domingo, 13 de marzo de 2016

Atlántida o Atlantis


Mapa de la Edad Thuria del rey Kull (aprox. 20.000 a.C.)


Atlántida o Atlantis


"Aunque había florecido principalmente en el Pacífico, en alguna región de la tierra de Mu, se decía que ese culto secreto y horrendo de Ghatanothoa había existido igualmente en la Atlántida y en la detestable meseta de Leng. Von Junzt afirmaba que se había practicado, además, en el fabuloso reino subterráneo de K'nyan, y que había penetrado en Egipto, Caldea, Persia, China, en los olvidados imperios semitas de África, y en Méjico y Perú, en el Nuevo Mundo."
Reliquia de un mundo olvidado, H.P. Lovecraft y Hazel Heald



"En cambio se refiere con frecuencia al Trapezoedro Resplandeciente, al que califica de ventana abierta al tiempo y al espacio, y esboza su historia en líneas generales desde los días en que fue tallado en el enigmático Yuggoth, muchísimo antes de que los Primordiales lo trajeran a la tierra. Al parecer, fue colocado en aquella extraña caja por los seres crinoideos de la Antártida, quienes lo custodiaron celosamente; fue salvado de las ruinas de este imperio por los hombres-serpiente de Valusia, y millones de años más tarde, fue descubierto por los primeros seres humanos. A partir de entonces atravesó tierras exóticas y extraños mares, y se hundió con la Atlántida, antes de que un pescador de Minos lo atrapara en su red y lo vendiera a los cobrizos mercaderes del tenebroso país de Khem. El faraón Nefrén-Ka edificó un templo con una cripta sin ventanas donde alojar la piedra, y cometió tales horrores que su nombre ha sido borrado de todas las crónicas y monumentos. Luego la joya descansó entre las ruinas de aquel templo maligno, que fue destruido por los sacerdotes y el nuevo faraón. Más tarde, la azada del excavador lo devolvió al mundo para maldición del género humano."
El Morador de las Tinieblas, H.P. Lovecraft



"Soy Ishtar, hija del rey de la oscura Lemuria, a la que el mar engulló hace tanto tiempo. De niña me casaron con Poseidón, dios del mar, y en la pavorosa y enigmática noche nupcial, cuando yacía flotando y sin daño alguno sobre el pecho del océano, el dios me otorgó el don de la vida eterna que ha llegado a convertirse en maldición en los largos siglos de mi cautiverio. Pero habité en la purpúrea Lemuria, joven y hermosa, mientras mis compañeras de juegos se hacían mayores y encanecían a mi alrededor. Luego Poseidón se cansó de Lemuria y de Atlantis. Se alzó y sacudió su espumeante melena y sus blancos corceles corrieron sobre los muros, las agujas y las torres escarlata. Pero me levantó suavemente sobre su seno y me llevó sin sufrir daño a una tierra lejana, donde durante muchos siglos viví entre una raza extraña y bondadosa."
Los caminantes de Valhalla, Robert E. Howard



"Dos horas después de haber dejado el "Nautilus" habíamos pasado una línea de árboles y a unos treinta metros por encima de nuestras cabezas se levantaba el pico de la montaña, cuya proyección hacía sombra en la brillante irradiación de la vertiente opuesta. Algunos arbustos petrificados se veían por aquí y por allí, formando sinuosidades terribles, y los peces se levantaban en masa bajo nuestros pasos, como pájaros sorprendidos entre las retamas.
Millares de puntos luminosos brillaban en medio de aquellas tinieblas. Eran los ojos de gigantescos crustáceos encerrados en sus cuevas.
El capitán Nemo, familiarizado con aquellos animales terribles, no hacía ya caso alguno de ellos. Habíamos llegado a una especie de plataforma donde me esperaban todavía nuevas sorpresas. Allí se dibujaban misteriosas ruinas, que mostraban, claramente la mano y la voluntad del hombre. Eran vastos montones de piedras donde se distinguían vagas formas de castillos, de templos como monumentos druídicos de los tiempos prehistóricos. ¿Dónde estaba? ¿A dónde me había arrastrado el capricho del capitán Nemo?
Pocos minutos después llegamos a la cumbre que dominaba toda aquella masa de rocas.
Entonces dirigí una mirada a la parte que acabábamos de recorrer. La montaña se elevaba apenas 350 o 400 metros sobre la llanura, pero desde su vertiente opuesta dominaba con doble altura el fondo de aquella porción del Atlántico.
Extendí mis miradas a lo lejos, abrazando un vasto espacio iluminado por una violenta fulguración, porque, en efecto, aquella montaña era un volcán. Allí aparecía a mi vista una ciudad arruinada, con techos hundidos, sus templos destruidos, sus arcos dislocados, las columnatas caídas en tierra, donde aun podían reconocerse las sólidas proporciones de una especie de arquitectura toscana. Más lejos, algunos restos de un acueducto gigantesco; aquí, la cimentada elevación de una acrópolis con las formas flotantes de un Partenón; allí, vestigios de malecones, como si algún antiguo puerto hubiera abrigado en otro tiempo en las costas de un océano desaparecido, los buques mercantes y las trirremes de guerra. Todavía mucho más allá, largas líneas de murallas derribadas y anchas calles desiertas.
El capitán Nemo entonces me hizo un gesto que abarcaba toda la ciudad en ruinas, recogió un pedazo de greda, avanzó hacia una roca de basalto negro y trazó esta única palabra:
ATLÁNTIDA
¡Qué rayo de luz cruzó por mi imaginación! ¡La Atlántida! La Atlántida de Platón...
Su imperio se extendía hasta Egipto, y quisieron imponerla a Grecia, teniendo que retirarse ante la indomable resistencia de los helenos. Transcurrieron los siglos; sobrevino un cataclismo, inundaciones y terremotos. Una noche y un día bastaron para destruir esa Atlántida, cuyas más altas cimas, Madeira, las Azores, Canarias, las islas de Cabo Verde, se descubren todavía.
Aquellos eran los recuerdos históricos que la inscripción del capitán Nemo hacía despertar en mi mente."
 Veinte mil leguas de viaje submarino, Julio Verne


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