muerto? Tal vez sólo el tiempo puede dominar al Ser Invisible y Temido. ¿Para qué ese cuerpo trasparente, ese cuerpo invisible, ese cuerpo de Espíritu, si también está expuesto a los males, las heridas, las enfermedades y la destrucción prematura?
¿La destrucción prematura? ¡Todo el temor de la humanidad procede de ella! Después del hombre, el Horla. Después de aquel que puede morir todos los días, a cualquier hora, en cualquier minuto, en cualquier accidente, ha llegado aquel que morirá solamente un día determinado en una hora y en un minuto determinado, al llegar al límite de su vida.
No... no... no hay duda, no hay duda... no ha muerto... Entonces, tendré que suicidarme...